Peter Sloterdijk e Isidoro Reguera: ¿cuáles son los signos de nuestro tiempo?
¿Por qué se caracteriza nuestra época? ¿Cuál debe ser el papel del filósofo en el siglo XXI? ¿Qué huecos le quedan a la religión? ¿Cómo pensar a la religión por fuera de la teología? ¿A quién hablamos cuando hablamos a Dios? ¿Qué salidas políticas quedan en la encrucijada de nuestro tiempo? Estas y otras preguntas fueron las protagonistas del diálogo entre los filósofos Peter Sloterdijk e Isidoro Reguera al que asistimos en los Encuentros de Pamplona.
Al menos en España, 1972 fue un año lleno de tensiones y contradicciones. Por un lado, el viejo mundo, anclado en la dictadura y su represión, gozaba todavía de buena salud, pero, al mismo tiempo, empezaban a nacer los brotes de otros futuros posibles. Lo viejo no daba síntomas de perecer, pero lo nuevo crecía con fervor en los silencios de todo un país.
Ese mismo año, en 1972, en Pamplona (Navarra, España), los brotes artísticos e intelectuales de ese mundo nuevo que todavía no llegaba se organizaron, entre el 26 de junio y el 2 de julio, unos encuentros multidisciplinares: los Encuentros de Pamplona.
Estos encuentros fueron un éxito tanto cultural e intelectualmente como de asistencia (e incluso de proyección, lo que hizo que el régimen —ahogado cada vez más por su reputación internacional— lo viera con buenos ojos). Ideados por los propios artistas, estos encuentros supusieron «el punto de inflexión en el devenir artístico nacional en los últimos años del franquismo […] [y pusieron] de manifiesto la existencia de una regenerada vanguardia nacional que mantenía estrechos vínculos y compartía intereses estéticos y estilísticos con las nuevas corrientes internacionales», dice el Museo Reina Sofía.
Cincuenta años después, con la dictadura enterrada en el baúl de las pesadillas y con los brotes habiendo germinado, la ciudad de Pamplona decidió organizar unos nuevos encuentros, que tuvieron lugar en septiembre de 2022. El escenario es otro, huelga decirlo, pero la urgencia del encuentro no es menos apremiante. Los encuentros no se concibieron esta vez como una ventana que airease la anquilosada atmósfera del fascismo patrio, sino más bien como un «manual de urgencia» que invitase a un debate riguroso sobre los temas centrales de la contemporaneidad, tales como los posibles devenires del siglo XXI, la deriva de Europa, los feminismos, etc.
De entre todas las actividades, charlas y talleres que se dieron en estos nuevos encuentros, hay una que destacó por encima del resto: la conversación entre los filósofos Peter Sloterdijk e Isidoro Reguera. El primero es uno de los filósofos vivos más importantes. Nacido en Alemania (1947), sus libros han supuesto uno de los análisis más certeros y lúcidos sobre nuestro presente. Fuerte conocedor de la academia y ávido lector de los filósofos de nuestra tradición, su estilo se caracteriza por un fuerte rechazo hacia el academicismo y hacia el encierro académico que muchos pensadores parecen abrazar.
El filósofo Isidoro Reguera, por otro lado, es uno de los traductores del alemán al castellano más notables dentro de la filosofía. Por supuesto, ha traducido las obras de Sloterdijk, por lo que (además de por su faceta como estudioso) es un buen conocedor de su obra. Dos viejos amigos, entonces, se encuentran para charlar, esta vez cara a cara y no textos mediante. Lo hacen dando vida a una pregunta fundamental: ¿cuáles son los signos de los tiempos?
En esta conversación a tres, yo, Javier, soy un fantasma que recorre su diálogo, soy un esqueje de pensamientos que brota del fondo de mi butaca —en este texto, entre corchetes y en cursiva—, unos pensamientos regados por sus palabras. Hablo, pero ellos no me escuchan; escribo aquí en su conversación, pero a modo de reflexión entre corchetes, tras haber sido testigo directo y presencial de ella.
