miércoles, 22 de abril de 2026

SIMONE

10 coincidencias y diferencias entre Simone Weil y Simone de Beauvoir

Hablar de Simone Weil y Simone de Beauvoir es, en apariencia, poner en diálogo dos trayectorias casi opuestas. Comparten nombre, país y época, pero sus estilos de vida, sus preocupaciones filosóficas y sus apuestas vitales parecen divergentes. Sin embargo, si se examinan con atención, emergen conexiones profundas que permiten leerlas en paralelo.

Simone de Beauvoir (izda.) y Simone Weil (dcha.) son dos caras de un mismo siglo, dos voces imprescindibles para entenderlo. Imágenes de las filósofas de dominio público de Wikimedia Commons. 

Simone Weil y Simone de Beauvoir representan, cada una a su modo, una filosofía comprometida con su tiempo: una forma de pensar que no se limita a interpretar el mundo, sino que aspira a transformarlo. A partir de aquí, pueden trazarse una serie de coincidencias y diferencias que iluminan tanto sus afinidades como sus tensiones.

¿Qué sentido tiene tratar de compararlas? Ambas eran francesas, nacidas casi al mismo tiempo (Weil en 1909, Beauvoir en 1908), coincidieron en círculos intelectuales y a veces militantes y sus vidas estuvieron atravesadas por los convulsos acontecimientos del siglo XX.

 1 Coincidencia: la filosofía como forma de vida

Simone Weil y Simone de Beauvoir entendieron la filosofía como algo inseparable de la existencia concreta. Su propia vida estuvo atravesada por eventos enormemente convulsos, como los que sacudieron la Europa de mediados del siglo XX (la guerra, el Holocausto). En este sentido, la filosofía emergió, para ellas, como un pensamiento para hacerse cargo de los males del mundo.

Weil y Beauvoir no se limitaron a escribir sobre el mundo: intentaron vivir de acuerdo con sus ideas. En el caso de Weil, esto se tradujo en que intentó establecer una cierta coherencia entre pensamiento y acción, trabajando en una fábrica o alistándose en la guerra civil española. En Beauvoir, esa coherencia adoptó otra forma: una vida intelectual y política intensa, marcada por el compromiso con su tiempo y por una escritura que dialoga constantemente con la experiencia.

En ambas, la filosofía trata de ser una práctica encarnada, lo cual implica un riesgo. Trataron de huir de la distancia cómoda entre teoría y vida que abrazaron muchos autores de su tiempo. En este sentido, la primera coincidencia entre Simone Weil y Simone de Beauvoir es una cuestión de actitud intelectual ante el propio pensamiento.


2 Diferencia: mística frente a existencialismo

Pese a la actitud inicial ante el pensamiento, en la que podían coincidir, en el contenido del mismo Weil y Beauvoir divergieron en varios puntos. En el asunto de la espiritualidad aparece una de las fracturas más claras entre ambas.

Weil desarrolló una espiritualidad cristiana pero crítica con las instituciones del cristianismo. Su pensamiento, en este sentido, giró en torno al sacrificio, la renuncia y la atención al sufrimiento como vía de acceso a lo divino. La trascendencia es, para ella, una dimensión central, que fue desarrollando sobre todo los últimos años de su vida.

Beauvoir, en cambio, se sitúa en la órbita del existencialismo ateo, en diálogo con Jean-Paul Sartre. Ambos rechazan cualquier forma de trascendencia y defienden que el ser humano está condenado a ser libre: no hay sentido previo, solo el que cada uno construye. Es decir, que donde Weil busca a Dios en el vacío del yo, Beauvoir afirma la libertad en ausencia de Dios.

    Simone Weil y Simone de Beauvoir no se limitaron a escribir sobre el mundo: intentaron vivir de acuerdo con sus ideas


3 Coincidencia: ruptura con el origen familiar

Simone Weil y Simone de Beauvoir nacieron ambas en entornos burgueses y religiosos (judío en el caso de Weil, católico en el de Beauvoir), pero las dos se distanciaron pronto de esas raíces, tanto personalmente como en el terreno de su pensamiento. Para ellas, esta ruptura era un gesto de rebeldía contra la tradición que las circunscribía a unas tareas muy concretas, a las que ambas renunciaron.

Simone Weil se aleja del judaísmo familiar y emprende una búsqueda espiritual que culminaría con su bautizo, poco antes de morir. Beauvoir rompe con el catolicismo y con los valores burgueses en un gesto que será decisivo para su filosofía de la libertad, y no retornó en ningún momento a una dimensión espiritual.

En ambos casos, Simone Weil y Simone de Beauvoir mostraron una voluntad de desarraigo: pensar exige separarse de lo dado y lo fácil, para adentrarse en un camino puramente personal.
 

4 Diferencia: activismo obrero frente a feminismo

Las dos filósofas le dieron un sentido político a los problemas de su presente. Pero el compromiso político de Simone Weil y Simone de Beauvoir adoptó direcciones distintas.

Weil orienta su acción hacia las luchas de clase trabajadora. Es por este motivo que decidió vivir una breve experiencia como trabajadora en fábricas, para después alistarse en la Columna Durruti durante la revolución española. Estas experiencias reflejan una preocupación central por la opresión material y las condiciones de vida de los obreros.

Beauvoir, por su parte, centra su intervención en la opresión de las mujeres. Su obra El segundo sexo se convierte en un texto fundacional del feminismo contemporáneo, al afirmar que la condición femenina es una construcción social: «No se nace mujer, se llega a serlo».

La actividad política de Simone de Beauvoir no se limitó a la escritura de obras que serían clave para el desarrollo de la filosofía feminista, sino que también participó de distintos movimientos por la emancipación de la mujer, como el del derecho al aborto, y en Mayo del 68, un movimiento revolucionario que confluyó con varias huelgas generales que sacudieron Francia.

    Weil y Beauvoir mostraron una voluntad de desarraigo: pensar exige separarse de lo dado y lo fácil, para adentrarse en un camino puramente personal


5 Coincidencia: una relación directa con la guerra


Simone Weil y Simone de Beauvoir no solo reflexionaron sobre la guerra, la vivieron en sus propias carnes, aunque de formas muy distintas.

Weil participó activamente en la guerra civil española, integrándose en una milicia anarquista. Su experiencia reforzó su crítica a la violencia y su idea de que ejercer el poder y la fuerza tiende a deshumanizar. Su participación en una guerra no le restaba un ápice de legitimidad a su crítica a la guerra. La existencia de guerra, sostenía, no depende que los ciudadanos intervengan o no en ella. La clave es si su participación tiende a disolverla, a eliminar toda posibilidad de ejercer violencia.

Beauvoir abordó la guerra desde la reflexión ética y literaria, especialmente en La sangre de los otros, donde explora la responsabilidad moral en contextos de violencia. También es parte de la resistencia francesa ante los nazis en la Segunda Guerra Mundial, un momento donde se puso sobre la mesa multitud de debates en torno a las responsabilidades individuales contra la ocupación y avance de las ideas reaccionarias de Hitler.

Ambas coinciden en algo esencial: la guerra revela los límites y contradicciones de la acción humana, aunque le dieron hojas de ruta vitales algo diferentes.


6 Diferencia: concepción de la violencia

En relación con la guerra, la principal diferencia que mantuvieron sobre el asunto tuvo que ver con la concepción de la violencia. Aquí es donde su interpretación difiere.

Weil desarrolla una crítica radical de la fuerza: la violencia, incluso cuando se ejerce con fines justos, tiende a corromper. Propone una ética de la «no-fuerza», basada en la renuncia y el amor. Es también desde aquí desde donde llega a ideas como la de la compasión cristiana.

Beauvoir, por su lado, adopta una posición más ambigua: reconoce que en ciertas circunstancias la violencia puede ser inevitable, pero insiste en que nunca deja de ser problemática. La clave está en asumir la responsabilidad de los actos que se cometen.

    Ambas filósofas no solo reflexionaron sobre la guerra, la vivieron en sus propias carnes, aunque de formas muy distintas


7 Coincidencia: incomodidad frente a su propia tradición


Pensemos en la sociedad de principios y mediados del siglo XX y en la propia filosofía en la que Simone Weil y Simone de Beauvoir se educan como lo que era: un contexto en el que los derechos de las mujeres no estaban garantizados. Ambas forman parte de una de las primeras generaciones de mujeres que acceden a la universidad, lo cual las convierte en pioneras, pero también en sufridoras, todavía, de enormes prejuicios.

A menudo esto generó que las etiquetas se las pusieran otros. Y ni Weil ni Beauvoir encajan del todo en las etiquetas que se les asignan desde la tradición filosófica o política.

Weil es leída a menudo como pensadora religiosa, pero su espiritualidad es heterodoxa y difícil de clasificar, como lo fue su propia relación con la iglesia. La recuperación mística actual de autoras como Weil a veces no tiene en cuenta esta dimensión. Por su parte, Beauvoir ha sido reducida durante mucho tiempo a «compañera de Sartre» o a filósofa feminista sin más, sin apellidos, cuando su obra abarca cuestiones mucho más amplias y desde luego excede el pensamiento de su compañero.


8 Diferencia: lugar en la historia del feminismo

Simone de Beauvoir ocupa un lugar central en la tradición feminista. Su análisis de la opresión de las mujeres sigue siendo una referencia clave en el siglo XXI. En concreto, Beauvoir se enmarca en el feminismo de la igualdad, aquel que sostiene que las diferencias entre hombres y mujeres no tienen base biológica, sino social. Somos igualmente capaces intelectualmente, sostiene, y también somos merecedores del mismo trato.

Weil, en cambio, no desarrolló una teoría feminista sistemática. Sin embargo, su crítica de la opresión y del poder ha sido leída en clave feminista de forma indirecta. En la recuperación actual por parte del feminismo hay también algo esencialista: como si por ser una mujer, se pudiera o se deba hacer una lectura feminista. Pero es recomendable leer a Weil desde lo que fue y no lo que querríamos que fuera, para aproximarnos mejor a su pensamiento.

    Ni Weil ni Beauvoir encajan del todo en las etiquetas que se les asignan desde la tradición filosófica o política


9 Coincidencia: una actualidad renovada

Pese a ser filósofas que pertenecen al siglo XX (Weil a la primera mitad, porque murió en 1943), ambas pensadoras han sido recuperadas con fuerza en las últimas décadas: a Beauvoir, porque el feminismo continuó avanzando, y ella se convirtió en una referencia histórica clave; a Weil, porque la espiritualidad está cobrando un renovado interés.

En un mundo marcado por nuevas formas de desigualdad, crisis políticas y debates sobre identidad, sus obras ofrecen herramientas para pensar el presente. Weil aporta una reflexión radical sobre la atención, el sufrimiento y la violencia; Beauvoir, un análisis imprescindible sobre la libertad, el género y la construcción social.

Su vigencia no radica en que den respuestas cerradas, sino en que obligan a formular algunas preguntas que no se cerraron en su siglo. Hoy vuelven a actualizarse las condiciones de una época que también era la suya: de crisis, guerras y de posibles revoluciones. En este contexto, leerlas es no empezar de cero.

10 Diferencia final: dos estilos de radicalidad


Si hubiera que resumir la distancia entre ambas en una última cuestión, podría hablarse de dos formas de radicalidad distintas. Weil lleva la exigencia ética hasta el extremo del sacrificio personal. Su vida misma parece una prolongación de su pensamiento, a veces desgarrada.

Beauvoir, en cambio, encarna una radicalidad más situada: una ética de la acción en un mundo ambiguo, donde la pureza es imposible pero la responsabilidad sigue siendo ineludible. Se trata de dos maneras de tomarse en serio la filosofía. Dos formas de habitar el siglo XX que, aún hoy, siguen dialogando entre sí y con todos nosotros. 

Fuente: https://filco.es/ 

lunes, 20 de abril de 2026

FREUD

Freud: una vida en torno al psicoanálisis, los sueños y mucho más

Sigmund Freud desarrolló el psicoanálisis. Publicó obras clave como «La interpretación de los sueños». Fumador empedernido, sufrió un cáncer de mandíbula. En 1938, huyó del nazismo a Londres, donde murió en 1939. Su teoría sobre el inconsciente y la sexualidad infantil marcó el pensamiento del siglo XX.

Primer plano de Sigmund Freud (1856-1939). Detalle de fotografía (aprox. 1921) de Max Halberstadt. Licencia CC. 

La familia Freud

Sigismund Schlomo Freud nació el 6 de mayo de 1856 en la ciudad Freiberg, en Moravia (que hoy se llama Příbor, en la actual República Checa). Por aquel entonces, Freiberg era una pequeña ciudad industrial de unos cinco mil habitantes que entonces pertenecía al Imperio Austriaco. Quizá el primer dato curioso es que Freud no nació con el nombre de Sigmund, sino con el de Sigismund Schlomo, este segundo en honor a su abuelo paterno y que nunca usó. ¿Cuándo cambió? En los documentos de 1871, a los quince años, ya aparece Sigmund, aunque él no empezó a firmar así hasta sus veinte años.

 Su estructura familiar era inusual (¿no lo son todas?) y quizá podamos elucubrar retrospectivamente que su familia fue casi un laboratorio de las ideas que él mismo desarrollaría. Su padre, Jakob Freud, era un comerciante de lana de cuarenta años cuando él nació. Su madre, Amalie Nathansohn, en su nacimiento tenía veinte años. Su padre Jakob había estado casado antes y tenía dos hijos adultos de ese matrimonio anterior, Emanuel y Philipp, que eran aproximadamente de la misma edad que Amalie. De hecho, uno de esos hijos (Emanuel) tenía otro hijo John, de un año. Así que uno de los primeros amigos de infancia de Freud fue el nieto de su padre.

Del matrimonio entre sus padres, Sigmund fue el primero de ocho hermanos —cinco mujeres y tres varones— y, desde el principio, el favorito indiscutible de su madre. Amalie lo llamaba «mi dorado Sigi» y organizó la vida familiar en torno a su estudio: cuando él necesitaba concentrarse, le prohibía a su hermana Anna tocar el piano.

Sus años de estudio

En 1859, las dificultades económicas del negocio textil de su padre obligaron a la familia a trasladarse primero a Leipzig y luego, en 1860, a Viena, cuando Freud tenía cuatro años. En esa ciudad vivió Freud casi toda su vida.

Asistió primero al Sperl Gymnasium, una escuela secundaria con fuerte énfasis en latín, griego e historia de la Antigüedad, y fue el primero de su clase durante siete años consecutivos. Esto, su educación clásica, es importante, porque muchos conceptos griegos (el eros, el complejo de Edipo, Thanatos y la pulsión de muerte) formarían después parte de su teoría. En 1873, con diecisiete años, ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Viena. Es cierto que había considerado brevemente estudiar Derecho, pero, después de leer un ensayo de Goethe sobre la naturaleza, Freud se inclinó definitivamente hacia la ciencia. Su motivación era más investigadora que clínica, más la imagen del científico como buscador de verdad que la del médico como curador. De hecho, su primera publicación data de 1877 y fue un trabajo anatómico sobre las gónadas de la anguila.

Tardó nueve años en obtener su título. Después obtuvo el doctorado en 1881. Tardó «tanto» porque sus intereses eran amplísimos: trabajó en el laboratorio de neurofisiología de Ernst Brücke, asistió a clases de filosofía con Franz Brentano y de zoología con Carl Claus, un darwinista convencido cuya influencia se detecta en la visión evolucionista que Freud tendría de los instintos.

De este período hay un detalle curioso: entre 1871 y 1881, Freud mantuvo una extensa correspondencia con su amigo Eduard Silberstein. Ambos aprendieron español de forma autodidacta y fundaron una sociedad secreta de dos miembros a la que llamaron «Academia Castellana», firmando sus cartas con los nombres de los dos perros del Coloquio de Cervantes: Freud era Cipión, Silberstein era Berganza. Las cartas se conservan hoy en la Library of Congress de Estados Unidos.

    Freud nació como Sigismund en 1856. De joven estudió autores clásicos y medicina y fundó una academia secreta de español


Las investigaciones de Freud

En abril de 1882, Freud conoció a Martha Bernays. Él tenía veintiséis años y ella veintiuno. Se comprometieron en secreto apenas dos meses después del encuentro, pero Freud no tenía dinero para casarse. Su mentor, Brücke, le había dicho con franqueza que sus perspectivas de ascenso en el laboratorio eran escasas, y que la práctica médica privada era la única vía viable, así que Freud se incorporó al Hospital General de Viena como asistente clínico.

En 1884, Freud empezó a experimentar con la cocaína. La sustancia era entonces legal, no estaba regulada y era objeto de una importante investigación médica. Freud la tomaba regularmente en pequeñas dosis para combatir su depresión y la recomendaba con entusiasmo. El 2 de junio de 1884 le escribió a Martha: «En mi última depresión tomé coca de nuevo, y una pequeña dosis me elevó a las alturas de una manera maravillosa». Publicó ese mismo año un artículo («Über Coca»; en español, «Sobre la coca») presentándola como un estimulante y un analgésico potencial.

En el invierno de 1885-1886, Freud obtuvo una beca para estudiar en París con Jean-Martin Charcot, el neurólogo más célebre de Europa. Fue toda una revelación. Charcot demostraba que síntomas físicos como la parálisis podían generarse y eliminarse mediante sugestión hipnótica, lo que implicaba que la mente —no solo los nervios— podía enfermar. Nace aquí la idea de que los fallos de nuestros comportamientos pueden tener una raíz mental (inconsciente) y que no todo el malestar de nuestro cuerpo es biológico o material.

El 13 de septiembre de 1886, Sigmund Freud y Martha Bernays se casaron en el Ayuntamiento de Wandsbek. Al día siguiente, una ceremonia religiosa en la sinagoga local formalizó el matrimonio según la ley austríaca. Tuvieron seis hijos, nacidos entre 1887 y 1895, La menor, Anna, siguió los pasos de su padre y se convirtió en una psicoanalista de renombre.


