La geopolítica de las emociones
¿Las emociones y sentimientos son intrínsecamente nuestros? ¿O son construcciones sociales, meros «productos» al servicio del mercado? Estas son algunas de las preguntas que la revista francesa Manière de Voir plantea en un reciente número titulado «Géopolitique des sentiments». En nuestra sociedad contemporánea este no es un tema menor o especulativo. Todo lo contrario, se ha demostrado que nuestra toma de decisiones depende de cómo y desde dónde se nos manipula.
Hace tiempo que el origen y la naturaleza de las emociones y sentimientos han sido desmontados: a partir de la filosofía (desde el mito del carro alado de Platón hasta nuestros días), de la religión (la lucha entre Dios y el diablo en el corazón de los mortales); a través del psicoanálisis freudiano (las fuerzas del inconsciente desencadenando las pasiones), o desde las neurociencias cognitivas (que han arrojado luz sobre los mecanismos neurobiológicos de las pulsiones emocionales del ser humano). De hecho, hasta hoy, las emociones continúan siendo materia de investigación para diferentes disciplinas científicas.
Se nos dice que las ideas pueden cambiar, pero los sentimientos parecen tener «la tenacidad de un pozo oscuro e irreductible. ¿De dónde provienen el amor, el odio, el asco y el fanatismo?», escribe Evelyne Pieiller, coordinadora del número. Estamos convencidos de que lo que sentimos expresa nuestra verdad, incluso nuestra identidad. «Como la libertad suprema y paradójica que seguiría siendo exclusivamente mía», apunta la escritora.
Es paradójica, y quizás incluso parcialmente engañosa, porque en realidad las emociones son manipulables, aunque tendamos a creer que «solo nuestros adversarios y los muchos representantes de posiciones hostiles tienen probabilidades de ver influenciadas sus pasiones».
Casi a diario, atestiguamos cómo algunos movimientos populistas apelan a los sentimientos de injusticia para conseguir votos, adeptos y simpatizantes. Basta recordar cómo, en otros tiempos no tan lejanos, el fascismo y el nazismo amasaron los resentimientos, los miedos, la inclinación a someterse a un líder. Sin embargo, agrega, «independientemente del poder que haya tenido la propaganda, lo cierto es que, si tuvo algún efecto, fue precisamente porque existían esos sentimientos».
Por otra parte, como señala el historiador Philippe Videlier en su artículo en este número, no hizo falta una doctrina coherente «sino todo lo contrario, para que el fascismo echara raíces en Europa, empezando por la península italiana, a partir de la década de 1920. Bastaba con adular el descontento, incitar al odio, obtener el apoyo de los grandes industriales y contar con la complicidad del aparato estatal». Fue un movimiento impulsado y alimentado por fuerzas oscuras, «dentro de una dialéctica de terror y fascinación».
Lo que hoy se conoce como nacionalpopulismo es una construcción de múltiples capas que no se parece a ningún otro movimiento ya que, como indica Videlier, «para desarrollarse, no apela a la racionalidad, sino, en contra de la racionalidad, a la emoción y al instinto».
Hoy, además de los medios de comunicación, están las redes sociales para «propagar y desencadenar esas emociones de manera harto insidiosa», indican desde Manière de Voir. ¿Somos así de manipulables? ¿Conocemos de qué están hechas las emociones, sentimientos, pasiones? ¿Cada etapa histórica ha tenido sus preferencias?
Casi a diario, atestiguamos cómo los movimientos populistas apelan a los sentimientos de injusticia. Basta recordar cómo, en otros tiempos no tan lejanos, el fascismo y el nazismo amasaron los resentimientos, los miedos, la inclinación a someterse a un líder
Aprendemos históricamente a sentir
«…la emoción como un sentimiento breve y abrupto,
el sentimiento como una experiencia consciente
y la pasión como un sentimiento intenso».
José Antonio Marina
Cita a pie de página en El gobierno de las emociones. Victoria Camps
Para Iván Alfonso Pinedo Cantillo, experto en filosofía moral y política, «entender la emoción como una reacción breve, intensa y de carácter más inmediato, con un fuerte componente fisiológico, permite situarla como el primer momento de la experiencia afectiva.
