miércoles, 26 de agosto de 2026

DAVID EDMONS

David Edmons: «Los paralelismos entre el pasado y la actualidad son incómodos»

En junio de 1936, el estudiante Johann Nelböck asesina al filósofo Moritz Schlick, el fundador del Círculo de Viena. Este es el principio del fin. El enorme legado de esta escuela se fue disolviendo en las décadas posteriores a la muerte de Schlick. El filósofo David Edmons escribe sobre ello en «El asesinato del profesor Schlick».

Primer plano de David Edmons 

Después de Schlick, Otto Neurath falleció en 1945, Wittgenstein fallecería en 1951, Waismann en 1959, Carnap en 1970, Tarski en 1983, Ayer en 1989, Popper en 1994 y Hempel en 1997. Estos intelectuales lucharon por fortalecer las bases de la filosofía y clarificar los métodos científicos, por acotar y refutar los excesos metafísicos y por cimentar el empirismo lógico, también conocido como positivismo lógico.

El Círculo de Viena combinó la idea de que nuestro conocimiento se deriva del mundo natural con el uso de la lógica moderna. El objetivo, sostiene el filósofo David Edmons en El asesinato del profesor Schlick: auge y caída del Círculo de Viena (Cátedra, 2025), era construir nada más y nada menos que una nueva filosofía.

Aunque la ambición del empirismo lógico se ha perdido, su influencia aún se nota: la filosofía analítica no existiría sin el empuje del Círculo. Un objetivo más o menos compartido fue acabar con la metafísica (gracias a herramientas epistemológicas como diferenciar entre verdades analíticas y sintéticas, verdades a priori y a posteriori, etcétera). Alfred Jules Ayer, por ejemplo, descartó las afirmaciones sobre Dios porque carecen de sentido. No serían falsas, sino más bien absurdas, inverificables, infalsables.

Edmons retrata la diversidad y riqueza de esta república de eruditos dentro del contexto efervescente de Viena, de una auténtica revolución científica y del estallido de la Segunda Guerra Mundial. El Círculo de Viena, al igual que el psicoanálisis (aunque en sus antípodas programáticas), está tan integrado en nuestra cultura que probablemente hemos sido incapaces de verlo. Hablamos con él.

    El Círculo de Viena combinó la idea de que nuestro conocimiento se deriva del mundo natural con el uso de la lógica moderna. El objetivo era construir nada más y nada menos que una nueva filosofía


Por cómo se sentaban, el Círculo de Viena sería más bien un rectángulo, aunque yo lo imagino como un donut, con un vacío central que representaría la metafísica. ¿Por qué ha sido tan difícil erradicarla?
Supongo que porque hay algunas preguntas muy básicas, fascinantes e importantes (¿qué es la causalidad?, ¿cuál es la naturaleza del tiempo?, etcétera), que vale la pena plantear e intentar responder, aunque las respuestas no sean necesariamente comprobables ni verificables, como exigía el Círculo de Viena.

Su libro es una biografía coral fascinante. Disfruté de su retrato de Neurath, un lector voraz con barba roja y muy activo políticamente. ¿Cómo hemos llegado a la idea de que el Círculo de Viena se centraba en la filosofía de la ciencia y dejaba la política de lado? ¿No se puede desarrollar una ciencia de la política?
El Círculo de Viena ha sido considerado durante mucho tiempo un movimiento apolítico. Esto se debe, en parte, a que las cuestiones normativas a las que la política intenta responder no son verificables. En todo caso, lo que intento demostrar en mi libro es que el Círculo de Viena era profundamente político. Justamente por esta razón fue visto como una amenaza tanto para los fascistas que derribaron el poder en Austria en 1934 como posteriormente por los nazis. De hecho, se puede considerar la postura antimetafísica del Círculo como manifiestamente política, ya que la ideología fascista y nazi rebosa de metafísica; por ejemplo, la idea de que el Volk, el pueblo, es más que una simple colección de individuos.

El dilema del Círculo era cómo generar opiniones políticas sin dejar de ser fieles a su afirmación de que las declaraciones normativas carecen de sentido. Una solución consistía simplemente en centrarse en lo que funcionaba: un análisis pragmático… ¿Genera la política X más felicidad o bienestar humano, por ejemplo, que la política Y? Esto resultaba atractivo para los positivistas porque, en cierto modo, es medible, pero no es una solución muy satisfactoria, ya que no aborda la cuestión de por qué deberíamos preocuparnos ante todo por la felicidad o el bienestar humano.

    «Se puede considerar la postura antimetafísica del Círculo como manifiestamente política, ya que la ideología fascista y nazi rebosa de metafísica»


Esta pregunta es demasiado fácil, pero inevitable: ¿existen similitudes entre el asesinato de Moritz Schlick y el contexto político actual?
Me temo que los paralelismos entre el pasado y la actualidad son incómodos. Schlick fue asesinado en un momento de creciente intolerancia política, xenofobia y racismo. Escribo esto unas semanas después de los disturbios en Irlanda del Norte, cuando hombres enmascarados recorrieron las calles de Belfast atacando casas y vehículos, tras un brutal ataque perpetrado por un ciudadano sudanés. Por supuesto, en la década de 1930 no existían las redes sociales, pero los periódicos de la época contribuyeron a generar miedo.

Su libro responde de diversas maneras a cuál es el legado del Círculo de Viena. ¿Hay más pensadores neopositivistas dentro o fuera de la filosofía?
El Círculo de Viena es fundamental para la historia de la filosofía angloamericana. Cuando se disolvió, sus miembros huyeron, principalmente al Reino Unido y a Estados Unidos. Se llevaron consigo sus ideas. No creo que muchos filósofos se autodenominen positivistas lógicos, en el sentido del Círculo de Viena, pero sí creo que algunas de sus virtudes (como el énfasis en la claridad, la importancia de la coherencia conceptual y el desprecio de la charlatanería) están presentes en la práctica filosófica actual.

Aunque no sea un positivista, usted ha publicado un libro sobre Peter Singer, un experto en ética que ayudó a popularizar el experimento mental del niño que se ahoga en un estanque poco profundo.
Peter Singer escribe con una claridad admirable. Sin embargo, no podría ser un positivista lógico ya que él, sin duda, no considera que las afirmaciones morales carezcan de sentido. Piensa, más bien, que una afirmación como «asesinar está mal» es verdadera, objetivamente verdadera. Otto Neurath tenía instintos utilitaristas, pero las raíces intelectuales de Singer se encuentran en una tradición utilitarista más británica: Bentham, Mill, Sidgwick. Un utilitarista como Singer sostiene que la felicidad debe maximizarse y el sufrimiento minimizarse; ese cálculo utilitarista, por cierto, sí es «medible».

    «Schlick fue asesinado en un momento de creciente intolerancia política, xenofobia y racismo. Por supuesto, en la década de 1930 no existían las redes sociales, pero los periódicos de la época contribuyeron a generar miedo»


Despídase con alguna recomendación concreta que podamos contrastar, medir y falsar.
Leo mucha filosofía para preparar Philosophy Bites (www.philosophybites.com). Últimamente he leído algunos libros que puedo recomendar. Por ejemplo, obras sobre la filosofía de las preguntas (Lani Watson), las profecías (la filósofa mexicana Carissa Véliz) y el porqué importamos (Rebecca Goldstein). A propósito, estoy terminando mi próximo libro, que intenta narrar la historia de la filosofía del siglo XX mediante experimentos mentales, como el del estanque poco profundo de Singer. La mayoría de estos experimentos se inventaron en la segunda mitad del siglo, no en la primera. Quizás la razón sea la influencia del Círculo de Viena y los positivistas lógicos. Los experimentos mentales no son verificables, así que Neurath y otros podrían haber gritado «¡Metafísica!» si algún filósofo se hubiera atrevido a plantearlos. 

Fuente: https://filco.es/ 

viernes, 21 de agosto de 2026

RAZONAMIENTO

La filosofía y el espacio de las razones

«La relación entre la reflexión filosófica y la capacidad humana para darnos 'cuenta y razón' de nuestras creencias, valoraciones y propósitos viene de antiguo», escribe la profesora e investigadora Paula Olmos.

Filosofía y razón. Una cabeza con una ventana abierta 

Jonathan L. Cohen (The Dialogue of Reason, 1986, pp. 49-50 y 57) definía la filosofía como «la investigación razonada de las razones» o como «la discusión razonada de qué pueda ser una razón para qué». Aunque, obviamente, puedan considerarse otras tareas y orientaciones para la filosofía, la relación entre la reflexión filosófica y la capacidad humana para darnos mutuamente cuenta y razón (en la formulación de Luis Vega Reñón) de nuestras creencias, valoraciones y propósitos, es decir, para tomar parte en lo que ha venido en llamarse el espacio de las razones, viene, sin duda, de antiguo.


El carácter de razón


Hay varias maneras, sin embargo, de entender esta tarea. La segunda fórmula de Cohen parece asumir que la filosofía cuenta con métodos propios (¿apriorísticos?, ¿trascendentales?, ¿analíticos?) para establecer, de algún modo, el carácter de razón otorgado a un contenido expresable respecto de otro contenido distinto. Esta atribución a la filosofía de una función específicamente normativa, es decir, centrada en determinar criterios de corrección, a poder ser eternos y universales, respecto de nuestras prácticas tiene también una larga tradición.

Pero también es posible enfocar la tarea filosófica respecto de los usos de las razones asumiendo que son los propios participantes en los intercambios racionales quienes distinguen, precisamente examinándolas y discutiéndolas, empleando para ello estándares propios del contexto y de los objetivos específicos de la práctica en la que lo hacen, las virtudes, bondades y consecuencias de las razones que se dan los unos a los otros.

Decimos, en este sentido, que las prácticas que tienen lugar en el espacio de las razones son ya prácticas intrínsecamente normativas, tratándose de interacciones dialogadas en las que quienes presentan sus razones lo hacen sabiendo que van a ser examinadas y aceptadas (o no) por sus interlocutores, quienes, a su vez, esperan y demandan tales razones, al considerar típicamente que el contexto discursivo así lo pide.

    Son los propios participantes en los intercambios racionales quienes distinguen, precisamente examinándolas y discutiéndolas, las virtudes, bondades y consecuencias de las razones que se dan los unos a los otros


La razón como algo aceptado por los demás

En palabras de la teórica de la argumentación y la comunicación estadounidense Jean Goodwin, «la idea misma de razón encierra el ser algo que aspira a ser aceptado por los demás». Es, pues, en el propio espacio de las razones en el que se establecen los estándares de corrección que lo regulan o, dicho de otro modo, no hay espacio de justificación racional más allá de la propia práctica argumentativa.

A las filósofas y filósofos nos quedaría, no obstante, mucho por hacer en este ámbito, ya sea en un sentido terapéutico y wittgensteiniano, de reflexión sobre el sentido de nuestros modos variados de dar, pedir y examinar razones (¿qué queremos decir cuando presentamos algo como una razón para otra cosa (en la fórmula de Hubert Marraud) o cuando aceptamos que lo es? ¿De qué modo reconocemos, examinamos y respondemos a las razones?) o, por qué no, como legítimos participantes en el espacio de las razones, capaces de aportar criterios adicionales (algunos quizá idiosincráticos) y discutir, como uno más, las razones de nuestros semejantes, sometiendo las nuestras igualmente a su examen.

Curiosamente, ya Aristóteles asumía en su Retórica (1354a4-11) el carácter común a todos e interactivo de las prácticas de examinar (eksetázein) y sostener (hypéxein) razones (logoi). Y advertía que el estudio técnico que pretendía abordar en su tratado, de cuyo interés y carácter filosófico no parecía dudar, asumía la capacidad para dar buenas y razonables razones de quienes no necesariamente habían reflexionado de manera teórica sobre ello, pero sí se habían acostumbrado a tomar parte, con una espontaneidad ciertamente regulada por la configuración social en la que dicha participación se diera, en el tipo de intercambios que constituyen el reconocible espacio de las razones.

Fuente:  https://filco.es/

miércoles, 19 de agosto de 2026

ESTOICISMO HOY

El estoicismo hoy: el porqué de su regreso

En «Estoicismo. Diccionario esencial», de Libros de FILOSOFÍA&CO, cinco filósofos exponen los principales conceptos de la corriente estoica. Publicamos aquí su prólogo y epílogo, donde defendemos la importancia de volver a los clásicos, pero analizamos también las perversas modificaciones (liberales) que pueden ocurrir cuando esto pasa.


Otra vez el estoicismo

Los ritmos sociales se aceleran como nuestro pulso al correr. Cada vez más, las transformaciones tecnológicas nos convierten en extranjeros de nuestra propia realidad y hasta de nuestros propios cuerpos. Como los asombrados habitantes de Macondo en Cien años de soledad, que andaban en plena revolución industrial, cada día salimos a descubrir un mundo distinto al del día anterior, un mundo que cambia a velocidades de vértigo. Este paisaje vital desorienta, por supuesto, porque cada vez es más difícil encontrar a tiempo asideros que nos permitan encontrar un lugar estable entre tanto movimiento. Hoy solo tenemos una cosa clara: nada está del todo claro.

Este vaivén constante de nuestra sociedad, para colmo, no nos deja detenernos a pensar o a analizar. Así, la experiencia contemporánea, como escribió Mark Fisher, es la de estar cansados, pero hiperestimulados. Nuestra experiencia es la de vivir en un barco que no para de moverse y que nos marea y que, encima, no sabemos a dónde va. Porque si el conocimiento es, como nos explica en este libro el profesor de filosofía Iván de los Ríos, la correcta discriminación y elaboración de las sensaciones que nos llegan, nuestro tiempo sacude e imposibilita cualquier posibilidad de conocimiento verdadero porque nos atiborra los sentidos de estímulos basura. Entre tanto trajín hiperacelerado solo alcanzamos a balbucear nuestro mareo.

Este escenario es un escenario de precariedad existencial, un escenario tremendamente inestable. Los grandes relatos heredados del siglo pasado (así como muchas de sus instituciones) dan cada vez más muestras de agotamiento y el mundo se descompone materialmente a ritmos inusitados: los trabajos cada vez son más precarios, las crisis más fuertes y el planeta está a punto de estallar. ¿Cómo podemos vivir (más allá de sobrevivir)? ¿Cómo podemos siquiera soñar con ser felices? Más aún si la felicidad es la meta por excelencia de los seres humanos, como nos dice la filósofa Myriam Rodríguez del Real en la entrada correspondiente de este diccionario.

