domingo, 4 de enero de 2026

MUSONIO RUFO

Musonio Rufo, ¿Estoico romano y feminista de vanguardia?

Para Musonio Rufo, el estoico feminista, soportar las cosas tal como son no es un obstáculo para luchar por las cosas tal como deberían ser.


La mayoría de los debates recientes sobre el estoicismo como una filosofía práctica para la vida contemporánea se han centrado en la obra de autores como Epicteto, Séneca y Marco Aurelio. Pero hay un estoico romano menos conocido, Cayo Musonio Rufo, cuyos escritos merecen una mayor atención.

Musonio nació en Etruria, al norte de Roma, hacia los años 20–30 d. C. Se convirtió en un maestro célebre en la época del emperador Nerón, además de formar parte de la llamada oposición estoica, un grupo de senadores y filósofos críticos con lo que percibían como la tiranía de Nerón. Como consecuencia, fue enviado al exilio en dos ocasiones por Nerón y una vez más por un emperador posterior, Vespasiano.

Musonio estaba milenios por delante de su época en su defensa de la igualdad de género. Esto es lo que dice sobre las mujeres y su capacidad de razonar:

Las mujeres, al igual que los hombres… han recibido de los dioses el don de la razón, que usamos en nuestras relaciones con los demás y por la cual juzgamos si algo es bueno o malo, correcto o incorrecto… Además, no solo los hombres, sino también las mujeres, tienen una inclinación natural hacia la virtud y la capacidad de adquirirla, y es propia de la naturaleza de las mujeres, no menos que de los hombres, sentirse satisfechas por los actos buenos y justos y rechazar lo contrario a estos.

Esto es realmente sorprendente para alguien que vivió en el siglo I de nuestra era, pero en realidad era una opinión común entre los estoicos (y los epicúreos). Zenón de Citio, el fundador del estoicismo, escribió que la sociedad ideal trataría a hombres y mujeres de la misma manera (tal como había hecho Platón en su República). Epicteto, el esclavo convertido en maestro que estudió con Musonio, criticaba a sus contemporáneos por cosificar a las mujeres y valorar únicamente su apariencia física. Y Séneca, el consejero del emperador Nerón, escribió a su madre que lamentaba que su padre le hubiera prohibido estudiar filosofía, porque las mujeres tienen las mismas capacidades intelectuales que los hombres, y es igual de importante para ellas que para los hombres formar un entendimiento del bien y del mal.

Musonio considera las cuatro virtudes cardinales del estoicismo –sabiduría práctica, coraje, justicia y templanza– y se pregunta cómo es concebible que una mujer pueda prescindir de ellas, mientras que se considera que son necesarias para un hombre. Las mujeres, tanto como los hombres, necesitan comprender cómo desenvolverse con éxito en el mundo, tener el coraje de enfrentarse a la intimidación, un sentido de la justicia y la capacidad de actuar con autocontrol. Por eso, las jóvenes deben recibir enseñanza de filosofía –entendida como el estudio de cómo vivir una vida que valga la pena– tanto como los chicos. Musonio deja esto muy claro:

Si, entonces, hombres y mujeres nacen con las mismas virtudes, el mismo tipo de formación y educación debe, por necesidad, corresponder tanto a hombres como a mujeres… si es necesario que ambos sean competentes en la virtud que es propia de un ser humano, es decir, que ambos puedan tener entendimiento, autocontrol, coraje y justicia, uno no menos que el otro, ¿no debemos enseñarles a ambos por igual el arte mediante el cual un ser humano se vuelve bueno? Sí, ciertamente debemos hacer eso y nada más.

A pesar de todo lo anterior, los antiguos estoicos no pueden considerarse feministas en el sentido moderno del término. No solo porque la etiqueta sería obviamente anacrónica, sino porque ellos eran, inevitablemente, producto de su propia época y cultura. (¡Así como nosotros, no lo olvidemos!) Musonio, por ejemplo, pensaba que una mujer debía ocuparse principalmente de la gestión del hogar, mientras que Epicteto hacía referencia a los ideales femeninos de modestia y decoro. Por otro lado, ambos filósofos también criticaban a los hombres por pensar que, por naturaleza, están por encima de las tareas “femeninas” o por comportarse ellos mismos de manera inmodesta.

