Piedad Solans: «Para imponer amenaza y miedo no hay nada más efectivo que la construcción de un enemigo»
¿Cómo dar lenguaje a lo que fue expulsado del lenguaje? Esa es la pregunta que vertebra el nuevo libro de Piedad Solans, «Ojos como cenizas. Memoria y fuga de la catástrofe», una obra que entreteje filosofía, poesía, historia y testimonios para explorar la memoria del nazismo, el fascismo y sus resonancias en el mundo de hoy.
Todos los libros enuncian desde un lugar concreto, hablan desde una determinada posición. La filosofía es situada porque su boca tiene acento y porque lo que mira le atraviesa. Escribir es siempre articular nuestro cuerpo con el mundo y, por eso, siempre es una cartografía. Ahora bien, ¿no hay muchas veces cierta deshonestidad intelectual en blanquear o silenciar ese lugar desde el que uno habla? O también: ¿no hay a veces falta de valentía en no atreverse a entrar en el mundo que uno quiere mirar?
Piedad Solans es escritora y doctora en Historia del arte y ha publicado recientemente Ojos como cenizas. Memoria y fuga de la catástrofe en Temporal Casa Editora (2025). Un libro cuyo lugar de enunciación es precisamente el silencio de la Historia (y sus mayúsculas atronadoras). ¿Cómo pensar, cómo nombrar, cómo representar aquello que la violencia extrema dejó en silencio? Solans recibió en 2007 la residencia en la Stiftung Starke de Berlín. Ese viaje fue el punto de partida de una investigación de casi dos décadas que culmina ahora en este libro. Un libro que se pregunta (desde allí, desde donde pasó) por el horror y la barbarie, por el silencio cómplice. Y sostiene las preguntas atreviéndose a responder lo que las preguntas nos devuelven: ¿sabíamos lo que pasaba?, ¿éramos conscientes del horror?, ¿fue todo un absurdo desvío de nuestra historia o la necesaria culminación de nuestra neurótica sociedad colonial?
Ojos como cenizas está lleno de testimonios, de rastros encontrados y perseguidos, de calles, de dudas y comentarios. Un libro rasgado por la historia, donde el ensayo no está alejado de los testimonios recogidos ni de los sucesos analizados. Un libro que recorre las salas de tortura, las violaciones, los monumentos banalizados, las justificaciones, la ciudad que continúa su camino por la historia y que a veces no mira atrás lo suficiente (o mira solo a un lado). Y sobre esto hemos querido conversar en FILOSOFÍA&CO con la autora, sobre la dificultad de representar el horror, sobre el eje de género que atraviesa toda barbarie y sobre nuestra (como españoles) propia relación con la desmemoria y el olvido.
El Holocausto es uno de los temas más recurrentes y obsesivos de nuestra cultura. Nuestro propio trauma, nuestra herida más profunda. Una especie de obsesión narcisista que parece preguntarse «¿Cómo es posible que eso nos ocurriera precisamente a nosotros, los civilizados?». Su libro es un análisis completo y tremendamente bien documentado sobre todo lo que pasó en esos años (y no solo). ¿Por qué se acercó usted al tema? Si el Holocausto es casi un trauma cultural, ¿cuál fue su motivo para escribir sobre él?
El Holocausto supone una grieta sin cerrar en la psique colectiva. La impotencia y el fracaso de una sociedad incapaz de detener y resistir al terror, la violencia del nazismo y el exterminio programado de millones de personas, así como a la destrucción que supuso la Segunda Guerra Mundial de sí misma en tanto sociedad y del «viejo mundo». Como diría el escrito húngaro Imré Kertész, Auschwitz no se disolvió desde dentro. Si Hitler no hubiera atacado Rusia y hubiera declarado la guerra a Estados Unidos, el Holocausto habría continuado. Al nazismo no lo venció la cultura, sino el poder de las armas.
Esta pregunta (¿cómo es posible?) se la planteó una parte de la civilización, pues el crimen y el trauma no significaron lo mismo para las víctimas que para los perpetradores. A pesar de los informes, hubo quienes no lo creyeron porque no entraba en su marco sociocognitivo o cultural. La propia Hannah Arendt declaró en una entrevista en 1964: «No lo creíamos». Esa fue la la herida: el estupor ante la magnitud y monstruosidad de un crimen no reconocible por los valores humanistas de la cultura ilustrada. Líderes comunistas como Ernst Thälmann, sin embargo, intentaron detener al nazismo. Se exiliaron, fueron ejecutados. En cuanto a la población, la negación a reconocer las atrocidades cometidas fue formulada por los psicólogos alemanes Alexander y Margarete Mitscherlich en 1967 como «la incapacidad de sentir el duelo» por una pérdida. Por parte de los perpetradores, hubo un «olvido consciente» y una «falsificación de la memoria» para evitar el castigo de los vencedores.