No parece fácil alcanzar la felicidad, no. Normal, entonces, que habitemos una época que pone el foco en resolver el sufrimiento individual a través del cambio del propio individuo. Porque si todo va sumamente rápido y el mundo nos parece inasible, entonces tendremos que poner el foco en lo que más cerca parecemos tener: nosotros mismos. De ahí la proliferación de eslóganes de autoayuda durante los últimos años. Eslóganes como: «El dolor es objetivo, pero el sufrimiento es opcional», «Si controlas tus pensamientos, nada puede hacerte daño», «Controlando lo que deseamos, podemos controlar lo que nos hace daño»… Una plétora de mensajes que ponen el foco en el individuo y en su libertad. Algo propio de nuestra época, donde la libertad se pone en el centro (aunque, como veremos con el profesor Daniel Rosende, nuestro concepto de libertad no sea exactamente el mismo que el que tenían los antiguos filósofos).

En nuestra época, la libertad se pone en el centro, aunque, como veremos con el profesor Daniel Rosende, nuestro concepto de libertad no sea exactamente el mismo que el que tenían los antiguos filósofos

Dentro de esta búsqueda de soluciones individuales a un panorama inestable, el estoicismo ha sido una de las respuestas más populares. Y no es para menos. Por un lado, el estoicismo es una filosofía sólida, tremendamente influyente en la historia y mucho más profunda, qué duda cabe, que los panfletos de autoayuda que a veces vemos circular. De esta forma, muchas personas llegan al estoicismo cansadas de la poca justificación teórica de las propuestas pseudopsicológicas de los escritores de autoayuda. A diferencia de ellos, en el estoicismo la razón es un componente esencial de su filosofía, como plantea el filósofo Álvaro M. Guerrero. Las personas que se acercan hoy al estoicismo, entonces, ansían un programa ético de mejora de uno mismo basado en unos principios racionales, profundos y verdaderamente filosóficos. El estoicismo sin duda cumple con estos parámetros.

Tenemos, entonces, un tiempo que se vuelca sobre sí mismo. Tenemos, por otro lado, una filosofía que da respuesta a esto. Y es que en toda la filosofía de la antigua Grecia, el mantra «conócete a ti mismo» fue fundamental. Como señala el Foucault de los tomos II y III de la Historia de la sexualidad, en los griegos el conocimiento de uno no estaba desligado del conocimiento del mundo: conocer el mundo implica transformarse. ¿Cómo saber que los animales sufren cuando los matamos y seguir comiéndolos, por ejemplo? De ahí que fuera un suelo común a todos los filósofos griegos la preocupación por el cuidado de sí. Por eso, Anaxandridas (en las Máximas de Espartanos, de Plutarco), a la pregunta de por qué los espartanos dejaban el cultivo y arado de las tierras a sus esclavos, en vez de hacerlo por sí mismo, dijo: «Porque preferimos ocuparnos de nosotros mismos». Y ese ocuparnos era, sobre todo, saber controlar nuestros instintos (como nos recuerda en este libro la filósofa Magdalena Reyes), ejercer el control sobre las distintas partes del alma.

Anaxandridas (en las Máximas de Espartanos, de Plutarco), a la pregunta de por qué los espartanos dejaban el cultivo y arado de las tierras a sus esclavos, en vez de hacerlo por sí mismo, dijo: «Porque preferimos ocuparnos de nosotros mismos»

El propósito de este libro es precisamente ese: contribuir a elaborar una hoja de ruta con la que orientarnos en el rico universo estoico, que no es solo fuente de reflexiones sobre nosotros mismos, sino también una sólida filosofía en torno a la realidad y el kosmos. Por eso, hemos querido reunir a diferentes filósofos y filósofas (Magdalena Reyes, Iván de los Ríos, Daniel Rosende, Myriam Rodríguez del Real y Álvaro M. Guerrero) que desde diferentes enfoques, experiencias y modos de abordar el pensamiento estoico, nos ofrecen una constelación de términos y autores que al lector le resultarán enormemente útiles para manejarse con soltura en el vocabulario estoico.

El estoicismo liberal

El entrenador de la selección española recomienda las Meditaciones de Marco Aurelio en su directo en Twitch durante el mundial de fútbol. En un directo de Instagram, un influencer con más de un millón de seguidores habla de cómo el estoicismo le ha ayudado en su vida personal. En las librerías, los antiguos estoicos se cuelan entre los libros más vendidos. ¿Asistimos a una vuelta del estoicismo? Sí, parece que sí, y a los hechos nos remitimos. Pero el asunto es un poco más complejo: ¿qué estoicismo está volviendo?

El estoicismo que puebla las redes y los discursos de los famosos es un conjunto de mensajes y proclamas basados en la autosuficiencia del individuo. Son mensajes enfocados a la autogestión emocional y a la independencia («Todo depende de ti») y que a menudo ensalzan la libertad de los actos y la libertad de interpretación («De ti depende cómo te afecten las cosas») achacando la responsabilidad del sufrimiento al individuo y a su mal enfoque interpretativo (o mindset, en sus propios términos). ¿Es esto lo mismo que decían los antiguos griegos? ¿Está habiendo una manipulación de la filosofía estoica? Bueno, ni tanto ni tan poco. Estas proclamas individualistas no están del todo alejadas con respecto al estoicismo clásico. Como hemos visto en este diccionario, el estoicismo creía firmemente en la capacidad de control del individuo y en que lo que nos perturba no son los hechos en sí (una ruptura de pareja, por ejemplo), sino nuestra interpretación de los hechos (cómo nos tomemos la ruptura).

Sin embargo, este estoicismo liberal, si queremos llamarlo así por su marco claramente neoliberal, a menudo configura estas proclamas estoicas como medio para un fin mayor: ganar más dinero, tener más mujeres (son normalmente hombres de la conocida como manosfera los que comparten este tipo de contenido) y tener una vida más exitosa. Esta es una de las grandes diferencias con el estoicismo clásico. Para el estoico antiguo, los hechos se podían aceptar sin dolor porque se creía fuertemente en el destino. En otras palabras, no teníamos que lamentar la muerte de nuestro hermano o la ruptura con nuestra pareja porque el mundo ya tiene marcado su camino, su propio destino.

¿Cómo vamos a lamentar algo que no podemos controlar? Para los antiguos estoicos está todo escrito. Para el estoico liberal, en cambio, el control de uno se concibe como medio para un deseo mayor: la riqueza o la fama. De ahí que este tipo de proclamas estoicas las veamos normalmente asociadas a cuentas en redes o a podcasts relacionados con el movimiento de las criptomonedas, inversiones o contenidos similares. De esta forma, esta revisión del estoicismo entra en profunda contradicción con el estoico antiguo, que era capaz de controlar sus pasiones y sus emociones porque se deshacía de sus apetencias terrenales y de sus deseos más mundanos. El estoico liberal, en cambio, se quiere librar de todos los deseos y de sus ataduras emocionales, salvo de una, que coloca como un fin, a saber, el deseo de ganar más dinero, el deseo de más mujeres, el deseo de mayor fama.

El estoicismo que puebla las redes y los discursos de los famosos es un conjunto de mensajes y proclamas basadas en la autosuficiencia del individuo. Son mensajes enfocados a la autogestión emocional y a la independencia

Este comportamiento, además, presupone una creencia aún más arraigada en este tipo de seguidores neoestoicos: la creencia en la movilidad social. Esta idea de que uno puede mejorar su situación de partida a lo largo de su vida es profundamente extemporánea al estoicismo clásico, que partía del hecho de que nacemos esclavos (como Epicteto) o emperadores (como Marco Aurelio) y eso nada dice de una vida feliz. El destino ya está dado, se trata de aceptar las cartas, de no nadar a contracorriente en el río. En ningún caso Epicteto deseaba con las enseñanzas estoicas ser emperador, evidentemente. La enseñanza estoica le ayudaba precisamente a lo contrario: aceptar que podía ser un esclavo toda su vida.

¿Y por qué esta vuelta estoica? ¿Por qué este revival de una filosofía tan antigua? Hay varios motivos, pero a nosotros nos gustaría destacar, al menos, tres. En primer lugar, por lo que dijimos al comienzo de este libro: el estoicismo es una fuente de tranquilidad en períodos convulsos. Es una filosofía tremendamente despolitizadora, que se centra en la felicidad del individuo y que persigue no ya la justicia de la sociedad, sino el bienestar del sabio. Es una filosofía, por tanto, que es fácil que resucite cuando la arena política es demasiado movediza o cuando fuera nada nos da seguridad y todo parece tambalearse. Este mundo es claramente el nuestro.

En segundo lugar, es una filosofía individualista que preconiza que el individuo tiene libertad para controlar sus pensamientos y la interpretación que hace del mundo. Una filosofía que desecha la interdependencia de los seres humanos y confía en la capacidad que cada uno tenemos para controlar nuestras propias emociones y nuestros sentires. En una sociedad cada vez más individualista, este tipo de filosofías encajan demasiado bien porque sus enseñanzas de que el sufrimiento depende, en última instancia, de nosotros, casa demasiado bien con la idea de que el pobre es pobre porque quiere o de que todo en la vida depende de la propia voluntad (y no de nuestra clase o de nuestro género, por ejemplo).

Pero ¿por qué la filosofía estoica? ¿Por qué no diseminar las mismas proclamas individualistas sin más? ¿Por qué volver a traer a Marco Aurelio o a Zenón? Porque, y esta es nuestra tercera razón, los marcos de racionalidad débil de la mayoría de nuestros debates necesitan reforzarse con argumentos de autoridad. Así, es más fácil hacer pasar proclamas individualistas si citamos a filósofos que fueron emperadores romanos o a grandes sabios de la Antigüedad, como Séneca.

El estoicismo es una filosofía individualista que preconiza que el individuo tiene libertad para controlar sus pensamientos y la interpretación que hace del mundo, desecha la interdependencia de los seres humanos y confía en la capacidad que cada uno tenemos para controlar nuestras propias emociones y nuestros sentires

De este modo, despolitización, fuerte individualismo y necesidad de fuentes autorizadas son las tres razones que nosotros creemos que están detrás de este resurgimiento del estoicismo. ¿Creemos, entonces, que el estoicismo no nos puede aportar nada más y que hay que tratarlo como un apéndice neoliberal más dentro de la guerra cultural que parece que vivimos desde los tristes años ochenta? No, por supuesto que no. El estoicismo (como hemos visto con los escritores de este libro) es una filosofía riquísima que nos enseña algo más que a creernos independientes del mundo. Su apuesta por la felicidad como un lago que no desborda, un lago en calma y sin perturbaciones, es un camino muy útil para nuestras sociedades hiperestimuladas.

Además, su propio hacer filosófico es el ejemplo que mejor nos puede venir a día de hoy: comprender el mundo y la realidad nos ayudará a comprendernos a nosotras mismas y a encajar mejor nuestra libertad en un mundo determinado por leyes físicas. Así, el estoicismo tiene mimbres suficientes de los que tirar, esquinas poco recorridas e interpretaciones que aún están por hacerse. Arrancar la lectura fácil y rápida al neoliberalismo no es solo un ejercicio de riqueza filosófica, sino también un grato ejercicio de imaginación que, quizá, nos ayude a descubrir nuevos acompañantes en unos tiempos tan convulsos. Obras como esta, completas, rigurosas y llenas de matices, nos ayudarán a lo que siempre debió ser nuestro objetivo: descubrir no tanto el estoicismo que nos han contado, sino nuestra propia interpretación del mismo. Eso sí que depende de nosotros.

Fuente: FILOSOFÍA&CO



viernes, 14 de agosto de 2026

SENSIBILIDAD VS RESILENCIA

Svenja Flasspöhler: «En la verdadera resiliencia anida una extraordinaria sensibilidad»

Svenja Flasspöhler es la directora de la revista «Philosophie Magazin» en Alemania y autora de varios libros, como «Sensible». En él, desarrolla la noción de sensibilidad en contraposición con las de resiliencia y empatía.



La sensibilidad es un asunto filosófico y político de primer orden en el siglo XXI. La relación entre los seres humanos está hoy más mediada que nunca por la necesidad de tener en cuenta la sensibilidad ajena. Esto nos convierte en seres más empáticos y sensibles en un sentido positivo, pero también nos puede llevar a una hipersensibilidad que nos aleje de los demás.

Son estos problemas los que aborda la filósofa alemana Svenja Flasspöhler en Sensible. Sobre la sensibilidad moderna y los límites de lo tolerable, publicado en la colección Salto de Fondo de Herder Editorial. En él desarrolla un recorrido histórico del concepto de sensibilidad en contraposición y relación con los de resiliencia y empatía. En esta entrevista nos hemos querido acercar más a este libro y a lo que nos puede decir sobre nuestras relaciones políticas.

En su libro explica qué es la sensibilidad contrastándola con la resiliencia. Sostiene que tradicionalmente se ha entendido que la sensibilidad la defienden los proyectos políticos de izquierdas, mientras que la resiliencia, comprendida como resistencia a lo extraño y como imperturbabilidad, ha sido una idea conservadora. Sin embargo, a lo largo del libro desarrolla una relación dialéctica entre ambos conceptos. ¿Podría darse aquí un intercambio de papeles? ¿Podría ser la sensibilidad asunto de una política conservadora y la resiliencia una idea progresista?
Lo primero que hay que decir es que también los conservadores de derechas tienen una sensibilidad específica. Por ejemplo, reaccionan muy sensiblemente al lenguaje no sexista y a las demandas de la comunidad trans. No rara vez sucede que son tan irritables que se ponen agresivos. Y al contrario, la gente de color que está de parte de la izquierda progresista demuestra tener a menudo una extraordinaria capacidad de resistencia. Por ejemplo, recientemente, al lado de un evento al que me habían invitado asistí a la escena de un señor mayor tirando del pelo a una mujer de color y diciéndole: «Usted tiene raíces hindúes, ¿verdad?». Cuando más tarde me encontré con la mujer y le aludí a aquella escena, ella se me quedó mirando como sin entenderme y me preguntó a qué me refería. Ni siquiera se había dado cuenta. «Me pasa todos los días». Ya no reaccionaba a ello. Aquella mujer se había insensibilizado.

Estos ejemplos denotan enseguida que ambas nociones son muy problemáticas. Quien reacciona demasiado sensiblemente al mundo exterior no es capaz de manejarse bien en él. Y al contrario, quien se ha insensibilizado demasiado y no permite que nada le afecte está como incomunicado del mundo exterior. Por eso, lo que pretendo con mi libro es no tomar ambas nociones como opuestas, sino mostrar que en lo más hondo de la verdadera resiliencia anida una extraordinaria sensibilidad. Piense usted en un rascacielos: si su construcción es demasiado rígida, no soportará las tormentas. Debe tener una cierta flexibilidad para ceder un poco al viento y poder resistir así a los temporales. Con las personas sucede algo muy parecido.

