Coincidencias y diferencias entre Arendt y Butler, Camus y Heidegger
Las perspectivas de Hannah Arendt y Martin Heidegger, Albert Camus y Judith Butler convergen y divergen en diferentes aspectos. Veamos las coincidencias y diferencias entre la pensadora alemana y cada uno de ellos.
Hannah Arendt tiene una amplia obra filosófica en torno a la condición humana y la vida en sociedad. Su pensamiento viene acompañado de un fuerte espíritu crítico y reivindicativo en favor de la vida, la libertad y la justicia.
En respuesta al auge del conflicto bélico que asolaba a Occidente durante la Segunda Guerra Mundial, Arendt centró su reflexión en la ética y la política de su tiempo, con el fin de estudiar las causas que dieron pie a sistemas totalitarios como el nazismo o el fascismo. A través de una visión de la condición humana fundamentada en la acción, su obra incentiva al lector a rebelarse por una sociedad más justa, donde la dignidad de las personas sea siempre respetada.
Arendt y Heidegger
Hannah Arendt publicó La condición humana en 1958, un ensayo donde analiza a las sociedades contemporáneas a partir de la vida y actividad que en ellas se desarrolla. En función de lo que denomina como «vida activa» (vita activa), la autora define los tres tipos de acciones que el ser humano desarrolla en sociedad a partir de la siguiente clasificación tripartita: labor, trabajo y acción.
En lo que respecta a la labor, Arendt se refiere a todas aquellas acciones necesarias para la vida misma, desde el alimento o el sueño hasta la vestimenta.
Por otra parte, el trabajo lo entiende como aquella actividad destinada a la producción y transformación de medios naturales en objetos materiales y duraderos. Se trata de una actividad no tan esencial como la primera, cuyas herramientas permiten construir todo un mundo artificial indisociable de la cultura y el arte.
Finalmente, la acción viene a ser aquella actividad que define al ser humano en su dimensión más esencial de ser plural. Se trata de aquello que le otorga la capacidad para ser libre de actuar, gracias a su relación con los demás en el espacio público que habita. Escribe Arendt:
«Con la expresión vita activa me propongo designar tres actividades fundamentales: labor, trabajo y acción. Son fundamentales porque cada una corresponde a una de las condiciones básicas bajo las que se ha dado al hombre la vida en la tierra»
En función de lo que denomina «vida activa», Hannah Arendt define los tres tipos de acciones que el ser humano desarrolla en sociedad a partir de la siguiente clasificación tripartita: labor, trabajo y acción
A su vez, el estudio de la condición humana desde esta dimensión político-práctica está estrechamente relacionado con sus nociones de natalidad y mortalidad. La vida y la muerte, entendidas respectivamente como el comienzo de algo nuevo y su perecer, definen ontológicamente al ser humano como un creador finito.
La capacidad de crear y transformar su entrono desde que nace hasta que muere es algo definitorio de todo individuo por su condición de natalidad. Por ello no es posible hablar de la condición humana de Arendt en términos biologicistas ni esencialistas, ya que es la potencia aquello que la caracteriza.
Es aquí donde radica la relación con la filosofía de Martin Heidegger, con la que pueden encontrarse varias similitudes en lo que respecta a la acción, la natalidad y la mortalidad. En Ser y tiempo (1927), Heidegger dice que el individuo moderno está inacabado, sin terminar, pendiente de una tarea a completar en tanto que ser privilegiado que sabe que va a morir (Dasein).
Como partes de un todo que se conoce a sí mismo, el ser humano es consciente de ese sinsentido que impregna a la finitud de su existencia, lo que según Heidegger debe motivarle a construir una vida que valga la pena de ser vivida: una existencia auténtica. La conciencia, cual voz silenciosa que escucha como antesala de la muerte, debe tomarse como una invitación para vivir el presente, es decir, para labrarse una vida que le haga sentir completo y, por tanto, permanecer entero. Escribe Arendt:
«El milagro que salva al mundo, el reino de los asuntos humanos, de su ruina normal y ‘natural’ es en último término el hecho de la natalidad, en el que se enraíza ontológicamente la facultad de acción»
Para Arendt, los humanos son seres en potencia, cuya capacidad de acción precisa ser desarrollada en libertad para vivir de acuerdo con su condición de natalidad y mortalidad. En sintonía con esta forma de entender la condición humana, Heidegger define ontológicamente al ser humano como un proyecto no terminado, cuya naturaleza temporal y privilegiada precisa de un continuo desarrollo a la vez que es consciente de su muerte.