Por eso, en el libro emergen el olvido, el silencio, la nada, la ausencia de significado. Lo que me interesa a mí es lo que está callado, expulsado del lenguaje. Desde mi lado, se planteaba un desafío epistemológico: ¿cómo entrar en el núcleo del trauma, en los residuos de la violencia? ¿Cómo dar lenguaje hoy a la memoria, a la percepción histórica del tiempo? Asocié y entramé literatura, poesía, documentos históricos, filosofía y arte, los testimonios y las voces de la población con una fenomenología de los lugares y de los trayectos. Con la mirada. Mi relación con el contexto alemán y polaco me proveyó de numerosos registros. Además, incluí el Memorial de Ravensbrück por vergüenza ante el olvido y el abandono de la historia de las mujeres deportadas españolas por parte de España.
«El Holocausto supone una grieta sin cerrar en la psique colectiva»
Continuando con esta incapacidad de parte de la sociedad de aceptar lo que pasó, muchas veces hemos intentado como sociedad salvar el trauma encajonando aquello que pasó dentro de lo irracional. De esa manera, no es que la catástrofe ocurriera en nuestra cultura, sino que unos pocos fanáticos o radicales engañaron a las masas y las hechizaron. Por tanto, con esta forma de verlo, nuestra cultura está a salvo, ninguna responsabilidad tenemos los occidentales en este desvío lamentable de la historia. Sin embargo, su libro muestra muy bien las costuras de este autoengaño. En primer lugar, no es cierto que fueran solo unos pocos aquellos que colaboraron porque había toda una red de delaciones entre la población civil. Además, tampoco es cierto que las masas estuvieran engañadas porque las masas conocían los planes de Hitler y los deseaban. Y, en tercer lugar, tampoco es verdad que no supieran lo que estaba ocurriendo, como recoge la acusación de los supervivientes que usted escribe en su libro: «¡Os lo dijimos! ¡Os advertimos y no hicisteis caso!». ¿Y si el Holocausto no fuera tanto «una quiebra de la razón burguesa», es decir, su afuera? ¿Y si fuera, precisamente, la culminación de la misma: nacionalismo, razón instrumental, cálculo frío, poder patriarcal sin límites…? ¿Y si nuestra cultura fuera la que hubiese engendrado esta barbarie?
Así es: no fue irracional, fue una fase del biologismo social y del imperialismo colonialista, nacionalista y esclavista que culminó en una forma de operar a través de la razón técnica.
El poder patriarcal, la razón instrumental, el cálculo están implícitos en las estructuras del capitalismo y de la modernidad. El nacionalsocialismo fue posible gracias al desarrollo industrial, científico y tecnológico y a las posibilidades que ofrecieron la burocracia y la computarización, los transportes, materiales como el alambre de espino y su electrificación (permitiendo cercar espacios de encierro de masas), la ingeniería, la industria química, la medicina y la biología.
El nazismo se apoyó en una propaganda moderna —el cine, la reproducción de la imagen, medios de comunicación como la radio y la prensa— basada en la mentira y la degradación del otro como «parásito», o como «enemigo», para su aniquilación. El racismo, la violencia y el antisemitismo en que se entramó, la participación de la población y la responsabilidad de las clases dirigentes fue una elección, no una consecuencia. Una decisión colectiva consciente que aportó poder y riqueza a los perpetradores.
En esa decisión participaron numerosos actores: las cúpulas políticas dirigentes, los altos mandos del ejército y las SS, la Deutsche Reichsbahn y científicos, ingenieros, médicos y burócratas, magnates, banqueros e industriales de empresas como Siemens, I. G. Farben (Bayer produjo el gas Zyklon B), Volkswagen, BMW, IBM, Porsche, Allianz, Hugo Boss, cuyos beneficios en las fábricas aumentaron con el trabajo esclavo y el rearme de la guerra.
