miércoles, 12 de noviembre de 2025

HANNAH ARENDT

¿Qué dice Hannah Arendt sobre el trabajo?

El pensamiento de Hannah Arendt sobre el trabajo nos obliga a mirar la organización social de nuestras vidas. En «La condición humana» distinguió entre labor, trabajo y acción, advirtiendo cómo las sociedades modernas tienden a reducirnos a mera supervivencia biológica. Exploramos aquí esa distinción y sus tensiones con el marxismo y el feminismo.


Los análisis filosóficos sobre el trabajo son una pieza central dentro de la filosofía política, porque constituye una de nuestras formas principales de opresión. Bien sea porque nos explotan en el trabajo, bien sea porque realizamos trabajos no remunerado (como los reproductivos), entender la organización del trabajo en un determinado momento histórico es crucial para comprender, a su vez, nuestras posibilidades de emancipación en un determinado momento.

En este sentido, la reflexión de Hannah Arendt sobre el trabajo es una de las más originales de las últimas décadas y ha servido como base para la discusión filosófica —ya sea con adeptos o con detractores— sobre el tema en los últimos años. Su principal reflexión sobre el tema se encuentra en La condición humana (1958), donde Arendt distingue entre labor, trabajo y acción. Veamos mejor esta distinción.

Labor, trabajo y acción

Esta tríada pretende abordar la totalidad de la interacción del ser humano con el mundo, y puede leerse, de hecho, como el tránsito del cuerpo a la política. Arendt llama «labor» a todas esas acciones que dedicamos a sostener nuestra vida biológica, como comer, dormir o ducharnos. Son acciones cíclicas que nunca se completan del todo: solo se aplaza la necesidad de repetirlas, pues su finalidad es el mantenimiento de la vida.

El «trabajo», en cambio, no está destinado al cuidado del cuerpo biológico, sino que corresponde a todas aquellas acciones que crean objetos duraderos, que transforman la naturaleza para producir algo que permanezca.

La «acción» representa para Arendt el estadio final en el camino cuerpo-política. En la acción, los seres humanos se revelan como únicos, singulares, políticos. A través de ella, pueden organizarse y actuar a través de la palabra y de los actos. Así, a diferencia de comer antes de una manifestación (labor) o de hacer la pancarta (trabajo), la manifestación misma es una acción tal como la concebía Arendt.

Arendt distingue entre labor, trabajo y acción para pensar cómo pasamos del cuidado biológico a la creación de objetos y, finalmente, a la vida política, clave para comprender la organización del trabajo y la emancipación

La deriva de nuestra sociedad

Esta distinción no es meramente descriptiva; también es un diagnóstico sobre las transformaciones de la vida humana en las sociedades contemporáneas. Arendt sostiene que nuestras sociedades reducen la riqueza de la pluralidad humana y su potencial al subordinar las partes más elevadas (acción) a las menos elevadas (labor).

Esto ocurre en la sociedad de consumo, donde el grueso de la vida social parece orientarse a la satisfacción de necesidades corporales (bienestar emocional, ocio, entretenimiento), mientras se ha perdido el carácter político de las relaciones personales (proyectos colectivos, militancia política, organización vecinal…).

La crítica se hace más aguda si la comparamos, como hace Arendt, con la antigua sociedad griega, donde los hombres libres (y hombres no es un genérico) se dedicaban a debatir y legislar mundos comunes, en lugar de aislarse en el disfrute de placeres privados. En nuestras sociedades, la política ya no se entiende —como en la Antigua Grecia— como discusión pública y autorrealización a través de lo colectivo; es, más bien, mera gestión administrativa y técnica de una vida reducida al cuerpo biológico.

Como consecuencia, Arendt afirma que las sociedades actuales son las del animal laborans, pues reducen todo a la labor (y a nosotros a animales que simplemente nos mantenemos). Esto implica que los objetos ya no se producen para durar, sino para el consumo rápido y cíclico (consumismo). También implica que el criterio principal de fabricación es el de la utilidad, y no el sentido (funcionalización). Y, por último, conlleva una biologización de la política, porque la esfera pública queda reducida a la gestión de necesidades vitales (economía, salud, seguridad), perdiendo su carácter de espacio de libertad.