El nacimiento del psicoanálisis

En abril de 1886, Freud abrió su consulta privada. Se instaló primero en un apartamento en la calle Schottenring 7 (la célebre Sühnhaus). No sería hasta 1891 cuando la familia se mudó al famoso apartamento de Berggasse 19, dirección que hoy alberga el Museo Freud y que sería su lugar de trabajo durante casi cincuenta años. Allí atendía pacientes con trastornos nerviosos y desarrollaba, de forma paralela, sus estudios de teoría psicoanalítica.

La colaboración decisiva de estos años fue con Josef Breuer, médico vienés que le había hablado del caso de Bertha Pappenheim («Anna O.» en la literatura clínica), una joven con síntomas histéricos que, al hablar libremente sobre sus experiencias, encontraba alivio. Pappenheim llamó a este procedimiento «cura por la palabra» o «deshollinamiento». En 1893, Freud y Breuer publicaron una «comunicación preliminar» enunciando su hallazgo central: «El histérico sufre principalmente de reminiscencias». En 1895 publicaron juntos los Estudios sobre la histeria, que contiene los primeros cinco casos clínicos del psicoanálisis naciente. La recepción fue polarizante y la obra fue vista con frialdad por el estamento médico tradicional.

Sin embargo, encontró una acogida más cálida en el mundo intelectual. De hecho, el 2 de febrero de 1896, el influyente diario liberal vienés Neue Freie Presse publicó una reseña del ensayista y crítico Alfred von Berger. En ella, calificó el trabajo como «el tipo de psicología que usan los poetas», una frase que, lejos de ser un rechazo científico, fue un gran cumplido que reconocía la capacidad del nuevo método para explorar las profundidades emocionales de la mente humana. La colaboración acabó fracturándose entre los dos. Freud insistía en la centralidad de la sexualidad como causa de las neurosis, pero Breuer se mostraba reticente. La ruptura fue intelectual y personal. En estos mismos años, Freud estrechó una amistad intensa con el médico berlinés Wilhelm Fliess, cuyo papel es aún objeto de debate académico. La extensa correspondencia entre ambos —conservada parcialmente— es una de las fuentes primarias más valiosas para entender el desarrollo del psicoanálisis.

La muerte de su padre Jakob en 1896 fue un acontecimiento sísmico en su vida interior. Freud emprendió un riguroso autoanálisis que duraría varios años, concentrado especialmente en sus propios sueños. El resultado fue una de sus obras más importante: La Interpretación de los sueños —Die Traumdeutung— se publicó en noviembre de 1899, aunque el editor le asignó fecha de copyright de 1900 para asociarla con el nuevo siglo. En una carta posterior a Fliess, Freud imaginó irónicamente una placa conmemorativa en la villa de Grinzing donde había tenido el primero de sus sueños fundamentales: «En esta casa, el 24 de julio de 1895, el secreto de los sueños fue revelado al Dr. Sigm. Freud». A pesar de que la recepción inicial fue fría —solo se vendieron 351 copias en los primeros seis años—, con el tiempo el libro sería considerado uno de los textos fundacionales del siglo XX.

    En 1895 Freud publicó, junto al médico vienés Josef Breuer, los Estudios sobre la histeria, que contiene los primeros cinco casos clínicos del psicoanálisis naciente. La obra fue vista con frialdad por el estamento médico tradicional, aunque con más calidez en el mundo intelectual


La escritura de sus libros más importantes

Tras La interpretación de los sueños, Freud mantuvo durante tres décadas un ritmo de producción asombroso. En 1901 completó la Psicopatología de la vida cotidiana, publicada como libro en 1904, que popularizó el concepto del lapsus freudiano: los olvidos, errores y actos fallidos no son accidentales, son expresiones de deseos inconscientes. Es el libro más leído de Freud en vida.

En 1905 publicó simultáneamente tres obras mayores: los Tres ensayos sobre teoría sexual, que postulan la sexualidad infantil y el desarrollo libidinal por fases; El chiste y su relación con lo inconsciente, que aplica el método interpretativo del sueño al humor, y el caso «Dora», su primer gran caso clínico publicado. En 1909 publicó dos casos clínicos canónicos: el del «Pequeño Hans» y el del «Hombre de las ratas». Ese mismo año viajó a Estados Unidos para pronunciar las conferencias de la Clark University, en Worcester, Massachusetts, publicadas luego como Cinco lecciones sobre psicoanálisis, primer reconocimiento serio del psicoanálisis en el mundo anglosajón. En 1910 publicó Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci, un ensayo de psicoanálisis aplicado al arte, en el que desarrolla el concepto de sublimación.

En 1913 apareció Tótem y tabú, una obra de antropología especulativa donde propone que el tabú del incesto tiene su origen en el asesinato del padre primordial por la horda primitiva. En 1914 publicó Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico, texto combativo con el que ajusta cuentas públicamente con Adler y Jung. En 1915 redactó una serie de artículos metapsicológicos (Lo inconsciente, Las pulsiones y sus destinos, La represión) que representan su pensamiento teórico más abstracto y sistemático. Entre 1916 y 1917 pronunció y publicó las Lecciones introductorias al psicoanálisis, su obra más didáctica y accesible, y durante décadas la principal puerta de entrada al psicoanálisis para millones de lectores. En 1919 publicó Lo siniestro, breve pero denso ensayo sobre lo inquietante familiar, uno de los textos de Freud más citados en los estudios literarios del siglo XX.

En 1920 publicó Más allá del principio del placer, donde introduce la pulsión de muerte. Ese mismo año murió trágicamente su hija Sophie a causa de la llamada gripe española. Aunque a menudo se asume que la teoría de la pulsión de muerte fue producto del duelo, Freud ya había redactado el borrador principal y conceptualizado todo en 1919, antes de la enfermedad de su hija, negando siempre que su dolor personal originara este concepto clínico. En 1921 publicó Psicología de las masas y análisis del yo, que anticipó con sorprendente lucidez los fenómenos de las masas totalitarias del siglo XX. En 1923 publicó El yo y el ello, que fija la segunda tópica de la psique: ello, yo y superyó. Este es el modelo estructural del psicoanálisis clásico.

En 1927 publicó El porvenir de una ilusión, su análisis de la religión como proyección del deseo infantil de un padre protector. En 1930 apareció El malestar en la cultura, quizás su obra más leída fuera del ámbito clínico. Su tesis en ese libro es que la civilización exige una renuncia permanente a los impulsos instintivos y que esa renuncia genera un malestar estructural e irresolvable.

    Su obra Psicopatología de la vida cotidiana, que publicó en 1904, popularizó el concepto del lapsus freudiano: los olvidos, errores y actos fallidos no son accidentales, son expresiones de deseos inconscientes. Es el libro más leído de Freud en vida


Freud y Jung

En 1902, Freud y un pequeño grupo de colegas vieneses comenzaron a reunirse cada miércoles por la noche en Berggasse 19. La Sociedad Psicológica de los Miércoles —rebautizada en 1908 como Sociedad Psicoanalítica de Viena— fue el núcleo original del movimiento psicoanalítico. Los primeros miembros eran cinco médicos vieneses: Freud, Wilhelm Stekel, Alfred Adler, Max Kahane y Rudolph Reitler. En 1906, Freud comenzó a cartearse con el psiquiatra suizo Carl Jung, y en febrero de 1907 el grupo recibió su primera visita personal.

Esta relación inicial con Jung fue la más intensa, fructífera y dolorosa de su vida intelectual adulta. En aquel primer encuentro en Viena, los dos hablaron durante trece horas seguidas. Para Freud, Jung era el sucesor ideal: suizo, respetable científicamente, capaz de sacar el psicoanálisis de su imagen de «ciencia judía vienesa». En 1910 fue fundada la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA), con Jung como primer presidente.

Las rupturas llegaron pronto y fueron dolorosas. Adler se separó formalmente del movimiento en junio de 1911, fundando su «psicología individual». La divergencia central era el papel de la sexualidad: para Freud, irrenunciable; para Adler, un factor entre otros. La ruptura con Jung fue más lenta y grave. Las tensiones comenzaron en 1912. Ese año acordaron suspender su correspondencia personal. En 1914, Jung dimitió de la presidencia de la IPA. Los desacuerdos teóricos eran profundos —Jung rechazaba el peso exclusivo de la sexualidad y reivindicaba la religión como fenómeno psicológico legítimo—, pero la ruptura fue también personal e irreversible. Freud respondió con Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico, donde ajusta cuentas públicamente con sus dos grandes disidentes.

    En 1902, Freud y un pequeño grupo de colegas vieneses comenzaron a reunirse cada miércoles por la noche en Berggasse 19. La Sociedad Psicológica de los Miércoles —rebautizada en 1908 como Sociedad Psicoanalítica de Viena— fue el núcleo original del movimiento psicoanalítico


El cáncer

Freud era un fumador empedernido y en 1923, a los sesenta y siete años, descubrió un crecimiento en su boca que resultó ser un carcinoma del paladar. La primera cirugía fue el 20 de abril de 1923. La extirpación fue incompleta y cinco meses después apareció una recidiva. El cirujano Hans Pichler le operó de nuevo el 4 y el 11 de octubre, extirpando parte del maxilar superior y la mandíbula inferior. El resultado fue una prótesis que Freud llevó el resto de su vida y a la que llamaba íntimamente «el monstruo»: con ella era difícil hablar, masticar o tragar.

Lo que resulta asombroso es que los años de operaciones —se cuentan entre treinta y cuatro según distintas fuentes médicas— fueron también años de enorme productividad intelectual. Freud nunca dejó de escribir, atender pacientes y dirigir el movimiento psicoanalítico. En 1932 publicó las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, escritas, pero nunca pronunciadas oralmente —ya no podía hablar cómodamente con la prótesis—. Ese mismo año publicó ¿Por qué la guerra?, intercambio epistolar con Albert Einstein en el que respondía con sobrio pesimismo a la pregunta de si era posible librar a la humanidad de la guerra.

Exilio y muerte

El ascenso del nazismo en Alemania en 1933 golpeó el mundo de Freud de forma directa. El 10 de mayo de 1933, sus libros ardieron en Berlín en las quemas públicas organizadas por el régimen. Al día siguiente, Freud anotó el hecho en su diario personal. Ante este acontecimiento comentó con amarga ironía que en la Edad Media le habrían quemado a él, que ahora se conformaban con sus libros era un «progreso».

El 12 de marzo de 1938, las tropas alemanas entraron en Austria. La invasión de Austria convirtió a Freud, de la noche a la mañana, en súbdito del Tercer Reich. El 22 de marzo, su hija Anna fue arrestada y conducida al cuartel general de la Gestapo. Fue liberada ese mismo día, pero el incidente precipitó una decisión que Freud había postergado durante años: la familia abandonó Viena.

Antes de que les permitieran partir, las autoridades nazis exigieron a Freud que firmara una declaración escrita estándar confirmando que no había sido maltratado ni extorsionado. Aunque durante décadas circuló el mito, impulsado por sus primeros biógrafos, de que Freud añadió al documento la sarcástica frase «Puedo recomendar la Gestapo a todos con la mayor efusividad», los registros históricos demuestran que simplemente firmó el formulario burocrático, sin añadir ninguna ironía que pudiera poner en mayor riesgo la vida de su familia. Partieron el 4 de junio de 1938. Freud viajó acompañado de Martha, de Anna, de su ama de llaves Paula Fichtl y de una médica joven, Josephine Stross, que monitoreaba su estado de salud.

En Londres, la acogida fue inesperadamente cálida: los taxistas conocían el número de su casa, y el correo llegaba dirigido solo a «Dr Freud, Londres». Trabajó hasta casi el final: completó Moisés y el monoteísmo —Der Mann Moses und die monotheistische Religion, publicado en 1939—, obra en la que propone que Moisés era egipcio y que fue asesinado por los israelitas; y redactó el Esquema del psicoanálisis —Abriss der Psychoanalyse—, resumen inacabado de toda su teoría. Atendió a cuatro pacientesy respondió todas las cartas.

El cáncer avanzó con rapidez durante el último año. En septiembre de 1939, Freud pidió a su médico Max Schur que recordara el acuerdo al que habían llegado tiempo atrás de no prolongar su vida innecesariamente. Anna Freud se resistió al principio, pero finalmente cedió. Schur administró una serie de inyecciones de morfina para terminar con su sufrimiento. Sigmund Freud murió el 23 de septiembre de 1939, dieciséis días después de que Alemania invadiese Polonia y comenzase la Segunda Guerra Mundial. Tenía ochenta y tres años. Su cuerpo fue incinerado en el crematorio de Golders Green. En el funeral hablaron Ernest Jones y el escritor Stefan Zweig.

Fuente: https://filco.es/ 

LIBROS

Los libros, ¿puertas o espejos?

Se ha dicho que los lectores ven el libro como una fuente de aprendizaje, pero quienes leemos hallamos en él, además de un placer, algo similar a la salvación. Los libros actúan como una puerta en cuanto que nos arrastran a otros lugares y como un espejo en cuanto que revelan nuestros miedos o nos remolcan al pasado. Amamos esta cualidad que poseen de trasladarnos hacia el exterior o hacia el interior de nosotros mismos. Pero ¿cuál prevalece? Y ¿cómo lo consiguen? ¿Qué encierran exactamente las buenas historias que despierta tanto nuestro interés?

El libro, ¿es una puerta o es un espejo? ¿Nos abre un cielo de posibilidades ante nosotros o nos permite desentrañar lo que hay dentro de cada uno? Diseño realizado a partir de la ilustración de FreePiks y los elementos de Canva Pro (licencia CC). 

¡Qué cosas pasan en los libros! Travesías, muertes, reinas malévolas, mansiones encantadas, pedidas de mano, amores prohibidos, celos y engaños. Recuerdo leer el Viejo y el mar, la célebre novela de Hemingway, durante un verano bajo el cielo azul y la luz vibrante del mediodía y sentirme en otro lugar, acaso en las aguas turquesas de la costa de Cuba. Y recuerdo los primeros libros que yo devoré: los relatos de David Walliams, con aquellas electrizantes ilustraciones de Quentin Blake, o los relatos algo más sombríos de Lewis Carroll o los hermanos Grimm. 

 Para mí, leer significaba ser llevado a lugares a los que no hubiese tenido otro modo de llegar o toparme con personas a quienes no hubiese tenido otro modo de conocer. Y así como los libros han sido considerados siempre como una puerta a la imaginación, como una ventana a mundos fantásticos o como un modo de evasión, para mí significan un viaje, una sencilla forma de traspasar los límites del espacio y del tiempo.

Para muchas generaciones también ha sido así. En Madre Irlanda, Edna O’Brien realiza un esbozo de la tierra de su infancia y en el capítulo «Los libros que leíamos» nos habla de las historias que formaron parte de su juventud, principalmente historias de amores truncados. Para ella, los libros fueron un lugar en el que resguardarse.

«En comparación [con los libros] —escribe— la vida era un aburrimiento. Los campos, la ciénaga donde crecen los lirios, la parroquia compuesta por mil almas, el viejo canónigo pronunciando largos sermones interrumpidos por toses y flemas, los baldes de leche, las conversaciones; todo era como agua de fregar comparada con el néctar de aquellos cuentos tachonados de estrellas».


El libro aparece aquí como una puerta tras la que abandonar las tediosas costumbres de la cotidianidad. Este es un planteamiento muy distinto al actual. Por un lado, el libro ya no ejerce un papel decisivo como abertura al mundo en nuestra sociedad globalizada y digital y, por otro, el acercamiento al libro se ha visto influenciado por nuestro marcado individualismo. En consecuencia, si antes la idea del libro giraba en torno al descubrimiento de lo ajeno, hoy gira en torno al autodescubrimiento.


La acción de ser llevados a algún sitio

La crítica cultural Fran Lebowitz se refirió a este cambio en la concepción del libro en una entrevista para The Morgan Library & Museum: «Se le dice a la gente consecuentemente: ‘¿qué puedes aprender de tu propia vida con esta novela?’ o ‘¿qué lecciones te enseña?’. Esta es una idea filistea, más que vulgar. (…) Un libro no debe ser un espejo, debe ser una puerta». Sin embargo, pese a que las acepciones puerta y espejo parezcan discordantes, no lo son del todo así. Ambas están unidas por un estrecho motor: el lector es sacudido y arrastrado y llevado consigo bien hacia parajes lejanos (puerta) o hacia el interior de sí mismos (espejo). A fin de cuentas, no importa tanto el destino como la acción de ser llevado. Ahora bien, ¿cómo consiguen llevarnos consigo las buenas historias?

En primer lugar, todas presentan un vacío, un hueco en la pared. Tomemos como ejemplo el relato de Alice Munro «El vaquero de la Walkers Brothers», en el que una niña acompaña a su padre durante una jornada como repartidor. Al terminar la ruta, el padre toma un pequeño desvío y conduce hasta la casa de una mujer que, al verlo, exclama: «¡Oh, Dios mío de mi vida! Eres tú». Entran en la casa, beben güisqui, charlan y bailan. Luego se despiden y, durante el camino de vuelta, la niña siente que «la vida de mi padre se escapa de nuestro coche mientras cae la tarde, oscura y extraña».

El lector se pregunta: ¿quién es la misteriosa mujer? Pero Munro no nos lo devela. En cambio, se nos presenta un bello vacío, un espacio abierto a la confabulación. ¿Acaso un amor de infancia? «La vida de mi padre se escapa de nuestro coche mientras cae la tarde, oscura y extraña» es el descubrimiento de la niña y, a su vez, también el nuestro: que desconocemos la historia completa del padre, que tiene vida propia. Así, el personaje transgrede los límites del relato.

Como la vida misma, los libros perviven en estos espacios de confabulación. ¿Por qué hizo aquello? ¿Él la amaba? ¿Por qué ella piensa esto o dijo lo otro? No hay respuestas explícitas a estas preguntas, pero precisamente la falta de respuestas le confiere a las historias los abismos que precisan para atraer nuestro interés. Dicho interés adquiere enseguida un todo íntimo.

