martes, 27 de enero de 2026

JUDITH BUTLER

Judith Butler: una revolución en los estudios de género

Judith Butler es una de las filósofas contemporáneas más influyentes. Ha realizado numerosos aportes al feminismo y es considerada una de las teóricas fundacionales de los estudios «queer». En «El género en disputa», una de sus obras clave, explora temas tales como la performatividad de género, la identidad sexual o la crítica al esencialismo sexual.


Judith Butler se doctoró en Filosofía en 1978 y obtuvo una plaza como profesora en la Universidad de California de Berkeley en 1993. Entre esas dos fechas publicó las que hoy son algunas de sus obras más conocidas y discutidas, como El género en disputa (1990). Su pensamiento es de rabiosa actualidad en un contexto en el que la liberación sexual, la lucha por los derechos LGTB+ y el cuestionamiento al binarismo de género están a la orden del día de los debates filosóficos y políticos.

En los años previos a la publicación de El género en disputa, Butler ya cuestionaba que en la sexualidad hubiera algo esencial. En sus obras se pregunta cómo es posible, por tanto, que formemos una identidad sexual y cuál es el proceso por el cuál esto sucede.

Para la reflexión se sirve de los planteamientos del filósofo John Austin, quien había considerado la dimensión performativa del lenguaje; esto es, su dimensión creativa, como algo que no solo refleja el pensamiento, sino que lo crea y transforma el mundo. La dimensión performativa del sexo será uno de los asuntos clave de su pensamiento, que analizaremos en este artículo junto con otras cuestiones clave para entender su aporte a la filosofía.

1 Una pensadora clave para el feminismo

Durante los años 60 y 70 del siglo XX, el feminismo conocido como de la segunda ola cuestionó el carácter individual del patriarcado y lo convirtió en un asunto global. El problema de las sociedades patriarcales no era, por tanto, la dimensión individual del agresor o de la víctima, sino que se consideró que existía todo un sistema de opresión a la mujer al que había que enfrentar.

Con el auge de otros movimientos sociales, el feminismo se nutrió de los enfoques del antirracismo, el ecologismo y el pacifismo, sin perder su vinculación con la lucha por el socialismo y el fin del sistema capitalista, como muestran las obras de Angela Davis, bell hooks o el Colectivo Combahee River. Esto le permitió tener una visión más global del capitalismo patriarcal, imperialista y racista e identificarlo como enemigo a combatir.

Durante los años 90 se desarrolló una nueva ola del feminismo. Basándose en las conquistas de derechos civiles alcanzadas durante los años precedentes, las feministas de la tercera ola hicieron hincapié sobre la diversidad y la interseccionalidad, desde una perspectiva más individualista.

Es en este contexto en el que surge el pensamiento de Judith Butler, una de las exponentes de la tercera ola del feminismo. En su obra trata de dar cuenta de la necesidad de seguir indagando en la diversidad humana en torno al sexo, desde el punto de vista de la experiencia individual. Butler contribuye, además, a descentrar el debate de la sexualidad de la opción que tenemos los seres humanos a la hora de relacionarnos y lo centra en la relación que tenemos con nosotros mismos y con nuestra autodeterminación.

2 Un enfoque interdisciplinar para el sexo y el género

Para Judith Butler, las investigaciones en torno al género no pueden ser solamente objeto de una disciplina. Entiende el feminismo como una amalgama de enfoques que configuran una visión más completa y no como un tipo concreto de estudios. Tampoco se trata de una disciplina meramente universitaria, sino que ha de ser un estudio de las prácticas concretas de las personas y de la vida cotidiana.

Sostiene que, cuando se piensa en la vida de las mujeres y de las personas disidentes de género, no se pueden obviar los aspectos relativos a la economía del momento, la situación política, la psicología, el trabajo concreto de esa persona y las cuestiones relativas a su sexualidad. Todas ellas contribuyen al estudio de género y se interrelacionan. Por eso, en su obra encontramos un estudio del género interdisciplinar que recoge elementos de la filosofía, la sociología, la economía y la psicología, entre otras.

La propuesta política de Judith Butler es de «igualdad radical», es decir, que vaya más allá de la lucha por la igualdad de las mujeres respecto de los hombres y acabe con toda desigualdad basada en el sexo y en el género.

Las investigaciones en torno al género no pueden ser solamente objeto de una disciplina. Butler no entiende el feminismo como un tipo concreto de estudios, sino como una amalgama de enfoques que configuran una visión más completa

3 Ni el sexo y género son categorías naturales

En su obra, Judith Butler defiende que no es posible distinguir entre el sexo y el género. Mientras una parte del feminismo sostiene que el sexo es aquello que viene determinado por caracteres físicos (como los cromosomas o los genitales) y el género, la construcción social a posteriori en torno a la sexualidad, para la filósofa ambas cosas son construcciones sociales.

Además, defiende, la distinción entre sexo y género es útil a la justificación de un binarismo donde solo hay dos posibles determinaciones sexuales que se complementan, perpetuando el modelo opresivo heteronormativo y binario. Es necesario, sostiene, «desesencializar» ciertos conceptos dados y romper con las dicotomías que establecen.

4 El género se performa

Recogiendo la idea de «performatividad lingüística» del filósofo John Austin, el género se convierte, para Judith Butler, en un actuar. Consiste en una actuación conforme a las expectativas sociales que se inscriben en los cuerpos, de manera que el género no forma parte de lo que se es, sino que es algo que se hace.

No existe, para Judith Butler, un cuerpo sin género, porque todo cuerpo está siempre sexuado y tanto sexo como género son constructos sociales. El género se construye a través de la acción, el habla y los comportamientos. Los rasgos relativos al género están mediados por una estructura lingüística que consolida la impresión de ser una cosa u otra, como si nuestro género fuera una realidad interna «verdadera».

La producción y reproducción continua del género se realiza a través de normas y leyes controladas por los poderes instituidos, así como por otras prácticas informales que contribuyen a uniformar la identidad de género y a imponer una heterosexualidad obligatoria.

El pensamiento de Butler se enmarca en un idealismo, en el que se hace pasar el pensamiento y el lenguaje por praxis, y en el que la cuestión material en torno al género (por ejemplo, como es funcional al sistema económico capitalista porque sobreexplota a una parte de la población) se dejan de lado. Es tal vez por eso que en su propuesta política Judith Butler hablará más de resistir y de negociar con el poder antes que de combatirlo.

El género se construye a través de la acción, el habla y los comportamientos. Los rasgos relativos al género están mediados por una estructura lingüística que consolida la impresión de ser una cosa u otra, como si nuestro género fuera una realidad interna «verdadera»

5 La identidad es un devenir

La discusión en torno al género es, para Judith Butler, una discusión en torno a la identidad. Sus preguntas acerca de esta última categoría formaron parte de una reflexión más amplia de repensar al sujeto, un problema tradicionalmente filosófico. Es por este motivo que, de la concepción posestructuralista y performativa del género, Judith Butler sostiene que el individuo es una estructura lingüística en permanente formación.

La identidad, para Butler, no es única en cada ser humano. Existen múltiples identidades en una persona (por ejemplo, ella se entiende como mujer, pero también como estadounidense, como judía) y todas ellas forman parte del sujeto. Asumir solo una de ellas oprime al sujeto múltiple que somos. No hay necesidad de fijar una identidad, sino que hemos de aceptar el devenir que somos y que estamos en un proceso interminable de autodeterminación.

6 El cuerpo y el discurso

Cuestionar la base natural o esencial de sexo y género no implica, para esta filósofa, negar que existe un cuerpo, sino que consiste en concebirlo como un campo de relaciones. Esas relaciones contribuyen a su existencia.

Sin embargo, en la línea de la concepción idealista según la cual no hay un mundo si no es a través de la percepción humana (criticada por el ecologismo antiantropocéntrico o el marxismo, entre otros), Judith Butler considera que no hay acceso a la materialidad del cuerpo fuera del discurso y que, incluso así, no se puede acceder completamente a él.

7 Una filosofía de los excluidos

La reflexión en torno al cuerpo y su materialidad tiene una fuerte vinculación con la forma en que entendemos a las minorías y las poblaciones que han sido históricamente oprimidas, según Butler. Y es que tanto las mujeres como aquellas personas disidentes de género o no binarias son oprimidas porque su cuerpo no está socialmente reconocido, y se les condena a una marginación de su existencia.

Tanto la excesiva patologización (es decir, la asunción de que la disidencia es un «desorden psiquiátrico» o una enfermedad) como la violencia económica, los prejuicios e insultos, son formas de condenar a una parte de la población a vivir como «fantasmas». Retoma así Judith Butler el planteamiento de Michel Foucault en torno al poder: la educación, el derecho y las instituciones son formas de contener todo aquello que se salga de la «normalidad», esto es, de lo que conviene a los poderes.

Tanto las mujeres como aquellas personas disidentes de género o no binarias son oprimidas porque su cuerpo no está socialmente reconocido, y se les condena a una marginación de su existencia

8 Precariedad y vulnerabilidad

La noción de «precariedad» es fundamental en la obra de Judith Butler. Refiere a la incompletud del ser humano, su naturaleza como ser siempre inacabado. Es un sujeto siempre arrojado a lo externo a él, al otro, lo cual le vuelve un ser vulnerable y dependiente del resto.

Esta condición de precariedad expone al sujeto permanentemente al ataque, la violencia, el insulto y la exclusión y ve su condición de sujeto amenazada. Pero, desde otro ángulo, la precariedad no solo es un déficit o un signo de debilidad, sino que también puede serlo de fortaleza, porque cuestiona la ilusión de total autosuficiencia. Asumir nuestra precariedad es abrir la puerta a la ética y a la vida en común.

9 Estudios queer

La obra de Judith Butler se considera fundacional de los estudios o «teoría» queer. Un corpus de pensamiento surgido en los años 90 que por su propia naturaleza no constituye una escuela como tal, sino un ámbito de interés asociado a la academia en torno a los debates sobre la identidad y la liberación sexual.

Algunos de los autores y autoras son Eve Kosofsky Sedgwick, Teresa de Lauretis, Jack Halberstam o Lauren Berlant y sus influencias beben del psicoanálisis, el posestructuralismo y la obra de Foucault entre otras. Sus ámbitos de estudio no se limitan a lo filosófico; tratan de introducir una perspectiva queer que cuestiona el binarismo de género y el esencialismo sexual en disciplinas como el cine, la literatura o la psicología.

La obra de Judith Butler se considera fundacional de los estudios o «teoría» queer, un ámbito de interés asociado a la academia en torno a los debates sobre la identidad y la liberación sexual

10 La resistencia como estrategia política

El objetivo de la reflexión es, para Judith Butler, conseguir que «las vidas de las minorías de género y sexuales sean más posibles y más vivibles, que puedan moverse con libertad». Es decir, se trata de defenderse de un mundo hostil que oprime a las disidencias sexuales y las mujeres, de aliviar un sufrimiento derivado de la asignación de un género y de la discriminación asociada a esa asignación.

De nuevo la herencia de Foucault puede rastrearse en su obra. Para el francés, el poder no era algo atribuible a un estado o gobierno, sino que se encuentra siempre inscrito en las relaciones sociales y las torna relaciones de poder. Ante la imposibilidad de identificar a un enemigo, la única estrategia posible es la resistencia.

En la obra de Judith Butler, esta resistencia se muestra en forma de búsqueda de reconocimiento. Los sujetos oprimidos lucharían, así, por buscar visibilidad, empoderamiento individual y reconocimiento social y político, pero no por transformar las condiciones materiales de su vida (condiciones que obligan, por ejemplo, a una parte importante de las personas queer a trabajos muy precarios y a situaciones de prostitución). La lucha es, en palabras de Judith Buttler, continua y sin fin.



