Las claves del pensamiento existencialista de Simone de Beauvoir
Más allá de «El segundo sexo», Simone de Beauvoir elaboró una forma de pensamiento que trasciende los marcos académicos convencionales. Escritora, filósofa y testigo de su tiempo, convirtió su propia vida en un proyecto existencial y político, con una filosofía situada, ética y afectiva.
Simone de Beauvoir es conocida, sobre todo, por ser la autora de El segundo sexo. La celebramos como referente feminista y valoramos que —en ese impasse entre la primera y la segunda ola, en términos de la genealogía occidental, incluso anglosajona— publicara una obra rupturista que dotaría a la teoría feminista de herramientas antiesencialistas. Fue ella quien habilitó la posibilidad de pensar el género como una vivencia cultural no inherente ni a la genética ni a ninguna forma de condición innata.
Ahora bien, el marco de pensamiento desde el que Beauvoir formuló su célebre «no se nace mujer, se llega a serlo» ha sido atribuido con frecuencia a Jean-Paul Sartre. No se trata de negar la influencia que el filósofo ejerció sobre su pensamiento —ese gesto sería igualmente ingenuo—, sino de reconocer a Beauvoir como una pensadora existencialista de primer orden que dialogaba, sí, con Sartre o Merleau-Ponty, pero que sostenía una apuesta teórica propia. El objetivo de este artículo es exponer la singularidad de su pensamiento existencialista e iluminar la relación que establece con su literatura.
Algunas estudiosas han calificado a Beauvoir como filósofa antifilósofa. Así la denomina la filósofa chilena Olga Grau en el capítulo «La ambigua escritura de Simone de Beauvoir», del libro Simone de Beauvoir en sus desvelos. Si bien nuestra autora fue una profunda conocedora de la historia de la filosofía y de las corrientes contemporáneas —e incluso publicó ensayos de carácter estrictamente filosófico—, Beauvoir llegó a rechazar esa práctica y ese modo de pensar, situándose fuera de la institución académica.
El gesto de distanciarse
Es conocida la historia de cómo quedó en segundo lugar en el concurso de oposición para ocupar la cátedra de Filosofía en La Sorbona, que obtuvo Jean-Paul Sartre. No obstante, no sentía ningún interés por abordar la realidad de forma absoluta, como pensaba que hacían los filósofos. No aspiraba a ofrecer teorías totalizadoras ni a transmitirlas en aulas universitarias. En todo caso, disfrutaba de la docencia a menor escala, de las clases particulares y de los formatos informales. Para Beauvoir, la filosofía era una brújula, una forma de pensar su lugar en el mundo, pero no se sentía cómoda proponiendo grandes sistemas.
En su manera de percibirse en oposición a su pareja, Jean-Paul Sartre, se perciben ciertos atisbos de infravaloración. Decía que él era el verdadero filósofo, capaz de pensar de forma sistemática, mientras que ella no servía para eso. Sin embargo, el gesto de distanciarse de la filosofía institucional tiene un peso trascendental que no podría entenderse como una resignación, sino como una elección existencial en sí misma.
Simone de Beauvoir desarrolló un pensamiento existencialista propio, antiesencialista y alejado de la filosofía académica, que desafió el canon y dotó al feminismo de herramientas conceptuales para pensar el género como construcción cultural
Escritura situada
Beauvoir convierte su incomodidad en punto de partida para generar un proceder filosófico propio, que es, al mismo tiempo, literario. Dice Olga Grau: «Simone de Beauvoir, en el despliegue de su proyecto de escritura, intentará lograr la supresión de los muros entre filosofía y literatura».
La actividad literaria de Simone de Beauvoir contiene todas las claves para interpretar su pensamiento filosófico existencialista. En su escritura, aspiraba a plantear situaciones concretas de la vida cotidiana que generaran una posibilidad de identificación, de modo que la lectora se convirtiera en un sujeto agente, capaz de reflexionar sobre sí misma mediante el conflicto narrativo.
Para comprender este proceder, es relevante explicar primero el concepto de «situación» que Simone de Beauvoir maneja. Este es uno de los puntos fuertes de su filosofía existencialista, ya que, precisamente, a partir de su introducción rompe con el individualismo y el desapego contextual que a veces se percibe en el pensamiento sartreano.