Si bien hay que reconocer a los estoicos antiguos el mérito de haberse adelantado a su tiempo en lo que respecta al trato de las mujeres, una cuestión más urgente es si el estoicismo moderno, como filosofía de vida, dispone de las herramientas necesarias para proporcionarnos la orientación ética que necesitamos en el siglo XXI. Según los académicos Scott Aikin y Emily McGill-Rutherford, la respuesta es un rotundo sí. En un artículo fundamental publicado en la revista Symposion, se centran en uno de los principios básicos del estoicismo: la oikeiosis, o la necesidad de “apropiarse” de las preocupaciones de los demás.

Los estoicos habían articulado una teoría sorprendentemente moderna de lo que hoy consideraríamos psicología moral del desarrollo. Pensaban que los humanos son naturalmente buenos, como también ha argumentado la filósofa Philippa Foot (junto con algunos biólogos evolutivos). En términos modernos, diríamos que el Homo sapiens evolucionó como una especie prosocial y cooperativa. Sin embargo, esa bondad básica es insuficiente para afrontar las complejidades de las sociedades grecorromanas antiguas o del siglo XXI. Necesitamos utilizar otro de nuestros dones naturales, la razón, para comprender que las demás personas —estén donde estén en el mundo— son como nosotros, y comparten muchas de nuestras mismas necesidades, deseos, miedos y esperanzas. Esta idea es la base de la noción estoica de cosmopolitismo, la actitud según la cual debemos considerar a cualquier otro ser humano como nuestro hermano o hermana (u otro género).

Según Aikin y McGill-Rutherford, la oikeiosis y el cosmopolitismo implican lógicamente el feminismo tal como se entiende en la actualidad. Dado que las mujeres, independientemente de dónde se encuentren en el planeta, son seres humanos dotados de razón, se sigue necesariamente, dentro del marco estoico, que deben ser tratadas en igualdad de condiciones con los hombres: con compasión, respeto y justicia.

Sin embargo, esto todavía no es suficiente para pasar de una actitud personal de equidad hacia las mujeres al activismo político en apoyo de una agenda feminista del siglo XXI. De hecho, algunos críticos modernos del estoicismo insisten en que la filosofía es quietista en lo que respecta a las cuestiones sociales, porque se centra en lo que el individuo puede y debe soportar, y no en provocar cambios sistémicos. Gran parte del entrenamiento estoico, al fin y al cabo, está específicamente orientado a no reaccionar ante los acontecimientos, a mantener un estado interior de calma frente a las circunstancias externas. Esto también, dicen Aikin y McGill-Rutherford, es un malentendido. En su artículo escriben:

Epicteto se prepara para ir a los baños disponiéndose de antemano para el comportamiento grosero y ruidoso de los demás. Cuando va y es salpicado o alguien actúa de manera inapropiada a su alrededor, debe comprender que se apuntó a la experiencia completa. Y por tanto está preparado para soportar lo que deba ser soportado. Pero esto no supone una aprobación del comportamiento grosero o ruidoso.

Exactamente. No hay contradicción entre aspirar al cambio político y, al mismo tiempo, prepararse para la realidad sobre el terreno. Hacer lo segundo sin lo primero sería quietista y egocéntrico. Pero hacer lo primero sin lo segundo sería insensato y autodestructivo. Por eso, uno de los principios más útiles del estoicismo es el que suele llamarse la dicotomía del control, una noción explicitada por Epicteto: algunas cosas dependen de nosotros, mientras que otras no. Una buena vida resulta de intentar cambiar para mejor aquello que está bajo nuestro control, al tiempo que se desarrolla una actitud de ecuanimidad hacia aquello que no lo está.


Fuente: https://www.filosofem.cat/



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