¿La inteligencia artificial nos hace más libres? En esta parte del dosier, Lucía Ortiz de Zárate analiza esta pregunta en relación con la autonomía, concepto que ha recorrido la historia de la filosofía.
Hemos visto en las dos primeras partes de este dosier algunos de los problemas éticos que abre la inteligencia artificial (IA). Otro de los grandes problemas éticos que se producen en relación con la IA tiene que ver con la cuestión de la autonomía y la libertad humana. En el marco de la Unión Europea, los problemas sobre estas cuestiones en muchos casos se ven reducidos al tratarse de manera muy frecuente en contraposición al escenario chino y, en menor medida, al estadounidense.
Así, se señala cómo en estos territorios cada vez está más extendido el uso de tecnologías de IA enfocadas al control, que para su funcionamiento recopilan datos de manera masiva y agresiva, y, en ocasiones, llegan a violar la privacidad. Algunos casos son como el de Nueva Orleans (Estados Unidos), donde estuvo operando durante seis años un sistema de predicción de delitos que había sido donado por la empresa Palantir sin ser sometido a escrutinio público.
Se trataba de un sistema de vigilancia constante que buscaba predecir futuros delitos e identificar a posibles delincuentes aprovechando que esta ciudad se había situado entre las más peligrosas de Estados Unidos. El programa finalizó en 2018. En ciudades como Oregón y Florida también se han instalado tecnologías inteligentes de reconocimiento facial, como Rekognition, diseñada por Amazon.
En el caso de China, el país asiático lleva casi una década perfeccionando un sistema de puntuación social a través del cual, mediante la extracción masiva de datos y el uso tecnologías de IA, premia los comportamiento cívicos al mismo tiempo que castiga a todas aquellas personas cuya conducta se considera indeseable. Estos últimos comportamientos incluirían no pagar multas, saltarse las normas de tráfico, no asistir a las citas sanitarias, etc.
A los individuos que incurren en este tipo de «faltas» se les resta puntos de su crédito social. La pérdida de puntos implica tener más dificultades, o en algunos casos incluso la prohibición, para acceder a ciertos servicios, espacios, actividades, etc., como, por ejemplo, no poder viajar en avión o tren durante un periodo determinado de tiempo. Concretamente en 2019, a veintitrés millones de ciudadanos chinos se les prohibió viajar debido a su baja puntuación.
Otras medidas vigentes o que se contempla poner en uso por parte del gobierno chino incluyen la prohibición del uso del transporte público, dificultar o negar el acceso a la universidad, reducir las posibilidades de empleabilidad o de obtener ayudas sociales.
También puede suceder que, en el caso de que una persona con mala puntuación lograse abrir un negocio, este se viese sometido a mayor escrutinio, más auditorías e inspecciones sanitarias, laborales y fiscales. Pero tener una puntuación baja no solo dificultad la vida laboral en relación con las autoridades, también afecta a las relaciones personales.
Así, relacionarse con o comprar en un negocio cuyos dueños y/o empleados cuentan con una mala puntuación también puede hacer que la puntuación disminuya. Por su parte, las personas que tienen comportamientos cívicos y cuyo crédito social es alto suelen ser recompensados con tiempos de espera más cortos para acceder a la sanidad, más facilidades para ascender en el trabajo, reducciones fiscales, etc.
Hay territorios en los que cada vez está más extendido el uso de tecnologías de IA enfocadas al control. Para su funcionamiento recopilan datos de manera masiva y agresiva, y, en ocasiones, llegan a violar la privacidad
¿A qué nos referimos con autonomía?
En Europa, este tipo de prácticas preocupan, pero se asume que estas dinámicas de control no se producirán dentro de la Unión Europea, ya que estarán prohibidas por la regulación europea de IA (según el Reglamento de IA de 2024). En ese sentido, en esta región del mundo los problemas vinculados a la pérdida de autonomía y libertad son más sutiles. Sin embargo, eso no significa que no dejen de ser relevantes y que merezcan buena parte de nuestra atención y ser sometidos a reflexión.
