sábado, 29 de noviembre de 2025

HISTORIA

La historia según Lyotard

El pensamiento de Jean-François Lyotard nace de un tiempo sacudido por crisis económicas, desconfianza política y agotamiento cultural. Su diagnóstico sobre el derrumbe de los grandes relatos todavía resuena hoy: lo que antes parecía un camino seguro hoy lo percibimos como un terreno incierto.


¿Quién fue Lyotard?

Jean-François Lyotard (1924-1998) fue militante del grupo Socialismo o barbarie, junto a Cornelius Castoriadis y Claude Lefort, entre otros. Dentro de ese grupo se ocupó, especialmente, de denunciar las tropelías del colonialismo francés en Argelia. En la década de los sesenta publicó un destacado libro de filosofía del arte: Discurso, figura.

A comienzos de los años setenta ensayó, en libros como Economía libidinal y Los dispositivos pulsionales, una peculiar combinación de Freud y Marx. Su principal libro lo publicó en 1983 con el título La diferencia. Y respecto a la cuestión de la historia redactó, en 1986, un brillante ensayo sobre Kant titulado El entusiasmo.

Tras las esperanzas de los años sesenta del siglo XX, la década los 70 comenzó de modo convulso. En 1972, bajo la dirección de Donella Meadows, se publicó el informe titulado Los límites del crecimiento. En 1973, tuvo lugar la primera crisis del petróleo, que golpeó duramente a las economías occidentales. En 1977, el nihilismo urbano del Punk gritaba «No Future» por las calles, plazas y medios de comunicación de masas. Y, en 1979, apareció publicado un libro singular: La condición posmoderna, que recoge estos y otros sucesos disruptivos, más punzantes según fue llegando el final del siglo XX (crisis económicas, sociales, ecológicas, rearme de las ideologías más reaccionarias, etc.).

La caída de los grandes relatos

El mensaje central del libro es nítido: las Grandes Narraciones modernas (en mayúsculas por su inmutabilidad y universalidad, por las aspiraciones totalizadoras), los relatos de progreso, han caído en un irreversible descrédito. ¿Qué abarca esta noción de «Gran Relato» o «Grandes Narraciones»? Principalmente las distintas ideologías —con sus variantes internas— surgidas a partir del siglo XVIII: el Liberalismo, el Nacionalismo, el Comunismo soviético, la Tecnocracia, el Neoliberalismo del Mercado (Hayek), etc.

Es cierto que todavía se los sigue invocando una y otra vez, pero ya únicamente de un modo demagógico y rutinario, más evocador y abstracto que específico y concreto (lo cual no evita que su evocación esté cargada de consecuencias y estas sean contraproducentes).

Con la caída de los Grandes Relatos se entra en un momento delicado y difícil: entramos en un proceso de deslegitimación que revela los aspectos más destructivos del nihilismo, de la ausencia de metas comunes y la carencia de ideales normativos. Los títulos de varios de los libros de Gilles Lipovetsky pueden dar un retrato ágil de la situación a la que se refiere Lyotard: La era del vacío, El imperio de lo efímero, El crepúsculo del deber, La estetización del mundo, El occidente globalizado o La sociedad de la decepción.

La trayectoria intelectual de Lyotard surge en un clima político y económico convulso. Sus obras se desarrollan entre crisis globales y transformaciones culturales intensas, que constituyen el marco desde el cual interpreta la mutación histórica y filosófica del mundo contemporáneo

Legitimar una historia sin un fundamento claro

En medio de tal deslegitimación, la pregunta de Lyotard es la siguiente: ¿cómo se volverán a encontrar cauces fértiles de legitimación en la esfera social, económica y política? En el libro de 1979 señala las deficiencias de dos de las propuestas más célebres: la legitimación por el consenso unámine (Habermas) y la legitimación por la eficacia técnica y el rendimiento económico (Luhmann).

Y el reto está aquí precisamente: en buscar una alternativa al atolladero de la crisis de la modernidad. Mientras esto se logra, el futuro está sumido en la incertidumbre y cunde, lógicamente, la impaciencia y el desasosiego porque lo viejo no termina de perecer y lo nuevo aún no acaba de nacer y afianzarse de un modo significativo. Son tiempos revueltos, de inquietud y preocupación por el rumbo del mundo.

La condición posmoderna terminaba, por un lado, señalando el inminente advenimiento de la era digital —Big Data, inteligencia artificial, robotización de la producción, auge de las telecomunicaciones, etc.—, con las transformaciones que ello implica (aceleración del tiempo y achicamiento del espacio, por ejemplo). Por otro lado, Lyotard apostaba por el ideal de una sociedad abierta y pluralista, en la que la igualdad —jurídica y económica— fuese compatible con la afirmación de la diferencia frente a la homogeneidad y la unidimensionalidad de las sociedades cerradas y articuladas sobre dogmas inamovibles y fundamentos trascendentes.

Por último, subrayaba, aún no sabemos con claridad si estamos en una época de cambios o en algo más profundo: en un cambio de época. Si estuviese sucediendo esto último el equívoco término posmodernidad no evocaría algo que simplemente viene después de la modernidad —ratificando su tiempo lineal forjado con superaciones dialécticas—, sino que se referiría a la emergencia de un mundo distinto todavía por concretarse y consolidarse en su figura propia.



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