DERRIDA

Derrida: el filósofo de la deconstrucción

¿Qué pasa cuando descubrimos que la escritura es anterior al habla? ¿Qué ocurre cuando entendemos que «no hay nada fuera del texto»? ¿Cómo pensar la justicia si esta nunca puede coincidir con el derecho? Jacques Derrida dedicó su vida a hacernos estas preguntas incómodas, mostrando que los fundamentos sobre los que construimos nuestro pensamiento son más frágiles de lo que imaginamos


1 Desde la periferia de Francia

Derrida es un filósofo que escribía en francés, lo que supone en primer lugar pensar en su escritura como una que se hace desde el «centro» de la historia de la filosofía. Francia ha sido siempre uno de los países nucleares de la filosofía occidental: Descartes, Voltaire, Rousseau, Deleuze, Foucault… Sin embargo, Derrida no nació en Francia, sino en El Biar, Argelia, el 15 de julio de 1930 (entonces colonia francesa). Este dato no es anecdótico, porque supone entender a Derrida como un desplazamiento interno del propio ecosistema francés, como la periferia del centro que en aquel entonces era Francia.

La filosofía de Derrida se enmarca dentro de lo que comúnmente se ha llamado «filosofías de la diferencia», filosofías que priman ontológicamente la diferencia sobre la igualdad. Esto lo iremos explicando en los diferentes puntos, pero se resume básicamente en que la diferencia precede a la identidad, es decir, no es que dos cosas sean diferentes porque cada una es igual a sí misma y después difiere de la otra, no.

Desde las filosofías de la diferencia —más o menos, y cogiendo con pinzas esta etiqueta— se cree lo contrario: la identidad es solo un espejismo de las diferencias, la identidad solo se crea cuando se estabilizan ciertas diferencias. O, en otras palabras, somos españoles no porque tengamos una identidad prístina (algo así como la españolidad), sino que nos definimos como españoles por diferencia al resto de personas a las que no las consideramos así. La propia biografía de Derrida resuena con esta idea de «la diferencia dentro de la identidad»: de familia judía (en mitad del siglo XX) sefardí argelina, es un diferente dentro del centro de la producción cultural e imperial europea.

Con esta diferencia transitó los espacios normativos de la enseñanza francesa con más o menos fricciones (por ejemplo, fue expulsado de su liceo en Argelia en 1942 por las leyes racistas del gobierno de Vichy). En 1949 se trasladó a París a estudiar a la École Normale Supérieure (ENS). Fue profesor de filosofía en la Sorbona entre 1960 y 1964, luego profesor de la ENS entre 1965 y 1984. Desde 1983, fue además director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), además de profesor visitante en universidades estadounidenses, especialmente en Yale, Johns Hopkins y en la Universidad de California en Irvine.

De todos, fue 1967 su año más importante, porque fue cuando publicó De la gramatología, La escritura y la diferencia y La voz y el fenómeno. En total, y en toda su carrera, publicó más de 40 libros, donde quizá el concepto más famoso, o lo que más queda, o lo que más escuela ha creado, ha sido el término «deconstrucción». Un término, y en general un estilo y una forma de escritura compleja y tildada por muchos filósofos (especialmente anglófonos y de las corrientes analíticas) como pura charlatanería, como palabrejas incomprensibles y que de tan abstractas no significan nada. Esa es la fama que siempre rodeó a Derrida (y a otros, como Deleuze o Heidegger).

Tan así fue la controversia de su obra que en 1992, la Universidad de Cambridge le quiso otorgar (y le otorgó) el Doctorado honoris causa y un grupo de 18 profesores (principalmente analíticos, y entre los que se encontraba el profesor español Lorenzo Peña) firmaron una carta para oponerse a este nombramiento. Según ellos, el trabajo de Derrida no cumplía con los «estándares aceptados de claridad y rigor» y cuestionaban si su obra constituía una «genuina contribución filosófica». Cuestionaban, en fin, su filosofía y su oscuro estilo de escritura.

Pero ¿era tan incomprensible? Vamos con las siguientes claves para desentrañar estas dificultades.

2 La destrucción de la metafísica

La filosofía de Derrida es la ¿culminación? de largas décadas de esfuerzo filosófico por terminar aquello que se llamó «destrucción de la metafísica». El primero en esta tarea fue, sin duda, Nietzsche. La filosofía de Nietzsche mostró que toda la historia de la filosofía occidental era la lógica necesaria (y decadente) del platonismo. La grandeza de Nietzsche fue ver que la historia de la filosofía había llevado hasta sus últimas consecuencias la desvalorización platónica del mundo sensible a favor de un ilusorio mundo ideal donde estaría el fundamento de todo.

Así es como se pueden comprender las distintas etapas de nuestra filosofía, creía Nietzsche. El cristianismo no es otra cosa que platonismo para el vulgo, donde el reino de las Ideas (en mayúsculas, claro) ya no estaba reservado al sabio en vida, sino al virtuoso tras la muerte. Con Kant opera una desvalorización más: el Bien eterno y el mundo de la libertad dejan de ser promesas para el virtuoso y pasan a ser mero noúmeno indemostrable. Con eso se allanó el camino al cientifismo y a la creencia de que la única verdad es la de este mundo sin valores, el mundo de la física y las matemáticas, un mundo desprovisto de toda consideración.

Como sabemos, el gesto de Nietzsche fue salirse de esa lógica para denunciarla, para mostrar que correspondía, en realidad, a una voluntad de poder decadente y reaccionaria que temía la vida y su diferencia (y su multiplicidad). El mundo de las Ideas es la fantasía de un cuerpo que teme la vida y toda su potencia. Por eso la frase «Dios ha muerto», porque no podemos seguir sosteniendo los cimientos enfermos de esta cultura y debemos apostar por otras formas de pensar. Unas no tanto en las que se crea (fe) en la verdad, sino en las se crea (fabricar) la verdad.

Y así empezó esta idea de «destruir la metafísica», que es, como puede verse, mostrar los cimientos que ha presupuesto toda nuestra tradición para salir de ellos. ¿Nietzsche consiguió salir? Heidegger creía que no. Heidegger creía que había sido capaz de mostrar la ilusión de la metafísica, pero que todavía seguía anclado a presupuestos metafísicos fuertes, como le ocurría con la idea de «voluntad de poder» y «eterno retorno». ¿O es que no son estos dos conceptos nuevos fundamentos para la realidad cambiante?

La filosofía de Heidegger mostró que destruir la metafísica implicaba diferenciar entre el ser y el ente, lo que él consideraba la gran diferencia ontológica. ¿Cuál es la diferencia? Según Heidegger, los entes (como la mesa) son los sujetos a los cuales atribuimos cualidades, mientras que el ser es lo que hace «visible» a los entes, lo que permite que los «veamos». Cuando las cosas son, es cuando las podemos nombrar, cuando aparecen en nuestro mundo cotidiano. Los entes serían algo así como el fondo material coloreado por el ser. No podemos hablar de nada que no sea, porque el ser es lo que recorre los entes dándoles una identidad. Ahora bien, el ser no es un ente, sino que tiene una naturaleza totalmente distinta.

¿Cuál es el error de la tradición? Responder a la pregunta fundamental de la metafísica, la pregunta por el sentido del ser, proponiendo a un ente como respuesta. De esta forma, cuando Platón se preguntaba por el ser de los objetos, respondió con un ente: las ideas. Lo mismo Aristóteles o Descartes. Incluso Nietzsche, que aun en sus intentos de acabar con la metafísica occidental postuló a la voluntad de poder (ente) como base de la realidad. Toda la filosofía de Derrida se inscribe en esta historia de la destrucción y su propósito es el de radicalizarla porque, según él, había quedado incompleta. Le faltaba (a Heidegger incluido): la crítica al logocentrismo.

Derrida estudió en la École Normale Supérieure y fue profesor en la Sorbona y otras instituciones prestigiosas. En 1967 publicó tres obras fundamentales que introdujeron, entre otras cosas, la deconstrucción

3 La crítica al logocentrismo

Lo que Derrida critica a Heidegger es que en su filosofía todavía primaba demasiado un presupuesto histórico de nuestra metafísica: el logos y su presencia. La pregunta por el sentido del ser es todavía una pregunta por la presencia, presencia de sentido, presencia al fin y al cabo. Derrida denuncia que toda la tradición metafísica se ha construido sobre el reinado del logos, entendido tanto como palabra y como racionalidad. De ese reinado hemos heredado el prejuicio de que la palabra hablada es la expresión transparente del pensamiento. De hecho, solemos pensar que el pensamiento no es otra cosa que una voz interior.

La escritura, según esta visión logocéntrica, es ontológicamente inferior al habla porque es la presencia de su ausencia. El habla sería lo puro y la escritura la falsificación de esta presencia, la mera huella. Derrida sostiene que esta oposición binaria y jerárquica (habla/escritura), que es también una oposición axiológica basada en la presencia como lo bueno y la ausencia como lo negativo, es la base de nuestra metafísica tradicional y se puede encontrar en el resto de oposiciones binarias que conforman nuestro pensamiento: identidad/diferencia, naturaleza/cultura, hombre/mujer, inteligible/sensible, alma/cuerpo. Si nos fijamos, en todas el polo considerado bueno es el polo de la presencia.

La metafísica occidental ha operado, entonces, bajo una lógica extrema de la presencia: ha postulado un origen puro, presente, que luego se expresa, se representa o se mediatiza de forma imperfecta. Este origen puede ser la conciencia (pura, frente a la cultura como huella imperfecta y contradictoria), puede ser el significado (pleno en sí mismo, frente a la mediación imperfecta que lleva a cabo el significante), etc…

¿Y es que acaso no es así? Derrida aquí sigue la lingüística de Saussure, que tan influyente fue el siglo pasado. Saussure mostró que el signo (la palabra «perro») es completamente arbitrario respecto al significado (lo que es un perro), y lo que es más importante: el significado no constituye un fundamento en sí mismo porque lo que significa —o no— la palabra «perro» emerge de una red de diferencias en el sistema lingüístico. Dicho de otra forma, si nos preguntan qué es un perro tendremos que dar una definición, es decir, que el significado perro se organiza en torno a una red de cercanías y distancias (esto es, diferencias) de otros signos (palabras) del sistema lingüístico.

La filosofía de Derrida es, pues, una filosofía que descentra la propia estructura del sentido. Una filosofía que muestra que la presencia (identidad) no es fundamento de nada, sino todo lo contrario. Una filosofía que muestra que todo es rastro y huella y que lo que sostiene la realidad siempre remite a otra cosa. Una filosofía que muestra que la negatividad es constitutiva de la identidad. Aquí es donde resuena Hegel, claro, pero sin superación, sin síntesis de los contrarios (Aufhebung) que resuelva el conflicto.

Derrida se inscribe en la tradición de crítica a la metafísica iniciada por Nietzsche y continuada por Heidegger. Mientras Nietzsche mostró el platonismo como decadente y Heidegger denunció el olvido de la diferencia ontológica, Derrida radicaliza esta crítica señalando lo que faltaba: la crítica al logocentrismo

4 La «différance»

Esta diferencia que subyace al sentido, a la identidad o al fundamento (sea este la conciencia, el sujeto o el habla mismo) se ejemplifica con el que quizá sea el concepto más original de Derrida: la différance. El concepto significa en francés «diferencia», pero con una diferencia fundamental: tiene un ¿error gramatical? en la escritura que no es percibible en el habla. En francés, diferencia se escribe con la palabra «différence», así que la propuesta de Derrida (différance) es un ejemplo gráfico de esta negatividad que no se ve, pero que constituye el sentido. En castellano normalmente se suele dejar el neologismo en francés, pero a veces se ha traducido, para respetar el juego lingüístico como diferenzia. Derrida presenta este concepto en la conferencia «La différance» de 1968, recogida posteriormente en Márgenes de la filosofía (1972), donde desarrolla sistemáticamente sus implicaciones para la metafísica de la presencia.