En cuanto a la población, hubo oposición y resistencia política rápidamente aniquilada y una mayoría que por miedo, por antisemitismo, por interés o por ideología cedió, miró para otro lado o colaboró. Hubo quienes se apropiaron de las fábricas, comercios, tierras y viviendas de los judíos y quienes acudían a las subastas para comprar bienes expropiados a bajo precio. Hubo odio y crueldad.
¿La población fue engañada? Cualquiera podía leer Mein Kampf y conocer los planes expansivos de Hitler y su odio a judíos, eslavos y bolcheviques. La ideología nazi invadía todo. Lo que se mantuvo en secreto fue el Programa T4, eso sí, y lo que sucedía en las cámaras de gas de los campos. A partir de 1942, frente el descontento de la población con el curso de la guerra, se manipuló la información y el miedo al «coloso» bolchevique.
«La pregunta ¿cómo es posible? se la planteó una parte de la civilización, pues el crimen y el trauma no significaron lo mismo para las víctimas que para los perpetradores»
Esta idea del engaño o de la seducción del nazismo sobre las masas es un tema que me interesa especialmente. En el libro, escribe: «El nazismo se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente». Y me parece especialmente interesante, pero temo que solo pensamos en la forma lenguaje-virus cuando hablamos del fascismo, como si lo que hiciera nuestra democracia fuera racional y lo que hicieran los demás fuera puro contagio semántico. ¿No deberíamos abrazar también nosotros, los demócratas, la capacidad transformativa y subjetivizadora del lenguaje desde un punto de vista antifascista? ¿No deberíamos también nosotros pensar cómo introducir los ideales de igualdad y solidaridad «en la carne y en la sangre de las masas»?
El filólogo Viktor Klemperer, autor de esta cita, analizó el lenguaje nazi en LTI. La lengua del Tercer Reich, publicado en 1947. Aunque la manipulación y la seducción de las masas fue propia de fascismos y autoritarismos, el lenguaje nazi tuvo características propias basadas en un odio, un fanatismo y un delirio extremos, en lemas sobre el deber, la lealtad y la obediencia al Führer y valores arcaicos como Blut und Boden, Kraft durch Freude. En cuanto a la mentira, sabemos que sistemáticamente repetida impone una creencia, por ejemplo, que el judaísmo bolchevique internacional llevó a la derrota de Alemania en la Primera Guerra. No hay nada más efectivo, para imponer amenaza y miedo, que la construcción de un enemigo. La pregunta es: ¿por qué unas personas se dejan manipular, fascinar y engañar? ¿Se puede hablar de “inconsciencia” en aquellos a quienes la situación beneficia? ¿Cuáles son los intereses, los odios, los resentimientos, las ideologías y ambiciones que encuentran y legitiman en ese lenguaje una forma de vida, un canal de acción?
Al igual que durante el nazismo, asistimos a un lenguaje perverso, manipulador y agresivo basado en la mentira y en la estulticia por parte de quienes, como Netanyahu, Donald Trump o políticos de extremas derechas, se apoderan del poder de la democracia y producen la exclusión, la lucha, el enfrentamiento para sus fines espurios.
¿Puede la democracia utilizar los referentes y sistemas semióticos («la sangre y la carne», «el pueblo») de los totalitarismos? ¿Supone lo mismo la masa para la democracia que para los fascismos? La masa necesita un líder, es anónima, dependiente, obediente, primitiva, sugestionable. Tiene una relación simbiótica con un Estado fascista y con el capitalismo. Lemas socioculturales y revolucionarios como la libertad son fagocitados por estos para manipularlas.
En una democracia real, las masas dejarían de ser «masa» porque no habría manipulación. Y dejaría de haber élites. Lo propio de la democracia es un lenguaje que propugne la igualdad, la solidaridad, las diferencias, la escucha y el diálogo entre las diferencias, la capacidad crítica, el respeto a los límites del otro, la negociación de los conflictos, la inclusión, la multiplicidad, el desarrollo del potencial humano, la colaboración horizontal.