Por un lado, empezando por la cuestión de la autonomía, lo primero que deberíamos aclarar a este respecto es a qué nos referimos exactamente cuando hablamos de autonomía humana, porque, aunque no es un concepto extraño, con frecuencia no está suficientemente claro qué implica exactamente, de qué se diferencia de la libertad y cuál es el vínculo con la misma.
Tal como lo describe Kant en su obra ¿Qué es la ilustración?, en la propia etimología ya encontramos su significado. Nomos es «ley» y auto significa «uno mismo», es decir, que la autonomía tiene que ver con la capacidad de darse uno a sí mismo su propia ley. En otras palabras, una persona autónoma es aquella que es capaz de desarrollar su propio criterio, su propia forma de ver y leer el mundo.
La idea de autonomía humana la desarrolla Kant en el contexto de la Ilustración europea, reivindicando la necesidad de las personas para abandonar una minoría de edad (no biológica, sino intelectual) que, según el filósofo prusiano, sería en muchos sentidos autoimpuesta. Así, lo contrario a la autonomía humana sería la tutela. Por tanto, la persona ilustrada, el hombre y la mujer autónomos son aquellos capaces de pensar por sí mismos, de darse a sí mismos sus propias leyes, de desarrollar su propio criterio, de determinar la forma en la que desean vivir.
Tal como lo describe Kant en su obra ¿Qué es la ilustración?, en la propia etimología de la palabra autonomía ya encontramos su significado. Nomos es «ley» y auto significa «uno mismo», es decir, que la autonomía tiene que ver con la capacidad de darse uno a sí mismo su propia ley
¿Y la libertad?
Por otro lado, aunque la libertad no es un concepto unívoco, dentro del marco del liberalismo europeo, en general, cuando hablamos de libertad nos referimos a la libertad en sentido negativo e individual, es decir, como «no interferencia». De este modo, la libertad individual se relacionaría con la autonomía en la medida que el ejercicio de la primera implica el poder llevar a cabo, sin interferencia externa, un proyecto vital basado en nuestras propias ideas y criterios.
En base a esta definición de libertad, para el liberalismo es fundamental la defensa del ámbito privado porque es en este ámbito en el que somos esencialmente libres. La únicas limitaciones que se pueden imponer en la esfera de lo privado son aquellas que están dirigidas a proteger ese mismo ámbito para las demás personas. Por ello, en general, el ámbito de lo privado suele carecer de grandes restricciones, porque somos nosotros mismos los que incluimos a los otros en él y, normalmente, tendemos a compartir nuestra vida con personas que comparten ciertas ideas, creencias, valores, etc.
Mientras, la esfera pública es el ámbito donde convivimos con todos los demás y, por tanto, debemos enfrentarnos al reto de relacionarnos con personas que piensan diferente, que tienen proyectos de vida completamente alejados al nuestros, así como creencias y valores dispares.
Por tanto, ser libre tiene que ver con el poder de facto, llevar a cabo mi propio proyecto vital mientras este no interfiera en los proyectos de los demás. Vivir conforme a mis propias ideas, es decir, ser libre, requiere que las personas sean autónomas, lo que a su vez implica que puedan determinar ellas mismas qué vida quieren llevar teniendo ante sí la información necesaria para elegir. En este sentido, yo no sería libre si realizo plenamente un proyecto vital que no me he dado a mí misma, sino que vivo conforme a los deseos de una autoridad (un soberano, una maestra, mi pareja, mi padre, una IA, etc.).
Finalmente, para poder ser libre y autónoma necesito de la existencia de un ámbito privado. Primero, porque es en este donde yo soy radicalmente libre, ya que solo me pertenece a mí y a las personas que yo deseo incluir. Segundo porque solo si existe un espacio en el que nadie puede interferir, entonces yo puedo desarrollar un pensamiento propio, mis ideas y mi particular visión del mundo, es decir, mi autonomía.
