viernes, 31 de octubre de 2025

LA FILOSOFIA DEL LIMITE

Eugenio Trías: la filosofía del límite

Considerado por muchos como el filósofo español más importante desde Ortega y Gasset, Eugenio Trías desarrolló durante las últimas décadas del siglo pasado y comienzos de este una filosofía radicalmente original. Al estilo de los grandes filósofos de nuestra tradición, el suyo es (¿casi?) un sistema filosófico que abarca las grandes dimensiones del ser humano: la ética, la estética, la metafísica... En este dosier, Javier Correa Román bucea en su propuesta filosófica.


Su vida

Eugenio Trías nació el 31 de agosto de 1942, en una Barcelona todavía devastada por la guerra civil española. Su padre, Carlos Trías Bertrán, era un conocido político falangista, perteneciente al bando victorioso de la guerra (lo que, sin duda, permitió una cierta facilidad material y simbólica al pequeño Eugenio). Carlos Trías tuvo, además de a Eugenio Trías, dos hijos más: Jorge y Carlos (hijo). Como anécdota familiar valga mencionar que junto al último, Carlos, Eugenio Trías coescribió en 1970 la novela Santa Ava de Adís Aleba (publicada bajo el pseudónimo de Cargenio Trías).

De formación jesuita, a los 22 años Eugenio Trías se licenció en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Más tarde completó sus estudios viajando por distintas universidades europeas (Pamplona, Madrid, Bonn y Colonia) y en 1965 consiguió el cargo de profesor ayudante. Comenzó ahí su larga y prolífica carrera académica: después ese puesto, se convirtió en profesor adjunto de Filosofía en la Universidad Central y, más tarde, en profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona.

En estos primeros años como filósofo, Trías se caracterizó por protagonizar una singular mezcolanza: en él se daba con perfecta sintonía la mezcla dispar del burgués bohemio pero progresista (lo que se llamó Gauche Divine) con el rigor analítico y la densidad crítica que ha caracterizado a su filosofía desde los inicios. Como consecuencia —y de ahí su riqueza—, su filosofía es una filosofía original, compleja en texturas y alejada de todo de la etiqueta prestablecida, tanto de corrientes tradicionales como de moda.

Durante el comienzo de su carrera intelectual, Trías centró sus intereses en autores modernos (Hegel, Kant, Marx) y en autores contemporáneos (Deleuze, Foucault). De esta particular mezcla, a la par que de semejante peso filosófico, nacen sus primeros escritos, como La filosofía y su sombra, de 1969; una obra, como veremos más adelante, cuyo objetivo es pensar lo impensado por la filosofía, andar sus sombras, recorrer sus misterios.

Después de permanecer varios años en la ciudad condal, en 1972 Eugenio Trías se marchó a Brasil y a Argentina para impartir una serie de cursos y conferencias. Durante este período publicó Drama e identidad (1974). Dos años más tarde, en 1976, publicó El artista y la ciudad (que fue galardonado con el Premio Anagrama de Ensayo) y consiguió, además, el puesto de profesor adjunto de Estética y Composición en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona, de la que obtuvo en 1986 la cátedra. De esta etapa es importante destacar Lo bello y lo siniestro (1983), que recibió el Premio Nacional de Ensayo y que veremos más adelante en este dosier.

Años más tarde, en 1992, se mudó a la Universidad Pompeu Fabra, también en Barcelona, donde ejerció como catedrático de Historia de las Ideas hasta su fallecimiento, el 10 de febrero de 2013. Durante sus últimos años, asistimos tanto a un interés creciente por la religión como a un esfuerzo metafísico más notorio y, además, a un colosal intento de sistematizar su aportación a la filosofía, como vemos en La edad del espíritu (1994).

Este esfuerzo sistematizador y metafísico culminó en 1999, cuando publica La razón fronteriza, donde recoge y da forma a una de las aportaciones fundamentales de su pensamiento, lo que se ha llamado «la filosofía del límite». En este libro, Trías reflexiona sobre el límite desde unos presupuestos absolutamente novedosos. Unos presupuestos que, si bien se encontraban dispersos en sus libros anteriores, aparecen sistematizados en esta obra. Aunque ahondaremos más adelante, para Trías el límite no es lo puramente negativo, lo que separa, sino una entidad propia y con ciertas propiedades «positivas».

Solo un año después de la publicación de este último libro, le fue concedido el prestigioso Premio Internacional Friedrich Nietzsche, el que ha sido catalogado (con excesiva grandilocuencia, quizá) como el Premio Nobel de los filósofos.

En fin, durante su dilatada y profunda etapa filosófica, Eugenio Trías publicó más de 30 libros y escribió decenas de artículos en numerosos periódicos españoles, impartió múltiples conferencias y enseñó en varios cursos de distintas universidades. De él nos queda un pensamiento profundo, complejo y original. Demos un primer paso para adentrarnos en él.

Eugenio Trías recibió múltiples premios durante su larga carrera filosófica, como el Premio Anagrama de Ensayo, el Premio Nacional de Ensayo o, el más importante, el Premio Internacional Friedrich Nietzsche

Introducción a su filosofía

La filosofía de Eugenio Trías es una filosofía rica en detalles y en matices, una filosofía fruto de todas las influencias y todas las lecturas que realizó el filósofo español durante su vida. Es, además, una filosofía profunda, de un rigor sorprendente. Pero, sobre todo, es una filosofía muy prolífica, esparcida en la enorme cantidad de libros, cursos y seminarios que impartió. Es también, si no un sistema, sí una filosofía que abarca todos (o casi todos) los ámbitos de la vida humana y con una coherencia muy parecida a la sistematización clásica. Y es que, a lo largo de sus estudios, Trías dedicó páginas tanto a la ontología del límite como al cine, la música o a la religión.

Eugenio Trías combinó además el rigor propio de la academia con la belleza formal de los escritores literarios. En la línea de Ortega, su estilo claro y su pluma precisa destilan una voz personal, alejada de la sobriedad universitaria. Frente al tratado abigarrado y frente al libro de filosofía oscuro y aburrido, Trías cuida y mima su escritura para dotar a la filosofía de nuevas alas, para ayudarla a decir lo que está en el límite, lo que se sospecha, pero solo puede balbucearse. En su autobiografía, El árbol de la vida (2003), escribe a este respecto:

«Lo que de mí quedará es, creo, sobre todo esto: un conjunto trabado y complejo de textos literarios, que como tales deberán leerse, ya que en ellos sobre todo resplandece una escritura y un estilo. Y una aventura singular, ambiciosa y muy peculiar, que se interna por los misterios más escondidos de nuestro mundo, y de la philosophia perennis, con la intención de lograr, a través de ese conjunto de singladuras que son mis obras, hallazgos en el ámbito del conocimiento».

Las tres etapas de su pensamiento

En general, y de forma esquemática, podemos dividir su filosofía en tres etapas. La primera etapa corresponde a un periodo que en algunos lugares se ha llamado subversivo, que abarca desde la publicación de La filosofía y su sombra —en 1969— hasta la publicación de Drama e identidad —en 1974—. Durante esta primera etapa, la filosofía de Trías es relativamente lúdica, una filosofía casi podríamos decir de exploración, donde el filósofo español busca andar por donde no se ha caminado todavía. Es importante destacar que uno de los logros de esta etapa fue asentar la particular metodología de Trías, su forma filosófica de analizar los problemas filosóficos.

Es Drama e identidad —Premio Nueva Crítica— el libro que abre su segunda etapa filosófica, en la que Trías recorre problemas clásicos de la tradición filosófica, especialmente éticos y estéticos. Para algunos de sus comentadores, es Lo bello y lo siniestro el libro culmen de este período, donde Trías alcanza la perfección estilística y su mayor fecundidad filosófica. Tanto en este período como en el anterior, aparecen de forma soterrada presupuestos ontológicos que, sin ser explícitos, serán los causantes de la originalidad de Trías. Son estos presupuestos los que se examinan en la tercera etapa.

Su tercer y último período corresponde al propiamente ontológico, donde encontramos obras como Los límites del mundo, La aventura filosófica, Lógica del límite o La razón fronteriza. Como hemos dicho, esta última etapa es ligeramente sistematizadora, en la que se recogen el método y los resultados de sus obras anteriores y se profundiza en ellos. Es la más original, la que más vías abre y el motivo por el cual a su filosofía se le conoce como «la filosofía del límite».