«¿La población fue engañada? Cualquiera podía leer Mein Kampf y conocer los planes expansivos de Hitler y su odio a judíos, eslavos y bolcheviques. La ideología nazi invadía todo»
E igualdad en todos los sentidos, ¿no? Justamente de su libro me parece interesante que se dedique una parte importante de las páginas a contar la historia de las violaciones (atroces y sistemáticas) a las mujeres tanto alemanas como represaliadas en el campo por parte tanto de los alemanes como del Ejército Rojo. Lo pienso porque a veces hemos contado la historia de la Segunda Guerra desde una visión masculina (el ejército alemán, el ejército soviético), pero nos hemos olvidado de otros ejes que atravesaron la guerra, como el género. Y es que, ¿en qué medida nuestra historia oficial sigue siendo la historia del hombre y sus disputas por el poder? ¿Los cambios históricos para quién ocurrieron? Porque no se dejó de violar… ¿No es la liberación o la paz, muchas veces, la liberación de los hombres y no de las mujeres, que siguen siendo violadas en esa «paz»? ¿Cómo podemos pensar una historia feminista que no atienda tanto a las guerras de los hombres, sino al saqueo y expolio de los cuerpos de las mujeres en ambos lados?
El cuerpo de las mujeres forma parte del campo de batalla y esta estructura no ha cambiado en la historia. Ya en la tragedia griega Agamenón sacrifica a su hija, Ifigenia, para ir a la guerra. Esclavizadas, explotadas, secuestradas, violadas o asesinadas, el cuerpo de las mujeres es un campo de batalla en el que no se pueden defender.
Dominadas por la fuerza bruta, destinadas a la reproducción y al trabajo doméstico por el imperativo simbólico de la naturaleza, se les prohibió el uso de las armas y el acceso a la técnica. En las guerras y conflictos bélicos, su cuerpo ha sido utilizado para hacerlas vulnerables y convertirlas en víctimas, siendo violadas y embarazadas como acto de dominio y de violencia sexista y sexual. Su cuerpo es un botín y un arma lanzada como venganza o humillación contra el «enemigo» y contra ellas mismas. Sus logros y su resistencia —al igual que su dolor y su rabia— han sido acallados y silenciados por los hombres.
Ha habido numerosos momentos en la historia en que las mujeres se han resistido a aceptar los roles patriarcales y han pretendido participar en la guerra. Durante la Revolución francesa, con una conciencia política extraordinaria, se presentaron ante los jacobinos diciendo: «Es hora de que no veáis más en nosotras mujeres serviles, animales domésticos» y reclamaron armas para «luchar contra el tirano». Acusadas de provocar el caos y la anarquía, les fueron negadas, siendo algunas de ellas guillotinadas o encerradas en manicomios. Las milicianas españolas, tras un año de lucha en el frente, fueron destinadas, a pesar de sus protestas, a la retaguardia: alguien tenía que cocinar, lavar las cacerolas y la ropa, cuidar a los enfermos, curar las heridas… Como dijo una miliciana llamada Manolita: «Yo no he venido al frente para morir por la revolución con un trapo de cocina en la mano». En cuanto a las mujeres que lucharon con el Ejército soviético, el libro de la escritora bielorrusa Svetlana Aleksiévich, La guerra no tiene nombre de mujer (1985), muestra el lado no-masculino de la guerra, que no es sublime ni heroico, sino brutal.
¿Debemos las mujeres, las perdedoras, luchar por los intereses de poder y las guerras de las cúpulas?
Precisamente, ahora que menciona el libro de Svetlana Aleksiévich, otro punto central en el suyo es la dialéctica entre el simulacro estético y el horror: ¿cómo representar la barbarie? Por un lado, es evidente que el horror se resiste a ser dicho y que todo testimonio parece siempre incompleto e insuficiente para expresar tal magnitud de barbarie. De ahí la necesidad de representar. Pero esta representación, al menos en los códigos culturales del capitalismo de plataformas, muchas veces banaliza y convierte el Holocausto en un tema de ficción más. Pienso en ese vecino que una vez me dijo que quería ir durante el verano a ver Auschwitz porque «le encantaban las películas sobre el Holocausto». Otra vez la pregunta: ¿cómo podemos representar la barbarie para que su grito nos estremezca?
Walter Benjamin se refirió al fascismo que estetiza la violencia y la convierte en espectáculo: la humanidad es objeto de espectáculo para sí misma. Su autoalienación alcanza un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético. Y Guy Debord señaló que una de las características del espectáculo es la no intervención.
¿Es posible representar la barbarie? Bajo el lema «Nunca más», museos, memoriales y centros de documentación impactan al visitante, bien mostrando el horror desnudo, bien con diseños cada vez más sofisticados tecnológicamente. A esto se añade la programación de circuitos de visitas a los campos y el narcisismo del y la turista que con el selfie se incluye frívolamente en la catástrofe.