La différance no designa, entonces, un concepto; designa, más bien, el movimiento que hace posible la conceptualidad, es decir, designa el mimbre que sostiene la aparente identidad del sentido. Derrida aprovecha, además, los dos sentidos del verbo francés différer, y que mantiene el verbo «diferir» en castellano: diferir en tanto distinguir (diferencia espacial, algo difiere de algo porque no es esa cosa) y diferir como posponer (diferimiento temporal, de donde «diferido»).

Con este término, Derrida propuso que no hay presencia pura, identidad autocontenida o significado originario. Todo elemento (concepto, signo, experiencia) se constituye en una red de diferencias y remisiones a otros elementos. La presencia siempre está ya diferida, contaminada por la huella de lo otro, atravesada por la temporalización. No existe un punto de partida absoluto desde el cual derivar todo lo demás. Este movimiento de différance socava los fundamentos mismos de la metafísica: no hay origen puro, no hay telos definitivo ni hay presencia plena. La metafísica se había construido precisamente negando o reprimiendo este movimiento diferencial constitutivo. Como leemos en Márgenes de la filosofía:

«La différance es lo que hace que el movimiento de la significación no sea posible más que si cada elemento llamado ‘presente’ […] se relaciona con otra cosa, guardando en sí la marca del elemento pasado y dejándose ya hundir por la marca de su relación con el elemento futuro».

La filosofía de Derrida es, en fin, el último paso en la destrucción de la metafísica porque Derrida no descentra únicamente al sujeto (como podría hacer el psicoanálisis), ni la verdad (como pudo hacer Nietzsche), sino que descentra la estructura misma del sentido (¡que es lo que hace que el centro sea centro como tal!). La filosofía de Derrida muestra que el centro se constituye siempre retrospectivamente. Una manera de entender la historia de la metafísica que le permitió afirmar que dos afirmaciones aparentemente escandalosas y muy mal entendidas (recordemos la polémica en Cambridge): que la escritura es anterior al habla, y que «no hay nada fuera del texto» (il n’y a pas de hors-texte).

5 La escritura precede al habla

¿Cómo puede ser esto? ¿No es la escritura la cristalización del habla? ¿Cómo puede ir antes el signo que el significado? ¿No hablaron los seres humanos y después escribieron? Sí, pero Derrida no se refiere tanto a una precedencia temporal, sino a una precedencia ontológica, es decir, se refiere a qué muestra mejor el carácter de lo real. Esta inversión de la relación entre habla y escritura constituye el eje central de De la gramatología y se profundiza en La voz y el fenómeno (1967), donde Derrida deconstruye la fenomenología husserliana del signo. Para comprender esto, para comprender la inversión que Derrida hace de la escritura como algo anterior al habla, es imprescindible entender que la filosofía occidental, desde Platón hasta Husserl, ha privilegiado sistemáticamente el habla sobre la escritura, considerando la voz como el medio más auténtico de expresión del pensamiento (lo que venimos diciendo en los puntos anteriores: la presencia es anterior a la mediación).

Pero esta jerarquía que coloca al habla (a la identidad, al significado) por encima de la mediación (escritura, signo) se funda en varios presupuestos. Primero, en el habla existe una presunta proximidad inmediata entre el significante (la voz) y el significado (el pensamiento). Cuando hablo, parezco estar presente a mí mismo, escuchándome mientras hablo, accediendo directamente a mis intenciones. La voz parece borrarse como medio material para ofrecer una transparencia perfecta del sentido. Segundo, el habla aparece como natural, viva, originaria, mientras que la escritura es presentada como técnica, artificial, secundaria. La escritura sería una mera representación exterior del habla, una notación gráfica que fijaría en el espacio lo que primordialmente ocurre en el tiempo de la voz viva.

Y tercero, la escritura introduce la distancia: separa al autor del receptor, puede funcionar en ausencia de quien la produjo, se presta a malentendidos. El habla, en cambio, presupone la copresencia del hablante y el oyente, permitiendo aclaraciones, correcciones, verificación de la comprensión.

Pero en la «escritura en general» (o en lo que Derrida llama «archiescritura») se hace muy patente esta estructura de diferimiento (différance), espaciamiento (los signos no se tocan, para poder distinguirlos debe haber espacio), iterabilidad (todo signo debe ser repetible en ausencia de su referente y de su emisor originario) y huella (cada elemento porta en sí la referencia a elementos pasados y futuros, presentes y ausentes). La tesis de Derrida es que estas características, que tradicionalmente se asociaban con la escritura en sentido restringido (el escribir con marcas durables, la posibilidad de funcionar en ausencia del autor), Derrida las identifica como condiciones de todo sistema significante, incluido el habla. De ahí la tesis de que ontológicamente la escritura sea anterior al habla.

Derrida denuncia que la filosofía occidental se ha construido sobre el reinado del logos, privilegiando el habla como expresión transparente del pensamiento. Esta jerarquía habla/escritura reproduce otras oposiciones binarias (identidad/diferencia, naturaleza/cultura) donde el polo valorado positivamente es siempre el de la presencia

6 «No hay nada fuera del texto»

Es quizá otra de las frases más malinterpretadas y caricaturizadas de toda la obra de Derrida. Sus críticos la han entendido como un idealismo lingüístico absurdo que negaría la existencia de la realidad extratextual, como si no hubiera nada material. Esta lectura, huelga decirlo, es completamente errónea.

La frase il n’y a pas de hors-texte, escrita en De la gramatología, y que en una traducción precisa sería «no hay un afuera-del-texto», aparece en el contexto de la lectura que Derrida hace de Rousseau, específicamente en relación con el problema de la referencia y la interpretación. En ese epígrafe, Derrida está argumentando contra un tipo de lectura que pretendería acceder a una realidad psicológica, biográfica o histórica situada «fuera» del texto, utilizándola como instancia verificadora del significado textual.

Es decir lo que discute Derrida es que el texto se cierre o clausure con elementos externos al mismo: no hay algo así como intención del autor o realidad cultural que nos permita dirimir de una vez por todas el verdadero significado de un texto. La tesis tiene consecuencias decisivas para la hermenéutica. No podemos validar una interpretación textual apelando a una intención del autor situada «fuera» del texto, plenamente presente en su conciencia antes de la escritura. La intención misma solo se manifiesta en el texto, es efectiva solo mediante el texto.

Lo que ocurre es que, si somos rigurosos, el significado no es algo que le pertenezca únicamente a los textos. También intentamos entender comportamientos, situaciones, saber qué significa cierto gesto… Nuestra forma de comprender es la misma que la de leer: nos vemos entre significados a través de signos materiales. De ahí que, siendo consecuentes, no haya nada fuera del texto porque la realidad misma se nos presenta como un texto. Esto no quiere decir, obvio, que haya únicamente significados sin ningún tipo de soporte material. Sería como decir que no hay palabras en los textos. Claro que las hay, pero lo que señala Derrida es que la ontología que él había erigido a raíz de la escritura es traspasable a la realidad en su conjunto.

Por eso el «texto» en sentido derridiano no se opone a la realidad, sino que la incluye. La frase no significa que no haya realidad, cuerpos, sufrimiento, historia, sino que no hay acceso a estas realidades salvo mediante estructuras de remisión, interpretación, significación que ya son textuales. Lo que Derrida cuestiona es la idea de un referente puro, una realidad bruta, inmediata, anterior a toda interpretación o significación, que podría funcionar como fundamento último del sentido. Esta idea supone que primero está la realidad en sí misma, plenamente presente, y luego viene el lenguaje que la representa más o menos adecuadamente.

Derrida invierte esta lógica: no accedemos a la realidad salvo mediante lenguaje, prácticas, instituciones, que ya están estructuradas como sistemas de diferencias y remisiones. La distinción tajante entre «texto» y «realidad extratextual» se derrumba: la realidad a la que accedemos está siempre ya interpretada, inscrita en redes de significación. Esto no es idealismo (que afirmaría que solo existe el pensamiento y que la realidad material es ilusoria), sino una posición que podríamos llamar «interpretatismo radical»: no hay acceso a una realidad pre-interpretada, pero esto no niega la existencia de esa realidad, solo nuestra capacidad de acceder a ella fuera de toda mediación significante.

Tampoco podemos apelar a un contexto histórico objetivo que funcionaría como referente estabilizador del sentido. El contexto histórico no es un dato bruto. Es una construcción interpretativa, otro «texto» que requiere interpretación. Todo contexto puede ser recontextualizado; no hay contexto saturado que encierre definitivamente el sentido. Esto no conduce al relativismo absoluto (cualquier interpretación es igualmente válida), sino a una práctica de lectura rigurosa que atiende a las marcas textuales, a las tensiones internas, a las aporías, sin pretender clausurar definitivamente el sentido apelando a una exterioridad simple.

Derrida no solo descentra al sujeto o la verdad, sino la estructura misma del sentido. El centro se constituye siempre retrospectivamente

7 La deconstruccción

¿Y cuál es la forma que propone Derrida para acercarse a los textos? La deconstrucción. Una de las insistencias más constantes de Derrida fue que la deconstrucción no es un método porque un método implica un conjunto de procedimientos codificables, aplicables mecánicamente a cualquier objeto, orientados hacia un fin predeterminado. La deconstrucción, por el contrario, es una práctica de lectura singular, atenta a las especificidades textuales, sin garantías previas sobre sus resultados. Aunque Derrida desarrolla la práctica deconstructiva a lo largo de toda su obra, textos como Posiciones (1972) y La diseminación (1972) ofrecen reflexiones metodológicas sobre su ejercicio

La práctica deconstructiva implica la identificación de oposiciones binarias, localiza las jerarquías conceptuales que estructuran un texto o sistema de pensamiento y muestra que no son neutrales. Todo lo contrario, implican valoraciones. La deconstrucción invierte la valoración, mostrando que el término subordinado es condición de posibilidad del término privilegiado. Como vimos antes, y por poner un ejemplo, Derrida muestra que la escritura (tradicionalmente considerada derivada del habla) es condición de posibilidad de toda significación, incluida la del habla misma. Sin embargo, la deconstrucción no se detiene en esta inversión, que simplemente reproduciría la misma lógica binaria con signo contrario.

El tercer momento de la deconstrucción implica desplazar todo el campo, mostrando que la oposición misma es insostenible. Se introduce un tercer término o se muestra que los términos opuestos se contaminan mutuamente, que no hay pureza de ninguno de los polos. Por ejemplo, la différance no es ni presencia ni ausencia sino el movimiento que hace posible ambas. La deconstrucción no busca, entonces, resolver las contradicciones textuales. Busca mostrar las aporías constitutivas, los puntos donde el texto se bloquea, donde sus principios generan consecuencias imposibles. De ahí que la deconstrucción atienda a lo que el texto reprime, margina o excluye: metáforas aparentemente inocentes, ejemplos secundarios, notas al pie.

8 Un marxismo sin sujeto

Derrida fue muy reticente a la hora de derivar consecuencias políticas de su filosofía. Sin embargo, en los últimos años de su vida, hubo un giro en sus libros que mostraban un interés cada vez más fuerte por el quehacer político. Fruto de ese giro fueron obras como Fuerza de ley (1994), Políticas de la amistad (1994), pero sobre todo: Espectros de Marx (1993). El título de este último libro viene de la primera frase del Manifiesto comunista de Marx y Engels: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo».

La figura del fantasma o del espectro es central en Derrida porque es una figura que no está ni plenamente presente ni plenamente ausente, es la figura de aquello que insiste y subsiste en nosotros, pero no existe. Es la figura de todo aquello que no se deja clausurar. En Espectros de Marx, Derrida va a analizar todos los espectros de la obra de Marx, todos los fantasmas que todavía insisten, pensando el comunismo no como finalidad histórica que en algún momento se realizará (¡no hay sentido final!), sino como un espectro utópico que puede desvanecerse en cualquier momento (como recuperarán después pensadores posderridianos como Balibar).