Pequeño esbozo de su filosofía

En El árbol de la vida dice Eugenio Trías que no sabe si él eligió la filosofía o si la filosofía lo eligió a él. No es el primero que refiere a esta experiencia, y es que la experiencia filosófica es las más de las veces precisamente esto: no saber por qué, pero ya estar dentro de algo. Uno no filosofa porque quiera o pueda, sino que, cuando empieza a reflexionar, se encuentra ya dentro de la reflexión filosófica, o mejor dicho, dentro de su necesidad.

En este sentido, y aunque podría darse algún otro, la experiencia filosófica representa una forma leve de experiencia límite: lleva al sujeto hacia terrenos desconocidos y lo arrastra a través de fuerzas desconocidas. La filosofía de Trías es el resultado de este arrastre sin causa conocida, una marcha honesta que recorre los senderos que se abren ante él sin ser consciente de sus propios orígenes.

La filosofía de Trías, como muestran las etapas de su pensamiento, se caracteriza, además, por una fuerte presencia de la reflexión estética: una importancia crucial del cine y de la música como campos filosóficos sobre los que reflexionar.

En El árbol de la vida dice:

«¿Cómo fue posible que [la música] llegara a adquirir una importancia tan grande, tan intensa y tan constante, hasta el punto de que jamás, en mí ya larga existencia, ha menguado nunca esa afición musical que ha sido siempre para mí una auténtica pasión, la mayor pasión quizás dentro del género de las pasiones íntima e intransferibles junto con la filosofía?».

Sin embargo, y vista con el tiempo suficiente, lo que caracteriza y hace tan importante y bonita a la filosofía de Eugenio Trías es su cariz metafísico, su profundo interés ontológico (representando, en el panorama hispano, el mejor ejemplo de la vuelta a la ontología que ha protagonizado la filosofía después de Heidegger).

A este respecto dice Trías en La razón fronteriza:

«La verdadera filosofía es metafísica o, sencillamente, no es propiamente filosofía. Se orienta hacia el arcano como el helicóptero hacia el sol».

En fin, la filosofía de Eugenio Trías es muy variada y es especialmente apetecible para todos aquellos que amamos la estética y la ontología (y la conjunción entre ambas), pero es igualmente interesante y llamativa para todos los estudiosos de la filosofía en general, puesto que Trías representa uno de los intentos más recientes (y nobles) de darle a la filosofía el papel global que merece.

Algunos estudiosos, como Alberto Sucasas Peón en su artículo Pensar la frontera. La filosofía del límite de Eugenio Trías, señalan que leer a Trías es como montarse en un tren, porque su pensamiento se va deteniendo en una serie de «espacios-estación»: el del cine, el de la música, el de la religión… Personalmente, creo que no hay forma más acertada de describir la experiencia filosófica de leer al escritor catalán que esta, que pensando en sus ideas como partes de un trayecto. Cojamos el primer tren y veamos qué nos depara.

Algunas de las características de la filosofía de Eugenio Trías son: su belleza estilística, su coherencia, su búsqueda ontológica y su predilección por la estética

Pensar lo impensado

El primer libro de Eugenio Trías fue La filosofía y su sombra, que se publicó en 1969. A pesar de ser su primer libro, la crítica lo encumbró como un verdadero acontecimiento en el panorama filosófico español. Y, siendo sinceros, no era para menos, pues la filosofía en España era una estepa yerma, estancada en un exceso neoescolástico de corte franquista.

Debido a este corte con lo producido anteriormente, Trías fue rápidamente clasificado —por autores como Josep María Carandell, por ejemplo— como la «filosofía de una nueva generación». Estos comentaristas intentaron encajar las nuevas filosofías, como la de Trías, en la etiqueta de «la nueva filosofía» española, aquella llamada a venir después del Mayo francés. Sin embargo, y como el tiempo ha demostrado, el aroma francés tardó un poco más en llegar a un país que no era tan moderno como se creía.

¿Qué significa pensar lo impensado? Significa atreverse a mirar filosóficamente a todas esas esquinas oscuras que habían permanecido en los márgenes de la reflexión filosófica. Pensar todo aquello que quedaba fuera de lo que merecía la pena filosofar. Esta tarea es un desafío que la filosofía ha enfrentado desde sus orígenes, aunque no siempre con la misma fuerza y garra con la que Eugenio Trías decidió hacerlo en su primer libro.

Este ejercicio filosófico no se hace por puro divertimento, sino que se hace porque detrás se esconde el convencimiento de que la sombra de la filosofía —y es inútil negarlo— siempre ha acechado a todo quehacer filosófico. En otras palabras, no nos adentramos en las oscuridades por un juego intelectual de valentía u osadía, sino porque se busca descubrir qué hay detrás de las luces y que estas no nos dejan ver.

Pero ¿cómo afrontar semejante tarea? ¿Cómo podemos pensar lo que va más allá de lo pensable, lo que escapa a nuestras categorías y conceptos? ¿Cómo podemos acercarnos a lo inefable, a lo que no puede ser expresado con palabras? ¿Cómo puede la filosofía mirarse la espalda? En fin, ¿cómo pensar lo impensado?

Según Trías, lo impensado es aquello que no puede ser reducido a una categoría, una idea o un concepto, es decir, es todo aquello que no puede ser asido por las herramientas de la razón. De alguna forma, y si entendemos que el ser humano es principalmente un ser racional, lo impensado puede categorizarse por todo aquello que escapa al control mental y lógico del ser humano. Esto no quiere decir, y esta es la tesis fundamental, que no exista. De hecho, todo lo contrario: no hay pensamiento sin su sombra, no hay filosofía sin lo impensado. En una entrevista, Eugenio Trías dijo:

«Tengo la impresión de que el pensamiento occidental ha funcionado muchas veces por exclusión, como si la razón fuera una especie de pauta, que en todo caso no tenía que modificarse en función del material sobre el cual, de algún modo, se intentaba arrojar luz o iluminar. Es cierto que, en este sentido, es ejemplar la manera kantiana en que [Kant] introduce un componente de autocrítica muy importante a la razón, no sólo es crítica del juicio o crítica de la praxis o crítica del conocimiento, sino crítica de la propia razón y eso es lo que da tanta fuerza a la filosofía kantiana. Entonces, yo siempre he tenido una grande inclinación por una actitud de razón más flexible».

Pero seguimos con la misma pregunta: ¿cómo alumbrar aquello que está oculto? Según el filósofo, lo impensado puede ser experimentado en la vida cotidiana a través de la sensación de asombro o a través de la intuición de que hay algo más allá de lo que podemos percibir. Una sensación que, sin ser racional o irracional, es arracional, discurre completamente por fuera de la razón. En la misma entrevista, dijo:

«Ya desde entonces marcaba mucho las distancias con un cierto racionalismo que me parecía improcedente. Pero no con ello quería decir, como a veces se interpretó al principio (en mis primeras publicaciones), que yo estaba abonando un irracionalismo. No, no era el caso, ni muchísimo menos. Lo que pasó es que no me satisfacía nada, ni la razón analítica ni la razón dialéctica, ni el marxismo de Lukács el viejo, ni la filosofía analítica como la teoría de la razón que entonces prevalecía, fundada en un entendimiento —a mi modo de ver— muy amputado y restrictivo de la ciencia».

El primer libro de Eugenio Trías, La filosofía y su sombra, de 1969, tiene como objetivo pensar los márgenes ocultos del pensamiento. La premisa es que la oscuridad es la condición de posibilidad y el límite de la luz: no es únicamente lo que limita el brillo, sino también lo que lo permite

Son precisamente los sinsabores de un determinado racionalismo (que olvida sus sombras y que se somete con demasiada alegría a la ilusión ilustrada) lo que empuja a Eugenio Trías a pensar lo impensado. Este reducto de «impensamiento», cree Trías, no debe ser abandonado por la filosofía, sino que puede (¿debe?) ser abordado filosóficamente. Nos topamos aquí con una de las primeras originalidades de Trías: a diferencia de otras disciplinas racionales, la filosofía tiene la tarea de explorar estos límites de lo (im)pensable y así descubrir nuevas parcelas del mundo.

Lo interesante de lo impensado en Eugenio Trías, y esto se ve con estupenda claridad (nunca mejor dicho) en Lo bello y lo siniestro, es que las sombras de la filosofía no conforman una especie de cuarto oscuro alejado del luminoso pasillo de la razón, no. Las sombras del pensamiento no son un afuera del mismo, sino su propia condición de posibilidad. La comparación más acertada podría ser, por ejemplo, la del silencio. El silencio es el otro del lenguaje, es su sombra, el lugar por donde todo el lenguaje se fuga; pero, al mismo tiempo, es su condición de posibilidad: sin silencio no habría lenguaje, solo podemos hablar sobre un suelo de silencio que se oculta cuando hablamos.

