sábado, 29 de noviembre de 2025

AMOR

El amor para Aleksandra Kollontái

El amor para Kollontái es un concepto fundamental que no se centra en el elemento sentimental, sino en su dimensión profundamente política.


Amor de invierno fue el libro que me sacó de mi bloqueo lector el pasado junio. Se trata de una novela ambientada en la Segunda Guerra Mundial y escrita en 1962, pero se ha editado recientemente en castellano. En ella, dos jóvenes estudian en la universidad en Londres en mitad de la guerra y se descubren la una a la otra en una relación de amistad muy particular.

Las protagonistas se enamoran en un momento en el que la ausencia de hombres por la guerra genera que comiencen a proliferar las relaciones sentimentales entre mujeres. Se enamoran, pero no saben ponerle palabras a su amor. No han leído nada ni visto nada que se parezca a lo que les está pasando.

No saben si es temporal, hasta que vuelvan los hombres. No solo les sucede a las dos protagonistas; también a muchas otras mujeres. Y para muchas de ellas acaba siendo temporal. Piensan que es un pecado o un entretenimiento temporal inocente. Pero algunas descubrirán que no, que se puede amar a otra mujer, y que ese amor es totalmente distinto al que sienten por los hombres, porque de quién te enamores importa, siempre lo hace.

¿Por qué me recordó esta novela al pensamiento de Aleksandra Kollontái? No porque el tema (y título) tuviera relación con el amor, sino porque el conflicto de la novela era, precisamente, que las condiciones ambientales (la guerra, la ausencia de hombres, la ociosidad de la época universitaria) importa cuando hablamos de relaciones. Porque Kollontái sostuvo en sus textos que lo que sean el amor y las relaciones no está escrito en nuestro cuerpo cuando nacemos: lo construye la sociedad en la que vivimos.

¿Quién fue Aleksandra Kollontái? Tal vez una de las autoras más interesantes de la Rusia revolucionaria. Nacida en 1872, dedicó su vida a la militancia política y terminó siendo diplomática del estalinismo (que no fue un final genial que digamos para una revolucionaria como ella).

Los textos que aquí abordamos son los que escribió entre 1917-18 y 1923, aproximadamente. No son libros o tratados de política ni filosofía. Son de panfletos a menudo. Pero en ellos se hallan contenidos algunos de los análisis más lúcidos sobre el funcionamiento de la familia burguesa, la emancipación de la mujer y, sí, del amor.

Kollontái sostuvo en sus textos que lo que sean el amor y las relaciones no está escrito en nuestro cuerpo cuando nacemos: lo construye la sociedad en la que vivimos

¿Por qué el amor? La revolución y los afectos

Aleksandra Kollontái tiene un texto precioso titulado «¡Abran paso al Eros alado!» en el que se interroga sobre por qué preguntarse por el amor. Más específicamente, por qué los revolucionarios y las revolucionarias debían atender ese problema. Y más concreto aún: por qué debían hacerlo en plena revolución rusa (el texto es de 1923).

Sin duda es una gran pregunta. ¿No hay, acaso, cuestiones más «importantes»? ¿Más determinantes? Kollontái lo consideraba un asunto de primer orden porque el triunfo del comunismo no podía ser solo en el terreno de la economía; debía ser toda una revolución en los afectos, las maneras de relacionarse y el modo en que se entendía la familia. Solo así, cambiando la «concepción del mundo» y los mismos sentimientos, podía extenderse la revolución en el «frente ideológico».

¿Qué revolución es aquella que no emancipa a la mitad de la humanidad que son las mujeres, que viven subyugadas por el trabajo asalariado y el doméstico simultáneamente? El problema del amor para Kollontái va de la mano con el problema de la emancipación de la mujer.

En un breve texto titulado «El primer subsidio», Kollontái recuerda los días inmediatamente posteriores a la revolución de 1917. Tras esta, se hizo cargo del ministerio de Asistencia Social, no sin dificultades. Cabría esperar que el día después de la revolución todo fuera alegría y entusiasmo, pero Kollontái recuerda algo diferente: «[…] cada uno de nosotros comprendía que aquello era solamente el primer peldaño de la dura escalera que conducía a la emancipación de los trabajadores y a la creación de una República nueva, laboriosa, sin precedente en la Tierra».

