viernes, 2 de enero de 2026

NIETZSCHE

Diego Singer: «Nietzsche conserva una actualidad enorme»

El neoliberalismo no solo transforma la economía: fabrica subjetividades, moldea deseos y convierte la obediencia en una forma de libertad aparente. En «Nihilismo con piel de lobo. Nietzsche frente al neoliberalismo», el filósofo argentino Diego Singer recupera el pensamiento de Friedrich Nietzsche para diagnosticar nuestra época.


l filósofo argentino Diego Singer ha publicado Nihilismo con piel de lobo. Nietzsche frente al neoliberalismo en la editorial Las cuarenta. Es un libro que propone pensar los modos contemporáneos de subjetividad a partir de la filosofía de Friedrich Nietzsche. En esta conversación, reflexionamos sobre la potencia política de Nietzsche, la relación entre nihilismo y capitalismo tardío, y la aparente fuerza del sujeto neoliberal.


Su libro Nihilismo con piel de lobo se propone una actualización del pensamiento de Nietzsche. ¿Por qué cree usted que sigue siendo un filósofo clave para pensar nuestra época?
Nietzsche conserva una actualidad enorme porque fue un pensador que diagnosticó su tiempo con una sensibilidad muy aguda. Vivió en una Alemania de expansión capitalista, entre 1870 y 1890, y comprendió que la cultura de su época producía un tipo de vida enferma.

Su crítica no se dirige solo a la metafísica o a la moral cristiana, sino también al modo en que el poder y la cultura organizan las pasiones, los afectos y la obediencia. En ese sentido, leer a Nietzsche hoy permite analizar cómo el neoliberalismo fabrica subjetividades que creen ser libres, pero en realidad están profundamente condicionadas por los valores dominantes.

«Nietzsche conserva una actualidad enorme porque fue un pensador que diagnosticó su tiempo con una sensibilidad muy aguda»

Entremos en eso, que es la lectura que se propone el libro ya desde el título. Muchos leen a Nietzsche como un filósofo del vitalismo, de la afirmación de la vida. En su lectura aparece como un crítico del capitalismo. ¿Cómo se articulan ambas perspectivas?
Sí, Nietzsche es un filósofo de la afirmación, pero no en el sentido ingenuo de «disfrutar la vida». Afirmar la vida implica crear valores propios, no simplemente aceptar los que la cultura impone.

El capitalismo ―y en su versión contemporánea, el neoliberalismo― produce la ilusión de autonomía y creatividad, pero en realidad canaliza nuestras fuerzas en una sola dirección: la productividad y la acumulación. En ese marco, la figura del emprendedor o del «selfmade man» [el hombre hecho a sí mismo] no es la del creador libre, sino la del camello de Nietzsche, que carga con la carga del sistema creyendo que se afirma.

En su libro usted también recupera Así habló Zaratustra, donde aparece la célebre alegoría de las tres transformaciones del espíritu: el camello, el león y el niño. ¿Cómo piensa usted estas figuras hoy?
Esas tres figuras representan tres modos de configuración de la vida.

El camello representa la obediencia heroica: es quien carga con los valores establecidos ―la moral, el deber, el trabajo― y se enorgullece de hacerlo. El león simboliza la ruptura con esa obediencia; es quien se atreve a decir «no» al gran dragón de los valores absolutos. El niño, en cambio, es la figura de la creación. Ya no obedece ni se rebela: juega, inventa, crea sus propias reglas.

En términos políticos, podríamos decir que el camello reproduce el orden, el león lo cuestiona y el niño inaugura otro modo de vivir. El problema es que el neoliberalismo se apropia del gesto del león ―el «sé diferente», el «transgredí las reglas»― para venderlo como un producto. Nos promete ser niños creadores, pero solo dentro de los límites del mercado.

«El emprendedor no es el creador libre, sino el camello que carga con el sistema»

Así, usted lo pone en diálogo con otros autores más contemporáneos que también vincularon el neoliberalismo con formas de subjetividad, como Foucault o Wendy Brown. ¿Qué aporta Nietzsche a esa genealogía?
Aporta una mirada pulsional. Foucault analiza el neoliberalismo como una racionalidad política; Nietzsche, en cambio, permite ver cómo esa racionalidad se encarna en los afectos, en la forma en que deseamos, en cómo nos relacionamos con el poder y con nosotros mismos. El neoliberalismo no se impone solo por coerción o por leyes económicas, sino porque produce deseo: el deseo de éxito, de superación, de «ser más».

Nietzsche ayuda a entender que ese deseo está atravesado por la voluntad de poder, pero que esa voluntad puede ser afirmativa o reactiva. En el neoliberalismo, la mayoría de las veces es reactiva: busca afirmarse destruyendo al otro o demostrando su superioridad.

