¿Qué nos dice hoy la filosofía de Averroes?
Se cumplen novecientos años del nacimiento de Averroes, uno de los receptores de Aristóteles más importante de la historia. La Iglesia católica prohibió sus libros en dos ocasiones y aun así el averroísmo influyó durante siglos. Pero ¿hay tanta distancia con su filosofía? ¿Nos siguen interpelando sus preguntas? ¿Qué puede decirnos hoy la filosofía de Averroes?
Abu l-Walid Muhammad ibn Ahmad ibn Rushd —Averroes para la posteridad latina— nació en Córdoba, en el antiguo imperio almorávide, hace exactamente novecientos años, en 1126. Fue una figura tremendamente influyente, conocido sobre todo por la recepción que hizo de los textos de Aristóteles y las nuevas lecturas que aportó. Su filosofía influyó durante los siguientes siglos y la Iglesia católica llegó a prohibir el averroísmo en 1270 y en 1277.
En este artículo queremos, 900 años después, recuperar su figura con la pregunta sobre la pertinencia de su pensamiento. No hacer tanto un artículo que lo coloque en una estampa museística y desconectada de la actualidad, sino más bien preguntarnos cuánto de cerca estamos todavía de las preguntas que incubó el propio Averroes. ¿Hasta qué punto sigue siendo un interlocutor de nuestro presente? Pero, primero, una breve presentación.
¿Quién fue Averroes?
Averroes nació en Córdoba (actual España) en 1126 y su nombre completo es Abu-l-Walid Muhammad ibn Ahmed ibn Muhammad ibn Rusd. Además de por Averroes, fue también conocido como «El comentador» por los autores latinos debido a la cantidad y calidad de comentarios que hizo de la obra de Aristóteles. Es ampliamente reconocido como uno de los filósofos más destacados nacidos en la península ibérica y uno de los principales exponentes de la tradición aristotélica islámica. Su formación abarcó una amplia gama de disciplinas, incluyendo teología, jurisprudencia, medicina, matemáticas y filosofía.
Averroes desempeñó el papel de cadî, o juez, en ciudades grandes como Sevilla y en su ciudad natal, Córdoba. Durante muchos años, mantuvo relaciones cordiales con las autoridades políticas de su época. Sin embargo, posteriormente, cayó en desgracia y fue acusado de herejía, lo que provocó su deportación. Averroes falleció en Marruecos en el año 1198, poco después de ser rehabilitado por el propio sultán.
Su legado filosófico, en particular sus influyentes comentarios a las obras de Aristóteles, alcanzaron gran relevancia en la escolástica cristiana medieval. En La divina comedia, Dante, cristiano, ubica a Mahoma en el Infierno, mientras que a Avicena y Averroes los coloca en el Limbo, junto a los grandes filósofos griegos. Esta elección simboliza el profundo respeto que los intelectuales posteriores de la Europa cristiana sentían por los pensadores árabes, especialmente por Averroes.
En su narración, Dante describe un lugar elevado desde donde observa a numerosos espíritus destacados, incluyendo figuras históricas como Electra, Héctor y Eneas. Además, menciona a destacados filósofos como Aristóteles, Sócrates, Platón, Demócrito y muchos otros. Averroes se encuentra entre esta selecta compañía. Veamos ahora por qué y cuáles son las preguntas que se hizo y que nos siguen interpelando.
Nuestra mente no es totalmente «nuestra». Hay un intelecto colectivo que luego se individualiza con las imágenes concretas ligadas al cuerpo y a la memoria de cada uno
La propuesta de Averroes: un único intelecto
El núcleo de la filosofía averroísta, y su contribución más provocadora a la discusión contemporánea, es la doctrina del intelecto material único, desarrollada en el Gran Comentario al De Anima. Aún hoy, la tesis se presenta como parte de un pensamiento radical, como algo bastante contraintuitivo. Lo que afirma Averroes en ese libro es que la capacidad de pensar (verdades universales) no es una facultad individual. No nos pertenece esa capacidad como nos pueden pertenecer, pongamos, los recuerdos o las emociones. Hay un único intelecto, separado de todos nosotros, que forma una sustancia única y común a toda la especie humana en todos los tiempos.