La revolución como tarea y no como el punto de llegada es una idea clave de Kollontái. ¿Cómo hacerse con el poder? Ella lo tuvo claro: hizo una asamblea en el ministerio, tras la cual se quedaron solo unos pocos funcionarios. La idea era tomar el ministerio sin violencia y ponerlo a funcionar para resolver muchos de los problemas sociales que atenazaban a la sociedad obrera y campesina rusa. En seguida se encontraron con un problema: las llaves de la caja fuerte habían desaparecido. «¿Cómo íbamos a trabajar sin dinero?».

Los años siguientes fueron intensos para Kollontái. Se trataba de «encontrar las llaves» con las que desenmarañar la opresión que el matrimonio ejercía sobre las mujeres, la doble explotación (doméstica y laboral) a la que estaban sometidas y alimentar y cuidar a millones de familias en medio de una guerra.

Afortunadamente, las «llaves» de la caja fuerte del ministerio aparecieron a los pocos días. Pero las «llaves» metafóricas con las que emprender esta profunda transformación social fueron uno de los objetos principales del pensamiento de Kollontái.

En la revolucionaria rusa que escribió ardientemente los primeros años revolucionarios encontramos un espíritu que pronosticaba algo que tristemente terminó siendo premonitorio: que sin avanzar en los derechos de las mujeres, no sería suficiente con un cambio económico. Y todavía más: que este cambio económico pasaba, necesariamente, por poner patas arriba el viejo orden sexual. Esta fue una discusión que dio incluso en el seno de los debates con sus propios camaradas.

¿Qué revolución es aquella que no emancipa a la mitad de la humanidad que son las mujeres, que viven subyugadas por el trabajo asalariado y el doméstico simultáneamente? El problema del amor para Kollontái va de la mano con el problema de la emancipación de la mujer

La familia como origen de la opresión femenina

La emancipación de la mujer fue uno de los grandes temas que ocupó a Kollontái a lo largo de su vida. En este asunto mantenía un ferviente debate con el movimiento de mujeres burguesas, que planteaban la necesidad de alcanzar los derechos reservados a los hombres de su clase como condición para la emancipación femenina.

¿Para Kollontái bastaba con esto, con que unas pocas mujeres accedieran a esas condiciones privilegiadas de sus compañeros varones? Sin duda, no. En «Los fundamentos sociales de la cuestión femenina» señala:

«Tras la subordinación de la mujer se esconden factores económicos específicos, las características naturales han sido un factor secundario en este proceso. Solo la desaparición completa de estos factores, solo la evolución de aquellas fuerzas que en algún momento pasado dieron lugar a la subordinación de la mujer, serán capaces de influir y de hacer que cambie la posición social que ocupa actualmente de forma fundamental».

Reivindicar la emancipación política o la obtención de un título era necesario, pero insuficiente: «Para llegar a ser verdaderamente libre, la mujer debe desprenderse de las cadenas que le arroja encima la forma actual, trasnochada y opresiva, de la familia».

¿Y por qué terminar con la familia? Todos hemos escuchado esa reivindicación de las comunistas, pero ¿qué quiere decir realmente? Eso no quiere decir que uno no pueda ser comunista y tener madre, hijos y quererlos mucho a todos. La destrucción de la familia se basa en una premisa fundamental: que se trata de una forma histórica convencional (no natural ni eterna ni inmutable) que el sistema capitalista ha utilizado para relegar el trabajo de las mujeres no productivo a un lugar secundario mientras las oprime y las hace depender de los hombres.

Esta dependencia y opresión no es solo económica. De hecho, en la Rusia de principios de siglo muchas mujeres comenzaban a incorporarse al mercado de trabajo. Hoy son (somos) la mitad de la fuerza de trabajo mundial. Pero, por un lado, sus condiciones son a menudo mucho peores que los hombres. Y por otro, señala Kollontái, el matrimonio también sirve para que los hombres puedan reinar sobre la mujer moral y físicamente. Las mujeres, plantea, pierden así su autonomía y la posibilidad de ser sujetos por sí mismas.

No es de extrañar que ya las novelas de finales del siglo XIX planteen esta problemática. No hay más que leer Mujercitas, donde el yugo del matrimonio está perfectamente planteado porque supone la aniquilación intelectual de la mujer.

En «Las relaciones sexuales y la lucha de clases» desarrolla esta idea del origen de la familia. Expone que las formas de relación humana han cambiado mucho a lo largo de los siglos. Mientras que, en la sociedad feudal, el «trabajo colectivo» era fundamental para la supervivencia, en la sociedad burguesa este ha sido sustituido por un «trabajo individual» y la familia, que venía funcionando de forma tribal y abierta, se ha convertido en «familia nuclear».