Pero si la historia no tiene fin, porque nada termina de fijar el sentido por completo, tampoco podemos encontrar un sujeto histórico que la protagonice. Aquí, Derrida se alinea con las lecturas estructuralistas y antihumanistas que Althusser y otros habían hecho de la filosofía de Marx (Para leer el capital). La filosofía derridiana critica todo centro que mediante su presencia emane un sentido que clausure lo posible, y eso significa cuestionar la propia idea de sujeto.

¿En qué se traduce esto en el diálogo con el marxismo? En que no hay una clase obrera como sujeto histórico, que está engañada con la ideología y que basta con mostrarle la verdad del comunismo para que tome conciencia de sí y la historia pueda avanzar. Simplemente hay relaciones de producción que nos subjetivizan. El sujeto (la clase obrera) no es un punto de partida, sino un problema a explicar, un derivado.

Así las cosas, en Espectros de Marx y en textos afines, Derrida piensa algo así como un marxismo sin sujeto en el sentido fuerte clásico, pero no un marxismo sin agencia ni sin responsabilidad. Lo que le interesa conservar es la promesa emancipatoria, la crítica de la explotación y el impulso hacia la justicia, deshaciendo al mismo tiempo la figura de un sujeto histórico pleno, soberano y transparente a sí mismo. Derrida desconfía de la idea de un «proletariado» o un «pueblo» que funcionen como sujeto unitario de la historia, con una misión casi metafísica de realización de la justicia. De lo que Derrida habla es de una «experiencia de la promesa emancipatoria» que permanece indeconstructible: no es el sujeto quien funda la promesa, sino que es más bien «llamado» por ella, interpelado por espectros de injusticias pasadas y presentes.

En su giro político tardío, especialmente en Espectros de Marx (1993), Derrida piensa el comunismo no como finalidad histórica sino como espectro utópico

9 La ética en Derrida

Hablar de ética en Derrida es complicado porque Derrida nunca construyó una ética normativa, ni un sistema de valores, ni un conjunto de principios aplicables a la acción. De hecho, su filosofía parece oponerse frontalmente a toda ética entendida como codificación, es decir, a toda norma fija, todo criterio universal, todo marco que permita decidir con seguridad qué hacer en cada caso. Y, sin embargo, Derrida insistió una y otra vez en que su pensamiento estaba atravesado de punta a punta por una exigencia ética irreductible.

La clave está en entender que, para Derrida, la ética comienza allí donde la norma falla. Una decisión verdaderamente ética no es la aplicación correcta de una regla previamente establecida. En Fuerza de ley (1994), Derrida analiza esta aporía constitutiva de toda decisión justa, mostrando que la justicia exige tanto la aplicación de la regla como su suspensión. Es una decisión que debe tomarse sin garantías, en una situación singular, irrepetible, donde ningún marco normativo puede anticipar completamente lo que está en juego. Si la decisión está ya programada por una regla, entonces no hay decisión, solo ejecución. La ética empieza cuando no sabemos del todo qué hacer.

Esto aparece con claridad en su reflexión sobre la justicia. Derrida distingue entre derecho y justicia: el derecho es el conjunto de normas, leyes e instituciones que organizan una sociedad; la justicia, en cambio, no se deja reducir a ningún sistema jurídico. El derecho es deconstruible: puede criticarse, reformarse, reinterpretarse. La justicia, en cambio, es indeconstructible, no porque sea una esencia plena, sino porque nunca se deja capturar por completo. La justicia es aquello que excede siempre al derecho, lo que lo desborda y, al mismo tiempo, lo exige.

Esta idea conduce a una concepción muy particular de la responsabilidad. Ser responsable no es cumplir correctamente una norma, es asumir que toda decisión implica una violencia, una exclusión, una injusticia posible. No hay decisión justa en sentido pleno. Hay decisiones que se toman bajo la presión de una exigencia de justicia que nunca se satisface del todo. La ética derridiana es, así, una ética de la inquietud, no de la buena conciencia.

Dos conceptos atraviesan esta ética: la hospitalidad y el perdón. La hospitalidad absoluta —que Derrida contrapone a las formas condicionadas de hospitalidad jurídica— implicaría acoger al otro sin condiciones, sin exigirle identidad, nombre, reciprocidad. Pero esta hospitalidad absoluta es imposible: toda hospitalidad real necesita condiciones, fronteras, reglas. Y, sin embargo, sin la referencia a esa hospitalidad imposible, las formas concretas de acogida se degradan en mera gestión. La ética surge de esa tensión irresoluble entre lo posible y lo imposible.

Algo similar ocurre con el perdón. Derrida sostiene que solo se perdona lo imperdonable. Si una falta puede justificarse, explicarse o excusarse, entonces no necesita perdón. El perdón auténtico es, por definición, excesivo, desproporcionado, injustificable. Pero precisamente por eso es también imposible de institucionalizar. No puede convertirse en política pública ni en procedimiento jurídico sin perder su carácter ético. Estas reflexiones aparecen en El siglo y el perdón (2000) y en diversas conferencias recogidas en Perdonar lo imperdonable (publicación póstuma). La ética, en Derrida, habita siempre ese espacio incómodo donde lo imposible sigue operando como exigencia.

La hospitalidad absoluta, el perdón incondicional y la responsabilidad radical son imposibles de institucionalizar, pero operan como exigencia. La ética habita la tensión entre lo posible y lo imposible

10 La herencia de Derrida

Derrida fue muy explícito al afirmar que no quería discípulos. No porque rechazara la influencia o el diálogo. Era porque entendía la herencia de una manera muy particular. Heredar no es repetir, conservar intacto o aplicar fielmente un pensamiento. Heredar es siempre transformar, seleccionar, traicionar. No hay herencia sin infidelidad. Ser fiel a Derrida no puede consistir en repetir sus conceptos, sino en exponerse a la misma exigencia que atravesaba su escritura.

Esto explica por qué no existe una «escuela derridiana» homogénea. Su influencia se dispersa en campos muy distintos: teoría literaria, filosofía política, estudios de género, derecho, arquitectura, antropología, estudios poscoloniales… En todos estos ámbitos, la deconstrucción no funciona como un método exportable, sino como una sensibilidad: atención a las jerarquías implícitas, a los márgenes, a lo que un discurso necesita excluir para funcionar.

En filosofía política, su legado se deja sentir en pensadores que retoman la crítica del sujeto soberano sin renunciar a la responsabilidad, como Balibar, Butler o Laclau. En el ámbito jurídico, su reflexión sobre la justicia ha sido central para repensar la relación entre ley, violencia y legitimidad. En los estudios poscoloniales, su insistencia en la inestabilidad del centro ha servido para cuestionar los relatos universalistas de la modernidad europea.

Pero quizá la herencia más incómoda de Derrida sea su forma de escribir y de leer. Derrida obligó a tomarse en serio aquello que suele descartarse como accesorio: las metáforas, las notas al pie, los ejemplos laterales, los juegos de palabras. Mostró que el pensamiento no se produce solo en las tesis principales, sino también en los márgenes del texto, en lo que parece secundario. Esta forma de lectura sigue siendo profundamente perturbadora porque desestabiliza los criterios habituales de rigor y claridad.

En este sentido, la herencia de Derrida no se mide por el número de conceptos que se repiten, sino por la incomodidad que sigue produciendo su pensamiento. Derrida no ofrece soluciones, ni programas, ni garantías. Ofrece, más bien, una forma de habitar la fragilidad del sentido sin nostalgia por fundamentos perdidos. Heredar a Derrida es aceptar que pensar implica exponerse a lo que no se deja cerrar, a lo que insiste como resto, como espectro. Y asumir que esa incomodidad no es un defecto del pensamiento. Es su condición misma.



sábado, 24 de enero de 2026

MÚSICA

Luis Ángel de Benito: «La vida musical enriquece la capacidad de una nación»

Luis Ángel de Benito sabe de música y sabe comunicarla y explicarla. Es profesor del Real Conservatorio Superior de Madrid y director y presentador del programa «Música y significado», de Radio Clásica (RNE). En esta conversación con él aprendemos mucho sobre la música y el significado y el pensamiento que encierra. «La música es un don y una fuerza que te puede transformar radicalmente», nos dice.


Además de profesor del Real Conservatorio Superior de Madrid, el musicólogo Luis Ángel de Benito es director de los cursos de Análisis Musical de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, profesor invitado de Máster en la Universidad Internacional de Valencia, profesor del Centro Integrado Moreno Torroba y profesor de Máster en la Escuela Superior Katarina Gurska. Hablo con él durante el confinamiento, a través de videollamada. Él se conecta desde su casa sentado junto a su piano, al que recurre en muchas ocasiones a lo largo de la entrevista como herramienta divulgativa para apoyar y explicar mejor sus respuestas.

Su programa en Radio Clásica se llama Música y significado, es decir, transmite la idea de que la música tiene significado, y para el profano resulta sorprendente lo detalladamente que usted lo explica…
Bueno, a veces uno pone su creatividad y no es todo tan musicológico, aunque creo que suele notarse la diferencia. Quizás para lo primero salen cosas mías, pero para el rigor musicológico hay fuentes, tratados que recogen qué significaban tales figuras en tales épocas para tales sociedades o culturas.

¿Entonces todo ese significado está reglado culturalmente?
No todo, pero mucho. Hay un margen de interpretación, que es donde me cuelo yo, pero hay muchas bases para hacerla.

«Aparte del lenguaje, hay otros indicadores que pueden hacerte compartir mucho de lo que alguien tiene en su alma o en su ánimo o en su mente. Igual pasa con la música»

¿Y somos conscientes los oyentes no especializados de esto, nos enteramos en algún nivel de estos significados?
Yo creo que sí. Por muy poco conocedor que se sea de la música, uno tiene un sentido muy despierto de la intuición, igual que cuando vas a un país extranjero y no sabes qué te está diciendo el mauritano en cuestión o el indonesio en cuestión, pero sabes cuándo está enfadado o cuándo está triste, o alegre o pletórico por sus gestos. Entonces, digamos que, aparte del lenguaje en sí, hay otros muchos indicadores que pueden hacerte compartir mucho de lo que él tiene en su alma o en su ánimo o en su mente. E igual pasa con la música.

¿Siempre hay significado en la música o hay melodías que son sencillamente bonitas y agradables pero no significan nada?
Claro, hay músicas que no tienen la menor intención de ser significativas. Por ejemplo, las fugas de Bach, en las que nos fascina cómo va el tema, cómo se conduce, cómo se enfrenta a los contratemas, y no hace falta sacarle a eso ningún significado, ni Bach pensó que lo tuviera. Lo que pasa es que hay algo que dice un filósofo analítico y también músico, Peter Kivy: que por mucho que tú no quieras, siempre vas a tener la capacidad de «ver en», de interpretar. Esto lo ejemplifica Bouwsma con el hecho de que siempre veamos «triste» a un perro San Bernardo, que no tiene por qué estar triste, si igual se ha comido el hueso de su vida, pero proyectamos en él nuestros propios filtros. Igual cuando vemos nubes, donde vemos cualquier cosa… pero que la ponemos nosotros, porque a la nube le da igual todo. Y entonces dice Kivy que esa facultad de «ver en» es propia del ser humano y nos acompaña siempre aunque los músicos o los sonidos en sí no tengan la menor tendencia a significar nada.

Hay otra filósofa muy interesante, Susan Langer, que dice que lo que distingue a la especie humana de otros animales es su capacidad simbólica. Y dice que la música tiene esa capacidad para dar forma a un universo simbólico al que no le basta la denominación verbal. Hay un vasto universo simbólico, ella dice, en el interior del ser humano para el cual las palabras dejan de servir, y la música sería una de las mejores fuerzas que pueden referirse a ese universo simbólico. Y, bueno, me parece genial.

«El filósofo analítico y músico Peter Kivy dice que por mucho que tú no quieras, siempre vas a tener la capacidad de ‘ver en’, de interpretar»

En este sentido dice Enrico Fubini, otro filósofo, que mal que les pese a los partidarios del no significado, es decir, de la música absoluta, la música sí es significativa aunque no siga el modelo verbal. Es decir, cuando ellos niegan a la música la capacidad de ser significativa, se están refiriendo al modelo verbal, donde hay un diccionario con términos y significados concretos. Pero él dice que hay otros modelos en los que a cada significante no necesariamente le corresponde un significado preciso, y la música es uno de ellos.

