sábado, 30 de agosto de 2025

HANNAH ARENDT

 

Hannah Arendt se ha erigido, gracias a su profundo conocimiento del pasado y a sus agudas observaciones sobre el mundo moderno, en uno de los puntos de referencia fundamentales para el conocimiento de la filosofía política. Nacida en Hannover, estudió en Marburgo, Friburgo y Heidelberg, donde se graduó en Filosofía. En 1933, cuando los nazis ocuparon el poder, emigró a París. Más tarde se instaló en Estados Unidos, donde dirigió la Conferencia sobre las Relaciones Judías (1944-1946) y también la Jewish Cultural Reconstruction Inc. Fue catedrática en la Universidad de Chicago y enseñó asimismo en Columbia, Princeton y Berkeley. De su importante obra se han traducido al castellano, entre otras, Los orígenes del totalitarismo, La condición humana, Sobre la revolución, Eichmann en Jerusalén, Hombres en tiempo de oscuridad y Crisis de la República.

Reflexiones de política y poder

  • "El poder no es nunca propiedad de un individuo; pertenece a un grupo y existe solo mientras el grupo se mantiene unido."
  • "La política se basa en el hecho de la pluralidad de los hombres."
  • "El poder y la violencia son opuestos; donde uno domina absolutamente, el otro está ausente."
  • "La política no está hecha para las almas limpias."
  • "La desobediencia civil es la reacción necesaria a la pérdida de legitimidad del gobierno."
  • "El totalitarismo es una forma de gobierno que reemplaza la política con la ideología."
  • "La libertad política no es posible sin la valentía de actuar."
  • "El poder es lo que mantiene a las comunidades políticas juntas."
  • "La política es el lugar donde la libertad y la igualdad se encuentran."
  • "La violencia puede destruir el poder; es totalmente incapaz de crearlo."
  • "En política, la obediencia y el apoyo son sinónimos."
  • "El espacio público es el espacio de aparición, donde se manifiesta la acción humana."
  • "La política comienza donde terminan los intereses privados."
  • "La guerra y la violencia son la manifestación de la impotencia de la política."
  • "El poder auténtico tiene su origen en la cooperación y el consenso, no en la fuerza."
  • "El ejercicio del poder requiere siempre el consentimiento de los gobernados."
  • "La burocracia es la forma de gobierno más despótica porque nadie la controla."
  • "El totalitarismo destruye la capacidad de los individuos para actuar y pensar por sí mismos."
  • "La política es el arte de lo posible, pero la posibilidad solo surge a través de la acción colectiva."
  • "El poder es la esencia de todo gobierno, pero la violencia lo corrompe y lo destruye."

https://es.wikipedia.org/wiki/Hannah_Arendt

https://www.planetadelibros.com/autor/hannah-arendt/000004452

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/arendt.htm

https://filco.es/leer-a-arendt-hoy/


Fuentes: https://filco.es/



lunes, 25 de agosto de 2025

MARCO AURELIO

 10 citas de Marco Aurelio para comprender el estoicismo


El estoicismo propone una visión del universo como un todo interconectado y regido por un orden racional inmutable. A partir de esta concepción, Marco Aurelio desarrolló una filosofía práctica basada en la aceptación del destino, el dominio de las propias emociones y el compromiso con el bien común.

Marco Aurelio (121-180 d. C.), emperador romano y filósofo estoico, nos legó en sus Meditaciones (también conocidas como «Τὰ εἰς ἑαυτόν» o «A sí mismo») un profundo testimonio de introspección filosófica. Esta obra, inicialmente escrita como un diario personal sin intención de publicación, refleja los principios fundamentales del estoicismo tardío y constituye un valioso documento para comprender tanto la aplicación práctica de la filosofía estoica como el pensamiento de uno de los llamados «buenos emperadores de Roma. A continuación, examinamos diez citas emblemáticas que ilustran los puntos fundamentales de su filosofía.

Marco Aurelio (121-180 d. C.), emperador romano y filósofo estoico, nos legó en sus Meditaciones (también conocidas como «Τὰ εἰς ἑαυτόν» o «A sí mismo») un profundo testimonio de introspección filosófica. Esta obra, inicialmente escrita como un diario personal sin intención de publicación, refleja los principios fundamentales del estoicismo tardío y constituye un valioso documento para comprender tanto la aplicación práctica de la filosofía estoica como el pensamiento de uno de los llamados «buenos emperadores de Roma. A continuación, examinamos diez citas emblemáticas que ilustran los puntos fundamentales de su filosofía.

1 Somos parte de un todo

«Todo está entrelazado, y el vínculo es sagrado, y apenas hay algo ajeno a lo demás, porque todo ha sido coordinado y contribuye al orden del mismo cosmos. Porque un cosmos existe a partir de todas las cosas, y un dios a través de todas las cosas, y una sustancia única, y una ley, una razón común a todos los seres inteligentes, y una verdad» (Meditaciones, VII, 9).

La filosofía estoica no es una filosofía atomista. Es una filosofía que concibe al universo como un todo, donde las partes están interconectadas y se entienden en función de algo superior a ellas. Los elementos del mundo no son elementos independientes: si vemos una cosa triste, no lloramos porque seamos de una manera específica; más bien, lloramos porque dentro de nosotros hay una fuerza vital. La misma fuerza que hace brotar la flor en primavera.

Así, todos los elementos del universo están conectados, y esa conexión es racional. El universo es un orden racional. En realidad, no hay más que levantar la vista para verlo: los ciclos se repiten, las especies tienen un orden, somos capaces de pensar, la física tiene unas reglas estables…

De esta forma, la cosmología estoica postula que el cosmos constituye un todo orgánico y coherente, regido por el logos (razón universal) y la physis (naturaleza). Esta concepción monista establece que todo evento particular está integrado en una causalidad universal. No hay libre albedrío ni casualidades en el mundo: todo se rige por un orden y una legalidad racional (física, biológica, moral…).

Aceptar este orden cósmico es fundamental para nosotros como individuos: nos ayuda a comprender nuestra posición en el universo y a adoptar una postura de aceptación ante los acontecimientos. No tiene sentido, desde la filosofía estoica, estar triste por la muerte de un ser querido: es ley de vida. ¿Cómo podemos generarnos tanta frustración por no aceptar que las cosas son así y no pueden ser de otro modo? Sería como aquel que se enfada porque la lluvia le moje, ¿es que puede ser de otra forma?

Por otro lado, el reconocimiento de esta interdependencia universal fundamenta la ética estoica: si todo está vinculado por una razón común, entonces cada acción individual tiene repercusiones en el conjunto, lo que justifica una conducta virtuosa y orientada hacia el bien común.

El estoicismo concibe el universo como un todo interconectado y regido por un orden racional inmutable. Aceptar esta estructura cósmica nos ayuda a vivir en armonía con la naturaleza y a adoptar una ética basada en la responsabilidad y el bien común

2 Ante todo, filosofía

«El tiempo de la vida humana, un punto; su sustancia, fluyente; su sensación, turbia; la composición del conjunto del cuerpo, fácilmente corruptible; su alma, una peonza; su fortuna, difícil de predecir; su fama, indeterminada. En resumen: todo lo del cuerpo, un río; lo del alma, sueño y humo; la vida, una guerra y un exilio. ¿Qué puede, pues, servirnos de guía? Una sola y única cosa: la filosofía» (Meditaciones, II, 17).

La opción del sabio debe ser, entonces, intentar conocer este orden legal, es decir, estudiar filosofía. Si el mundo tiene una normatividad que no podemos cambiar, de lo que se trata es de conocerla para ajustarnos a ella. Con un ejemplo: si sabemos que es cuestión de tiempo que la gente muera, nos prepararemos para aceptar la muerta de nuestros amigos y para vivir al máximo la vida con ellos.

La filosofía no se entiende en el estoicismo (como puede verse en el ejemplo) como un mero discurso teórico. El sabio no es el académico que sabe infinitos datos inútiles, como el peso de una proteína rara o como los primeros cincuenta números primos, por ejemplo. La sabiduría estoica es una sabiduría práctica, una sabiduría que se concibe como como askesis (práctica) y therapeia (terapia) para el alma.

Gracias a la filosofía podemos consolarnos ligeramente de la fragilidad de nuestra vida, de su «poca cosa». Como vemos en la cita, en las Meditaciones la vida se caracteriza como un «punto» en la inmensidad del tiempo y como un flujo constante. Esta meditación sobre la impermanencia no busca generar pesimismo, sino promover la apatheia (ausencia de pasiones irracionales) mediante la aceptación de la naturaleza transitoria de nuestra existencia. Frente a esta realidad, el estoicismo propone la filosofía como único refugio seguro.

