lunes, 30 de marzo de 2026

WENDY BROWM

¿Qué es la «desdemocratización» para Wendy Brown?

Vivimos en democracias que se vacían por dentro. No hay golpe de Estado, no hay invasión. La filósofa política Wendy Brown lleva décadas cartografiando ese proceso silencioso, cartografiando cómo la lógica del mercado coloniza la vida pública, cómo la tolerancia despolitiza, cómo la identidad herida sustituye a la acción colectiva. Su diagnóstico es incómodo porque señala al interior, no al exterior. La democracia, dice Brown, puede morir de sus propias contradicciones. ¿Qué es para ella la «desdemocratización»?

 La desdemocratización es uno de los conceptos clave para entender nuestro presente. Wendy Brown impartiendo la "Democracy Lecture" (Conferencia sobre la Democracia) en el HKW Berlín en 2017. Fotografía de Santiago Engelhardt (Wikimedia Commons, CC). 

La democracia que cava su propio hoyo

Entra dentro de nuestro imaginario que las amenazas —en general, pero a la democracia en particular— siempre provienen del exterior. Los miedos que tenemos, y que se ven reflejados en la cultura pop audiovisual, es que la democracia morirá si la matan: golpes de Estado, invasiones extraterrestres, terrorismo de otros países. Tal como la pensamos, la democracia es un bien en sí mismo; pulcro, limpio y terminado en su interior, pero frágil en sus relaciones externas. Esta concepción es la que nos hace poner la mirada en el resto de países, y en sus vaivenes y fluctuaciones, cuando consideramos que ya hemos llegado a la democracia. O, en otras palabras, la democracia es un hito que, una vez conseguido, lo difícil es que no nos la derriben.

El concepto de «desdemocratización» de Wendy Brown viene a poner en duda precisamente esta concepción. La desdemocratización alude a los procesos de pérdida de democracia que se dan dentro de la propia democracia. Esto supone un cambio fundamental: los peligros que nos acechan como sociedades más o menos libres no son agentes externos, sino que conviven dentro de nuestra sociedad y forman parte de las instituciones democráticas. Es decir, la propia democracia nunca está del todo conseguida y sus propias instituciones —libre mercado, parlamento— pueden tener derivas poco democráticas sin que cambie el orden formal. Esta idea la desarrolla Brown con especial profundidad en El pueblo sin atributos. La secreta revolución del neoliberalismo, donde analiza cómo el neoliberalismo deshace y rehace cualquier principio o valor democrático al tomar como único principio operativo la reproducción de las lógicas de mercado en todas las esferas de la vida.
 

La racionalidad neoliberal y la muerte del «demos»

¿Por qué ocurre esto? Para Wendy Brown ocurre porque en el neoliberalismo la racionalidad del mercado ha colonizado todos los ámbitos de nuestra vida. La lógica del coste y del beneficio, la competitividad, la idea del empresario de sí… Todas estas coordenadas que antes guiaban únicamente los flujos monetarios del mercado ahora guían también los afectos, las formas de vida y nuestra reproducción social. Por eso, Brown habla de «racionalidad neoliberal»: porque es una forma de comprender el mundo, de constituirnos como sujetos —nos entendemos a partir de todas estas premisas neoliberales— y de entender los afectos. Una forma de estar en el mundo que, huelga decirlo, pone constantemente al individuo en el centro y fundamento de la sociedad («para querer a los demás, primero me tengo que querer a mí mismo»).

En realidad, lo que ocurre es que la lógica del mercado se ha desbordado. En nuestras sociedades liberales conviven tanto la democracia burguesa —parlamento, votaciones— como el mercado libre. La lógica del capitalismo, según Brown, es la que ha sido de sobra estudiada por otras autoras, como Polanyi y su homo economicus. Este sujeto, pongamos de hace un siglo, se guiaba ya bajo los cálculos del coste-beneficio y del individualismo, pero no en todos los aspectos de su vida. Todavía se conservaba una dimensión política —en las votaciones, por ejemplo—, donde no se votaba con la lógica del mercado, sino por los ideales propios o por los intereses de clase.

Ahora, cree Brown, nos hemos convertido en human capital (capital humano). En nuestras vidas ha colapsado la distinción entre lo público y lo privado, y no porque la vida de todas esté ahora tremendamente imbricada con lo común —ojalá—; más bien por todo lo contrario: no hay nada público, todo lo público se entiende como una extensión del yo. Llegamos así al colapso interno de la democracia. Hay elecciones, sí; hay instituciones, sí; pero no hay verdadera democracia, no hay verdadero espíritu democrático. De ahí su célebre diagnóstico en El pueblo sin atributos: lo que vivimos es una democracia sin demos, una democracia sin pueblo.