Y ya que estamos citando filósofos, podemos mencionar a Wittgenstein, que dice en sus Investigaciones filosóficas que el significado de un término es el uso que se le dé dentro de un juego o de un sistema. Claro, con la música pasa igual. Aunque Beethoven no haya calculado que tal giro (tal ritmo o tal acorde o tal conjunto de notitas) significaba tal cosa, eso casi da igual, porque al final el significado de tal giro en Beethoven o en quien sea se lo va a dar el uso que la gente haga de ese giro, tanto músicos como oyentes, según cómo lo entiendan o cómo lo combinen en otras obras.

¿Y qué pienso yo? Pienso que, sea lo que sea, tú siempre vas a encontrar significados, aunque Beethoven o quien sea ni siquiera se los haya planteado. Pero, bueno, es un debate muy interesante y muy abierto.

Pero usted explica significados muy detallados y precisos de algunas obras. Vi preparando esta entrevista una ponencia suya que se titulaba Pensamientos, emociones y cosmovisiones tras la partitura. ¿Cómo se transmiten no ya emociones, sino pensamientos musicalmente?
Bueno, en diferentes momentos de la historia hay imperativos estéticos muy marcados. Por ejemplo, Haydn, el compañero y amigo de Mozart (y casi padre espiritual), tenía que hacer sinfonías que fuesen tratados morales, que enseñasen buenas costumbres. Eso lo dice su biógrafo y amigo, Georg August Griesinger. Se trataba de que sus sinfonías ordenasen tu mente, sembrasen en tu mente que lo primero es la devoción al señor, al príncipe, a las formas, a los estamentos… Él decía que Haydn pretendía que sus sinfonías fuesen como novelas morales, novelas de costumbres. De hecho, hay un toque en las sinfonías de Haydn, el toque maestoso [De Benito marca el ritmo y canta un fragmento], que en su época todo el mundo entendía que remitía al mundo del señorío, del rey o incluso del gran Señor, Dios mismo. Entonces, solo con hacer sonar este toque o un toque de caza, ya está hablando del respeto por ciertas actividades señoriales.

O Mozart, por ejemplo, en Las bodas de Fígaro hace una sátira del minueto, que era una danza simbólica, de casta, para los cortesanos o los aristócratas. Y Las bodas de Fígaro es, entre otras cosas, una crítica a la nobleza, y concretamente al derecho de pernada de los señores sobre las siervas. Y, claro, la gente podía captar esa misma crítica en la música conociendo un poquito del idioma musical. Claro, tienes que conocer un poquito, pero no mucho. Así que sí es posible transmitir pensamientos con la música. Te he puesto dos ejemplos de Haydn y Mozart, pero está llena la historia de la música de otros ejemplos como estos.

«Para Susan Langer, filósofa, lo que distingue a la especie humana de otros animales es su capacidad simbólica. Y dice que la música tiene esa capacidad para dar forma a un universo simbólico al que no le basta la denominación verbal»

Entonces deduzco que la música puede tener ideología…
Ah, sí, sí, sí, por supuesto. Mucha. Tú puedes hacer una alabanza a la religión o una demolición de la religión o un ataque subversivo con música. Solo necesitas compartir el código con el oyente, que por eso hablamos de lenguaje musical. ¿Cuándo algo es un lenguaje? Cuando hay semiosis, y hay semiosis cuando hay un código, es decir, una serie de señales que nos permiten entendernos, por ejemplo, ahora mismo para nosotros, el español.

En música, si tú conoces la mínima semiosis te puedes enterar de muchas cosas. La Novena sinfonía de Beethoven, por ejemplo, podemos disfrutarla sin más porque es música muy bonita, muy bella, y la disfrutas igualmente. Pero si, además, conoces los entresijos semióticos de Beethoven, llegas mucho más profundamente a lo que él quería decir.

Esto hablando de Beethoven, pero hay muchos más ejemplos. Antes de ayer, como quien dice, Shostakovich estaba lleno de mensajes contra Stalin, a pesar de ser considerado el músico oficial emblemático del milagro soviético y el paraíso soviético del proletariado. Pues bien, hay cantidad de toques que explícitamente van contra Stalin.

Usted ha hablado a veces en el programa de música ecologista, por ejemplo. ¿Qué quiere decir esto? ¿Cuál es una obra ecologista?
[Se ríe] Bueno, es un término actualizador de lo que ellos hacían porque en el siglo XIX no se manejaba este concepto. Pero digamos que el amor por los campos, los montes, los animales, la lluvia, los árboles y tal es un tópico del Romanticismo que luego se extiende y llega hasta principios del siglo XX. Se suele poner como ejemplo la sinfonía Pastoral de Beethoven, como el emblema del amor por el mundo natural. Y hay muchos otros ejemplos. En El cazador furtivo de Weber hay una fascinación por el lado oscuro del monte en la escena de la Garganta del Lobo; ahí tienes un amor oculto por el bosque nocturno, por ejemplo. Las sinfonías de Bruckner, y especialmente la cuarta, derrochan amor por la naturaleza. Están llenas de sonidos de pájaros que podemos percibir [tararea un ejemplo] y, por asociación cultural, tú deduces que lo que hay tras esos pájaros, si se acompañan de un acorde muy tenido, es la fascinación y el amor por lo natural. Y si encima hay trompas, más, porque se convierten en la primera mitad del siglo XIX en símbolos de la lejanía del bosque o de los montes. Y esto llega hasta Hollywood, que tenemos muchas trompas porque simboliza justamente eso, hasta en Prometheus, que simboliza en este caso la lejanía de los espacios interestelares o algo así.

«Según el filósofo Enrico Fubini, la música sí es significativa aunque no siga el modelo verbal»

Me interesa lo de la trompa porque una de las cosas que he aprendido en su programa, y que creo que todos reconocemos sin saber nada de música, es algo que llama la «llamada de trompa» y que usted dice que suena heroica. ¿Puede explicarnos qué es?
Pues sí, el oyente que no esté muy informado sobre historia de la música, digamos, pura lo asocia al heroísmo, porque en Hollywood la trompa está asociada a los tipos duros que hacen cosas maravillosas o heroicas, desde las películas del Oeste hasta Star Wars o El señor de los anillos, que cumple esto en los temas de Aragorn, de Faramir y de Boromir, de Rohan, de Gondor… Entonces, queramos o no, asociamos la trompa a estas sensaciones. En este caso, puede que sea cultural porque etimológicamente, por decirlo así, la trompa está asociada a los cazadores, que la utilizan desde el siglo XII, y a partir de ahí entra en la música.

¿Hasta qué punto esto está codificado culturalmente o responde a algo más antropológico?
[Se ríe] Pues es el eterno debate. Cuando nosotros escuchamos una melodía, ¿nos fascina porque por su naturaleza es fascinante, o porque tenemos un sistema de percepciones y de filtros que nos la hacen fascinante? Claro, los partidarios de lo segundo dicen que si tú vas a Mongolia verás que no tocan esto [toca en el piano]. Este acorde a nosotros nos suena muy bien, pero a ellos no. Aquí hay experimentos interesantes. Por ejemplo, McDermott, un investigador, fue a Bolivia, a los indios tsimanes, y les dio una melodía que era algo así [toca en el piano], do, re, mi, sol, por ejemplo. Y a todos les sonaba bien. OK. Y les preguntó cómo les sonaba esto [toca en el piano un acorde disonante]. ¡Horrible! Estupendo, ya estaban de acuerdo todos. Ahora bien, les preguntó también por esto [toca en el piano varios acordes], que a nosotros nos suena fenomenal y resultó que a ellos también les parecía horrible. Entonces pensó McDermott que si lo que a nosotros nos suena fenomenal a ellos les sonaba horrible es que nuestro gusto es adquirido y no natural.

Pero McDermott recibió muchas críticas, entre otras las mías, porque presupone que los tsimanes son niños lobo, que son Tarzán o que no tienen cultura, que han sido encontrados en la selva y están vinculados con los árboles y con los montes y con los jaguares y tal… ¡Pero eso es mentira! Ellos tienen una cultura que puede ser tan determinante como para nosotros la nuestra, por ejemplo cuando en el siglo XI o XII la iglesia desaconsejaba la polifonía porque decía que eso distraía de no se cuántos, del verdadero espíritu de adoración al Señor y tal. Entonces esa exigencia cultural dominaba la percepción de la cristiandad en aquel tiempo y tardó en imponerse la polifonía por esa razón. Entonces, por analogía, ¿quién te dice que la escucha de los tsimanes no está igual de filtrada por su sistema de creencias y su sistema religioso (en pequeñito, porque es una cultura pequeñita)? Total, que el experimento de McDermott sirve exactamente para nada, pero para nada [se ríe]. Claro, a no ser que McDermott diera con Tarzán o a Mowgli, entonces sí, entonces tenemos en experimento puro. Pero si no, no puedes suponer que una cultura es más pura que otra solo porque es más pequeña.

McDermott le dimos palos algunos, entre otras razones, porque hay cosas que sí son naturales. El gusto por la consonancia, por ejemplo, en mi opinión, no es cultural, es natural. Pero no porque lo diga yo, sino porque los estudios de neurociencia que los apologistas de la disonancia a principios de siglo XX (Schoenberg, etc.) no podían conocer dicen que tu membrana basilar, tu cóclea, reacciona antes los batimientos de la disonancia, es decir, que si te ponen esto [toca en el piano] te suena horrible. Pero no porque tu mamá te ha dicho que es horrible, sino porque parece ser que en nuestro sistema perceptivo hay algo que rechaza esto. Esto lo dice fundamentalmente el doctor Masataka, de Kyoto, que hizo un experimento con niños de menos de cuarenta y ocho horas e hijos de padres sordos, con lo cual el niño no puede asociar la consonancia a ninguna situación de placer porque en el embarazo nunca ha habido música en casa de sus padres, claro, y el niño en el claustro materno solo ha escuchado sonidos no organizados en el autobús, el tranvía o donde fuera. Y sin embargo, nada más nacer, le parece bien esto [toca en el piano] y le parece mal esto [toca en el piano]. Y esto lo apoyan más estudios, como los del doctor Fishman o la doctora Maslennikova, de San Petersburgo, que comprueba que la reacción contra la disonancia se produce en los primeros trescientos milisegundos, es decir, en la fase preconsciente de la escucha, es decir, que antes de decidir que no te gusta, tu sistema ya ha decidido que aquello no mola mucho.

Entonces, hay cosas naturales, aunque el debate está abierto y yo estoy abierto a que alguien me convenza. Y luego hay cosas culturales, por supuesto.

«El gusto por la consonancia no es cultural, es natural. Los estudios de neurociencia dicen que tu membrana basilar, tu cóclea, reacciona antes los batimientos de la disonancia, es decir, que si te ponen esto [toca en el piano] te suena horrible»

A este respecto quería preguntarle sobre la escala pentatónica, a la que usted dedicó dos programas en la radio. ¿Qué es y por qué es tan importante?
Dicho muy rápido, son las notas que se tocan con las teclas negras del piano. Pueden ser otras teclas, claro. La cosa es que técnicamente es una escala que no tiene semitonos, que es esto [toca en el piano], y por tanto no tiene disonancias y suena muy bien hagas lo que hagas [toca en el piano]. Y tiene cierta importancia en el origen de la música porque está en todas las culturas todavía sin occidentalizar. Está en los indios precolombinos, está en África, está en Asia, está en Oriente Medio (ahí no tanto, pero también está), y también, sorprendentemente, en Europa, en la Europa báltica, en la Europa del Danubio y en la música escocesa e irlandesa. Entonces, claro, si surge en puntos tan dispares sin conexión entre ellos, es que tiene algo de universal. ¿Y por qué es tan universal? Porque surge de la consonancia más pura, que es la de una nota y su quinta, la quinta nota contando a partir de ella. Por ejemplo, si coges un do y su quinta, el sol, suena estupendo [toca en el piano]. La quinta del sol es el re [toca en el piano], la del re, el la [toca en el piano] y la del la, el mi [toca en el piano]. Entonces he hecho: do, sol, re, la, mi, cinco quintas. Si las agrupas a la misma altura te queda: do, re, mi, sol, la [toca en el piano]. Y eso es la escala pentatónica. Y puede que tenga su origen en la aceptación o en el placer del ser humano por la consonancia de quinta, y por esto calculo yo que es universal y compartida por muchas culturas.