Sin embargo, en lo que respecta a la mortalidad, Heidegger dice que el hombre moderno parece no querer reconocerla como parte de su condición, ya que pese a saber que va a morir sigue actuando como si no lo supiera, viviendo una vida impropia. Y es aquí donde reside el problema, pues pese a saber que morirá, el ser humano continúa alejándose de la vida activa por culpa del miedo y la continua formación de planes de futuro.
Es por esta razón que Heidegger apuesta por una forma de existencia auténtica, esto es, la de los que saben y aceptan que morirán en tanto que saben que son seres para la muerte. Solo así es posible vivir bien, porque el problema no es la muerte como tal, sino hacer como si esta no existiera.
Para Arendt, somos seres en potencia, nuestra capacidad de acción precisa ser desarrollada en libertad para vivir de acuerdo con la condición de natalidad y mortalidad. En sintonía con esto, Heidegger define ontológicamente al ser humano como un proyecto no terminado, cuya naturaleza temporal y privilegiada precisa de un continuo desarrollo a la vez que es consciente de su muerte
Arendt y Butler
Además de la tradicional comparación entre Arendt y Heidegger, cabe destacar la semejanza entre su filosofía política con la de filósofas como Judith Butler. Tal como expresa Arendt en obras como Sobre la violencia (1970), nada más lejos de cualquier forma de totalitarismo, la autora apuesta por una postura política contraria a la violencia.
El poder político y la libertad no pueden estar bajo el yugo de sistemas dictatoriales y fascistas que oprimen a las minorías más desfavorecidas. Ya sea por cuestiones de raza, clase o género, Arendt reivindica la necesidad de rediseñar la estructura de las tradicionales instituciones occidentales de control y opresión como única forma de salvaguardar la libertad de acción. El verdadero poder, dice Arendt, nace a partir del acuerdo, no de la violencia. Esta última no es más que un síntoma de debilidad e incapacidad del sistema para funcionar de forma correcta.
El diálogo en libertad que permite la acción individual sobre la esfera pública es clave para desarrollar esa vida activa que tanto caracteriza al animal humano, más allá de la labor y el trabajo. Así es como puede desarrollarse verdaderamente su condición de natalidad, entendida como la capacidad de crear algo nuevo en comunidad, cuya fuerza y valor solo puede cobrar sentido a través del diálogo pacífico con los demás. Escribe Arendt:
«El poder y la violencia son opuestos; donde uno domina absolutamente, el otro está ausente»
En lo que respecta a Butler, su teoría política también está profundamente arraigada a una visión de la condición humana centrada en la acción y la no violencia. En su libro La fuerza de la no violencia (2021), Butler desarrolla un argumento muy similar al de Arendt en lo que respecta al rechazo de la violencia como forma de poder.
Según la pensadora, pese a no poder calificarlas como totalitarismos, las actuales democracias occidentales continúan imponiendo de manera silenciosa toda una serie de obligaciones y sanciones elitistas a los individuos más desfavorecidos en lo que a términos económicos y sociales se refiere.
Desde la violencia con la que operan las fuerzas de seguridad del estado para reprimir la libertad de protesta, hasta la propia articulación de leyes y políticas de carácter aristocrático, su establecimiento siempre va a beneficiar a un determinado colectivo privilegiado de raza y clase. Se trata de una violencia enmascarada a través de la burocracia y la legalidad, que actúa sobre los oprimidos para hacerles ver como verdugos de los males que ellos mismos padecen.
Las huelgas y protestas son denostadas como violentas y peligrosas, a través de una coerción que reprime el derecho y libertad para manifestarse de estas personas. Por ello, Butler apela a una fuerza alternativa que haga frente a esta situación, que enfatice el valor y la dignidad de todas las personas por igual: la fuerza de la no violencia.