Pensemos en El viejo y el mar, que narra la historia de Santiago ―un viejo pescador a quien la suerte parece haber abandonado― y su lucha contra un gigantesco pez espada. Pese a conseguir pescar el pez, una horda de tiburones lo devoran y Santiago se ve obligado a regresar empuñando las espinas. Lo que para el resto de pescadores parece una derrota, para el lector es un acto de intimidad con Santiago; el lector ha sido el único en presenciar su lucha y en ser testigo de su fugaz victoria. En otras palabras: al lector se le ha compartido una confidencia.

    Los libros han sido históricamente puertas a otros mundos, refugios frente a la realidad y vehículos de descubrimiento ajeno. Hoy, sin embargo, tienden al autoconocimiento


Apaciguar nuestra eterna soledad

A decir verdad, los libros han sido siempre portadores de confidencias, logrando así una arrolladora sensación de intimidad. En su ensayo Eros dulce y amargo, Anne Carson explica cómo el lenguaje escrito introdujo, desde su aparición en la Antigua Grecia y en oposición al lenguaje oral, «sistemas de privacidad o confidencia». A diferencia del orador que se dirige a una multitud, el escritor utiliza el alfabeto para dirigirse directamente al lector, en silencio. «Una conjura íntima tiene lugar», escribe Carson.

Quienes leemos comprendemos el placer de ver atestiguadas en papel las certezas que ya conocemos, de sentirnos parte de una intriga, de palpar la cercanía del autor. En la historia de Munro, el lector es partícipe de un íntimo reencuentro. En la novela de Hemingway, el lector es el único conocedor de los hechos. Esta idea de intimidad apacigua nuestra eterna soledad y le confiere al libro un tono personal que adquiere aún mayores dimensiones en la poesía confesional. Anne Sexton, gran poeta del siglo XX, le escribió a una amiga durante el verano de 1962: «Atesoro libros. Son gente que no me abandona».

Yo recuerdo caminar por París y ver pegado a una vieja pared un pedacito de papel en el que alguien había escrito con caligrafía infantil los versos finales de Gansos salvajes, de Mary Oliver. Recuerdo la primera vez que leí «Me gustaría poder decirte», de Peri Rossi, a Kafka, a Pizarnik, o la noche en que conocí a una chica que amaba a Neruda. Recuerdo abrir a escondidas en clase el libro de texto y toparme al azar con un bellísimo poema de Aleixandre que me encogió los músculos del cuello. Recuerdo leer a todos ellos y pensar: esto lo han escrito para mí.

Cuando eso ocurre, yo siento una hondísima punzada y la puerta y el espejo quedan desbancados por la acción de ser llevado a través del lenguaje. Cuando eso ocurre, puedes estar temblando o velando en las noches debido a la pérdida, a la ausencia de tu amor, a la desesperanza o a la difusa melancolía de quienes observamos con desánimo el mundo que nos rodea y aún así encontrar entre las páginas de un libro ese recodo oculto y salvífico en medio del desorden, ese pequeño escondrijo al que acudimos los lectores cuando cae la noche, siempre en anhelante búsqueda de consuelo y calidez.

Fuente: https://filco.es/ 

sábado, 11 de abril de 2026

POSHUMANISMO

Donna Haraway: en la frontera entre filosofía, ciencia y poshumanismo

Donna Haraway es conocida por ser la impulsora del pensamiento poshumanista. Un enfoque filosófico y científico que critica las dicotomías binarias en las que se ha basado el pensamiento occidental. Además, es una filósofa feminista y acuñó la «identidad cíborg» que, según ella, está llamada a ser la vía para emanciparnos de la explotación y la opresión.

Donna Haraway es primatóloga y filósofa, y principal impulsora del «pensamiento cíborg» y el poshumanismo. Diseño a partir de imagen extraída de Wikimedia Commons (licencia CC BY 3.0) y elementos de Canva Pro. 

La biología a debate: simios y humanos en el siglo XX

En 1933, se estrenaba la película de King Kong en las salas de cine más importantes de Nueva York. La conocida historia de un gorila gigante trasladado a la gran ciudad contra su voluntad se convertía en uno de los primeros filmes de terror de la década de los años 30, un género que más tarde gozaría de amplia popularidad.

 Asociamos este género con todo tipo de monstruos, demonios, fantasmas y criaturas absolutamente fantásticas. Por ese motivo, no deja de llamar la atención que una de las primeras grandes criaturas que se clavarían en las pesadillas de niños y adultos y que daría la vuelta al mundo fuera, precisamente, un primate gigante.

Los primates llevaban siendo casi medio siglo motivo de enorme interés por parte de la comunidad científica. Por eso, científicos como el psicólogo y primatólogo estadounidense Robert Mearns Yerkes habían puesto en marcha, a comienzos de siglo, la disciplina de la psicobiología.

Esta disciplina no estaba solo motivada por un inocente interés científico. Era sobre todo la cristalización de una necesidad de conocer la mente humana para poner a funcionar un sistema de reclutamiento en base a criterios militares para la Primera Guerra Mundial.

En 1917, Yerkes, como presidente de la Asociación de Psicología Norteamericana, desarrolló los primeros tests de inteligencia conocidos. Estos exámenes se aplicaron a más de un millón de soldados durante la guerra para conocer sus aptitudes y para la eliminación eugenésica de soldados inmigrantes. Uno de los elementos que medían estos exámenes era el nivel de cultura adquirida, algo en cuyos resultados interferían el idioma y la clase social.

En 1991, otra primatóloga, también estadounidense, recoge este ejemplo en su compilación de artículos titulada Mujeres, simios y cíborgs: la reinvención de la naturaleza. Su nombre es Donna Haraway, tiene 50 años y una década antes había ocupado la primera cátedra de Teoría feminista en Estados Unidos, en la Universidad de California, de la que todavía hoy es profesora emérita.

Para Donna Haraway, que combina en su pensamiento la filosofía con la biología, el caso de Yerkes y la psicobiología supone un ejemplo perfecto de los sesgos que arrastra la ciencia, que se supone imparcial y carente de toda subjetividad, pero reproduce los prejuicios preexistentes. Estos sesgos eran patriarcales y antropocéntricos y estaban al servicio del poder económico y político.

    Para Donna Haraway, la biología del siglo XX ejemplificaba a la perfección cómo la ciencia estaba plagada de sesgos patriarcales y antropocéntricos y estaba al servicio del poder económico y político


En los años 40 del siglo XX, señala la filósofa, la psicobiología de Yerkes es desplazada por otra disciplina: la sociobiología. Esta nueva corriente, representada por autores como Edward O. Wilson y Richard Dawkins, sentaba sus bases en la estadística y las ciencias de la información emergentes, modernizando el enfoque de principios de siglo acorde con los avances científicos y tecnológicos.

Lo que no desplazó la sociobiología fueron los sesgos con los cuales se abordó la actividad científica y la relación con sus objetos de estudio. Según Donna Haraway, esta disciplina sirvió para establecer un control estadístico de las masas, introduciendo el elemento genético en su reflexión, y fundando un cierto tipo de humanismo científico.

Donna Haraway describió la emergencia de la sociobiología como parte de una revolución en las comunicaciones. «Una revolución en las comunicaciones quiere decir una nueva teorización de los objetos naturales como objetos tecnológicos entendidos en términos de mecanismos de producción, de transferencia y de almacenamiento de información».

Las nuevas necesidades bélicas imponían nuevas formas de control y parametrización sociales. Una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, esta disciplina se implantó en el ámbito de la gestión laboral, reforzando prejuicios sobre la naturaleza y propósitos humanos que para la autora serían profundamente opresivos.

Tanto la psicobiología como la sociobiología habían sido disciplinas ampliamente aceptadas como ciencias rigurosas e imparciales. Pero los ideales científicos de objetividad, totalización y universalidad contrastaban con los numerosos prejuicios con los que enfrentaba el científico su práctica cotidiana.

Los ejemplos más evidentes tenían que ver con la selección de sujetos de interés. Ambos ámbitos estudiaban el comportamiento social de los seres humanos en relación con el de los animales, y aquí los primates tenían un papel fundamental. Como la familia de animales más próxima genéticamente al ser humano, los científicos se acercaban a ellos tratando de entender su comportamiento y qué luz podía arrojar sobre el ser humano.

Es por este motivo que el chimpancé se convirtió en el animal de moda. Los escritos evolucionistas de Darwin empiezan a reeditarse con portadas donde un hombre y un chimpancé se dan la mano o se miran frente a frente. Se considera a este animal como uno de los parientes próximos de nuestra especie.

    Tanto la psicobiología como la sociobiología habían sido disciplinas aceptadas como rigurosas e imparciales. Pero los ideales de objetividad, totalización y universalidad contrastaban con los prejuicios con los que enfrentaba el científico su práctica cotidiana


¿Por qué el chimpancé y no otro primate? Donna Haraway señala que no hay nada de arbitrario en esta elección. Mientras un primate como el bonobo manifiesta formas de socialización a menudo amigables con otras comunidades y utiliza el sexo y el contacto empático como una herramienta de socialización, al chimpancé se lo asociaba con el individualismo y la violencia.

Los chimpancés encajaban mucho mejor con la visión que los sociobiólogos tenían del ser humano. La metáfora del homo oeconomicus, del ser individualista y competitivo que somos, que sirvió para justificar las posteriores políticas neoliberales, podía interpretarse como una lectura universal de nuestra naturaleza. Si nuestros parientes cercanos también son violentos, van a «la guerra» y compiten entre sí por los recursos, sostenían, ese es el comportamiento humano que debemos promover.

Como señalaron más tarde otros científicos (particularmente notable es el caso de Lynn Margulis y sus estudios sobre la «simbiogénesis»), los elementos de cooperación y empatía son clave en la evolución humana y se combinan con los de competitividad genética y entre individuos.

El enorme gorila subido al recién construido Empire State que podemos ver en King Kong era la epítome de todo lo que querían demostrar los primatólogos de mediados de siglo. El primate, dicen, es un ser violento, agresivo, que conquista lo que quiere tomándolo sin más. Los científicos, que secuestran al primate y lo arrastran miles de kilómetros fuera de su hogar, son la contrapartida necesaria del primate. La moraleja no rema a favor de una práctica científica más respetuosa con el entorno, sino que señala los peligros de introducir al otro en la sociedad «civilizada».

    El chimpancé se convirtió en el animal de moda porque encajaba con la visión que los sociobiólogos tenían del ser humano. Si nuestros parientes cercanos son violentos, van a «la guerra» y compiten entre sí por los recursos, sostenían, ese es el comportamiento humano que debemos promover


Del humanismo al poshumanismo

Donna Haraway no solo es una de las primatólogas vivas más reconocidas internacionalmente, sino también una filósofa notable. Su pensamiento transita las fronteras entre la filosofía y la ciencia, y entre la teoría y la praxis. La enorme reflexión que realiza en torno a los prejuicios en la ciencia y su pelea por otro modo de hacer van ligadas a una profunda crítica a los ideales del humanismo filosófico.

Para Haraway, el problema del pensamiento que genera violencia hacia la sociedad y hacia sus objetos de estudio, imponiendo modelos irreales y opresivos, es que se basan en un humanismo obsoleto. En cierto modo, el ser humano es para ella, como declaró Foucault en Las palabras y las cosas, «solo una invención reciente, una figura que no tiene ni dos siglos, un simple pliegue en nuestro saber y que desaparecerá en cuanto este encuentre una forma nueva».

Con esta provocativa declaración, Foucault desmontaba la idea de la ahistórica universalidad humana en la que se había basado el pensamiento humanista anterior. El ser humano, para el pensamiento humanista, es entendido como cogito, como ser racional y ciudadano titular de derechos. El concepto «hombre», señala Donna Haraway, no es fruto de un orden natural, sino parte de un discurso científico y político que ha determinado qué es lo «natural».

Haraway abraza la idea de que la modernidad ha dado paso ya a una posmodernidad, un tipo de tiempo distinto. Esto, lejos de ser algo negativo, constituye una oportunidad. Lo nocivo de la modernidad sería, precisamente, la corriente humanista, y lo reivindicable, el potencial emancipador de la Ilustración. El humanismo sería la fe ciega del perfeccionamiento humano a través de una razón totalizante y taxativa.

    Para Donna Haraway, el problema del pensamiento que genera violencia hacia la sociedad y hacia sus objetos de estudio, imponiendo modelos irreales y opresivos, es que se basan en un humanismo obsoleto


Uno de los problemas que ve Donna Haraway en esta forma de entender al ser humano es que excluye a una gran parte de los seres humanos: todos aquellos que no se ajustan a lo que la ciencia y la política han definido como «hombre» y que emerge de la Revolución francesa. El ideal humanista de sujeto emerge de forma inmediata con atributos masculinos y burgueses.

El discurso emancipatorio de la Revolución francesa excluyó así a las mujeres, a los trabajadores y a la población de las periferias. A la par, el sujeto emancipado aspiraba a representar una cierta universidad y a todos los oprimidos. La subordinación material (económica) de estos sectores ha ido de la mano de la generación de discursos políticos y científicos que han servido para justificar esa subordinación.

Pero el hombre moderno no es el sujeto universal. Para Donna Haraway, solo es uno de los posibles puntos de vista desde los que se puede generar conocimiento racional. El poshumanismo de Haraway es una apuesta por el rechazo del ideal de unidad humana. Propone, en cambio, que el conocimiento solo puede elaborarse desde la pluralidad de voces.

El poshumanismo es, a la vez, un deseo de emancipación y un diagnóstico de época. En este doble sentido, Donna Haraway opina que las tecnologías de control, cada vez más desarrolladas, están siendo sustituidas y desplazadas por la tecnología biomédica y la cibernética, que genera más control social, pero también una ventana de oportunidad. Esta oportunidad se basa en que la medicina y la cibernética están desdibujando en nosotros lo que es fruto de la naturaleza y lo que es fruto de la tecnología.

De esa intersección nacen criaturas híbridas, como el cíborg, que se convertirá en el mayor interés de Haraway. Esta criatura ya no es humana, y mucho menos humanista. Otra poshumanista, la filósofa Rosi Braidotti, irá más allá de Donna Haraway y hablará de que se está edificando ya una identidad poshumana.

    El hombre moderno no es el sujeto universal. Para Donna Haraway, solo es uno de los posibles puntos de vista desde los que se puede generar conocimiento. El poshumanismo es una apuesta por el rechazo del ideal de unidad humana. El conocimiento solo puede elaborarse desde la pluralidad


Pensamiento situado


El poshumanismo pretende no volver a cometer los errores del humanismo. Donna Haraway es consciente de que, como feminista blanca y norteamericana, su propuesta política no representa a todos los oprimidos. Ve necesario plantear la cuestión de la emancipación desde nuevas coordenadas, sin esencialismos y sin simplificaciones, aceptando la heterogeneidad.

Haraway también ve necesario que la reflexión académica en torno al conocimiento y el discurso político de la emancipación se encuentren. Es desde estas coordenadas desde donde emerge la epistemología situada, o el pensamiento situado.

El pensamiento situado trata de ser una apertura a las posibilidades del conocer, y no una visión del saber como cierre de conceptos. Trata de ser una deconstrucción de las nociones de objetividad, individualidad y abstracción. El conocimiento, piensa Haraway, se da siempre desde un cuerpo, desde una perspectiva concreta y desde una parcialidad específica.

El humanismo y la ciencia moderna han rechazado la posibilidad de que existan epistemologías alternativas. Con sus discursos, han alimentado una Ciencia, con mayúscula y en singular, hecha bajo unos ciertos intereses. Los ejemplos en torno a la psicobiología y la sociobiología que veíamos al inicio son solo una muestra.

Para apostar por una epistemología situada es necesario, en primer lugar, identificar nuestras «tecnologías semióticas», es decir, desvelar aquello que está oculto y que genera los significados sociales que le atribuimos a la ciencia. Por ejemplo, tras la pretensión de precisión, dice, se esconde un afán casi militarista. Y la ciencia también se ha puesto al servicio de la productividad, un valor que solo podemos asociar con el capitalismo.

Tras una lectura crítica de cómo producimos esos significados es necesario establecer un diálogo entre comunidades, aquello que no hace la ciencia humanista y que le hace establecer un diálogo con otros tipos de conocimiento en forma impositiva. Esta traducción garantiza la posibilidad de un diálogo entre puntos de vista particulares, encarnados, que en lugar de competir, propone Donna Haraway, deben ponerse en contacto, exponer sus diferencias y llegar a acuerdos.

El pensamiento situado es pensamiento desde un cuerpo, se sabe parcial y dialoga con los otros. Entiende que es provisional y que puede ser complementado con la perspectiva ajena. No renuncia, para Donna Haraway, a la objetividad: no se trata de un relativismo absoluto. Más bien es un reconocimiento a las deficiencias de la actividad científica y un compromiso con los puntos de vista de los otros. Lo que buscamos no es plena subjetividad, sino una objetividad encarnada.

Renuncia al reduccionismo y al trato del otro como mero objeto de estudio. Trata de establecer otro tipo de relación con los animales y la naturaleza. Se opone a los binomios clásicos de mujer-hombre o alma-cuerpo porque son también producto de una ciencia binaria y patriarcal, para Haraway.

    El pensamiento situado trata de ser una apertura a las posibilidades del conocer, y no una visión del saber como cierre de conceptos


La visión feminista de Donna Haraway

Haraway toma como punto de partida los posicionamientos del socialismo y del feminismo como vías para la emancipación. Pero de ambos dará una visión personal y heterodoxa. En el contexto en el que escribe la filósofa, el feminismo está siendo, además, criticado por una serie de autoras que ven que el enfoque blanco y burgués es insuficiente.

Aunque el feminismo siempre estuvo en contacto con otros movimientos de emancipación, como el movimiento obrero, existe una tendencia en los años 70 y 80, de la mano de la emergencia de programas de investigación en Estudios de la mujer, que tienden a invisibilizar a una parte del sujeto que se propone emancipar.

