lunes, 20 de octubre de 2025

ORTEGA Y GASSET

Ortega y Gasset: su funeral se convirtió en su última lección

Las calles alrededor de la universidad en Madrid se llenaron de actividad en la muerte de José Ortega y Gasset, en octubre de 1955, hace ahora setenta años. La muerte de un filósofo despreciado por el régimen pero admirado por sus colegas y estudiantes condensó la rabia de una generación que llevaba cerca de dos décadas bajo la dictadura franquista. 


De familia de editores, el joven José Ortega y Gasset creció rodeado de discusiones políticas y periodísticas. En 1897 se incorporó a la Universidad de Deusto (Bilbao) y siguió sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid, a la que se incorporó en 1898.

Cómo resolver la crisis de la filosofía

A Ortega y Gasset nunca lo abandonó «un ansia infinita, vital por buscar la verdad, por buscarla, aunque no exista», como le expresó a su padre en una carta enviada desde Alemania en 1904. Precisamente en este país fue donde se convenció de que las soluciones que necesitaba la filosofía española, muy azotada por las profundas crisis económicas de finales del siglo XIX por la pérdida de poder colonial, debían buscarse en Europa.

Para el madrileño, el continente europeo era la puerta de entrada a la modernidad, la ciencia, el rigor y el conocimiento. Durante varios años, Unamuno y Ortega y Gasset enfrentan opiniones; Unamuno llegará a llamar «papanatas» a todos esos «pobres diablos» que quedan obnubilados por Europa y su ciencia. Sobre 1910, José Ortega y Gasset escribe su famosa frase: «España es el problema y Europa la solución». Sin embargo, la llegada de las guerras mundiales le hizo diagnosticar una crisis en el continente y su mirada se volvió más crítica hacia él.

Pronto, Ortega y Gasset se convirtió en un intelectual que gozaba de una amplia popularidad. Escritor, conferenciante, columnista y profesor, en 1910 gana la cátedra de Metafísica en la Universidad Central y ese mismo año comienza a congregar a una serie de jóvenes filósofos, que se reúnen a su alrededor en lo que se conocería como Escuela de Madrid.

José Ortega y Gasset mantuvo una visión positiva sobre Europa hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, siendo esta una diferencia que le llevó al enfrentamiento con Unamuno

Ortega y Gasset, fundador de una escuela

Julián Marías se refirió más tarde a esta corriente como aquello «que hace cerca de cuarenta años bauticé con el nombre de Escuela de Madrid, advirtiendo que ni era una Escuela ni estaba reducida a Madrid». Entran en esta nómina nombres como María Zambrano, Xavier Zubiri, José Gaos o José Luis Aranguren y su prolífica producción era fruto de un diálogo que podemos ubicar en el periodo especialmente entre 1914 y 1936.

Ortega publica Meditaciones del Quijote en 1914, un momento importantísimo en el desarrollo de su pensamiento. En este año se empiezan a asentar las que serían algunas de las principales claves de su pensamiento posterior, en concreto, la defensa del perspectivismo. Es en este libro donde podemos leer su famosa expresión: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».

Ese mismo año, fundó la Liga de la Educación Política Española, un grupo de jóvenes que criticaba la Restauración monárquica por considerarla caduca. Ortega defendía que para acabar con el caquicismo español era necesario defender la libertad de culto y la democracia liberal basada en el voto.

Precisamente un voto fue lo que le hizo entrar en contacto con Eugenio d’Ors, un filósofo muy joven que en 1914 se hallaba tratando de opositar a catedrático de Psicología en la Universidad de Barcelona. D’Ors acababa de doctorarse con una tesis sobre Zenón de Elea y fracasó estrepitosamente en su intento de entrar a formar parte del cuerpo de catedráticos barcelonés, pues el de Ortega y Gasset fue el único voto a favor con el que contó.

En 1914 comienza la Gran Guerra que asolará Europa hasta 1918. Eso hace a Ortega perder la confianza en el Viejo Continente, motivo que le había llevado al enfrentamiento con Miguel de Unamuno. Al finalizar la guerra, en 1919 comienza a dirigir la tesis de Xavier Zubiri, quien sería su discípulo para, más tarde, serlo del alemán Martin Heidegger. Se empieza a asentar así su escuela compuesta por sus discípulos.

La década de 1920 es enormemente prolífica para Ortega. En 1921 publica España invertebrada, donde analizó la crisis que atravesaba el país, calificándola como «invertebración histórica». En 1923 fundó la Revista de Occidente, en la que no solo le dio centralidad a la discusión en torno a los problemas políticos del país, sino que promovió la introducción en España del pensamiento de numerosos filósofos europeos.

Ortega y Gasset congrega a una serie de filósofos a su alrededor, que serán conocidos como Escuela de Madrid y, además, funda la Liga de la Educación Política Española, como contestación a la restauración monárquica

La Revista de Occidente fue, así, una de las primeras en España en discutir con el pensamiento de Husserl, Simmel, Brentano o Russell, algunos de los autores más punteros del momento. Para Ortega y Gasset, esta traducción no es fruto de un afán erudito, sino de un proyecto de salvación de España, de «la grave enfermedad que España sufre», como había escrito en España invertebrada.