¿Y cómo acercarnos a este reino misterioso de lo ocultos? Una de las maneras en las que la filosofía puede acercarse a lo impensado es, por ejemplo, a través de la poesía. Por su propia constitución, la poesía es una modalidad del lenguaje que excede sus categorías y conceptos y que permite a aflorar sus sombras.

En fin, La filosofía y su sombra es el primer libro de Eugenio Trías en varios sentidos. En primer lugar, es el primer libro de Trías en un sentido cronológico, por ser el primer libro publicado. Pero también es su primer libro en un sentido metodológico, al sentar las bases de su programa filosófico posterior.

Este programa asume una premisa (que también es tarea) radicalmente novedosa: la razón (y la filosofía) tiene(n) sombras que la constituyen (y que, de hecho, las posibilitan). Trías se coloca de esta manera enfrente de los racionalistas más acérrimos (representados en aquella época por el positivismo lógico y la filosofía analítica) que continuaban la estela de una hipertrofiada Ilustración que veneraba sin crítica alguna a la razón. De hecho, el proyecto filosófico de Eugenio Trías iniciado en La filosofía y su sombra continuó con los estudios de la locura (Filosofía y carnaval), el pensamiento mágico (Metodología del pensamiento mágico), las pasiones (Tratado de la pasión) o lo siniestro (Lo bello y lo siniestro).

Así todo, Trías se dedica durante sus primeros años a ser una especie de exorcista ilustrado, como él decía, recorriendo constantemente el angosto y oculto camino que separa (y une) la luz y la sombra. Durante este ejercicio de senderismo filosófico, y después de varios años de caminata, llega el momento en el que Trías se detiene para darse cuenta de que ese sendero tiene un nombre clave y que representa un elemento fundamental de la realidad: el límite. Es así como llega a su propuesta ontológica más original.

Después de abordar lo impensado del pensamiento, Trías se propuso recorrer todas las sombras que los filósofos consideraban lo otro de la razón: las pasiones, la locura o lo siniestro

La filosofía del límite

La originalidad filosófica de Eugenio Trías se condensa en su estudio del límite. Hasta tal punto este concepto es crucial en el autor que muchos comentaristas han apodado a su filosofía como la «filosofía del límite». Además de su originalidad, la belleza de su filosofía reside también en su forma de abordar el concepto de límite porque, a pesar de ser un concepto denso, con una carga teórica importante, su explicación no pierde, en palabras del filósofo Alberto Sucasas Peón, su «aura simbólica-figurativa».

En primer lugar, lo más importante a señalar es que Trías quiere evitar pensar el límite desde una instancia puramente negativa («semáforo en rojo», decía el filósofo), es decir, pensar el límite como lo que prohíbe, como lo que separa, como lo que divide. El límite es más que el muro que nos contiene dentro de lo experimentable o de lo pensable.

Para pensar más allá de esta visión negativa, Eugenio Trías estudia fenoménicamente el límite para, así, ser capaz de describirlo y hacerse con él. Una vez ha conseguido abordar al límite en cuanto a tal, es decir, después de su categorización original, Trías aplicó esta noción de límite a la mayor parte de los ámbitos de la experiencia (política, ciencia, ética…).

El límite como condición ontológica del ser
La perspectiva principal de Trías es, en lo que al estudio del límite se refiere, ontológica. Esto quiere decir que la filosofía del límite, tal y como él la concibió, es una herramienta conceptual que le va a permitir abordar la naturaleza del ser en cuanto tal. En este sentido, el filósofo parte de que todo ser se define siempre por (y para con) sus relación con los límites. Decimos que algo es una cosa y no otra en base a una diferencia con otros seres. La identidad de algo, de esta forma, queda delimitada y establecida por los límites de su identidad.

Pero el límite no es únicamente lo que delimita a los seres, como una instancia puramente negativa, sino que es también su condición de posibilidad. Sin límites no habría identidad (sin la sombra, no habría luz). Desde aquí es desde donde se puede entender la concepción positiva del límite. El límite, ontológicamente, delimita, marca y frena, sí; pero solo después de haber permitido, de haber creado (otra vez, el ejemplo del silencio respecto al lenguaje).

Por último, la filosofía del límite de Trías parte de la idea de que el mundo es un conjunto de límites que se interrelacionan entre sí. Estos límites son las fronteras que separan y al mismo tiempo unen las cosas, los seres y los conceptos. Desde esta perspectiva, el mundo es una totalidad compleja y diversa, que solo puede ser comprendida si se tiene en cuenta su carácter límite.

El límite no es únicamente lo que separa, sino que también une, permite, crea. Por ejemplo, el silencio es el límite del lenguaje, no puede sobrepasarlo, pero a la vez es su condición de posibilidad: sin silencio no habría lenguaje

Los cercos

Para desarrollar su filosofía del límite, Eugenio Trías utiliza la noción de «cerco». Cercar es tanto delimitar (trazar límites, escindir, separar lo cercado de su afuera) como asediar o acosar. En ambos casos la singularidad del cerco siempre presupone una pluralidad: la del adentro y el afuera o la del ejército y lo avasallado. Lo importante de la idea de cerco es que no restringe el interior, lo cercado, a su propia identidad, porque este interior siempre está siendo avasallado por el afuera, que lo delimita y también —de una forma u otra— lo constituye.

En la ontología de Trías no hay un único cerco, sino que hay una pluralidad de ellos. El primero de ellos es el cerco del aparecer, que delimita lo que de forma cotidiana llamamos mundo. Dentro de este cerco, es decir, en el interior del mundo, ocurren los sucesos que acontecen (sucesos físicos, lingüísticos…), de los cuales nosotros, en tanto humanos, tenemos experiencia.

De esta forma, Trías señala el error clave que ha arrastrado la filosofía occidental desde el platonismo, a saber, hacer una distinción entre dos mundos, el sensible y el inteligible. No hay dos mundos duplicados, sino dos cercos. Para Trías, en los Límites del mundo:

«Pero ese ‘trasmundo’ no constituye un ‘error’ oscurantista, como creía Nietzsche, sino una referencia trágica imposible de soslayar sin la cual no se constituye la experiencia misma de la materia de inteligencia y pasión, sin la cual no hay trascendencia. Y sin trascendencia vacía, como la que aquí defiendo, no hay inmanentismo verdadero».

El mundo está asediado por su afuera, por lo que no hay, y su existencia remite constantemente a la pregunta por su primera aparición (¿cómo pudo aparecer lo que hoy aparece?). Por tanto, cree Eugenio Trías, la primera categoría para explorar el cerco del aparecer es la categoría de matriz, como la naturaleza premundana o el sustrato físico que posibilita que lo que aparece efectivamente aparezca. Dice Trías en La razón fronteriza:

«Matriz y misterio son, de hecho, lo mismo, sólo que en dos modos de presentarse ante la razón fronteriza. La matriz constituye eso mismo, sólo que compareciendo en el inicio. El misterio recrea la matriz como aventura final de la razón fronteriza».

La categoría límite de matriz delimita lo que puede o no ser experimentado y, además, ilumina los claros del mundo desde su sombra: no experimentamos la matriz, pero sin matriz no habría mundo. De aquí surge otra categoría: la de existencia, como aquello de lo cual tenemos constancia dentro del cerco del aparecer. Con la existencia andamos y correteamos por el suelo de lo mundano.

Pero todo lo que es experimentado es experimentado siempre por alguien, es decir, toda experiencia presupone siempre un sujeto. Este es el punto de partida de la filosofía moderna y del cogito cartesiano: no hay objetos sin un sujeto que lo experimente. Aparece en La razón fronteriza la tercera de las categorías: limes, que somos propiamente los seres humanos como el límite del mundo (Trías recoge la célebre cita de Wittgenstein). Pertenecemos al mundo, pero somos también un afuera del mismo y la experiencia del aparecer se da, precisamente, en ese límite.

Las categorías que nos permiten abordar el cerco del aparecer, como aquello que delimita lo que cotidianamente conocemos como mundo, son las categorías de matriz, la de existencia, la limes y la de logos

El cerco del aparecer se cierra con la categorías de lógos. Porque si la correlación limes-existencia que caracteriza al cerco del aparecer no incluyese al lógos, entonces no podríamos pasar de un conocimiento puramente sensualista. En la correlación del mundo con el sujeto no solo acontece un flujo de pasividad experiencial, sino que el mundo es también objeto del pensamiento y la palabra.