¿Hay otros universales de la música?
Rítmicos hay muchos. Esto lo estudia Carlos Reynoso en su Antropología y dice que, por ejemplo, en ninguna cultura una canción de trabajo o de guerra es lenta, siempre es muy rítmica. Y una canción de cuna, en todas las culturas, en los apalaches, en los hotentotes, en los bantúes, siempre es lenta y de ritmo ternario, que da sensación como de balanceo [tararea]. Y armónicos, por ejemplo, la escala pentatónica y, en mi opinión, el gusto por la consonancia, pero tengo colegas que dicen que no, y ahí tenemos el debate. Yo estoy abierto a que me convenzan, pero de momento no me han convencido, no creo que tengan un buen argumento. Mi argumento es que la música «nuestra», la consonante, se impone en todas las culturas y en cambio el canto de garganta de los mongoles no nos ha convencido a nosotros, o los cantos de garganta de los inuits, de los esquimales, que cantan así en algunas ocasiones o con algunos propósitos. Eso no se ha impuesto para nada y en cambio tú ahora vas a Mongolia y en Los 40 Principales de allí escuchas música pop como la nuestra. Y en Alaska y Canadá igual, los inuits escuchan a los Beatles y a Janis Joplin y a Shakira. Se podría objetar que esto puede estar definido por la economía y que la cultura más fuerte, con más dinero, exporta su producto al país más débil. Claro, pero la pregunta es: ¿usted bebe Coca-Cola solo porque los americanos lo digan, o es que también le gusta un poco a usted? ¿Los americanos van a conseguir con dinero que todos bebamos Coca-Cola si esto es un adefesio, si sabe a estramonio o a belladona? Pues no, tiene que haber dos cosas: que los americanos pongan el dinero y que la Coca-Cola guste. Pasa igual con la música. La explicación neomarxista no es la única. Claro que vale, pero es necesario que la música consonante, en este caso, sea agradable a todas las culturas.

Usted dice que algunas formas musicales reproducen o responden a estructuras sociales machistas…
Sí, esto lo estudia mucho la pionera de la musicología feminista Susan McClary, que dice que ya desde finales del siglo XVIII se llamaba al tema o melodía principal de la sinfonía o de la sonata tema masculino, aunque no aparece escrito hasta 1847 en un tratado de Adolf Marx (que no era primo del comunista ni nada). Pero antes de Marx, Vogler, un compañero de generación de Beethoven, hablaba de un tema principal que llevaba la acción y un tema suplementario que llamaba «sanfte», que en alemán significa «suave», pero que también era la palabra con la que los malévolos designaban a los hombres afeminados, como «mariquita» o algo así. Total, que entonces dice McClary que hay una concepción muy clara de un tema principal muy enérgico un tema subsidiario dulce, sutil, «sanfte», que se terminará llamando femenino, y que aunque no hablen de tema masculino, este suele aparecer acompañado de trompetas, fanfarrias y toques majestuosos, que son todos elementos asociados a lo masculino en ese tiempo.

Así, la sinfonía, según McClary, es un entramado de afirmación machista, porque es la victoria de este primer tema enérgico sobre todo lo demás. Nunca hay un final femenino para una sinfonía, nunca termina con el tema «sanfte», siempre con el tema enérgico, machote. Y según ella, la forma sonata, que es la de la sinfonía clásica y romántica, es una forma patriarcal o machista.

«La música puede tener ideología. Mucha. Tú puedes hacer una alabanza o una demolición de la religión o un ataque subversivo con música. Solo necesitas compartir el código con el oyente, que por eso hablamos de lenguaje musical»

¿Y las compositoras con más o menos conciencia feminista componen de otra forma o con otros esquemas?
Pues es curioso, porque las compositoras buenas piensan que, para ser «legales», digamos, tienen que hacer lo que se hace, lo que hacen sus maridos, sus hermanos o sus profesores, que son las sinfonías de toda la vida en esos términos. Clara Schumann, por ejemplo, lo dice así. Tiene dos obras sinfónicas, un concierto para piano que escribió con catorce años y que tiene esos toques masculinos, y un trío, muy bonito, que tiene lo que ellos llamarían dos temas femeninos, de modo que se pronuncia consciente o inconscientemente contra el tema masculino. Pero luego en su diario dice: «Tocamos mi trío el mismo día que se tocó otro trío de Robert (su marido, Robert Schumann) y en comparación con el suyo el mío sonaba afeminado». O sea, que compone femenino, pero ella misma se arrepiente de haberlo hecho. Igual le pasa a su amiga Fanny Mendelssohn, que compone otro trío maravilloso con dos temas femeninos y encima muere al año siguiente, con lo que no tiene tiempo de desarrollarse como compositora.

Eso a mediados del siglo XIX, pero a finales ya hay compositoras que componen sinfonías buenas, aunque lo siguen haciendo a la manera de los hombres. Por ejemplo, Amy Beach, en Estados Unidos, la madre del sinfonismo americano (bueno, la madre y el padre, porque solo está ella en esos inicios), escribe en 1894 la sinfonía Gaélica, de nuevo con toques muy masculinos, así que parece que entiende que para ser sinfonista hay que adoptar esos patrones. La revolución femenina viene a principios del siglo XX con el impresionismo. Las hermanas Boulanger, por ejemplo, ya componen a su manera, sin el imperativo de que haya un personaje sonoro ultrahéroe, ultraduro, una especie de Bruce Willis sonoro dominando la obra. Pero eso tarda mucho, ya digo.

Ya que estamos en un portal de filosofía, le quiero preguntar por las relaciones de la filosofía con la música, y concretamente por Nietzsche, al que usted dedicó un programa por su enfrentamiento con Wagner.
Digamos que Wagner representaba muchos de los ideales de Nietzsche: el arte profano, que no alaba cosas místicas, incorpóreas o engañosas, desligado de la herencia cristiana y que se centra en el hombre y la mujer naturales, como era Sigfrido, el hijo del bosque, fruto de un incesto entre Sigmundo y Siglinda… Todo eso le fascinaba a Nietzsche, como abolición de las asociaciones tradicionales. Pero he aquí que Wagner compone el Parsifal al final de su carrera, que es una obra cristianísima (aunque con sus matices, pero hay allí una eucaristía de los caballeros del Grial maravillosa, la mejor que se ha compuesto en toda la historia, alabando a Jesús de Nazaret). Y a Nietzsche le pareció que Wagner abandonaba sus ideales estéticos.

Eso por una parte, pero, además, Nietzsche empezaba a inclinarse por un arte más cercano, no tan secuestrado, digamos, por filosofemas o teologemas. Entonces le encantaba Carmen de Bizet por eso mismo: arte mediterráneo, sencillo, directo al corazón, y se dejaba de historias. Y le encantaba la zarzuela, La Gran Vía, que se tocaba mucho en Alemania en los cafés.

«Wagner representaba muchos de los ideales de Nietzsche: el arte profano desligado de la herencia cristiana que se centra en el hombre y la mujer naturales. Pero Wagner compone el Parsifal al final de su carrera, una obra cristianísima, y a Nietzsche le parece que abandona sus ideales estéticos»

¿Qué tiene La Gran Vía que sea tan afín a Nietzsche?
No tengo ni idea [se ríe]. No sé, nadie tiene ni idea. Yo me trato de poner en su lugar y digo: «Pero, vamos a ver, después de haberte gustado Tannhäuser, Sigfrido y El crepúsculo de los dioses, ¿alguien te diría que La Gran Vía es una obra sublime?». Porque no sé si esto no es parte ya de aquella hipersensibilidad de cuando Nietzsche se abrazó llorando al caballo, ¿te acuerdas?, que le estaba golpeando no sé quién y se abrazó llorando al caballo, y yo no sé si lo de la zarzuela es una excentricidad antisupremacista de estas, y la zarzuela es como el pobre caballo golpeado o algo así…

Me está haciendo polvo, porque a mí me gusta La Gran Vía, me parece encantadora…
[Se ríe] No, por supuesto, lo es, lo es. Es muy encantadora. Pero no puedes comparar a Wagner con La Gran Vía. No sé cómo decirte, hay muchas más implicaciones para el dinamismo de la mente y del alma humana en Wagner que en La Gran Vía de Chueca y Valverde. Porque, además, a él le encantaba la jota de los ratas: [cantando] «Yo soy el rata primero, y yo el segundo y yo el tercero». Esto, hombre, es muy gracioso, pero no veo yo qué tiene de trascendente. Entonces lo que me sorprende es que Nietzsche, después de haber pasado por las mansiones celestiales de la música, se quede en ese barrio marginal. Pero, bueno, de todas maneras, mi amigo Eduardo Pérez Maseda, que es el gran especialista en el Nietzsche músico en España, dice que tampoco la cosa era para tanto, y que Nietzsche no fue treinta y tantas veces como decía a ver Carmen, sino apenas dos, un ensayo y una vez que estuvo en la ópera, y que más que representar su gusto él lo enarbola como bandera contra Wagner. E igual pudo pasar con La Gran Vía.

Quiero preguntarle también por la situación actual de la música clásica. Usted defiende en el programa una música popular y con capacidad de gustar o entusiasmar a mucha gente, pero esta no es la idea que habitualmente tenemos de la música clásica en nuestra sociedad.
No, totalmente, y además la culpa de ese divorcio la tenemos nosotros, los músicos, que seguimos todavía con el frac, el chaqué y el esmoquin y el chistar si alguien aplaude cuando no debe. Entonces uno va a un concierto y sale espantado: «Oiga, es que me ha gustado mucho el tercer movimiento y me he puesto a aplaudir ¡y me han mandado callar porque faltaba el cuarto movimiento o no sé qué!». Y, claro, se va espantado y no vuelve. Yo creo que hemos asemejado mucho el concierto, que hasta hace nada era el hecho musical por excelencia, a una liturgia, a un vía crucis en el que ya lo importante no es el contenido, sino la forma, una forma social, ¿no? Se trata de ir a socializarte para que tú parezcas más culto de lo que eres. Y eso ha matado mucho a la música. La gente normal dice: «Yo no quiero saber nada de estos creídos o de estos don Pepito y don José», que es lo que parecemos: tipos requetefinos o tipos desbaratados o algo así. «Yo no quiero saber nada de estos requetefinos, pero nada».

Pero, claro, en tiempos originales esto no era así. La música que Bach componía no era para tipos requetefinos. A él le pagaban en Santo Tomás de Leipzig para hacer música que entusiasmara a la gente normal que iba allí: a las beatas, a los beatos, a los religiosos, los filosóficos, los científicos, los comerciantes, las cocineras, los carreteros, las amas de casa… Sí, claro, también había señores, pero había gente común que tenía que ser conmovida e invadida por la expresividad de esa música. Eso Bach, pero también Vivaldi y Beethoven y todos.

