lunes, 20 de abril de 2026

LIBROS

Los libros, ¿puertas o espejos?

Se ha dicho que los lectores ven el libro como una fuente de aprendizaje, pero quienes leemos hallamos en él, además de un placer, algo similar a la salvación. Los libros actúan como una puerta en cuanto que nos arrastran a otros lugares y como un espejo en cuanto que revelan nuestros miedos o nos remolcan al pasado. Amamos esta cualidad que poseen de trasladarnos hacia el exterior o hacia el interior de nosotros mismos. Pero ¿cuál prevalece? Y ¿cómo lo consiguen? ¿Qué encierran exactamente las buenas historias que despierta tanto nuestro interés?

El libro, ¿es una puerta o es un espejo? ¿Nos abre un cielo de posibilidades ante nosotros o nos permite desentrañar lo que hay dentro de cada uno? Diseño realizado a partir de la ilustración de FreePiks y los elementos de Canva Pro (licencia CC). 

¡Qué cosas pasan en los libros! Travesías, muertes, reinas malévolas, mansiones encantadas, pedidas de mano, amores prohibidos, celos y engaños. Recuerdo leer el Viejo y el mar, la célebre novela de Hemingway, durante un verano bajo el cielo azul y la luz vibrante del mediodía y sentirme en otro lugar, acaso en las aguas turquesas de la costa de Cuba. Y recuerdo los primeros libros que yo devoré: los relatos de David Walliams, con aquellas electrizantes ilustraciones de Quentin Blake, o los relatos algo más sombríos de Lewis Carroll o los hermanos Grimm. 

 Para mí, leer significaba ser llevado a lugares a los que no hubiese tenido otro modo de llegar o toparme con personas a quienes no hubiese tenido otro modo de conocer. Y así como los libros han sido considerados siempre como una puerta a la imaginación, como una ventana a mundos fantásticos o como un modo de evasión, para mí significan un viaje, una sencilla forma de traspasar los límites del espacio y del tiempo.

Para muchas generaciones también ha sido así. En Madre Irlanda, Edna O’Brien realiza un esbozo de la tierra de su infancia y en el capítulo «Los libros que leíamos» nos habla de las historias que formaron parte de su juventud, principalmente historias de amores truncados. Para ella, los libros fueron un lugar en el que resguardarse.

«En comparación [con los libros] —escribe— la vida era un aburrimiento. Los campos, la ciénaga donde crecen los lirios, la parroquia compuesta por mil almas, el viejo canónigo pronunciando largos sermones interrumpidos por toses y flemas, los baldes de leche, las conversaciones; todo era como agua de fregar comparada con el néctar de aquellos cuentos tachonados de estrellas».


El libro aparece aquí como una puerta tras la que abandonar las tediosas costumbres de la cotidianidad. Este es un planteamiento muy distinto al actual. Por un lado, el libro ya no ejerce un papel decisivo como abertura al mundo en nuestra sociedad globalizada y digital y, por otro, el acercamiento al libro se ha visto influenciado por nuestro marcado individualismo. En consecuencia, si antes la idea del libro giraba en torno al descubrimiento de lo ajeno, hoy gira en torno al autodescubrimiento.


La acción de ser llevados a algún sitio

La crítica cultural Fran Lebowitz se refirió a este cambio en la concepción del libro en una entrevista para The Morgan Library & Museum: «Se le dice a la gente consecuentemente: ‘¿qué puedes aprender de tu propia vida con esta novela?’ o ‘¿qué lecciones te enseña?’. Esta es una idea filistea, más que vulgar. (…) Un libro no debe ser un espejo, debe ser una puerta». Sin embargo, pese a que las acepciones puerta y espejo parezcan discordantes, no lo son del todo así. Ambas están unidas por un estrecho motor: el lector es sacudido y arrastrado y llevado consigo bien hacia parajes lejanos (puerta) o hacia el interior de sí mismos (espejo). A fin de cuentas, no importa tanto el destino como la acción de ser llevado. Ahora bien, ¿cómo consiguen llevarnos consigo las buenas historias?

En primer lugar, todas presentan un vacío, un hueco en la pared. Tomemos como ejemplo el relato de Alice Munro «El vaquero de la Walkers Brothers», en el que una niña acompaña a su padre durante una jornada como repartidor. Al terminar la ruta, el padre toma un pequeño desvío y conduce hasta la casa de una mujer que, al verlo, exclama: «¡Oh, Dios mío de mi vida! Eres tú». Entran en la casa, beben güisqui, charlan y bailan. Luego se despiden y, durante el camino de vuelta, la niña siente que «la vida de mi padre se escapa de nuestro coche mientras cae la tarde, oscura y extraña».