Esta es la reflexión que realizan feministas socialistas negras como Angela Davis y bell hooks. Según esta última (El feminismo es para todo el mundo), el conflicto surgió «entre la visión reformista de la liberación de las mujeres, que exigía igualdad de derechos dentro de la estructura de clases existente, y los modelos más radicales o revolucionarios que impulsaban cambios fundamentales en la estructura existente para que los modelos de reciprocidad e igualdad reemplazaran a los viejos paradigmas. Sin embargo, conforme avanzaba el movimiento feminista y los grupos privilegiados de mujeres blancas con educación superior empezaron a tener el mismo acceso al poder de clase que los hombres blancos, la lucha de clases feminista dejó de ser considerada importante».

El problema, como señala a continuación hooks, es que ni las mujeres de clase trabajadora ni las migrantes y negras se vieron beneficiadas del ascenso social de unas pocas mujeres. El problema de las que se sentían encerradas como amas de casa era un problema relativo a una minoría de mujeres blancas con educación superior, porque mientras estaban «atrapadas» en sus hogares, la mayor parte de las mujeres, a la par que se encargaban del trabajo doméstico, formaban parte del proletariado del país y trabajaban largas jornadas por salarios menores que los de los hombres.

    Haraway toma como punto de partida los posicionamientos del socialismo y del feminismo, pero de ambos dará una visión personal y heterodoxa. En este contexto, el feminismo está siendo, además, criticado por una serie de autoras que ven que el enfoque blanco y burgués es insuficiente


Donna Haraway es sensible a estas críticas que el feminismo negro está estableciendo en el seno de los Estudios de las mujeres y los movimientos sociales. Su enfoque se basa en criticar el análisis feminista esencialista que se basa en dualismos jerárquicos. Tal como señala Haraway, el «nosotras» del feminismo más extendido es enormemente acotado y deja fuera a la mayor parte de los sujetos que sufren y resisten los ataques del capitalismo patriarcal.

En su texto de 1985 Manifiesto cíborg, señala Donna Haraway que «Ninguno de ‘nosotros’ tiene ya la capacidad simbólica o material para dictar la forma de la realidad de ninguno de ‘ellos’. O al menos ‘nosotros’ no podemos alegar inocencia de practicar ese tipo de dominaciones». Las feministas que adhieran a este enfoque cíborg que propone la filósofa deberán asumir que toda categorización que asume naturalezas previas de forma acrítica tiene el potencial de ejercer violencia sobre otros sujetos.

En relación con esto, el feminismo poshumanista de Haraway se basa en la epistemología situada que definimos previamente. Un modo de conocer que no necesita fingir ser objetivo y totalizante, sino que se reconoce parcial, fragmentario y contingente y que se abre a otros modos de conocer para alcanzar una mejor comprensión del mundo.

La identidad cíborg que reivindicó como forma de comprendernos en el mundo contemporáneo es la amalgama de seres humanos que se identifican o han sido arrastradas hacia «lo otro» de las personas blancas, los hombres y la burguesía. La idea de este feminismo no es reivindicar el polo oprimido de los binomios preexistentes, sino destruir ese binarismo: «El cíborg es una criatura en un mundo posgénero».

    Donna Haraway es sensible a las críticas que el feminismo negro está estableciendo. Señala que el «nosotras» del feminismo más extendido deja fuera a la mayor parte de los sujetos que sufren y resisten los ataques del capitalismo patriarcal


El «Manifiesto cíborg»

La «cuestión cíborg» es central en la obra de Donna Haraway. El Manifiesto cíborg en el que plantea esta cuestión es el texto más conocido y discutido de la filósofa. En este texto, se define el cíborg como:

«… una criatura híbrida, compuesta de organismo y de máquina. Se trata de máquinas y de organismos especiales, apropiados para este final de milenio. Los cíborgs son entes híbridos posteriores a la Segunda guerra mundial compuestos, en primer término, de humanos o de otras criaturas orgánicas tras el disfraz —no escogido— de ‘alta tecnología’, en tanto que sistemas de información controlados ergonómicamente, y capaces de trabajar, desear y reproducirse. El segundo ingrediente esencial en los cíborgs son las máquinas, asimismo aparatos diseñados ergonómicamente, como textos y como sistemas autónomos de comunicación».


Aunque solemos asociar al cíborg con el futuro y la ciencia ficción, para Donna Haraway no tenemos que esperar tanto. Es la criatura de frontera que somos, fruto de los avances tecnológicos y del cuestionamiento de las dicotomías científicas y filosóficas clásicas. Es el ser capaz de enfrentar al sistema desde sus quicios y sus brechas.

Como toda la literatura de Donna Haraway, el cíborg juega con los límites entre la realidad y la ficción. Se trata de un organismo material con una dimensión ficticia: «Un cíborg es un organismo cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y también de ficción. La realidad social son nuestras relaciones sociales vividas, nuestra construcción política más importante, un mundo cambiante de ficción».

Se trata del sujeto que está llamado a emanciparse, de la intersección en la que se resumen todos los seres oprimidos que resisten los ataques de la explotación y la violencia. Expresa las fronteras que se están evaporando: no es humano ni animal, no es hombre o máquina. Es una síntesis entre lo físico y lo no físico en tanto sus tecnologías operan en el espacio de lo invisible.

Con el cíborg se cierra el círculo del pensamiento de Haraway. Se apela al enorme gorila subido al Empire State a su liberación. Se le desencadena de su prisión como criatura de terror. No por nada el libro de Haraway recoge estos tres seres de frontera llamados a ser libres: mujeres, cíborgs y… simios. El simio que somos, plantea la filósofa, y el que no somos, debe superar la opresión en común.

Fuente: https://filco.es/ 

POSHUMANISMO

Rosi Braidotti: el sujeto nómada en el poshumanismo

Es una de las figuras clave del pensamiento actual. Rosi Braidotti, filósofa poshumanista y feminista, ha construido su propuesta teórica tratando de pensar qué tipo de subjetividad se construye en un mundo marcado por la globalización, la tecnología y la crisis ecosocial. 

Rosi Braidotti es la voz más relevante del poshumanismo en la actualidad. Diseño a partir de imagen extraída de Wikimedia Commons (de dominio público) y elementos de Canva Pro. 

Pese a ser considerada una de las seguidoras de la filósofa Donna Haraway, su propuesta es original. Aborda el pensamiento de autores como Gilles Deleuze, Félix Guattari y Michel Foucault para desarrollar una filosofía que supere el humanismo clásico y construir nuevas coordenadas para el pensamiento filosófico en un contexto en el que ninguna respuesta puede ser ya la definitiva.

La superación del humanismo clásico

Uno de los puntos de partida del pensamiento de Braidotti es la crítica al humanismo moderno. Este es un elemento en común que comparte con Donna Haraway y que las hace caer a menudo bajo la etiqueta de «pensadoras poshumanistas». El poshumanismo, para ellas, no es un mero rechazo al humanismo, sino una superación de él en positivo.

El humanismo, heredado del Renacimiento y la Ilustración, construyó un ideal de «hombre universal» que pretendía representar a toda la humanidad. Desde este ideal se podían pensar la ética, la condición humana y la relación con el mundo.

El pensamiento poshumanista plantea que, en realidad, en el humanismo las cartas estaban marcadas de antemano: se trató de hacer pasar por universal aquello que solo era masculino, blanco, europeo, heterosexual y racional. El sujeto definido por estas características pretendía erigirse como medida de todas las cosas, subyugando, por el camino, al resto de sujetos.

Braidotti critica que el humanismo clásico excluyó a muchos seres de la definición de humanidad: a las mujeres, los pueblos colonizados, las personas no blancas, aquellas que tienen algún tipo de discapacidad o diversidad funcional… También excluía de las comunidades morales a los animales y otros seres vivos. Donna Haraway, primatóloga de formación, se había preguntado previamente por qué no podíamos considerar a los grandes simios (con características cognitivas semejantes a las de los humanos) como «sujetos» o personas y cuestionaba la arbitrariedad de las decisiones tomadas en este sentido.

El humanismo clásico no se trató de una posición teórica sin más. Condicionó todo tipo de decisiones políticas que marginalizaron a los grupos que no ostentaban el poder. También construyó toda una serie de relatos científicos e ideológicos que contribuyeron a asentar los sesgos previos y a oprimir a multitud de sujetos. Esta concepción, plantea Braidotti, no resulta sostenible en un mundo contemporáneo marcado, todavía más que antes, por la globalización, las migraciones, los movimientos sociales y la revolución tecnológica, que ponen en crisis la idea de un sujeto humano estable, coherente y universal. Frente a ello, plantea, ha de abrirse paso la pluralidad.

    El humanismo, heredado del Renacimiento y la Ilustración, construyó un ideal de «hombre universal» que pretendía representar a toda la humanidad. Desde este ideal se podían pensar la ética, la condición humana y la relación con el mundo


¿Qué significa ser poshumanista?

Es desde esta crítica desde donde emerge su propuesta teórica: el poshumanismo. Braidotti plantea esta perspectiva en multitud de libros, pero sin duda su obra clave es Lo posthumano. Para el poshumanismo los seres humanos no han desaparecido, ni han sido reemplazados por «las máquinas», como podría plantearse con una lectura poco cuidadosa de las hipótesis cíborg de Donna Haraway. Más bien se refiere a un cambio en la forma de entender qué significa ser un individuo y relacionarse entre nosotros, con la tecnología, con el resto de animales y con el entorno planetario.

El poshumanismo cuestiona la idea de que los humanos ocupen una posición superior o separada del resto de la vida. Para Braidotti, la modernidad estableció una división rígida entre naturaleza y cultura, donde el segundo polo era el único relevante para nosotros. También lo hizo con la dualidad cuerpo-mente, animal-humano e, incluso, humano-máquina.

Estas divisiones, que han sido fundamentales para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, han contribuido, dice, a formas de dominación y explotación. En concreto, el dominio de la racionalidad sobre el cuerpo y sobre el resto de cosas —y su asociación al polo masculino de la dualidad hombre-mujer— ha contribuido a relegar a las mujeres a una posición de subordinación epistemológica. En esta posición, su conocimiento siempre era de inferior calidad y merecedor de menos atención que el de los hombres, que por sus características «naturales» tienden más a la verdad y la razón. Braidotti cuestiona, desde una óptica feminista, todo este entramado ideológico.

El poshumanismo de Braidotti propone pensar al ser humano como parte de una red compleja de relaciones biológicas, tecnológicas y ecológicas. Los seres humanos no serían, así, entidades aisladas, sino nodos dentro de unos sistemas más amplios que incluyen animales, máquinas, ecosistemas y flujos e información.

Imaginemos aquí una intensa red neuronal de la que todos tenemos una imagen de las neuronas rodeadas por un vacío en el cual encontramos nexos de unión. Cada neurona por sí sola no hace pensamiento. Es solo un nodo, del mismo modo que plantea Braidotti que lo somos nosotros y nosotras, que solo operando conjuntamente adquiere un sentido.

O, incluso, pensemos en una galaxia, donde los planetas, estrellas y demás cuerpos celestes pueden entenderse (y se entienden así a menudo por la física) como puntos de concentración de densidad. La física tiene enormes problemas para explicar de qué están hechas enormes extensiones de universo donde no parece haber nada. A eso es a lo que los físicos denominan «materia oscura». Desde ese punto de vista, las galaxias y los cuerpos celestes son nodos; o momentos definidos porque allí está ocurriendo algo, más que por su composición material. Pensemos en los nodos de Braidotti de este modo.

    El poshumanismo de Braidotti propone pensar al ser humano como parte de una red compleja de relaciones biológicas, tecnológicas y ecológicas


El sujeto nómada

Como vimos, el pensamiento de Braidotti se opone rabiosamente a todo esencialismo. En este sentido es que la autora habla de «sujeto nómada» para referirse a un nuevo tipo de individuo que emerge de esa crítica al humanismo.

El sujeto nómada es una subjetividad en constante transformación. Su identidad no es algo dado de una vez y para siempre, sino como un proceso dinámico que se construye a través de múltiples relaciones sociales, culturales y materiales. El sujeto nómada puede desplazarse entre diferentes posiciones, perspectivas y experiencias, lo que constituye, para Braidotti, la vida de cualquier individuo.

Para Braidotti esta idea del nomadismo en la identidad es particularmente relevante en las reflexiones en torno al género, porque permite superar la idea de una identidad femenina única o esencial. En lugar de hablar de «la mujer» como categoría homogénea, en su libro Feminismo posthumano Braidotti propone reconocer la identidad desde la diversidad de experiencias y posiciones que atraviesan los sujetos oprimidos por el patriarcado. Por ese motivo a las mujeres les afectan de manera diferente cuestiones étnicas, la clase social, la orientación sexual o la cultura.
Una perspectiva profundamente ética

¿Qué hacer, por tanto, en un contexto en el que prima la opresión y la explotación? Braidotti trata de enfocar su pensamiento ético por la positiva, no solo como denuncia de las formas de poder y dominación. Su ética zoecentrada (centrada en la vida, naturaleza o, en griego, zoe) es una propuesta que trata de identificar el potencial de las alianzas entre diferentes sujetos.

Braidotti propone que es necesario replantear la relación entre humanos y animales. Aunque durante siglos la filosofía ha definido al ser humano en oposición a los animales no humanos, atribuyéndole capacidades como la razón, el lenguaje o la moralidad, los avances en biología, etología y neurociencias muestran que muchas de esas capacidades también están presentes en otras especies.

Braidotti utiliza esos desarrollos científicos para cuestionar la jerarquía tradicional entre humanos y animales. Pero también analiza la creciente integración entre los seres humanos y las tecnologías. Los dispositivos digitales y la biotecnología están transformando la experiencia del cuerpo y de la identidad.

Aunque las tecnologías contemporáneas tienen un enorme potencial transformador, Braidotti es crítica con la forma en que estas tecnologías están integradas en el capitalismo. La biotecnología, por ejemplo, ha abierto posibilidades extraordinarias en campos como la medicina y la agricultura. Sin embargo, también ha generado nuevas formas de explotación y control. Las corporaciones pueden patentar semillas, manipular genéticamente organismos y controlar recursos biológicos fundamentales.


Perspectiva ecosocial


El pensamiento de Braidotti también tiene una dimensión ecológica importante. Para ella, la crisis climática, la pérdida de biodiversidad y la degradación ambiental han puesto en evidencia los límites del modelo de desarrollo del capitalismo industrial.

Braidotti propone una ética que reconozca la interdependencia y ecodependencia entre todas las formas de vida. Esto implica superar la idea de que la naturaleza es un recurso pasivo destinado a ser explotado por los humanos para verlo como un paciente moral de los agentes morales que somos nosotros.

En un contexto marcado por crisis múltiples (económicas, ecológicas, sociales) plantea que es fácil caer en discursos pesimistas o fatalistas. Braidotti, sin embargo, insiste en la necesidad de cultivar una imaginación crítica que permita pensar otras formas de convivencia. Esto implica desarrollar nuevas narrativas sobre lo humano, lo tecnológico y lo ecológico. También supone construir alianzas entre los distintos sujetos que sufren la opresión. Y esta es la clave política de su pensamiento. 

Fuente: https://filco.es/ 

martes, 7 de abril de 2026

MIEDO Y ESPERANZA

Byung-Chul Han: la esperanza como antídoto del miedo

Arthur Schopenhauer sugirió que nuestra vida está marcada por expectativas, proyectando nuestro ser hacia un futuro incierto y lleno de deseos. Esta visión del ser humano como un ente de esperanzas encuentra eco en el pensamiento del filósofo Byung-Chul Han. En su obra «El espíritu de la esperanza», reflexiona sobre cómo la esperanza puede ser un remedio ante la desesperación y la parálisis del presente, proponiendo un camino hacia la acción y la conexión con los demás.

La esperanza ha venido clásicamente representada en figuras como los pájaros y su vuelo o el mar y su horizonte. Pero, como estos, es también huidiza. Byung-Chul Han recupera este concepto para pensar el presente. Diseño realizado a partir de la imagen de FreePiks y CanvaPro (ambas licencia CC.). 

Vivimos en el futuro…

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer creía que, por medio del pensamiento, velamos por nuestro futuro e incluso enarbolamos los planes más ambiciosos, viviendo imaginariamente en un tiempo del cual no tenemos certeza de si llegaremos a habitarlo o no.

Es dicho pensamiento el que nos lanza —escribe el filósofo— a «los preparativos más artificiosos, barajando nuestros motivos con mucha anticipación y analizando, por medio de la capacidad reflexiva, qué camino nos convendrá más tomar para lograr nuestros fines».

El ser humano vive en el futuro. Su presente solo parece tener sentido si ve en él una ventaja frente al tiempo venidero. Todo hombre y mujer toma el tren en la estación Desiderata —escribirá algún poeta—, yendo con toda la ilusión a conquistar Arcadia para, al fin, saborear la abundancia, la paz y la armonía.

… y llenos de expectativas

Somos seres de expectativas: los niños esperan con grandes ojos un mejor juguete; los adultos esperamos mejorar nuestra posición social, laboral, económica, personal; yo espero un gran amor… Somos individuos trazados por la esperanza.

En tiempos actuales, la esperanza es un salvavidas para no ahogarse en medio de la crisis. En palabras de Byung-Chul Han, «la esperanza más íntima nace de la desesperación». Este siglo no está exento de desesperación. Es imposible transcurrir por la vida sin el agobio vital en el que parece que cualquier antigua certeza se desmorona.

Por ello, llenarnos de esperanza —consigamos o no lo deseado— es una estrategia contra el pesimismo. Han lo sabe y en El espíritu de la esperanza (Herder Editorial, 2024), una obra muy distinta a todas las anteriores, quiere recuperarla.