Un filósofo de verdad
Isidoro Reguera. Buenos días a todos, muchas gracias por venir. [La sala está llena]. Es un placer estar contigo, Peter. [Me sorprende la afabilidad de Sloterdijk. Sonríe, sonríe mucho y parece contento del ambiente de expectación]. Peter Sloterdijk es uno de los filósofos centrales de nuestro tiempo. Así lo reconoció el periódico alemán Bild Zeitung, que dijo que Sloterdijk es una de las mentes más brillantes de la humanidad. Y yo también lo creo. Sloterdijk es, a mi parecer, un filósofo de verdad, alguien que siempre ha tenido el futuro en la cabeza. Y esto es algo extraordinario si se tiene en cuenta que a lo largo de su trayectoria ha tocado una variedad enorme de temas: estética, literatura…
[Realmente esto es algo que me fascina y que admiro enormemente: que una persona pueda pensar lúcidamente sobre diversos campos, que tenga una formación tan amplia, una mirada tan holística…].
Su libro más importante —y el que le dio la fama— es Crítica de la razón cínica, publicado en 1983 y que, por si no lo saben, es el libro más vendido desde la Primera Guerra Mundial. En este libro, Sloterdijk retoma la célebre sentencia de Marx que afirma: «No lo saben, pero lo hacen» y la transforma en «lo saben, pero aun así lo hacen».
[El volteo de la sentencia es un verdadero reflejo de nuestro tiempo. Antes, quizá podíamos ir en contra de nuestros intereses por desconocimiento, pero ¿acaso no sabemos ahora todo lo que contaminan nuestros actos, por ejemplo? ¿Por qué hacemos lo que hacemos incluso sabiendo que va en contra de nuestros intereses como especie o como individuo?].
¿Qué quiere decir esto? Bueno, en lo que compete al menos a los filósofos significa que incluso sabiendo que ya no hay sistemas modernos de pensamiento, aun así, lo siguen haciendo.
Peter SloterdijkEsferas, volumen I , de Sloterdijk (Siruela).
Es en su libro Esferas donde encontramos su metafísica. Su tesis podría resumirse de esta forma: en el siglo XX se rompen las esferas, o, mejor dicho, las esferas como figura espacial ya no sirven como metáfora para explicar la realidad social.
Ahora sería más conveniente utilizar la metáfora de las espumas, porque en nuestro tiempo tenemos que surfear espumas. [Parece que Sloterdijk abraza el diagnóstico sobre la liquidez de nuestro tiempo. Algo de razón tienen estos diagnósticos, por supuesto, pero siempre me preocupó la peligrosa nostalgia que pueden llevar en la sombra].
Este acto se llama Los signos de los tiempos porque en tu opinión, Peter, el filósofo no es ni un espectador lejano que contempla la realidad desde la torre de marfil —porque, dices, hay que estar en el barro— ni tampoco un profeta que viene a iluminarnos con la verdad de las cosas. La tarea del filósofo, defiendes en tu obra, es interpretar los signos de los tiempos.
En este sentido, me gustaría preguntarte: ¿cómo se han manifestado los signos de los tiempos? Parece que los signos actuales de nuestro tiempo se muestran en la siguiente frase de Rilke: «Has de cambiar tu vida». Pero ¿qué significa esto? ¿Significa una revolución de la consciencia? ¿Ha cambiado algo el sentido de esta frase desde que la escribió Rilke?
Isidoro Reguera: «Peter Sloterdijk es uno de los filósofos centrales de nuestro tiempo. Así lo reconoció el periódico alemán Bild Zeitung, que dijo que Sloterdijk es una de las mentes más brillantes de la humanidad. Y yo también lo creo»
«Has de cambiar tu vida»
Peter Sloterdijk. [Su ritmo es lento, su voz suena cansada, pero su tono es firme y seguro]. La frase «has de cambiar tu vida», desde mi punto de vista, es una tesis actual, pero también, y en cierto modo, arcaica. Quiero recordar el libro Así habló Zaratustra [1883], de Nietzsche. Él pensaba que esta obra iba a marcar una época y dijo que era «un libro para todos y un libro para nadie». [Esta siempre me pareció una sentencia maravillosa: para todos, porque interpela a todo el mundo, pero a la vez para nadie, porque nadie está preparado aún para el mensaje que encierra. Siempre me interesó esa condición de (in)actualidad, esa condición de estar entre dos tiempos].
Esta frase es crucial porque las instrucciones éticas son para todos, pero a la vez para nadie, para ninguno. En el momento en el que se formula un código ético se crean los grupos que a posteriori van a seguir ese código ético. [Parece que Sloterdijk resalta algo que muy pocos pensadores han resaltado: el componente creativo de la ética. La ética crea formas de vida, grupos, códigos, lenguajes. Para él, seguir una ética no es otra cosa que abrazar una forma de vivir].