El lector se pregunta: ¿quién es la misteriosa mujer? Pero Munro no nos lo devela. En cambio, se nos presenta un bello vacío, un espacio abierto a la confabulación. ¿Acaso un amor de infancia? «La vida de mi padre se escapa de nuestro coche mientras cae la tarde, oscura y extraña» es el descubrimiento de la niña y, a su vez, también el nuestro: que desconocemos la historia completa del padre, que tiene vida propia. Así, el personaje transgrede los límites del relato.

Como la vida misma, los libros perviven en estos espacios de confabulación. ¿Por qué hizo aquello? ¿Él la amaba? ¿Por qué ella piensa esto o dijo lo otro? No hay respuestas explícitas a estas preguntas, pero precisamente la falta de respuestas le confiere a las historias los abismos que precisan para atraer nuestro interés. Dicho interés adquiere enseguida un todo íntimo.

Pensemos en El viejo y el mar, que narra la historia de Santiago ―un viejo pescador a quien la suerte parece haber abandonado― y su lucha contra un gigantesco pez espada. Pese a conseguir pescar el pez, una horda de tiburones lo devoran y Santiago se ve obligado a regresar empuñando las espinas. Lo que para el resto de pescadores parece una derrota, para el lector es un acto de intimidad con Santiago; el lector ha sido el único en presenciar su lucha y en ser testigo de su fugaz victoria. En otras palabras: al lector se le ha compartido una confidencia.

    Los libros han sido históricamente puertas a otros mundos, refugios frente a la realidad y vehículos de descubrimiento ajeno. Hoy, sin embargo, tienden al autoconocimiento


Apaciguar nuestra eterna soledad

A decir verdad, los libros han sido siempre portadores de confidencias, logrando así una arrolladora sensación de intimidad. En su ensayo Eros dulce y amargo, Anne Carson explica cómo el lenguaje escrito introdujo, desde su aparición en la Antigua Grecia y en oposición al lenguaje oral, «sistemas de privacidad o confidencia». A diferencia del orador que se dirige a una multitud, el escritor utiliza el alfabeto para dirigirse directamente al lector, en silencio. «Una conjura íntima tiene lugar», escribe Carson.

Quienes leemos comprendemos el placer de ver atestiguadas en papel las certezas que ya conocemos, de sentirnos parte de una intriga, de palpar la cercanía del autor. En la historia de Munro, el lector es partícipe de un íntimo reencuentro. En la novela de Hemingway, el lector es el único conocedor de los hechos. Esta idea de intimidad apacigua nuestra eterna soledad y le confiere al libro un tono personal que adquiere aún mayores dimensiones en la poesía confesional. Anne Sexton, gran poeta del siglo XX, le escribió a una amiga durante el verano de 1962: «Atesoro libros. Son gente que no me abandona».

Yo recuerdo caminar por París y ver pegado a una vieja pared un pedacito de papel en el que alguien había escrito con caligrafía infantil los versos finales de Gansos salvajes, de Mary Oliver. Recuerdo la primera vez que leí «Me gustaría poder decirte», de Peri Rossi, a Kafka, a Pizarnik, o la noche en que conocí a una chica que amaba a Neruda. Recuerdo abrir a escondidas en clase el libro de texto y toparme al azar con un bellísimo poema de Aleixandre que me encogió los músculos del cuello. Recuerdo leer a todos ellos y pensar: esto lo han escrito para mí.

Cuando eso ocurre, yo siento una hondísima punzada y la puerta y el espejo quedan desbancados por la acción de ser llevado a través del lenguaje. Cuando eso ocurre, puedes estar temblando o velando en las noches debido a la pérdida, a la ausencia de tu amor, a la desesperanza o a la difusa melancolía de quienes observamos con desánimo el mundo que nos rodea y aún así encontrar entre las páginas de un libro ese recodo oculto y salvífico en medio del desorden, ese pequeño escondrijo al que acudimos los lectores cuando cae la noche, siempre en anhelante búsqueda de consuelo y calidez.

Fuente: https://filco.es/ 

No hay comentarios:

Publicar un comentario