miércoles, 3 de diciembre de 2025

SAN AGUSTÍN Y EL MAL

San Agustín: el mal como privación del bien

El mal para san Agustín no es una realidad en sí misma, sino una privación del bien. Esta idea, que marcó profundamente la tradición cristiana, intenta explicar cómo es posible hablar de un universo creado por un Dios bueno y, al mismo tiempo, reconocer la presencia constante del sufrimiento, la injusticia y la violencia.


El mal para san Agustín como ausencia de bien

Durante mucho tiempo, en la filosofía clásica, la respuesta a la pregunta por el mal era que el mal, en sí mismo, no existía. No hay mal, se decía, tan solo ausencia de bien. El mal no es nada en sí mismo, es vacío, hueco. Pero ¿cómo puede defenderse que el mal no existe? Lo vemos en las masacres, en la crueldad, en las torturas, en el placer del dolor ajeno, en la despreocupación por la muerte y la catástrofe. En la impunidad.

Sostener en filosofía que el mal no existe no es lo mismo que negar su realidad devastadora. Evidentemente hay dolor, hay sufrimiento, hay impunidad para los que matan. La postura implica algo ligeramente más complejo: el mal no tiene su propia lógica o esencia, porque solo el bien es.

San Agustín ha sido uno de los filósofos más destacados dentro de esta tradición filosófica. En sus textos, propuso que el mal es simplemente privación, ausencia, falta de ser. Esto es así, según su filosofía, porque el mundo ha sido creado por Dios, y Dios —por definición— es bueno. Es decir, y en resumidas cuentas, el ser es sinónimo de bien.

Esta postura, que quizá parece compleja o abstracta, declina en dos consecuencias fundamentales. La primera es que solo las cosas buenas son, esto es, que solo cuando una amistad funciona, es buena, es verdaderamente una amistad. Cuando hay torpezas, malicias, reproches (cuando hay mal, pongamos), entonces ahí hay un vacío de amistad. Todos los fenómenos que conllevan imperfección o mal son así porque no son.

La otra declinación es que existir es ya participar del bien. Esto no es una declaración ingenua ni optimista, sino la consecuencia lógica de una cosmología teológica específica: si Dios es el creador absoluto, si todo lo que existe procede de su voluntad creadora, y si Dios es infinitamente bueno, entonces todo lo que tiene ser debe participar, en alguna medida, de esa bondad originaria. El universo considerado en su totalidad, en su intrincada red de relaciones y jerarquías, en su orden cósmico, es fundamentalmente bueno porque es manifestación de una inteligencia y voluntad buenas.

San Agustín sostiene que el mal no tiene entidad propia: es ausencia de bien. Si todo lo creado participa de la bondad divina, solo lo plenamente realizado es bueno. Si hay imperfección o daño, hay un vacío de ser

¿Y por qué hay mal?

Pero ¿cómo puede ser que algo que no es tenga tantos efectos sobre la realidad? Esta es la paradoja de este tipo de filosofías: ¿cómo conjugar la idea de que todo lo que existe, todo lo que es, es bueno con la realidad devastadora que no da tregua? Como explicamos, la respuesta de San Agustín tuvo que ver con negar al mal una entidad propia: como la oscuridad, que solo es ausencia de luz; o como el silencio, que es falta de sonido; como el frío, que privación de calor. De hecho, en el libro III de las Confesiones leemos:

«Porque ¿qué es eso que llamamos mal sino la ausencia del bien? En los cuerpos de los animales, la enfermedad y las heridas no significan sino la ausencia de salud; porque cuando se efectúa una curación, eso no quiere decir que los males que estaban presentes, a saber, las enfermedades y heridas, se van del cuerpo y moran en otra parte: dejan de existir por completo; porque la herida o enfermedad no es una sustancia, sino un defecto de la sustancia carnal, siendo la carne misma una sustancia, y por lo tanto algo bueno, de lo cual esos males, es decir, las privaciones del bien que llamamos salud, son accidentes.»

Esta concepción tiene raíces profundas en el neoplatonismo que Agustín absorbió antes de su conversión cristiana, pero con ciertos matices. Para Plotino, el mal era la ausencia de forma, el descenso hacia la materia informe. Agustín cristianiza y personaliza esta intuición: el mal moral—el que realmente importa, el que define nuestra condición—no surge de una necesidad metafísica (esto es, no es que la naturaleza salvaje sea necesariamente mala), sino que surge de la libertad. Y aquí está la clave de todo el edificio conceptual: el libre albedrío.