Las frases éticas no emanan de una situación real, sino que son más bien proféticas, anuncian algo. Anuncian a una población que va a coexistir en el futuro con este códice ético. Por ejemplo, antes de Buda no existían los budistas. De hecho, toda la teoría budista tiene que ver con esta frase de «has de cambiar tu vida». Esta es una frase para todos y para nadie: algunos lo van a seguir y otros no. Tampoco había cristianos antes de Cristo, por poner otro ejemplo…
Isidoro Reguera. Pero, Peter, permíteme preguntarte… ¿qué hay que cambiar de la vida de cada uno? ¿Cuál es el punto fundamental? ¿Cómo hacer? [Este es el punto fundamental. No se trata de hablar de un cambio abstracto, ¿o acaso no cambia todo en algún momento? Se trata de pensar qué cambiar y por qué hacerlo].
Esto me recuerda a tu concepto de religión porque para ti nunca ha habido religión, sino a lo sumo fitness anímico, áskesis, training espiritual. Pero a partir de la modernidad, con la muerte de Dios, este entrenamiento solo lo hacen los filósofos, o unos pocos. Ya no hay, creo, voluntad de altura, voluntad de desesperación. De hecho, la religión tiene que venderse hoy día como un elemento más dentro del mercado universal de las necesidades metafísicas, tiene que venderse como una ética universal.
Peter Sloterdijk: «Las instrucciones éticas son para todos, pero a la vez para nadie, para ninguno»
«La religión no existe»
Peter Sloterdijk. Puede que la frase «la religión no existe» suene muy dura, pero lo podemos explicar de una manera tranquila, sosegada.
Volvamos al origen del término religio [en latín]. Religio se refiere al cumplimiento cuidadoso de un protocolo de trato entre el ser humano y el más allá o los dioses. O sea que lo característico de lo religioso es la cautela.
[Es interesante este desplazamiento de Sloterdijk, discutible cuanto menos. Para él, da la sensación, el núcleo de la religión no sería ya el más allá al que refieren todos los rituales, sino precisamente esa relación misma con el más allá, esa relación ritual, de cuidado, de compromiso, de fidelidad. Es un desplazamiento que permite entender con más precisión qué queremos decir cuando hablamos de la «religión del dinero», una religión donde no hay más allá, pero sí una relación particular].
Los primeros cristianos sabían que no podían ser cristianos si no tenían un ejercicio novedoso, especial, y cuando los primeros monjes se fueron al desierto (para entrenarse para los cristianos que vendrían después) se llamaron «atletas de Cristo». En la época de los romanos, de hecho, se llamaban los «soldados de Cristo». Entendido de esta forma, el ejército es el grupo en la sociedad que entrena, que se ejerce, que hace ejercicio.
Bueno, la religión como yo la veo sale bien parada, porque se basa en la distinción entre aquellos que han pasado por un ejercicio religioso y aquellos que no. [Sloterdijk añade aquí un punto importante: lo característico de la relación religiosa es, además, la relación de cambio que uno establece consigo mismo, cómo uno decide trabajarse (rezando, cumpliendo mandamientos…)].
Los que para mí no son católicos son los que van a misa únicamente una vez al año, los que solo tienen relación con la religión cristiana en Navidad, en la misa del gallo… Mientras que los expertos son los que se han entrenado tanto que incluso pueden llegar a tener alucinaciones. Escuchan voces por el mero hecho de ejercer la religión durante doce horas al día. Y el protestantismo le ha puesto fin a todo esto en Europa. Entre los luteranos solo hay predicadores, pero ya no hay predicadores iluminados, no hay personas con visiones o que escuchan voces. Y de hecho se dice eso: hay que saber leer, pero no hay que practicar tanto como para llegar a escuchar voces.
Isidoro Reguera: «La religión tiene que venderse hoy día como un elemento más dentro del mercado universal de las necesidades metafísicas, tiene que venderse como una ética universal»
Isidoro Reguera. Tu último libro, Hacer hablar al cielo [qué título tan maravilloso, qué evocador, qué poético], es un libro donde la religión deja paso a lo que llamas «teopoesía» (en vez de teología). Con este término llevas, si no me equivoco, treinta años en la cabeza. Si te he leído bien, lo que señalas es que la religión es teopoesía, es decir, es una apelación literaria de Dios, contraponiéndolo a la teología, que, literalmente, sería la lógica de Dios. [Parece entonces que las voces que uno escucha son las voces de un Dios al que se le hace hablar. Me gusta la agencia que coloca Sloterdijk en el sujeto: no somos pasivos frente al campo de lo divino, sino que hacemos hablar a Dios, nos entrenamos para que hable, nos entrenamos para hacernos dignos de su llamada]. ¿Podrías hablarnos ahora de este término, de la teopoesía?