En la misma dirección plantea que «los últimos vestigios de ideas comunales propias, hasta cierto punto, de todas las formas de vida tribal fueron barridos por el principio de ‘competencia’ bajo el capitalismo, por los principios triunfantes del individualismo y de la propiedad privada individualizada, aislada». Además, el trabajo doméstico de las mujeres se ha vuelto todavía más ingrato, porque no genera valor desde el punto de vista económico como antes, sino que consume a las mujeres en una espiral de cansancio.

Con esto Kollontái no quiere romantizar formas de familia previas al capitalismo, a menudo también opresivas hacia las mujeres, sino desnaturalizar las actuales, para mostrar que no corresponden a nuestra «naturaleza», sino que se pueden transformar y que hay ejemplos históricos que apuntan a modos de compartir la vida más cooperativos.

La idea de la destrucción de la familia se basa en esta premisa: que se trata de una forma histórica convencional que el sistema capitalista ha utilizado para relegar el trabajo de las mujeres no productivo a un lugar secundario mientras las oprime y las hace depender de los hombres

La soledad que empuja al matrimonio

Si la familia es tan opresiva, ¿por qué nos conducimos hacia ella? ¿Por qué todavía hoy la seguimos viendo como la forma más «natural» de relación? Kollontái plantea que es porque nos sentimos terriblemente solos en un sistema dedicado a producir a costa de nuestra salud y nuestras vidas.

Escribe en «Las relaciones sexuales y la lucha de clases» que «la terrible soledad que cada persona siente en las inmensas ciudades populosas, en las ciudades modernas, tan bulliciosas y tentadoras; la soledad, que no disipa la compañía de amigos y compañeros, es la que empuja a las personas a buscar, con avidez malsana, a su ilusoria ‘alma gemela’ en un ser del sexo contrario, puesto que solo el amor posee el mágico poder de ahuyentar, aunque solo sea momentáneamente, las tinieblas de la soledad».

Ese «alma gemela» no nos salva, porque nos empuja a la soledad de la familia y a la concepción del otro como alguien que me pertenece, rompiendo así la idea del vínculo libre.

Pero a Kollontái tampoco le convence la versión de amor libre que le plantea la burguesía a las mujeres como alternativa al matrimonio. El amor libre burgués responsabiliza a la mujer de su opresión, la anima a ser «valiente» y vivir su sexualidad libremente, pero no le resuelve problemas profundamente materiales sobre su supervivencia o cómo hacer frente al cuidado en soledad de sus hijos.

¿Cómo se resuelve, entonces? Kollontái plantea en «Los fundamentos sociales de la cuestión femenina» que «únicamente una serie de reformas radicales en el ámbito de las relaciones sociales, reformas mediante las cuales las obligaciones de la familia recaerían sobre la sociedad y el Estado, crearía la situación favorable para que el principio del ‘amor libre’ pudiera en cierta medida realizarse».

Y a estas reformas hay que añadir algo fundamental: frente al ideal capitalista de la pareja aislada, el comunismo debe proponer una moral basada en la camaradería, en la «fusión de los corazones y las mentes» de sus miembros.

El «alma gemela» no nos salva, porque nos empuja a la soledad de la familia y a la concepción del otro como alguien que me pertenece, rompiendo así la idea del vínculo libre

La amistad y el amor para Kollontái

La familia, como vemos, tiene para Kollontái un origen histórico. Es parte de la superestructura con la que se sustenta un cierto orden social y económico. Conceptos como el de «virginidad» o «hijo legítimo» sirven para imponer un orden en las relaciones sexuales que permite o facilita la transmisión de la propiedad privada a través de la herencia.

En este contexto, la familia nuclear no ha sido el único paradigma de relación. A Kollontái le interesa particularmente la historia de la amistad desde el punto de vista de la lucha de clases. En «¡Abran paso al Eros alado!» plantea: «Durante los años de dominio de la sociedad patriarcal y de formación de las formas del Estado, el sentimiento de amor fue, sin duda de ningún género, la amistad entre dos individuos de una misma tribu».

Sin duda, para ella, en la sociedad comunista, los lazos de amistad serían fundamentales. Unos lazos que hoy quedan debilitados por la extenuación tras el trabajo y los ritmos de vida, la incapacidad de dedicar energía a quienes tenemos cerca y la propaganda individualista que el capitalismo (neoliberal, pero también el de tiempos de Kollontái) difunde permanentemente.