Dice en su libro que la sensibilidad es por naturaleza ambivalente. Un poco de sensibilidad puede venir muy bien para proyectos de emancipación social, mientras que un exceso de sensibilidad hará que acabemos «comiendo solos». ¿Nos podría explicar un poco mejor esta ambivalencia?
No es tanto una cuestión de mayor o menor sensibilidad, sino de dos formas de sensibilidad que son cualitativamente distintas: una sensibilidad activa y una sensibilidad pasiva. En su ambivalencia, la palabra «sensibilidad» puede referirse a ambas formas; para distinguirlas, a veces hablamos respectivamente de «empatía» y de «sentimentalidad», o incluso de «sensiblería». La empatía es la sensibilidad activa: es la capacidad de ponerse en el lugar del otro y de empatizar con él.

En el siglo XVIII, Rousseau y Hume concibieron esta sensibilidad activa como fundamento de la moral. En efecto, es cierto que la empatía nos lleva a solidarizarnos con grupos marginados. Por eso es tan importante para los movimientos sociales. La sentimentalidad y la sensiblería, por el contrario, son formas de sensibilidad pasiva, de irritabilidad nerviosa o de hipersensibilidad. Una persona irritable o hipersensible no se compromete empáticamente con su entorno, sino que se incomunica de él, porque lo percibe como amenaza o como algo que lo supera.

«La empatía es sensibilidad activa que nos lleva a solidarizarnos con grupos marginados, importante para los movimientos sociales. La sentimentalidad, al contrario, es sensibilidad pasiva»

Usted dice que la empatía nace en relación con la sensibilidad. Consiste en ponerse en lugar del otro. Sugiere que hay que combinar la empatía con una cierta dosis de crítica, para que la propia perspectiva de uno se confronte con la del otro y, de este modo, se logre una síntesis (en el sentido hegeliano de superación) y se pueda alcanzar una visión objetiva. Lo que yo me pregunto es si esto solo tiene validez en el campo de las ciencias sociales (derecho, política…) o si también lo propone para el campo de la moralidad personal.
Tampoco en las relaciones personales basta solo con ser empático. Quien se limita a ponerse en el lugar del otro sin tener ninguna postura propia se pierde. Por otro lado, una persona que solo trata siempre de ver el mundo con los ojos del otro tampoco puede ser un buen amigo. Imagínese usted que a su amiga la acaba de dejar su novio y ella viene a pedirle consejo. Usted se pone en el lugar de ella, trata de sentir lo que ella siente: ¿qué le va a aconsejar usted entonces? ¡Ella ya sabe lo que siente y cómo ve el mundo! Creo que las buenas amistades son aquellas en las que vamos alternando la empatía con la distancia crítica. Pese a toda la empatía que yo pueda sentir por otra persona, solo si me mantengo en mi posición podré ver lo que no ve ella.

En Sensible menciona a Nietzsche, para quien no hay que evitar las heridas ni nada que nos afecte. Y usted añade a eso la idea de Lévinas de que el potencial de la herida consiste en que permanece abierta. Ambas opciones son propuestas de no evitar las heridas que nos conmocionan. ¿Pero podemos basar un proyecto político en el principio de aceptar lo que nos causa sufrimiento? ¿O considera que la tendencia a evitar lo que nos daña está tan arraigada en nuestra naturaleza que los pensamientos de Nietzsche y de Lévinas solo sirven en el caso de heridas que ya se han producido?
En mi libro se desarrolla un diálogo ficticio entre Nietzsche y Lévinas. Lo importante para mí era, entre otras cosas, resaltar la importancia de la ubicación desde la que se habla. Nietzsche, que no pertenecía a ningún grupo marginado y que no sufrió persecuciones ni amenazas, abogaba por tolerar las experiencias dolorosas y crecer con las crisis. Pero el pensamiento de Lévinas tiene otro punto de partida.

Lévinas era judío. Su familia fue asesinada en el Holocausto. Con un trauma así no podía desarrollar una filosofía como la de Nietzsche, de modo que también la herida tenía para él un sentido totalmente distinto: hay que dejarla abierta en aras del recuerdo, para que tal crimen contra la humanidad no vuelva a repetirse jamás.

¿Qué se desprende de ello para nuestra época actual? Evidentemente, nosotros, como sociedad y como comunidad internacional, debemos procurar que tal crimen como el Holocausto nunca vuelva a producirse. Y, por supuesto, también debemos procurar que las personas no sufran discriminaciones racistas o sexistas. Lévinas nos puede servir aquí como referencia.

Pero, por otro lado, y aquí es donde entra Nietzsche, no podemos preservar a las personas de todos los sentimientos desagradables. Tal como expongo en mi libro, la noción de trauma se ha vuelto muy amplia y también se ha subjetivado. Se considera traumático lo que daña la integridad personal. Pueden ser palabras, una mirada malintencionada, un indeseado roce en la rodilla en el bar de un hotel… ¿Cómo va a proteger la sociedad a las personas de todas las experiencias desagradables sin privarlas de su libertad? Por tanto, la cuestión central es: ¿cuándo debemos cambiar las estructuras sociales (Lévinas) y cuándo debemos trabajar en nosotros mismos (Nietzsche)?

«Como sociedad y como comunidad internacional, debemos procurar que un crimen como el Holocausto nunca vuelva a producirse. Y debemos procurar que las personas no sufran discriminaciones racistas o sexistas. Lévinas nos puede servir aquí como referencia»

De acuerdo con la sociología del siglo XX, usted sugiere que, a lo largo del proceso civilizatorio, la violencia externa ejercida sobre los individuos ha sido sustituida por una violencia interna, que actúa mediante sentimientos de vergüenza y deseos de prestigio social. Mi pregunta es si no estaríamos asistiendo más bien a una sofisticación de los procesos coercitivos, y no tanto a una sustitución total de la violencia, ya que esta sigue desempeñando un papel fundamental en muchos países del mundo donde hay guerras o donde hay implantada una jerarquización social muy fuerte. Eso mismo es lo que vemos en el corazón de los países europeos, o en los Estados Unidos, cuando se producen revueltas, luchas o huelgas.
Eso es totalmente cierto. Evidentemente, sigue habiendo violencia y guerras en el mundo, también en Europa. En el capítulo dedicado al proceso civilizatorio yo trataba de mostrar cómo el disciplinamiento y la sensibilización se han ido compaginando a lo largo de los siglos, y qué significa eso para nuestra vida actual. En la Edad Media, la muerte, la guerra o las violaciones eran cosas que sucedían todos los días. En las sociedades pacificadas, lo que debemos combatir hoy son, más bien, enfermedades psíquicas. La violencia se produce en nuestro interior, en la vida psíquica. Por decirlo así, se ha desplazado de fuera a dentro, porque la constante regulación de las emociones y la represión de nuestras pulsiones provocan sufrimientos psíquicos.


martes, 11 de agosto de 2026

SARTRE CONTRA FOUCAULT

Sartre contra Foucault

En 1966, «Las palabras y las cosas» convierte a Foucault en un éxito editorial inesperado y en el blanco de Sartre, que ve en su arqueología del saber una amenaza directa al marxismo. Donde el esquema histórico clásico exige sujetos que empujen el cambio —como los campesinos frente a los terratenientes en el origen del capitalismo—, Foucault presenta etapas que se suceden sin agentes. Para Sartre, esa ausencia de sujeto histórico es la última trinchera intelectual de la burguesía.

Diseños de Sartre y Foucault realizados con Sora (licencia CC). 

Nadie puede prever el baile de los siglos. Pasan las décadas y la historia se recoloca sin que nos demos cuenta. Lo que un día parecía importante, al otro deja de serlo, y así, lentamente, se rescatan unos nombres y se olvidan otros. Cuando Kafka murió, por ejemplo, apenas había vendido unos pocos ejemplares. Hoy, en cambio, es considerado un hito en la literatura del siglo XX en Occidente, casi de referencia obligada para cualquier escritor actual. En la Francia de Foucault, la Francia de la segunda mitad del siglo XX, el filósofo mimado por la historia era Sartre. Era evidente (evidente para la época) que iba a ser el gran pensador del siglo, el heredero del trono que ocupan filósofos como Hegel o Kant.


Sartre y Foucault enfrentados

Sartre, además, escribía novelas, ensayo, teatro, columnas… y eso lo convertía en el último gran intelectual en un tiempo de escritos fragmentados y de demasiada especialización. Él era lo que se esperaba del filósofo del siglo. Un pensador militante. Un filósofo que erige un sistema al estilo de los grandes sistemas de la historia de la filosofía. Pero nadie puede prever el baile de los siglos y las placas tectónicas de la historia, lentas ellas, se van moviendo. Hoy nadie se consideraría a sí mismo sartreano (salvo para parodiarse, como ocurre en la novela recientemente publicada por Lumen La chica más lista que conozco). Y, sin embargo, Foucault es una cita casi obligatoria.

La comparación entre ambos no es solo un artefacto narrativo. Estuvieron durante mucho tiempo enfrentados. Foucault había nacido en Poitiers, en 1926, y aunque había publicado algún libro antes, su primera gran obra, la que le dio un reconocimiento casi inmediato, fue Las palabras y las cosas, a sus 40 años, en 1966, publicado por la prestigiosa editorial francesa Gallimard.

Sartre era ya el intelectual por excelencia cuando Gallimard publicó el libro y, cuando lo leyó, su crítica fue devastadora. Habló sobre el libro en la entrevista que L’Arc le hizo en su trigésimo número, muy cerca de la publicación de la obra de Foucault, en octubre de ese mismo año, y dijo que Foucault era la «última barrera que la burguesía levantaba contra Marx».

Hoy, cincuenta años después, nos puede parecer una acusación entre académicos o intelectuales, pero en aquel momento era desterrar a Foucault del espacio de la teoría crítica, porque el marxismo era, hasta 1968, el marco común de toda la filosofía crítica (parecido a como podría ser hoy, salvando los matices, el feminismo). Foucault leyó su crítica, pero nunca contestó con la misma fuerza y siempre se rio de esta acusación de Sartre; dijo, de hecho, con cierta sorna, que muy mal tendría que estar la burguesía si lo tenían a él como última barricada. Si así fuese, decía, ya habrían perdido el poder.

    Hoy nadie se consideraría a sí mismo sartreano (salvo para parodiarse, como ocurre en la novela recientemente publicada por Lumen La chica más lista que conozco)


Las acusaciones de Sartre


Pero detengámonos un segundo en las acusaciones de Sartre. Por muy fanfarrona que sea, la acusación de Sartre es muy elocuente a la hora de cartografiar los cambios intelectuales y filosóficos (y sociales) que empezaban a ocurrir en la Francia previa a Mayo del 68 y sobre los que Foucault tendría, después, una influencia fundamental.

Por un lado, hay que tener todo el rato en mente que los años 60 previos al estallido de las revueltas estudiantiles eran años en los que los intelectuales franceses mostraban cada vez más distancia con la Unión Soviética, especialmente a partir de la represión de la revuelta húngara de 1956, y mostraban cada vez más de forma pública sus discrepancias con el Partido Comunista Francés (PCF), al que Foucault perteneció, de hecho, tres años, desde 1950 hasta 1953.

Si, para una generación, el PCF era el órgano de militancia obligada, los intelectuales de la siguiente generación comenzaron a entretejer sus filosofías bajo marcos por fuera del marxismo, aunque siempre en diálogo con él, eso sí, pero de una forma más heterodoxa, atreviéndose a introducir teorías como el psicoanálisis o el incipiente estructuralismo. Tanto el primero como el segundo contenían en su núcleo teórico una fuerte crítica a la idea moderna y cartesiana de sujeto, bien porque defendía que no hay racionalidad ni libertad pura porque siempre queda un reducto inconsciente (psicoanálisis), bien porque defendían que el sujeto siempre es un derivado de los dispositivos sociales (estructuralismo).

Dicho de otra forma, es falsa la idea de que seamos sujetos libres, soberanos y racionales porque muchas veces hacemos cosas sin saber por qué las hacemos, es decir, las hacemos ya sea por motivos inconscientes (psicoanálisis), ya sea porque nuestras acciones están determinadas por las estructuras sociales o lingüísticas en las que estamos insertos (estructuralismo).

    La acusación de Sartre es muy elocuente a la hora de cartografiar los cambios intelectuales y filosóficos (y sociales) que empezaban a ocurrir en la Francia previa a Mayo del 68 y sobre los que Foucault tendría, después, una influencia fundamental


La ruptura que supuso Foucault

Este era el nuevo marco, el que empezaba a asomarse, y Sartre estaba en las antípodas de estas posturas. Él era un marxista reconocido y, en lo que respecta a la filosofía, había levantado todo su sistema bajo el marco de la idea de sujeto moderno, al estilo de Descartes o de la fenomenología. Es decir, Sartre era, precisamente, el máximo exponente del paradigma de pensamiento que se empezaba a romper y que tuvo en Foucault su máxima ruptura. De hecho, Sartre veía a todas estas corrientes, y entre ellas a la filosofía de Foucault, como posturas intelectuales que eliminaban la capacidad de cambio, y por tanto como filosofías claramente conservadoras.

Si eliminamos la idea de sujeto, o la deconstruimos, o lo que queramos hacer con ella, entonces no podemos afirmar la libertad de los individuos ni su agencia, su capacidad de cambio. Si no creemos en la soberanía de las personas, ¿cómo vamos a pensar que podemos cambiar las cosas? ¿Cómo vamos a hacer la revolución, pensaba Sartre, si no hay libertad para ello? Pero Foucault lo consiguió. Consiguió pensar la revolución, ser un referente para la teoría crítica, sin necesidad de pensar un sujeto fuerte, sin pensar la libertad o a los individuos. Foucault fue capaz de imaginar una teoría política en otros términos y (en las propias palabras de Duccio Trombadori cuando entrevistó a Foucault) acabó con una «década de entusiasmo ininterrumpido hacia el lenguaje marxista», inaugurando una época en la que los conceptos foucaultianos («poder», «dispositivos», «biopolítica», «microfísica») comenzaron a correr como la pólvora y «se convirtieron en síntoma de una aspiración radical y libertaria».

Entremos en barrena en esta disputa porque ilustra muy bien la ruptura que Foucault supuso con el humanismo y el marxismo que le precedían. Por un lado, la filosofía de la historia del marxismo sostiene que, de una forma u otra, la historia «avanza», es decir, la historia «progresa», en clara herencia de las tesis hegelianas. Sin embargo, a diferencia precisamente de Hegel, y como es sabido, para Marx los avances que se dan en la historia no son ni ideales ni trascendentes a la misma (no tienen que ver con el desarrollo de las ideas), sino que se producen por tensiones materiales inmanentes a la misma.