El mal y la libertad

Los seres humanos, que estamos dotados de voluntad libre, podemos apartarnos del bien, podemos elegir menos ser en lugar de más ser, podermos preferir bienes menores a bienes mayores, podemos desordenar el ordo amoris, el orden del amor que debería orientar toda existencia hacia su fin último. Siempre podemos elegir, los seres humanos, mentir a nuestro amigo, en vez de elegir el bien, el ser (la amistad).

A diferencia de lo que defenderá el Marqués de Sade, y que vemos también en este dosier, cada acto malo no es la creación de algo nuevo porque solo Dios crea ex nihilo. Cada acto malo es un movimiento de sustracción, una disminución del ser, un giro narcisista hacia la nada. Cuando alguien roba, no añade una nueva entidad llamada «robo» al universo; simplemente desordena las relaciones justas entre las personas y las cosas. Cuando alguien miente, no produce una nueva sustancia ontológica, sino que corrompe la verdad que debería manifestarse en el lenguaje. El pecado, en su esencia, es defectio—defección, caída, disminución.

Ocurre, sin embargo, que esta solución genera tantas preguntas como respuestas. Si el mal es solo privación, ¿por qué duele tanto? ¿Por qué tiene esa capacidad devastadora de destruir vidas, de generar sufrimiento en cascada, de perpetuarse en estructuras de opresión que parecen tener una positividad terrible, una presencia aplastante? La víctima de tortura no experimenta una «ausencia de bien» en sentido abstracto, sino una presencia abrumadora de dolor. El niño que muere de hambre no padece una mera «privación metafísica», padece una realidad biológica concreta y atroz.

La visión de San Agustín tropieza con el sufrimiento real, cuyo impacto tangible parece dar al mal una contundencia difícil de conciliar con la idea de que el mal «no existe»

Mal moral y mal físico

Aquí san Agustín introduce una distinción fundamental: la diferencia entre el mal moral (malum culpae) y el mal físico o natural (malum poenae). El primero es efectivamente fruto del libre albedrío, de las decisiones equivocadas de sujetos racionales. Pero el segundo—el sufrimiento, la enfermedad, la muerte—es consecuencia del primero. El dolor no es malo en sí mismo; es la señal de que algo no funciona como debería, el síntoma de una privación más profunda.

En la narrativa agustiniana, toda la naturaleza quedó herida por el pecado original, ese acto primordial de desobediencia que desgarró el tejido mismo de la creación. El sufrimiento físico es así pedagógico y punitivo a la vez: nos recuerda nuestra condición caída y nos orienta hacia la necesidad de redención.

Esta teología del sufrimiento es, sin duda, la parte más problemática y contestable de la construcción agustiniana. ¿Qué tipo de justicia divina permitiría que el sufrimiento de los inocentes fuera consecuencia del pecado de otros? ¿Cómo puede ser bueno un orden cósmico que funciona mediante este mecanismo de dolor heredado?

Y, sin embargo, hay algo en la estructura lógica del argumento que merece consideración: si el mal moral corrompe las relaciones, y si todo en el universo está relacionado, entonces las consecuencias de nuestras acciones se propagan de formas que exceden nuestra intención y comprensión. No necesitamos aceptar la doctrina del pecado original para reconocer esta verdad empírica: vivimos en sistemas donde la violencia de unos genera el sufrimiento de muchos, donde las decisiones de hoy condicionan las posibilidades de mañana.

La categoría de privación permite además resolver —o al menos disolver— el problema del mal desde el punto de vista de Dios. Dios no crea el mal porque el mal no es algo que pueda crearse, no tiene sustancia que crear. Dios crea seres libres, y la libertad implica necesariamente la posibilidad de elegir mal, de privarse del bien. Un universo sin esa posibilidad no sería un universo con seres verdaderamente libres, sería un universo con autómatas programados. La libertad es un bien tan grande que justifica el riesgo del mal. Aquí San Agustín está construyendo lo que después se llamará una teodicea: una defensa de la justicia divina frente al escándalo del mal.



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