3 El mundo es como una ciudad

«A los seres racionales se les ha concedido una misma naturaleza y una misma recta razón. Y esta ley decreta lo que debe hacerse o no: de ahí que exista una ley común y, siendo así, somos conciudadanos; y, entonces, participamos de algún tipo de ciudadanía común. Si esto es así, el mundo es como una ciudad. ¿De qué otra ciudadanía común podría decirse que participa todo el género humano?» (Meditaciones, IV, 4).

Pero esta aceptación del orden universal y de la pequeñez de nuestra vida en comparación con el cosmos en su totalidad no debe hacernos desistir de crear comunidades. De hecho, todo lo contrario. Como todos los seres humanos somos seres racionales que compartimos una misma naturaleza y una misma razón, existe una comunidad universal de seres humanos, algo así como la humanidad.

Estamos ante el célebre cosmopolitismo de Marco Aurelio, que establece un vínculo entre todos los seres humanos que trasciende las culturas y el tiempo. El fundamento de esta ciudadanía cósmica radica en la participación de todos en el logos universal. Este principio tiene profundas implicaciones éticas: si somos conciudadanos del cosmos, nuestras acciones deben orientarse hacia el bien común y no meramente hacia el interés individual. Este cosmopolitismo representa una de las aportaciones más significativas del estoicismo al pensamiento ético occidental, anticipando concepciones modernas sobre la dignidad humana universal.

La filosofía estoica no es solo teórica, sino una práctica para vivir en armonía con el orden del universo. Aceptar nuestra fragilidad nos libera de pasiones irracionales y nos vincula con la humanidad entera, fundamentando una ética basada en la comunidad y el bien común

4 Tú eliges cómo reaccionas a lo que te ocurre

«Elimina la opinión y eliminarás el ‘estoy dañado’. Elimina el ‘estoy dañado’ y eliminarás el daño» (Meditaciones, IV, 7).

En esta pequeña cita encontramos uno de los principios epistemológicos y psicológicos fundamentales del estoicismo: la distinción entre los hechos objetivos y nuestros juicios subjetivos sobre ellos. Marco Aurelio señalaba que el sufrimiento no proviene directamente de los acontecimientos externos, sino de nuestros juicios valorativos acerca de esos acontecimientos. Lo que normalmente entendemos por dolor no un dolor objetivo y natural, sino que es un dolor mental, producido por cómo reaccionamos lo que nos ocurre.

De esta forma, la teoría estoica de las representaciones (phantasiai) que ocurren en nuestra mente establece que entre la percepción de un evento y nuestra respuesta emocional media el «asentimiento» (synkatathesis) o la capacidad de juzgar que otorgamos a nuestras impresiones. Puede dejarnos una pareja y podemos sufrir por el vacío que nos deja o podemos alegrarnos del tiempo pasado y de que comience para nosotros una nueva etapa.

Esta teoría epistemológica sobre cómo funciona el conocimiento que tenemos del mundo fundamenta la práctica de la proairesis (elección moral) y la procheiron (atención vigilante), ambas orientadas a examinar críticamente nuestras representaciones antes de otorgarles un determinado juicio. Es decir, el sabio estoico es aquel que vigila constantemente cómo juzga lo que le ocurre, cuál es el paradigma bajo el que se toma las cosas, y, conforme a eso, elige un camino moral determinado.

Los estoicos distinguen, por tanto, entre lo que nos ocurre y cómo juzgamos lo que nos ocurre. Una distinción paralela a lo que depende de nosotros (los juicios que hacemos) y lo que no depende de nosotros (los eventos externos). Esto constituye el núcleo de la ética práctica de Marco Aurelio.

5 Levántate y actúa: tienes que cumplir tu deber

«Al amanecer, cuando te despiertes con desgana, ten a mano este pensamiento: ‘Me despierto para realizar mi oficio de hombre’. ¿Por qué, entonces, estoy descontento, si voy a hacer aquello para lo que he nacido y para lo que he venido al mundo? ¿O es que he sido formado para permanecer caliente entre mantas?» (Meditaciones, V, 1).

Al comienzo del libro V de las Meditaciones encontramos un mandato práctico que ilustra la concepción estoica del deber (kathēkon). La vida virtuosa, la que lleva el sabio estoico, consiste en reconocer y cumplir el papel que nos corresponde en el orden cósmico, actuando conforme a nuestra naturaleza racional. Todo sigue un orden, todo está predestinado; nosotros, entonces, también: tendremos que cumplir con nuestro papel en un orden mayor que nosotros mismos.

La metáfora del despertar no es casual: representa la vigilia filosófica frente al sueño de la existencia irreflexiva. Incluso Marco Aurelio, que fue emperador y tuvo todos los lujos de su época, se recuerda a sí mismo la necesidad de subordinar la comodidad y el placer al cumplimiento del deber. Esta actitud refleja la concepción estoica de la virtud como acción conforme a la naturaleza racional, no como mera abstención del mal. La virtud exige un esfuerzo activo y cierta determinación.

El estoicismo distingue entre los hechos y nuestros juicios sobre ellos, enfatizando que el sufrimiento proviene de nuestra interpretación. Al vigilar nuestras reacciones y cumplir nuestro deber, vivimos conforme a nuestra naturaleza racional y al orden cósmico

6 Ama tu destino

«Ama solo lo que te acontece y lo que constituye la trama de tu destino. Porque, ¿qué podría adaptarse mejor a ti?» (Meditaciones, VII, 57).

Esta cita condensa la concepción estoica del amor fati (amor al destino), uno de los aspectos más distintivos de su filosofía. Para Marco Aurelio, la aceptación del destino no implica resignación pasiva, sino reconocimiento activo de nuestra pertenencia al orden cósmico.

El estoicismo sostiene que todos los acontecimientos están determinados por una causalidad universal (heimarmenē), pero simultáneamente afirma nuestra capacidad para asentir libremente a lo necesario. Otra vez la distinción entre lo inevitable del mundo exterior y la libertad de nuestro interior; o, en otras palabras, la distinción entre causas externas (que no dependen de nosotros) y causas internas (nuestros juicios y disposiciones).

La libertad estoica consiste en la conformidad voluntaria con la naturaleza. ¿Podemos en estos casos seguir hablando de libertad? Claro. La vida es como si nadásemos en un río. En vez de ir en contracorriente, nuestra vida será más libre si aceptamos las causas externas (la corriente) y actuamos dentro del margen que nos deja.


7 Solo existe el presente

«Recuerda que cada uno vive solamente el presente, este breve instante; el resto, o bien se ha vivido, o bien es incierto. Pequeña es, pues, la vida de cada uno, y pequeño el rincón de tierra donde vive» (Meditaciones, III, 10).

Marco Aurelio desarrolla aquí su concepción del tiempo y la atención que merece el presente. Esta reflexión no debe interpretarse como una invitación al hedonismo propio del carpe diem, sino como una llamada a la conciencia plena del momento actual como único ámbito donde podemos ejercer nuestra racionalidad.

La concentración en el instante presente constituye un ejercicio espiritual fundamental en la práctica estoica, pues permite evitar tanto la nostalgia por el pasado como la ansiedad por el futuro, ambas fuentes de perturbación emocional. Esta focalización temporal se complementa con la conciencia espacial: la referencia al «pequeño rincón de tierra» evoca la perspectiva cósmica que relativiza las preocupaciones humanas.

Esta práctica de «ver desde arriba» constituye otro ejercicio espiritual característico de Marco Aurelio, que frecuentemente adoptó una perspectiva cósmica para contextualizar las experiencias humanas.

8 ¿Cómo responder al mal?

«El mejor modo de vengarse de los malvados es no parecerse a ellos» (Meditaciones, VI, 6).

Esta cita ilustra la respuesta estoica ante la injusticia y la maldad. Para Marco Aurelio, responder al mal con mal significa dejarse arrastrar por las pasiones irracionales y, por tanto, comprometer nuestra integridad moral. La virtud estoica exige mantener la coherencia con los principios racionales independientemente de cómo actúen los demás.

Esta actitud se fundamenta en la concepción de que el verdadero mal no reside en lo que otros nos hacen, sino en nuestra eventual respuesta viciosa. La doctrina estoica de los indiferentes (adiaphora) clasifica las ofensas externas como ajenas al verdadero bien (la virtud) y al verdadero mal (el vicio). Esta posición radical distingue al estoicismo de otras escuelas helenísticas y anticipa elementos de la ética kantiana, particularmente la noción de que el valor moral reside en la intención recta independientemente de las consecuencias externas.

En otras palabras, debemos ser indiferentes a las acciones de los demás y comprender el bien y el mal solo desde nuestras acciones: habrá bien si seguimos una vida virtuosa y habrá mal si nos dejamos llevar por nuestros vicios. Las acciones de los demás deben interpretarse con la misma frialdad y aceptación con la que se acepta que llueva, nieve o que haga calor.