Se trata de un momento convulso culturalmente. El arte, la cultura y las costumbres parecen estar estallando con ansias de libertad por los aires de forma simultánea. El escritor argentino Jorge Luis Borges publicaba un texto que llevaba por título Los intelectuales son contrarios a la costumbre de usar sombrero, donde reflejaba el escándalo protagonizado por los artistas Salvador Dalí, Maruja Mallo, Margarita Manso y Federico García Lorca en la Puerta del Sol, negándose a llevar sombrero en público y siendo apedreados por ello.

Durante el curso 1924-1925, a las clases de García Morente, Zubiri y Ortega comienza a asistir una joven brillante. Se trata de María Zambrano, matriculada solo en algunas asignaturas por su inestable salud, que años más tarde se sabría que era provocada por la tuberculosis.

Pronto se convirtió Ortega en uno de sus principales maestros e influencias. En 1927, Zambrano comienza a colaborar asiduamente en la Revista de Occidente y empieza el doctorado en 1928. Dos años antes, Xabier Zubiri obtuvo la cátedra de Historia de la Filosofía de la Universidad Central de Madrid.

En 1928, Ortega y Gasset viaja a Argentina, donde ya se conocen algunas de sus obras, y en 1930 varios filósofos de la Universidad Central mostrarán su rechazo a la dictadura de Primo de Rivera, motivo por el cual, en 1931, con el ascenso de la II República, quedarían ligados políticamente a ella. El mismo Ortega es elegido diputado por la provincia de León de la República, con la que se desencantó a finales de año.

Durante los siguientes años se siguieron diversas reformas educativas que tuvieron por objetivo renovar la universidad y sacarla de su atraso. Los integrantes de la Escuela adquieren más peso en la universidad: José Gaos y Luis Recasens obtienen su cátedra y la Revista de Occidente adquiere mayor popularidad.

Ortega publica dos de sus obras más importantes durante su juventud: Meditaciones del Quijote en 1914 y España invertebrada en 1921. También funda la Revista de Occidente en 1923

Guerra, exilio y régimen: un abrupto final para la Escuela

La guerra civil española pone punto y final a la actividad de estos filósofos como Escuela, si bien es el comienzo de la carrera de muchos de ellos por solitario. Empieza, además, lo que se conocerá como «silencio de Ortega», unos años de exilio en Argentina en los que el intelectual madrileño bajó su ritmo de publicación y se mantuvo alejado de los debates políticos, algo inédito en él hasta el momento.

Presa de la decepción y la caída en desgracia política, la intelectualidad se dividió entre aquellos que se pusieron a disposición del Régimen franquista, como José Luis López Aranguren, y quienes hubieron de exiliarse en ultramar por su negativa de dar su apoyo a Franco.

Ortega y Gasset regresó a España en 1946. Para algunos, esta noticia fue motivo de regocijo, mientras quienes se mantenían firmes opositores al Régimen lo consideraron poco menos que una traición. Cuando Ortega vuelve la prensa franquista habla de «reconciliación» del filósofo con España, de la que se había ido con duras críticas al país y a Franco. Desde la filosofía universitaria, liderada ahora por una tendencia escolástica arcaizante, se le considera poco más que un intelectual de poca monta: la época de renovación estilística ha acabado y ya solo encajan en la universidad quienes hacen filosofía en tratados; un género que jamás cultivó Ortega.

Entre 1945 y 1948 se está estabilizando un régimen con enormes contradicciones. Tras la posguerra y la situación de crisis económica que la guerra conlleva, España intenta ponerse a la altura de sus vecinos europeos, no con excesiva suerte. Las tensiones entre Franco y los reyes en el exilio son un elemento de desestabilización entre quienes piensan que Franco debería restaurar la monarquía y quienes opinan que es el caudillo el legítimo jefe del Estado.

Volvió a España del exilio en un contexto de estabilización del régimen. Cuando Ortega regresa, la prensa franquista habla de «reconciliación» del filósofo con España, de la que se había ido con duras críticas al país y a Franco

Se trata de una época en la que el régimen intenta apagar fuegos en el exterior e interior de sus fronteras. Fruto del impulso de apertura que necesita el país para no quedar económicamente aislado, se aprueba una serie de reformas constituyentes que asientan una legalidad, en realidad, aconstitucional.

En España, a Ortega y Gasset se le impidió recuperar su cátedra, motivo que no impidió que continuara con su docencia. Fundó un Instituto de Humanidades, en el que impartía clases, pero que cerró en 1950, e hizo varios viajes a Alemania, donde era muy bien considerado en comparación con el erial que era su patria. Comienza una época de depresiones y renuncia intermitente a la escritura y a las ponencias a las que le invitaban.

