Nietzsche: ¿por qué consideramos que algo es malo?
Al reflexionar sobre Nietzsche y el mal hemos de destacar que el filósofo alemán no quiso responder qué es el mal, sino preguntarse cómo es posible que algo se considere malo. Su pensamiento fractura la moral desde dentro y muestra que nuestros valores no descienden del cielo ni brotan de la razón; más bien, tienen historia, intereses y heridas.
Nietzsche y el mal: la fractura de su pensamiento
Con Nietzsche, la pregunta sobre el mal en la filosofía da un nuevo salto. El pensamiento de Nietzsche, y este es el salto, no intenta ser una respuesta al debate moral (¿qué es lo que está mal?, ¿qué es lo que debemos hacer?). Su pensamiento es una fractura que quiebra el terreno de la pregunta misma. La pregunta para él no es sobre el contenido de lo bueno y lo malo (una pregunta atorada en vicios y virtudes, cielos e infiernos), sino que es una cartografía de esas propias categorías: «¿en qué condiciones se inventó el hombre esos juicios de valor que son las palabras bueno y malvado?», leemos en La genealogía de la moral.
El gesto nietzscheano no es ético, es genealógico: su filosofía no busca la verdad del bien o su demostración racional, sino que busca su historia, su procedencia, las condiciones de posibilidad de su aparición en el mundo. El bien (y con él, el mal) deja de ser una idea eterna y racional. Ahora es un ente mundano más. Un ente que aparece en la historia, que alguien creó, que sirve para determinados fines, que encaja en una narrativa, que sostiene un determinado sistema de dominación…
Esto, como es fácil intuir, tiene muchísimas consecuencias, porque, cuando dejamos de preguntarnos qué es el bien para indagar de dónde viene, toda la arquitectura moral se tambalea. Siempre se ha pensado que el bien estaba ahí y que había que descubrirlo, pero ¿cómo tratar a la moral como una parte más de una determinada cultura? Lo que parecía fundamento se nos revela ahora como construcción. Lo que se presentaba como una revelación divina o como una verdad racional se muestra ahora como producción humana (demasiado humana). Esta es la fractura que nos lega Nietzsche.
¿De dónde vienen los valores?
En esa fractura plantó su simiente: los valores morales no descienden del cielo platónico ni emergen de una razón universal kantiana, sino que brotan de algo mucho más terrenal y perturbador: la voluntad de poder. Es decir, la moral no es otra cosa (¡nada más!) que una determinada voluntad de poder sublimada, elevada a norma. La moral es la fuerza que tuvo alguien para imponer su querer.
Pero es un recurso heurístico, y quizá facilón de primeras (¡perdón!), comparar la voluntad de poder con el mero deseo de dominio político o económico. La voluntad de poder es la fuerza vital que recorre todo, un impulso básico de afirmación. Son, podríamos decir, nuestras fuerzas más profundas. Y es que los seres humanos nos movemos por el mundo coloreando la gris realidad con la profundidad de los valores, proyectando sobre el caos de la existencia las tonalidades del sentido.
El mundo en sí —si es que tal cosa existe— es moralmente neutro, un flujo indiferente de acontecimientos sin propósito. Somos nosotros quienes lo vestimos con categorías de bien y mal, quienes construimos mapas morales para orientarnos en el desierto de lo real.
Y aquí es donde se inserta la genealogía de Nietzsche (que se realiza, es importante decirlo, a partir de estudios filológicos): lo bueno, nos dice, fue originalmente el resultado de la fuerza. En las sociedades aristocráticas antiguas —Nietzsche piensa especialmente en la Grecia homérica y en Roma— «bueno» significaba «noble», «poderoso», «afirmativo». Era bueno quien se afirmaba a sí mismo sin culpa ni resentimiento, quien decía «sí» a su propia existencia con toda la brutalidad y belleza que eso implicaba.
Lo malo en esa perspectiva era simplemente lo débil, lo carente de valor, lo que no merecía consideración. No había aquí ningún juicio moral universal: solo una afirmación aristocrática de la diferencia, una celebración de la desigualdad como condición de toda excelencia. En Más allá del bien y del mal dice:
«La vida misma es esencialmente apropiación, ofensa, avasallamiento de lo que es extraño y más débil».