El estoicismo enfatiza la importancia del presente como único ámbito de acción racional y propone una perspectiva cósmica para relativizar las preocupaciones

9 Ayudar a los demás y aceptarlos

«Los hombres han nacido unos para otros. Por tanto, instruye o soporta» (Meditaciones, VIII, 59).

La primera afirmación establece la interdependencia natural entre los seres humanos, derivada —como ya hemos señalado— de nuestra común participación en el logos universal. De esta premisa ontológica (esto es, del hecho de que los seres humanos somos necesariamente interdependientes), Marco Aurelio extrajo una conclusión práctica: nuestras relaciones con los demás deben orientarse bien hacia su mejoramiento moral mediante la instrucción, bien hacia la tolerancia de sus defectos.

Si somos interdependientes, la acción ética debe ser intentar mejorar esa red: ya sea por nuestra tolerancia, ya sea por el mejoramiento de los demás. La instrucción (dirigida a quienes pueden beneficiarse de ella) y la tolerancia (hacia quienes no están preparados para recibir enseñanza) constituyen expresiones de la oikeiōsis (apropiación) social, proceso por el cual extendemos nuestra preocupación moral desde nosotros mismos hacia los demás.

Este principio estoico fundamenta la concepción estoica de la justicia como virtud social y establece un equilibrio entre la exigencia de perfeccionamiento moral y el realismo acerca de las limitaciones humanas. Y es que, aunque queramos, no siempre podremos instruir a nuestros allegados como nos gustaría… Otra vez, el trabajo restante será la aceptación interna.

El estoicismo plantea que, al ser interdependientes, nuestra ética debe orientarse a mejorar la comunidad mediante la instrucción o la tolerancia

10 La felicidad reside en los pensamientos

«La felicidad de la vida depende de la cualidad de los pensamientos; por tanto, vigila estos, y no permitas ninguno que sea inadecuado a la naturaleza de un ser racional y social» (Meditaciones, IV, 3).

Marco Aurelio expresó aquí el núcleo de la concepción estoica de la eudaimonia (felicidad o plenitud). Frente a doctrinas que sitúan la felicidad en circunstancias externas favorables, el estoicismo la identifica con la recta disposición del alma. Esta interiorización radical del bien tiene profundas consecuencias prácticas: si la felicidad depende exclusivamente de nuestros pensamientos, entonces permanece siempre bajo nuestro control, independientemente de las circunstancias externas.

La segunda parte de la cita establece el criterio para evaluar la calidad de nuestros pensamientos: su conformidad con nuestra naturaleza racional y social. Esta doble caracterización del ser humano como animal racional y social sintetiza la antropología estoica y establece los dos ejes fundamentales de la virtud: la racionalidad (que nos vincula con el logos universal) y la sociabilidad (que nos conecta con la comunidad humana). La vigilancia de los pensamientos constituye la práctica fundamental que garantiza esta rectitud interior y, por tanto, la felicidad.


Fuente: https://filco.es/



SENECA

 Séneca: 10 claves de un estoicismo para la vida y la muerte


Séneca fue una enorme figura intelectual del periodo helenístico y uno de los máximos representantes del estoicismo. Su pensamiento de vivir conforme a la naturaleza supuso una brújula moral en un periodo convulso. Abordamos diez claves para entender un pensamiento muchas veces tergiversado y manipulado.

1 Una época de inestabilidad

Una de las principales claves que sirven para entender por qué el pensamiento estoico hoy es tan reivindicado tal vez es que el periodo helenístico en el que se desarrolló fue un momento de profunda inestabilidad política, social y moral. Séneca nació en torno al año 4 antes de nuestra era y a lo largo de su vida fue testigo de la caída de la República romana y del incipiente Imperio Romano y conoció a Calígula, Claudio y Nerón.

El pensamiento de Séneca trata de dar respuesta a un momento percibido como corrupto, autoritario e inseguro políticamente, donde los preceptos morales y religiosos pasados comienzan a estar entredicho. Hemos de considerar que el pensamiento religioso de cada momento histórico intenta responder y justificar el modo de organización económica y social de esa época.

El politeísmo arcaico de las ciudades-Estado griegas y de las provincias romanas respondía, así, a un modo de funcionamiento político descentralizado, con varios centros de poder y un modo de organización social extenso, donde el territorio compartido (frente al otro, el bárbaro) se extiende a lo largo de largas distancias, difíciles de recorrer en aquel momento, a menudo incluso islas a las cuales solo se puede acceder por barco.

La Edad Media, que no comenzará hasta la caída del naciente Imperio romano de Occidente, supondrá un modo de organización distinto, en territorios más centralizados (todavía no los Estados-nación modernos, pero serán sus precursores), en un mundo más saturado y con una mayor consciencia de lo que supone en términos geopolíticos, militares y económicos el control del territorio. En el convulso interregno entre el modo de habitar antiguo y el medieval vive Séneca.

2 La filosofía como guía de vida

Este contexto convulso que estamos caracterizando se suma a otra circunstancia que hará emerger con fuerza el estoicismo: la filosofía es considerada, en el mundo antiguo, como una práctica moral, una guía de vida. No se trata, como es hoy, de un saber disciplinar, algo sobre lo que se educa en las escuelas o universidades, sino de una práctica vital, un libro que se lleva debajo del brazo, por utilizar la metáfora que utiliza el filósofo francés Pierre Hadot1.

En una sociedad dominada por la arbitrariedad del poder imperial, pero que todavía mantiene los valores de autoafirmación y autonomía del mundo antiguo, de ciudadanía, que propugna la igualdad de todos (de todos los hombres libres y nacidos en el territorio, concretamente), la filosofía se entiende no solo como una herramienta de relación de cada sujeto con el afuera de sí mismo, sino también como un refugio interior. A esta idea de refugio o repliegue volveremos más adelante porque es central para entender la popularidad de la que goza hoy el estoicismo.

En la Roma antigua era común que los políticos y hombres públicos estudiaran Filosofía para reforzar su vida ética. Séneca encarnó esta tradición, con todas las contradicciones que conllevaba: no se trataba de un hombre ordinario, que tuviera que dedicarse al trabajo o al esfuerzo físico, y que se elevara sobre sus circunstancias, sino que fue rico, poderoso y siempre cercano al poder. Cuando su pensamiento es utilizado para justificar la filosofía del hombre hecho a sí mismo debemos tener este elemento en cuenta.

3 Un pensamiento íntimo y personal

De la Edad Media emerge el tratado, el volumen de pensamiento sistematizado, con argumentos ordenados de forma secuencial y conforme a una lógica formalizada. Todavía hoy tendemos a pensar que las grandes obras filosóficas se parecen mucho a los manuales de texto de los colegios y universidades por este motivo. Sin embargo, la historia de la filosofía está repleta de obras que nada tienen que ver con esta rigidez formal.

Parménides escribió, en verso, un poema bellísimo en el que narra un viaje onírico. Diógenes Laercio recopila en su Vida de filósofos ilustres fragmentos de filósofos preplatónicos que muchas veces son aforismos, refranes…, prácticamente chistes en algunos casos. Platón escribió diálogos repletos de mitos e historias. Nietzsche desarrolló parte de su pensamiento en textos literarios y bien conocida es la novela existencialista. Como vemos, la historia de la filosofía está llena de este tipo de textos no muy rigurosos formalmente, y eso la enriquece mucho.

Séneca y los estoicos son otro ejemplo de esto. No escriben grandes tratados o guías de comportamiento. Escriben reflexiones íntimas. Es por eso que su pensamiento a menudo se da en forma de cartas, diarios, meditaciones existenciales. Séneca escribió diálogos filosóficos y tratados morales, pero también cartas, y su estilo siempre fue más literario que sistemático. Sus Cartas a Lucilio son un ejemplo de cómo la filosofía puede ser íntima, práctica y dirigida a transformar la vida cotidiana.

4 Un renovador del estoicismo

A menudo se habla del estoicismo como si se tratara de una escuela filosófica donde todos sus representantes se conocían y relacionaban entre ellos, como vemos en las escuelas filosóficas del siglo XX (como el existencialismo o el neopositivismo). Sin embargo, su desarrollo se da a lo largo de varios siglos y por diferentes coordenadas geográficas.

Se considera su cuna la Grecia antigua del siglo 300 a. C. aproximadamente. Fue fundada por Zenón de Citio en su Estoa o pórtico, lugar que le dio nombre a su escuela. En una primera etapa se crea una escuela de pensamiento en torno al pórtico constituida por pensadores como Cleantes y Crisipo. Fue continuado por filósofos del siglo II a. C. como Posidonio y Panecio. Pero la época más conocida es su última etapa: la etapa romana del estoicismo.