Hechas estas limitadas pero suficientes precisiones sobre las ideas de libertad y autonomía, paso a desarrollar el modo en el que estas pueden verse afectas negativamente por la IA. Con ello busco poner de relieve que, aunque en Europa existan debates y leyes que buscan proteger la privacidad, la autonomía y la libertad, estas problemáticas son mucho más complejas y profundas de como suelen plantearse y apelan a cuestiones de fondo sobre nuestro sistema político y nuestros modos de vida contemporáneos.
Es decir, que evitar el modelo chino y estadounidense no es una garantía automática para nuestra libertad y nuestra autonomía. ¿Por qué? Pensemos por un momento en las plataformas digitales a través de las que consumimos contenido audiovisual de distinto tipo. La mayor parte de estas plataformas nos hacen recomendaciones sobre qué película, serie y/o documental deberíamos ver a continuación.
Nos recomienda el contenido que tiene más posibilidades de gustarnos en base a nuestras preferencias anteriores. Las recomendaciones de este tipo pueden ser de gran utilidad, ya que nos ahorran tiempo de búsqueda y algunos quebraderos de cabeza sobre qué película elegir. De hecho, lo más frecuente es que sigamos estas recomendaciones.
Aunque la libertad no es un concepto unívoco, dentro del marco del liberalismo europeo, en general, cuando hablamos de libertad nos referimos a la libertad en sentido negativo e individual, es decir, como «no interferencia»
Sin embargo, seguirlas también conlleva dejar de explorar entre un nuevo abanico de posibilidades, dejar de descubrir contenidos que en un principio podíamos considerar que no nos gustarían o interesarían, pero que podrían habernos abierto nuevos caminos para el disfrute y el entretenimiento. Por tanto, de algún modo, los sistemas de recomendación generan un sendero de dependencia que nos empuja a consumir de manera repetitiva contenidos similares y, con ello, reducimos nuestra propia capacidad para explorar nuevos gustos, preferencias, ideas, etc.
Que esto suceda en el contexto de los algoritmos de recomendación en las plataformas audiovisuales no es algo muy problemático. A mi entender, los problemas para la autonomía humana y la libertad podrían aparecer si estos sistemas se extienden, como se anuncia que será, a una gran variedad de ámbitos de nuestra vida.
¿Se verían afectadas nuestra autonomía humana y nuestra libertad en una sociedad donde los algoritmos nos hicieran recomendaciones sobre qué carrera universitaria elegir, qué puesto de trabajo solicitar, con qué persona tenemos más oportunidades de tener una relación sentimental exitosa (signifique esto lo que signifique)?
Si el sendero de dependencia que se produce en las plataformas audiovisuales se extendiese a otros ámbitos de nuestra vida, entonces ¿seríamos menos autónomos?, ¿disminuiría nuestra libertad?, ¿seríamos presos de las decisiones que tomamos hace diez años?, ¿elegiríamos una carrera profesional en base a los criterios con lo que se ha programado un algoritmo?, ¿quién habría definido esos criterios?
La inteligencia artificial en el debate
Aunque a veces este tipo de situaciones puedan parecernos muy alejadas de la realidad, realmente no lo son. Pensemos que los planes de digitalización y estrategias de IA de los gobiernos occidentales pretender generalizar el uso de estas tecnologías en todos los ámbitos de nuestra vida. En esta línea se han pronunciado no solo distintos gobiernos y organismos internacionales, sino algunos directivos de empresas tecnológicas como Eric Schmidt, quien desde 2001 y hasta 2011 fue director ejecutivo de Google.
Respecto al uso de la IA, el directivo afirmó que la meta de la empresa era «hacer que los usuarios de Google pregunten cosas como: «¿Qué debería hacer mañana?» y «¿Qué trabajo debería elegir?». Este tipo de declaraciones evidencian las intenciones de las empresas tecnocientíficas y su deseo de influir, si no controlar, en las dinámicas sociales de manera profunda.