El libro se llama Nihilismo con piel de lobo. ¿Qué quiso usted decir con esa expresión?
El nihilismo es, para Nietzsche, la enfermedad de la cultura occidental: la pérdida de capacidad para crear valores. Hoy, el nihilismo no se manifiesta como desesperación, sino como euforia. Es un nihilismo activo en apariencia, que se disfraza de vitalidad. El «lobo» del título alude a esa máscara.

Las nuevas derechas, por ejemplo, se presentan como fuerzas disruptivas, valientes, incluso creativas, pero lo que ofrecen es obediencia a valores viejos: el mercado, la autoridad, la competencia. Son corderos con piel de lobo. El neoliberalismo triunfa cuando logra naturalizar su interpretación del mundo, cuando la dominación se confunde con libertad.

«Nietzsche permite ver cómo la racionalidad neoliberal se encarna en los afectos»

En ese sentido, ¿cómo entiende usted la relación entre nihilismo y política hoy?
El nihilismo contemporáneo no es el de quien quiere destruir, sino el de quien ya no desea participar. Es la apatía, la desconexión, la idea de que «todo da lo mismo». Esa pasividad es funcional al poder, porque permite que se imponga como algo natural.

Nietzsche decía que lo que triunfa es lo que logra presentarse como natural. Cuando naturalizamos la desafección política, dejamos que el poder se vuelva invisible. Por eso, el desafío actual es volver a conectar la potencia de la vida con la acción política.

Sí, incluso podríamos relacionarlo con la crisis de representación política y de las democracias, ¿no?
Claro. Más que de representación, creo que estamos viviendo una crisis de participación y de confianza. La mitad de la ciudadanía se abstiene de votar, y eso no es una mera apatía: es una forma de nihilismo político. No se trata de un voto bronca, sino de una renuncia a intervenir. Cuando el poder se impone sin mediación política, lo que desaparece es el homo politicus, el sujeto que busca representación.

Nietzsche ayuda a entender este fenómeno: cuando se naturaliza el orden existente, la voluntad de poder deja de crear y solo obedece.

«El nihilismo contemporáneo es la apatía, la idea de que todo da lo mismo»

¿Y qué lugar cree usted que le queda hoy a la filosofía ante este desencanto de la política?
La filosofía puede recuperar algo de su potencia política si vuelve a ser una práctica de creación. Nietzsche decía que pensar es filosofar a martillazos: no para destruir por destruir, sino para liberar nuevas formas de vida. En una época dominada por la depresión política y la naturalización del poder, la tarea del pensamiento es reactivar el deseo de futuro. Y para eso, Nietzsche sigue siendo un aliado formidable.

También creo que está dominada por el resentimiento como una pasión que capitalizan bastante las nuevas derechas, un afecto que Nietzsche también ha pensado, incluso reivindicado. ¿Cómo piensa usted el resentimiento?
El resentimiento es el síntoma de una vida que no logra afirmarse. En lugar de crear, se dedica a señalar al otro, a culpar, a odiar. Nietzsche lo vio con claridad: el resentido no es fuerte, es alguien que convierte su impotencia en moral.

En las nuevas derechas, ese resentimiento se canaliza contra los feminismos, las minorías o el progresismo, pero su raíz es la misma: la dificultad para transformar el propio malestar en creación. Es una vitalidad baja, reactiva, que busca afirmarse destruyendo.

¿Podemos pensar, entonces, una salida nietzscheana a esta época?
No hay recetas, pero sí gestos. Nietzsche nos enseña que la vida se afirma en la creación, en el riesgo, en la posibilidad de volver a empezar. Tal vez el desafío sea recuperar algo del niño nietzscheano: la capacidad de decir sí, de inventar nuevos modos de vivir y pensar más allá de la resignación o la obediencia. Eso, creo, sigue siendo profundamente político.

«El nihilismo contemporáneo es la apatía, la idea de que todo da lo mismo»

Quería terminar con una frase de Nietzsche en la que usted se detiene bastante en el libro Nihilismo con piel de lobo: «¿Qué importas tú? Di tu palabra y hazte pedazos». Me resulta muy ilustrativa de las formas de enunciación contemporánea, en redes sociales sobre todo, donde a veces lo que se dice no tiene costo ni responsabilidad…
Esa frase me parece decisiva. Lo que Nietzsche llama «decir tu palabra» no es expresarse en las redes o tener una opinión: es crear algo que valga por sí mismo, algo que te exceda. Por eso dice «hazte pedazos»: el creador verdadero no se apropia de su obra. Frente al sujeto neoliberal, que busca afirmarse y acumular poder, Nietzsche propone una ética de la desapropiación, del riesgo. Crear es exponerse, no reforzarse. Por eso el libro termina con una reivindicación de la vida peligrosa: no como aventura individual, sino como disposición a transformar lo que somos.



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