El cine como medio estético y narrativo es impactante por la calidad visual y sonora de las películas y por la epopeya y la tragedia humana que representan (Noche y niebla, de Alain Resnais; La zona de interés, de Jonathan Glazer; El pianista, dirigida por Roman Polanski, o Amén, de Costa-Gravas). Pero el goce estético de la imagen desaparece en Auschwitz con la visión de los hornos crematorios o la rampa a la morgue y la fosa de ejecuciones de Sachsenhausen. Poemas como Fuga de la muerte de Paul Célan o Escombros 45 de Inge Müller, la música y la poesía de los campos, los testimonios y la literatura como Pasen al gas, señores, de Tadeusz Borowski; Crematorio frío, de József Debreczeni; Represalia, de Gert Ledig, o Una mujer en Berlín (anónima) atestiguan la barbarie del Holocausto y de la guerra y resisten al narcisismo y a la fascinación.
En Alemania y los países del Este hay constantes debates y congresos sobre la representación del Holocausto, los memoriales, los monumentos. Un caso peculiar es el del Judisches Museum de Libeskind, cuyo continente (la arquitectura) es más expresivo y simbólico que el contenido. No así el AntiKriegs Museum o «lugares contra el olvido» como Gleis 17, en la estación de Grunewald, en cuyos andenes se inscriben las fechas, el destino y el número de personas deportadas; o Spiegelwand, del arquitecto Wolfgang Goeschel, un muro de espejos donde los y las transeúntes se ven reflejados al pasar. Suponen un antídoto del selfie del turista, pues nuestra imagen se funde con la identidad de las víctimas.
«Walter Benjamin se refirió al fascismo que estetiza la violencia y la convierte en espectáculo: la humanidad es objeto de espectáculo para sí misma. Su autoalienación alcanza un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético»
Estos ejemplos son muy interesantes porque esta dialéctica de la representación es contigua al problema espacial de la memoria, que es también central en su libro. Para profundizar en lo que acaba de decir, ¿cómo cree usted que nos relacionamos con los espacios de memoria? ¿Cómo construir arquitecturas de la memoria? Por un lado, parece absurdo que el tiempo siga y que el espacio no muera con la catástrofe (¿cómo puedo estar paseando por el mismo sendero por el que desfilaban los presos antes de ser fusilados?). Pero el tiempo sigue, y el espacio tiene más vidas, y nosotros tenemos que simultanearlas. ¿Cómo hacerlo sin sucumbir? Pienso en la frase de su libro que dice: «Olvidar, pero todo está lleno de recuerdos».
Concebí el libro desde la intertextualidad con el fin de romper las estructuras convencionales de la narrativa, la linealidad del tiempo a través de textos poéticos, filosóficos y literarios, obras de arte, testimonios, documentos históricos, el contexto urbano y las voces de las víctimas, de los perpetradores y de la población, que actúan como el coro de la catástrofe. Como un Merzbau de residuos encontrados al azar, asocié fragmentos, produje cortes, fricciones entre los bordes, junturas, vacíos, suspensión de significados que fueron ensamblando una constelación de la memoria, una topografía del espacio y de los lugares donde la historia convive simultáneamente con la realidad.
Cuando fui a Berlín en 2007 había descampados, amplios horizontes, ruinas, materiales, raíles y traviesas obsoletos y abandonados, balazos en las paredes. Restos. Hoy, casi todo ha desaparecido, ha sido restaurado o reconstruido por la especulación inmobiliaria, la musealización de la ciudad y el funcionalismo, mientras que las instituciones organizan el patrimonio histórico diseñando trayectos, arquitecturas y contenidos dirigidos al público y al turismo. Muchos de los lugares en el libro han cambiado, como el cuartel de la Gestapo, donde había un descampado en el que crecían hierbajos; otros, como el Pabellón 231 del complejo hospitalario de Buch, aún expresan con su abandono los sucesos violentos que allí ocurrieron.
Hay una memoria activa en la que explorar, un inmenso campo, digamos, «psicourbano», donde habitan el olvido, la ausencia, la extrañeza, la desaparición. Donde el vacío es tan significativo como lo lleno; donde la incertidumbre, lo imprevisto, lo extraño, lo que sucede sin intervenir (el polvo en los ojos en una calle de Berlín) implica valiosos materiales, hallazgos.