Mientras, el problema de la apertura y de la tolerancia a interpretaciones filosóficas que chocaran con la tradición católica se está convirtiendo en un problema político de primer orden. Joaquín Ruiz-Giménez, ministro de Educación Nacional desde 1951, declaraba que se podía «asimilar cuanto haya de valioso en cualquier sector de la política y la cultura» siempre que esto no fuera en contra de «los valores esenciales de España». Sus declaraciones no solo no cerraron el debate, sino que sirvieron para seguir echando más leña al fuego, y en 1953 se llegó a valorar la introducción de los libros de Unamuno y Ortega en un índice de libros prohibidos, exacerbando a ambos bandos de la batalla cultural en curso.

En este contexto, en el que la obra de Ortega y Gasset es despreciada por el régimen y por los grandes catedráticos a él asociados, se da, casi de forma contradictoria, una reivindicación de Ortega en varias revistas. 

A su vuelta a España, a Ortega y Gasset se le impide recuperar su cátedra, motivo que no le impidió continuar con su docencia

La juventud universitaria a su maestro

Ortega y Gasset murió el 18 de octubre de 1955, sin dejar instrucciones claras sobre cómo proceder con su entierro. El ateísmo del filósofo había sido un asunto muy discutido y puesto en cuestión entre quienes consideraban que el filósofo no podía formar parte más del mundo cultural español. Por este motivo, su familia promovió que se le diera la extrema unción y pudiera ser enterrado católicamente, en presencia de Ruiz-Giménez y otras figuras franquistas. Se declaró día de fiesta en la universidad. Todo aquel espectáculo levantó ampollas en la intelectualidad española antifranquista, que no dejaba de ver en aquel entierro un ejercicio de suma incoherencia.

No pararon de sucederse los homenajes espontáneos al filósofo en las aulas. Homenajes que tenían mucho de protesta encubierta y que dieron rienda suelta al malestar que sentían los estudiantes. Se extendió la noticia de que un grupo de estudiantes estaba organizando un congreso de escritores jóvenes, en el que se le haría un homenaje laico al filósofo. Imprimieron un panfleto con forma de esquela donde se denominaba a Ortega y Gasset como «filósofo liberal español» y sin cruces.

El viernes 21 de octubre se reunieron decenas de alumnos en este homenaje. Leyeron textos del fallecido y algunas alabanzas. Tras un cierre del decano de Derecho que trataba de disolver aquel polvorín, los estudiantes comenzaron a marchar hacia el cementerio, con el objetivo de llevar una corona que decía: «La juventud universitaria a su maestro».

El cortejo fúnebre estaba pasando a ser una manifestación ilegal con la que la policía no sabía muy bien qué hacer. Se llamó a declarar a Javier Marías por su implicación en el asunto, pero se le dejó en libertad unas horas después. Sus organizadores, entre los que se encontraban Enrique Múgica, Ramón Tamames y Claudio Rodríguez, vinculados con el Partido Comunista, apenas conocían a Ortega y Gasset: «El autor de La rebelión de las masas era para ellos una ausencia más que una presencia. Como para todos los demás, el recordatorio de que una vez hubo algo distinto». Aquellas protestas se extendieron varios días y acabaron en una fuerte represión por parte de los grises (la policía franquista).

Estos jóvenes repartieron en febrero de 1956 un texto donde instaban a la creación de un Congreso Nacional de Estudiantes que pasara por encima del sindicato estudiantil franquista. Una semana más tarde, grupos de falangistas respondieron con un asalto a la facultad, lo cual inició un conflicto de varios días y provocó la dimisión del rector y el cese de dos ministros.

No pararon de sucederse los homenajes espontáneos al filósofo en las aulas. Homenajes que tenían mucho de protesta encubierta y que dieron rienda suelta al malestar que sentían los estudiantes

La universidad, catalizador de los conflictos sociales

La universidad ha sido y sigue siendo la punta de lanza de procesos y luchas sociales. Para centenares de miles de jóvenes se convierte año en año en una escuela, pero no solo de contenidos de todo tipo, sino también de reivindicación.

El curso 1955-1956 fue el pistoletazo de salida en Madrid para una ola de huelgas universitarias que provocaron la pérdida de varios años lectivos (por imposibilidad de celebrar los exámenes) y que no solo condensaban la expresión de tristeza por la pérdida de un profesor. Ortega y Gasset fue un personaje contradictorio y no fue un luchador antifranquista ferviente, pero su muerte fue el pistoletazo de salida para una nueva ola de lucha estudiantil que se prolongó varios años.

A veces es precisamente este legado inconsciente el más relevante, aunque no sea el que más se reivindica. A setenta años de su muerte, muchos recordarán (con un más que justificado orgullo) que Ortega fue el fundador de una publicación, la Revista de Occidente, que casi un siglo más tarde sigue en pie. También que fue el renovador de la filosofía española en muchos sentidos y que sacó del anquilosamiento a la figura del intelectual, casi creándola desde cero. Pero rara vez se añade que fue precisamente en su muerte cuando sacó a la calle a miles de estudiantes, muchos de los cuales nunca lo habían tenido como maestro.

Ortega y Gasset devino símbolo del descontento de una generación, casi sin querer serlo. Educó, como última lección magistral, a miles de jóvenes en una lucha que a muchos de ellos los acompañaría muchas décadas más: la pelea contra el régimen dictatorial, enemigo del pensamiento libre.




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