    El ser humano, siempre proyectado hacia el futuro, vive entre expectativas, planificando sin certeza de alcanzar lo esperado. La esperanza, en tiempos de desesperación, se convierte en una estrategia contra el pesimismo y el desmoronamiento de las certezas del pasado


Byung Chul-Han y la esperanza

En el pasado, Han nos había dejado una filosofía de la catástrofe más cercana al derrotismo y la desesperanza que a lo que podemos leer en su último libro. Esto no significa que se haya vuelto el portavoz de un optimismo estulto o el filósofo de la superación personal, aunque sí parece abrirle paso a una estética existencial y resolutiva, derivada de ese movimiento de búsqueda, deseo y expectativa que pretende «encontrar asidero y rumbo» gracias a la esperanza.

Para Han, la esperanza es una respuesta ante la pasividad, el nihilismo y la abulia que tantas veces devienen al enfrentar una situación o un mundo en crisis. La esperanza también puede ser una medicina ante la parálisis y el miedo que nos causa vivir en una centuria en constante turbulencia.

Asimismo, la esperanza combate las expectativas meramente monetarias, esas que solo dan paso a la autoexplotación y hacen de la vida un proyecto sostenido en fines materiales, despojándonos de la oportunidad de una existencia plena, de una vida armoniosa y con sentido, de una vida con tiempo para ser vivida, con tiempo para amar y fundar un sentido común más allá del consumo de objetos y personas.

    Byung-Chul Han ve la esperanza como una respuesta al nihilismo y la parálisis, buscando una vida plena, alejada de la autoexplotación y el consumo material


Esperanza sin autoayuda

El filósofo surcoreano critica así el culto a lo que él llama «la positividad» —concepto que ha explorado múltiples veces en obras anteriores—, como esa forma de ser en la cual el individuo está solo concentrado en su propio éxito, en mostrar siempre a los demás que tiene todo bajo control, que es exitoso, que no necesita de nadie para lograrlo:

«El culto a la positividad aísla a las personas, las vuelve egoístas y suprime la empatía, porque a las personas ya no les interesa el sufrimiento ajeno. Cada uno se ocupa solo de sí mismo, de su felicidad, de su propio bienestar».


La positividad le da la espalda a las carencias, tanto propias como ajenas. Es la confirmación del narcisismo. Por ello, para Han, la esperanza es la nación de la confianza, creer —desde la consideración consciente y reflexiva— que, a pesar de la amenazante posibilidad de la catástrofe, podemos tomar riesgos y atrevernos a elegir.

Porque la esperanza es contraria al miedo y a la angustia; estas «tienen cerradas las puertas al futuro como ámbito de posibilidades, no son previsoras ni tampoco visionarias». En cambio, la esperanza nos da una óptica del futuro, nos abre las puertas a lo que aún no nace, a lo que podría nacer, a lo que aún se está gestando y podría —o no— funcionar.

La esperanza confía, pero sin ser ingenua; es proactiva en construir un futuro, es valiente porque no permite sucumbir a la fatalidad, incluso, del peor problema. La esperanza «nos permite actuar aunque haya cosas que no sepamos [nos lanza a] entablar una relación positiva con el otro, aunque no lo sepamos todo de él. La confianza nos permite actuar aunque haya cosas que no sepamos. Si lo supiéramos todo, no haría falta confiar».

    Han critica el culto a la positividad, que aísla y reduce la empatía, y propone la esperanza como una fuerza proactiva que, aunque consciente de las incertidumbres, nos impulsa a actuar y confiar en el futuro


Concebir una vida con «esperanza» es también concebirla sin soledad, saber que el prójimo también tiene negatividades y conflictos que consignan todo existir, pero ello no nos habrá de encerrar en el pesimismo y tormento personal. Se habrán de buscar los medios para resolverlo, pero sabiendo que dentro de esos medios, los otros también nos pueden ayudar: «La esperanza no aísla a las personas, sino que las vincula y reconcilia».

El prójimo, a veces, puede ser un ancla, un símbolo de esperanza que nos fije a la vida, que nos dé valor en medio de la tempestad: «El sujeto de la esperanza es un nosotros», dice Han. Yo pensaría en un fragmento de Jovanotti, quien escribe: «El alma es pesada para cargarla solo / toma algo de la mía / dame un poco de la tuya / y abrázame fuerte».

Fuente: https://filco.es/

EL MIEDO

Pensar peligrosamente: una historia filosófica del miedo y el valor

El miedo es la bestia negra de la filosofía. Es la sensación de un peligro inminente y concreto, que nos lleva a actuar imperiosamente, ya sea enfrentándonos, ya sea huyendo, ya sea sometiéndonos. Su capacidad para deformar nuestro conocimiento, apartarnos de la realidad, impedir una buena vida buena y deshacer todo lazo político democrático lo convierte en el gran obstáculo contra el que todo aquel que busca llevar una vida filosófica debe medirse.

Ilustración del miedo realizada por Manuel Vargas. 

«Gozad de la vida, que es poca cosa, esperando la muerte, que es nada»
Voltaire, Carta a Madame du Deffan
 

Terapia de choque

Platón incluyó el valor o andreía entre las cuatro virtudes cardinales; Epicuro y Lucrecio concibieron su filosofía como un combate contra la potencia anhedónica de la ansiedad y el temor; Diógenes, Crates e Hiparquia basaron el acceso a la libertad, entendida como magna virtus, en la superación del miedo al deshonor y a la pobreza; Erasmo, príncipe de los humanistas, luchó tanto contra la industria del miedo instituida por la Iglesia medieval, como contra las fantasías dogmáticas de la teología, que crean monstruos; Spinoza lo consideró como la más tristes de las pasiones tristes; los Ilustrados fundaron su proyecto de emancipación en la capacidad iluminadora del conocimiento y la razón para calmar los terrores provocados por nuestra minoría de edad autoculpable; Nietzsche consideró, en La ciencia jovial, que, para vivir una existencia gozosa, es necesario «vivir peligrosamente»; Heidegger estableció que el requisito fundamental para acceder a una existencia auténtica era aprender a lidiar con la angustia (como la que debía sentir su maestro Husserl en aquellos momentos); Hannah Arendt prefirió hablar del coraje de la creación, o natalidad; y más recientemente Nussbaum se las ha visto con La monarquía del miedo, algunos de cuyos tentáculos son la vergüenza, el asco o la ira. Y aun así, los historiadores de la filosofía apenas se han ocupado de esta cuestión. 

Según Jean Delumeau, autor de un libro ya clásico, titulado El miedo en Occidente (1978), la razón oculta de dicha desatención podría ser ideológica. Al fin y al cabo, la idea de que los hombres, los nobles y los europeos eran más valientes que las mujeres, los plebeyos y los no europeos funcionó, durante varios siglos, como una de las justificaciones fundamentales del supuesto derecho de los primeros a mandar sobre los segundos.

Primero, uno de los pilares del poder patriarcal será el tópico misógino de que las mujeres son cobardes, de modo que necesitaban ser protegidas y controladas, siempre «por su bien». Fray Luis de León dirá, en La perfecta casada: «Son pusilánimes las mujeres de su cosecha, y poco inclinadas a las cosas que son de valor, si no las alientan a ellas». Segundo, el poder nobiliario se basa en el prejuicio aristocrático de que, como dice Virgilio en la Eneida, «el miedo es la prueba de un bajo nacimiento».

«Necio y villano temor», repetirá mil quinientos años después Tirso de Molina en su Don Juan. De hecho, muchos explican la eclosión de la novela caballeresca, en pleno siglo XVI, como la estrategia, desesperada o nostálgica, que halló la clase nobiliaria para justificar su importancia social, en un momento en el que se veía amenazada por la invención de las armas de fuego y el auge de la burguesía. Además, desde los primeros compases del colonialismo moderno, los no-europeos fueron representados como seres ingenuos y asustadizos, fáciles de conquistar y de civilizar, esto es, de someter. «Cobardes a maravilla», llama Colón a los indios taínos en su Carta a Luis de Santángel, de 1493.

Por todo ello, tratar el miedo como una experiencia universal y presentar el valor como una virtud accesible para todos resultaba un ataque en la línea de flotación del poder aristocrático, patriarcal y colonial. Y comprensible que la historia oficial y el pensamiento dominante no quisiesen tratar dicho tema de una forma seria y sistemática, e intentasen, a su vez, invisibilizar las escuelas de pensamiento que trataban de luchar contra él. 
Una filosofía del miedoUna filosofía del miedo, de Bernat Castany (Anagrama).

En Una filosofía del miedo (Anagrama, 2022) traté de presentar los cuatro grandes frentes de esta guerra contra el miedo:

  1.     El del conocimiento, donde el estudio de la naturaleza, el uso de la razón y la aceptación tranquila de nuestra ignorancia deberían revertir las ansiedades y fantasías que el miedo nos inflige. 
  2.     El de la ontología, donde la asunción de un enfoque realista y la frecuentación gozosa de la variedad del mundo contrarrestarían las tentaciones del idealismo y el nihilismo.
  3.     El de la ética, donde el hedonismo epicúreo o la alegría spinoziana se opondrían a la anhedonia impotente y egoísta del terror.
  4.     Y el de la política, donde la restauración de un lazo social democrático bloquearía las fantasías compensatorias que nos inoculan los mercaderes del miedo.


Todo ello con el objetivo de crear un valor común que haga a todos los ciudadanos dignos de gobernar y de gobernarse.  Pero el objetivo de estas páginas no es volver a tratar esas cuestiones, sino esbozar una historia de esta lucha.

    Los historiadores de la filosofía apenas se han ocupado del tema del miedo. Según Jean Delumeau, autor de un libro clásico titulado El miedo en Occidente, la razón oculta de dicha desatención podría ser ideológica


Lucharemos a la sombra

En el imaginario clásico, los espartanos constituían el arquetipo del valor militar. Plutarco celebró su coraje al menos en tres de sus Moralia. En Antiguas costumbres de los espartanos se recoge la célebre anécdota según la cual, antes de la batalla de Salamina, Leónidas exhortó a sus soldados a desayunar como si fueran a cenar en el Hades. Y cuando alguien afirmó que durante la batalla las flechas de los persas serían tan abundantes que ocultarían el sol, él mismo exclamó: «Será, ciertamente, agradable, si luchamos a la sombra contra ellos». Por su parte, Agis decía que «los espartanos no preguntan cuántos son los enemigos, sino dónde están», y que solo se podía permanecer libre «despreciando a la muerte». Y cuando alguien preguntó por qué los espartanos luchaban con espadas cortas, Antálcidas respondió: «Porque luchamos cerca de los enemigos».

Finalmente, cuando alguien le preguntó a un espartano qué es lo que sabía, este respondió: «Ser libre». Pero, según el mismo Plutarco, no solo los hombres participaban de esta virtud; de ahí que le dedique sus Máximas de mujeres espartanas a recoger anécdotas que prueban su valor. Así, una madre espartana «mató a su hijo, porque había abandonado la línea de combate»; otra le dijo a su hijo, mientras le entregaba el escudo: «O con él, o sobre él», y otra, en respuesta a su hijo, que decía tener la espada corta, exclamó: «Pues añádele un paso».

Las anécdotas son deliciosas, sin duda. Pero el valor del que hablan es demasiado físico, violento, militar y, a pesar de todas esas anécdotas de mujeres anónimas y patrióticamente dispuestas a renunciar a sus hijos, es demasiado «masculino». Y también muy poco democrático. Por eso el valor espartano no podía ser suficiente para los atenienses. Al parecer, no solo debemos elegir, como dirían Marcel Conche o Lev Shestov, entre Atenas y Jerusalén, sino también entre Esparta y Atenas. Esto es, entre la ciudad militarista y violenta, que exaltan los fascistas, y la ciudad moderadamente libre y algo caótica, que interesa a los demócratas.

El valor de tener valores

Platón —que consideraba, con Sócrates, que «el mayor bien es conversar todos los días sobre la virtud»— reflexionará en varias ocasiones sobre el miedo y el valor, llegándoles a dedicar un diálogo entero: el Laques. En él, Lisímaco y Melesias se preguntan qué tipo de educación deben darles a sus hijos, Tucídides y Arístides, para que lleguen a ser ciudadanos virtuosos capaces de aportar algo de valor a la polis, no como ellos, que representarían una generación menos excelente y valerosa. «De eso nos sentimos avergonzados», dicen, «y culpamos a nuestros padres de habernos dejado holgar a nuestro gusto cuando éramos muchachos, mientras ellos se ocupaban de los asuntos de los demás».

Por esta razón ambos desean averiguar qué es el valor y cómo puede alcanzarse, para lo cual decidirán hablar con dos estrategos llamados Laques y Nicias. El primero afirmará que el valor, que describe como un estar «dispuesto a rechazar, firme en su formación, a los enemigos y a no huir», es un rasgo de carácter que no puede ser aprendido. El segundo, en cambio, acabará afirmando, con la ayuda de Sócrates, que la valentía no es una cuestión meramente física, sino también espiritual, de modo que forma parte «de un todo al que se denomina virtud», de modo que sí puede ser adquirida mediante el ejercicio. El triunfo de Sócrates será total, porque el mismo Laques, que representaba, de algún modo, la concepción primitiva y violenta del valor a la espartana, acabará afirmando que la persona idónea para ocuparse de enseñarles el valor a los hijos de Lisímaco y Melesias es Sócrates, si bien este afirmará que tampoco deben seguirle a él, sino que lo que deben hacer todos, jóvenes y mayores, es seguir buscando en común.

Dos cosas convierten este diálogo en un hito en la historia de la reflexión filosófica acerca del miedo y el valor: la primera es la voluntad de ampliar la concepción primitiva, o espartana, del valor, que dejará de ser representada exclusivamente como una virtud física, violenta y masculina; y la segunda, la de presentar el valor como una de las partes de la areté o virtud, en general. De hecho, este es uno de los primeros diálogos en los que Platón se plantea la cuestión de la virtud, que presentará como una unidad con una serie de especificaciones, como la phrónesis o racionalidad práctica, la sophrosyne o moderación, la dikaiosyne o justicia y, finalmente, la andreía o valor.

El valor es, pues, una de las cuatro virtudes cardinales. Si bien, en tanto que subpartes de una sola virtud general, todas ellas se implican y se exigen entre sí. De modo que hace falta tanto valor para ser justo, moderado o razonable como razonabilidad, justicia y moderación para ser valiente. He ahí la razón por la cual, a pesar de su invisibilización historiográfica, el valor y el miedo serán uno de los núcleos temáticos fundamentales de la filosofía antigua. 

Aristóteles introducirá tres modificaciones básicas en la teoría platónica de las virtudes. La primera, que no nos interesa en este momento, consistirá en distinguir entre virtudes éticas, o existenciales, y dianoéticas, o intelectuales. La segunda es la doctrina del justo medio. El célebre meden agan, o «nada en demasía», que definirá la virtud como el justo medio entre un vicio por defecto y otro por exceso. La moderación sería el justo medio entre el desenfreno y la mortificación. Y la liberalidad, el equilibrio entre la avaricia y la prodigalidad. Esta distinción permitirá una mejor definición del valor como la virtud que se halla entre el vicio por defecto de la cobardía y el vicio por exceso de la temeridad.

La tercera aportación aristotélica a la teoría platónica de las virtudes será la incorporación de toda una serie de virtudes, que algunos calificarán precipitadamente de «secundarias», y que interesarán especialmente a los estoicos. Me refiero, particularmente, a las virtudes de la megalopsykhia o grandeza de alma, que sería la virtud de emprender grandes proyectos, como por ejemplo el de ser libre o sabio, o la de la ankhinoia, o presencia de ánimo, que sería la capacidad de conservar la serenidad tanto en las situaciones prósperas como en las adversas. Más allá del hecho de que, como dijimos anteriormente, todas las virtudes se implican las unas a las otras, las virtudes de la megalopsykhia y la ankhinoia se oponen especialmente al miedo. Al miedo de no estar a la altura. Al miedo de no ser capaces de soportar las resistencias de la realidad. 

    Platón reflexiona en varias ocasiones sobre el miedo.En el diálogo Laques, Lisímaco y Melesias se preguntan qué educación darles a sus hijos para que sean ciudadanos virtuosos. Desean averiguar qué es el valor y cómo alcanzarlo


La pared de cristal

Para Epicuro, el miedo era uno de los principales obstáculos para alcanzar la felicidad o eudaimonía, que concebía en términos de placer o hedoné. Un placer que entendía, a su vez, en términos de ataraxia, o ausencia de preocupación, esto es, de ansiedad, que es una de las formas más habituales y desgastantes del miedo.

Ciertamente, nada más anhedónico que la preocupación. Todo lo cual nos parecería muy razonable si no mediasen entre Epicuro y nosotros más de dos mil años de demonización y destrucción. Valga como prueba que, de los más de trescientos libros que este escribió, no conservemos más que tres cartas y unas pocas máximas, y que usamos el término «epicúreo» para designar a aquella persona que busca el placer físico de forma inmoderada.

Sin embargo, el placer que perseguía Epicuro no era un placer meramente físico, positivo e individual, sino también, si no especialmente, espiritual, preventivo y colectivo. Por todo ello, resulta difícil no coincidir con Voltaire, cuando afirmaba, en sus Carnets de notes, que «el placer da lo que la sabiduría promete». Le faltó añadir que eso mismo es lo que el miedo nos quita.

Y es que el miedo no es solo un obstáculo para la felicidad, al impedir los placeres físicos, como la comida, el sueño o la salud, sino también los placeres espirituales, como la amistad, la contemplación o la experiencia de la propia potencia, libertad o existencia, y los políticos, como la comunicación, el diálogo, la participación o la solidaridad. También impide, claro está, los placeres negativos, que se basan más en la prevención de los dolores, mediante la moderación, que en el goce activo de los mismos. Al fin y al cabo, el miedo y la ansiedad provocan todo tipo de compulsiones compensatorias, que nos impiden disfrutar del placer de comer y beber lo justo y lo sano, sin caer en el empacho o la resaca, a la vez que dificultan que controlemos nuestros propios impulsos físicos o sentimentales.