En fin, ya tenemos delimitados el cerco del aparecer. El filósofo Alberto Sucasas Peón resume así lo dicho:

«Recapitulemos: matriz, existencia, limes y lógos configuran el tetraedro categorial que hace posible la descripción filosófica del primero de los cercos, el cerco del aparecer. ¿Qué saldo ontológico se obtiene de esa operación discursiva? Una ontología trágica, pues en ella el ser se muestra afectado por una falta o ausencia, y la existencia se presenta como exilio y éxodo. Conocemos ya, por medio de la primera categoría (matriz), una de las dimensiones de esa herida, la del enigma de un origen que se sustrae, con la consiguiente brecha en el círculo de la inmanencia mundana, retrospectivamente referida a un fundamento inasequible».

Además de lo que aparece, dice Eugenio Trías, el dato fenoménico (lo que de hecho acontece en nuestra experiencia) remite siempre a un horizonte de misterio que abre un nuevo campo de experiencia. Ya no estamos en lo que aparece, sino en el cerco hermético, en el campo del sentido, en la morada de la trascendencia que no podemos conocer, pero sí pensar. Las dos categorías del cerco hermético son la razón fronteriza y el símbolo. La primera categoriza una razón que acosa y asedia constantemente a lo misterioso. Pugna por desvelar el misterio, pero este se opone y se repliega.

Es importante notar que este «fracaso» en realidad no es tal, porque la interpretación hermenéutica tiene siempre este carácter de incompletud, de desvele parcial del sentido. El lógos no puede nunca alumbrar todos sus rincones y esto no supone su derrota, sino la experiencia misma de la interpretación. Por todo esto, la otra categoría del cerco hermético es la de símbolo, como elemento que condensa esta pugna entre el lógos y lo misterioso, como el campo en el que se concentra el juego de la aparición/desaparición del sentido y su misterio.

Por último, entre ambos cercos (el del aparecer y el hermético) aparece un tercer cerco, el cerco limítrofe (cuya categoría fronteriza es el ser-de-límite). En este cerco es donde el concepto de límite alcanza su plenitud ontológica. Se trata, entonces, de salir de la dualidad de la mayoría de los sistemas filosóficos de nuestra tradición. En La razón fronteriza escribe Eugenio Trías:

«A diferencia de los ‘sistemas’ estructuralistas, que proceden de un binarismo explícito (Significante/Significado, etc.), el sistema que aquí presento procede de una filosofía que, en razón de su inspiración limítrofe, es por vocación ternaria. Mi filosofía del límite es, en este sentido, el desmentido radical a todo ‘binarismo’ (o a toda filosofía ‘dualista’). Y es que esa filosofía del límite piensa de verdad, y se propone conocer en toda su radicalidad, lo que ese misterioso signo de oposición y concordancia, la célebre ‘barra’ estructuralista, encierra».

Así, entre el hecho experiencial del cerco del aparecer y el misterio que encierra el cerco hermético se da la barrera que une ambas experiencias, el límite. Es el sendero limítrofe que permite la experiencia de los otros dos, porque el cerco del aparecer se define como lo que está más acá del límite, mientras que el cerco hermético se define como lo que está más allá del límite. El límite opera así no solo como separación, sino también como barra o bisagra que une, como camino que pone en contacto el dato fenoménico con el misterio de lo hermético. En Ética y condición humana leemos:

«Entre la defectividad fisica y el exceso metafisico, entre la privación natural y la orgía sobrenatural, el hombre constituye siempre el Límite y la Frontera: límite y frontera entre naturaleza y mundo; límite y frontera entre el mundo y el arcano (meta-fisico)».

¿En qué momentos de nuestra existencia se pone en juego esa mediación entre los dos cercos? En el registro de la moral y la estética, donde la experiencia es siempre una experiencia limítrofe entre dos mundos (la finitud del ser humano y la infinidad del bien; la precariedad de la obra de arte y lo sublime de la belleza).

Al cerco del aparecer Trías suma otros dos cercos: el cerco hermético (cuyas categorías son el símbolo y la razón fronteriza) y el cerco limítrofe

El límite y su relación con el ser humano

Para aplicar su filosofía del límite al ser humano, Trías parte de la idea de que el ser humano es un ser fundamentalmente finito (ser-para-la-muerte, diría Heidegger). Sin embargo, a pesar de esta finitud, la condición ontológica del ser humano es una condición limítrofe porque el ser humano es un habitante de la frontera. Esto quiere decir que dentro de nuestro ser-en-el-mundo (usando la terminología de Heidegger) se encuentra, invariablemente, nuestro ser-fronterizo, nuestro andar por la frontera y los límites, nuestro intento natural y constituyente de traspasar esa finitud.

Así, nuestra experiencia siempre puede entenderse como el sendero por un límite entre distintos aspectos (finito/infinito o interior/exterior, por ejemplo). Y es que la finitud es un límite evidente para el ser humano, cuyo ser parece tener fecha de caducidad gracias a la muerte; sin embargo, y como veíamos en la filosofía del límite, los límites no solo delimitan, sino que también son la presencia de lo que asedia. En el caso del ser humano, a pesar de vivir en la finitud, se produce un llamado constante de algo más, de ese más allá trascendente, de lo infinito (bien sea en la estética con la belleza, bien sea en la existencia con la religión, bien sea en la moral con el deber).

Además, como nos relacionamos con el ser y lo intentamos descifrar, los seres humanos somos seres que, habitando la finitud del mundo físico, transitamos constantemente por las ideas y su eternidad. Somos seres que, viviendo en el mundo material, gozamos de un mundo interno rico que compartimos con los demás. Somos un límite de muchos mundos, una frontera de muchos ámbitos. En fin, es desde esta experiencia límite desde donde Trías va a entender la experiencia del ser humano en su totalidad.

Una filosofía de la belleza

En la filosofía de Eugenio Trías, la experiencia estética es la experiencia de amor a la belleza, la experiencia erótica hacia la belleza. Esta se da como uno de los ejemplos de experiencia límite, en la medida en que el ser humano (finito) transita un cerco que linda con la infinitud o trascendencia (la belleza).

En sus propios términos, la experiencia de la belleza consigue acercar el espacio hermético (misterio) al campo del aparecer. Y es que la obra de arte, en tanto materia dentro del cerco del aparecer, remite siempre a un referente hermético, a un horizonte de misterio. El filósofo Alberto Sucasas dice a este respecto:

«No es propio del orden estético, a diferencia del científico, la plena exhibición de la cosa, sino la alusión indirecta, metafórica o metonímica, a ella. El arte pertenece —y de ahí su estrecho parentesco con la religión— al reino del símbolo. En su fascinante reflexión sobre el simbolismo, Trías logra devolver la estética a su matriz ontológica, dado que el símbolo es unión (límite) de lo simbolizante (cerco del aparecer) y lo simbolizado (cerco hermético)».

Quizá sea en Lo bello y lo siniestro en donde está mejor expuesta la filosofía de la belleza de Eugenio Trías. La tesis principal del libro es, en palabras del propio Trías, «la siguiente: lo siniestro constituye condición y límite de lo bello». Es decir que la belleza tiene siempre una cara oculta que le da la vida (permaneciendo oculta), pero que a la vez le limita.

Mientras que tradicionalmente se ha pensado la belleza separada de otros valores, opuesta, de hecho, especialmente a valores como lo siniestro, según Trías lo siniestro no es lo contrario de la belleza, sino que es su condición misma. El motivo es que, sin su referencia, es decir, cuando la belleza no refiere veladamente de una u otra forma a lo siniestro, entonces el efecto estético no se produce, «la obra de arte carece de vitalidad».

De esta forma vemos cómo la experiencia estética es una experiencia límite, porque constituye recorrer tanto el límite del cerco del aparecer (la materialidad de la obra de arte llamando a algo más) como el límite de la experiencia estética, ya que la experiencia de la belleza solo es posible con el trasfondo oculto de lo siniestro. En ese juego de límites es donde se nos muestra algo a nosotros como bello.

Lo siniestro, en la experiencia estética debe permanecer presente, pero velado, es decir, oculto. Si no se da, la belleza no puede constituirse, pero si se da, todo se desbarata. Por eso dice Trías que lo siniestro no es solo condición de la belleza, sino también su límite porque «la patencia y exhibición de lo siniestro» (de forma cruda, por ejemplo, o sin mediaciones simbólicas) aniquilaría el efecto estético.