Los pensadores más relevantes de la etapa romana del estoicismo con Epicteto, Marco Aurelio y el propio Séneca, y podemos considerar que sus pensamientos, aunque con diferencias, sí mantiene una coherencia entre ellos. Sin embargo, refuerzan elementos como el cosmopolitismo, que serán necesarios para entender el tipo de mundo que empieza a generarse en este periodo, más global e interconectado que antes.

5 Vivir conforme a la naturaleza

Séneca retoma del estoicismo primigenio la idea de que los seres humanos, para realizarse en un mundo cambiante, de crisis y de cambios, deben vivir conforme al cósmos. La idea de cósmos griego se puede explicar como «universo» o naturaleza. La máxima estoica por excelencia refiere así a que en el universo hay un orden racional, regido por un lógos, una lógica que ordena todo y que es necesario descubrir. Es cuando nos oponemos a esa naturaleza o vivimos contra ella cuando sentimos sufrimiento o malestar.

Vivir bien es vivir conforme a la razón, aceptando el orden de las cosas. No ha habido pocas críticas a este elemento de la filosofía estoica, que puede ser, a menudo, bastante conformista. Resulta fácil conformarse con el orden de las cosas cuando uno es, por ejemplo, un emperador romano como era Marco Aurelio y tiene pocas constricciones materiales. Sin embargo, para el común de los mortales no es posible este conformismo.

Para Séneca, la virtud consiste precisamente en esto, en vivir conforme a la naturaleza. Los prudentes, justos, fuertes y templados son aquellos que no se oponen al modo de ser de las cosas, sino que se adaptan a él. Lo que depende de nosotros, nos dice Séneca, no es ni la riqueza, ni la fama, ni el poder ni la salud, que además son cosas —dice él— que no determinan la felicidad, sino lo virtuosos que seamos con las condiciones que nos han tocado. Esa virtud es la verdadera felicidad y libertad.

6 Aceptar el destino

Si aceptamos, como nos dice Séneca, que el universo está regido por una razón o razón divina (no falta aquí la referencia a fuerzas supraterrenales) y que todo ocurre conforme a esa razón, entonces el sabio será aquel que sepa aceptar con serenidad los acontecimientos. Esto es lo que se conoce como amor fati y consiste en asumir que no tenemos ningún poder sobre el futuro, sino solo sobre nuestra actitud.

En el mismo sentido, Séneca insiste en la importancia del autocontrol (o autarquía y la tranquilidad del ánimo el alma (apathéia), términos que se refieren no a reprimir las emociones, sino a no dejarse esclavizar por ellas. El sabio, dice Séneca, es capaz de aceptar el dolor, la pérdida y la muerte como partes naturales de la existencia. La libertad no se entiende, así, como hacer lo que uno quiera, sino como dejar de depender de lo que no depende de uno.

7 Cosmopolitismo

El contexto social y político del pensamiento estoico apuntaba a una mayor relación entre culturas y territorios. Esto llevó a los estoicos a teorizar que todos los seres humanos somos parte de una misma comunidad universal que se basa en nuestra capacidad de ser seres racionales.

Este pensamiento cosmopolita se opone firmemente a las formas previas de nacionalismo, que anteponían la propia naturaleza (de los griegos, por ejemplo) frente a un enemigo exterior considerado «bárbaro» por su no dominio del idioma, por sus prácticas religiosas o por cualquier otro motivo. La aceptación de que existe un lógos o razón universal lleva a una fraternidad cósmica por la cual la ética se universaliza.

En este sentido, cuando Séneca se refiere a las virtudes apela a los deberes que tenemos hacia los otros, no solo nuestra familia o ciudad, sino la humanidad entera. Emerge, así, una ética universalista que se opone a las ideas antiguas de anteposición de los intereses de los ciudadanos sobre los demás. El ciudadano era un tipo de persona muy concreto: varón, no esclavo, nacido en el propio país. Lo que propone Séneca es una ciudadanía mundial que integre incluso a los esclavos, como expresa en De la clemencia y en varias cartas.

8 La fugacidad del tiempo y de la vida

Si hablamos de aceptar lo que no podemos cambiar, no podemos evitar el tema de la muerte. La muerte fue un tema sobre el que escribieron todos los estoicos, por tratarse de un asunto clave, tal vez el más clave, que debe enfrentar la filosofía. En La brevedad de la vida, Séneca nos plantea que desperdiciamos mucho tiempo en banalidades y dejamos pasar la vida sin vivirla plenamente.

Esta actitud se debe a que no aceptamos hasta el final la razón universal. La razón universal nos dice que todos los seres mueren, pero nosotros actuamos como si nuestra existencia fuera eterna. Debemos adquirir, plantea Séneca, conciencia del tiempo y aprovechar el presente. Esto es lo que se conoce como tempus fugit («el tiempo se agota», podríamos traducir). Y la mejor manera de aprovechar el presente es cultivando el alma y la sabiduría.

9 Prepararse para morir

El filósofo francés Pierre Hadot planteaba que la filosofía, y especialmente la filosofía antigua, era una preparación para la muerte. La muerte es lo inexplicable porque la vida es lo único que nos acompaña todo el tiempo desde que tenemos memoria. Séneca le da una respuesta muy clara a la muerte: se opone a enfrentarla con miedo o temor. El miedo a la muerte es una no aceptación de su universalidad.

La filosofía, plantea Séneca, debe ser una ayuda para prepararse para morir con dignidad. En Cartas a Lucilio insiste en que quien aprende a vivir bien también aprende a morir bien. Un asunto interesante de este libro, que dejaremos para otro artículo, es que según se traduzcan los términos, Séneca podría estar abordando también el problema de la ética en el suicidio (que, además, fue el motivo de su muerte). Si entendemos que la muerte es algo natural y, por tanto, bueno, ¿por qué iba a ser malvado arrebatarse la vida? Se trata de un tema que requeriría más reflexión, pero resulta notable el nivel de reflexión sobre un tema que solemos considerar mucho más moderno.

10 La actualidad del pensamiento de Séneca

Como hemos visto, el estoicismo es un pensamiento de crisis, de quiebre, de fractura. No es un pensamiento para tiempos de paz o tranquilidad, sino una guía que se torna receta facilona en el peor de los casos para enfrentar situaciones difíciles, donde perdemos el pie.

Tal vez por este motivo vemos una proliferación tan enorme del estoicismo. Desde el pronosticado fin de la historia por Fukuyama en los años noventa, según el cual ya no había que preocuparse por las crisis y las guerras, vemos que el contexto global es de más y más inestabilidad, crisis y guerras. Las cosas que teníamos por seguras no lo son con un mundo con mayores tendencias a la polarización política, las tensiones geopolíticas y la crisis climática. No es raro que sea en este contexto en el que cobra fama de nuevo el pensamiento estoico.

Sin embargo, el otro elemento explicativo es ni más ni menos que la imposición de un pensamiento neoliberal e individualista. Séneca y los estoicos plantean preceptos éticos, pero el núcleo de su pensamiento se basa en tareas personales que han de llevar a cabo los hombres sabios para ser felices. Este pensamiento encaja muy bien en un mundo individualista donde la felicidad y la moral son, básicamente, bienes de consumo individual. Por eso, el estoicismo es también enormemente criticado hoy porque sirva para fundamentar un sálvese quién pueda que va en dirección contraria de desarrollar las redes de apoyo global que necesitamos para enfrentar las crisis.

El estoicismo no se basta a sí mismo. Y hemos de entender a qué intereses respondía su desarrollo, no para desdeñarlo, sino para pensar con profundidad sus potencialidades y límites en el mundo de hoy. También hemos de leer a Séneca, como a cualquier filósofo, con los ojos bien abiertos y críticamente, con buen sentido, en sus propias palabras. El propio Séneca nos insta a ello en sus Cartas a Lucilio: «El buen sentido ni se compra ni se vende ni nadie nos lo puede dar prestado» («Carta XXVII»).




SOCRATES

 Sócrates: la pregunta que nunca se cierra

Sócrates no dejó nada escrito, pero su figura fundó la filosofía occidental. Maestro de la ironía y enemigo de los dogmas, ha sido también considerado un mártir de la verdad. Su pensamiento se ha interpretado —y disputado— durante siglos. Reunimos diez claves para comprender su legado: una vida sin certezas, pero entregada al examen constante de sí mismo y del mundo.

Sócrates ha sido considerado muchas veces el punto inicial de la tradición filosófica de Occidente. Marca un punto de arranque y establece un hito en la historia de la filosofía (lo anterior a él, incluso, recibe el nombre de «presocráticos»). No sé sabe con certeza cuándo nació, pero se estima que entre el año 470 y el 469 a. C. Nació en Atenas y vivió su época de esplendor política, aunque también el ocaso de su democracia. Fue hijo de un escultor (Sofronisco) y una partera (Fenáreta), aunque poco se sabe con certeza de su biografía, que ha sido muchas veces reconstruida por conjeturas.