¿Y dónde se producen estas tensiones para el marxismo? ¿Dónde están estos puntos calientes que hacen que la historia avance? Pues, sobre todo, en las relaciones de producción en un momento determinado de la historia, es decir, en quién tiene la tierra para quedarse los frutos de los que la trabajan, en quién es dueño de la fábrica y puede vivir de los beneficios de los demás o, más en nuestros días, en quién tiene pisos en propiedad y puede vivir de los alquileres. Las etapas de la historia, según la lectura clásica del marxismo, se corresponden a las diferentes relaciones que se dan en este aspecto: feudalismo, esclavismo, capitalismo rentista…

Además, precisamente porque estas relaciones configuran la realidad, para el marxismo la historia tiene sujetos históricos: los burgueses de las fábricas y los proletariados que trabajan para ellos; los terratenientes que se quedan con el fruto de los campesinos o los grandes propietarios de los fondos buitre… Marx dice que la lucha de clases es el motor de la historia, lo que quiere decir que la historia pasa de una etapa a la siguiente (avanza) por los conflictos entre estos sujetos y sus relaciones de producción. Así, el paso del feudalismo al capitalismo ocurrió en un momento de tensión de clase en el que los campesinos consiguieron negociar tan buenas condiciones que los terratenientes apenas tenían poder sobre ellos.

El capitalismo nace justamente cuando estas relaciones de producción cambian: los terratenientes cercaron los espacios comunes, los campesinos dejaron de tener tierras y se vieron obligados a ir a la fábrica a trabajar por un salario. Este es el esquema: la historia «avanza», la tensión histórica es material (económica) y hay sujetos históricos. Pues bien, dice Sartre, y por eso traemos esto, la filosofía de la historia que presenta Foucault en su primer éxito editorial, en Las palabras y las cosas, de 1966, tira por la borda este esquema y por eso, defendía Sartre, era la última barricada de la burguesía. En Las palabras y las cosas, señala Sartre, solo tenemos etapas que se suceden unas detrás de otras sin agentes de cambio. Por eso, decía Sartre que Foucault era un antimarxista.

Fuente: https://filco.es/ 

sábado, 8 de agosto de 2026

FILOSOFÍA ESPAÑOLA

Atravesando los muros de la filosofía española

Estudiar la historia de la filosofía española no puede ser sino un acto de madurez, y esta «consiste, en gran medida, en atravesar los muros para comprobar que lo que había al otro lado era muy diferente a lo que imaginábamos». Este es el ejercicio que nos propone Víctor Méndez.

Diseño hecho con foto de Giner de los Ríos (izda., picryl, de dominio público) y Ortega y Gasset (dcha., en los años 20 del siglo pasado extraída de la Gran enciclopedia noruega, de dominio público), ambos representantes de la filosofía española. 

Este ejercicio es el de atravesar los muros de la filosofía española que, lejos de no tener tradición alguna, tiene una tradición tejida desde la intradición y la discontinuidad. Como diría Ortega, cerrarnos a esa tradición es privarnos de algo consustancial al ser humano: la continuidad que nos permite no solo abrazar, sino también discrepar del pasado.


Filosofía, política y educación

La historia de la filosofía española es una historia de problemas compartidos, de polémicas, discusiones, maestros y discípulos, donde la universidad será un escenario privilegiado. Y esta historia lo es también de la universidad. Una universidad que, si bien estableció la Sección de la Filosofía como la gran excepción, pues no preparaba a los estudiantes para desempeñar ningún trabajo concreto, también se construyó en torno a ella, tomándola como punto de referencia.

La universidad en este periodo (1843-1973) estuvo, además, profundamente entrelazada con una política española, que consideró que toda reforma política debía ser, en primer lugar, una reforma educativa. Pero, además, sufrió físicamente eventos como la guerra civil, con la destrucción de la facultad de Filosofía y Letras de Madrid, cuyos libros sirvieron para construir trincheras y parar las balas del ejército nacional.

Y es que los objetivos de la filosofía española, en un momento de construcción de un nuevo estado, eran inevitablemente políticos. Mientras el espíritu absoluto llegaba a Europa y deshacía las maletas, retrasaba su visita a España. Ese espíritu absoluto, que «si de algo carece, es de prisa alguna», fue sustituido al oeste del Mediterráneo por una reflexión sobre los problemas nacionales.

    La universidad entre 1843 y 1973 estuvo profundamente entrelazada con una política española, que consideró que toda reforma política debía ser, en primer lugar, una reforma educativa


Una historia de viajes y exilios

Sanz del Río, Giner de los Ríos, Ortega, Calvo Serer, Tierno Galván o Manuel Sacristán son algunos de los protagonistas que van desfilando por esta historia, y que se establecieron en las fronteras entre lo académico y lo político, transitando tanto las aulas como los periódicos y los ministerios. Es una historia que no por ser nacional deja de establecer relaciones y lazos de continuidad y discontinuidad con el resto de Europa y Latinoamérica. Una historia de viajes y de exilios que comienza cuando Sanz del Río, primer catedrático de Historia de la Filosofía, es obligado a viajar a Europa, y dar así «un paso atrás a fin de ganar impulso».

El libro nos muestra también el origen de algunos debates actuales, como el comienzo de la colaboración público-privada en la educación con la Institución Libre de Enseñanza o el primer «ataque a la filosofía» en 1866, por parte del gobierno de Narváez, que prohibía estudiar Filosofía a la par que otros estudios para aislar a la facultad que más protestaba contra el régimen.

También nos permite asistir, con horror, al retroceso que supuso la dictadura franquista, que eliminó toda posibilidad de disentimiento político-filosófico durante ese periodo en la universidad, pese al cual la filosofía se abrió camino.

Se trata de una lectura imprescindible que no se limita a la mera cronología, sino que, como toda buena historia, se parece más a un apasionante relato del que es difícil despegar la vista. 

 Fuente: https://filco.es/ 

lunes, 3 de agosto de 2026

TERRITORIO INDÍGENA

La cuestión del territorio desde el pensamiento indígena

Este artículo ofrece el comienzo del libro «Pensar desde tierras indígenas», de Juan Alejandro Chindoy Chindoy, un libro donde se insiste en esta pregunta: ¿cómo pensar el territorio más allá de lo físico, esto es, como una fuente de sentido existencial y comunitario, sin caer en el exotismo ni en la nostalgia colonial? Chindoy propone devolver al territorio su dimensión metafísica y crítica. Todo ello para orientarnos en un presente acosado por la crisis ecológica y el protagonismo individual. 

territorio 

 «Si se comprendiera el significado que entraña la idea de lo pasajero, tal vez se pensaría mejor en por qué se hacen las cosas que se hacen, en por qué se las dice como se las dice y en su para qué», decía la abuela de una comunidad indígena del piedemonte amazónico colombiano. Su mirada y el cuidado de sus palabras indicaban cierta tranquilidad forjada con los años. Hablaba en kamëntšá, un idioma aislado, en el filo de un vacío existencial, ignoto para las ciencias del lenguaje, pero de vital significado metafísico. En los sonidos de ese idioma que se apagan en cada generación y de los que la abuela hacía eco hay algo de verdad de la condición pasajera de lo humano. Al decir en kamëntšá Bëng achënunguanëng monbëm, literalmente «nosotros pasajeros somos», la abuela hacía referencia al trazo que deja un caminante cuando distrae su paso del camino señalado y lo atraviesa explorando un camino sinuoso sin perder de vista el horizonte. La expresión en ese idioma de la abuela subraya una minúscula certeza de la contingencia humana.

Según las reflexiones de la abuela, la existencia humana es a la vez profundamente significativa y estrechamente limitada en comparación con la existencia en general. Existir para ella es una idea extensiva, abarca más que ser, y se aplica a muchos entes. Ser denota una condición un tanto pasiva que está ausente en existir, una diferencia similar entre ver y observar. Observar denota más actividad que ver. Ignoro cómo empezaron a surgir tales especulaciones en la abuela. La hipótesis más verosímil es que provenga de sus andanzas y aprendizaje de idiomas indígenas que hacía. Sin embargo, tal vez se deba a su temperamento especulativo; una combinación inusual de fuentes no sería descartable. Recuerdo que era alentador escucharla en largas noches de conversa. Una vez nos reunimos un buen número de nietos y la abuela se quedó casi toda la noche explicándonos que existir se predica de muchos entes mientras que ser es predicado del restrictivo ámbito humano. Explicaba sus ideas con ejemplos simples. Para explicar por qué existir es más que ser decía que nosotros decimos lo que hacemos, lo que pensamos y soñamos, pero que nos cuesta atribuir esos predicados a las montañas, los ríos, las estrellas, las nubes y los árboles. Sería aún más trabajoso hacernos entender si atribuyésemos a esos entes los predicados de hacer, pensar, soñar, hablar, o recordar. Más difícil sería atribuir nuestros predicados característicos de nuestra existencia humana a los sueños, a los espíritus, a los duendes, a los espantos y a los miedos. Pero precisamente eso se debía a que consideramos el existir como algo que nos es propio, mientras que atribuimos la idea de que otros entes simplemente son. Si pensáramos que otras entidades no humanas existen como nosotros podríamos tal vez comprender que existir es más que ser. No estoy seguro de si en esas conversaciones podía seguir en detalle su argumentación porque el frío de la madrugada desviaba la atención hacia el fuego que se consumía. Mi prima Marta, a quien también le gusta estudiar filosofía y que escuchaba más atentamente que yo esas conversaciones de la abuela, me explicó hace poco las implicaciones que la abuela extraía de sus pensamientos.

Según Marta, una consecuencia de que existir sea más que ser es que existir humanamente es un asunto de gradación relacional, como un arcoíris cuyos colores aparecen más o menos intensos según la causa, el tiempo y el lugar en que se perciban. Tiene más sentido afirmar la intensidad de la luz del arcoíris cuando uno no está cubierto por sus colores. Para observar mejor algunas cosas es preciso a veces distanciarse de ellas. De forma análoga —explica Marta— tiene sentido contar la historia de la existencia humana en años, lustros o siglos o milenios cuando uno se para en el ámbito humano. Si fuese posible ubicarse en la perspectiva de existencia de otros entes, tales clasificaciones temporales tal vez pierdan algo de sentido. No recuerdo que la abuela haya realizado tales implicaciones, pero de escepticismo al observar esa inusual combinación de ideas, pero creo que las ideas a veces se entretejen inusitadamente, o se relacionan de forma espontánea. En todo caso, al recordar con Marta las conversaciones de la abuela, le cuento que para mí una de las lecciones inolvidables que nos dejó fue aquella en la que reflexionaba sobre la muerte.

La muerte para la abuela tenía dos connotaciones. La muerte física aparece cuando los sonidos de la boca ya no expresan los sonidos del corazón. La muerte metafísica ocurre cuando ya nadie es capaz de recordarnos, cuando ya no aparecemos de ningún modo en ningún lugar ni tiempo. En la muerte física se afirma el camino entre el recuerdo y el olvido. En la muerte metafísica, una sin tiempo y sin lugar, se manifiesta un olvido radical. Eso era justamente lo que la abuela intentaba señalar, a su manera, con sus especulaciones sobre la condición pasajera de lo humano que tiende a rechazar la muerte metafísica. Es posible que algunos de nuestros idiomas, algunas de nuestras voces puedan estar convalecientes o al borde de la muerte física. Pero desde ese reino seguirán hablándonos, incluso en nuestros sueños o en nuestras ideas sin conceptos, y mientras esos conceptos sean familiares nos seguirán preguntando por aquello que vale la pena y por aquello que tal vez sea mejor dejar pasar. Si llegaran a estar en ese ámbito de la muerte metafísica, esos idiomas y esas conceptualizaciones quedarían en nada, en la ausencia final.

Las especulaciones de la abuela no eran de convicción meramente intuitiva. De sus viajes aprendió a decir «muerte» y «vida» en varios idiomas indígenas. Creía que los nombres con que se designa la muerte acercaban el significado de la vida. No es que fuera coleccionista de expresiones sobre la muerte en distintos idiomas. Su propósito era buscar las experiencias de significado cobijadas con palabras. Nombrar la muerte era para ella dar un contorno de significado a aquello que de otra forma se difumina en nada, en una zona donde el concepto mismo pierde su silueta, difuminándose como el contorno del humo tenue de una lánguida fogata que a ella le gustaba tener encendida. Al preguntársele por el origen de sus especulaciones, en el rostro de la abuela se asomaba una nostalgia cercana. No relataba tiempos específicos, como mes, día o un año. Recordaba en cambio las constantes conversaciones que tuvo alrededor del fogón, en la maloca, en su chagra, en la montaña de las sierras andinas, en las mingas, y en las oscuras noches de invierno tropical de la Amazonía. Decía que había conversado en el río, con él, a su lado, en la montaña y junto a ella, en el desierto y a su paso. La fijeza de sus ojos oscuros y penetrantes daba la impresión de que había visto muchas cosas extraordinarias. Hablaba con una de esas pausas sabias que parecía indicar que en ella el pensamiento y la palabra no se separaban. Sabía del carácter interminable y de la cadencia espiral de una genuina conversa y también sabía concentrarse en sus propias especulaciones cuando las conversaciones no le interesaban. A veces pretextaba sueño y cansancio cuando no sabía cómo irse de un lugar en donde no quería estar o cuando notaba que la gente usaba palabras sin cuidado. Estimaba mucho las palabras, como si fueran sus amigas. Decía que algunas palabras eran como personas, con piel, sangre y hueso. Con algo de vida propia. Contaba que la palabra bien pensada y hablada hace que el pensamiento tome vida y, como si se tratara de una persona más, camine, se mueva y construya su propia edificación en alguna grieta de la imaginación de la que acudiría a un llamado amigable. También podría esconderse, como una persona que cierra la puerta de su casa y se queda en silencio para que nadie la perturbe.

Hablar de lo importante para la abuela era permitir que una idea adquiera una forma distinta, se vista, se engalane, y que, dependiendo del tono, la voz, la modulación, el matiz o énfasis con que se la enuncie, o incluso del silencio de su enunciación, ella pueda tomar vida propia y caminar un tiempo en el corazón y la cabeza de muchas personas. En su lógica era razonable también decir que algunas de estas ideas, como personas irrespetuosamente invasoras que construyen casas sin el mínimo permiso de la tierra, pueden perturbar el corazón y alimentar pesadillas. En tales casos, invocarlas amigablemente y llamarlas por su nombre era un primer paso para recordarles su condición pasajera de forma que su ímpetu impositivo se difumine. Aún así, algunas ideas podrían quedarse en las personas, enraizarse en sus cuerpos y quedarse allí, como prejuicios inveterados. Podría esperarse que con el paso generacional se transformen al habitar en otros cuerpos. Pero no estaba garantizado. Como las personas, las ideas podrían tomar rumbos inciertos.