Como vemos, la descripción ontológica de la belleza en este libro encaja, pues, con su filosofía del límite. La experiencia estética es una experiencia límite en el sentido clásico de que extravía al sujeto de su propia localidad y lo lanza a los universales estéticos, pero a su vez la experiencia estética solo puede nombrarse en cuanto tal en la medida en que implica recorrer el límite entre lo bello y lo siniestro.

Se trata de captar la belleza, y su existencia solo es posible en la medida en que se relaciona (¡de forma velada!) con lo siniestro. Vemos el carácter propositivo del límite entre ambos, el límite entre la belleza y lo siniestro es también lo que permite existir a la belleza y la destrucción de este límite es la propia destrucción de la belleza.

En el libro, Trías analiza los cuadros de Botticelli como ejemplo de una belleza aparentemente armoniosa, sin rastros o remanentes de negatividad o elementos de perturbación. Sin embargo, Eugenio Trías descubre en sus análisis iconográficos la presencia velada de lo siniestro, la referencia implícita a aquello que no puede salir, aquello que no puede aflorar. La belleza (en general, pero en los cuadros de Botticelli en particular) remite silenciosamente a un trasfondo que no se muestra. Un trasfondo siniestro.

Pero ¿qué es lo siniestro? Para iluminar la categoría de lo siniestro, que Trías coge de Freud, el filósofo español analiza la película Vértigo, de Hitchcock. Según Trías, Scottie, el protagonista, busca a una mujer muerta y su obsesión con ella lo lleva a perseguir un cuerpo vacío que solo nuestra fantasía llena de vida. La seducción del abismo lo lleva a la obsesión. Al final, Scottie sube a la torre para que se le revele la verdad sobre la quiebra de su ilusión y el deseo que lo ha llevado a su obsesión por el abismo.

Lo siniestro en esta película (el cuerpo muerto) aparece de forma absolutamente velada, nunca explícitamente, y sin embargo es el motor principal de la acción. Así es como cree Trías que opera lo siniestro en la experiencia estética.

Tradicionalmente se ha pensado la belleza oponiéndola a valores como lo siniestro. Según Trías lo siniestro no es lo contrario de la belleza, sino que es su condición misma. El motivo es que sin su referencia, es decir, cuando la belleza no refiere veladamente de una u otra forma a lo siniestro, entonces el efecto estético no se produce

Música y filosofía

Al igual que el cine, la música constituye uno de los campos privilegiados por Trías para analizar filosóficamente. De hecho, en muchos de sus libros, las metáforas escogidas para expresar el propio acontecer del hecho filosófico o para indagar en la realidad y sus límites son, precisamente, musicales (por ejemplo, en Los límites del mundo y en Lógica del límite Trías habla de sinfonías, ciclos y movimientos).

Lo interesante de la música, según Trías, es que es una forma de conocimiento que intenta traspasar el límite. Frente a la obsesión de la ciencia por dejar bien delimitado lo que está más acá, en el cerco del aparecer, la música se vale de herramientas cognitivas como la intuición, la emoción y la sensibilidad y dibuja un mundo mucho más complejo. Según él, la música es «uno de los campos para mí más expresivos de la noción de frontera y de lo fronterizo es precisamente este, donde confluye lo sensible y lo inteligible o la razón fronteriza y, podría decir, el mundo de la sensibilidad y del sentimiento». Recogiendo sus palabras en una entrevista:

«Bueno, aquí me importa mucho que, por un lado, se destaque el valor del conocimiento de la música, su fuerza intelectual, pero también su potencia emotiva. El símbolo para mí siempre tiene esta capacidad de aunar emoción y entendimiento. El símbolo es un instrumento de conocimiento, aunque sea de tipo hermenéutico interpretativo, pero el símbolo también provoca un tipo de sentimiento. Entonces, a mi consideración, la música está en la intersección entre lo que se ha llamado el mundus sensibilis y el mundus inteligibilis cuya conjugación es simbólica».

Ya vimos cómo el símbolo era una categoría primordial para el cerco hermético, porque permitía referir a un más allá. Lo interesante de la música, o al menos así lo fue para Trías, es que le permitió salir del predominio de la imagen como elemento por antonomasia del símbolo:

«Esto me obliga a rectificar el concepto de símbolo porque, como lo digo desde los primeros párrafos de mi libro, este siempre o casi siempre cabalga sobre imágenes o sobre el mundo de la imagen: quienes usan los símbolos siempre están entendiendo el símbolo con sustento icónico o de algo semejante; esto sucede desde Freud a Lacan, desde Mircea Eliade hasta Gilbert Durand, o el mismo Sartre que habla de un imaginario. A mí me interesa un símbolo en términos musicales que se adapta a las dimensiones del sonido en el sentido en que tenemos experiencia de él: no es casual que lo habitemos, incluso, cerrando los ojos».

Y más adelante en esa misma entrevista:

«Y aunque puede darse también la conjunción entre música y drama o la conjunción de la música con la palabra, desde el principio lo peculiar de la música es lo que ella expresa, el diálogo, la forma y el sentido que expresa tanto intelectual como emotivo o de goce, y todo ello ¡lo hace sin palabras!».

La música es un campo privilegiado por Trías en el estudio filosófico. Sus metáforas permean sus escritos y los estudios sobre la música le permitieron a Trías salir de la hegemónica imagen como modo fundamental del símbolo

Tres conclusiones importantes

La herencia de Trías es importante desde tres ángulos que, a modo de conclusión, queremos destacar en este dosier. En primer lugar, su filosofía es una filosofía rigurosa que no por ello resulta oscura o enigmática. Su estilo es claro, recogiendo la mejor herencia de Ortega, y su afán de respetar lo que de literatura hay en el género filosófico hacen de sus ensayos una experiencia harto placentera. De él heredamos la convicción de que forma y contenido no son opuestas, sino, a lo sumo, limítrofes: la primera constituye la condición y límite de la segunda.

En segundo lugar, la filosofía de Trías nos permite desembarazarnos de una tradición anquilosada en los dualismos: significado/significante, ideas/materia, razón/emociones… Su obsesión por deslizarse a través de la barra que separa ambos términos, el límite, dibuja un tercer espacio que, a la postre, incluso resulta filosóficamente más relevante. Frente a la presión de los binarismos: ni uno ni otro, ¡sino todo lo contrario!

Por último, la importancia que da Trías a la experiencia estética (bien sea en su forma cinematográfica, bien sea en su forma musical) desentumece una herencia filosófica que veía en la estética un mero campo de aplicación de conceptos, y no un campo original del que sacar sus verdades últimas. En un mundo masificado por la imagen, arrimarnos a la sombra de filósofos que ven en la belleza y en el arte el límite de nuestro tiempo quizá no sea gran cosa, pero seguro que nos permite ir un poco más allá de donde ya estamos.



EUGENIO TRIAS

¿Cómo entiende la belleza Eugenio Trías?

A diferencia de las concepciones clásicas, Eugenio Trías vincula la experiencia de la belleza con lo siniestro. Lejos de ser categorías opuestas, lo siniestro constituye la condición misma de lo bello: lo siniestro es aquello que debe permanecer presente pero velado.


La metafísica no está de moda. Y menos después de tantos anuncios sobre su disolución. La filosofía de Eugenio Trías (Barcelona, 1942-2013) es por esto llamativa, por ser una propuesta metafísica original. Su denominada «filosofía del límite» ha servido para reexaminar diversas disciplinas, desde la ética hasta la religión, pasando por una de sus contribuciones más brillantes: la estética.

En la estética, Trías reformula radicalmente la comprensión tradicional de la belleza, situándola en un espacio fronterizo donde lo visible y lo oculto, lo luminoso y lo siniestro, bailan en un equilibrio delicado, pero del que no pueden huir. Su obra Lo bello y lo siniestro, publicada en 1982, fue galardonada con el Premio Nacional de Ensayo de España y constituye un hito importante en la reflexión estética, ofreciendo claves para comprender cómo la experiencia de la belleza no puede desligarse de aquello que, paradójicamente, parece negarla. Vamos a verlo.

La experiencia estética como experiencia límite

En la filosofía de Eugenio Trías, la experiencia estética es la experiencia de amor a la belleza, la experiencia erótica hacia la belleza. Esta experiencia se da como uno de los ejemplos de «experiencia límite», en la medida en que en esta experiencia el ser humano (que es finito) transita un cerco, el de la belleza, que linda con la infinitud o con la trascendencia. Esta forma de ver la experiencia estética como experiencia límite responde a la arquitectura ontológica que Trías despliega en su obra, donde el ser humano habita esencialmente en una frontera, en un espacio intermedio que no es pura inmanencia ni pura trascendencia.