Sócrates no escribió nada. Todo lo que sabemos de él lo sabemos por lo que otros dijeron de su vida y de su pensamiento. Sabemos, con relativa certeza, que sirvió de hoplita en ciertas campañas militares y que frecuentaba los espacios públicos de la ciudad, interpelando a los ciudadanos y a los políticos sobre lo que creían o no saber.

En el año 399 a. C., fue juzgado y condenado a muerte por corromper a la juventud y no reconocer a los dioses de la ciudad. La Apología de Platón recoge su defensa: lejos de retractarse, Sócrates reafirmó su misión filosófica como una exigencia divina y un deber ético. Murió tomando cicuta tras negarse a huir a otra ciudad, lo que convirtió su figura en un símbolo de compromiso entre los ideales de uno y su biografía.

1 Sócrates es nuestro fantasma

Sócrates es nuestro gran enigma. Nada de lo que sabemos de él ha sido dicho por el mismo Sócrates. Todo son fuentes indirectas, porque su pensamiento no dejó textos propios. En realidad, no sabemos nada de Sócrates, sino que solo tenemos (algunas) interpretaciones que otros hicieron de él. Las más influyentes: la de Aristófanes en Las Nubes, la de Jenofonte en los Memorabilia y, sobre todo, la de Platón en sus diálogos.

Que no tengamos acceso directo a Sócrates ha hecho que su figura se haya convertido en un espacio en disputa, en un vacío que las distintas tradiciones filosóficas han intentado captar para legitimarse. Platón le colocó como el descubridor de que la filosofía era fundamentalmente recuerdo (anamnesis) y dialéctica del alma. Aristóteles, que nunca lo conoció directamente, propuso a Sócrates como el descubridor de las definiciones universales por inducción. Kierkegaard lo convirtió en una figura trágica de la subjetividad moderna, mientras que Nietzsche lo acusó de haber subordinado la vida a la razón.

Esta pluralidad de interpretaciones y lecturas de Sócrates se da por una tensión que está en el interior de su figura: la filosofía identificó su actitud como el centro del quehacer filosófico (preguntar, destruir los dogmas, el diálogo…), pero no heredó ningún tipo de contenido. De ahí que sea un figura de constante apelación, pero lo suficientemente abierta como para que todos dialoguen con él.

Las tres fuentes principales que hemos heredado sobre Sócrates son los textos de Aristófanes, los de Jenofonte y los de Platón. Aristófanes, en Las Nubes, lo caricaturizó como un sofista pretencioso y manipulador que enseña a los jóvenes a distorsionar argumentos para ganar debates injustamente. Jenofonte —en sus Memorabilia— presentó a un Sócrates conservador y convencional, defensor del orden establecido y la piedad tradicional. En cambio, Platón ofreció la perspectiva más rica, aunque también ambigua: inicialmente mostró en sus diálogos tempranos (Apología, Critón) a un Sócrates más histórico, centrado en el cuestionamiento irónico; en obras posteriores (Fedón, República), el personaje evoluciona para ser el portavoz de las teorías platónicas.

2 La disputa con los sofistas

Históricamente, se ha establecido una marcada oposición entre Sócrates y los sofistas. A los sofistas, la historia canónica de la filosofía siempre les ha caracterizado como relativistas que creen que «el hombre es la medida de todas las cosas» (Protágoras) o que niegan la posibilidad del conocimiento objetivo (Gorgias). Se les ha presentado como mercaderes del conocimiento que cobraban por sus enseñanzas, enfocados más en la eficacia retórica que en la verdad. Charlatanes retóricos que formaban técnicos adaptables al poder en cualquier ciudad.

Sócrates, en contraste, ha sido retratado siempre como un buscador incansable de verdades universales y esencias morales (bien, justicia, virtud), como alguien que practicaba la filosofía gratuitamente por amor al saber. Se le ha descrito como un filósofo verdadero, uno que no pretendía enseñar (¡y mucho menos cobrar!), sino que solo quería buscar junto a sus interlocutores la verdad, cuestionador del orden establecido hasta el punto de enfrentarse al poder.

Sin embargo, esta visión es una herencia platónica y las diferencias entre ambos son menos tajantes de lo que cabría esperar. Por ejemplo, ambos compartían el espacio público ateniense y utilizaban métodos dialógicos similares, esto es, ambos socavaban la verdad establecida: los sofistas siendo capaces de defender un punto de vista y el contrario, y Sócrates, al mostrar que los oponentes, en realidad, no sabían lo que decían. Su método de cuestionamiento, aunque presentado como una búsqueda de verdad, empleaba técnicas retóricas no muy distintas a las sofísticas.

Incluso la romantización de un Sócrates que enseña sin cobrar es cuestionable: aunque no cobraba dinero, cultivaba relaciones con jóvenes adinerados que le proporcionaban sustento y protección. La línea entre la «corrupción de la juventud» (acusación hecha en el juicio contra Sócrates) y la «formación de la juventud» (labor sofística) era más difusa de lo que sugiere la narrativa platónica.

3 La refutación

El procedimiento más característico de Sócrates es la refutación dialéctica o elenkhos. A diferencia de los sofistas, que solo perseguían la victoria retórica, la refutación socrática buscaba mostrar que las creencias que tiene el otro, en realidad, no pasan un examen racional, obligando a su interlocutor a reconocer que su saber no era un conocimiento verdadero (episteme), sino una opinión infundada (doxa).

La refutación de Sócrates tenía un patrón muy claro: primero, Sócrates pedía a su interlocutor que definiera un concepto moral (qué es la piedad, la valentía, la justicia…); luego, mediante preguntas aparentemente inocentes, Sócrates extraía consecuencias de la definición propuesta; finalmente, mostraba que estas consecuencias son incompatibles entre sí o con otras creencias que el interlocutor no estaba dispuesto a abandonar. Con esto, Sócrates conseguía llevar a sus interlocutores a la aporía, que significa literalmente «sin camino». Aquí vemos un ejemplo en el Eutifron de Platón (7e-8a):

«Sócrates —¿Y los dioses, Eutifrón, si realmente disputan, no disputarían por estos puntos?
Eutifron —Muy necesariamente.
Sóc. —Luego también los dioses, noble Eutifrón, según tus palabras, unos consideran justas, bellas, feas, buenas o malas a unas cosas y otros consideran a otras; pues no se formarían partidos entre ellos, si no tuvieran distinta opinión sobre estos temas. ¿No es así?
Eut.— Tienes razón.
Sóc. —Por tanto, ¿las cosas que cada uno de ellos considera buenas y justas son las que ellos aman, y las que odian, las contrarias?
Eut. —Ciertamente.
Sóc. —Son las mismas cosas, según dices, las que unos consideran justas y otros, injustas; al discutir sobre ellas, forman partidos y luchan entre ellos. ¿No es así?
Eut. —Así es.
Sóc. —Luego, según parece, las mismas cosas son odiadas y amadas por los dioses y, por tanto, serían a la vez agradables y odiosas para los dioses.
Eut. —Así parece.
Sóc. —Así pues, con este razonamiento, Eutifrón, las mismas cosas serían pías e impías».

4 La ironía

Como se ve en el punto anterior, Sócrates parece que «se hace el tonto», parece que va descubriendo la verdad sobre la marcha, que afirma sus enunciados de forma inocente. Esto podría parecer modestia fingida, pero es un tipo de ironía un poco más refinada. Se trata de una posición epistemológica y existencial: el sabio es el que sabe que no sabe, y por ello se oculta tras el velo de la ignorancia aparente. Al afirmar «solo sé que no sé nada» (frase que, en realidad, no aparece literalmente en los textos platónicos, aunque sintetiza bien la postura socrática de la Apología), Sócrates no renuncia al saber, sino que denuncia los saberes que se pretenden concluidos.

Esta ironía ha sido interpretada por Kierkegaard en El concepto de la ironía como el gesto fundacional de la subjetividad moderna. Para Kierkegaard, la ironía socrática es un desgarro entre el individuo y el mundo objetivo de valores heredados: la ironía socrática suspende toda posición positiva, pero no para relativizar, sino para abrir la posibilidad de una elección auténtica. En este sentido, y leído desde Kierkegaard, Sócrates no es precursor del escepticismo, sino del existencialismo.

La ironía socrática tiene varios niveles: a veces es simulación de ignorancia para hacer hablar al otro; otras, es reconocimiento genuino de los límites del saber humano; en ocasiones, es una estrategia pedagógica para incitar al interlocutor a buscar por sí mismo. Sin embargo, en todas las ocasiones implica un distanciamiento del discurso directo y dogmático, una conciencia de que la verdad no puede ser impuesta desde fuera, sino descubierta internamente.