¿Quiere decir Averroes que hay algo así como un cerebro gigante que nos controla a todos por fuera de nuestros cuerpos? Evidentemente, no. El argumento de Averroes va por otro lado. Pensamos en una verdad universal; pongamos, que los ángulos de un triángulo suman siempre, sea el triángulo que sea y en cualquier circunstancia, 180 grados. No estamos pensando algo particular, ¿no? No estamos pensando un triángulo concreto, o la camiseta de mi hermano que tiene un triángulo. Estamos pensando una verdad inmaterial, una ley lógica, al estilo de que dos más dos son cuatro (sin que pensemos si son dos manzanas o dos pomelos).
Como no es algo material, es una facultad transhistórica, es decir, cualquier ser humano en cualquier cultura y cualquier tiempo tiene la capacidad de saber que dos objetos, sean los que sea, y otros dos objetos, suman cuatro objetos. El caso es que, dice Averroes, si la mente fuera múltiple, pues cada uno recibiría las verdades de forma múltiple. Algunos entenderían eso y otros no, algunos pensarían que dos más dos son cinco. Pero hay una única verdad y todos la comprendemos… La universalidad del pensamiento exige, por coherencia interna, la unicidad del intelecto que piensa.
¿Qué es lo que nos individualiza? En el sistema de Averroes, lo que nos hace ser un individuo particular son las intenciones imaginativas: las representaciones mentales concretas, ligadas al cuerpo, a la memoria, a la experiencia biográfica, que actúan como punto de contacto entre lo universal y lo particular. Lo que nos individualiza es que en cuando he hablado de una camiseta con un triángulo cada uno hemos pensado una camiseta concreta. Esas imágenes son de cada quién, están en la mente de cada uno. Pero la verdad que hay detrás (que dos más dos son cuatro, o que los ángulos de un triángulo…) no están en la mente personal de nadie.
Es evidente por qué la Iglesia declaró la guerra al averroísmo. Si el intelecto de las verdades universales no está en mí, entonces no hay inmortalidad personal. Lo que sobrevive a la muerte no es el alma de cada uno, sino el intelecto racional de la humanidad, que ni nació conmigo (ni contigo) ni morirá con nosotros.
Averroes y el fin del sujeto
Otra consecuencia de la teoría del intelecto único de Averroes se acerca a muchas posturas contemporáneas de la filosofía. De lo dicho por Averroes se deduce que cada uno de nosotros somos parte de algo más grande, que el yo como un átomo cognitivo autosuficiente (¡Descartes!) es una ficción. Siempre pensamos desde algo que nos precede y nos excede.
La conclusión de Averroes resuena fuertemente con Andy Clark y David Chalmers, que, en su influyente artículo de 1998 sobre la mente extendida, argumentaron que los procesos cognitivos no se detienen en la piel del individuo, sino que se extienden al entorno, a las herramientas, a otros agentes. En esta línea, Edwin Hutchins, en sus estudios sobre cognición en el mundo real, describió la navegación naval como proceso cognitivo distribuido entre personas, instrumentos y procedimientos. Tanto para unos como para otros el pensamiento es algo localizado entre individuos y no dentro de ellos.
La misma semejanza podríamos hacer con la crítica heideggeriana del sujeto. La célebre fórmula de Heidegger (según la cual no somos nosotros quienes hablamos el lenguaje, sino el lenguaje el que nos habla) expresa algo estructuralmente idéntico a la doctrina averroísta: hay algo más grande que el individuo que se actualiza a través del individuo, pero sin pertenecerle. En Averroes ese algo es el intelecto, mientras que en Heidegger es el ser. Hay grandes diferencias, claro, como por ejemplo que Heidegger historiza ese común, mientras que Averroes lo eterniza, pero el gesto es el mismo: el sujeto cartesiano no es fundamento de nada.
Incluso la filosofía marxiana resuena aquí de modo sorprendente. En el fragmento sobre las máquinas de los Grundrisse, Marx introduce el concepto de general intellect: el conocimiento científico y técnico acumulado históricamente que se convierte en fuerza productiva colectiva, objetivada en las instituciones y los dispositivos técnicos, sin ser propiedad de ningún individuo. El neomarxismo italiano —Virno, Negri— ha retomado este concepto para pensar el capitalismo cognitivo contemporáneo.