Otro ejemplo que podría servir para ilustrar el mismo punto de distinta manera sería el de los vehículos autónomos. Imaginemos que vamos en un vehículo autónomo a casa de un familiar que está enfermo y necesita nuestra ayuda de manera urgente. Durante el trayecto vamos por una carretera que tiene una línea continua que nos indica que no podemos adelantar a otros vehículos ni salirnos del carril de ningún modo. La salida que debemos tomar para llegar a casa de nuestro familiar está cinco kilómetros más adelante.
Sin embargo, en el carril contrario hay una salida a tan solo un kilómetro que nos permitiría llegar a nuestro destino mucho antes. Un vehículo no autónomo nos permitiría saltarnos sin problema la línea continua y elegir, bajo nuestro propio criterio, si deseamos infringir o no una norma de tráfico (imaginemos que la carretera está despejada y no hay otros vehículos circulando que puedan causar un accidente).
Sin embargo, un vehículo autónomo está programado para respetar en todo momento las normas de tráfico, salvo excepciones determinadas que buscan evitar que la vida de los ocupantes se ponga en riesgo. En un vehículo de estas características, nosotros ya no tendríamos la posibilidad de elegir si queremos respetar o no las normas de tráfico, ni siquiera si lo que está en juego es, por ejemplo, socorrer a un familiar en una situación de urgencia.
Si el sendero de dependencia que se produce en las plataformas audiovisuales se extendiese a otros ámbitos de nuestra vida, entonces, ¿seríamos menos autónomos?, ¿disminuiría nuestra libertad?
Para exponer esta problemática, el escritor James Bridle llevó a cabo un experimento mientras se encontraba diseñando su propio vehículo autónomo en Grecia. En su trabajo de acercamiento al mundo a través de su vehículo autónomo, Bridle dibuja con sal un círculo que simula una señal de prohibido cambiar de carril alrededor de su coche. Cuando el vehículo se pone en marcha, este es incapaz de salir del espacio donde está atrapado a pesar de que solo se trata de sal.
Así, Bridle pone de relieve lo que aquí intentamos explicar: que los sistemas de IA tienen una moralidad y unos códigos programados, inscritos en su ADN, que, de cierto modo, podrían implicar una reducción de nuestra capacidad para tomar decisiones y desenvolvernos por el mundo de manera autónoma y libre. Cuando aceptamos que se adopten tecnologías de IA, estamos dando el visto bueno para que nos impongan una visión determinada del mundo, así como unos códigos morales, legales, éticos, etc. determinados.
Considero que estos ejemplos eflejan cómo la adopción cada vez mayor de tecnologías de IA podría generar problemas importantes para la autonomía humana y para la libertad individual. Dado que las personas tenemos un exceso de confianza (tecnoptimismo) en las recomendaciones que nos hacen las máquinas, la presencia de estas en distintos ámbitos de nuestra vida podría afectar de manera importante a nuestra capacidad para desarrollar un criterio propio y, con ello, a nuestra autonomía.
La reducción de nuestra autonomía y la dependencia en la IA podría no afectar directamente a nuestra capacidad para obrar tal como sí sucede en el caso de China. Pero, como hemos expuesto anteriormente, actuar libremente, es decir, poder desarrollar nuestro propio proyecto vital, necesita de sujetos que, en gran medida, hayan elegido su camino en base a criterios autónomos.
Es cierto que esto nunca sucede de manera perfecta; todos estamos influidos por criterios de autoridad diversos y vivimos inmersos en un sistema de crédito de confianzas en relación con aquellas personas e instituciones que respetamos y valoramos. Pero lo que aquí queremos remarcar es que la presencia extendida de las tecnologías de IA podría agravar esta situación de manera significativa hasta el punto que podamos cuestionar si en la era algorítmica podremos ser seres verdaderamente autónomos y libres.