No es extraño, pues, que el epicureísmo dedique buena parte de sus esfuerzos a luchar contra el miedo. Es célebre al respecto el llamado tetrapharmakon, o medicina compuesta por cuatro ingredientes, con el que Filodemo de Gadara trató de sintetizar este aspecto esencial de la doctrina epicúrea. Los cuatro ingredientes que componen el tetrafármaco son, en verdad, cuatro familias de argumentos que tienen como objetivo superar cuatro tipos de miedos:

  1.     Primero, frente al temor a los dioses, debemos pensar que, en caso de existir, la experiencia nos enseña que estos no se relacionan con nosotros, ni para socorrernos, ni para castigarnos, de modo que no tiene sentido ni temerlos, ni halagarlos, ni siquiera pensar en ellos.
  2.     Segundo, frente al temor a la muerte, debemos pensar que cuando nosotros estamos, ella no está, y cuando ella está, nosotros no estamos, lo que significa implícitamente que nuestra alma es un compuesto material de átomos que se deshará en el momento de nuestra muerte, de modo que no debemos ni temer castigos ni esperar recompensas en el más allá, sino ocuparnos de vivir lo mejor posible en el reino de este mundo. Como dijo Cesare Cremonini en su lápida: «Hic totus jacet Cremonini» («Aquí yace todo Cremonini»).
  3.     Tercero, frente al temor al sufrimiento, físico o psicológico —lo cual incluye no solo las enfermedades del cuerpo y del espíritu, sino también la pobreza o la soledad— debemos pensar que ninguna desgracia dura demasiado, y que, en todo caso, cuanto más intensa es, menos duradera será. Eso sin contar que el único fracaso en el que podemos incurrir es el de definir equivocadamente qué es lo que significa realmente fracasar.
  4.     Y cuarto, contra el temor al fracaso en la búsqueda de la felicidad, individual y colectiva, debemos pensar que siempre estamos a tiempo de ponernos manos a la obra, y que, en todo caso, la felicidad natural exige tan poco que siempre se halla al alcance de nuestra mano, pros ton khairon. Si bien no es fácil realizar ese simple gesto, tal y como simboliza el tantálico escudo de Aquiles en el canto XVIII de la Ilíada, cuyo grabado en relieve representa, en el epicentro de la peor de las guerras, la pacífica vida de los hombres sencillos. Como en El mago de Oz, bastaría con un solo gesto para trasladarnos a ese mundo. Pero ¿quién puede deshacerse con un solo gesto de todos los falsos valores en los que fuimos educados desde niños?


    Hace falta tanto valor para ser justo, moderado o razonable como razonabilidad, justicia y moderación para ser valiente. He ahí que, a pesar de su invisibilización historiográfica, valor y miedo serán núcleos fundamentales de la filosofía antigua


En general, los argumentos del tetrapharmakon epicúreo suelen generar una cierta decepción. Pensamos que este acervo de argumentos discutibles no son suficientes para vencer los acerbos terrores que nos rondan. Esto es, que prometen más de lo que dan. Sin embargo, dejando a un lado el hecho de que no conservamos más que unos pocos fragmentos, debemos tener en cuenta que todos estos argumentos no son tanto afirmaciones doctrinales como tropos o esquemas argumentales, que tenían como objetivo servir como detonante o apoyatura para la memorización, meditación y práctica de ideas y actitudes contrarias al miedo.

Pero los epicúreos no sólo recurrieron al tetrapharmakon para luchar contra el miedo, sino también al conocimiento de la naturaleza, y particularmente el conocimiento de la física y la cosmología, en la que pueden hallarse perspectivas cósmicas que nos ayuden a deshacer las fantasías compensatorias de la superstición y la religión, y a rebajar la importancia que le atribuimos a aquellos asuntos que suelen preocuparnos o atemorizarnos.

De todo ello habla Epicuro en su Carta a Heródoto, donde expone su concepción del universo en general, y en su Carta a Pítocles, donde se centra en diversos fenómenos astronómicos y naturales. Pero, como sucedía con el tetrapharmakon, no debemos ver estos textos como una exposición científica. ¿Cómo podrían serlo si la ciencia como tal no apareció hasta el siglo XVII?

Ciertamente, su objetivo no es describir con total exactitud cómo es el mundo, sino buscar un efecto ético, como liberarnos del miedo a los dioses o a los castigos post mortem mediante la asunción de la teoría atomista, según la cual no habría más que átomos mezclándose azarosamente en el vacío. Según Epicuro, este conocimiento acerca del funcionamiento básico de la naturaleza es la luz que debe liberarnos de las terroríficas sombras de nuestra ignorancia infantil. La «ciencia» sería, pues, un ejercicio de incorporación de la mirada indiferente —digamos olímpica— de los dioses epicúreos, y su objetivo no sería tanto conocer la esencia de las cosas como alcanzar la ataraxia que los caracteriza.

Así es como lo presentará Lucrecio en De la naturaleza de las cosas, que puede ser considerado el evangelio del epicureísmo, donde se afirma que, «igual que los niños tiemblan y se asustan de todo en medio de oscuras tinieblas, así  nosotros tememos en plena luz». Razón por la cual «preciso es que nosotros desterremos estas tinieblas y estos sobresaltos, no con los rayos de la luz del día, sino pensando en la naturaleza». Como veremos, este es el origen de la doble metáfora de la luz como conocimiento y la infancia como ignorancia que se halla en la base de todo el movimiento ilustrado. Pero las cosas siempre son más complicadas, tal y como descubrirá el mismo Lucrecio.

«Terror et voluptas»

Cuando Lucrecio se decidió a cifrar la doctrina epicúrea en De la naturaleza de las cosas, sus compañeros de escuela llevaban ya varios siglos enfrentándose a los temores y a los ataques de numerosos filósofos y ciudadanos. ¿Que solo hay átomos mezclándose azarosamente en el vacío? Entonces la realidad es un lugar desencantado, absurdo, terrible y cruel. ¿Que los dioses, en caso de existir, no se ocupan de nosotros, ni para castigarnos, ni para recompensarnos? Entonces podemos ser malvados sin ningún miedo ni mala conciencia. Puro nihilismo avant la lettre.

Como en el mito de la caverna de Platón, sus interlocutores se habrían resistido a aceptar que sus creencias religiosas eran meras fantasías compensatorias, y habrían considerado la teoría atomista un ataque contra la verdad, el orden y la religión. Para ellos pesaba más la mala noticia de que no habría recompensas ultraterrenas que la buena noticia de que no habría castigos eternos. Tampoco debían mostrarse demasiado receptivos a la perezosa concesión de que habría dioses materiales en los intermundos que, sin inmiscuirse en nuestras vidas, nos observan, entre divertidos e indiferentes.

No es extraño, pues, que Platón jamás cite a Demócrito, precursor del atomismo epicúreo, al que nunca invita a sus diálogos amañados, en el que los interlocutores de Sócrates parecen los cómplices del trilero, o que, de todos los libros que Epicuro escribió, apenas nos queden unas pocas páginas. Tampoco es extraño que la hedoné epicúrea fuese degradada en compulsión amoral, y que los epicúreos fuesen equiparados a los cerdos. Ocurrente, Gregorio de Niza considerará que la comparación es perfecta, porque los cerdos carecen del número de vértebras necesarias para alzar la cabeza y mirar el cielo de las realidades espirituales, razón por la cual tienen siempre el hocico hundido en el lodo de lo puramente material.

No es extraño, pues, que, al disponerse a resumir, en su poema, la doctrina epicúrea, Lucrecio se muestre consciente de que esta puede resultar «indigesta» para aquellos estómagos delicados que han sido alimentados con las papillas del idealismo filosófico o religioso. ¿Cómo liberar al ser humano de sus miedos imaginarios sin provocar en ellos el temor de quedarse huérfanos de la mentira a la que se han vuelto adictos?

Se trata de un problema filosófico fundamental que se repite generación tras degeneración. ¿Montaigne buscó liberarnos de las fantasías medievales mostrándonos que es posible ser feliz en el reino de este mundo? Pascal considera su libro un veneno disfrazado de falsa alegría, y nos exhorta a regresar al redil del sentido tradicional, en su caso, religioso. ¿Nietzsche busca romper a martillazos las fantasías del idealismo platónico, cristiano y nacionalista? El mismo nihilismo que él describió como una noche que debía ser atravesada se posa sobre la tierra bajo la forma de la reacción y el terror. ¿La posmodernidad atempera el dogmatismo reinante con dosis industriales de escepticismo y relativismo? Hoy muchos abominan de ella, y, aunque tengan cierta razón en acusarla de haberse dejado reciclar como lógica cultural del capitalismo tardío, no la tienen cuando se dejan seducir por alguna de las cabezas del reaccionarismo neofundamentalista. La historia de la filosofía es una especie de pendulación entre la claustrofobia del sentido y la agorafobia de la libertad. Y a veces también una serie de sobredosis por antídoto.

    Para Epicuro, el miedo es uno de los principales obstáculos para alcanzar la felicidad, que concibe en términos de placer. Un placer que entiende, a su vez, como ausencia de preocupación, de ansiedad, una forma habitual y desgastante del miedo


Lucrecio ensayará en su poema una solución literaria que no debe ser considerada menos importante que toda la doctrina filosófica que expondrá en sus versos. En uno de los pasajes en los que se dirige a Memmio, a quien le dedica el poema, Lucrecio dice enseñar «grandes cosas», porque «de la superstición rompo los lazos / anudados que el ánimo oprimían», si bien acepta que «parece que trato yo de asuntos tristes / para aquellos que no han jamás pensado». Así que, del mismo modo que los médicos endulzan la amarga medicina para que el niño la beba «y, engañado, no muera» (con comas o sin comas), él se siente obligado, para ayudar a superar esa tristeza, a explicar «mi sistema todo» mediante «el suave canto de las musas». De este modo, le dice a Memmio, «[espero] tenerte seducido con mis versos, / hasta que entera y fiel Naturaleza / sin velo ante tus ojos se presente».

La tradición desnató esta imagen tan poderosa al tópico del prodesse et delectare, o enseñar deleitando, del también epicúreo Horacio, condenándola a ser concebida como un mero mecanismo pedagógico. En mi opinión, no se trata de un mero malentendido, sino de una forma de obviar una cuestión peligrosa. Porque Lucrecio no pretendía simplemente divulgar de forma agradable unas ideas un tanto áridas. Trataba de facilitar la comprensión del atomismo epicúreo, y todas sus implicaciones, a unos lectores que, debido a su educación idealista o religiosa, podían sentirse aterrorizados al oír hablar de un mundo puramente material en el que los dioses no tenían arte ni parte.

No se trata, pues, solo de que la medicina sepa mal, sino de que puede provocar una reacción adversa, incluso alérgica, que podríamos llamar iatrogénica, de iatros, «médico», y gen, «originado por». El nihilismo —esto es, la «tristeza» de la que habla Lucrecio— sería el efecto secundario de la medicina epicúrea. Y la poesía sería el modo de prevenirlo o superarlo. Para no sentir la realidad como un lugar desencantado, frío, cruel y ciego, que no tiene nada que aportarnos frente a las fantasías compensatorias de la religión y el idealismo, debemos ser capaces de encantarla, calentarla, vivificarla y resignificarla.

Para lo cual nada nos será más útil que la poesía, que deja de ser una mera cuestión formal, si es que alguna vez lo fue, para adoptar una función filosófica sustantiva: la de posibilitar la asunción de la verdad. No se trata, claro está, de cualquier tipo de poesía, sino de una poesía sublime, que vehicule un terror placentero —terror et voluptas dice Lucrecio—, que debe habituarnos a una belleza antropoexcéntrica en la que el ser humano sea presentado como un mero copartícipe de una realidad material que lo trasciende, mas no con el objetivo de menospreciarlo, sino con el de enseñarle a vivir de la forma más armónicamente posible con él, mediante su conocimiento y, a ser posible, su amor.

Esta poesía filosófica, materialista y sublime a la vez, adoptará muy diversas formas a lo largo de la historia: el hypsous del Pseudo-Longino, el amor Dei intellectualis de Spinoza, el Erhabenen de Kant o de Schiller, el panteísmo de Coleridge, Emerson o Whitman, el amor fati de Nietzsche, e incluso el amor mundi de Hannah Arendt. Todos ellos buscaron superar el miedo que puede producir una visión cruel o cruda de la realidad, esto es, libre de las fantasías compensatorias del idealismo y la religión, para poder buscar una forma más modesta, pero más real, de encajar la realidad. Rage, rage against the dying of the light…

    ¿Cómo liberar al ser humano de sus miedos imaginarios sin provocar en ellos el temor de quedarse huérfanos de la mentira a la que se han vuelto adictos? Se trata de un problema filosófico fundamental que se repite generación tras degeneración


Tierra, trágame

Si, para Lucrecio, la poesía sublime era una especie de protector de estómago que debía ayudarnos a asimilar una doctrina filosófica demasiado indigesta, para Luciano de Samósata, la comicidad será una especie de digestivo alcohólico que ha de ayudarnos tanto a encajar el carácter absurdo o incomprensible de la realidad, como a liberarnos del cúmulo de falsos valores y convenciones insensatas que limitan nuestra libertad.

Resumiendo, en Lucrecio la poesía sublime funciona como el omeprazol, mientras que en Luciano la comicidad opera como el orujo. Y aunque Luciano tiene mucho de escéptico, pues, en sus ochenta y dos opúsculos, destroza todas las creencias, supersticiones, convenciones, fantasías e hipocresías que caen entre sus manos, también es cierto que su admiración por Menipo, en particular, y por el cinismo, en general, justifica que lo utilicemos para introducir de qué modo dicha escuela, o estilo existencial, luchó contra el miedo. 

Cuenta Diógenes Laercio, en sus Vidas de los filósofos más ilustres, que en cierta ocasión Alejandro Magno dijo que si volviese a nacer querría ser Diógenes de Sínope. Que el hombre más «poderoso» de su época dijese (o dijesen que dijese) algo semejante sugería que existe un poder superior al de la fuerza y el oro, que radica en la capacidad de mantenerse libre respecto de todas las compulsiones interiores y de todas las presiones exteriores que esclavizan a los seres humanos. Eso es, precisamente, lo que pensaban los cínicos. Y también que el miedo es el gran obstáculo que nos impide alcanzar esa libertad, que era condición sine qua non de la eudaimonía o felicidad.

Otra anécdota cuenta que, tras ser vendido como esclavo, Diógenes no quiso ser rescatado por sus amigos, porque «los leones no son esclavos de quienes los alimentan, sino que quienes los alimentan están a su merced», de modo que «el miedo es la característica del esclavo, mientras que las fieras hacen que la gente les tenga miedo». Pero, a diferencia de Epicuro o Pirrón, los cínicos no se ocupan tanto del miedo a la muerte, o del miedo al nihilismo, como de los miedos sociales. Y, especialmente, del miedo al deshonor, el miedo a la pobreza y el miedo a la soledad.

Frente al miedo al deshonor o a la vergüenza (de la que Martha Nussbaum ha dicho cosas tan interesantes), los cínicos diseñarán una serie de ejercicios para trabajar la anaideia, o desvergüenza, que aparecerán cifrados en numerosas chreíai o anécdotas. ¿Qué otra cosa hacía Diógenes cuando se masturbaba en público, trataba de entrar en el teatro cuando todos salían o se paseaba por el ágora con un arenque atado de un cordel o unos guantes de boxeo en los pies? ¿O cuando Crates e Hiparquia andaban desnudos por la calle o hacían el amor en público? Se cuenta que, un día, se le escapó una ventosidad en público a Metrocles, el hermano de Hiparquia, y que fue tanta su vergüenza que se encerró en su cuarto, dispuesto a dejarse morir de hambre. Crates fue a consolarlo, y tras intentar convencerlo en vano con palabras, «soltando él también su flato, lo curó de obra y lo alentó con razones».

    Los cínicos no se ocupan tanto del miedo a la muerte, o del miedo al nihilismo, como de los miedos sociales. Y, especialmente, del miedo al deshonor, el miedo a la pobreza y el miedo a la soledad


Frente al miedo a la pobreza, los cínicos se obligaban a vestir con el tribón, o manto raído, a comer restos de comida, como los perros, o a no tener casa. Tanto es así que Diógenes llegó a afirmar, en cierta ocasión, que había hallado el remedio a su indigencia al observar de qué modo un ratón vivía feliz, esto es libre, sin buscar lecho, ni temerle a la oscuridad, ni desear ninguna de las cosas que los hombres suelen desear. También se dice que Crates vendió su patrimonio para luego distribuirlo entre sus conciudadanos, si bien algunos afirman que fue Diógenes quien lo convenció para que lo arrojase al mar (todo ello mucho antes de la conversión del joven rico en los Evangelios).

Y cuando Hiparquia quiso adoptar la vida de los filósofos cínicos, Crates trató de desanimarla desnudándose ante ella y diciéndole que ese era el vestido que debería adoptar si quería seguir la vida de los cínicos. Y ella se desnudó y lo siguió. Sin miedo. No es extraño, pues, que, tal y como nos informa Plutarco, los filósofos cínicos «hicieron del destierro de la patria y de la pérdida de riquezas viático para el ocio y para la filosofía», hasta el punto de que, cuando Diógenes fue desterrado, exclamó: «’¡No estuvo tan mal!’, porque comenzó a filosofar después del destierro».

Y frente al miedo a la soledad, o al rechazo, nos encontramos con los ejercicios de parresia, libertad de palabra o franqueza, que impregnan prácticamente todas las anécdotas en las que Diógenes, Crates o Hiparquia responden ingeniosa, injuriosa e insolentemente a aquellos hombres poderosos o supuestamente sabios que les increpan o tientan. Eso sin contar que atreverse a decir nuestra verdad acerca de los demás exige, a su vez, atreverse a escuchar la que los demás tienen que decirnos acerca de nosotros, lo cual resulta necesario para cumplir con el precepto délfico del gnothi seautón, o «conócete a ti mismo».

Ese valor de no temer la palabra ajena es lo que buscaba practicar Crates en aquella anécdota que lo presenta insultando a las prostitutas para luego escuchar tranquilamente cómo estas le insultan a él. Siglos después, Foucault definirá la parresia como el coraje de decir la verdad ante aquel que tiene cierto poder sobre nosotros, y Edward Said definirá al intelectual en los mismos términos.