Aseguraba también la abuela que ciertas ideas, al tener un mayor alcance explicativo, se asemejan a las luciérnagas intermitentes de las noches sin luna que se van desenvolviendo como de un sueño y que parecen alumbrar la intensa oscuridad. Algunas apenas logran iluminar y solo unas pocas pueden vivir por sí mismas. Aunque a ella no le interesara formular una teoría de la naturaleza de las ideas, era claro que prefería las de mayor alcance explicativo. Como si fuera una filósofa aguda como muchas de mis amigas, tenía una extraña predilección por lo abstracto que se afirma en lo concreto. El tsombiach —una faja tradicional indígena aún en uso en su comunidad— era su ejemplo favorito. Al preguntársele por algo que sea a la vez abstracto y concreto, ella señalaba pacientemente las figuras de las fajas que tejía, indicaba alguna figura con su mano y, sin perder la mirada de quien preguntaba, contaba que cada signo elaborado era un gesto abstracto que decía «esta es una historia» cuyo significado solo podría manifestarse cuando se contara la historia codificada en el signo, no en el mero acto de señalar el signo. Y remataba afirmando —el contenido del signo no es el signo—. Algo similar ocurría, según ella, con palabras como «muerte» y «vida». En su enunciación no se agota su significación. Nombre y significado son distintos. Algo similar identificaba en la expresión «territorio grande», en kamëntšá tsbatsanmamá. Una idea densa, que expresa el origen y fin mismo de todo lo que hace posible la existencia y sus sentidos, que parece perder algo de su significado profundo cuando las personas se empeñan en señalar que el territorio es un lote con mojones. Seguir preguntándole por el significado profundo del territorio a la abuela era un tanto inútil. Su edad se había convertido en razón para reclamarle al tiempo su propio olvido. A su cuerpo le atribuía el agotamiento y la causa por la que interrumpió sus viajes y visitas a sus amistades, compadres y comadres. Tal vez tenía alguna idea del significado profundo del territorio, pero no quería compartirla. Así son algunas personas de comunidades indígenas, especialmente cuando no han sido gobernantes en sus pueblos y han existido casi sin nombre. No dicen todo. No saben todo. No pretenden saber todo. Hay cosas que se guardan para ellas.

    Según las reflexiones de la abuela, la existencia humana es a la vez profundamente significativa y estrechamente limitada en comparación con la existencia en general. Existir para ella es una idea extensiva, abarca más que ser, y se aplica a muchos entes


La abuela murió hace un par de años

Imagino que hubiese sido de su agrado estar en una conversación de hace poco en Bogotá entre un wayúu y una inga. El wayúu decía que «territorio» se dice oumma’in en wayunaiki, algo más que espacio físico. Afirmaba que el territorio es aquello que confiere sentido a la existencia no exclusiva del ámbito humano. Es lo que sostiene el espacio físico de forma análoga a un cielo azulado que sostiene ingrávidas nubes o al concepto de mar que evoca algo más que agua en el Caribe. Sin el territorio en ese gran sentido, el sentido mismo de existir, de predicar existencia, resulta incomprensible. Limitar el significado de «territorio» a espacio físico es restrictivo. A lo sumo sería el relieve de un pensamiento fragmentado, un significado desvaído, maltrecho, como esas tierras fértiles que se ven agrietadas por una constante sequía. O como un espejismo en un desierto. Mientras asentía con un gesto comprensivo, la interlocutora inga usaba la expresión de origen quechua Nukanchipa Alpa, para acentuar el sentido de territorio que su interlocutor referenciaba. Ella decía que la expresión era bastante general, que rememoraba una casa grande en donde vivían grandes montañas, donde podía sin problema decirse que el sol es papá y la luna mamá, pero que denotaba el mismo significado de su interlocutor. Se trataba de una noción de territorio que se extiende más allá del espacio físico. Una idea grande que parece esconderse en las variadas denominaciones culturales con las que se expresa el significado de la tierra en el mundo andino.

Lo que pudo haber sido un intercambio lingüístico intrascendente aquella tarde se tornó en una inequívoca conversación filosófica con la intervención de otras personas. Un tercer participante, un hombre que aclaró que no pertenecía a ningún grupo indígena, sino a Latinoamérica. Al parecer lo indígena no parecía a sus ojos tan importante como el ser latinoamericano; uno de aquellos que al formular una pregunta se expresa con entusiasmo y digresión, afirmó comprender que el territorio entraña cercanía vital con un tiempo y un espacio propios, con modalidades culturales particulares. Dijo luego con vehemente certeza que tal idea no es exclusiva de las comunidades indígenas. Citó varios libros para respaldar su tesis, pero no los recuerdo. Aventuró luego una especulación sugerente respecto a la variación lingüística del territorio indígena. Sostuvo que el sentido amplio de «territorio indígena» podría referenciar la naturaleza ignota, indomesticada por el interés humano y que el sentido más cercano indicaba la naturaleza más familiar, la domesticada. Con un estupor que enrojeció su rostro, finalmente dijo que le resultaba asombrosamente denso que tal sentido de «territorio» sea comparable entre dos idiomas indígenas de escasa o nula familiaridad lingüística. Sugirió que era verosímil que se estuvieran haciendo inferencias precipitadas, sin la profundidad analítica que tal discusión requería. Solícito, se ofreció a realizarla si se lo permitían. Mayor fue su estupor al contestarle que su aventurada especulación explicativa de dos naturalezas separadas en términos de domesticación sugería que no había comprendido realmente el sentido de «territorio indígena» y que la evidencia lingüística contemporánea parecía ocultar una subyacente continuidad filosófica, eidética de «territorio», como si un telón de fondo semántico compartido se ocultara en la sinonimia transcultural. Como si la similitud conceptual de «territorio indígena» escondiera un rasgo filosófico compartido. Quien le contestó de esa forma parecía un filósofo indígena raro, joven y precipitado en su hablar, entrenado en contestar con las mismas palabras como algunas personas esperan que se les conteste para conversar entre iguales. No sé por qué el joven le contestó así al señor, pero creo que el interpelado pudo haber sostenido que su tesis inicial fue incomprendida, pero justo en este punto, una cuarta intervención de una mujer cercana a la antropología se adelantó y, tras una digresión aún mayor que la anterior, nos invitó a los presentes a leer a Viveiros de Castro y todo el giro ontológico —esas fueron sus palabras— en virtud de que, según ella, el antropólogo brasileño podría ayudarnos a explicar mejor lo que intentábamos, a su juicio, vagamente conceptualizar en ese auditorio que ya debía entregarse.

Pasó un tiempo desde aquella conversación y me encontré nuevamente con el wayúu y la inga. Les conté algunas de las anécdotas que aprendí de la abuela kamëntsá. El resultado de nuestros encuentros no era tan alentador. Casi nada de lo que decíamos era tan claro como al principio. Era como si una palabra nos llevara a otra por un laberíntico mundo de significados del que después no sabíamos cómo regresar, excepto recordando las tierras que confieren sentido a lo territorial. Con el paso del tiempo de conversa, empecé a escribir y ensayar posibles intentos de respuesta a las preguntas persistentes que nos acompañaron en muchos momentos.

Ahora que no tengo cómo preguntarle a la abuela kamëntsá, convertí las reflexiones en excusas para escribir. Pero no escribí todo. Dicho mejor, escribí todo, pero borré lo que no tenía sentido de ninguna forma. Me detuve en las preguntas que guiaron la conversa sobre territorio y que se convirtieron para mí en una especie de obsesión por decir algo con respecto a eso. Por eso escribí en el formato de ensayo, que, según se dice, ayuda a que las respuestas sean intentos. La primera de aquellas preguntas, ¿en qué medida puede decirse que la distinción semántica sobre «territorio indígena» es una característica genérica en el pensamiento indígena americano?, surgió del pensar en el profundo significado de las tierras que de una extraña manera se manifestaba en las distintas voces de las personas que referencié. No había llegado a una respuesta convincente para mí, y todavía no la tengo. Pero la pregunta misma me parecía digna de ser planteada en un contexto filosófico más amplio. No era mi propósito hacer una indagación histórica detallada para saber si la distinción lingüística entre espacio físico y territorio como sentido existencial podría ser una constante o un rasgo genérico en todas las comunidades indígenas americanas. Mi propósito era más bien pensar si la pregunta tenía sentido filosófico. Porque, aunque la distinción que hacen muchos pueblos entre espacio físico y territorio no era una novedad para quienes conocían algo de antropología o de comunidades indígenas, sí resultaba interesante que esa distinción se hiciera en el seno mismo de las comunidades y no solo en los escritos académicos. Además, era significativo que, pese a las diferencias culturales e históricas, varias comunidades hicieran una distinción similar. Esto sugería que tal vez no se trataba de una mera coincidencia o de un préstamo cultural, sino de una forma de pensamiento que podría denominarse «metafísica territorial indígena».

    El wayúu decía que «territorio» se dice oumma’in en wayunaiki, algo más que espacio físico. Afirmaba que el territorio es aquello que confiere sentido a la existencia no exclusiva del ámbito humano


Hay una extensa documentación del sentido amplio de «territorio» en comunidades indígenas de Asia, Europa, África y Oceanía. Sin embargo, en este libro me centro específicamente en comunidades indígenas americanas. Aunque me apoyo en una amplia literatura académica divulgada, no pretendo ofrecer un estado del arte del territorio indígena. Mi argumentación contiene una mezcla de la interpretación de conversaciones comunitarias compartidas y de lecturas propias. Escribo además a modo de ensayo porque las comunidades, pueblos o personas indígenas que menciono, incluso cuando no menciono sus nombres, son personas y comunidades con quienes he conversado y de cuyas voces hago eco en el formato en el que escribo. No es que crea que estoy hablando por ellos. Tengo claro que soy yo el responsable de lo que argumento, pero haría mal en atribuirme ideas que realmente han surgido de conversaciones en distintos lugares dentro de pueblos indígenas vivos. En muchos de los casos, he estado en sus casas y hemos tenido largas jornadas de recíproca conversación, casi siempre tensamente armoniosas. Aunque he sido cuidadoso en no interpretar erróneamente o citar sin permiso algunas historias, también soy consciente de que no me propuse investigar un tema y luego ir a las comunidades a preguntar. Lo que hacen mis ensayos es todo lo contrario: ofrecer una argumentación de las impresiones filosóficas que me ha dejado mi búsqueda constante por conocer qué aspectos filosóficos comparto con otras personas indígenas más allá del legado colonial que nos dejó el tan inconfundible y bello nombre de «indígenas».

Lo que no era tan claro era si estas manifestaciones culturales e históricas revelaban un rasgo genérico de la experiencia indígena. Tampoco era claro qué significaba «experiencia indígena». Incluso resultaba perturbador contemplar tal posibilidad de hablar de lo indígena en abstracto. El riesgo de un sesgo homogeneizador cultural estaba a la vista. Se vislumbraba la falaz consecuencia de creer que nuestros conceptos dicen todo lo que pretenden decir. Por otra parte, era claro que en muchos lugares ya se decía que el significado de «territorio», la idea misma, en los pueblos indígenas no podía limitarse al espacio físico. Preguntarse entonces por si las configuraciones históricas o del devenir cultural propio de los pueblos podrían amalgamar en una idea genérica era plantearse una pregunta filosófica por naturaleza. No se trataba de poner una etiqueta, sino de comprender si el devenir mismo de las comunidades presupone un rasgo distintivo que no se aleja de la historia particular pero que tampoco está plenamente determinado por ella. De otra forma, el eje interrogativo era si los significados transculturales de «territorio» elaborados por pueblos indígenas con sus particulares modalidades podrían ser interpretados en términos de una metafísica territorial indígena. No estaba claro si dejarse llevar por ese pensamiento llevaría a un camino un tanto infértil.

Cuando conté a amigos y colegas indígenas mis inquietudes y mis intentos de comprensión a través del lenguaje escrito, algunos dijeron con justificada razón que este tipo de preguntas solo podrían interesarle a alguien de filosofía. O a algún desocupado poeta, un errante. A otros les preocupaba que mis inquietudes no digan mucho de la «coyuntura indígena contemporánea». Para otros, aunque les parecía importante escribir sobre pensamiento indígena americano, creían que era mejor escribir sobre identidad, reconocimiento, y educación propia. Y mejor en idiomas indígenas. Algo más político, más vivo, menos filosófico. De estos amigos uno indicó que una manera de pensar mejor las cosas era escribirlas, incluso si la escritura misma al final es solo un pretexto para alentar al pensamiento a que descifre mejor sus propios códigos inquietantes. Incluso si no se publica nada y lo escrito se deja para luego ser arrojado en un estante, como esas cartas que se escriben y no se envían, y que solo aparecen para ser recicladas en un trasteo, debía alentarme a escribir. Me apoyé en ese consejo y escribí los tres ensayos que aquí presento.

El eje del primer ensayo está en la pregunta por si las formas de pensar desde tierras indígenas ayudan a diagnosticar algunas de las problemáticas del sentido existencial del presente indígena en un mundo globalizado, en un mundo que se afana por asignar etiquetas, roles y lugares a alguien, como si se temiera vivir en un limbo existencial. Argumento allí que algunas de nuestras fragmentaciones comunitarias indígenas, nuestra dispersión y nuestros dramas internos e intergeneracionales, pueden evaluarse en términos del significado de la existencia territorial que se continúa discutiendo en las mismas comunidades. Basándome en algunas conversaciones y en mi interpretación de las discusiones que teníamos de puertas adentro, argumento que una suerte de olvido territorial, voluntario o involuntario, es explicativo de las complejas realidades intergeneracionales en los pueblos indígenas. Pienso que hacerse eco de las fuentes de vida y prácticas colectivas que emergen de los pueblos y que los sostienen filosóficamente podría contribuir a que el cálido fogón del territorio continúe siendo cuidado, críticamente repensado y compartido, incluso fuera de las tierras que inicialmente configuraron un primer sentido de hogar existencial. No es mi argumento que el énfasis territorial deba necesariamente expresarse en términos de un lugar físico concreto. Es más bien que el significado del territorio, la idea de territorio como gran casa, si bien no debe traducirse en la ocupación de un espacio concreto, es una idea filosófica que nos permite repensar los sentidos de nuestra propia existencia individual y colectiva en este planeta.

    Cuando conté a amigos y colegas indígenas mis inquietudes y mis intentos de comprensión a través del lenguaje escrito, algunos dijeron con justificada razón que este tipo de preguntas solo podrían interesarle a alguien de filosofía


El segundo ensayo es una reflexión sobre la responsabilidad del lenguaje con el que nos referimos cuando hablamos de conocimientos indígenas. Argumento en este ensayo que, aunque el pensamiento indígena puede contribuir significativamente a recordarle al ser humano contemporáneo sus raíces y vínculos con la tierra, tal contribución debe realizarse con cuidado crítico y con una mirada amplia para no caer en una especie de exotismo intelectual tanto por personas indígenas como por no indígenas. Pienso que, aunque en algunos contextos sea razonable que personas de comunidades indígenas nos dediquemos a pensar en nuestras realidades inmediatas, en muchos casos por obvias razones de supervivencia cultural, la conversación no puede permanecer allí. En un mundo en el que estamos igualmente afectados por una crisis ecológica global y por estructuras de poder económico que permean indefectiblemente incluso nuestras esferas más privadas, excepto en casos muy excepcionales, no es posible pretender que siendo personas indígenas no estemos afectados en modo alguno por tales estructuras. Por esta razón, pienso que puede resultar contraproducente ignorar que nuestras respuestas al sentido mismo de la existencia hoy son también respuestas a condiciones históricas que nos han afectado y no respuestas que se han mantenido inamovibles en la historia. En este sentido, mi análisis valora positivamente los conocimientos de muchas personas indígenas que sugieren que nuestras raíces indígenas les recuerdan al ser humano distraído por el mundo externo y desaforado por encajar en la lógica de la competencia sin sentido, que hay una manera distinta y más profunda de vivir plenamente como seres humanos y que los conocimientos cumplen una función importante en ello. Sin embargo, también indica que esta contribución no puede ocultar las formas de cómo estamos planteando esas conversaciones internamente, dentro de las comunidades que nos vieron nacer.