Para entender esta idea es fundamental comprender la estructura tripartita que Trías propone como modelo del ser. Por un lado, dice Trías, existe el cerco del aparecer, donde está el mundo de lo manifiesto, el mundo de lo que se nos presenta cotidianamente, el ámbito de los fenómenos que podemos percibir y conocer. Por otro lado, tenemos también el cerco hermético, donde permanece lo absolutamente oculto, el misterio radical, aquello que permanece inaccesible a nuestra experiencia directa, lo trascendente.

Por último, dentro de los cercos del ser, dentro de los mundos del ser, tenemos el límite que articula los dos mundos anteriores. El límite es el espacio fronterizo donde el ser humano habita constitutivamente. No vivimos ni en la pura luz ni en la pura oscuridad, sino en una zona crepuscular que nos permite atisbar, veladamente, lo que nos trasciende.

En sus propios términos, la experiencia de la belleza consigue acercar el espacio hermético (misterio) al campo del aparecer. Y es que la obra de arte es parte del cerco del aparecer porque es materia, pero remite siempre a un referente hermético, a un horizonte de misterio. Esta doble dimensión de la obra artística —su presencia material y su resonancia trascendente— constituye su poder simbólico.

El símbolo, en la concepción de Trías, no es mera representación o signo convencional, sino un auténtico vehículo de revelación que permite que algo del cerco hermético comparezca, veladamente, en el mundo de lo manifiesto. El filósofo Alberto Sucasas, uno de los principales estudiosos de la obra de Trías, dice a este respecto:

«No es propio del orden estético, a diferencia del científico, la plena exhibición de la cosa, sino la alusión indirecta, metafórica o metonímica, a ella. El arte pertenece —y de ahí su estrecho parentesco con la religión— al reino del símbolo. En su fascinante reflexión sobre el simbolismo, Trías logra devolver la estética a su matriz ontológica, dado que el símbolo es unión (límite) de lo simbolizante (cerco del aparecer) y lo simbolizado (cerco hermético)».

Esta comprensión del arte como lenguaje simbólico que articula presencia y ausencia, muestra y ocultación, distingue radicalmente la propuesta de Trías de cualquier esteticismo formalista o de las concepciones del arte como mera expresión subjetiva. El arte, según su filosofía, tiene una dimensión ontológica y cognoscitiva: nos revela algo sobre la estructura misma de la realidad, sobre nuestra condición fronteriza como seres habitadores del límite.

Para Trías, la belleza se experimenta en el límite: la obra de arte, como símbolo, articula lo visible y lo oculto, permitiendo que lo trascendente se haga presente en lo manifiesto. Contemplar lo bello es vivir nuestra condición fronteriza entre lo finito y lo infinito

Lo siniestro como condición y límite de lo bello

Quizá sea en Lo bello y lo siniestro donde está mejor expuesta la filosofía de la belleza de Eugenio Trías. La tesis principal del libro es, en palabras del propio Trías, «la siguiente: lo siniestro constituye condición y límite de lo bello». Es decir que la belleza tiene siempre una cara oculta que le da la vida (permaneciendo, eso sí, siempre esta cara oculta). Una parte oculta que, a su vez, limita la belleza.

Esta formulación, aparentemente paradójica, cobra todo su sentido cuando se comprende en el marco de la ontología del límite: la belleza no es una cualidad positiva que pueda subsistir por sí misma (una cualidad más de la obra de arte, como el tamaño o la forma), sino que requiere constitutivamente de su relación con aquello que la amenaza.

Mientras que tradicionalmente se ha pensado la belleza separada de otros valores, opuesta, de hecho, especialmente a valores como lo siniestro, según Trías lo siniestro no es lo contrario de la belleza, sino que es su condición misma. Y esto es así porque sin su referencia, es decir, cuando la belleza no refiere veladamente de una u otra forma a lo siniestro, entonces el efecto estético no se produce, «la obra de arte carece de vitalidad».

La belleza pura, la armonía absoluta sin fisura ni sombra, resultaría estéril, artificiosa, incapaz de conmovernos verdaderamente. Es precisamente la presencia latente de lo siniestro lo que dota a la belleza de su poder de fascinación, de su capacidad para extraviar al sujeto y abrirlo a una dimensión que lo trasciende.

Pero ¿qué entendemos exactamente por lo siniestro? Trías retoma este concepto del psicoanálisis freudiano. Para Sigmund Freud, lo siniestro (en alemán das Unheimliche, literalmente «lo no hogareño») es aquello familiar que se ha vuelto extraño, lo íntimo que ha sido reprimido y que retorna de forma perturbadora. Es la muerte que acecha bajo la vida, lo oculto que se insinúa, el reverso oscuro de nuestra existencia cotidiana. No es simplemente lo terrorífico o lo monstruoso exterior a nosotros, sino aquello inquietante que reconocemos como propio pero que preferíamos mantener oculto.

De esta forma vemos cómo la experiencia estética es una experiencia límite, porque implica recorrer tanto el límite del cerco del aparecer (la materialidad de la obra de arte llamando a algo más) como el límite de la experiencia estética misma, ya que la experiencia de la belleza solo es posible con el trasfondo oculto de lo siniestro. En ese juego de límites es donde se nos muestra algo a nosotros como bello. No se trata de dos momentos separados o sucesivos, sino de una relación dialéctica que se da simultáneamente: la belleza es belleza precisamente por su vinculación (negada, ocultada, pero efectiva) con lo siniestro.

Lo siniestro, en la experiencia estética debe permanecer presente, pero velado, es decir, oculto. Si no se da, la belleza no puede constituirse, pero si se da de forma manifiesta, todo se desbarata. Por eso dice Trías que lo siniestro no es solo condición de la belleza, sino también su límite porque «la patencia y exhibición de lo siniestro» (de forma cruda, por ejemplo, o sin mediaciones simbólicas) aniquilaría el efecto estético. La revelación directa y sin velos de lo siniestro destruye ipso facto la belleza, rompe el delicado equilibrio que la sostiene. Es lo que ocurre cuando el horror se exhibe sin mediación artística: deja de producir efecto estético para producir solo repulsión o espanto.

Como vemos, la descripción ontológica de la belleza en este libro encaja, pues, con su filosofía del límite. La experiencia estética es una experiencia límite en el sentido clásico de que extravía al sujeto de su propia localidad y lo lanza a los universales estéticos (es decir, nos saca de nuestra cotidianidad particular y nos conecta con dimensiones universales de la experiencia humana), pero a su vez la experiencia estética solo puede nombrarse en cuanto tal en la medida en que implica recorrer el límite entre lo bello y lo siniestro. Esta doble acepción del «límite» —como frontera ontológica entre cercos y como umbral dentro de la propia experiencia estética— muestra la coherencia sistemática del pensamiento triasiano.

Se trata de captar la belleza, y su existencia solo es posible en la medida en que se relaciona (¡de forma velada!) con lo siniestro. Vemos el carácter propositivo del límite entre ambos: el límite entre la belleza y lo siniestro es también lo que permite existir a la belleza y la destrucción de este límite es la propia destrucción de la belleza. El límite no funciona aquí como barrera negativa, como mera prohibición, sino como instancia productiva que hace posible la manifestación de la belleza. Es límite en sentido propositivo: aquello que articula, que pone en relación, que permite el tránsito y la comunicación entre dimensiones heterogéneas.

La belleza existe gracias a lo siniestro: lo oculto y amenazante es condición y límite de lo bello. La obra de arte suscita fascinación porque lo siniestro permanece velado; si se revela de forma cruda, destruye la experiencia estética

Botticelli: la belleza que oculta su sombra

En el libro, Trías analiza los cuadros de Botticelli como ejemplo de una belleza aparentemente armoniosa, sin rastros, remanentes de negatividad o elementos de perturbación. La Alegoría de la primavera y El nacimiento de Venus parecen, a primera vista, obras de una belleza diáfana, luminosa, apolínea (es decir, relacionada con Apolo, dios de la luz y la razón en la mitología griega, representando así una belleza serena, equilibrada y racional). Sin embargo, Eugenio Trías descubre en sus análisis iconográficos la presencia velada de lo siniestro, la referencia implícita a aquello que no puede salir, aquello que no puede aflorar.

La belleza (en general, pero en los cuadros de Botticelli en particular) remite silenciosamente a un trasfondo que no se muestra. Un trasfondo siniestro. Las figuras de Botticelli, con su perfección casi sobrenatural, con su belleza que parece suspendida en un espacio atemporal, guardan en su interior el secreto de la melancolía, la sombra de una pérdida, la alusión a lo que permanece irrecuperable. Esas Venus de mirada ausente, esas ninfas de gestos delicados pero contenidos, señalan hacia algo que no está presente en el cuadro pero que lo habita como su condición de posibilidad: la muerte, la finitud, el paso del tiempo que todo lo destruye.