El trabajo

El trabajo es la actividad que realiza el Homo faber, el ser humano pensado como «hacedor»: aquel que fabrica objetos para un mundo artificial (una cama para dormir, una señal de tráfico, una bolsa para llevar la fruta). En este sentido, el trabajo se diferencia de los otros dos conceptos de Arendt (labor y acción) por cinco rasgos:

  • Teleología: el trabajo tiene un fin definido (la bolsa, la cama) y sabemos lo que queremos hacer al empezar (a diferencia de la acción, que no sabemos adónde nos llevará). El objeto es, al mismo tiempo, definido y durable, lo que lo diferencia de la labor, donde todo es cíclico e interminable (como comer).
  • Instrumentalidad: en el trabajo, la naturaleza se concibe como un medio (madera) para un fin (cama), como materia prima del objeto que queremos construir. El Homo faber interrumpe el curso natural de la naturaleza (el árbol que crece y se reproduce) para intervenir en él (cortarlo) y cumplir su meta (hacer la cama).
  • Durabilidad: los productos del trabajo están destinados a perdurar y a constituir un mundo común, estable y habitable.
  • Intercambiabilidad: precisamente por su durabilidad, los objetos pueden intercambiarse. El trabajo es así la base ontológica de la economía: sin trabajo no habría mercado.
  • Aislamiento: el trabajo lo realiza el ser humano como individuo, sin necesidad (necesaria) de los demás. Por eso, para Arendt, no es una acción política en sí misma, como sí lo es la acción.

Arendt denuncia cómo la sociedad de consumo reduce la vida humana a mera labor, anulando la acción política y subordinando el sentido al consumo y la utilidad, mientras redefine el trabajo como actividad del Homo faber, productor de un mundo duradero

Algunas críticas feministas

Las principales críticas a esta formulación del trabajo han venido del feminismo y del marxismo. Las pensadoras feministas han cuestionado, sobre todo, la distinción entre labor y trabajo y la despolitización de ambos. Señalan, por ejemplo, que la maternidad no puede pensarse bajo el paraguas del animal laborans porque también implica vínculos éticos y políticos, como ha señalado Adrianne Rich.

Otras autoras, como Seyla Benhabib, han criticado que la distinción labor-trabajo-acción mantiene y reproduce la separación tajante entre espacio público y espacio privado, relegando las tareas reproductivas (otra vez) al ámbito doméstico. Silvia Federici va un paso más allá y sostiene que lo que Arendt llama labor es, en realidad, lo más político, porque el capitalismo y el patriarcado se basan precisamente en encerrar a las mujeres en el hogar y en no pagar sus trabajos reproductivos. Para la filósofa italiana, la revolución política proviene de pensar nuevas formas de organización de la labor, y no tanto de la acción.

La separación de Arendt del marxismo

La principal distancia de Arendt con respecto al marxismo es, evidentemente, su despolitización del trabajo. Para Arendt, el trabajo es la condición previa a la política —pues construye el mundo donde la política acontece—, pero no es político en sí mismo. De hecho, cree que el marxismo glorifica el trabajo y lo confunde con la política.

No hay, por tanto, en Arendt un análisis político de cómo se constituye el trabajo aquí y ahora: las relaciones de producción, la propiedad de los medios de producción y las relaciones imperialistas que se establecen (división internacional del trabajo, cadena transnacional de cuidados…). Esta es su principal distancia con el marxismo.

Arendt hoy

La teoría arendtiana del trabajo mantiene plena vigencia para pensar la crisis contemporánea de la política: desde el consumismo y la obsolescencia programada hasta la reducción de lo público a mera gestión. Su insistencia en reconstruir un mundo común y estable resuena en debates actuales sobre cambio climático, tecnología y sostenibilidad.

No obstante, sus limitaciones también son claras. La devaluación del cuerpo y del cuidado, denunciada por el feminismo, deja fuera dimensiones cruciales de la vida social. El desafío contemporáneo consiste en ampliar la distinción arendtiana sin perder su fuerza: reconocer el valor político del cuidado y de la reproducción social, y al mismo tiempo preservar la especificidad de la acción como revelación de la pluralidad humana.




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