El tercer ensayo es un boceto de metafísica territorial indígena. Se trata de un texto acerca del sentido y significado de la idea de territorio indígena. Más que elaborar un reporte exhaustivo de todo lo que se ha publicado sobre territorio indígena en el mundo académico o de señalar que algunas conversaciones que referencio sean epítome de filosofía indígena, propongo en este último ensayo que el territorio indígena sea leído a la vez como una categoría crítica de análisis filosófico y como una perspectiva vital de significado humano que emerge de pueblos indígenas. Como categoría crítica de análisis filosófico busca centrar una mirada crítica a las formas de pensamiento que imaginan prístina, encerrada en sí misma, inconmensurable e intocable cualquier manifestación filosófica proveniente de los pueblos indígenas, un legado colonial que aún persiste y que se usa con distintos fines tanto por indígenas como por no indígenas. Lo que comenté de la abuela al comienzo de esta introducción es un claro ejemplo de la vitalidad misma del pensamiento filosófico de las comunidades indígenas y de un carácter especulativo propio, emergente de tiempos y espacios concretos que no se quedan estancados. En tanto perspectiva vital de significado humano, el territorio pretende subrayar tanto las expresiones culturales en las que se manifiesta la idea misma de territorio como la necesidad de recordar a cualquier humano que esta casa planetaria común sea repensada como un hogar, nuestro hogar común.

Si bien cada ensayo aborda distintas dimensiones del territorio indígena, de las experiencias de olvido y del significado de conocimientos, mi estilo de escritura busca continuar el tenue hilo de reflexividad filosófico de la abuela que referencié al comienzo. Me he propuesto estirar un hilo narrativo argumental haciendo explícitas otras conversaciones filosóficas con personas y colectivos indígenas americanos cuyos nombres he preferido no mencionar sin su permiso. Los ensayos se nutren también de conversaciones académicas con personas para quienes la filosofía les resulta cálida o dolorosamente cercana y de quienes he recibido con beneplácito las variadas recomendaciones de libros y artículos de investigación que referencio. En algunos casos cito fuentes que no sean extensas. En la medida en que mi interés central es presentar los argumentos generales desde tierras indígenas con un enfoque filosófico que permita continuar la conversación sobre territorio, formas de olvido y conocimientos, tanto en el horizonte interpretativo indígena en el que escribo como en el mundo más extenso de ideas filosóficas, trato de prescindir de un lenguaje técnico o académicamente especializado que pueda hacer perder el argumento general. A veces menciono expresamente los lugares donde se desarrollaron algunas conversaciones, pero omito deliberadamente gran parte de las fechas y motivos anecdóticos de encuentro que las propiciaron.

He querido que las impresiones, conversaciones y discusiones provenientes del mundo indígena se enlacen con el estilo argumental de tinte filosófico. Tanto los episodios reflexivos de abuelas y abuelos, amigos y amigas indígenas, como mis lecturas de textos clásicos de filosofía que se leen en cualquier universidad de raigambre occidental han inspirado mi escritura. Si esa combinación de fuentes resulta adecuada, favorable o suficiente para la argumentación filosófica que aquí realizo será algo que deba examinar después. Por ahora me es suficiente con decir que cualquier error interpretativo de alguna fuente, toda falta de claridad en la argumentación, insuficiencia de fuentes reflexivas, o ligereza en el análisis es solo mi responsabilidad, y que aspiro a enmendar tales deficiencias a través del diálogo que espero suscite lo que aquí he escrito.

Fuente: https://filco.es/ 

CONOCIMIENTO INDÍGENA

Cómo el conocimiento indígena cambia la mirada

Tyson Yunkaporta acudió a la escritura buscando traducir el conocimiento indígena al lenguaje de los ocupantes y encontró que la verdadera sabiduría no está en los contenidos, sino en los patrones de conexión. Lo que para muchos sería una contradicción —un aborigen que escribe en la lengua del colono—, para él se convierte en una oportunidad filosófica: el pensamiento más radical no consiste en poseer conocimiento, sino en aprender a moverse con él. Este es el comiendo del libro «Escrito en la arena», de Tyson Yunkaporta. 

Diseño extraído del propio libro de Yunkaporta (licencia CC). 

 A veces me pregunto si los equindas sufren el mismo tipo de delirios que padecen muchos seres humanos: creer que su especie y su inteligencia son el centro del universo. Son bastante listos, pues su córtex prefrontal, la zona del cerebro dedicada al razonamiento complejo y la toma de decisiones, es proporcionalmente mayor que el de cualquier otro mamífero en relación con el tamaño de su cuerpo. Para las labores de procesamiento más complejas, los equindas utilizan hasta el cincuenta por ciento del cerebro. Los seres humanos no utilizamos ni siquiera el treinta por ciento.

Al reconocer este detalle, rindo honor a los seres totémicos sentientes de toda Australia, donde los equidnas siguen las líneas de canción marcadas por la creación: las líneas de canción son una especie de mapas de historias portadoras de conocimiento, algo así como una energía que se manifiesta al unísono en la mente y en la tierra como Ley y que conforma una red a lo largo y ancho de los territorios tradicionales de los aborígenes australianos.

Tal vez quien lea este texto también quiera rendir homenaje a los pueblos y demás seres de todo el mundo que respetan la ley de la Tierra.

A los ancianos y custodios tradicionales de todos los lugares donde se escribe y se lee este libro.

A los ancestros, a los antepasados de todos los pueblos que hoy viven en este continente y en sus islas.

A nuestros parientes no humanos, entre ellos las diversas especies con púas de todo el mundo, los puercoespines y erizos que husmean el suelo en busca de hormigas y después hacen Dios sabe qué cuando no los vemos.

No sé por qué Stephen Hawking y otros científicos se han preocupado tanto por si hay seres superinteligentes que vayan a venir aquí desde otros planetas y quieran utilizar sus conocimientos avanzados para infligir al mundo lo que la civilización industrial ya le ha hecho. Aquí ya hay seres con una inteligencia superior, siempre los ha habido. Solo que todavía no la han utilizado para destruir nada. Pero si se cansan de la incompetencia del ser humano domesticado, tal vez lo hagan.

A lo largo de las profundidades del tiempo los seres humanos han evolucionado en el seno de culturas complejas y localizadas en determinados territorios hasta desarrollar un cerebro con capacidad para realizar más de cien billones de conexiones neuronales, de las cuales ahora solo utilizamos una pequeñísima parte. La mayoría de nosotros hemos sido desplazados de aquellas culturas originarias, lo que ha dado lugar a una diáspora global de refugiados amputados no solo de la tierra, sino también del auténtico espíritu que se deriva de pertenecer a un territorio con el que se mantiene una relación simbiótica. En la Australia de los aborígenes, nuestros Ancianos nos cuentan historias, relatos antiguos que nos advierten que si no nos desplazamos con la tierra, la tierra nos desplazará. Nuestros asentamientos y las civilizaciones que los engendran no tienen nada de permanente. Tal vez la razón por la que todas las potentes herramientas de observación que apuntan al cielo no han sido capaces de detectar civilizaciones alienígenas altamente tecnologizadas sea que esas sociedades insostenibles no duran lo suficiente para dejar un rastro cósmico. Una idea inquietante.

Quizá tengamos que revisar los brillantes senderos de pensamiento de nuestros ancestros paleolíticos y recuperar unas cuantas funciones cognitivas para corregir los absurdos trastornos que ha producido la civilización, antes de que los equidnas decidan echarnos a todos y asumir el mando como especie custodia de este planeta.

Los relatos que hoy definen nuestro pensamiento describen una eterna batalla entre el bien y el mal, nacida de un pecado original. Pero esos términos no son más que simples metáforas de algo bastante más difícil de explicar: una exigencia relativamente reciente para imponer orden y simplicidad a la complejidad de la creación, una necesidad nacida de una antigua semilla de narcisismo que ha prosperado debido a un nuevo desequilibrio en las sociedades humanas.

El universo y todo lo que contiene siguen un patrón. Hay sistemas de conocimiento y tradiciones que siguen ese mismo patrón para mantener el equilibrio, para mantener a raya las tentaciones del narcisismo. Pero recientemente han aparecido tradiciones que echan abajo los sistemas de creación como lo haría un virus, infectando de una simplicidad artificial esos patrones complejos, ejerciendo un control civilizador sobre lo que algunos consideran un caos. Los sumerios fueron los primeros. Los romanos perfeccionaron ese quehacer. La angloesfera lo heredó. Ahora el mundo está enfangado en esa simplicidad.

En realidad, la guerra entre el bien y el mal es una imposición de la estupidez y la simplicidad sobre la sabiduría y la complejidad.

Un conjunto de páginas llenas de marcas que representan sonidos del habla supone una forma complicada de comunicarse, sobre todo si queremos transmitir una idea práctica del patrón de la creación para tratar de arrojar luz sobre las actuales crisis a las que se enfrenta el mundo. Es una forma complicada, no compleja. Son dos cosas muy diferentes. Ver el mundo a través de la lente de la simplicidad parece complicar siempre más las cosas, pero al mismo tiempo volverlas menos complejas.

Para un aborigen australiano originario de una cultura oral enormemente interdependiente e interpersonal, escribir símbolos de sonidos del habla para que los lean unos extraños complica las cosas. Y esto se acentúa aún más cuando al público lector le preocupa la autenticidad y la posición concreta del autor como miembro de una minoría cultural que ha perdido el derecho a definirse a sí misma. La capacidad de escribir con fluidez en la lengua de la potencia ocupante parece contradecir la pertenencia de un autor aborigen a una comunidad a la que se considera incapaz de escribir siquiera sobre sí misma. De manera que, llegado a este punto, tendré que explicar quién soy y cómo terminé escribiendo este libro.

    En realidad, la guerra entre el bien y el mal es una imposición de la estupidez y la simplicidad sobre la sabiduría y la complejidad


En mi mundo, yo me conozco a mí mismo por cómo me conoce mi comunidad: un chico que pertenece al clan apalech, del oeste del cabo York; un hablante del idioma wik-mungkan que tiene vínculos con muchos grupos lingüísticos de este continente, algunos de ellos adoptivos. Algunos de esos vínculos adoptivos son informales, como los que tengo en Nueva Gales del Sur y en Australia Occidental, pero mi adopción tradicional por los apalech hace dos décadas se rige por la Ley Aborigen, que es estricta e inalienable. Esta Ley me impide identificarme con afiliaciones de linajes noongar/koori/escocés y exige que asuma exclusivamente los nombres, roles y genealogías que demanda el hecho de pertenecer al clan apalech.

Lo cumplo pase lo que pase, aun cuando sé que no todo el mundo lo comprende y me hace parecer ridículo: mientras que la gente del sur me dice que parezco indio, aborigen, árabe o latino cuando estoy junto a mi padre adoptivo, que tiene la piel muy oscura, parezco Nicole Kidman.

La historia de mi vida no sirve para salvar a nadie ni resulta en modo alguno edificante, por lo que no me gusta contarla. Me avergüenza y me traumatiza y debo protegerme tanto a mí como a quienes han sido vapuleados por los huracanes de esta caótica historia colonial. Pero no sé por qué la gente insiste en conocerla antes de leer mi obra, de manera que contaré la versión resumida.

Nací en Melbourne, me trasladé al norte de Australia cuando era niño y me crie en una docena de comunidades remotas o rurales de toda Queensland, desde Benaraby hasta Mount Isa. Tras un exigente y a menudo horrendo período de escolarización, finalmente me soltaron al mundo, al que llegué siendo un joven machote enfadado, en medio de un vendaval de puños y de disforia cultural. Para hacerse una idea más ajustada de lo que sucedía basta mezclar lo peor de las películas Guerreros de antaño, Conan el bárbaro y Uno de los nuestros. De pequeño no era un niño alegre, y tomar el control de mi vida siendo ya legalmente adulto no mejoró mi actitud. De eso no culpo a nadie más que a mí mismo.

Encontrar a mi «tribu» en el sur y volver a conectar con ella no cumplió lo que auguraban las fantasías de regresar a casa que durante tanto tiempo había imaginado, lo cual me dejó un devastador sentimiento de soledad. Pero tampoco todo fue malo. Tuve la suerte de recabar mucho conocimiento cultural, fragmentario y localizado en el territorio acerca del cuál había sido la travesía de mi vida hasta ese momento. En la década de 1990 trabajé de maestro; era responsable de programas de apoyo escolar a los niños aborígenes de los centros, donde enseñaba teatro e idiomas, fabricaba diyeridús, lanzas y bilmas, bailaba en reuniones y ceremonias sagradas, cazaba canguros y realizaba las exóticas actividades propias de mi cultura que había ido aprendiendo a lo largo de los años. Pero todo aquello resultaba inconexo y vacío, no eran más que unos cuantos elementos dispersos y para el escaparate. Cuando lo pienso, me avergüenzo de ello.

Aunque en medio de todo aquel caos conseguí, no sé cómo, estudiar, casarme y tener dos hijos preciosos, mi vida había estado tan marcada por una pauta de violencia y consumo de sustancias que yo ni siquiera era una persona real: tan solo un manojo de reacciones extremas e ira. A los veintimuchos años me vi de nuevo en el norte del país, siendo un canalla sin familia ni propósito en la vida. Había vivido demasiado tiempo con la etiqueta de «medio aborigen», o de «manchado de alquitrán», y las instituciones en las que trabajaba o estudiaba se mofaban de mí. No llevaba bien los interminables ciclos de interrogatorios sobre mi identidad. «No eres blanco, ¿de qué nacionalidad eres? ¿Eres aborigen? Qué va, pareces blanco. ¿Cuánto porcentaje de aborigen tienes? Bueno, todos llevamos un poco. La mayoría de los australianos blancos podrían obtener un certificado de aborigen si se hicieran un análisis de sangre y reconstruyeran su árbol genealógico».

    Había vivido demasiado tiempo con la etiqueta de «medio aborigen», o de «manchado de alquitrán», y las instituciones en las que trabajaba o estudiaba se mofaban de mí. No llevaba bien los interminables ciclos de interrogatorios sobre mi identidad. «No eres blanco, ¿de qué nacionalidad eres? ¿Eres aborigen? Qué va, pareces blanco. ¿Cuánto porcentaje de aborigen tienes?


