La filósofa Macarena Marey habla del pensamiento, el intelectualismo y las teorías filosóficas. Vivimos un presente de un marcado antiintelectualismo que, al mismo tiempo que desprecia las ciencias llamadas humanas y sociales, oculta que detrás de los movimientos y fenómenos desdemocratizantes hay varias teorías, especialistas de la academia e intelectuales operando.
El pensamiento entre la teoría y la práctica
Teorizar y hacer teorías son prácticas que involucran una serie de acciones, procesos y condiciones materiales. Como prácticas, se insertan en contextos determinados que las moldean y que son a su vez moldeadas por ellos, con lo cual ocurre una reconfiguración teórica y práctica constante. Estas afirmaciones parecen triviales, pero suelen ser pasadas por alto cuando se aborda la famosa cuestión de la relación entre teoría y praxis.
También es evidente que la imagen del académico como un ser incorpóreo que habita en una torre de marfil, y cuya distancia con lo terrenal le permitiría discernir la verdad oculta en el mundanal ruido —es decir, el ideal mismo de imparcialidad y objetividad del punto de vista de ningún lugar—, es un producto ideológico que se corresponde con un modo específico de distribución de autoridad epistémica.
No me interesa ahora criticar este modelo, que ya nadie defiende seriamente, del teórico neutral que solo intenta entender una realidad que no lo afecta y producir modelos para mejorarla, independientemente de qué piensen las personas que la habitan. Tampoco la imagen del intelectual comprometido que desciende a la praxis impura desde la altura del saber inmaculado para guiar a quienes están en la fragua de las luchas emancipatorias es más adecuada.
En ambos casos se supone una serie de hipótesis falsas sobre la teoría y su relación con la práctica: la teoría sería intrínsecamente capaz de guiar la acción desde arriba precisamente por su distancia ideal con la praxis, entendida por su parte como el territorio de lo imperfecto cuyos problemas se deben a que todavía no llega a ser como el modelo idealizado de la teoría.
Se suelen suponer una serie de hipótesis falsas sobre la teoría y su relación con la práctica: la teoría sería intrínsecamente capaz de guiar la acción desde arriba precisamente por su distancia ideal con la praxis
La «teoría ideal»
Pienso que es por culpa de este prisma distorsivo, tematizado por filósofos críticos como el jamaiquino Charles Mills como «teoría ideal», que se llegó a pensar que hay un hiato natural y necesario entre la teoría y la práctica. La idea de este salto, que permitió a los antiguos separar el ideal del sabio contemplativo del ideal del sabio phronismos, produce la negación de agencia epistémica y política a determinadas subjetividades, negación diseñada para desmovilizarlas con el fin de obstaculizar la transformación social que podrían emprender.
Con este concepto trunco se niega el estatuto de «teoría» a las teorizaciones que ocurren necesariamente en lo cotidiano y por fuera de determinados centros de producción de conocimiento. El concepto «teoría» (como Episteme, también con mayúscula) queda reservado al círculo cerrado y velado de la academia. El antiintelectualismo de estos tiempos es, entre otras cosas, una reacción a esta elitización del quehacer teórico.
Suele sostenerse que una misma teoría puede tener efectos críticos y de mejora o racionalizadores y de profundización de las injusticias dependiendo de por quién, cómo y dónde se aplique. Pero ¿son las teorías en sí mismas polivalentes ideológicamente? ¿Son los desarrollos teóricos meros instrumentos asépticos cuya practicidad está en manos de quien opera el bisturí? Antes bien, es la inseparabilidad entre la teoría y la práctica en el acto y momento mismos de teorizar lo que genera esa polivalencia aparente. Cada práctica de teorización tiene siempre una orientación política, ética e ideológica cuyo valor es inseparable de la teoría producida.
Si el antídoto contra la hipocresía de la imparcialidad es la omnilateralidad y la multiplicación radical de los centros de producción de conocimiento, entonces las condiciones en las que producimos conocimiento tienen que ser el punto de partida de nuestros pensamientos. Vivimos en unos tiempos en los que pensar qué tipo de práctica es y queremos que sea el pensamiento es una tarea ineludible. Para esto hay que asumir primero que el pensamiento es esencialmente una práctica.
Fuente: https://filco.es/
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