El sentimiento, en cambio, implicaría una elaboración más duradera y consciente de esa emoción, mediada por la interpretación, la memoria y el lenguaje. En este sentido, el sentimiento no es simplemente ‘sentir más’, sino comprender y significar lo que se siente. Finalmente, la pasión podría entenderse como una intensificación y prolongación del sentimiento, que adquiere un papel estructurante en la vida del sujeto».
Para este filósofo colombiano, autor de Las emociones en perspectiva: un análisis interdisciplinario de su evolución histórica (Universidad Nacional Abierta y a Distancia de Colombia), el interrogante que plantea la revista francesa exige una comprensión compleja y multidisciplinar, «más que una respuesta dicotómica». Y agrega, «las emociones se sitúan en una zona de intersección entre lo subjetivo, lo biológico y lo sociocultural».
Sabemos que las emociones son susceptibles de ser manipuladas. De acuerdo con la publicación francesa, «los poderes, las autoridades políticas o morales, las priorizan según sus necesidades, y la escala de valores en la que se las clasifica se ve alterada». El liberalismo, por ejemplo, señala Evelyne Pieiller, «acentúa el sentimiento de culpa, que se convierte en una herramienta de control social, pero también puede exaltar la benevolencia, que se convierte en un deber cívico».
De acuerdo con el doctor Pinedo Cantillo «cada época histórica ha privilegiado determinadas configuraciones afectivas, otorgando centralidad a ciertas emociones en función de sus marcos culturales, políticos y éticos». En su libro, este investigador en psicología y filosofía de las emociones de la Universidad Nacional de Colombia, sostiene que la vida emocional «no es estática ni universal en su expresión, sino históricamente situada».
Así, por ejemplo, «la Antigüedad clásica tendió a problematizar las pasiones (Pathos) en relación con la razón y la virtud. Las tragedias griegas ya daban cuenta de esta situación». Los filósofos estoicos favorecieron la razón y «desarrollaron una visión profundamente crítica de las emociones, a las que asociaban con juicios erróneos, generando así una dicotomía entre razón y emoción que ha estado presente durante varios siglos».
Aristóteles, por su parte, «desarrollo posturas según las cuales las emociones estaban asociadas a la virtud, la ética, y la vida en la comunidad política, por eso se habla de ‘emociones virtuosas’. Hoy en día hay nuevas lecturas aristotélicas del vínculo entre las emociones y las virtudes, aspecto que se relaciona mucho con el mundo educativo y la formación para una ciudadanía democrática».
Más tarde, agrega Pinedo Cantillo en una entrevista, «la Edad Media configuró un horizonte afectivo atravesado por el temor religioso, la culpa, la esperanza y las virtudes cristianas. En ese contexto surge la idea de los pecados capitales asociados a determinadas emociones desordenadas que alejaban al ser humano de su auténtico fin: la vida eterna y la contemplación de Dios».
La modernidad, indica, «exaltó emociones vinculadas a la autonomía, como la dignidad o el orgullo, pero también desarrolló una controversia ética entre razón y emoción, con protagonistas como Kant, de un lado, y los sentimentalistas británicos en la otra orilla: Hume, Hucheson, Shaftesbury; y la contemporaneidad parece estar marcada por emociones como la ansiedad, el miedo difuso, la ira o incluso la indignación, muchas veces mediadas por dinámicas sociales, tecnológicas y económicas».
A lo largo del recorrido que hace a través de Las emociones en perspectiva: un análisis interdisciplinario de su evolución histórica, el filósofo colombiano afirma que «no solo sentimos, sino que aprendemos históricamente a sentir, en tanto cada época establece jerarquías afectivas, define qué emociones son legítimas y regula sus modos de expresión».
Para Iván Alfonso Pinedo Cantillo, experto en filosofía moral y política, «entender la emoción como una reacción breve, intensa y de carácter más inmediato, con un fuerte componente fisiológico, permite situarla como el primer momento de la experiencia afectiva
Miedo, esperanza, orgullo…
En 2008, el politólogo francés Dominique Moïsi publicó La Géopolitique de l’émotion, un libro basado en la premisa de que las emociones desempeñan un papel crucial en la formación de la política global. De acuerdo con el autor, el miedo, la esperanza y el orgullo influyen en las actitudes y acciones de los actores internacionales.
Fundador del Instituto Francés de Relaciones Internacionales y uno de los principales pensadores geoestratégicos de Europa, Moïsi examinaba estas tres emociones y su impacto en diferentes regiones del mundo: el miedo en Occidente, la esperanza en el Este y el orgullo en Oriente Próximo. ¿Por qué escoge estas y no otras? Por su estrecho vínculo con la noción de confianza.