5 La mayéutica

De esta destrucción de lo que uno creía saber, llevada a cabo por la ironía, se esperaba que surgiera la verdad, un concepto universal, la respuesta a las grandes preguntas (qué es el bien, qué es la virtud, qué es la justicia…). Este método, según el cual cada uno alumbra la verdad desde su interior después de recorrer sus propias contradicciones e ignorancias, se ha llamado mayéutica, por el arte de las comadronas. Al menos, ese es el nombre que le dio Platón en el Teeteto al método socrático de hacer que el interlocutor «dé a luz» a su propio saber.

La herencia de Sócrates es, pues, que el papel del filósofo no es enseñar verdades, sino acompañar el parto de una verdad latente. Esta metáfora obstétrica no es ingenua: presupone que el alma posee un saber anterior y que, por tanto, todo aprender es siempre recordar (anamnesis). El trabajo filosófico consiste, entonces, en desocultar este recuerdo mediante el diálogo.

Como puede verse, la mayéutica es el reverso constructivo de la refutación. Allí donde la refutación destruye falsas creencias, la mayéutica apunta a la emergencia de un contenido conceptual. Es importante notar que, en los diálogos platónicos tempranos, la mayéutica rara vez llega a conclusiones positivas definitivas. Los diálogos suelen terminar en aporías. Sin embargo, el proceso de cuestionamiento y clarificación conceptual ya representa un avance hacia la comprensión, pues elimina definiciones erróneas y acota el campo de investigación. Este «saber negativo» es ya un progreso epistémico significativo.

6 La ética socrática y la vida buena

La ética socrática se caracteriza por el cuidado del alma (epimeleia heautou). Además, para Sócrates, la virtud no es una disposición natural ni una técnica aprendida, sino el resultado de un trabajo constante sobre uno mismo. Este trabajo tiene dos dimensiones: negativa (liberarse de la ignorancia mediante la refutación) y positiva (ordenar el alma conforme a la razón).

En este sentido, Sócrates anticipó el ideal estoico del sabio y la noción de subjetivación que Foucault recuperará siglos después en su Historia de la sexualidad y sus cursos sobre «El cuidado de sí»: el sujeto ético es aquel que se constituye a través de prácticas de examen y transformación. De ahí la célebre frase socrática: «Una vida sin examen no merece la pena ser vivida».

Además, la moral socrática es intelectualista: identifica el bien con el saber y el mal con la ignorancia. En el Protágoras, leemos que «nadie hace el mal voluntariamente». De esta forma, el error es siempre producto del desconocimiento del verdadero bien. Uno fuma porque no sabe lo malo que es fumar, porque, si lo supiera, no lo haría. Esta tesis fue criticada posteriormente por Aristóteles en su Ética a Nicómaco por ignorar la debilidad de la voluntad, ¿o es que no sabemos lo malo que es fumar y aún así fumamos?

En fin, Sócrates funda una ética del conocimiento, donde el problema del mal se hace epistémico antes que de la voluntad. La ética, vista de esta forma, se vuelve una forma de saber, no un código de normas externas.

7 Sócrates y los dioses

Sócrates no fue ateo, pero su religiosidad era heterodoxa dentro del contexto de la religión cívica ateniense. Invocaba una voz interior, un pequeño demonio interno, un daimon que lo guiaba en los momentos decisivos, una especie de conciencia divina que lo disuadía de ciertas acciones. Este aspecto, que aparece en la Apología de Platón y en otros diálogos como el Eutifrón, fue uno de los motivos de su condena por impiedad.

El daimon no dicta contenidos positivos, sino prohibiciones negativas: «No hagas esto». Es una forma de heteronomía interna que marca el límite de la razón discursiva. A diferencia de los dioses del culto oficial, este daimon no exige rituales ni sacrificios, sino obediencia íntima. Su función filosófica es la de reintroducir una dimensión no racional en la vida racional, una especie de intuición moral que complementa el razonamiento dialéctico.

Dicho esto, es importante notar que la relación de Sócrates con la religión es ambigua: por un lado, reivindica su misión (de hecho, fue un religioso, el oráculo de Delfos, el que lo proclamó el más sabio de los hombres); por otro, Sócrates se dedicó a desmantelar los mitos tradicionales y puso en cuestión las creencias populares sobre los dioses, como se ve en su crítica a las narraciones homéricas en el Eutifrón. En este diálogo, Sócrates rechaza definir la piedad como «lo que agrada a los dioses», mostrando que la moralidad no puede depender de la voluntad caprichosa de deidades mitológicas.

Esta tensión entre logos y mythos atraviesa toda la figura de Sócrates y será central en Platón. Vemos aquí a Sócrates como figura metonímica de toda la filosofía: a partir de él, la filosofía nace como superación crítica del mito, pero también como su transformación y reelaboración. No es casual que Platón termine muchos diálogos con mitos escatológicos, como si reconociera los límites del logos puro para expresar ciertas verdades últimas.

8 Conflictos políticos

Sócrates no participó activamente en la política institucional de Atenas, aunque sí cumplió con sus deberes cívicos como soldado en las batallas de Potidea, Delio y Anfípolis, y fue miembro de la Boulé como representante de su tribu, la Antioquida, y durante su turno, su tribu estaba a cargo de una parte del gobierno de la ciudad. Sin embargo, su figura es profundamente política. Su interrogación constante a los ciudadanos, su desconfianza hacia la democracia directa ateniense y su crítica a la incompetencia de los líderes elegidos por sorteo, y su negativa a huir tras la condena, lo han convertido en un símbolo de la disidencia filosófica.

En los Diálogos platónicos, especialmente en la Apología, Sócrates se presenta él mismo como un tábano que despierta a la ciudad dormida. No propone leyes ni reformas institucionales, pero actúa como conciencia crítica frente a los consensos vigentes. Su postura ante la democracia ateniense es compleja: no la rechaza explícitamente, pero cuestiona sus fundamentos, especialmente la idea de que cualquier ciudadano está igualmente capacitado para gobernar.

Su condena, en este sentido, no es un accidente: la polis democrática no puede tolerar una figura que cuestiona sus fundamentos desde dentro. La democracia ateniense, recién restaurada tras el régimen de los Treinta Tiranos, veía en Sócrates un peligro para su estabilidad, tanto por su crítica constante como por su asociación con figuras polémicas como Alcibíades o Critias.

La política de Sócrates es una política del decir verdadero (parrhesia), como analizará Foucault en sus últimos cursos sobre «El gobierno de sí y de los otros»; pero no desde la tribuna, sino desde la plaza, en el cara a cara con el otro. Es un ejercicio de verdad sin poder institucional, que pone en riesgo la vida del que habla. Por eso su muerte es ejemplar: no como mártir de una doctrina, sino como testimonio del valor de la filosofía como práctica crítica irreductible a los intereses del poder.

9 Juicio y muerte de Sócrates

El juicio a Sócrates en el año 399 a. C. es uno de los acontecimientos fundacionales del imaginario filosófico occidental. Acusado formalmente de «no reconocer a los dioses que reconoce la ciudad», de «introducir nuevas divinidades» y de «corromper a la juventud», fue condenado a muerte por un jurado de quinientos un ciudadanos atenienses. Platón reconstruyó la defensa de Sócrates en la Apología, donde lo muestra como un ciudadano obediente a las leyes, pero fiel a una ley superior: la de la razón y la conciencia.

El contexto histórico para entender este juicio es crucial: Atenas acababa de sufrir la derrota en la Guerra del Peloponeso y la traumática tiranía de los Treinta Tiranos, régimen apoyado por Esparta en el que participaron algunos antiguos discípulos de Sócrates. La democracia restaurada veía con desconfianza a los intelectuales críticos que cuestionaban sus fundamentos. La figura de Sócrates, además, había sido ridiculizada años antes por Aristófanes en Las nubes, donde aparecía como un sofista que enseña a «hacer fuerte el argumento débil» y a evadir obligaciones.

Sócrates no buscó la absolución a toda costa. Su discurso no fue persuasivo, sino provocador. Según la visión que nos dejaron Platón y Jenofonte, no quiso salvar su vida a cualquier precio, sino afirmar su coherencia. En el Critón, por ejemplo, rechazó la posibilidad de escapar que le ofrecen sus amigos, argumentando que debe obedecer las leyes incluso cuando son injustas, pues ha aceptado vivir bajo ellas. Esta decisión —no huir, no retractarse, morir conforme a sus principios— convirtió su muerte en un acto filosófico.