Los sistemas de IA tienen una moralidad y unos códigos programados, inscritos en su ADN, que, de cierto modo, podrían implicar una reducción de nuestra capacidad para tomar decisiones y desenvolvernos por el mundo de manera autónoma y libre
Libertad republicana en la sociedad algorítmica
Acabo de explicar cómo, incluso dentro de los límites del liberalismo político, podemos encontrar argumentos para problematizar acerca del control, la autonomía humana y la libertad en la era del capitalismo de la vigilancia. Aunque considero que tenemos motivos suficientes para preocuparnos acerca de cómo la IA puede deteriorar nuestra capacidad para desarrollar ideas, criterios y formas de vida propias, así como el ejercicio pleno de nuestra libertad, es cierto que las situaciones anteriormente descritas podrían no ser consideradas por todos como una amenaza para la libertad y la autonomía.
Ahora bien, que dentro del marco del liberalismo las tecnologías de IA no supongan un peligro directo para la libertad y la autonomía humana no significa que los problemas entre la IA y la libertad estén resueltos. Si abandonamos las coordenadas del pensamiento liberal y nos sumergimos en el marco del republicanismo, entonces aparece otra serie de conflictos entre la libertad y la IA que considero que vale la pena mencionar.
La idea de libertad en el republicanismo, y en general todos los presupuestos políticos que sostienen esta corriente, son más exigentes que las que encontramos en el liberalismo. En la tradición republicana, la libertad no se entiende como no interferencia, sino como ausencia de dominación.
Lo que sostiene el pensamiento republicano es que uno podría ser un esclavo y esto no implicaría necesariamente dejar de llevar a cabo un proyecto vital autónomo, es decir, ser libre desde la óptica del liberalismo. ¿Cómo sería esto posible? Por ejemplo, si tuviéramos un amo muy bueno que, a pesar de tener el poder y la capacidad para condicionar e incluso controlar nuestras vidas, eligiese no hacerlo.
Es decir, según el republicanismo, no seríamos libres si viviéramos en una situación en la que una persona, grupos de personas, organismo, gobierno, Estado, etc. tuviera el poder suficiente para controlar nuestra vida de manera arbitraria si así lo desearan, pero que, por las circunstancias que sea, eligiesen no ejercerlo y, por tanto, nos permitieran vivir como queremos. En una circunstancia de este tipo, cumpliríamos con las condiciones necesarias para hablar de libertad desde las coordenadas del liberalismo, pero no en el marco del republicanismo.
Ser libre para el republicanismo tiene que ver con la capacidad para ser dueños y amos de nuestras propias vidas en sentido pleno. Esta idea de libertad dentro del marco del pensamiento republicano está ligada a otros conceptos que son fundamentales, como el de la virtud cívica. Ser virtuosos dentro de una república implica el deber de involucrarse en los asuntos públicos y, por tanto, en el gobierno de la comunidad política (en distinto grado).
Solo cuando la ciudadanía es virtuosa y se implica en el gobierno de la república podemos hablar de una comunidad política y de ciudadanos verdaderamente libres. Es la república autogobernada, la que no admite tutelaje externo, la que imposibilita la existencia de amos o autoridades ajenas que influyan en el devenir de la ciudadanía.
Ser libre para el republicanismo tiene que ver con la capacidad para ser dueños y amos de nuestras propias vidas en sentido pleno. Esta idea de libertad dentro del marco del pensamiento republicano está ligada a otros conceptos que son fundamentales como el de la virtud cívica
Si esta idea de libertad la aplicamos para problematizar el caso de la IA, entonces el conflicto sí que emerge de manera directa y evidente. En el capitalismo de la vigilancia, las empresas tecnológicas y los gobiernos que tienen nuestros datos serían nuestros amos. Al tener nuestros datos estas tienen la capacidad de influir y condicionar nuestras vidas hasta el punto de que podrían llegar a ejercer un control muy extenso sobre la ciudadanía.