Atrévete a no saber

A diferencia de los epicúreos, para los que la sabiduría dependía de un coraje afirmativo, consistente en atreverse a saber cómo era el universo, para los escépticos, la sabiduría depende de un coraje negativo, consistente en atreverse a no saber, o a no pretender saber, aquello que está por encima de nuestras capacidades cognoscitivas. Lo cual significaría «todo», si afirmar que todo está por encima de nuestras capacidades cognoscitiva no estuviese, a su vez, por encima de nuestras capacidades cognoscitivas.

Frente al sapere aude del epicúreo Horacio, que la Ilustración hizo suyo, tras resignificarlo, vía Pierre Charron, los escépticos apuestan por la epoché, o suspensión de juicio, que no teme sostenerle la mirada al abismo de nuestra ignorancia. Pero no se trata solo de que nunca averiguaremos cuántas estrellas hay en el cielo o cuántos pelos tenía Abraham en la barba, sino de que jamás sabremos con certeza cuál es el significado de la historia, quiénes somos realmente, cómo debemos educar a nuestros hijos o qué tipos de acciones políticas deberíamos llevar a cabo exactamente. Hace falta valor para asumir esa ignorancia, no solo de una forma nocional, o retórica, como hace mucha gente que se confiesa ignorante pero habla o actúa como si poseyese la verdad, sino incorporándola de forma existencial.

El escepticismo concibe la felicidad en términos de ataraxia o serenidad. Según dice Sexto Empírico, en esa especie de evangelio del escepticismo que son los Esbozos pirrónicos, «el fundamento del escepticismo es la esperanza de conservar la serenidad de espíritu». Como dijimos anteriormente, el término ataraxia se traduce literalmente como ausencia de inquietud, angustia o ansiedad, que es una de las formas del miedo.

Pero, como señalaba Heidegger, el miedo es siempre miedo a algo, pero la angustia no. Y es que, de un lado, la angustia, o ansiedad, es la sensación inaprensible de que puede sucedernos algún daño, sin que eso suponga que sepamos quién nos lo puede infligir, ni qué debemos hacer para evitarlo, lo cual suele provocarnos, a su vez, una sensación de impotencia que acabará retroalimentando nuestra ansiedad inicial. Del otro, el miedo es la sensación de un peligro inminente y concreto, que nos lleva a actuar imperiosamente, ya sea enfrentándonos, ya sea huyendo, ya sea sometiéndonos. De ahí que, sin saberlo, le temamos más a la ansiedad que al miedo, que tiene un estilo cognoscitivo más claro y resolutivo, pues nos dice (aunque suela equivocarse) cómo debemos actuar.

No es extraño, pues, que la ansiedad genere en los grupos o personas en los que domina una compulsión dogmática, que les lleva a querer saber qué es lo que está pasando, aun a costa de especular o improvisar explicaciones fantásticas. Llamo «la tentación del miedo» al deseo de cuartear la niebla de la ansiedad en uno o varios miedos concretos, normalmente imaginarios, que nos den la engañosa sensación de saber cuál es el peligro al que estamos expuestos, y cómo debemos actuar contra él. Cosa que puede sucederle tanto a los individuos como a los colectivos, pues, tal como explica Delumeau en El miedo en Occidente, las sociedades enervadas por la ansiedad de la precariedad, la crisis, la corrupción, la ignorancia o la confusión tratan de condensar los múltiples factores del mal, entre los cuales podemos contarnos a nosotros mismos, en un único personaje diabólico que cifre en un solo ser de tinieblas la niebla de la ansiedad.

    Frente al temor a la muerte, los epicúreos dicen que debemos pensar que cuando nosotros estamos, ella no está, y cuando ella está, nosotros no estamos, solo hemos de ocuparnos de vivir lo mejor posible en este mundo


Ese es, precisamente, el temeroso y temible monstruo peligro contra el que buscan luchar los escépticos. Y esa es, precisamente, la razón por la cual la magna virtus de los escépticos es la epoché, esto es, la capacidad de suspender el juicio en todas aquellas cuestiones que se hallan por encima de nuestras capacidades cognoscitivas. Es el famoso quod supra nos, nihil ad nos, atribuido a Sócrates, que Erasmo comentará en sus Adagios: «Otro platicaba mucho de las cosas celestiales, queriendo demostrar su grande ingenio. A este dijo Diógenes: ‘¿Qué tanto ha de venirte del cielo?’. Semejante es esto a lo que respondió Sócrates: ‘Lo que está sobre nos, no hace a nos’».

La epoché exige, por lo menos, la práctica de dos virtudes cardinales. De un lado, la sophrosyne, que se puede traducir como templanza, autocontrol o moderación, que sería nuestra capacidad para sofrenar nuestras compulsiones, y en este caso concreto, nuestra compulsión dogmática; y, del otro, la andreía, o valentía, aunque también puede traducirse como persistencia, que designaría nuestra capacidad de aceptar las resistencias de la realidad, en general, y su resistencia a ser conocida, en particular. La cual exigiría, como toda virtud, una prolongada ejercitación. Para ello estaban los diez tropos de Enesidemo y los cinco tropos de Agripa, que Sexto Empírico recogerá en sus Esbozos pirrónicos, y Montaigne volverá a poner en circulación de forma masiva en su «Apología de Raimundo Sabunde», que es el epicentro epistemológico de los Ensayos.

Como en el caso de los argumentos que componían el tetrafármaco de Filodemo de Gadara, los tropos escépticos no eran afirmaciones dogmáticas (¿cómo podrían serlo?), sino esquemas argumentales que tenían como objetivo habituarnos a suspender el juicio. Según el primer tropo de Enesidemo, frente a la constatación de que las diversas especies animales poseen órganos de percepción diferentes, no podemos sino suspender el juicio acerca de cuál es el modo de percepción que mejor capta la realidad.

Dicho argumento, acompañado de la observación de los modos perceptivos animales, la imaginación de modos perceptivos desconocidos y la meditación acerca de las insuficiencias de los nuestros, debía llevarnos a desconfiar de la fiabilidad de una de las vías fundamentales del conocimiento, como son los sentidos. Y lo mismo sucedía con los demás tropos, que trabajaban sobre la diversidad de las costumbres, caracteres, estados de ánimo o circunstancias (Enesidemo), o sobre las insuficiencias fundamentales de la razón (Agripa).

La práctica cotidiana de este y todos los demás tropos tenía como objetivo rebajar la ansiedad y practicar una valiente ignorancia, que se atrevería a no saber, sin renunciar por ello al amor por el conocimiento, ni perjudicar, de ese modo, la vida. Digo esto porque los enemigos del escepticismo trataron de presentarlo como una filosofía de la indecisión. Como el asno de Buridán, al no querer, o no atreverse, a elegir una u otra opción, los escépticos caerían en la parálisis, o en la desesperación. Pero no se trata de que el escéptico no se atreva a decidirse, sino, antes bien, de que posee el coraje de asumir su ignorancia y la moderación necesaria para sofrenar sus ganas de sobreinterpretar y sobrerreaccionar.

Imperturbabilidad

También el estoicismo verá el valor como una virtud fundamental, sin la cual no es posible acceder a la eudaimonía. En sus Epístolas a Lucilio, tras recoger la anécdota en la que Leónidas le dice a sus soldados que desayunen como si fuesen a cenar en los infiernos, Séneca añade: «No ya de aquellos trescientos, sino de todos los mortales se debería desterrar el temor a la muerte».

Para el estoicismo, la vía hacia la eudaimonía sería la práctica de la virtud, entendida como la armonía entre nuestra vida y el logosde la realidad, término que se traduce tradicionalmente como «verbo», «discurso» o «razón», pero que quizás resulta más intuitivo si lo traducimos como  «sintaxis», «gramática» o «lógica». Por esta razón, resulta necesario observar la naturaleza, y ubicarnos en su seno sin temor a sentirnos aplastados por su enormidad. Aunque su visión de la naturaleza como un cosmos u orden la hace menos terrorífica (para los estómagos delicados) que la epicúrea, que la ve más como un caos o desorden, ambas comparten cierto tono sublime que será recogido más adelante por otros autores como Spinoza, Goethe, Coleridge, Emerson, Whitman o Nietzsche. 

En todo caso, el conocimiento del logos debe transformarse en una armonía entre nuestra propia existencia individual, en tanto que partícula del cosmos, y el cosmos entero. Dicha armonía es concebida en términos de autoconocimiento (de nuestro lugar en el logos) y de asentimiento (de lo que sucede en su seno), de los cuales debería surgir una cierta ataraxia o serenidad, entendida en términos de apathia o imperturbabilidad. Dicha actitud es la que recogería el sustine et abstine atribuido a Epicteto. De ahí que el estoicismo presente un tono más ascético y espartano que el epicureísmo o el escepticismo. Pero, como las demás escuelas grecolatinas, los estoicos le darán una gran importancia al ejercicio.

En las Epístolas morales a Lucilio, de Séneca,hallamos esbozados muchos de esos ejercicios. Contra la angustia, Séneca nos insta a que nos preguntemos acerca de sus causas reales: «Pregúntate a ti mismo: ‘¿Acaso no me angustio y entristezco sin motivo y forjo un mal donde no lo hay?’». En lo que respecta al presente, la cuestión es sencilla: «Si tu cuerpo está expedito y sano y no sientes aflicción alguna a causa de una ofensa, veremos lo que puede acontecer mañana: el día de hoy no presenta problema alguno» (§ 7); y, en lo que respecta al futuro, debemos «someter a crítica los motivos que nos impulsan al miedo» (§ 8), teniendo en cuenta que hay muchas probabilidades de que no suceda el mal que tanto tememos, pues pueden «interponerse muchas circunstancias» (§ 11), y animarnos, en todo caso, diciéndonos: «¿Y qué si se presenta [el mal]? Veremos cuál de los dos vencerá». (§ 14)

Los estoicos también diseñaron ejercicios para liberarse del miedo a la pobreza. Su objetivo eran acostumbrarnos a vivir con poco, sin temerle al hambre, ni al frío, ni al deshonor, sino en plena «suficiencia», lo cual había de tener como recompensa «la libertad perpetua, ningún temor ni a un hombre, ni a un dios». Al fin y al cabo, continúa Séneca, evocando quizás, como hace tan a menudo, a Epicuro, «la naturaleza exige muy poco». Ay, el escudo de Aquiles… Por eso, le dice a Lucilio, es legítimo poseer riquezas, «mas quiero que las poseas sin temor», lo cual conseguirás únicamente si te persuades de que aun sin ellas puedes vivir feliz». Lección que aprenderá bien Molière.

Este culto a la pobreza, tan acorde con el ascetismo cínico y la frugalidad epicúrea, será asimilado por los padres de la Iglesia, quienes, además del platonismo y el neoplatonismo, se interesaron especialmente por el estoicismo, cuyo logos cósmico secuestrarán, ya en el Evangelio de san Juan, bajo la forma de logos divino. Pero el cristianismo primitivo no verá tanto en la pobreza una vía para liberarse de los miedos y ansiedades asociadas a la posesión y el estatus, como un modo de purificarse de la suciedad de este mundo. El medio podía ser semejante, el fin no podía ser más diferente.

Todo lo cual nos lleva a hablar del platonismo y el neoplatonismo, mas no como escuelas filosóficas que combatieron el miedo, sino como doctrinas ansiogénicas, cuando no terroristas. 

    Frente al sapere aude del epicúreo Horacio, que la Ilustración hizo suyo, tras resignificarlo, los escépticos apuestan por la epoché, o suspensión de juicio, que no teme sostenerle la mirada al abismo de nuestra ignorancia


Miedo a la realidad

Hay algo que nos da más miedo que los fantasmas, los demonios o el infierno. Y es la propia realidad. Su carácter incognoscible, mezclado, incompleto, confuso, cruel y a menudo absurdo puede resultar, ciertamente, terrorífico. Tanto que algunas personas han buscado todo tipo de estrategias para poner tierra, o cielo, de por medio.

A esta especie de miedo a la realidad podemos llamarla, de forma laxa, idealismo. Ortega y Gasset la llamó ontofobia. El idealismo, de eidos, que significaría «visión», «forma» o «imagen», suele designar aquellas filosofías que le dan una cierta primacía a las ideas, concebidas como «visiones mentales». El idealismo cognoscitivo se limitaría a considerar que dicha primacía se da en el ámbito del conocimiento, en tanto que prelación de las ideas respecto de las sensaciones, mientras que el idealismo ontológico se arriesga a considerar que las ideas prevalecen y preexisten respecto de eso que estaríamos llamando precipitadamente «realidad» y que no sería más que una copia o una versión degradada de las mismas.

Como los fantasmas de Los otros, los idealistas ontológicos creen haber descubierto que este mundo que nos parecía tan real no es más que un gran espejismo del que deberíamos huir lo antes posible. Platón lo dejará bien claro en su Teeteto: «De aquí abajo hacia arriba evadirse lo más rápido posible». Nada que ver con Diógenes, quien, al escuchar a un sacerdote celebrar las maravillas de la vida post mortem, le preguntó: «¿Por qué no te matas?». Como veremos, Nietzsche no dudará en escoger la vía de los cínicos, que describirá, en Ecce homo, como «lo más alto que puede ser alcanzado en la tierra».

Cabe señalar que el idealismo no es un mero invento de filósofos. Lo cierto es que todos nosotros participamos de un cierto idealismo espontáneo, entendido como la tendencia o tentación natural a creer que todo es mejor en otro lugar, en otro tiempo, junto a otras personas e incluso en la piel de otro ser diferente. Lo cual nos llevaría, primero, a idealizar lo que no existe y minusvalorar lo que es, para luego tratar de que lo real se parezca a lo ideal, atándolo al lecho de Procusto de la depuración o la mortificación.

Sobre este idealismo espontáneo, Platón elaboró, inspirándose en corrientes anteriores, un idealismo filosófico que no se limitará a idealizar lo que no es, y a despreciar lo que es, sino que llegará a hipostasiarlo, llegando a creer que esas imaginaciones a las que llamará ideas, y que considerará más simples, estables, puras y cognoscibles, existen en otro lugar más real que la realidad misma. Lugar al que llamamos, indolentemente, «mundo de las ideas» o «mundo inteligible». Todo lo cual no deja de ser aterrador, como si fuese el conejo el que cogiese al mago y lo hiciese desaparecer dentro de la chistera de la que acaba de salir. Y todo por miedo a que la realidad no sea tan real como creemos que debería ser…

El idealismo platónico, y luego neoplatónico, colusionará con las religiones del libro, dando lugar a un idealismo religioso, que ubicará el mundo de las ideas en el interior de la mente divina, reino de los cielos o más allá, cuyo acceso será prometido, condicionalmente, bajo la forma de una vida postmortem. Como dirá Nietszche en Ecce homo, «el concepto de ‘más allá’, de ‘mundo verdadero’, fue inventado con el fin de desvalorizar el único mundo que existe».

    Hay algo que nos da más miedo que los fantasmas, los demonios o el infierno. Y es la propia realidad. Su carácter incognoscible, mezclado, incompleto, confuso, cruel y a menudo absurdo puede resultar terrorífico


A raíz del proceso de secularización de la cultura occidental, y del subsiguiente trasvase simbólico que se produjo desde el ámbito de la religión al de la política, el idealismo filosófico y religioso acabó impregnando el nacionalismo, el fascismo, el comunismo y el capitalismo. Cada uno de los cuales dio lugar a su particular modo de menospreciar o negar la realidad, y suspirar por algún futuro o pasado ideal. De ahí que Bakunin dijese, hace ya un siglo y medio, que «el idealismo político no es ni menos absurdo, ni menos pernicioso, ni menos hipócrita que el idealismo de la religión, del cual no es nada más que una forma diferente, la expresión o la aplicación terrestre o mundana».

Pero lo que aquí nos interesa es que estos cuatro tipos de idealismo no solo nos llevan a despreciar la realidad, sino también a temerla, y por lo tanto a odiarla y a destruirla, porque odiamos lo que tememos, y siempre que podemos destruimos lo que odiamos. Digo que el idealismo nos lleva a temer la realidad por varias razones. Para empezar, tememos que la realidad nunca llegue a parecerse a lo ideal o, peor aún, que la realidad sea lo único que exista, esto es, que no exista, pues estamos convencidos de que esta no es suficiente. Y es que el idealismo, con todas esas fantasías de pureza, completitud, orden y estabilidad a las que nos tiene acostumbrados, nos ha llevado a rechazar las principales características de la realidad, como son la impureza, la imperfección o la mutabilidad.

De ahí que nos angustiemos ante un mundo infinito, ya sea en un sentido físico, como extensión espacial y temporal (la éffroyable esfera de Pascal), como en un sentido ontológico, como indistinción o indefinición entre los valores e identidades (la «coherencia perdida» de la Anatomía del mundo de John Donne). Borges, que pensó mucho en ello, expresará con felicidad este temor, en «Avatares de la tortuga»: «Hay un concepto que es el corruptor y el desatinador de los otros. No hablo del Mal cuyo limitado imperio es la ética; hablo del infinito». Si los idealistas desconfían de la realidad es porque temen ver en ella un espejo que evidencie la falsedad de una fantasía que se ha acabado transformado en una necesidad mental de la que ya no creen poder prescindir. Ni el conde Drácula…

El idealismo es, en fin, una actitud, filosofía o creencia ansiogénica, o fobogénica, que deberíamos temer o evitar. Y no es extraño que, como veremos, buena parte de la lucha filosófica contra el miedo pase por tratar de deshacer la niebla de sus fantasías, espontáneas, filosóficas, religiosas o políticas, y desoír sus cantos de sirena, primero mitológica, y luego antiaérea. 