Beauvoir considera que, en tanto que humanos, somos constitutivamente libres. No obstante, ponemos en juego esa libertad en situaciones concretas. Esas situaciones ―que, más allá de los términos de la autora, podemos leer como sociales, contextuales, disciplinarias― pueden obstaculizar el ejercicio de nuestra libertad o, por el contrario, posibilitarlo.
La situación y la trascendencia
En oposición a Sartre, que sostiene que las situaciones son redefinidas por nuestros proyectos libres, Beauvoir argumenta que esos proyectos no pueden más que encontrar cabida en la situación concreta. En algunos casos, tendrán encaje en esa situación; en otros, no habrá forma de llevarlos a cabo.
La «situación», entonces, es una especie de marco o, si se quiere, punto de partida que nos es ofrecido de manera externa. La realización de nuestros proyectos siempre tendrá lugar en una situación concreta. De algún modo, salvando las distancias teóricas, Beauvoir anticipa aquí la noción de pensamiento situado que Haraway conceptualiza, haciendo consciente el hecho de que una vive, piensa y se existe a sí misma en un entramado particular que permite o restringe el ejercicio de la agencia y del intelecto.
No obstante, a pesar de cierto constructivismo implícito en toda su teoría, Beauvoir es primordialmente una existencialista. Me atrevería a decir que, de hecho, lo es en un sentido fundamentalmente ético. El énfasis en el concepto beauvoiriano de situación ni desvirtúa ni desecha la noción de libertad. Dice Beauvoir que, en tanto que seres humanos, debemos aspirar a la trascendencia, llevarla a cabo en el ejercicio consciente de devenir lo que una misma proyecta y anhela ser. Si una situación ofrece la posibilidad de trascendencia, no tomarla supone reificarse. En su artículo «Beauvoir, la filosofía existencialista y el feminismo», Teresa López Pardina afirma que:
«Si no queremos aprovechar las posibilidades, si no utilizamos el margen de libertad que nos ofrece la situación, no ejercemos la trascendencia que como seres humanos nos corresponde, nos degradamos a la categoría de cosas; caemos en el mal ontológico de la facticidad, la degradación en cosas, y en el mal moral que Sartre llamó mala fe».
Entrelazó filosofía y literatura para pensar la libertad desde situaciones concretas, reconociendo que el ejercicio de la trascendencia depende del contexto y del uso ético de las posibilidades que este ofrece
Escritura y acción existencial
El peso que se atribuye al ejercicio de la trascendencia es moral y ontológico. Sin embargo, Simone de Beauvoir es capaz de formular brillantemente, desde el paradigma existencialista, la posibilidad de la opresión. De este modo, se conjuga en su pensamiento el deber de ser creador del yo en constante desarrollo, tomando decisiones conscientes, libres, en cada situación, a la par que se reconoce la existencia de corsés que condenan al sujeto a la inmanencia, incluso cuando este lleva a cabo la búsqueda de la trascendencia. Entiéndase que Beauvoir piensa la trascendencia como la realización existencial del proyecto de vida propio, como la toma de decisiones libre y elegida que realiza de facto lo que una desea devenir.
Así pues, no podemos desligar el existencialismo beauvoiriano de la escritura de El segundo sexo o, mejor dicho, de todo el proceso reflexivo acerca del elemento diferencial que constituye a las mujeres: una diferencia situacional. Dice también López Pardina:
«El hecho de ser mujer le provee de una especial sensibilidad para indagar y captar el modo de existirse como tal. Pero lo primero de todo, porque es un modo de existirse diferente, desigual con respecto a los varones: un modo de existir que casi siempre raya en la opresión, que de forma generalizada es opresivo. Geneviève Fraisse ha llamado a esto, utilizando la terminología sartreana, el particular cogito prerreflexivo de Beauvoir».
Dicho esto, es pertinente retomar su despliegue literario como medio para ejercer la trascendencia, como proyecto mediante el cual existir-se. Decía antes que Beauvoir pretende, en su escritura, reflejar las diatribas y los conflictos existenciales de su propia vida no por un afán sobreexpositivo, sino porque estaba convencida de que el lugar desde el que podía invitar a la reflexión filosófica era la experiencia particular.