«Vértigo»: lo siniestro en Hitchcock

Pero ¿qué es lo siniestro? Para iluminar la categoría de lo siniestro, que Trías toma de Freud, el filósofo español analiza la película Vértigo (1958), de Alfred Hitchcock, una de las obras cinematográficas que más admiraba. Según Trías, Scottie, el protagonista, busca a una mujer muerta y su obsesión con ella lo lleva a perseguir un cuerpo vacío que solo nuestra fantasía llena de vida. La seducción del abismo lo lleva a la obsesión.

Al final, Scottie sube a la torre —escenario de la supuesta muerte de Madeleine— en un acto de confrontación definitiva con la verdad: allí descubre que ha sido víctima de un engaño, que la mujer que amaba nunca existió realmente, que su deseo se dirigía hacia un fantasma construido por su propia fascinación. En ese momento culminante se le revela la quiebra de su ilusión, el desmoronamiento de la fantasía que había alimentado su obsesión. Pero más allá del engaño argumental, lo que se desvela es algo más profundo: que su deseo siempre estuvo dirigido hacia la muerte misma, hacia lo imposible, hacia el abismo que ejerce una atracción irresistible precisamente porque no puede poseerse.

Lo que hace de Vértigo una obra maestra no es solo su brillante construcción narrativa, sino su capacidad para escenificar la estructura misma de la experiencia estética: el deseo de lo imposible, la fascinación por lo que no puede poseerse, la búsqueda de una presencia que siempre se sustrae. Scottie intenta reconstruir en Judy la imagen de Madeleine, transformar a una mujer viva en el fantasma de una muerta, hacer presente lo que ya no está. Este movimiento es, para Trías, análogo al que realiza toda obra de arte genuina: evocar una presencia imposible, hacer comparecer algo del cerco hermético en el ámbito de lo visible.

Lo siniestro en esta película (el cuerpo muerto, la muerte misma como trasfondo de toda la trama) aparece de forma absolutamente velada, nunca explícitamente, y sin embargo es el motor principal de la acción. Así es cómo, cree Trías, opera lo siniestro en la experiencia estética: como presencia ausente, como aquello que determina todo sin mostrarse nunca directamente. La muerte ronda toda la película, está en cada fotograma, pero jamás se exhibe crudamente. Es esta presencia velada la que confiere a la obra su extraordinaria potencia estética, su capacidad para fascinarnos y perturbarnos al mismo tiempo.

Trías muestra cómo la belleza siempre esconde su sombra: en Botticelli, la perfección aparente remite a la finitud, la pérdida y la muerte; en Vértigo, Hitchcock convierte lo ausente —la mujer muerta, el fantasma del deseo— en motor de la experiencia estética

Habitar el límite

Esta dialéctica entre lo bello y lo siniestro revela, en definitiva, una verdad profunda sobre la condición humana: somos seres fronterizos, habitamos un espacio intermedio entre la luz y la oscuridad, entre la vida y la muerte, entre lo conocido y lo desconocido. El arte verdadero, el que produce auténtico efecto estético, es aquel que logra simbolizar esta condición fronteriza, que nos pone en contacto con el misterio sin desvelarlo por completo, que nos acerca al abismo sin precipitarnos en él.

La belleza no nos redime del horror ni nos protege de lo siniestro; más bien, nos permite habitarlos simbólicamente, transformarlos en experiencia que nos constituye y nos revela algo esencial sobre nosotros mismos. En la experiencia estética, tal como la concibe Eugenio Trías, se nos da la oportunidad de transitar ese límite que somos, de recorrer la frontera entre lo finito y lo infinito, entre lo que aparece y lo que permanece oculto. Y es precisamente en ese tránsito, en ese recorrido del límite, donde se constituye nuestra humanidad más plena.



jueves, 30 de octubre de 2025

PSICOLOGÍA

Marino Pérez Álvarez, psicólogo: «Antes la culpa era el sentimiento más relevante, hoy es la vergüenza»

Se refiere Marino Pérez Álvarez no tanto a la vergüenza por no corresponder con los deberes para con la sociedad como ocurre en las sociedades colectivistas, sino por no estar a la altura de la propia imagen proyectada ante los demás como se da en una sociedad individualista.


Los trabajos de Marino Pérez Álvarez, psicólogo y miembro de la Academia de Psicología de España, se han caracterizado por el cruce de fronteras entre las ciencias naturales, las ciencias sociales y las humanidades, particularmente con la filosofía y la historia cultural. Es autor de más de doscientos artículos en revistas especializadas, así como de más de cincuenta capítulos en libros colectivos. Ha escrito más de veinte libros, entre otros El individuo flotante: la muchedumbre solitaria en los tiempos de las redes sociales y La sociedad vulnerable.

Uno de los temas que preocupan a Pérez Álvarez es el lugar que ocupan el alma y el cuerpo en la sociedad contemporánea. Según su visión, mientras que en la Antigüedad el cuerpo era la cárcel del alma, hoy día, en este azaroso mundo, es el alma —sobre todo, la urbana, la de las grandes ciudades— la que se erige como cárcel del cuerpo.

Pérez Álvarez plantea en La sociedad vulnerable que «en nuestra época secular, hablar del alma resulta no ya anticuado, sino superado. Sin embargo, sigue siendo imprescindible. La idea de alma parece inmortal conforme reaparece de una u otra forma. Su sentido original —empezando por la tradición órfica del siglo VI a. C.— refiere un ‘principio vital’ que anima el cuerpo y se exhala con el último aliento. Entonces el cuerpo —soma— muere pasando a ser un cadáver y el alma —psykhe— como aire espirado vuela cual mariposa (que también se dice psykhe en griego)».

Y Pérez Álvarez, ensayista y psicólogo clínico, pero con una clara formación filosófica, catedrático de la Universidad de Oviedo hasta 2022, agrega:

«En este sentido, el alma sería aquello que da vida al cuerpo, algo separado y perdurable respecto del cuerpo perecedero. El alma no formaría parte del mismo, sino que más bien sería una contraparte que lo vivifica y sobrevive. Tampoco sería de todo punto inmaterial, por cuanto estaría materializada en el aire, la respiración y el mito que lo cuenta. El auge que actualmente está cobrando la respiración no dejaría de verse como revival del alma y de la concepción neumática de la psique que alguna vez hizo época».

En esta entrevista, Pérez Álvarez nos habla de este dualismo soma-psique pervive hasta nuestros días y cuyos distintos «balances» han ido solapándose a través del tiempo.

Para explicarlo mejor, el autor nos propone un recorrido por cuatro estaciones que no suponen un desarrollo lineal. De hecho, cada etapa tiene presencia en el mundo y el pensamiento actuales. La primera estación, apunta Pérez Álvarez, se refiere a la ya mencionada tradición órfica, «donde el alma estaría atrapada en un cuerpo perecedero» y que tiene conexión «con el actual poshumanismo que aspira a superar el cuerpo y alcanzar la inmortalidad del alma con la inteligencia artificial». Más aún, la inteligencia artificial (IA) como promesa de la inmortalidad del alma en la medida en que progrese la ciencia; estar más allá del cuerpo ruinoso.

La segunda estación «vendría dada ya en el siglo XVII con el dualismo mente-cuerpo de Descartes, reconvertido hoy en mente-cerebro, donde la mente viene a ser un homúnculo que operaría en una suerte de ‘teatro cartesiano’ del cerebro». En la filosofía cartesiana, existía cierta armonía, cierta igualdad entre el cuerpo y la mente, entre lo material y lo espiritual. Se habla de una continuidad mental y del cuerpo. Pero ¿cómo puede ser que dos cosas tan distintas estén, sin embargo, tan unidas?

La tercera estación, continúa Marino Pérez Álvarez, «se podría ver en la biopolítica del Antiguo Régimen que describe Foucault y que hoy Byung-Chul Han describe en términos de psicopolítica, cada uno ahora ‘empresario de sí mismo’ donde el cuerpo empieza a estar atrapado —disciplinado, sometido— por la psique». Hoy, el control se ejerce a través de la persuasión: los individuos se autoexplotan voluntariamente mediante mecanismos neoliberales interiorizados a nivel individual. Empresarios de sí mismos.