La filosofía de Averroes conecta con las críticas contemporáneas al sujeto. El yo como átomo cognitivo autosuficiente es una ficción porque siempre pensamos desde algo que nos precede y nos excede
La importancia de los comentarios
El Fasl al-maqal («Tratado decisivo sobre la conexión entre la ley religiosa y la filosofía») es quizás el texto de Averroes más directamente relevante para los debates del presente. Fue escrito en respuesta a la ofensiva de Al-Ghazali contra la legitimidad filosófica en el islam, y es a la vez un tratado de hermenéutica, una epistemología social y una filosofía política del conocimiento.
La propuesta de Averroes es que el texto sagrado, y por extensión cualquier texto de alta densidad intelectual, admite tres niveles de lectura: el retórico, para el común de los creyentes, que acceden a la verdad a través de imágenes, parábolas y argumentos que mueven la emoción; el dialéctico, para los teólogos escolásticos, que argumentan mediante premisas probables, y el demostrativo, reservado a los filósofos, capaces de interpretación alegórica rigurosa cuando el sentido literal contradice lo que la demostración racional establece con necesidad.
La enseñanza de Averroes es, pues, que si la demostración filosófica concluye algo que el texto literal contradice, entonces existe obligación de interpretarlo de forma alegórica. Además, y esto es importante, las interpretaciones alegóricas no deberían divulgarse al pueblo (y aquí hay una tesis política) porque, pensaba Averroes, el pueblo necesita imágenes literales para orientar su conducta moral.
Todo esto resuena con la hermeneútica de autores como Ricoeur o Gadamer, para los que el sentido del texto es el resultado de la fusión de los horizontes del propio texto y el intérprete. Pero a ellos le añade una sociología prescriptiva del conocimiento. Mientras que en Gadamer y Ricoeur la pluralidad interpretativa es un hecho ontológico del lenguaje (es decir, en ellos hay una democracia hermenéutica del encuentro con el texto), en Averroes se introduce una taxonomía epistemológica de intérpretes que es simultáneamente una teoría política de la circulación del saber. Para Averroes la circulación del texto está regulada por estructuras de competencia y por consideraciones sobre el efecto social del conocimiento.
En filosofía, los textos que conforman la tradición son parte de nuestro pensamiento. No se trata de comentar estos textos, el filósofo debe corregirlos, completarlos, traicionarlos y radicalizarlos
La filosofía y el diálogo con la tradición
Por último, es importante reivindicar la labor filosófica de Averroes basada en gran parte en los comentarios a las grandes obras. Estos comentarios no son simples rehabilitaciones bibliográficas, al estilo de los manuales o las antologías, no. Son operaciones filosóficas en sí mismas. Averroes no trata solo de rescatar lo que dijo Aristóteles, sino que reconstruye lo que Aristóteles debería haber dicho si hubiese sido coherente con sus propios principios. Comentar no es solo recolectar, sino que también es corregir, completar y radicalizar el texto que uno comenta. El filósofo se inserta en una tradición a la que debe fidelidad, pero no obediencia porque toda reconstrucción es siempre una traición creativa.
Esto conecta con la visión monográfica que Gilles Deleuze tuvo en su primera etapa filosófica, en la que describió su propia práctica con los clásicos como una práctica de sodomía, de hacer «un hijo en la espalda» al autor. Leer a alguien implica hacer una aproximación tan fiel que produce algo completamente inesperado. Su lectura de Spinoza, de Leibniz o de Hume son reconstrucciones que extraen del sistema original una lógica que lo desborda. Partir de ellos para ir más allá de ellos.
Averroes hizo exactamente eso con Aristóteles ocho siglos antes. Aristóteles no defendió la teoría del intelecto único, pero estaba ahí, en su lógica, en sus principios. Es la consecuencia natural y coherente con el resto del sistema aristotélico. Es lo que emerge cuando uno se toma la filosofía de Aristóteles en serio (más, incluso, que el propio Aristóteles).
Esta es quizá la mejor enseñanza para nosotros, que seguimos intentando hacer filosofía hoy. El texto filosófico es algo más que un recipiente de doctrinas fijas, es un campo de fuerzas cuyas tensiones internas, llevadas al límite, producen algo nuevo. Hacer buena filosofía no pasa por ser un doctrinario ni un dogmático, pasa por un exceso de fidelidad que rebosa el texto y la tradición. Esta es, quizá, una de las lecciones metodológicas más fértiles que Averroes tiene que ofrecer a nuestra época, donde la academia filosófica oscila muchas veces entre el comentario académico sin riesgo y la originalidad sin raíces.
Fuente: https://filco.es/
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