«Vade retro»

Sin ánimos de ofender a nadie, y reconociendo sin problemas que existen formas mucho más benévolas de la religiosidad, empezaré este apartado diciendo que el cristianismo medieval acabó transformándose en uno de los mayores generadores de miedo contra natura. Al analizar en La edad de la penumbra el índice analítico de los sermones de Juan Crisóstomo, Catherine Nixey se encuentra con que la palabra que aparece en más ocasiones es la palabra «miedo» («necesario para los hombres santos», «un escarmiento por la despreocupación», «despierta la conciencia», «al infierno provechoso»…), mientras que la palabra «felicidad» solo aparece en una ocasión, y, además, subordinada totalmente a la teología («felicidad solo en Dios»).

Si bien es cierto que en todas las culturas han existido el miedo y la ansiedad, sus causas, formas y usos varían notablemente de una a otra, y en la cultura medieval el miedo se erigió en el origen de toda virtud y de toda salvación, tal y como resume a la perfección el ubi terror, ibi salus, «donde está el terror, está la salud», de Agustín de Hipona, que no deja de ser una versión de aquel temor de Dios que era el principio de toda sabiduría. Lo cierto es que este tipo de terror fue difundido por los hombres de la Iglesia, tal y como prueba el hecho de que las representaciones populares del diablo sean más benévolas, y contemplen la posibilidad de que el hombre pueda engañarlo con su ingenio, mientras que las de los teólogos son terribles e inesquivables.

En todo caso, cuando los hombres viven en un estado de terror permanente, las fantasías compensatorias proliferan, dando lugar a una lógica de negociación, que la Iglesia de aquel momento aprovechó en un plano más material que espiritual, creando una verdadera «industria del miedo». Si bien cabe conceder que sin el capitalismo —cuya principal «virtud» es desdibujar todas las fronteras y transformarlo todo en mercancía— no hubiese llegado a formarse un auténtico mercado de supersticiones, peregrinajes, reliquias, bulas, donativos o indulgencias.

Los filósofos humanistas buscarán disipar estos miedos, para lo cual contarán con la ayuda de las filosofías grecolatinas, recién redescubiertas. No me refiero, como suelen decir los manuales, al neoplatonismo, que no necesitó ser redescubierto, porque no había dejado nunca de operar en el seno del cristianismo y que era decididamente ontofóbico, sino al epicureísmo, al escepticismo y al cinismo, cuyo compromiso en la lucha contra el miedo acabamos de exponer. Lo cierto es que el ad fontes, «a las fuentes»,de los humanistas no apuntaba a un mero interés filológico, sino a ese deseo de puentear una edad oscura, impregnada por el miedo, para tratar de recuperar aquella edad de oro filosófica, que no se caracterizaba por ser ideal, sino por admitir en su seno (siempre a regañadientes) a algunos pocos filósofos que trataban de luchar contra el temor.

Con el objetivo de combatir el miedo ambiente, Erasmo criticará el negocio de las reliquias y las bulas; apelará al escepticismo para sofrenar las terroríficas fantasías teológicas; admirará la libertad despreocupada de Diógenes de Sínope; e incluso llegará a afirmar, en el último de sus Coloquios, que Jesucristo fue un epicúreo, puesto que su intención no fue difundir el miedo, sino la alegría en este mundo. Aquí es cuando casi le da un ataque a Lutero.

    Si bien es cierto que en todas las culturas han existido el miedo y la ansiedad, sus causas, formas y usos varían notablemente de una a otra, y en la cultura medieval el miedo se erigió en el origen de toda virtud y de toda salvación


Montaigne, hijo espiritual de Erasmo, por mediación de su padre, Pierre Eyquem, que decidió educarlo siguiendo al pie de la letra su Plan de estudios, también puso la alegría o la felicidad en el centro de su proyecto filosófico-literario: «Hay que extender la alegría y eliminar tanto como se pueda la tristeza». Para ello, claro está, era necesario luchar contra el miedo, al que le dedicó el ensayo I, 17, donde afirmará aquello de que: «De nada tengo más miedo que del miedo». También trató el tema en «De la fuerza de la imaginación» (I, 21), donde sostendrá que buena parte de nuestros miedos tienen una causa imaginaria. Se trata pues, de lo que Séneca llamó «males de opinión», término que designa todo tipo de aprensiones, sugestiones, prejuicios y supersticiones. Tememos más de lo que sufrimos, como esas mulas que se detienen aterrorizadas porque han visto la sombra de sus orejas sobre el camino, o como a esos niños que después de pintarse, se asustan de su propio rostro.

Según Montaigne, ya sea por culpa de los miedos físicos (caernos, atragantarnos, descubrir una mancha o un bulto), ya sea por culpa de miedos psicológicos o sociales (la ansiedad, la vergüenza de hacer o de gozar actitudes, actividades o placeres supuestamente inadecuados para nuestra edad, género, cultura o condición social), pasamos «como resbalando» por la vida. Al fin y al cabo, la persona poseída por el miedo tiende a retirarse del mundo, lo cual cumple, de algún modo, con la peor de nuestras pesadillas, que es la de ser enterrados vivos. Pues, más que hacer el avestruz, la persona atemorizada hace como aquellos soldados romanos que, después de la batalla de Cannas, metían la cabeza en agujeros y los llenaban de tierra con sus propias manos, tratando de ahogarse, o como esos campesinos, que, amenazados por la peste, cavaban su propia fosa y se acostaban en su interior a esperar la muerte.

En la línea del Worst case scenario, Montaigne desarrolló una especie de nihilismo alegre, en sentido spinoziano, consistente en pensar que, si todo va a quedar en nada, no hay razón por la cual debamos tenerle miedo a intentar, o a ensayar, aquello que deseamos. Frente al «si Dios no existe, todo vale», que acabó transformándose en época romántica en el «nada vale», y, en época capitalista, en el «todo vale dinero», en De los cojos (III, 11), Montaigne blandirá, frente a los que se inventan mundos inexistentes, el «il n’en est rien», esto es, «no hay nada de eso», que puede traducirse quizás literalmente como «todo es nada», esto es: «Haz lo que más deseas, atrévete a todo, puesto que, a fin de cuentas, todo queda en nada».

De este modo, Petrarca, Lorenzo Valla, Erasmo, Rabelais, Montaigne, los libertinos eruditos, Pierre Charron, Marie de Gournay, y tantos otros filósofos y escritores humanistas fueron aportando argumentos y ejercitaciones que buscaban arramblar los miedos religiosos y domesticar los miedos existenciales. Y ese proyecto de emancipación, que será combatido, reprimido y a veces sublimado durante la época barroca, volverá a cobrar fuerzas en el siglo XVIII, gracias a la Ilustración.

    Montaigne desarrolló una especie de nihilismo alegre consistente en pensar que, si todo va a quedar en nada, no hay razón por la cual debamos tenerle miedo a intentar, o a ensayar, aquello que deseamos


«Sapere aude»

La correa de transmisión entre el humanismo renacentista y la ilustración fueron, de un lado, los libertinos eruditos, que es el término que acuñó René Pintard para referirse a los seguidores de Montaigne, como Pierre Charron, Marie de Gournay, La Mothe Le Vayer, Pierre Gassendi o Gabriel Naudé, que habrían radicalizado tal o cual aspecto de su doctrina, y forjaron una de las constelaciones filosóficas más interesantes y desconocidas de los últimos siglos. Y, del otro, Spinoza y los llamados spinozistas, muchos de ellos anónimos, que abrieron la posibilidad de un pensamiento naturalista, panteísta o directamente ateo, como fue luego el caso de Meslier, Freret, Diderot o D’Holbach.

Según Spinoza, el conatus es el esfuerzo natural mediante el cual «cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, en perseverar en su ser». Dicho esfuerzo, que en el caso específico del ser humano llamará «deseo», no solo busca el mantenimiento del propio ser, sino también, o sobre todo, el incremento de su poder vital, que él llamará, en su particular dialecto filosófico, «perfeccionamiento». Cuando el deseo se encuentra con seres o situaciones que le impiden desarrollarse, se ve invadido por un sentimiento de «tristeza», mientras que cuando se encuentra con seres o situaciones que le ayudan a aumentarlo, le embarga un sentimiento de «alegría». Como Montaigne o Charron, la filosofía de Spinoza busca aumentar la alegría, que definirá como «una pasión por la que el alma pasa a una mayor perfección», y disminuir la tristeza, que definirá como «una pasión por la cual el alma pasa a una menor perfección».

De ahí la distinción fundamental entre pasiones alegres, que aumentan, potencian o secundan la vida, y pasiones tristes, que la disminuyen o eliminan (dejemos por ahora a un lado la distinción entre pasiones y afectos). Toda la ética spinoziana consiste, primero, en evitar las «pasiones tristes», como el odio, la envidia, la vergüenza, la tristeza, la melancolía, el arrepentimiento, la desesperación, la decepción, la venganza, el sometimiento y, claro está, el miedo, y fomentar las «pasiones alegres», como el orgullo, la admiración, la confianza, la risa, la curiosidad, el reconocimiento, la creatividad, la esperanza, la misericordia, la alabanza y, más claro aún, el valor. Ciertamente, pocas cosas causan una mayor reducción de la propia potencia, y por lo tanto una mayor tristeza, que el miedo, que «revela una falta de conocimiento y una impotencia del alma». De ahí que Spinoza presente su teoría de las pasiones como una disyuntiva entre el miedo a la muerte y el amor a la vida, entendido, tal y como lo reformularon Nietzsche, Bergson o Deleuze, no como la respuesta a una carencia, sino como la expresión de la propia potencia.

Como decíamos, los libertinos eruditos y el spinozismo constituyeron la correa de transmisión entre el movimiento humanista y el ilustrado, que deberíamos ver como una sola unidad. Al fin y al cabo, todos ellos comparten la misma voluntad de liberar al ser humano de sus miedos, mediante el conocimiento de la naturaleza, el uso de la razón y el estímulo de la acción, entendida, a su vez, como ejercitación filosófica y organización política. La recuperación del materialismo epicúreo, por parte de Gassendi, Helvétius o D’Holbach, la crítica de la impostura teológico-política por parte de Meslier, Diderot o el autor anónimo de Los tres impostores, la defensa de la tolerancia por parte de Locke o Voltaire, y la apuesta por una educación que fortalezca el carácter de las mujeres por parte de Mary Wollstonecraft y Olympe de Gouges, solo pueden ser comprendidas como los diferentes frentes de una misma guerra contra el ejército de sombras que aterroriza y somete a la humanidad.  

    De ahí la distinción fundamental entre pasiones alegres, que aumentan, potencian o secundan la vida, y pasiones tristes, que la disminuyen o eliminan


De un tiempo a esta parte

Contra la opinión de muchos, considero que Nietzsche debe ser incluido en el proyecto humanístico-ilustrado. Y no solo porque le dedicase a Voltaire su Humano, demasiado humano, sino porque su teoría acerca de la voluntad de poder, que tantos malentendidos ocasionó, no es muy diferente de la teoría de la alegría spinoziana, que incluye, a su vez, muchos elementos del hedonismo epicúreo, clásico o renacentista.

Tampoco sorprende que Nietzsche haya utilizado como epígrafe de su Segunta intempestiva una cita de otro gran spinoziano como Goethe, quien dijo, en una carta dirigida a Schiller, el  19 de diciembre de 1798, que consideraba «odioso todo aquello que únicamente me instruye pero sin acrecentar o vivificar de inmediato mi actividad». Lo cual, insisto, no deja de ser un calco de la máxima epicúrea que afirma que es: «Vano es el discurso de aquel filósofo por quien no es curada ninguna afección del ser humano».

¿Cómo no iba a resultarle, entonces, odioso el miedo a Nietzsche? ¿Cómo no iba a adoptar, y a adaptar, en La ciencia jovial, el lema renacentista del vivere risolutamente, que debió conocer a través de su maestro Burckhardt, dando lugar a su célebre «vivir peligrosamente»? ¿Y cómo no iba a hablar siempre en términos de valor, de ligereza, de autosuficiencia, de potencia y de afirmación de la vida? Tanto que algunos se confundieron y lo tomaron por un nuevo Leónidas.

Lo cierto es que, haciendo, quizás, caso a la recomendación spinoziana de pensar más la vida que la muerte, Nietzsche no se interesará tanto por la lucha contra el miedo a la muerte como por la lucha contra el miedo a la vida. Me refiero, claro está, al odio a la realidad que sienten los idealistas, en general, y el platonismo, y cierto cristianismo, en particular. La creencia en la existencia de un mundo ideal, metafísico o teológico implicaría un atemorizado rechazo del carácter imperfecto, mudable y mezclado de la realidad, que olvidaría que el ser humano no puede alimentarse de moldes de pasteles, por muy perfectos que estos sean. Como decía Woody Allen, la realidad puede ser todo lo imperfecta que queramos, pero es el único lugar en el que podemos comernos un buen bistec.

Frente al terror idealista, que es la forma originaria del nihilismo (cuando Dios aún está vivo), y que se traduce en un desprecio de la vida, Nietzsche apuesta por el coraje del asentimiento, que exige, primero, ser capaz de ver la realidad sin filtros, como facticidad pura o Ungeheur, esto es lo monstruoso, lo informe o lo sublime, y que podemos asimilar y vivificar gracias a la poesía (sí, vuelve a reaparecer Lucrecio); y, segundo, ser capaz de aprender, tal y como dirá Albert Camus, en El verano, a «celebrar la vida hasta en el sufrimiento». Deleuze, entre otros, tratará de compensar la pendiente fatalista que implica la práctica del asentimiento, con el objetivo de generar un cierto nietzscheanismo de izquierdas.

En todo caso, el existencialismo, con su defensa del primado de la existencia sobre la esencia, tiene mucho del antiidealismo y de la ejercitación del asentimiento nietzscheanos. Todo lo cual vuelve a remitirnos a la virtud clásica de la andreía o coraje. Si bien es cierto que en su estilo pesa más el horror que la voluptas, por utilizar los términos de Lucrecio. Valga como prueba que Sartre se sintiese obligado a defenderse contra las acusaciones de nihilismo, en El existencialismo es un humanismo.

Por su parte, Freud considerará, en un principio, que la angustia es el efecto de la represión, hasta que, en 1926, pase a considerar, con la publicación de Inhibición, síntoma y angustia, que aquella es la que ocasiona la represión, en tanto que mecanismo de defensa o resultado de una pérdida de la propia vitalidad. También serán célebres sus anotaciones, poco sistemáticas y de corte más bien estético, acerca de lo Unheimlich, ominoso o siniestro, donde destacan las palabras de Schelling, que lo describen como aquello que estaba destinado a permanecer oculto pero ha salido a la luz. Súmensele las consideraciones que realiza Lacan en su Seminario X, dedicado a la angustia. Pero esta es una historia que otro debe contar.

A partir de este punto, las propuestas se multiplican, y mis conocimientos se dividen. Baste apuntar que Henri Bergson afirmó, en La evolución creadora (1907), que el miedo es uno de los principales obstáculos para la creación, y subsiguientemente para la alegría, que definirá como el signo de toda potencia ejercida. Si bien en La energía espiritual (1919), Bergson concederá que el miedo también debe ser visto como una resistencia que posibilita y favorece el esfuerzo creador. El esfuerzo es penoso, dice, «pero también precioso, más precioso que la obra en la que ha desembocado, porque, gracias a él, ha sacado de sí más de lo que tenía, se ha alzado por encima de sí mismo».

Edmund Husserl verá en la epokhé, o suspensión de juicio (un concepto que toma directamente de la tradición escéptica), el modo de salvarnos regresando a las cosas, esto es, liberándolas de las sirenas y de los fantasmas de las sobreinterpretaciones teológico-políticas, que tienen miedo de reconocer su ignorancia y aceptar humildemente lo que es. Lo cual no implica necesariamente un rendido fatalismo, pues, como dirá su contemporáneo Paul Éluard: «Hay otros mundos, pero se hallan en este».

Y luego están las consideraciones acerca de la angustia de Heidegger, para el que ser capaz de lidiar con la angustia de ser un ser-para-la-muerte era un requisito esencial para alcanzar una existencia auténtica. Claro que él poseía otras razones menos metafísicas y más concretas para sentirse angustiado, como, por ejemplo, traicionar a su maestro Husserl y apoyar el nazismo… Como es sabido, Hannah Arendt prefirió fijarse menos en la noción de muerte que en la de nacimiento, o natalidad, que entenderá como una interrupción de la cadena de causas y efectos, capaz de abrir en el muro del determinismo la brecha de una posibilidad. Lo cual no resulta más fácil, puesto que, tal como estudiaron autores como Kierkegaard o Bergson, todo acto de creación exige un acto de valor.

Después está la posmodernidad, que ya es más un espejo que un concepto, de la que podemos decir, quizá, que su escepticismo, relativismo y hedonismo característicos tienen algo de ese humanismo, tan «posmedieval» como «premoderno», que celebró Stephen Toulmin, en Cosmópolis, como una especie de interregno feliz entre el oscurantismo medieval y la fotografía quemada de la modernidad. No obstante, según autores como Jameson y Bauman, el intento de la posmodernidad por reestablecer algunos de los mejores valores de aquel humanismo fue transformado en la lógica cultural de una de las grandes fábricas de producción masiva de miedo y ansiedad, como es el capitalismo tardío.

Como dijimos, Deleuze tratará el tema del miedo desde una perspectiva spinoziana y nietzscheana; Foucault lo analizará en sus estudios sobre los mecanismos del poder (Vigilar y castigar), los sistemas de categorización ontológica (Las palabras y las cosas habrían surgido de la risa y la ansiedad que le provocó un ensayo de Borges) y la parresía,o franqueza, que definirá como un hablar libremente ante el poder a pesar del miedo que este nos inflige.

Destacan también obras como Masa y poder de Elias Canetti, Una habitación propia de Virginia Woolf, Miedo a la libertad de Erich Fromm, Miedo líquido de Zygmunt Bauman, La sociedad del riesgo de Ulrich Beck, Filosofía del terror de Noëll Carroll, La monarquía del miedo de Martha Nussbaum… Hay tanto que da miedo. Mas no lo suficiente como para que dejemos de seguir pensando peligrosamente.

Fuente: https://filco.es/