¿Dónde está la frontera entre los amigos y los amantes? De nuevo recuerdo Amor de invierno, porque tal vez este es el interrogante más interesante que me abrió el libro. ¿Podemos ser novias en un contexto en el que esa palabra no existe o no puede decirse? ¿Tenemos que casarnos para estar juntas? ¿No podemos solo experimentar, darnos lo mejor la una de la otra, sin miedo a que la otra o los demás nos juzguen, nos eliminen, nos abandonen?

Cada época histórica decide dónde están estas fronteras convencionalmente. Kollontái critica esos límites: «El amor-amistad, en el que no es posible encontrar ni un átomo de atracción física; el amor espiritual, sentido por la causa, por la idea; el impersonal hacia una colectividad, son sentimientos que demuestran claramente hasta qué punto se ha idealizado y se ha alejado de su base biológica el sentido de amor».

Kollontái nota que en los estudios sobre la amistad falta mucha indagación, precisamente, sobre la amistad entre mujeres. La moral sexual burguesa impone un régimen de competencia entre todos los trabajadores, pero especialmente entre las mujeres trabajadoras, que no solo tienen que abrirse paso «a codazos» en el mundo laboral, sino que deben competir por un hombre que no las desatienda a ellas ni a sus hijos. La apuesta que plantea es por hacer amigos y amigas, por extender nuestra experiencia sentimental.

Para Kollontái, en la sociedad comunista, los lazos de amistad serían fundamentales

La moral proletaria frente a la doble moral burguesa

La burguesía no solo impone su «imperio del terror» explotando trabajadores, sino que va dejando permear sus ideas sobre cómo debe ser el mundo social para imponer otro régimen, más sutil, que es el moral.

Cada época, dice Kollontái en sus «Tesis sobre la moral comunista en el ámbito de las relaciones conyugales», tiene su moral sexual y un cierto ideal de matrimonio. Y cada clase despliega la suya. Pero, además, la burguesía desarrolla una doble moral en forma de «opinión pública» que oprime todas las formas de relacionarse que no sean las que contribuyan a su régimen económico.

Por ejemplo, cuando los burgueses hablan de «amor libre», plantea Kollontái, se olvidan de que eso ya es ampliamente practicado por las familias proletarias:

«Cabe señalar que cuando las feministas hablan con entusiasmo de nuevas formas de unión extramatrimoniales para las burguesas emancipadas, les dan el bonito nombre de ‘amor libre”. Pero cuando se trata de la clase obrera, esas mismas uniones extramatrimoniales son vituperadas con el término despectivo de ‘relaciones sexuales desordenadas’».

¿Qué moral es propiamente proletaria y puede imponerse a este imperio moral burgués? Para Kollontái, la respuesta está en la cooperación, un elemento innato en nosotros que nos lleva a relacionarnos, pero que también lleva a los trabajadores a organizarse en común contra su propia explotación. Aquí encontramos uno de los elementos clave de la idea de amor para Kollontái.

La escritora rusa no hace un manual de poliamor. No escribe las diez tesis para la anarquía relacional. No le habla al comprador de un libro, sino al obrero preocupado por su propia explotación. Su apuesta es rabiosamente revolucionaria. El fundamento del nuevo tipo de amor, aquel que hará salir de la «crisis sexual», es la hermandad en la lucha.

Compartir condiciones de subsistencia, pero también lucha, huelga y piquete: ese es el lugar donde emergen relaciones mejores. El capitalismo sabe que las oprimidas son más fuertes si están juntas, por eso abusa de la cooperación humana para su propio beneficio (cada producto manufacturado ha necesitado del trabajo cooperativo de varios centenares de trabajadores), pero difunde una ideología individualista.

En la lucha se encuentran como iguales. No «pretendemos conquistar la totalidad del alma del ser amado», sino que se relacionan desde la libertad, la igualdad y la solidaridad entre compañeros, plantea Kollontái. Y esto no es política-ficción. La mayor parte de estas reflexiones fueron escritas entre 1917 y 1923, en mitad de la revolución. Reflexiona Kollontái:

«¿Es la reeducación radical de nuestra psicología y nuestro enfoque de las relaciones sexuales algo tan improbable, tan alejado de la realidad? ¿No podríamos decir que, por el contrario, mientras que grandes cambios sociales y económicos están en curso, las condiciones que se están creando demandan y dan lugar a una nuevo fundamento para la experiencia psicológica que está en consonancia con lo que hemos estado hablando?».