Me gustaría, además, preguntarte sobre el concepto de Dios, ya que sale el tema: ¿es una creación literaria? ¿Es eso lo que significa teopoesía? ¿Hay alguien ahí al que le hacemos hablar? ¿Qué es el cielo? Cuando decimos que los poetas hablan al cielo, hacen hablar a algo, ¿verdad?
Peter Sloterdijk. El ejercicio poético del ser humano consiste en ser capaz de encontrar similitudes. Podríamos decir incluso que, antes de descubrir el mundo, descubrimos similitudes y, como descubrimos similitudes, somos capaces de decir que eso es aquello y que lo otro es lo otro. [Hay cierta confusión en el teatro, Sloterdijk está abordando un tema complejo y la oralidad puede jugar malas pasadas para esto. El punto, parece ser, es este: siempre operamos con analogías, es nuestra forma primordial de conocimiento. ¿Debemos asumir la radicalidad de su tesis, es decir, debemos asumir que comparamos antes incluso de conocer el mundo?]. Esto lo quiero señalar porque creo que el gesto elemental de la poesía es la metáfora o la comparación de algo con algo parecido.
Por otro lado, el ser humano es un ser hablante, esta es una realidad elemental, y hablar significa llevar al mundo similitudes. Y de esta manera tenemos una fantasía según la cual el mundo es un lugar precisamente por esas similitudes, se tiene la sensación de conocerlo, de estar en casa, no estamos en la lejanía. [Decía Husserl que nunca vemos simplemente algo, sino que siempre vemos algo como algo. Ver es siempre interpretar y en esta interpretación, parece sostener Sloterdijk, siempre comparamos].
Por ejemplo, Nietzsche decía que el lenguaje es un ejército de metáforas, no más. Un ejemplo: a los músculos los llamamos músculos, que viene del latín musc [ratón], porque el músculo es el pequeño ratón que va debajo de la piel, y si tenemos presente esa imagen sabemos lo que es la tarea del lenguaje, de las palabras. [Esta es la cita de Nietzsche: «Son metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal»]. Reconocemos algo, podemos decir, reconocer que detrás de cada imagen hay una imagen primaria. Estoy exagerando a nivel metafísico, pero es un elemento básico lingüístico. La base del lenguaje es la comparación, con lo cual ampliamos el concepto de la similitud.
Volviendo a la pregunta que me has hecho… ¿Por qué las personas le hablan al cielo o piensan que el cielo les habla a ellos? Creo que es común en nosotros la extensión del lenguaje humano, es decir, la extensión a los hablantes no humanos: los mitos o los cuentos están llenos de personajes no humanos. Las leyendas hablan de caballos que tienen la capacidad de hablar, por ejemplo. La alegoría no es otra cosa que la extensión del habla a los personajes incapaces de hablar.
Con esto quiero decir que una conversación entre dos personas, la conversación horizontal, se puede proyectar a una conversación vertical con Dios. En esa conversación vertical se espera que ese polo superior conteste. Es la convicción que está detrás de cualquier religión, en esto consiste la iluminación.
Muchas religiones no conocen la redención, pero conocen la obsesión, crean el trance y por el trance nos llega otra fuerza, otra voz. Pero lo interesante de las grandes religiones es que el cielo no está borracho ni alucina, sino que habla un lenguaje inteligible a las personas. Es un rendimiento estupendo, admirable.
Me gustaría añadir otra idea más. No existe solo la teopoesía, sino que también existe la teología. Porque Dios nace dos veces: primero, cuando lo metaforizamos en el diálogo a través de la oración, pero un segundo nacimiento es a través del pensamiento.
[Esta idea de Sloterdijk es muy interesante: pensar el nacimiento de Dios como el nacimiento del interlocutor al cual rezamos. Primero nace Dios cuando hablamos al cielo, cuando extrapolamos el diálogo entre humanos y levantamos la vista a las nubes. Hablamos a alguien y en ese diálogo hacemos nacer a ese otro, a Dios. Pero también Dios nace como objeto de pensamiento, como objeto de nuestra pregunta. Nace cuando le hablamos, pero nace también cuando reflexionamos sobre quién ese silencio al que nos dirigimos].