    La racionalidad neoliberal transforma a los ciudadanos en capital humano, vacía lo público y erosiona el demos, produciendo una desdemocratización que mantiene las formas mientras desactiva su contenido


¿Estamos entonces ante una especie de profecía maligna de la democracia? ¿Es la democracia un hoyo que se cava sobre sí mismo? Para nada. Este problema no es necesario. No estamos, dice Brown, ante ninguna culminación de ninguna lógica interna —al estilo de lo que algunos aceleracionistas de derechas podrían sugerir—. Lo que ocurre es que en la democracia burguesa hay una tensión fortísima que le es propia. La tensión entre la parte política de la democracia —que exige un pueblo, una vida pública, discusión, formación, asociaciones, lo común, lo colectivo— y la filosofía del mercado libre propia de las sociedades liberales —que se basa en el individuo y en la libertad entendida como no interferencia o no obstáculo—. Así, mientras que las instituciones democráticas se basan en la confianza pública y en la construcción colectiva de normas que obedecer, el mercado ve todas estas interferencias como una intrusión.

Pero esta no es la única tensión. La democracia liberal presenta otro nudo importante entre la igualdad formal que propugna —el famoso artículo que defiende el derecho a la vivienda— y la igualdad real inexistente —el hecho de que nos desahucian de nuestras casas—. Esta es, en realidad, una derivada de la anterior tensión, porque las leyes de los partidos a los que votamos pueden decir lo que sea, prometernos el cielo incluso, pero luego el mercado libre, para seguir siendo un mercado liberal, exige que no se le regule, que nadie lo toque, que nadie intervenga.

La tolerancia como despolitización

Pero no toda la despolitización que acarrea la desdemocratización tiene que ver con esta tensión democracia-mercado. Hay otros puntos, no necesariamente anidados en ese campo de fuerzas, que despolitizan la democracia y la vacían por dentro. Uno de ellos es que el neoliberalismo haya asentado como common sense la tolerancia como algo —algo— político. Esta cuestión la desarrolló Brown en Regulating Aversion: Tolerance in the Age of Identity and Empire, todavía sin traducción íntegra al castellano, aunque su argumentación central se recoge y amplía en obras posteriores.

Los problemas que detecta Brown con la tolerancia son varios. El primero es que implica necesariamente una jerarquía. Queramos o no, toleramos a alguien porque tenemos ese poder. Le permitimos la existencia. Cuando afirmamos que toleramos algo, nos colocamos automáticamente en la norma y señalamos que el otro —que es periferia, raro y distinto, que no es norma— tiene permiso para existir a pesar de su diferencia. Hacemos esto, que es terrorífico, pero parece que estamos siendo buenas personas. Así, la asimetría se oculta bajo la apariencia de virtud moral.

Otro de los problemas es que la tolerancia «privatiza» los problemas políticos al tratarlos como diferencias culturales. No se trata de tolerar a las personas LGTBIQ+, se trata de entender que hemos nacido en una matriz heterosexual —Butler— y que la reproducción de nuestro sistema económico se basa en una unidad familiar heterosexual, claro. Si «toleramos», parece que todos los problemas políticos son problemas identitarios, como si yo fuera así y tú fueras asá y se tratase, simplemente (¿?), de que no me desagrades. No hay transformación estructural posible.

Por último, pero igual de importante: cuando alguien dice «os tolero», lo que hace también es cerrar el debate. Ya está. Era una demanda identitaria y yo, que soy la norma, te he dicho que te acepto. Ya está. Puedes seguir siendo negro, gay, mujer. Te tolero. ¿Que tienes tasas más altas de desempleo o de muertes? Eso será por manzanas podridas. Mi país te tolera. No hay leyes en contra tuya.

    A la desdemocratización se suma una tolerancia que despolitiza: jerarquiza, privatiza conflictos y clausura el debate, vaciando la democracia desde dentro


Apegos heridos: cuando la identidad bloquea la política

Dentro de los procesos que ocurren en nuestra democracia y que potencian la desdemocratización está lo que Brown llama apegos heridos (wounded attachments). El concepto aparece desarrollado en Estados del agravio. Poder y libertad en la modernidad tardía, uno de sus libros más importantes y quizá el más incómodo para la izquierda, porque el disparo va hacia adentro.

La pregunta de la que Brown parte es: ¿por qué las heridas están en la base del sentimiento de identidad? ¿Por qué ciertos grupos políticos —feministas, antirracistas, colectivos LGTBIQ+— construyen su identidad y su acción política desde el daño sufrido, anclados en él, en lugar de proyectarse hacia un futuro en el que ese daño deje de existir? Brown no hace esto desde la frivolidad ni desde la distancia aséptica: lo hace desde adentro del pensamiento crítico, y precisamente por eso duele.