El miedo, por ejemplo, revela una ausencia de confianza. Moïsi se centraba en el miedo en Occidente, especialmente después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. En la primera parte del libro, exploraba cómo el miedo al terrorismo, la inseguridad, la inmigración y el declive económico han afectado las políticas internas y externas, así como a las actitudes de los países occidentales, particularmente en Europa y Estados Unidos.
Más adelante, considerando que la esperanza es una expresión de confianza que define específicamente a China, India y otras regiones de Asia, el politólogo francés analizaba cómo el rápido crecimiento económico de China ha generado esperanza y optimismo en la región, así como la preocupación por su poderío creciente y su influencia en el mundo. Esta esperanza ha influido en las relaciones internacionales y en la percepción del futuro de la región. En la tercera parte de su libro, Moïsi abordaba el orgullo en Oriente Próximo y examinaba la manera como la herida de la humillación histórica ha influido en las luchas y tensiones en la región, particularmente en el conflicto palestino-israelí, y en las aspiraciones nacionales y religiosas.
Para este politólogo francés, comprender y abordar las emociones puede ser crucial para construir una paz duradera y relaciones internacionales más equilibradas y estables. Curiosamente, regiones como Rusia, la África subsahariana y América Latina (definidas por el autor como «conjuntos geopolíticos inclasificables») no estarían asociadas a este mapa, sino que participarían de las tres emociones referidas.
Está claro que, dada la actual realidad geopolítica del mundo, definida por la inestabilidad y el surgimiento de personajes tóxicos asociados a un renacimiento de la ultraderecha, el planteamiento de Dominique Moïsi ha sido superado con creces, cuando no peca de ingenua y reduccionista. ¿Cuántas emociones y sentimientos convulsionan en este momento?
Aquí vale la pena recordar a un coterráneo de Dominique Moïsi, el político ultraderechista Éric Zemmour. Fundador y presidente del partido Reconquista y candidato a las presidenciales en 2022, sus discursos —que suelen ser articulados, pausados y sin estridencias—, apelan siempre a un «sentimiento de desposesión», como consecuencia, entre otros aspectos, de la «invasión migratoria proveniente de los países árabe-musulmanes absolutamente inaudita e inédita en la historia», lo que plantea «problemas enormes de violencia, de crimen, de robo, de empobrecimiento, de incompatibilidad de culturas, de compatibilidad, de convivencia».
En su opinión, estamos ante un «enfrentamiento de civilizaciones» insostenible. No olvidemos que Zemmour ha sido condenado en dos ocasiones por los tribunales franceses por incitación al odio racial; es un abierto promotor de la teoría del gran reemplazo, una creencia racista y muy popular en la extrema derecha de Europa, Estados Unidos y el Reino Unido. Puede ser candidato a la presidencia de Francia en las próximas elecciones.
Si algo nos ha enseñado la Historia es que los periodos de cambio, de metamorfosis, son peligrosos y llenos de incertidumbre. Lo que también es cierto es que en todas estas etapas, la simbiosis con lo emocional sigue vigente.
Fundador del Instituto Francés de Relaciones Internacionales y uno de los principales pensadores geoestratégicos de Europa, Moïsi examinaba estas tres emociones y su impacto en diferentes regiones del mundo: el miedo en Occidente, la esperanza en el Este y el orgullo en Oriente Próximo
La ira y el asco proyectivo son hijos del odio
«Cuando el odio es deseable», reza el encabezado de otro de los artículos de Géopolitique des sentiments. El odio en grupo empodera. «Un toque de paranoia megalómana alimenta el ego. Y otorga una dulce sensación de pertenencia», señalan desde la revista. La persona que odia está convencida de tener razón «y no percibe los problemas sociales, políticos y personales que dan forma y alimentan su repulsión».
Este ambiente hostil que se respira cada vez más en nuestras sociedades deja una huella profunda. Hay partidos políticos abiertamente xenófobos que ganan cada día más adeptos, líderes que difunden mentiras y noticias falsas cargadas de odio y repugnancia. Preocupa especialmente que muchos jóvenes caigan en esta nociva dinámica porque, es obvio, la extrema derecha intenta colarse en las mentes juveniles.