Hay una obra del siglo XIII, anónima, creo recordar, hay un libro sobre veinticuatro filósofos (y juraría que esa obra inspiró a Leibniz), bueno, sea como sea, hay una frase que me gusta mucho que dice: «Dios es una bola cuyo centro se encuentra en todas partes y cuya circunferencia no está en ningún sitio. Si piensas y sigues ese pensamiento eres teólogo». Y eso es.
Peter Sloterdijk: «Dios nace dos veces: primero, cuando lo metaforizamos en el diálogo a través de la oración, pero un segundo nacimiento es a través del pensamiento»
La política
Isidoro Reguera. Uno de los signos de los tiempos que interpreta el filósofo es la política. Tú afirmas que no necesitamos una política que cree puestos de trabajo a bordo del Titanic, sino que necesitamos una política que se ocupe de la ciencia del iceberg. ¿Qué quiere decir eso?
Por otro lado, para los políticos de la llamada posdemocracia [el término posdemocracia fue acuñado por Colin Crouch para señalar los límites de la democracia actual, para señalar que muchas de las decisiones importantes se toman por fuera de los canales estrictamente democráticos], no somos más que contribuyentes todos los años y votantes cada cuatro años. Y esto al ciudadano le cabrea, la gente está cabreada, Peter.
Publicaste un artículo hace tiempo donde afirmabas que los votantes están cabreados y que la única salida es la indignación. Pero eso ya no es posible porque ¡los que antes estaban indignados ahora son políticos! ¿Cómo ves esto, Peter? ¿Tiene sentido que realmente hoy la última salida sea la indignación, tiene sentido que haya realmente ciudadanos conscientes que se sientan heridos y que pongan en un brete a los políticos? Pero es que ¿hay ciudadanos conscientes? En fin, ¿es la indignación todavía una salida?
Isidoro Reguera: «¿Tiene sentido que realmente hoy la última salida sea la indignación? ¿Tiene sentido que haya ciudadanos conscientes que se sientan heridos y que pongan en un brete a los políticos?»
Peter Sloterdijk. Quisiera recordar al antropólogo Pierre Clastres, que cuenta que entre los aborígenes en América Latina existía una estructura protopolítica y hacían todo con tal de no verse dominados por otros. Ellos entendían cómo se establece un poderío ajeno y lo ven [al poderío ajeno] como a un enemigo, como algo contrario. Por lo tanto, todas las tribus tienen una base bélica, porque su comportamiento bélico sirve como disuasión contra otros grupos, como invasores, por ejemplo.
La historia de la humanidad nos muestra que esta actitud hacia el poder se ha encontrado subyugada por la creación de las monarquías. Hay una tendencia de los esclavos a liberarse, una tendencia libertaria, y esta tendencia la tenemos en todas las sociedades. Donde más ha arraigado la monarquía, una idea de libertad es más difícil de surgir y de crear.
En las monarquías existe un alma, y también la alegría de ver al rey sigue presente en muchas personas. También hay aquellos, los antimonárquicos, que no se alegran, pero hay mucha gente que sí se alegra y también tiene esa educación monárquica. Miran hacia arriba porque el rey es un dios visible. Eso tiene que ver con una homología arraigada entre los dioses y los reyes. Porque para hacer visible y creíble a Dios hay que presentarlo como un padre y después hay que ponerle una corona y ya tenemos a Dios. Con pocas pinceladas podemos crear a un Dios creíble.
Estas actitudes también influyen en nuestra subjetividad política. La humanidad se divide en aquellos que quieren un gobierno patriarcal que nos trate como a niños, es decir, nosotros jugamos y ellos gobiernan (podemos consumir, irnos de vacaciones y ellos gobiernan) y, por el otro lado, lo contrario.
Todos deberíamos ser griegos, helenizar al ser humano, debemos anticipar y decir: no nos vamos de vacaciones, no vamos a consumir más de lo necesario, sino que vamos a ocuparnos del bien común. Porque la democracia es una forma de vida bastante agotadora. En Atenas, los que estaban en el poder tenían que vivir durante un mes en un edificio público y no tenían vida privada, vivían para el Estado. Ahora todos queremos consumir y para poder hacerlo pagamos impuestos, vamos a las elecciones cada cuatro años, etc.
Fuente: https://filco.es/