Para entender el mecanismo de los apegos heridos, Brown recurre a Nietzsche y a su concepto de resentimiento. El resentimiento, en Nietzsche, no es simplemente un sentimiento de rencor: es una estructura moral. Nace cuando los débiles —los que sufren bajo un sistema que premia la fuerza y el poder— no pueden actuar directamente, y entonces reaccionan. Solo pueden reaccionar. Y en esa reacción construyen un nuevo sistema de valores en el que el sufrimiento se convierte en virtud, en credencial, en el fundamento mismo de la identidad. La herida no es algo que sanar: es algo que conservar, porque sin ella uno deja de ser quien es.

Esto es, exactamente, lo que Brown detecta en ciertas formas de política de identidad. Una identidad que se articula como víctima, que busca reconocimiento del Estado en el lugar de la herida —no más allá de ella—, que demanda protección jurídica pero no transformación estructural. Brown advierte que este movimiento, aunque comprensible y aunque nace de injusticias reales, termina siendo políticamente paralizante. Y no solo eso: termina siendo funcional al orden que critica, porque el Estado que reconoce tus derechos es también el Estado que te define como sujeto necesitado de protección. «Ya sea que estemos tratando con el Estado, la mafia, nuestros padres, nuestros chulos, la policía o nuestros maridos», escribe Brown en Estados del agravio, «el alto precio que conlleva la protección política institucionalizada implica siempre un grado de dependencia y un compromiso de actuación dentro del marco de normas dictadas por el protector».

    Los «apegos heridos» convierten el daño en fundamento de reconocimiento, pero pueden fijar la acción en la demanda de protección y dificultar la transformación estructural que permitiría superar ese marco


Hay algo más que Brown señala y que resulta especialmente relevante: los apegos heridos terminan consolidando la identidad que pretenden superar. Si mi acción política se funda en ser mujer agredida, en ser negro discriminado, en ser gay perseguido, estoy necesitando que esas categorías sigan siendo las que me definen. La política identitaria, paradójicamente, puede volverse conservadora: conserva la herida porque conservar la herida es conservar la identidad. Y sin identidad, ¿desde dónde se actúa?

Brown no tiene una respuesta fácil a esto, pero lo que sí señala, y esto es importante para no malinterpretar su argumento, es que los apegos heridos no son un defecto moral de quienes los sostienen ni una patología de la izquierda. Son el producto histórico de condiciones muy concretas: décadas de capitalismo disciplinario, de horizontes revolucionarios perdidos, de una izquierda que ha visto desvanecerse los grandes relatos de emancipación colectiva. Cuando ya no hay proyecto de futuro compartido, la herida se convierte en el único suelo firme. Cuando ya no hay clase obrera movilizada ni internacionalismo posible, la identidad parcial —de género, de raza, de sexualidad— llena ese vacío.

Y aquí Brown introduce algo que años después, en En las ruinas del neoliberalismo, desarrollará con mucha más amplitud: los apegos heridos no son ya solo un fenómeno de la izquierda. La derecha populista y nacionalista —Trump, Le Pen, Milei— funciona exactamente con la misma lógica. El hombre blanco que siente que le han quitado algo, que construye su identidad política sobre el agravio, sobre la pérdida de un privilegio que él llama «normalidad», es también un sujeto de apegos heridos. El resentimiento sin salida, el rencor que no puede volverse creativo —en términos nietzscheanos—, que no construye valores nuevos sino que solo destruye, es lo que alimenta esa política apocalíptica de la derecha contemporánea: si los hombres blancos no pueden ser dueños de la democracia, que no haya democracia.

El concepto de apegos heridos resulta así doblemente incómodo: interpela a la izquierda y describe a la derecha. Señala los límites de una política que confunde el reconocimiento con la emancipación, que pide al Estado que certifique su dolor sin preguntarse qué condiciones estructurales producen ese dolor, y sin imaginar un mundo en el que ese dolor ya no sea necesario. La democracia que Brown quiere —y que considera posible, porque insiste en que nada de esto es inevitable— no es una democracia de víctimas reconocidas, sino de sujetos que actúan juntos hacia algo.

Queda, claro, la pregunta difícil: ¿cómo se sale de los apegos heridos? ¿Cómo se construye política sin negar la herida pero sin quedarse atrapada en ella? Brown no da recetas, y sería sospechoso que las diera. Pero sí apunta una dirección: recuperar lo que llama una apertura política e intelectual, humilde y valiente al mismo tiempo, capaz de releer el presente sin los mapas del pasado y de imaginar otros mundos posibles sin necesitar la herida como pasaporte de entrada.

Fuente: https://filco.es/ 

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