Un reciente informe publicado por la Fundación SM señala que más de la mitad de los jóvenes españoles cree que se necesita más mano dura aunque se sacrifiquen libertades. Después de analizar la evolución social y educativa de los jóvenes de entre 15 y 29 años desde 2020, uno de los resultados de la investigación revela que «existe más desafección a los sistemas democráticos, más machismo, más xenofobia y más religiosidad». Como respuesta a esta triste y preocupante realidad, en marzo de 2026, el gobierno de España anunció el lanzamiento de la herramienta ‘HODIO: Huella del Odio y la Polarización’ que servirá para medir la presencia, evolución y alcance del discurso de odio en las plataformas digitales.
Como estudioso de la obra de Martha Nussbaum y autor del ensayo Miedo, asco proyectivo y política de la exclusión: el impacto de las emociones en la construcción de la ciudadanía democrática, preguntamos su opinión al doctor Iván Alfonso Pinedo Cantillo:
«La ira, en el contexto sociopolítico, es una emoción ambivalente. Por un lado, puede tener un potencial ético cuando se vincula con la percepción de una injusticia real, movilizando a los sujetos hacia la reivindicación de derechos o la transformación de condiciones infrahumanas. En este caso se asocia más con la indignación por las injusticias que se cometen o por el atropello de los derechos humanos.
Sin embargo, la ira también puede ser capturada y redirigida en clave excluyente cuando se articula con discursos que construyen enemigos sociales. En estos casos, la ira deja de orientarse hacia estructuras injustas y se desplaza hacia grupos específicos, convirtiéndose en un mecanismo de estigmatización, odio y polarización. Así, la emoción es políticamente moldeada: no solo importa que haya ira como emoción primaria, sino hacia quién se dirige y bajo qué narrativas se legitima, entonces se convierte en una emoción moral».
Para Pinedo Cantillo, más crítica aún es la función del asco, «particularmente en su forma de ‘asco proyectivo y moralizado’. Este no se limita a una reacción biológica frente a lo repulsivo (lo cual es natural en los mamíferos superiores), sino que implica un proceso simbólico mediante el cual ciertos sujetos o colectivos son asociados con lo impuro, lo contaminante o lo indeseable».
En esta lógica, agrega el filósofo colombiano, «el asco opera como una emoción que deshumaniza: transforma al otro en algo que debe ser evitado, expulsado o eliminado del espacio social. Esta emoción ha sido históricamente utilizada para justificar prácticas de exclusión, ya sea en términos de clase, raza, género o condición social». El ‘otro’, puntualiza, «no solo es diferente, sino que es percibido como una amenaza al grupo, al partido político, a la religión, a la pureza, a la idea de nación o al orden, lo que legitima su marginación».
Lo relevante en el análisis, agrega, es que «tanto la ira como el asco no son espontáneamente políticas, pero pueden ser politizadas a través de discursos, instituciones y prácticas sociales. En este sentido, el problema no radica en la existencia de estas emociones, que son constitutivas de la experiencia humana, sino en los modos en que son orientadas, amplificadas o instrumentalizadas». La ira y el asco proyectivo son hijos del odio.
Un reciente informe publicado por la Fundación SM señala que más de la mitad de los jóvenes españoles cree que se necesita más mano dura aunque se sacrifiquen libertades
¿Un nuevo golpe a nuestra libertad personal?
Así pues, las emociones, los sentimientos y las pasiones juegan un papel determinante en nuestra toma de decisiones, nos ayudan a poner al mundo en perspectiva y en relación con nuestros intereses además de que nos sugieren cursos de acción. Son nuestra principal fuente de información y pueden justificar nuestros juicios de valor.
Tendemos a creer que los sentimientos son espontáneos, pero a menudo son manipulados y, lo más sorprendente, es que no siempre nos damos cuenta. «Los medios de comunicación orquestan las emociones, las plataformas orquestan los deseos y los expertos ofrecen justificaciones; la razón se silencia y la docilidad se impone. Sin darnos cuenta, adoptamos emociones que creemos genuinamente nuestras, emociones que dan forma a una especie de sometimiento, también conocido como resignación», aseguran los autores de Géopolitique des sentiments.
Si esto es así, ¿hay que aceptar, sin más, que los sentimientos son, en gran medida, una construcción sociopolítica, meros productos de mercado? ¿Esto supone un nuevo golpe a nuestra preciada ilusión de libertad personal? ¿Acaso ni siquiera nuestra identidad más básica nos pertenece realmente? «¿Somos acaso meros peones pasivos y engañados de un conjunto de determinismos?», se pregunta Evelyne Pieiller y ella misma responde, «hacia eso tiende el capitalismo tardío».