Esta moral noble —que Nietzsche llama también moral de los señores— era esencialmente creativa. No necesitaba definirse por oposición a un enemigo; se bastaba a sí misma. El noble miraba hacia dentro, se contemplaba con orgullo, y desde esa autoafirmación establecía su escala de valores. El débil apenas existía en su horizonte moral: era un dato irrelevante, un «malo» en el sentido de carente, insuficiente, pero no en el sentido de perverso o malvado (todavía no había nacido la idea de pecado).
La moral en Nietzsche deja de ser una verdad eterna para aparecer como creación histórica nacida de la voluntad de poder
La revolución resentida del cristianismo
Pero entonces ocurre algo extraordinario, algo que Nietzsche considera el acontecimiento moral más decisivo de la historia occidental: el cristianismo produce una inversión. Y no cualquier inversión, sino la «transvaloración de todos los valores», la vuelta del revés de la jerarquía moral establecida: lo que era bueno se vuelve malo, lo que era malo se convierte en bueno. La fuerza se demoniza y la debilidad se santifica. Los humildes, los sufrientes, los oprimidos —todos aquellos que la moral noble consideraba insignificantes— son declarados ahora los verdaderos portadores del bien.
¿Cómo fue posible esta revolución? Nietzsche identifica su motor en el resentimiento. Los débiles, incapaces de afirmarse directamente, de ejercer su poder sobre el mundo, desarrollan una forma de venganza imaginaria. No pueden derrotar a los fuertes en el campo de batalla, pero pueden derrotarlos en el terreno de los valores. Llaman bueno a lo débil, a lo enfermizo y a lo resentido —esto es, a su propia condición— y declaran malo, pecaminoso, culpable, precisamente a aquello que les era imposible alcanzar: la fuerza, la salud, la afirmación vital. Es una especie de venganza metafísica, una victoria imaginaria que compensa su derrota real.
El cristianismo es, en esta lectura nietzscheana, la culminación de la moral de esclavos, la consagración religiosa del resentimiento como virtud suprema. La humildad, la mansedumbre, la renuncia al mundo, el amor al prójimo entendido como negación de uno mismo. Todos estos valores representan no la superación del egoísmo, sino su forma más refinada y perversa: el egoísmo del que no puede afirmarse directamente y entonces afirma su propia negación como bien supremo. Es altruismo envenenado, compasión que debilita, amor que es en realidad odio sublimado.
Pero Nietzsche no es simplemente un nostálgico de la aristocracia antigua, claro. No propone volver a la moral de los señores como si dos mil años de cristianismo pudieran borrarse de un plumazo. Su proyecto es más complejo y ambicioso. El reto, nos dice, no es hacer el bien —seguir las prescripciones morales heredadas, sean cristianas o ilustradas—. El reto es crear nuevas tablas de valores. Se trata de una tarea legisladora, casi prometeica: no descubrir los valores correctos, sino inventarlos, forjarlos, darles forma desde nuestra propia voluntad de poder.
El cristianismo es, para Nietzsche, una inversión radical de los valores: la debilidad se vuelve virtud y la fuerza, culpa. Impulsada por el resentimiento, esta transvaloración consagra la moral de esclavos y exige hoy crear nuevos valores
No creer en la moral, sino crearla
Esta es quizá la dimensión más radical y menos comprendida del pensamiento nietzscheano: su llamado a la creatividad moral. Vivimos todavía, según Nietzsche, bajo la sombra del cristianismo, incluso cuando nos declaramos ateos o agnósticos. La moral secular moderna —con su énfasis en la igualdad universal, los derechos humanos, la compasión hacia los débiles— es cristianismo descafeinado, la misma estructura de valores, pero sin Dios. Hemos matado a Dios, pero seguimos habitando su catedral vacía, seguimos pensando con sus categorías. Vivimos en una época de nihilismo pasivo.
¿Qué significaría realmente crear nuevos valores? No se trata de reemplazar «no matarás» por «mata cuando quieras» (eso sería meramente invertir los valores cristianos, seguir prisioneros de su lógica binaria). Se trata de algo más profundo: de reconocer que nosotros somos los creadores de sentido en un universo que carece de él, que la responsabilidad de dar forma a la existencia recae completamente sobre nuestros hombros. Ya no hay mandamientos divinos, ya no hay razón universal, ya no hay naturaleza humana esencial que nos dicte cómo vivir. Solo hay voluntad de poder, solo hay el impulso creador que puede decir «sí» a la vida en toda su ambigüedad.
Fuente: https://filco.es/
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