En esta misma línea, agrega, «se destacaría una cuarta estación por enfatizar ahora cómo el alma que atrapa al cuerpo sería el espíritu de los tiempos caracterizado por el individualismo subjetivista narcisista. No habría que buscar el alma dentro de uno, sino que sería uno el que estaría dentro del alma de la ciudad y del espíritu de los tiempos». El alma de la ciudad (la imagen, la presentación frente a los demás, la marca como cada uno se vende) pasa a ser la prisión voluntaria del cuerpo. El cuerpo convertido en campo de batalla de malestares y sufrimientos que no tienen su origen en el mismo cuerpo.

Preguntamos a Marino Pérez Álvarez cómo es que hemos llegado a este punto y cuáles son los riesgos que se corren:

«El espíritu de los tiempos y el alma de la ciudad vienen a ser una ‘cárcel del cuerpo’ (a veces, tumba) cuando este se convierte en campo de batalla de problemas que tienen su origen en la sociedad. Sería el caso de dietas, gimnasios, selfies, cirugías estéticas, anorexia, disforia de género y conductas autolesivas. Esto ocurre al hilo del creciente individualismo narcisista, convertido el cuerpo en estandarte de la identidad y presentación de la persona. Los riesgos van desde la continua insatisfacción buscando el cuerpo, el selfie o tatuaje perfectos, al riesgo de la vida misma cuando, por ejemplo, estar delgado es más importante que estar sano».

Marino Pérez Álvarez, autor de La sociedad vulnerable: ensayo sobre la crisis de salud mental, nos habla de que el alma de la ciudad (la imagen, la presentación frente a los demás, la marca como cada uno se vende) pasa a ser la prisión voluntaria del cuerpo

Vivimos en tiempos tremendamente individualistas. Podríamos decir que se trata de tiempos desalmados. ¿Estamos ante el momento más álgido de la actitud neoliberal (si se puede hablar de actitud o conducta)?
Estamos en una nueva fase del individualismo: un individualismo subjetivista narcisista caracterizado por el sentimentalismo y el ombliguismo.

Se trata de una transformación del individualismo derivada del capitalismo consumista —experiencial y personalizado—, la cual se hace particularmente notable a partir de la década de 1990 y cobra una nueva dimensión con las redes sociales. Esta transformación del individualismo al hilo del capitalismo neoliberal supone varios cambios: una nueva visión de la infancia, el paso de la culpa a la vergüenza y un nuevo superego.

Si antes los niños se veían como «perversos polimorfos» —por utilizar esta sugerente expresión de Freud—, como si tuvieran sentimientos, deseos y caprichos incompatibles con la vida social de modo que deben ser enseñados y educados, ahora se ven como «inocentes naturales» dotados de bondad y sabiduría de modo que no solo se ha de dejar que se expresen, sino que deben ser admirados y adulados para que tengan autoestima y sean felices (mantras de la época).

Nada de límites. Los niños saben lo que quieren y necesitan en cada momento. Los bebés dirigen la crianza. Aunque los niños en una sociedad neoliberal no son productores laborales, producen deseos. Los deseos se convierten en necesidades —e incluso derechos— que se satisfacen con productos de consumo.

Si antes la culpa era el sentimiento moral más relevante, hoy lo está siendo la vergüenza. Pero no tanto la vergüenza por no corresponder con los deberes para con la sociedad como ocurre en las sociedades colectivistas, sino por no estar a la altura de la propia imagen proyectada ante los demás como se da en una sociedad individualista.

El ascenso de la vergüenza está postergando la culpa que supone un juicio moral de que algo está mal y requiere reparación. Siendo ambos sentimientos nobles que contribuyen a la regulación de la sociedad y a nuestra constitución como personas responsables, es sintomático el ascenso de la vergüenza en detrimento de la culpa. Así, los padres hoy no quieren ni oír hablar de culpa, como tampoco de autoridad.

«Estamos en una nueva fase del individualismo: un individualismo subjetivista narcisista caracterizado por el sentimentalismo y el ombliguismo»

Y está el nuevo superego. A diferencia del superego de Freud, que era más bien represor, ¿el de nuestros días es más neurotizante?
La noción de superego permite ver otro cambio: el paso del superego freudiano represor —que te dice ‘no puedes’, no hagas’, ‘contente’—, a un superego neoliberal expansivo: «Tú puedes», «hazlo», «disfruta», «sé feliz». No es fácil saber cuál de los dos —si el represor o el expansivo— es más neurotizante.

Por lo pronto, el superego neoliberal está en la base de la búsqueda enloquecida de la felicidad, del miedo a no elegir bien o no tomar las mejores decisiones, así como de la decepción y vergüenza por no alcanzar las expectativas. La creciente ansiedad y depresión tiene que ver con esta nueva estructura neurótica de nuestro tiempo.

Controlando la mente se controla el cerebro. Y, hoy día, ya no son necesarios los métodos y sistemas de control físico (ni el uso de electrodos, incisiones craneales o ingesta de sustancias psicotrópicas) para hacerlo. A usted, como psicólogo con una formación filosófica, ¿qué opinión le merece esto? ¿Se trata de controlar o manipular las emociones más básicas como parte de la phobiopolítica?
El concepto de phobiopolítica, introducido por Francis García Collado, capta hoy la gestión política de la vida mejor que el tradicional de biopolítica, porque enfatiza el papel preponderante del miedo en la regulación de la sociedad.

Miedo a no elegir bien, al fracaso, a la baja autoestima, a los exámenes, al futuro, al miedo mismo. La sobreprotección con la que se cría a los niños y la crisis de salud mental son ejemplos de esta sociedad vulnerable a todo tipo de miedos. Nada mejor para el fin de la democracia y el populismo que el miedo y la gente aquejada de problemas de salud mental. A la degradación del ciudadano en consumidor sigue su conversión en diagnosticado de algo.

Esta sociedad volcada en los selfies, cirugías estéticas, tatuajes, ¿qué tipo de alma revela? ¿Es el alma de la ciudad, como usted mencionó, que ya no está dentro del individuo? O como se indicaba en la introducción a su ponencia: «El cuerpo se convierte en el campo de batalla de malestares y sufrimientos (autolesiones, disforia de género, trastornos de la alimentación) que no tienen su origen en el cuerpo, sino en la ciudad, en la sociedad y en el espíritu de los tiempos».
Esta situación revela que los individuos —devenidos consumidores— están a expensas de modas, tendencias e influencers de turno, más dirigidos por otros que por sí mismos, flotantes. El alma —como espíritu que anima a los individuos— es hoy un espíritu de los tiempos fluido, sin nada sólido ni duradero, conformista, sin alma podríamos decir, como no sea el alma de una sociedad líquida. Individuos flotantes en búsqueda de salvación, siendo la psicoterapia la salvación del alma moderna, como muestro en los libros titulados precisamente El individuo flotante o como muestra Eva Illouz en La salvación del alma moderna.

«El superego neoliberal está en la base de la búsqueda enloquecida de la felicidad, del miedo a no elegir bien o no tomar las mejores decisiones, así como de la decepción y vergüenza por no alcanzar las expectativas»

¿Cree usted que, mediante el uso del miedo y el estrés, se obstaculiza el camino hacia una verdadera sociedad democrática?
Sin duda. No hay nada mejor para el capitalismo consumista, la sociedad neoliberal y el statu quo que una «sociedad vulnerable» con cada vez más gente diagnosticada de algo, sedada y en psicoterapia. Una sociedad cuyos individuos están preocupados por su salud mental es una sociedad desactivada políticamente, a expensas del paternalismo clínico.

Finalmente, no queremos dejar un amargo sabor de boca… ¿Qué podemos hacer, simples ciudadanos? ¿Hacia dónde enfocar nuestra mirada? ¿Todavía hay salvación?
Siendo que es más fácil de imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo consumista que da lugar al individualismo narcisista en el que estamos, no sé si todavía sería necesario tocar fondo para salir de aquí.

Habría que empezar por rescatar la figura de ciudadano en vez de conformarse con ser consumidor (una imagen que hemos asumido con tanta servidumbre) y preocuparnos más por la cosa pública. Se habría de recuperar el sentido común perdido por lo que respecta a la crianza y educación de los niños más allá de su adulación (cambiar la educación, tanto familiar como escolar, para hacer a los niños menos vulnerables).

Así mismo, sería importante fomentar el espíritu crítico en la educación escolar a través de las humanidades, particularmente, la filosofía (salir de la infancia mental). Si en algún sitio habría que buscar el alma sería en el mundo de la vida, en las relaciones con los demás, con los otros, con el mundo y con uno mismo. En pocas palabras: más filosofía y menos mirarse el ombligo.