Allá, en el norte, la violencia racista que encontré me llevó al límite. Desarrilé por completo y aquello casi supuso el final de todo. Una noche espantosa, Papá Kenlock y Mamá Hersie me encontraron en un momento de peligro en el que podría haberme autolesionado y me salvaron la vida. El año anterior habían perdido a su hijo pequeño —tenía mi edad cuando pasó por la misma situación— y decidieron educarme como si fuera su hijo. Desde entonces, soy su hijo.

Esa familia se convirtió en el centro de mi vida, alrededor del cual giraba, viviendo más tiempo en cabo York que en cualquier otro lugar en el que hubiera vivido antes y viajando al sur con algunos familiares para que se quedaran allí conmigo cuando me iba a trabajar en diferentes empleos temporales. Aquello les daba acceso a una educación y unos servicios de calidad que no había en nuestra comunidad del norte. Tampoco había allí ningún trabajo realmente provechoso, de modo que Papá Kenlock me dijo que utilizara mis conocimientos para «luchar por los derechos y la cultura de los aborígenes».

Viajaba regularmente desde mi hogar habitual para trabajar con grupos y comunidades indígenas de toda Australia, mientras mis pobres hijos, su madre y mi familia extensa soportaban mis prolongadas ausencias. Obtuve mucho conocimiento, pero pagué un precio por ello. Tuve que trabajar y estudiar mucho para poder mantener a mis hijos y mi familia extensa, que dependían de mí. Pero también tenía que vivir y crecer en mi cultura. Ambas cosas son relevantes. Sin embargo, nadie puede hacer las dos sin que se deterioren sus relaciones más importantes. Al final, el intento me costó el matrimonio. Falté a muchos funerales y cumpleaños, y en mi comunidad pasé a convertirme en el ejemplo vivo de una advertencia: «Demasiado trabajo y demasiada formación… nada bueno… acabarás como el hermano Ty».

Pero lo que conseguí era muy importante. Durante buena parte de aquella época viví a la intemperie y forjé lazos estrechos con muchos Ancianos y custodios del conocimiento de toda Australia, que me enseñaron más cosas sobre la Ley tradicional: la Ley de la tierra. Trabajé con lenguas, escuelas, ecosistemas, proyectos de investigación, tallas de madera, asociaciones filantrópicas y líneas de canción aborígenes.

En mis viajes aprendí que lo que nos enseñaba y sustentaba era nuestra forma de comportarnos, no nuestras posesiones. Entonces empecé a buscar palabras e imágenes para expresar esos patrones de pensamiento, existencia y comportamiento, que por lo general son invisibles y están ensombrecidos por esa manía de centrarse en elementos y actos más exóticos. Comencé a traducir aquellas ideas a la lengua inglesa para que los demás pudieran comprenderlas y para que nuestra propia gente pudiera reivindicarlas; lo hice a base de terminar másteres, grados y doctorados universitarios, también publicando artículos. Poco tiempo después de mudarme a Melbourne empecé a escribir artículos fundamentados en este punto de vista, de modo que pasé algún tiempo viviendo y trabajando en mi tierra natal. Me pidieron que escribiera un libro sobre los artículos que publiqué en aquella época… y aquí estamos. Estoy escribiendo esto justo un poco más allá del lugar en el que nací, mientras me esfuerzo por adaptarme a la vida urbana y arreglo los desaguisados que he cometido en las cinco últimas décadas.

Como decía, este no es un relato edificante sobre la redención, tampoco sobre el triunfo ante la adversidad. No represento una historia de éxito, no soy un ejemplo, ningún experto ni nada que se le parezca. Todavía soy un chico desabrido y con un pronto fácil al que aterroriza el mundo; aunque ahora ese carácter se ha visto un tanto atemperado por un núcleo de sosiego e inteligencia que mi familia se ha esforzado mucho en hacerme desarrollar. Esto es lo que me lleva a seguir respirando, junto con toda una red de relaciones y afiliaciones culturales desplegada por todo el continente y con las que tengo obligaciones que me exigen que transite el mundo con cuidado y respeto. O que trate de hacerlo, pues no siempre lo consigo. Pese a todo, sé que hay muchas personas que me cuidan y me defienden, y que cuando viajo por ahí habrá siempre un poco de comida, alguien con quien conversar y una cama donde pueda dormir. Mi mujer, mis hijos y mi comunidad me sostienen y me guardan las espaldas, igual que yo guardo las suyas. Sé quién soy, de dónde soy y cómo me llamo. Y con eso basta.

De todas formas, cuando estoy lejos de mi comunidad me encuentro con personas que pretenden encasillarme en categorías inusuales, y hasta yo mismo no consigo decidir cómo calificarme. Muchas veces tengo que llamarme Bama porque en el sur algunas personas mayores han insistido en llamarme así. Da igual que sepa que esa palabra significa simplemente «hombre» o que lo pronuncie con una p en lugar de con B. O que en mi comunidad la única situación cultural en la que una persona se calificaría realmente a sí misma como pama es cuando está intentando provocar una pelea y quiere proclamar su excepcional hombría: «Ngay pama! ¡Soy un hombre!». O que en realidad yo no sea un iniciado, lo que significa que a mis cuarenta y siete años todavía tengo los conocimientos culturales y el estatus de un chaval de catorce. En el espacio de iniciación que había en mi tierra construyeron una piscina, así que ya no se celebra ese tipo de ritos de paso. Pero cuando estoy en Roma trato de hacer como los romanos: de modo que soy un Bama, lo que en la mayoría de las presentaciones exige que trocee mi identidad en pedazos más fáciles de asimilar.

Hablando de Roma, hay que reconocer que no es nuevo que las culturas imperialistas impongan clasificaciones a los pueblos indígenas. Los romanos clasificaron a los galos en tres grupos: galos con toga (básicamente, romanos con bigote), galos de pelo corto (semicivilizados) y galos de pelo largo (bárbaros).

Aunque he pasado buena parte de mi vida en Australia siendo un galo de pelo largo, ahora tengo que poner en duda mi derecho a afirmarlo. Para ser honesto conmigo mismo, debo reconocer que no recuerdo cuál fue la última vez que comí tortuga excepto en un funeral; quiero decir, como forma de vida real más que como un modo de recordar a personas y rememorar otros tiempos. Tengo los pies, las manos y el estómago suaves y utilizo el término «neoliberalismo» con mucha más frecuencia que la palabra miintin (tortuga). Quizá de vez en cuando piense: «Vaya, ahora es temporada de recoger huevos de tortuga y ñames y los banquetes de cerdo salvaje alimentado con ellos tendrán una grasa ciertamente suculenta. Ahora también podría ir a buscar sacos de azúcar (miel silvestre)». Pero en este preciso momento estoy en un tren de camino a Melbourne para ir a trabajar porque no tengo paciencia ni disciplina para consumirme en un programa de trabajo para desempleados de una comunidad remota, a la espera de que llegue el fin de semana para dedicarme a cazar cerdos. Debo reconocer que tengo algo de galo de pelo corto.

    Mi mujer, mis hijos y mi comunidad me sostienen y me guardan las espaldas, igual que yo guardo las suyas. Sé quién soy, de dónde soy y cómo me llamo. Y con eso basta


Pero pensémoslo un poco: ¿a qué tipo de galo se dirigiría un romano si quisiera buscar en el Conocimiento Indígena soluciones para una crisis de su civilización? Por supuesto, los romanos no buscaron nada que se pareciera al Conocimiento Indígena, lo cual contribuiría a explicar por qué su sistema se vino abajo al cabo de tan solo mil años. Y si lo hubieran buscado, ¿qué galos les hubieran ofrecido las soluciones que necesitaban? Los galos de pelo largo quizá les habrían enseñado a gestionar los pastos y las manadas de caballos a perpetuidad, pero como esos galos no sabían cuáles eran las necesidades del imperio —ya fuera en lo que se refiere a la distribución de grano o a los derechos de tierra para los sabios y veteranos—, su consejo tal vez habría resultado interesante, pero imposible de aplicar. Los galos con toga habrían sido los más adecuados a quienes preguntar por la verdadera naturaleza de la externalización de la recaudación de impuestos en las provincias (aunque, al principio, habrían tenido que torturarlos un poco), pero estos otros galos aceptaban tantos sobornos y compensaciones por eliminar su propia cultura que habrían aportado muy pocas soluciones posibles procedentes del Conocimiento Indígena.

Por otra parte, los galos de pelo corto eran portadores de un conocimiento indígena demasiado fragmentario y sin duda estarían haciendo demasiados esfuerzos para convivir con la dura realidad de la transición a la romanización como para ofrecer alguna clase de idea híbrida; tal vez algún que otro consejo innovador para la sostenibilidad de ese imperio condenado al fracaso que había ocupado sus tierras, su corazón y su mente.

Como es natural, las categorías simplistas que clasifican a los pueblos ocupados según su grado de domesticación no reflejan las complejas realidades de las comunidades, identidades y conocimiento indígenas contemporáneos. En Australia, ciertamente no sirven.

Nuestra compleja historia como pueblos aborígenes australianos no se ajusta a la mayoría de los criterios que los colonos exigen para darles carta de autenticidad y reconocerlos. El «yo» indígena que los forasteros han diseñado para que los programas de autodeterminación les resulten fiables no refleja nuestra realidad. Ni siquiera su forma de agruparnos en «naciones» independientes (para negociar el soporte jurídico de unos Títulos de Propiedad Indígenas que facilitaran la extracción de mineral) refleja la complejidad de nuestra identidad y conocimientos. Todos hemos tenido alguna vez múltiples afiliaciones e idiomas, en virtud de los cuales nos agrupamos periódicamente con diferentes grupos para comerciciar o unirnos en matrimonio, o mediante las habituales adopciones entre miembros de esos grupos, algunos de ellos de Asia o Nueva Guinea. Sé que para muchas personas hay elementos de esas leyes y costumbres que todavía rigen. Y yo soy una de esas personas.

Pero también sé que el espantoso proceso de ocupación europea supuso la expulsión de la mayoría de nosotros de nuestras comunidades de origen, muchos con destino a reservas e instituciones muy alejadas de nuestro hogar, en el marco de programas de asimilación forzosa. Se intentó llevar a cabo un genocidio biológico haciendo un esfuerzo generalizado por eliminar la piel oscura mediante «crianza selectiva», una política de la que las infames Generaciones Robadas solo representan una pequeña parte. Para muchas mujeres, casarse o someterse a varones colonos para que sus hijos pasaran por blancos fue la única forma que encontraron para sobrevivir a este apocalipsis mientras esperaban tiempos mejores para regresar a casa.

    Pero también sé que el espantoso proceso de ocupación europea supuso la expulsión de la mayoría de nosotros de nuestras comunidades de origen, muchos con destino a reservas e instituciones muy alejadas de nuestro hogar, en el marco de programas de asimilación forzosa


Así que el reciente requisito de «autenticidad» que exige acreditar una tradición cultural ininterrumpida que se remonte hasta el origen de los tiempos es una exigencia impuesta que a la mayoría nos resulta difícil cumplir, pues lo cierto es que tenemos afiliaciones con múltiples grupos, afiliaciones que a su vez se ven interrumpidas durante algunos períodos. La seguridad de muchas personas se vería comprometida si hablaran de estas traumáticas relaciones, mientras que otras reivindican vínculos y conexiones que no pueden acreditar con demasiada certeza.

¿Cómo podríamos identificar y utilizar los diversos conjuntos de conocimiento indígena dispersos por todo este caleidoscopio de identidades? No mediante una clasificación simplista, sin duda. Si miramos a través de la lente de la simplicidad, los contextos históricos de interconexiones y turbulencias quedan marginados y la autenticidad del Conocimiento Indígena así como la identidad vienen determinadas por una ilusión de aislamiento provinciano, un fragmento más de exotismo primitivo que hay que examinar, etiquetar y exhibir. En ambos lados de la frontera cultural hay vigilantes celosos, suprimiendo elementos. La mayor parte del conocimiento que sobrevive a este proceso queda reducido a contenidos básicos, artefactos, recursos y datos, todo ello dividido en extrañas categorías para que sea almacenado o saqueado, según convenga. Nuestro conocimiento solo se valora si está fosilizado, mientras que nuestras costumbres y patrones de pensamiento en evolución se consideran con desagrado y escepticismo.

No puedo participar en este diálogo desigual entre ocupantes y ocupados. Para empezar, no soy un manth thaayan: alguien que pueda hablar por el conocimiento cultural. Soy un «hermano menor», así que según nuestras costumbres ese papel no está a mi alcance. Puedo hablar desde el conocimiento, pero no en nombre del conocimiento ni de todos sus detalles. Sin embargo, sí puedo hablar de los procesos y patrones que conozco por mi práctica cultural, desarrollada a partir de las diferentes afiliaciones que he sostenido con mi comunidad originaria y con otras comunidades aborígenes de todo este continente, entre ellas los pueblos nyoongar, mardi, noongar y koori.

Nuestro conocimiento pervive porque todo el mundo es portador de una parte, por fragmentaria que sea. Si queremos ver el patrón de la creación hablamos con todo el mundo y escuchamos atentamente. Es fácil verificar si los procesos de conocimiento son auténticos cuando se está familiarizado con ese patrón, pues cada una de las partes refleja el diseño de todo el sistema. Si el patrón está presente, el conocimiento es verdadero, tanto si el hablante lleva una falda de hierba, traje y corbata o un uniforme escolar.

Así que le doy la vuelta a la lente y miro desde el otro lado. No voy a hablar de los sistemas de Conocimiento Indígena para que un público de ámbito mundial se haga una idea de lo que es. Voy a examinar los sistemas mundiales desde la perspectiva del Conocimiento Indígena. Los símbolos de la imagen me ayudan a expresar este concepto central empleando un gesto de la mano.


FILOSOFÍA&CO - imagen 3


El lector podría interpretar este gesto físico como un texto viviente asemejando esta imagen, la de la mano izquierda hacia un lado y con los dedos juntos, con la representación de una página o una pantalla, o con el conocimiento basado en términos generales en lo impreso. Y la de la mano derecha, con los dedos separados a modo de plantilla para dibujar sobre roca, con la representación de las culturas orales y los conocimientos de los aborígenes australianos. El primer gesto requiere colocar la mano con los dedos juntos a cierta distancia de los ojos, lo que aporta perspectiva para contemplar la mano cerrada.