Lejos de mostrarla como una fuerza débil o pasiva, Butler propone la fuerza de la no violencia como única alternativa capaz de hacer frente a esta violencia estatal. Se trata de una fuerza persistente y activa, que al igual que Arendt y su noción de vida activa, Butler se ciñe a la acción en comunidad para lograr una lucha efectiva.
Solo si somos capaces de ver al otro como semejante e igual, más allá de cualquier imaginario individualista, podremos sumar fuerzas para actuar en conjunto y plantarle cara a este problema. Por ello, reconocer los lazos y vínculos de interdependencia que todos los seres humanos comparten es fundamental para lograr una vida buena a largo plazo, ya que la violencia contra el otro en realidad no es más que violencia contra uno mismo.
Todas las personas vienen condicionadas por una misma naturaleza plural, activa y reivindicativa, cuyo respeto y legitimación para manifestarse es imprescindible para lograr sociedades justas y libres. En este contexto, la resistencia no violenta se convierte en una herramienta para cuestionar el poder y abrir un espacio para nuevas formas de vida en sociedad, en las que se reconozcan los vínculos que todos los individuos comparten. En consonancia con Arendt, se trata de una misma apuesta por políticas plurales y natalistas, basadas en la acción y la cooperación, al margen de cualquier forma de discriminación.
Butler propone la fuerza de la no violencia como única alternativa capaz de hacer frente a laviolencia estatal
Arendt y Camus
Influidos en gran medida por el contexto bélico en el que tuvieron que vivir −dos guerras mundiales−, ambos filósofos centran su obra en criticar el totalitarismo y la violencia en aras de la dignidad y la resistencia. En el caso de Camus, la condición humana vendría regida por la capacidad de tomar conciencia del absurdo que es el mundo. Un absurdo que no hay más remedio que aceptar, pero sin llegar por ello a la inanición o al abandono del nihilismo y la barbarie.
Así, al igual que esa misma vida activa y acción en libertad que revindicaba Arendt, en Camus la rebeldía se erige como principal pilar de su filosofía existencialista, pues lo único que cabe hacer para vivir el absurdo de una forma honesta es la acción. A lo largo de obras como El extranjero (1942), Calígula (1944), La peste (1947) o El hombre rebelde (1951), el filósofo argelino muestra las consecuencias derivadas de la capacidad que tiene el ser humano para tomar conciencia del absurdo que es el mundo que le rodea, cual totalidad sin sentido ni valor.
Sin embargo, para Camus, afirmar el absurdo no significa que todo esté permitido, pues existen valores como el respeto mutuo y la solidaridad que no son irrelevantes para esa condición social que todas las personas comparten. En realidad, es precisamente la mentalidad del nihilismo y no el absurdo lo que impide al ser humano vivir una vida buena en comunidad.
«La acción, con todas sus incertidumbres, es el modo por excelencia de estar entre los hombres»
El ser humano es un ser social e interdependiente, que precisa del otro para vivir. Y es que esto es algo que sí merece especial respeto y protección, aunque la vida, el mundo y el ser humano sean absurdos. La única forma de subsistir cuando no se cree en dioses ni en valores eternos es aceptando nuestra condición de ser agentes morales.
Por esta razón, la vida en sí misma debe ser protegida frente a toda forma de nihilismo criminal que pueda derivarse de la toma de conciencia del absurdo. El nihilismo y sus consecuencias hay que combatirlo otorgando valor a la vida desde el aquí y el ahora, es decir, no según un ideal trascendente o más allá, sino atendiendo al sentido de dignidad y honor que toda persona guarda en tanto que es capaz de rebelarse.
Así, en semejanza con la vida activa de Arendt, Camus defiende que no podemos ignorar nuestra condición reivindicativa y activa. Porque en un mundo donde todo es absurdo la única salida que queda es la acción rebelde por el bien de las personas a las que se quiere. Solo de esta forma el ser humano logrará una vida buena en sociedad, basada en el respeto mutuo y el sentido de lucha que cada sujeto aporta a su existencia.
Fuente: https://filco.es/
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