La primera vez que fui al Memorial de Ravensbrück, en el vacío del campo, en un lugar donde los nazis amontonaban los cadáveres, crecía el hipérico y miles de flores silvestres brillaban al sol. En el antiguo gueto arrasado de Litzmannstadt, en la ciudad polaca de Łódź, se han plantado árboles bajo cuya sombra hay bancos donde sentarse, cerrar los ojos, recordar, sentir, pensar. Las casas del barrio Muranov en Varsovia fueron construidas entre 1948 y 1955 sobre el gueto devastado con la argamasa de los escombros: las viviendas, obra del arquitecto Bordan Lachert, unen los muertos con los habitantes. Integran la materia de la muerte con la vida.
«Cuando fui a Berlín en 2007 había descampados, amplios horizontes, ruinas, materiales, raíles y traviesas obsoletos y abandonados, balazos en las paredes. Restos. Hoy, casi todo ha desaparecido, restaurado o reconstruido por la especulación inmobiliaria, la musealización de la ciudad y el funcionalismo»
Por último, quería preguntarle por la relación entre distintas memorias. Pienso en ese momento del libro en el que escribe: «¡Buscas la memoria de la guerra española en Berlín! ¡Buscas tu propia historia!». Y quería preguntarle: ¿qué podemos aprender de todo este proceso alemán de horror, herida y memoria para nuestra propia barbarie silenciada? Está claro que una respuesta fácil puede ser que un primer paso es que tenemos que hacer algo porque la nuestra no es memoria, sino desmemoria. Pero, más allá de ese primer alegato, ¿podemos aprender de esas tensiones y dialécticas que veíamos antes y que surgen en los procesos de recuperación? ¿Cómo esquivarlos? ¿Cómo no banalizar la dictadura en la representación (pienso en el título tan bueno del artículo de Yolanda Virseda que tituló «Franco, ese ‘bro’»)?
No fui a Alemania en busca de la historia de España. Lo que me atrajo es que en Alemania se desarrollan políticas, culturas y lugares de memoria en los que participan y debaten amplios sectores de la sociedad; mientras que en España, cuarenta años de dictadura franquista borraron, distorsionaron y manipularon la historia y el consenso político tras la muerte del dictador la dejó en suspensión.
Y a pesar del trabajo de los y las historiadores, la España procedente del franquismo no reconoce su responsabilidad. En España hubo —hay— un gran vacío simbólico, pues una dura y larga represión suprimió lo otro y produjo un silencio, diríamos, psicótico. El olvido, como insisto en mi libro, no procede del paso del tiempo, sino de una acción consciente, de una exclusión o expulsión del lenguaje, de la memoria colectiva, del espacio urbano, del paisaje, del hábitat. Los cadáveres que aún yacen bajo las fosas y las cunetas no fueron un olvido sino una decisión, un acto político. La ocultación, el olvido, es consustancial al crimen.
En España apenas se encuentran, como en Alemania, restos en la superficie. Y eso es muy extraño. Porque sabemos, sabemos lo que ha pasado aquí, pero han desaparecido los signos y con ellos, la significación. Creo que por eso quería salir de ese «vacío psicótico» e ir a un país donde hubiera residuos, lenguaje.
Ahora, sin embargo, me interesa cada vez más trabajar, explorar este vacío. Ni el nazismo ni el fascismo se disolvieron desde dentro. Y lo que vivimos es su explosión, el desbordamiento de su lenguaje circulando por las redes, produciendo con violencia, como la propaganda nazi que lo inspira, imágenes manipuladas, mensajes de odio, bulos, amenazas, agresiones. Turbios personajes pseudopolíticos e influencers ensalzan dictaduras, idealizan criminales siniestros, «combaten» al «enemigo».
Atraen a la juventud con mitologías y degradan los feminismos, la homosexualidad, los emigrantes. El avance del feminismo no es la causa de la ultraderechización de muchos jóvenes, sino su incapacidad para liberarse de arcaicos roles de masculinidad: el machismo, la «hombría», el poder, la heterosexualidad, la competitividad, la violencia como instrumento, la guerra, el dominio y la sumisión de las mujeres. Ahí es donde se debe trabajar.
El nazismo y los fascismos nos enseñan que la ley que protege los derechos del individuo y de los grupos sociales en las democracias es derogada por los perpetradores. Es necesaria una contrapropaganda, una educación sociopolítica e histórica, una cultura de la memoria y una reconversión del paisaje y del espacio urbano. Quitar la máscara al discurso de la dictadura y de las ultraderechas. Porque así como sabemos que abolieron la democracia por medio de la violencia, también sabemos que conducen a la destrucción y al exterminio de personas. Y esto no es banal.
Fuente: https://filco.es/