No obstante, aunque hay motivos suficientes para desanimarse, no todo está perdido. En concreto, agrega la escritora y coordinadora del número, «solo puede resultar verdaderamente liberador cuestionar cómo este sistema intensifica la negatividad de la que todos somos custodios, desvincularnos de los sentimentalismos ingenuos que ayudan a reforzar el orden, cuestionar qué es lo que, en nuestro interior, hace eco de esto último».
Los sentimientos, agrega, están intrínsecamente ligados a una representación del mundo, y esta representación puede transformarse. Mientras tanto, «es importante reconocer que lo que nos conmueve no es una característica que defina nuestra preciada individualidad, sino más bien, en gran medida, una mezcla notablemente internalizada de ideología impuesta, ideas sin desarrollar y datos personales esquivos. Aquí, como en otros ámbitos, nada está predeterminado».
Los sentimientos están intrínsecamente ligados a una representación del mundo, y esta representación puede transformarse
¿Cómo puede ayudar la filosofía a levantar todo esto?
Frente a la configuración de «climas de opinión» donde lo afectivo: miedo, indignación, entusiasmo, resentimiento, precede y, en ocasiones, sustituye a la deliberación racional, ¿qué puede ofrecer la filosofía?, preguntamos al doctor Iván Alfonso Pinedo Cantillo: «La filosofía no ofrece una salida inmediata, pero sí herramientas decisivas para desnaturalizar aquello que se presenta como evidente».
Así pues, se trata de hacer una pausa y pensar, «comprender que las emociones son juicios de valor, no meras reacciones automáticas». Y en ese momento de reflexión y de poner en práctica lo que nos quede de pensamiento crítico, preguntarnos «¿por qué temo esto?, ¿por qué me indigna aquello?, ¿qué creencias sostienen ese sentir? Al hacer explícitos estos juicios, se debilita el poder de manipulaciones que operan precisamente en lo implícito».
Es preciso, indica el filósofo colombiano, salir de la «minoría de edad» intelectual. La filosofía «enseña a dudar de las apariencias, a no confundir opinión con verdad y a someter los discursos, incluidos los mediáticos, a criterios de coherencia, evidencia y argumentación». Levantar el “velo” no es descubrir una verdad oculta, «sino ejercitar una actitud permanente de sospecha razonada».
Algo en lo que coinciden los autores del número 202 de la revista Manière de Voir y nuestro entrevistado es que es preciso comprender que «nuestras emociones están inscritas en relaciones de poder y dinámicas de reconocimiento. Esto significa que no solo debemos analizar lo que pensamos, sino también cómo estamos siendo llevados a sentir. Reconocer que ciertas emociones son socialmente inducidas y orientadas hacia determinados fines abre la posibilidad de resistir su instrumentalización. Este aspecto está relacionado con determinadas lecturas actuales de la inteligencia emocional en el contexto sociopolítico: reconocer qué estamos sintiendo frente a discursos, noticias o liderazgos: distinguir, por ejemplo, si una reacción es miedo inducido, ira acumulada o preocupación legítima».
Finalmente, la filosofía aporta algo que hoy resulta absolutamente necesario: tiempo para la reflexión. Vivimos en un entorno, como señala Pinedo Cantillo, «dominado por la inmediatez de las redes sociales y la sobreabundancia de estímulos», por lo tanto, «filosofar implica detenerse, problematizar, argumentar. Esa pausa es, en sí misma, un acto de resistencia frente a la lógica de la reacción impulsiva».
En suma, «la filosofía no elimina la influencia de los medios ni garantiza una libertad absoluta, pero sí fortalece una libertad crítica y consciente, capaz de interrogar los discursos, examinar las emociones y participar de manera más autónoma en la construcción de la opinión. Hay que recordar que en las redes sociales no se argumenta mucho, ni se plantean discusiones filosóficas racionalmente justificadas, sino que se acude a la mera opinión, las noticias falsas y hasta la desinformación para generar estados emocionales a favor o en contra de un determinado acontecimiento. Entonces, levantar el velo no es escapar del mundo, sino aprender a verlo con mayor lucidez».
Fuente: https://filco.es/