Este posicionamiento intelectual no es baladí, porque, si bien en ocasiones pareciera que agacha la cabeza al no decantarse por discursos universalizadores, está eligiendo un modo de hacer, un modo de hacerse, que confronta el androcentrismo en la filosofía. Lo hace, además, exitosamente, demostrando que se puede hacer filosofía en la literatura y que se puede hacer a partir de lo concreto e insignificante de la vivencia de una mujer.
Si se me permite, Beauvoir es prueba de que los críticos literarios contemporáneos que hacen comentarios como «¿quién quiere leer a otra mujer hablando sobre su propia vida?» o «¿cuál es el interés de la literatura autorreferencial?» son, cuando menos, poco rigurosos.
Cierto es que no toda la literatura del yo suscita las mismas pasiones, pero, en efecto, lo cotidiano y lo simple no tienen por qué tener menor interés filosófico-literario que las grandes aventuras de algún protagonista masculino, del mismo modo que las «novelitas de mujeres» no tienen por qué ser más autorreferenciales que las escritas por hombres. Simone de Beauvoir es una pionera en este sentido, como también lo son sus coterráneas Annie Ernaux o Marguerite Duras, cuya literatura no podría tacharse de menor en ningún caso, ni de poco reflexiva por tomar sus vivencias como material de la escritura.
Beauvoir articula la posibilidad de la opresión desde el existencialismo, reivindicando la experiencia femenina como punto de partida legítimo para la reflexión filosófica y la trascendencia a través de la escritura literaria
En Beauvoir, lo particular tiene potencial de significación, permitiendo que de ahí surja lo universal. Esto quiere decir que piensa que cada situación individual puede suscitar interpretaciones que hagan emerger ideas y acciones trascendentales. Así, dice Grau que «el ‘universal singular’ será uno de los conceptos más queridos por Beauvoir; lo desarrolla a partir de sus reflexiones en diversos momentos de su producción y se relaciona estrechamente con las búsquedas de su vocación filosófico-literaria». Ese «universal singular» emerge porque la experiencia concreta es capaz de suscitar lo infinito. En Final de cuentas, dice Beauvoir:
«De acuerdo: la narración y la experiencia vivida transcurren en campos distintos; pero aquélla se refiere a ésta, y permite aislar ciertos rasgos. La experiencia implica lo infinito, aunque se resuelve en una cantidad de palabras que, con un poco de paciencia, podemos contar; pero esas palabras remiten a un saber que sí encierra lo infinito. […] Suele objetarse que narrar es sustituir la fluida ambigüedad de lo vivido por los contornos inmóviles de las frases escritas. Pero, en los hechos, las imágenes sugeridas por las palabras son cambiantes y fluidas; el saber que comunican no está nítidamente circunscrito. De todos modos, mi propósito no es conducir al lector a través de una ensoñación que resucite mi pasado, sino examinar mi historia a través de ciertos conceptos y de ciertas nociones».
Aclarado el concepto de «universal singular», vemos que Beauvoir hace de su narrativa un proyecto. Su modo de trascenderse a sí misma es la escritura; es su forma de existirse. De este modo, Beauvoir llega a afirmar: «Lo que es mío, es, en primer lugar, el cumplimiento de mi proyecto». En «La escritura de Simone de Beauvoir como proyecto global», Grau expone que…:
«… la escritura será entendida por Beauvoir como ‘proyecto global’ o proyecto esencial, actividad central de su existencia vinculada estrechamente a su curiosidad, a su amor por la vida, a la urgencia de comprensión del mundo en su contingencia y en su necesidad; en suma, como voluntad de afirmación de sí en su devenir».
Narrar el yo, narrar el mundo
Así, el gesto de escribir es, en su biografía, la realización de la filosofía existencialista en sí misma. Pero, además, en la literatura se escribe y se presenta mirando hacia el pasado y seleccionando qué constituye la propia historia. O quizá, qué vivencias conforman la historia que merece la pena ser trasladada al ámbito de la narrativa existencial. Grau sostiene, muy finamente, que:
«Le pertenece su producción de escritura en el acto de decidir escribir, que afirma su deseo y, al mismo tiempo, actúa la escritura, conciliando las dimensiones de inteligibilidad, afección y acción. ‘Es mío, pues, en primer término, lo que hago’».