10 Sócrates como un cambio de época

Sócrates representa un cambio de época entre la sabiduría arcaica y la filosofía sistemática. No fundó una escuela formal, pero inauguró un gesto que inspiró después múltiples tradiciones. No dejó doctrina escrita, pero estableció un modo de filosofar basado en el diálogo, el cuestionamiento y el examen. Por eso, su figura ha sido reapropiada una y otra vez en la historia del pensamiento: desde los cínicos hasta el idealismo alemán, desde los existencialistas hasta la hermenéutica contemporánea.

Cada época ha proyectado en Sócrates su propia imagen del filósofo. Para Hegel, en la Fenomenología del espíritu, es el punto de inflexión en que la sustancia ética de la polis se interioriza como conciencia individual. Para Nietzsche, en El nacimiento de la tragedia, el momento en que la vida se subordina al juicio racional, iniciando la decadencia de la civilización occidental. Para Foucault, en La hermenéutica del sujeto, el paradigma del cuidado de sí como resistencia al poder. Para Martha Nussbaum, en La terapia del deseo, el iniciador de una filosofía concebida como terapia del alma.

Sócrates es el síntoma de una pregunta que nunca se cierra: ¿qué significa filosofar? ¿Cómo vivir conforme a la verdad? Sócrates, así, es menos un autor que una exigencia: la exigencia de examinar la propia vida y sus fundamentos, porque «una vida sin examen no merece ser vivida».







FILOSOFÍA ANTIGUA

 ¿Qué es la filosofía antigua?

La filosofía antigua es la filosofía producida durante el primer período de la historia de la filosofía. El período abarca los siglos que se extienden desde el siglo VI a. C. al V d. C. Su origen histórico y geográfico se ubica en Mileto, ciudad griega del siglo VI a. C. en la que vivieron Tales, considerado por muchos como el primer filósofo occidental, y muchos otros de los primeros filósofos, como Anaximandro y Anaxímenes.

Los primeros filósofos (Tales, Anaximandro y Anaxímenes), junto a Pitágoras, Heráclito y Parménides, son parte de los filósofos llamados presocráticos. Su objeto de estudio fue la Naturaleza (physis, en griego) y vivieron durante el siglo VI a. C. 

A ellos les siguieron los sofistas, como Gorgias y Protágoras, maestros de la retórica y enemigos teóricos de Sócrates (470-399 a.C.). Sócrates fue quien dio inicio al período clásico de la filosofía antigua. En él participaron Platón (427-347 a. C.), su discípulo, y Aristóteles (384-322 a. C.), discípulo de Platón.

Al período clásico siguió el Helenismo, centrado en las cuestiones éticas y en la búsqueda de la felicidad. Del helenismo participaron el escepticismo, el epicureísmo y estoicismo. En simultáneo, y como un rastro del período clásico, surgieron las escuelas socráticas menores, como los cínicos, los cirenaicos y los megáricos.

La filosofía antigua termina en lo que se conoce como la Antigüedad tardía, etapa que algunos historiadores consideran como una transición hacia la filosofía medieval. Durante la antigüedad tardía surgió el neoplatonismo, que fue una recuperación de las ideas platónicas a través de los trabajos de Filón de Alejandría (13 a. C-52 d. C.), Plotino (204-270) y Proclo (480-485). 

También surgió, en la misma época, la patrística, que ocupó a los primeros pensadores cristianos y dio inicio a la defensa de la fe (la apologética) en contra del pensamiento pagano.

Del mito a la filosofía

La filosofía antigua surgió en Grecia alrededor del siglo VI a. C. Se acredita a Tales de Mileto el primer intento por dar una explicación última de la realidad. En ese sentido, la filosofía, en sus orígenes, se aproximaba a otras formas de conocimiento como el mito, la religión o la poesía. 

Los mitos, narraciones extraordinarias sobre dioses y héroes, buscaban dar respuestas a distintas inquietudes, como lo divino o el bien y el mal. La diferencia con la filosofía estaba en que los mitos no apelaban a argumentos racionales para dar con sus explicaciones del mundo, sino que apelaban a lo fantástico y a distintos elementos del orden de lo maravilloso. 

El surgimiento de la filosofía en la antigua Grecia es considerado como el paso del mito al logos (lo racional). Sus inicios se dieron al intentar transformar la explicación mítica en una explicación racional, tal como quisieron hacer los filósofos presocráticos del siglo VI. a.C., como Tales, Parménides o Heráclito. 

Esto no significó que los mitos desaparecieran del pensamiento del pueblo griego, sino que pasaron a ocupar un lugar de menor importancia. Después de todo, Platón siguió utilizando narraciones mitológicas, así como Aristóteles sostuvo que los filósofos eran amantes de los mitos.

Los filósofos presocráticos

En el siglo VI a. C., en la costa de Asia Menor, en las ciudades de Mileto, Samos, Colofón y Efeso, surgieron los primeros filósofos antiguos, hoy conocidos como los filósofos presocráticos, ya que su trabajo se dio antes del pensamiento de Sócrates (470-399 a. C.), en el siglo V.

Los filósofos presocráticos escribieron sobre astronomía, cosmología y física. Su pensamiento nos llega a través de Platón, Aristóteles y algunos doxógrafos (compiladores de opiniones) como Diógenes Laercio (180-240 d. C.). Su aporte más importante está en haber dado el paso del mito al logos, ya que buscaron una explicación filosófico-científica al origen del mundo. 

Ejercieron una lectura racional de los mitos, preguntando por el estado de las cosas, su origen, forma y efectos, buscando dar cuenta de una concepción ordenada de la totalidad del mundo.

Su principal preocupación estuvo en la naturaleza. Buscaron dar cuenta de su origen, así como del orden de las cosas y su presencia en el mundo. Esta es la razón por la que se los conoce como “los filósofos de la naturaleza”, aunque en aquel entonces se hablaba de physis, entendida no como lo natural sino como la totalidad del mundo, del cosmos.

Tales y los filósofos de Mileto

En la ciudad de Mileto vivieron Tales, Anaximandro y Anaxímenes. Los tres buscaron un principio o arjé (arkhé, en griego ἀρχή, que significa “principio” u “origen”) común a todas las cosas que pudiera dar cuenta de los cambios y la multiplicidad observados en la naturaleza. 
El más conocido entre los pensadores de Mileto fue Tales, considerado por los historiadores de la filosofía como el primer filósofo. Tales fue un legislador, matemático y astrónomo que nació en el 640 a. C. y fue conocido como uno de los siete sabios de Grecia. 

Tales es famoso por haber introducido los conceptos de physis y arjé a la filosofía. La physis indica el proceso natural por el cual algo llega a ser lo que es, y la arkhé es el principio u origen del cual esa cosa brota. 

Para Tales, la arjé de la naturaleza era el agua, elemento al que postuló como principio y origen de todas las cosas ya que era lo que podía vivificar todo lo que es. 

Pitágoras y los pitagóricos

En la isla de Samos, en el 570 a. C., nació Pitágoras, creador del teorema que lleva su nombre y fundador de la escuela de la que saldría la hermandad de los pitagóricos. 
En el pensamiento pitagórico hay dos conceptos muy importantes: el cosmos y los números. 

El cosmos habla del orden y la armonía presentes en la naturaleza, cuyo origen o arkhé estaba en los números. Los pitagóricos creyeron que los principios de las matemáticas eran también los principios de todas las cosas.

También los pitagóricos, siguiendo a su maestro, postularon que el ser humano estaba compuesto por cuerpo y alma: el alma era la parte noble que entraba al cuerpo a través de la respiración para poder purificarse.

Heráclito de Efeso

Nacido en el 544 a. C., Heráclito fue un filósofo oriundo de la ciudad jonia de Efeso. Se lo llama “el oscuro” porque sus opiniones eran difíciles de entender, ya que eran presentadas de forma enigmática, tal como lo haría un oráculo. 

De la obra de Heráclito, escrita en prosa por él en un libro llamado De la naturaleza, se conservan 130 fragmentos cortos. Propuso que por sobre todas las cosas estaba el logos (λόγος), palabra de origen griego que significa “explicar”, “hablar”, “mostrar lo que es” o incluso “razón”. 

Heráclito sostuvo que dentro del cosmos estaba el logos, que era la verdad detrás de la naturaleza y cuya esencia era tal que amaba ocultarse. 

Por otro lado, para explicar el cambio del devenir del mundo, Heráclito afirmó que “todo fluye” (“panta rei”, en griego antiguo Πάντα ῥεῖ) y que “no te podrás bañar dos veces en el mismo río”. Creía, al observar el cambio del mundo, que en ese cambio estaba la esencia de todas las cosas. 

Además de los fragmentos citados, utilizó la metáfora del fuego, que todo lo transforma, por lo que muchos pensadores creen que postuló al fuego como la arkhé del cosmos.

Parménides de Elea

Autor del poema Sobre la Naturaleza, Parménides nació en el año 520 a. C. y murió en el 450 a. C. De su obra se conservan 170 versos o fragmentos, divididos en tres grandes partes según cada tópico (el inicio del viaje, la doctrina de la verdad y el camino a la opinión).