«Hemos asemejado mucho el concierto a una liturgia, a un vía crucis en el que ya lo importante no es el contenido, sino la forma, una forma social»

Hay un salto que la música hace en el paso del siglo XVII al XVIII y es lo que el historiador de la estética Arnold Hauser llama «la disolución del arte cortesano». Tú ahora mismo (bueno, tú y yo y cualquiera) somos incapaces de recordar ninguna música del siglo XVII que haya permanecido en el repertorio. Lo que ha permanecido es desde el siglo XVIII, desde Bach, Vivaldi y Haendel. Pero lo que hay antes de ellos, que es preciosísimo todo, no ha pasado al conocimiento de la gente, no está presente en nuestra cultura. Excepto esto, ¿verdad? [toca en el piano] Eso es el Te Deum de Charpentier, de finales del siglo XVII, la música de Eurovisión. Es lo único que ha quedado anterior al XVIII. Y eso es, dice Arnold Hauser, porque la música anterior se dedicaba a los señores y estaba en el seno de la aristocracia y de la Iglesia, que era un círculo o una urna sagrada maravillosa y todo lo que tú quieras, pero que estaba al margen de la sensibilidad normal de la gente. Y por eso la música era muy bella pero carecía del encanto y de la cercanía con la gente. Eso cambia con Bach y Vivaldi, que tienen que hacer música con encanto y cercanía para otro público con el que comparten una misma manera de sentir común a todos y al que por tanto saben cómo conmover para que llore o se entusiasme o lo que sea en cada momento. Esa desvinculación del señorío es lo que cambia la música. Y a partir de ahí hay una evolución (no me gusta mucho la palabra, pero la digo coloquialmente) hasta el XIX, cuando ya todo el mundo siente cuándo la música es iracunda, cuándo es lamentosa, cuándo es amorosa, cuándo es tierna, cuándo es apacible… Y la gente se siente muy compenetrada con aquello. Y el público del siglo XIX ya no son aristócratas, son burgueses, gente normal que va a los conciertos independientemente de su apellido solo con pagar su entrada. Y esta democratización de la música es lo que lleva a un encuentro de la música con la gente común.

Y en cambio usted critica mucho la música clásica contemporánea, porque dice que se ha perdido la conexión con el público.
Pues sí. Porque cuando la música ha empezado a mirarse al ombligo a la gente no le mola eso. Es como decir: «El fútbol va a empezar a mirarse al ombligo y ya no hay que meter goles ni hay que divertir, sino solo hacer piruetas, pero piruetas sin ningún espectáculo, solo para demostrar a mi compañero futbolista que yo soy mejor que él o que tengo una técnica muy depurada y no sé qué y no sé cuántos». Y, claro, en cuanto una disciplina pretende convertirse en el centro del mundo y se hace autorreferencial, pues adiós disciplina. También ha pasado un poco con la pintura, pero la pintura tiene más éxito porque un cuadro al fin y al cabo lo ves en un banco, en una institución, en un museo o un ministerio, lo miras cuatro segundos, qué bonito el cuadro y ya está. Pero en la música tienes que estar un rato ahí aguantando el tostón. Entonces, el problema de la música contemporánea es que en su carrera autorreferencial, sin tener en cuenta las orejas que van a escucharla, ha intentado responder a una idea que sí es patriarcal y neopositivista de la evolución.

Hay una especie de dogma que corre entre mis colegas de conservatorio y de las universidades que es que la historia de la música es la historia de la aceptación de la disonancia. Es decir, en la Edad Media tú cantabas esto en principio [toca una melodía en el piano]; en el siglo XI ya haces el organum paralelo [toca en el piano], que es la misma melodía pero con sus quintas; en el siglo XIV nace el acorde mayor estándar, do-mi-sol [lo toca en el piano]; en el siglo XVII la gente asimila el acorde de séptima, que es algo más disonante [lo toca en el piano], en el siglo XVIII la gente asimila el acorde de novena, más disonante todavía [lo toca en el piano] y en el XIX entran todas las disonancias: séptima disminuida [lo toca en el piano], séptima semidisminuida [lo toca en el piano], sexta aumentada [lo toca en el piano], quinta disminuida [lo toca en el piano], etc. A finales del XIX la gente escucha cosas como la novena sinfonía de Mahler, que ya está en las postrimerías de la consonancia.

«Antes del siglo XVIII, la música se dedicaba a los señores y estaba al margen de la sensibilidad normal de la gente. Eso cambia con Bach y Vivaldi, que hacen música con encanto y cercanía para otro público con el que comparten una manera de sentir común a todos»

Y entonces llega Schoenberg y piensa que, como la historia ha ido así, a él lo que le toca es romper del todo con la consonancia. Y crea el atonalismo, y encima dice sobre 1920 que en el futuro hasta los carreteros cantarán esa «música». Porque, claro, antes sí había disonancias, pero se remitían o se «alojaban» en consonancias, como creando tensión y alivio, ¿no? O esa es al menos la doctrina romántica. Pero Schoenberg cree que a él le toca dar un paso más, suprimir toda consonancia y hacer música así [toca en el piano]. Eso podía ser de Schoenberg, pero es mío, lo acabo de improvisar, voy a ver si lo patento. Y esa fue la tesis de Schoenberg, pero dio por hecho en su teoría que los seres humanos somos mármoles o somos monolitos y se nos puede categorizar como elementos pasivos que responden a teoremas evolucionistas sin más. Pero, claro, eso no puede ser. Tenemos culturas, tenemos madres, padres, vinculaciones, tenemos historias. Y Schoenberg no caló. Pero no porque lo diga Luis Ángel, sino porque nadie le escucha, salvo sus allegados y aquellas capillas de músicas contemporáneas, así llamadas, a las que sigue un 0,0% de la humanidad.

¿Por qué «así llamadas»? ¿No son contemporáneas del todo?
Sí… pero también son contemporáneos Shakira y Bisbal. Lo que pasa es que ellos se han arrogado el marbete y parece que solo fueran contemporáneos Pierre Boulez, Tomás Marco, Lachenmann… Pero contemporáneo también es John Williams, tranquilamente, o James Horner o Fernando Velázquez, mi amigo, el de las bandas sonoras españolas. Y Shakira y Bisbal. Eso es contemporáneo. Pero parece que eso no es música artística, sino que solo «lo nuestro» es artístico. Pero, bueno, por favor, defíname usted qué es artístico. Así, una definición científica de qué es arte o qué es cultura, porque cultura es todo, desde los toros hasta beber cerveza. Son términos demasiado amplios para que tú te los apropies. La «música contemporánea», así llamada, será música vanguardista atonal, eso es lo que es. Y dentro de eso eres contemporáneo mío, claro, pero ya está.

Afortunadamente, dentro de eso los disc-jockeys de las radios generalistas, de Los 40 y M-80 y esas cosas, ya dicen música contemporánea a la música normal, a la que se escucha.

No sé si es muy habitual que un presentador de Radio Clásica y profesor de conservatorio hable tan elogiosamente de la música de Los 40…
[Se ríe] Yo no soy muy rockero, pero, vamos, debo reconocer que la verdadera evolución de la música está ahí, en el rock y el pop. El problema de los schoenberguianos y de los músicos absolutos o absolutistas es pensar que la música solamente es sonido y que su evolución es la evolución del sonido. Pero dígame usted, señor músico absolutista, qué otras disciplinas de la humanidad son solamente ellas mismas. ¿La pintura, la arquitectura, la danza? ¿La danza solamente es mover el body o la arquitectura es solamente poner columnas y poner tabiques? ¿Usted entiende por eso el arte? Concebir así la música es pensar en términos muy autorreferenciales y olvidar que la música está muy vinculada a otras actividades, a otros aspectos de la vida.

Yo soy contrario a la teoría clásica de conservatorios y universidades sobre la evolución de la música como aceptación de la disonancia. Mi teoría es que no, que la evolución (si es que existe tal cosa, pero, bueno, lo utilizamos coloquialmente) es el camino hacia convertirse en un lenguaje inteligible por la gente. O dicho más técnicamente, un proceso de semiotización, de convertirse en un código universal por el que nos entendemos las personas. En este sentido, el pop sería el punto culminante de esta evolución (entre comillas). No hay nada más directo que una balada de Elvis, una canción de los Rolling o una música de anuncio o de una película de Hollywood para que sea inmediato e inteligible para todo el mundo. Como te he dicho, es un proceso muy largo que tiene su nudo en el Romanticismo, cuando Beethoven, Chopin, Liszt, Schumann, Mendelssohn y luego ya Brahms, Chaikovsky y Wagner convierten ese sistema de sonidos abstractos en algo que tú puedes sentir y haces tuyo. La idea de que, si el autor llora, tú lloras con su música o que, si está pletórico, tú estás pletórico no existía en la Edad Media como cosa directa (es decir, en teoría un Aleluya de Machaut era alegre y debía sugerirte alegría, pero me refiero a que era una alegría muy escolástica y muy irreal, y casi no se diferenciaba musicalmente de un Introitus de réquiem, que debía sugerirte la muerte). En el Renacimiento no litúrgico ya empezaron los giros musicales más humanos, digamos: un suspiro aquí, una agitación allá, una excitación amorosa en algún madrigal… Pero todavía muy reglado. Y toda esta expresividad se desarrolló en el XVIII y alcanzó cotas altísimas en el Romanticismo, y perdura en nuestra música «cotidiana»: pelis, series de Netflix, anuncios, canciones… Así que, insisto: la verdadera evolución, si es que se puede hablar así de la música, es su semiotización, el que la gente la perciba como un sistema de signos que entienden (aunque sea con la vaguedad de una sugerencia) y sienten.

«El problema de los músicos absolutos o absolutistas es pensar que la música solamente es sonido y que su evolución es la evolución del sonido»

En ese sentido, creo que usted defiende una música comprometida. ¿Qué quiere decir con esto?
[Se ríe] Bueno… Comprometida… A mí me fascina y me maravilla el arte por el arte, eso de entrada. Pero, dentro de eso, yo admito que es un lujo burgués, poniéndonos en términos posmarxistas o algo así. Es un lujo porque ¿qué haces con eso? Ahora mismo, sin ir más lejos, tenemos una crisis que puede ser muy profunda. En esta situación, ¿tú a quién vas a irle con el arte por el arte? ¿A alguien que ha perdido varios familiares, a alguien que está angustiado por lo que sea…? ¿Usted va a darle la murga con el arte por el arte y la fascinación por el sinusoide que se escucha por encima de las vibraciones de las frecuencias bajas? ¿A quién diablos le importa el sinusoide, las frecuencias bajas o los armónicos impares del espectro armónico? A la gente le importa, si está angustiada, que le cantes un buen pasodoble o un buen bolero o una buena balada de rock o de pop. La música debería servir a la sociedad, que para eso nos está pagando. Yo soy profe, soy funcionario, y recibo dinero de la sociedad. ¿Qué voy a hacer con eso? ¿Hablar de mi doctrina, de mi teología, de los sonidos sinuosides y tal? ¿O voy a intentar devolverle a la sociedad con creces todo lo que me paga? Y eso no excluye mostrarle otros caminos o intentar ampliar su consciencia o elevar sus miras, por supuesto, pero no imponiendo mis cosas como si yo fuese un Beethoven interestelar que ha venido a mostrarles el camino verdadero… Eso ha perdido a muchos de mis colegas: cierto egotismo mesiánico, la importancia suprema de la revolución universal de las cócleas y cosas así.

¿Y los músicos clásicos sí lo hacían así? ¿Eran más comunicativos o algo así?
Ah, sí, por supuesto. Sí, sí. Es que hay un mito que interesa a los músicos llamados contemporáneos de que Beethoven era un genio aislado e incomprendido y solo escribía para las musas y el Parnaso y los serafines. Pero Beethoven era un tío muy terrenal, muy comercial. Lo que pasa es que era un genio, eso sí. Pero, quitando que era un genio, le gustaba el dinero y sabía cómo expresar cosas y dónde golpear la conciencia de la gente, con un timbal aquí, un silencio repentino acá, una melodía preciosa aquí y una tormenta allá, y lo hacía mejor que nadie en la historia.