Que en Occidente existan mecanismos legislativos, derechos y libertades que dificultan que estos agentes ejerzan su poder no significa que de facto no lo tengan, y esto, según el republicanismo, limitaría significativamente nuestras posibilidades de ser ciudadanos libres.
Quizás la idea de libertad republicana sea tremendamente exigente, pero creo que sirve para manifestar algo que solemos olvidar: que retomar y volver a las viejas ideas, ya en desuso, puede sernos de utilidad para arrojar luz sobre problemáticas completamente contemporáneas. Igual no podemos aspirar a ser libres en el sentido que nos proponían los pensadores republicanos, pero, del mismo modo, quizás deberíamos ser más exigentes con aquello a lo que llamamos libertad.
Quizás deberíamos empezar a plantearnos que, como hemos estado repitiendo a lo largo de este dosier, las tecnologías son un ámbito de disputa política en el que todos deberíamos involucrarnos, entre otras cosas, para garantizar que el control de estas, así como el tipo de sociedad que construimos a través de ellas, se mantenga en nuestras manos.
Que en Occidente existan mecanismos legislativos, derechos y libertades que dificultan que estos agentes ejerzan su poder no significa que de facto no lo tengan, y esto, según el republicanismo, limitaría significativamente nuestras posibilidades de ser ciudadanos libres
Conclusión: romper con el sonambulismo
En este dosier hemos abordado tres problemas éticos de la IA: la problemática relación entre IA y justicia ecosocial, la cuestión de los sesgos, la discriminación y la justicia y, en último lugar, el problema de la libertad.
Como señalé al principio, el motivo por el cual abordamos estos problemas éticos y no otros es porque considero que estos, por un lado, han sido menos tratados hasta ahora, y, por otro, porque son estas las problemáticas y discusiones ético-políticas que permiten llevar a cabo una reflexión verdaderamente profunda y sistemática acerca de la IA al centrarse en los propios fundamentos de estas tecnologías, es decir, en sus condiciones de posibilidad materiales, morales, políticas y epistemológicas.
En este sentido, hemos visto que, al contrario de lo que se repite desde distintos altavoces institucionales, políticos, económicos e incluso académicos, las tecnologías de IA, lejos de ser nuestras aliadas para combatir el deterioro ecológico, parecen estar contribuyendo de manera directa y significativa al agravamiento del problema. En el estado actual, la IA no solo es incompatible con la justicia ecológica, sino que también lo es con la justicia global.
Como hemos visto, el ritmo de extracción de materias primas, los procesos de transporte y manufactura de materiales y dispositivos electrónicos, el entrenamiento de algoritmos, el funcionamiento de los centros de datos y los residuos electrónicos producen un impacto negativo en nuestros ecosistemas. Además, todo este mal ecológico está estrechamente vinculado a una situación de desigualdad estructural a nivel global.
La cadena de suministro de la IA reproduce un sistema colonial en la medida que se sostiene sobre la asimetría de poder y la desigualdad entre personas de países ricos y pobres. En resumen, la IA, para funcionar al ritmo y a la escala que planeamos y deseamos hacer en los países ricos, necesita del sistema colonial y capitalista. En otras palabras, que las bases de nuestro progreso son la injusticia y la desigualdad.
También hemos visto cómo las tecnologías de IA no son neutrales y objetivas, sino que están fuertemente sesgadas y producen problemas de discriminación (de género, raza, etnia, lengua, etc.). Esto se debe, principalmente, al hecho de que el diseño y desarrollo de estos sistemas ha estado en manos de un grupo muy reducido de personas, a saber, los hombres blancos, heterosexuales, occidentales.