Este gesto de narración del sí no se queda en el ámbito de lo privado, de la reconstrucción al estilo psicoanalítico del diván. Beauvoir aspira a ser leída y a existir también para los demás a través de su escritura. Ella quiere —y cito sus palabras— hacerse oír por sus contemporáneos. No se trata de un ansia de fama o protagonismo, sino de la búsqueda de incidencia en las vidas ajenas. Dice Grau que busca «ofrecerles sus experiencias como ‘puntos de partida’ para las propias situaciones que los otros deben trascender».
El lugar de la narración se presta a la reflexión porque, en el diálogo que el lector mantiene con el texto, se genera un cuestionamiento sobre las acciones y decisiones que aparecen retratadas. Este campo de disquisición excede, a ojos de Simone de Beauvoir, las posibilidades que la filosofía abstracta o puramente teórica habilita para la indagación sobre la propia existencia. De hecho, como también explica Olga Grau:
«Para Simone de Beauvoir, el sentido de un objeto no es captable por el puro entendimiento, el que solo se devela en la ‘relación global’ que sostenemos con él y que es, además del entendimiento, ‘acción, emoción, sentimiento’. Debemos hacer notar que la relación global implica la dimensión de la acción, lo que tiene alcances en la misma escritura: la escritura concebida como acción, como realización de develamiento que incorpora el ‘sentir comprensivo’, por decirlo así».
Para Beauvoir, la escritura es un proyecto existencial: narrar la propia vida permite generar sentido universal desde lo particular y ofrece al lector un punto de partida para reflexionar sobre su propia existencia
La filosofía encarnada de Simone de Beauvoir
Un elemento muy curioso de esta concepción vivencial de la literatura es que pareciera anticipar el giro afectivo y las epistemologías encarnadas que representan hoy autoras como bell hooks o Sara Ahmed, entre muchas otras. Beauvoir entiende el potencial de hablar desde la experiencia y confiere un peso mayor al pensamiento experimentado a partir de la vivencia global, y no solo del razonamiento discursivo o lógico. Por ello, elige la novela como formato preferente para hacerse existir y para hacer existir al resto en el diálogo con su prosa. Muy bellamente, dice Grau que:
«Beauvoir piensa que hay una sola realidad y que ‘es en el seno del mundo que pensamos el mundo’. En la doble seducción que afecta a ‘los espíritus que son sensibles’ a la ficción y al rigor filosófico —entre los cuales ella se cuenta sin duda—, se entregará tanto a imaginar y ficcionar el mundo como a entenderlo de manera intelectual a través del acto de escritura».
Es en esa seducción, conmoción, en esa manera de dejarse interpelar, en la resonancia que se produce entre lector y narración —dicho con Hartmut Rosa— donde la literatura beauvoiriana deviene espacio para la reflexión filosófica existencialista. Emerge así el intersticio entre filosofía y literatura que la convierte en filósofa antifilósofa y la consagra como novelista existencialista. La experiencia de identificación del lector con la narración —o quizá el rechazo de la misma— no deja de ser un modo de transmutación que posibilita la reflexión metafísica.
Cabe, por último, mencionar que también sus textos filosóficos, los más estrictamente apegados al modo de proceder de la disciplina académica, están plagados de ejemplos prácticos, de situaciones concretas y de referencias literarias. Esto es así porque en tales materiales, piensa, se dice la existencia.
Con todo, podemos defender que Beauvoir merece un capítulo propio no solo en la historia del feminismo, también en la del existencialismo y, por supuesto, en la de la literatura. Esta autora fue capaz de conjugar un sistema de pensamiento, un modo de vivir y un proyecto literario de una vida entera contada y (re)construida en la narración. Le debemos la posibilidad de pensarnos en sus memorias.
Particularmente, me sorprende su capacidad de interpelar a pesar de la enorme distancia entre su situación y la propia. Y le debemos también la valentía de hacer de la vida propia de las insignificantes un material digno de escritura. Simone de Beauvoir supo ver, entre tanto interlocutor reputado, que la filosofía puede decirse de mil maneras.
Fuente: https://filco.es/
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