«A mí me fascina y me maravilla el arte por el arte. Pero admito que es un lujo burgués, poniéndonos en términos posmarxistas o algo así»

Esto nos lleva a la situación, según dice usted, de que a la gente le gusta la música clásica pero no lo sabe.
[Se ríe] Pues sí, porque cuando tú vas a El Señor de los anillos, la gente sale cantando los temas y sintiéndolos, se están emocionando con los temas de Gondor y de Rohan y el tema de la esperanza, esto que nos cuenta Jaime Altozano en sus vídeos. Y eso que está en las películas, su origen es Bruckner y es Mahler y es Wagner. Así que tú has manifestado que cuando esas formas clásicas te las envuelven en un buen envoltorio, te encantan. Lo que no te encanta es cuando te encierran en el Auditorio Nacional o en el salón de actos de no sé dónde, ahí no te encanta nada, como no sea que te transformen un poco el concierto.

¿Cómo habría que transformar un concierto para que a la gente común nos apeteciese más?
Se ha hecho en muchas orquestas en Londres con la Multi-Story Orchestra o los de The Age of Enlighment en la Night Shift, que se ponen a tocar en pubs y en antros de mala reputación, o la Orquesta del Festival de Budapest, que pone a hablar a un tipo antes de la sinfonía y los jóvenes se sientan junto a los músicos de la orquesta, o en Australia también, que ponen a una orquesta a tocar en espacios no convencionales, por allí con los canguros y las personas libres en shorts… El mensaje sería: usted deje que la gente entre con sus móviles al concierto, que entre con sus bebidas al concierto y se las beba allí, y usted póngale pantallones durante el concierto donde se visualicen las cosas que están sonando. Y a ser posible con un conferenciante, un animador, que le cuente a la gente en sus términos de qué va a ir aquello. Eso tratamos de hacerlo nosotros en la Orquesta Nacional de España unas cuantas temporadas. Y, bueno, ahí estaba yo con el pantallón detrás de la orquesta explicándole a la gente lo que iba a ser la sinfonía y guiándoles por el movimiento: aquí el tema del héroe, aquí el tema del amor, aquí el conflicto y la batalla y aquí la redención y tal. Y eso se lo explicábamos y, luego, cuando sonaba la música, el pantallón recorría lo que habíamos dicho con fotos, con carteles y con historias. Bueno, pues la gente nos dio una puntuación de cuatro y medio sobre cinco. Y por primera vez había gente en el Auditorio que hasta entonces solo había ido al concierto de Miguel Ríos y así. Y de repente vieron que la música se abría ante sus ojos, que era un libro que hasta entonces no se había abierto y que podía ser maravilloso. Entonces, yo voto porque el mundo de la clásica deje de ser el mundo elitista del chaqué y del postureo que hemos sido hasta ahora y que empiece a ser un libro abierto ¡para la gente normal!

«Hay un mito que interesa a los músicos llamados contemporáneos de que Beethoven era un genio aislado e incomprendido, pero Beethoven era un tío muy terrenal, muy comercial. Lo que pasa es que era un genio»


Aquí le tengo que preguntar por el papel de músicos divulgadores no muy convencionales como Jaime Altozano, al que ha mencionado, o James Rhodes. ¿Qué importancia tienen en esto?
Bueno, Altozano… Yo quiero ser como Altozano cuando sea mayor.

Pues va camino…
[Se ríe]

Hábleme del vídeo de Mozart, que ha tenido mucha repercusión, más de dos millones de visitas, y en el que sale usted contando un montón de mentiras sobre Mozart…
Claro, yo iba allí como autoridad académica y de repente… Además, llegó Altozano a mi casa un cuarto de hora antes de rodar, con Ter y una camarógrafa porque gana dinero y tiene un buen equipo para hacer las cosas. Y un cuarto de hora antes me estuvo contando lo que había que hacer y yo no salía de mi asombro. Le decía: «¿Pero tú quieres que yo, que soy un señor profesor del Superior de Madrid y de no sé cuántas universidades, salga aquí y diga todas estas mentirolas de Mozart una detrás de otra?». Y me dice: «No, no, tú di lo que quieras». Total, que yo encima puse de mi parte y me salió una creatividad maléfica de decir tonterías de que si el neoliberalismo, de que si Mozart era uno porque los socialistas querían que fueran varios y un montón de cosas extrañísimas. Pero salió un documental tan fenomenalmente hecho que mucha gente llegó hasta el final. Otros se fueron bajando al cuarto de hora o a la media hora, pero hubo gente que aguantó casi tres cuartos de hora pensando: «Bueno, esto es increíble, pero si lo dicen estos…». Y quedó fenomenal. Por supuesto, este mockumentary me ha hecho perder todo mi prestigio académico… Mis propios alumnos ya no me creen y cuando hablo no saben si estoy en modo mockumentary o en modo verdadero… Pero estas iniciativas que tiene Altozano han hecho más por la divulgación de la música que todos nosotros con nuestras radios, con nuestras televisiones y nuestras historias, porque no sabemos contar las cosas. Y en cambio él sí. Se pone en el lugar de los millenial y de la gente normal y sin ningún prejuicio te habla de todos los misterios de la música. Así que a mí me parece genial lo que hace Altozano. ¿Que podría ser más academicista, más versado? Bueno, pues eso yo no lo echo en falta para nada, ¿eh? Yo le veo muy dotado, muy inteligente, y con una capacidad de asociar ideas aparentemente dispares y una capacidad de metaforización muy interesante y una especie de don de la profundidad horizontal, que es cuando tú asocias una cosa con otra de distintos campos y las combinas. Y le sale fenomenal.

¿Cree que eso hace que quien ve sus vídeos escuche más música clásica?
No creo que sus dos millones y pico de followers, pero una gran parte sí. De hecho, yo recibo en los oyentes de la radio gente que viene de él y han descubierto la música por los vídeos de Altozano. No voy a decir miles porque yo no soy Julio Iglesias, pero sí decenas de personas. Así que Altozano hace mucho más por la divulgación que toda la maquinaria divulgativa oficial española. Y eso deberíamos hacérnoslo observar nosotros y ver en qué podríamos mejorar.

«Yo voto porque el mundo de la clásica deje de ser el mundo elitista del chaqué y del postureo que hemos sido hasta ahora y que empiece a ser un libro abierto ¡para la gente normal!»

¿Y James Rhodes?
Pues James Rhodes es un tío también fascinante y que demuestra alguna de las cosas que te estoy diciendo, yo creo. Yo nunca he ido a un concierto de James Rhodes ni creo que vaya, no creo que yo sea su público o que me entusiasmase mucho en un concierto suyo. Ahora bien, su figura me entusiasma, me fascina y me apasiona y yo la apoyo con toda mi alma. Es un pianista que no es Trifonov, ni Sokolov, ni Rubinstein y todo el mundo sabe que tiene sus limitaciones como pianista o que debería estudiar más en algunas ocasiones, lo que tú quieras. Ahora, el hecho de que él cobre la entrada a cincuenta euros y pete los auditorios como si fuera un rockero tendría que hacernos pensar a nosotros, los oficialistas, qué estamos haciendo mal o qué podríamos hacer mejor. Y James Rhodes demuestra también que la gente no va al concierto a que tú le impresiones con tu nivel técnico o incluso expresivo, porque hay pianistas más perfectos y también más expresivos. Pues Rhodes demuestra que la gente no va a eso, sino a que le cuenten historias que les involucren a ellos, porque Rhodes es un gran story-teller que además toca el piano, y mete sus stories en su piano. Eso es una fórmula que parece que es nueva (que no lo es, pero él la ha renovado) y él es un hombre común al que le han pasado cosas y él las cuenta y las vierte en su música, y eso a la gente le fascina y le encanta, les hace reír y llorar al mismo tiempo.

Y luego tiene un valor añadido aparte del musical, que es el de su historia personal. La cruzada que él está haciendo por visibilizar a los niños y niñas abusados y abusadas es encomiable. Como si no da una luego al piano, me importa un pimiento. El hecho de que él haya sido el paladín de este movimiento contra una ley absurda en España de que un abuso sexual prescribiera a los diez o quince años… Yo lo he vivido en primera persona, o en segunda persona más bien, porque he estado en juicios con niñas abusadas por su profesor de piano y es tan penoso que no te crean, que seas una niña tonta, una histérica, que te digan tus propios compañeros machistas y profesoras machistas incluso que, bueno, que tu profesor solamente te ha tocado un poco (a pesar de que además la ha violado)… Me parece tan alucinante que esta situación no se haya visibilizado más que admiro a James Rhodes por adoptar esa posición, aunque se enfrentase a toda la carcundia y a toda la gente que diga que toca mal y no sé qué. Pues, en primer lugar, tiene algunas grabaciones muy aceptables, aunque no sea perfecto en directo como Pollini. Y, en segundo lugar, lo que hace es superior a cualquier ideal estético. Las batallitas estéticas de cómo teclear más legalmente un piano, en mi opinión, no deberían ser superiores a las verdaderas batallas existenciales.

Me gustaría hacerle una última pregunta sobre el papel educativo de la música, que cada vez está más adelgazada en el currículo escolar, pero usted creo que defiende su valor formativo incluso en sentido moral…
Sí. No voy a entrar en moral profundamente porque eso implicaría quizás preceptos éticos o religiosos, pero sí moral en el sentido de que no hay una actividad que te enseñe más disciplina, más relación con el otro o con la otra, más búsqueda de belleza entendida como fuerza que al otro va a conmoverle o a hacerle sentir más humano… No hay nada mejor que la música para esto, así que enseñarles música a los niños y a las niñas es una bienaventuranza para la humanidad, y debería potenciarse mucho.

Y además fortalece tu capacidad de expresar cosas más allá de lo verbal, de expresar mundos que existen pero que no tenemos otros medios de hacerlos salir. Claro que ¿cómo se convence de esto a un político? No le vas a decir: «Eh, que hay mundos que están ahí y hay que expresarlos, así que deme dinero para la música». Ahora, en términos prácticos sí. Hay una página de la Universidad de Harvard, de la Escuela de Medicina, que se entretiene en exponer científicamente lo que ya se intuía décadas atrás: que la música mejora las habilidades cognitivas, la capacidad de comunicación, la memoria, el aprendizaje de idiomas, incluso reduce el estrés y la depresión… Y la doctora Carolina Peláez, que viene a la Universidad Menéndez Pelayo, a nuestros simposios de Cuenca, nos dice que la música fortalece el cuerpo calloso y fortalece la conexión entre los dos hemisferios del cerebro, y que acelera la maduración del córtex cerebral en los niños… El Alzheimer tiene mucha menos incidencia en los músicos, incluso.

«La música mejora las habilidades cognitivas, la capacidad de comunicación, la memoria, el aprendizaje de idiomas, incluso reduce el estrés y la depresión…»

En fin, no sé si estoy utilizando ya tonillo de promotor inmobiliario o gastronómico o algo así con las ventajas de la leche. Pero digo que habría que potenciar la música en España. No tanto pretender que todo el mundo sea músico profesional, sino que todo el mundo fuese sensible a la música y tuviese una experiencia básica en producir música, en practicarla, aunque fuese en coros bien dirigidos. He conocido a alemanes informáticos o comerciales de 30 años para quienes era natural ir frecuentemente a un concierto, o tocar básicamente el piano o el violín o lo que sea. La vida musical enriquece la capacidad de una nación. No estoy poetizando, ni haciendo teologías. Hablo en términos muy inmediatos y muy realistas. La música es un don que podemos aprovechar, y una fuerza que te puede transformar radicalmente, que te puede redimir incluso, como me contó uno de mis alumnos italianos maravillosos, un pianista muy alto que venía siempre trajeado, con el pelo engominado para atrás y con una cicatriz casi chunga en la cara, que podía dar miedo hasta que abría su boca y era amabilísimo y me llamaba «maestro» y se medio inclinaba ante mí. Un tipo duro/tierno entrañable que me contó que todos sus amigos de niño en Nápoles habían muerto en la camorra, como en la película Gomorra. Y me dijo, emocionado, que a él lo salvó el piano, la música. Ya ves, Rhodes no es el único «redimido». Pero hemos dicho que no íbamos a poetizar.