El poema de Parménides habla de dos caminos: el de la verdad y el de la opinión. El camino de la verdad es el que llevará al filósofo a descubrir la doctrina del ser, que establece que el ser es y el no-ser no es. Se opuso a la teoría de los opuestos, atribuida a Heráclito y decretó que solo lo que es existe. 

Parménides también es conocido por haber sido el maestro de Zenón, quien escribió varias aporías (entre ellas, la más famosa es la de Aquiles y la tortuga).

Los filósofos del período clásico

La filosofía de los presocráticos se encontró, en el siglo V a. C., con la ciudad de Atenas como centro cultural y económico de Grecia. Cuna de historiadores y artistas, esta ciudad fue el hogar de los más grandes filósofos griegos: Sócrates, Platón y Aristóteles. Estos tres pensadores componen lo que se conoce como el período clásico de la filosofía antigua.

Los sofistas

Antes de que surgiera la era socrática, en Atenas apareció un grupo de pensadores conocidos como sofistas. Maestros de la retórica, los sofistas surgieron en ocasión de la democracia y como resultado de la demanda de maestros por parte de aquellos que pretendían acceder al poder.

El nombre “sofitas” viene de la palabra sophós (σοφός), que significa “sabio”. Los sofistas eran sabios convertidos en maestros. Al abandonar el estudio de la naturaleza, se abocaron al estudio del hombre y sus costumbres, y sometieron a juicio de su público la idea de verdad a través del método dialéctico (es decir, mediante el diálogo). Algunos sofistas se volvieron famosos, como fueron los casos de Protágoras de Abdera y Gorgias de Leontinos.

Si bien es cierto que muchos de ellos fueron acusados de relativistas por parte de Sócrates, tienen el mérito de haber volcado el estudio filosófico a los temas morales, como son las virtudes. Esto no impidió, sin embargo, que Sócrates dedicara su vida a combatir las enseñanzas sofistas, y les reprochara su actitud escéptica frente a los valores morales, y el hecho de cobrar por sus enseñanzas.

Sócrates

A partir de la participación de los sofistas en la escena filosófica griega, y en oposición a ellos, surgió el pensamiento de Sócrates. Nacido en Atenas en el 470 a. C., Sócrates dedicó su vida a la formación de los jóvenes de la ciudad, entre los cuales se encontraba Platón, el más célebre de sus discípulos. 

En el año 399 a. C. Sócrates fue acusado de corromper a sus discípulos y actuar en contra de la religión del Estado, por lo que fue condenado y asesinado.

Al no haber dejado sus enseñanzas por escrito, lo que se sabe de su vida es a partir de los testimonios de sus discípulos, tal como sucede con los diálogos de Platón, en los que suele ser el personaje principal. La mayoría de las veces se muestra a Sócrates ejerciendo la mayéutica, que es el nombre que recibe el método empleado para hacer filosofía a través del diálogo.

Su forma de pensar estuvo muy marcada por la refutación del pensamiento erróneo y el uso de la ironía. En todas las obras en las que aparece se lo retrata enfrascado en conversaciones que buscan dar con definiciones universales respecto a distintos valores y conceptos. Elementos como el bien, la virtud o la justicia son recurrentes en la mayoría de sus discursos, por lo que se le atribuye el haber iniciado la búsqueda socrática de la definición.

Platón

Platón (427-347 a. C.) fue discípulo de Sócrates y uno de los filósofos más importantes del período clásico de la filosofía antigua y, probablemente, de toda la historia de la filosofía. Nacido en Atenas, fundó la Academia, primera escuela filosófica, y fue también maestro de Aristóteles. Escribió una extensa obra conocida como Los diálogos de Platón, en la que desarrolló su pensamiento y recreó el pensamiento de su maestro y distintos pensadores de la época.

Entre sus aportes más significativos están la teoría de las formas (o teoría de las ideas), la alegoría de la caverna y el famoso dualismo platónico, que divide al mundo en un ámbito sensible y uno inteligible por medio del intelecto. Su obra se divide en tres períodos según la época en la que fue escrito cada uno de los diálogos: de juventud, de madurez y de vejez.

La teoría de las ideas plantea que las definiciones universales, que tanto buscó Sócrates, son entidades propias, abstractas, a las que solo se puede acceder por medio del intelecto. Las ideas son entidades suprasensibles (más allá de los sentidos), eternas y absolutas, que funcionan como modelos originales para los distintos elementos que componen a la realidad sensible. Así, es posible encontrar la idea del bien, de la belleza o de la virtud, entre otras.

Platón falleció en el año 347 a. C., a los 80 años, en la ciudad de Atenas, luego de dedicar los últimos años de su vida a la formación de jóvenes amigos y políticos de la ciudad, enfocado siempre en la construcción del bien común y de una república ideal.

Aristóteles

De los discípulos de Platón que acudieron a la Academia, el más relevante fue Aristóteles (384-322 a. C.). Aristóteles nació en Estagira y murió en Calcis, y es uno de los pensadores más importantes de la historia de la filosofía. Fundador del Liceo (otra escuela filosófica como la Academia), escribió casi 200 tratados, de los que hoy se conservan 31. 

Aristóteles escribió sobre una gran cantidad de temas. Entre ellos están la lógica, la política, la ética, la física, la biología, la retórica, la poética y la astronomía. Fue maestro de Alejandro de Macedonia, mejor conocido como Alejandro Magno, y enseñó a muchos otros pensadores y políticos de la época.

Entre los tratados que se conservan de su obra, los más importantes son los dedicados a la ética, como la Ética nicomáquea, los dedicados a la política, como su Política, y aquellos en los que escribió sobre metafísica, reunidos bajo el nombre de Metafísica. 

Respecto a sus obras metafísicas, se destaca el estudio dedicado al ser y a la metafísica como filosofía primera, en tanto que Aristóteles recogió las enseñanzas de Parménides y escribió de manera sistemática sobre los distintos sentidos en que puede decirse “lo que es”, así como las categorías bajo las que se ordena a todo lo que existe.

Los filósofos del período Helenístico y de la antigüedad tardía

Sócrates, Platón y Aristóteles son conocidos en la historia de la filosofía como los “socráticos mayores”, ya que ocupan un lugar de indiscutida importancia filosófica. En contraposición, en el siglo V a. C. vivieron algunos filósofos conocidos como los “socráticos menores”, que continuaron con el pensamiento socrático y recuperaron algunas ideas de Platón y de Aristóteles. Estos son los grupos de los cínicos, los megáricos y los cirenaicos.

A través de estos dos grandes grupos, los socráticos mayores y los socráticos menores, la filosofía antigua siguió su camino hacia el período Helenístico y, luego, a la Antigüedad tardía. Esta etapa de la filosofía comprende alrededor de seiscientos años, desde el 200 a. C. hasta el 400 d. C.

En el período Helenístico podemos encontrar a los epicúreos, los estoicos y los escépticos. Todos estos filósofos vivieron en los últimos años del fin de la era precristiana y desarrollaron, cada cual por su parte, un pensamiento propio. Por ejemplo, los epicúreos promovieron una línea de pensamiento orientada al placer, mientras que los cínicos consideraron oportuno retornar a la naturaleza, y los estoicos desarrollaron la idea de la imperturbabilidad.

La antigüedad tardía, por su parte, es el período de la filosofía que comprende los primeros siglos de la era cristiana. En esta época podemos encontrar rastros de las distintas escuelas de pensamiento griego, sobrevivientes desde el momento de su fundación. Muchas de ellas fueron perseguidas y disueltas por el Imperio romano, que con la expansión del cristianismo, buscaba unificar su imperio bajo una sola religión. 

Sin embargo, es notable el trabajo realizado por los filósofos neoplatónicos como Proclo y Plotino, quienes pudieron reunir, en una misma línea de pensamiento, distintos elementos tomados del platonismo y del cristianismo, haciendo converger religión y filosofía. 

La filosofía antigua en la actualidad

El pensamiento filosófico de la antigüedad es muy importante para la actualidad filosófica. Las ideas de Platón y las de Aristóteles, por ejemplo, han sido discutidas por más de dos mil años por casi todos los filósofos y pensadores de la historia. 
Su pensamiento se expandió en muchísimas y diversas ramas, y dio lugar a líneas de pensamiento y corrientes propias dentro de los muchos temas a los que se dedica la filosofía. Disciplinas como la ética, la metafísica o la estética no podrían tener lugar de no haber sido por el desarrollo de estos pioneros en la filosofía. 
Todavía hoy se sigue estudiando la obra de los primeros filósofos, no solo para entender cómo pensaron y qué dijeron, sino para relevar qué tienen para decirnos, desde el pasado, hoy.