Esta es la perspectiva básica que adoptaré en este libro. Para evitar que se pierda en el vacío de lo impreso, he basado cada capítulo en determinados intercambios con la cultura oral: una serie de narraciones de diferentes personas, todas las cuales me hacen sentir incómodo. Converso con esas personas porque ensanchan mi pensamiento mucho más que quienes sencillamente saben lo mismo que yo. A algunas de esas personas las llamaré por su nombre, mientras que muchas otras han preferido no quedar atrapadas en lo impreso y adheridas a un instante de pensamiento particular por lo que han optado por habitar calladamente en la práctica cultural generativa de las narraciones que expresan. Esa especie de fábulas trenzadas son como conversaciones, pero adoptan la forma tradicional que hemos utilizado siempre para crear y transmitir conocimiento.

Antes de volcar a lo impreso las secuencias lógicas y las ideas que emanan de estas narraciones, las he tallado en objetos tradicionales para cada capítulo. Lo he hecho para impedir que mi perspectiva, propia de una cultura oral, se fragmente y se deforme al escribir.

    La mayor parte del conocimiento que sobrevive a este proceso queda reducido a contenidos básicos, artefactos, recursos y datos, todo ello dividido en extrañas categorías para que sea almacenado o saqueado, según convenga. Nuestro conocimiento solo se valora si está fosilizado, mientras que nuestras costumbres y patrones de pensamiento en evolución se consideran con desagrado y escepticismo


Para esta introducción, por ejemplo, dediqué un par de estaciones del año a fabricar escudos de corteza de árbol con mi cuñado Hayden Kelleher y con un artista worimi llamado Adam Ridgeway. Adam y yo trenzamos una conversación sobre todo lo que me preocupaba de escribir este libro y qué tendría que hacer para protegerme. Arrancamos corteza de eucaliptos rojos en la estación adecuada, cuando la savia circulaba por el árbol, los tejones australianos merodeaban por ahí y las aves lira estaban inmersas en la temporada de apareamiento. Moldeamos la corteza en el fuego y le colocamos unos palos para que los escudos fueran más gruesos. Adam utilizó algunos de ellos para una exposición en la que hizo dibujos de la creación a partir de la luz reflejada por unos fragmentos de espejos rotos fijados sobre los escudos. También dibujó en su iPad los símbolos de las manos que acabo de mostrar. Así que las ideas de esta introducción están a su vez grabadas en los escudos. Yo simplemente me fijé en esos objetos y trasladé a la letra impresa los elementos de conocimiento que veo en ellos.

Este es mi método de trabajo. Lo llamo umpan porque esa es la palabra que utilizamos para referirnos a arrancar algo, tallarlo y fabricar un objeto; también es la palabra que se utiliza ahora para referirse a escribir. Mi método de escritura incorpora imágenes y relatos adheridos a un lugar y a las relaciones, expresadas en primera instancia a través de una actividad cultural y social. El sumario de este libro es visual y tiene este aspecto:
FILOSOFÍA&CO - imagen 2

Cada capítulo incluye un poco de «escritura en la arena», que evoca la costumbre aborigen de dibujar imágenes en el suelo para transmitir conocimiento. No puedo difundir mucho conocimiento simbólico porque o bien está restringido (por edad, orden de nacimiento, género o niveles de maestría) o bien porque solo es adecuado para un lugar o un grupo concretos: por ejemplo, aunque Brolga Lore sea relevante para mí por ser miembro del clan apalech, o para otros por tener el mismo tótem, no es algo que se pueda generalizar para todos los lectores. Así que el conocimiento que transmita en la sección de escritura en la arena de cada capítulo será de nivel de iniciación. Tal vez esa sección aluda a algunas historias, pero no se relatarán en su totalidad. Sin embargo, contaré fragmentos de una gran historia, una metahistoria que conecta toda Australia y se extiende por toda ella a través de líneas de canción inmensas grabadas en la tierra y en el cielo, un Sueño de las Estrellas que Juma Fejo, del pueblo larrakia, quiere compartir con todos los Pueblos. Lleva a todos los lugares a los que llegan las tortugas. Y hay tortugas en todo el mundo, incluso en países desérticos… de modo que conecta a todas las personas.

Juma y yo —dos-nosotros— llevamos trabajando con este conocimiento y conectando estas historias por todo el continente desde 2012, el año que mucha gente pensaba que según una extraña interpretación del calendario maya se iba a acabar el mundo. En cada capítulo incluyo algunos fragmentos del Sueño de las Estrellas de Juma que sirven para comprender mejor y más profundamente los conceptos. Seis de estas imágenes, las tres de cada extremo del caparazón de la tortuga que compone el sumario, van acompañadas de un hilo de conversación. Las otras siete imágenes han sido diseñadas por mí, durante los años previos a mis estudios de doctorado, porque me preocupaba que mi conocimiento académico eclipsara mi conocimiento cultural. Primero tenía que crear a mi manera algo que fuera una obra mayor que una tesis. Yo ya había hablado de estas ideas con personas de muy diferentes lugares para ayudarles a introducirse en las formas de pensamiento y conocimiento aborigen, a modo de marco para la necesaria comprensión que favoreciera la co-creación de sistemas sostenibles.

He asistido a muchas conferencias y charlas sobre conocimiento indígena y sostenibilidad y he leído numerosos artículos sobre el tema. Casi todos transmiten el mismo mensaje simplista: los aborígenes australianos llevan aquí tantos miles de años, saben cómo vivir en equilibrio con este territorio y deberíamos aprender de ellos a encontrar soluciones para los actuales problemas de sostenibilidad (a menudo me pregunto a quién se refiere el «nosotros» de esta frase). Después, esas ideas ofrecen ejemplos aislados de prácticas anteriores a la colonización. Eso es todo. El público se queda preguntándose: «Sí, pero ¿cómo? ¿Qué idea aporta eso para resolver los problemas que hoy vivimos?».

    He asistido a muchas conferencias y charlas sobre conocimiento indígena y sostenibilidad y he leído numerosos artículos sobre el tema. Casi todos transmiten el mismo mensaje simplista: los aborígenes australianos llevan aquí tantos miles de años, saben cómo vivir en equilibrio con este territorio y deberíamos aprender de ellos a encontrar soluciones para los actuales problemas de sostenibilidad


Estas preguntas continúan sin respuesta porque, por lo general, los indígenas ofrecen narraciones personales predecibles y artefactos culturales a modo de ventana por la que los forasteros puedan asomarse para contemplar una versión cuidadosamente elaborada de su pasado; entonces la mirada va solo en una dirección. Cuando miramos por la ventana desde afuera hacia adentro no estamos compartiendo lo que vemos. Al principio hay una ceremonia de bienvenida y al final una danza, y todo el mundo se va a su casa contento, pero sin ser más sabio.

Raras veces los problemas de sostenibilidad global se abordan desde perspectivas y procesos de pensamiento indígenas. No vemos modelos econométricos construidos a partir de patrones de pensamiento indígena. En su lugar, se nos muestra un cuadro diseñado a base de puntos y se nos ruega que nos aseguremos de incluir en los proyectos puestos de trabajo indígenas para duplicar «sosteniblemente» la población de una ciudad al cabo de un par de décadas. Cualquier debate sobre los sistemas de Conocimiento Indígena es siempre un educado reconocimiento de la vinculación con la tierra en lugar de un auténtico compromiso con ella. Siempre se ocupa del qué y nunca del cómo.

Aquí me propongo invertir ese fenómeno. Quiero utilizar un proceso sustentado en patrones de pensamiento indígena para criticar los sistemas actuales y transmitir una impresión veraz de cómo es el patrón de la creación. Quisiera evitar el omnipresente género literario indígena de la narración personal y la autobiografía, aunque cuando haga falta un ejemplo incluiré alguna anécdota y algún que otro hilo de conversación. Lo que diga seguirá siendo subjetivo y fragmentario, claro está, y a los cinco minutos de estar escrito ya se habrá quedado anticuado. Es un problema habitual de todos los textos impresos. El verdadero conocimiento seguirá desplazándose por los territorios y los Pueblos y yo me desplazaré con él. El lector también se desplazará. Cualquiera podrá adoptar el gesto de la mano ya expuesto, añadirle sus propias vetas de significado, compartirlo con otros y, a partir de ese patrón, cultivar algo que jamás pudiera imaginarse impreso en una página. Tengo que transmitir estos conceptos para poder dejarlos atrás e ingresar en la siguiente fase de conocimiento. Si no consigo transmitirlos significa que estoy cargando con él como si fuera una piedra y que estrangula mi crecimiento, así como la regeneración de los sistemas en los que vivo. Estoy cansándome de ser un chico de mediana edad de mi cultura.

Este libro solo es la traducción de un fragmento de una sombra congelada en el tiempo. No afirmo poseer ninguna verdad absoluta, tampoco ninguna autoridad. Cuando menos se espera, cambio de tema y de voz pasando de un tono más académico al de una conversación ante una fogata en el campo. Puede parecer que las cosas no están estructuradas; solo dejo que la lógica siga los complejos patrones que trato de describir, que no reflejan las habituales relaciones causa-efecto del pensamiento basado en lo impreso. Quizá aparezcan con mayúsculas palabras que normalmente se escriben con minúsculas, lo que también cambia en diferentes contextos cuando esas palabras tienen matices de significado distintos. Una de las facetas más emocionantes de la lengua inglesa es que se trata de una lengua criolla especializada, así que allá donde va adopta una forma distinta. Rendiré homenaje a esta cualidad llevándola a dar una vuelta para ver cómo circula por algunos recodos más estrechos.

    No afirmo poseer ninguna verdad absoluta, tampoco ninguna autoridad. Cuando menos se espera, cambio de tema y de voz pasando de un tono más académico al de una conversación ante una fogata en el campo. Puede parecer que las cosas no están estructuradas; solo dejo que la lógica siga los complejos patrones que trato de describir


Esto supone un reto porque la lengua inglesa coloca inevitablemente la visión del mundo de los colonos en el centro de todos los conceptos, lo que dificulta la verdadera comprensión. Por ejemplo, explicar la concepción aborigen del tiempo es un ejercicio inútil, pues en inglés solo se puede describir diciendo que es «no lineal», lo cual coloca de golpe y porrazo una enorme raya atravesada en las sinapsis occidentales. No registra el «no», solo lo de «lineal»: así es como se procesa esa palabra, esa es la forma que adopta en la mentalidad occidental. Y lo peor de todo: solo describe el concepto diciendo lo que no es en lugar de lo que es. En nuestras lenguas aborígenes no tenemos una palabra para decir «no lineal», pues en primera instancia a nadie se le pasaría por la cabeza la posibilidad de viajar, pensar o mantener el hilo de una conversación siguiendo una línea recta. Decir que un camino es sinuoso no es más que decir cuál es la forma que siempre tiene, por lo que no hay necesidad de añadir ningún adjetivo.

Hace miles de años un hombre trató de caminar en línea recta; lo llamaron wamba (loco) y lo castigaron arrojándolo al cielo, hacia lo alto. Se trata de una historia muy antigua, una de las muchas que nos dicen que debemos viajar y pensar siguiendo patrones muy diversos, advirtiéndonos contra la idea de cargar hacia adelante como si estuviéramos locos. De manera que serán las historias, las imágenes y las narraciones las que harán que el inglés funcione en este libro, donde el sentido se encontrará en los meandros de los caminos entre las palabras y no en las propias palabras aisladas.

En inglés hay muchas palabras para describir a nuestros aborígenes australianos, y como ninguna de ellas es del todo adecuada o precisa recurro cíclicamente y un poco al azar a una u otra, cada una de las cuales es el término predilecto para alguien y una etiqueta ofensiva para otro. Antes de la ocupación europea sencillamente nos llamábamos a nosotros mismos, en nuestras diferentes lenguas, «Pueblo». Pero como no hablo en nombre de ningún grupo lingüístico en particular, cuando tengo que referirme a todos nosotros colectivamente utilizo muchos de los inadecuados términos del inglés. También empleo muchos otros términos que no me gustan particularmente, como «Tiempo del Sueño» (que es una mala traducción y peor interpretación), porque muchos ancianos a quienes respeto y que me han transmitido conocimiento emplean esas palabras. No me corresponde a mí faltarles al respeto rechazando sus decisiones sobre el vocabulario. Ellos y yo sabemos lo que quieren decir, así que también podríamos perfectamente emplear esas etiquetas. En cualquier caso, es casi imposible hablar inglés sin ellas, a menos que cada cinco minutos queramos decir «ontología interdimensional suprarracional endógena a complejos rituales de custodia». Así que se queda Tiempo del Sueño. En una divagación libre que nunca debería tomarse al pie de la letra analizo conocimientos de cosmología aborigen de principiante. Después busco patrones y a continuación implicaciones para la sostenibilidad. Más que para representar hechos, escribo para provocar pensamientos en lo que sería una especie de proceso dialógico y reflexivo con el lector. Por ello, muchas veces utilizo la primera persona dual. Se trata de un pronombre común en las lenguas indígenas, pero que no existe en inglés; esa es la razón por la que la traduzco como «dos-nosotros»; mis dedos teclean esas letras mientras mi boca está diciendo ngal.

    En una divagación libre que nunca debería tomarse al pie de la letra analizo conocimientos de cosmología aborigen de principiante. Después busco patrones y a continuación implicaciones para la sostenibilidad. Más que para representar hechos, escribo para provocar pensamientos en lo que sería una especie de proceso dialógico y reflexivo con el lector


El diseño de las soluciones para problemas complejos requiere muchos tipos de mentalidad y puntos de vista muy dispares, así que tenemos que hacerlo juntos, vinculándonos con tantos dos-nosotros como sea posible para formar redes de interacción dinámica. No estoy ofreciendo respuestas de experto, sino planteando diferentes preguntas y formas de ver las cosas. Aunque se me da bien estimular el pensamiento para la conexión, no soy ninguna autoridad en ninguna de las ideas expuestas en este libro y mi punto de vista es marginal, incluso en mi propia comunidad. Pero en los márgenes hay terreno fértil.

Esta es la esperanza: que desde este punto de vista liminal dos-nosotros seamos capaces de ver algunas cosas que se han perdido, de vislumbrar un aspecto del patrón de la creación y de realizar unos cuantos experimentos mentales para ver adónde nos lleva ese patrón. Le funcionó a Einstein, que raras veces ponía el pie en un laboratorio, sino que simplemente decía «si tal, entonces cual y entonces esto otro», creando simulaciones en un espacio de Tiempo del Sueño con el fin de obtener pruebas y soluciones de una complejidad y precisión asombrosas. En un espacio así, incluso lo que él consideró su mayor error resultó ser su descubrimiento más importante. No puede ser tan difícil. Si nos atascamos, pediremos ayuda a los equidnas.

Tenemos que empezar por las primeras preguntas, que siempre representan una barrera para aproximarnos a ese conocimiento. ¿Quiénes son los verdaderos Pueblos Indígenas? ¿Cuáles de ellos son portadores de verdadero Conocimiento Indígena y qué aspectos de ese conocimiento son relevantes para enfrentarnos al diseño de sistemas sostenibles en la actualidad?

Fuente: https://filco.es/