Estos han trasladado a los sistemas de IA una visión parcial del mundo que, sin embargo, se nos presenta como neutral, objetiva y universal. Entender que las tecnologías de IA deben ser diseñadas y desarrolladas desde perspectivas plurales y visiones del mundo diversas es esencial para poder construir sistemas inteligentes verdaderamente objetivos y orientarlos hacia la construcción de sociedades realmente justas.
Por último, hemos reflexionado sobre los vínculos entre IA y libertad. En este sentido las preguntas que nos hacíamos estaban orientadas a entender de qué formas las tecnologías de IA pueden suponer un problema para la autonomía humana y la libertad. Además, he intentado mostrar de qué modo propuesta alternativas a la idea liberal de libertad pueden poner sobre la mesa discusiones interesantes sobre el poder de la industria tecnológica y nuestra situación como ciudadanos libres (o no) en sociedades hipertecnologizadas como la nuestra.
A través de esta reflexión lo que buscaba era contribuir a romper con el estado de sonambulismo que impera en Occidente. Se trataba, entonces, de poner en pausa, aunque sea por un momento, nuestra falta de reflexión acerca de la tecnología y nuestra actitud tecnoptimista hacia la IA, aquella que nos hace creer ciegamente que los beneficios de estas tecnologías acabarán sobrepasando a sus posibles daños.
Si lo expuesto en este texto le resulta verosímil al lector, entonces se hace evidente que los motivos para ser optimistas respecto al futuro no los encontraremos de la mano de las tecnologías de IA tal como hoy las conocemos. Si hemos de encontrarlos en algún lugar, será donde han estado siempre, en nuestros compromisos políticos y éticos para construir sociedades más justas, igualitarias y sustentables.
Se trata de poner en pausa, aunque sea por un momento, nuestra falta de reflexión acerca de la tecnología y nuestra actitud tecnoptimista hacia la IA
Guiados por esos ideales, deberíamos invertir el orden vigente hasta ahora en relación con los proyectos tecnológicos. Esto significa, primero, pensar qué tipo de sociedad queremos construir y, luego, diseñar, desarrollar y usar tecnologías dotadas de aquellos valores que queremos que gobiernen las sociedades que deseamos habitar. Así, las tecnologías serán un aliado en la construcción de una sociedad más justa, igualitaria y sustentable.
En la misma línea, esto implicaría romper con las dinámicas actuales según las cuales damos luz verde a casi cualquier proyecto tecnológico confiando en que su supuesta naturaleza neutra y objetiva nos conducirá hacia otro mundo mejor. Ahora sabemos que esto difícilmente será así. Las tecnologías de IA no son neutrales y objetivas. Muy al contrario, son profundamente políticas y, si no las revisamos y cuestionamos críticamente, los valores que las seguirán orientando serán los de un sistema capitalista y colonial.
En definitiva, podemos concluir que la ética de la IA no debería nunca limitarse a examinar problemas superficiales y que tan solo nos atañen a los habitantes de los países ricos. Permanecer en el estado de sonambulismo en el que nos hallamos solo nos llevará a seguir reproduciendo un sistema injusto y desigualdad.
Pensar que las tecnologías de IA nos sacarán de los profundos problemas en los que nos encontramos inmersos es un sueño que tan solo puede sostenerse sobre los mitos del progreso y la neutralidad tecnológica. Una ilusión impropia de cualquier sociedad crítica y reflexiva. Si verdaderamente anhelamos el progreso, si realmente deseamos construir sociedades justas, igualitarias y sustentables, entonces nuestras reflexiones éticas y morales nos deberían llevar a confrontar los valores e ideas sobre los que se sostienen nuestros proyectos tecnológicos.
La justicia ecológica, la igualdad y la libertad no son sueños imposibles de conseguir, pero no vendrán de la mano de la IA, sino de nuestro compromiso y nuestra voluntad ético-política con la construcción de un planeta mejor para todos los seres vivos que habitamos y están por habitar la Tierra.
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Fuente: https://filco.es/
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