¿Qué moral es propiamente proletaria y puede imponerse al imperio moral burgués? Para Kollontái, la respuesta está en la cooperación, un elemento innato en nosotros que nos lleva a relacionarnos, pero que también lleva a los trabajadores a organizarse en común contra su propia explotación

El amor entre camaradas

Como vemos, Kollontái encuentra el modelo de amor del futuro más en la amistad que en la soledad del matrimonio. En estos párrafos lo expresa con concreción:

«[…] dos recién casados vivían hasta ayer cada uno su propia vida, al día siguiente de su unión cada uno de ellos abre sin el menor escrúpulo la correspondencia del otro, y, consecuentemente, el contenido de la carta procedente de una tercera persona que sólo tiene relación con uno de ellos se convierte en propiedad común.

Una ‘intimidad’ de este tipo no puede adquirirse más que como resultado de una verdadera unión entre las almas en el curso de una larga vida común de amistad puesta a prueba. Lo que ocurre en general es que a esta intimidad se le busca un sustitutivo legítimo, que tiene por base la idea, totalmente equivocada, de que la intimidad física entre dos seres es una razón suficiente para extender el derecho de propiedad sobre el ser emocional de la persona amada».

Es necesario que la humanidad acumule suficientes «reservas de ‘sentimientos de consideración’», plantea, ganar capacidad para amar, atrofiada por formas arcaicas de relacionarnos. «[…] hasta que el principio de camaradería no haya triunfado sobre los conceptos tradicionales de desigualdad y de subordinación en las relaciones entre los sexos. Sin una reconstrucción total y fundamental de nuestra psicología el problema sexual es irresoluble».

Pero no bastan los sentimientos: la crianza y el cuidado deben ser colectivizados y las mujeres liberadas de las tareas que no quieran hacer. Solo así estarán en verdadera igualdad para relacionarse entre ellas y con el resto de la sociedad. Algunas formas, plantea, ni siquiera pueden imaginarse porque deben ser desarrolladas por generaciones que hayan generado relaciones tan avanzadas respecto de las actuales que nos sean difíciles de soñar.

Una vez que no hay «necesidad« de construir una familia, porque no hay propiedad privada que transmitir, ni una soledad generalizada, y porque hay más tiempo que dedicar a las relaciones, entonces, dice Kollontái, la familia se reduce a una unión de personas basada en el mutuo acuerdo y no en lazos impuestos.

¿Y de cuántas personas han de estar compuestas esas «familias» del futuro? Tampoco hay nada impuesto: Kollontái habla de diversas posibilidades, monógamas o no, pero apuesta por abrir la posibilidad a no renunciar a ninguna relación que nos sea significativa, a no cortarle las alas al «Eros» y a abrazar lo múltiple, pues eso somos nosotros, seres que no se limitan con elegir una sola cosa o a una sola persona.

La clave del amor-camaradería que ella defiende es, en suma, reforzar las relaciones de la comunidad: «Cuanto más fuertes sean los lazos entre los miembros del colectivo, en su conjunto, menor será la necesidad de reforzar las relaciones maritales», escribe. Y a la par, la personalidad individual de cada cual debe emerger y florecer; porque es desde ahí desde donde se pueden generar mejores relaciones:

«El individuo tiene la oportunidad de desarrollarse intelectual y emocionalmente como nunca antes; en este colectivo, nuevas formas de relaciones están madurando y el concepto de amor se extiende y se amplía».

Compartir con el otro no la miseria material ni moral que nos ofrece este sistema, dice Kollontái, sino todo lo bello que tiene la vida es la clave para desarrollar ese amor entre camaradas. Los amores-camaradas tienen relaciones sexuales o no, tienen hijos en común o no, pueden escribir juntos, dibujar juntos, luchar juntos, colaborar en hacer a la sociedad mejor. Esta cita de «¡Abran paso al Eros alado!» con la que cerramos el texto sintetiza a la perfección esta idea:

«Si conseguimos que de las relaciones de amor desaparezca el ciego, el absorbente y exigente sentimiento pasional; si desaparece también el sentimiento de propiedad, lo mismo que el deseo egoísta de ‘unirse para siempre al ser amado’; si logramos que desaparezca la fatalidad del hombre y que la mujer no renuncie criminalmente a su ’yo’, no cabe duda que la desaparición de todos estos sentimientos hará que se desarrollen otros preciosos elementos para el amor.

Así se desarrollará y aumentará el respeto hacia la personalidad de otro, lo mismo que se perfeccionará el arte de contar con los derechos de los demás; se educará la sensibilidad recíproca y se desarrollará enormemente la tendencia de manifestar el amor no solamente con besos y abrazos, sino también con una unidad de acción y de voluntad en la creación común».


Fuente:  https://filco.es/



No hay comentarios:

Publicar un comentario