¿Cómo vivir? Una guía según Spinoza
¿Cómo vivir sin quedar atrapados en la culpa, el miedo o la obediencia ciega? Spinoza no ofrece consejos morales ni recetas de felicidad, ofrece una ética material: comprender qué nos afecta, cómo aumentamos o disminuimos nuestra potencia, y de qué modo el conocimiento transforma la vida.
La filosofía de Spinoza siempre fue una filosofía terrenal. El conato no habla de otra cosa que de nosotros (bueno, de otras cosas también, pero de nosotros al fin y al cabo). Cuando hablamos de afectos y alegrías y tristezas, lo que queremos es pensar cómo vivir una vida que no esté enmohecida por el resentimiento y el odio. ¿Qué orientaciones prácticas se puede sacar de la filosofía de Spinoza?
No hay un yo que decida
Esto es lo primero y más importante: dejemos de hablar desde el yo. La filosofía spinozista es en gran medida antisubjetiva, lo que quiere decir que no cree en la existencia de un sujeto que preexiste a la experiencia. No hay algo así como un yo (cuerpo vacío, personalidad previa, sujeto libre) que después va al mundo y se enfrenta a él. No lo hay. En la filosofía de Spinoza somos inseparables del mundo. Cuando decimos «yo», para Spinoza no estamos mentando otra cosa que un determinado conglomerado de procesos que atraviesan un cuerpo singular (el nuestro, se entiende).
Pero no hay yo que preexista a estos procesos. No es que tengamos, pongamos, una personalidad tímida y podamos decir cosas del estilo «Yo soy así», como quien mide 1,72 metros o quien tiene los ojos azules. Nuestra timidez se explica, más bien, por la historia causal que nos ha llevado hasta ahí: la cadena de causas que nos hicieron ser reservados, una determinada conexión con el mundo actual que nos recuerda a eso… Eso no quiere decir que no estemos siendo tímidos en una fiesta determinada. ¡No se trata de negar la realidad! Lo que decimos es que somos tímidos por una determinada historia y una determinada conexión con el mundo, no porque sea un atributo nuestro. Lo que, si lo pensamos, es mejor porque deja abierta la posibilidad de otras configuraciones posibles con el mundo (si ser tímido fuera algo de nuestro ser… ¿cómo explicar el cambio?).
Lo anterior significa poner al sujeto como efecto del mundo y no como causa de las acciones. Y esto, que puede parecer un simple juego filosófico, es fundamental y tiene importantes consecuencias. Para empezar, y aunque lo hemos dicho y lo diremos más veces, porque el sujeto no tiene nada, entre otras cosas: deseos. Es erróneo decir que tengamos deseos, como quien tiene una casa o una camiseta.
No los tenemos: somos esos deseos. No existe Javier (yo) por un lado (cuerpo-contenedor) y luego deseos que vienen y van (deseos-externos), sino que dentro de mí pululan deseos, y ese conjunto de deseos es lo que me conforma. ¿Cuál es la consecuencia fundamental de este cambio? Que si no hay «yo», tampoco podemos decir fácilmente que haya algo así como una decisión (recordemos que para Spinoza no hay libertad ni sujeto). Y esto es un elemento clave para la vida práctica.
Entonces, ¿tiene sentido la ética? ¿Tiene sentido hablar de cómo comportarnos? Sí, porque Spinoza pone toda la atención en la comprensión que nos hacemos del mundo: cuando comprendemos mejor los circuitos afectivos y cognitivos en los que estamos inmersos, esas luchas de deseos contrarios se reequilibran.
Spinoza disuelve la idea de un yo previo a la experiencia: el sujeto es efecto de procesos y relaciones, no su causa. No tenemos deseos, sino que somos esos deseos. Sin un yo soberano no hay decisión libre, pero sí ética como aumento de comprensión y reorganización de los afectos
Esto puede sonar muy abstracto, pero tiene consecuencias muy concretas. Pensemos, por ejemplo, que nos escribe una persona de la que estuvimos enamorados y tenemos que tomar la decisión de si volver a verla o no. Pero si no hay yo, ni decisión… ¿Qué hay? Lo que hay es un campo de tensión entre el deseo de quedar otra vez con esa persona y el deseo de no hacerlo, de mantener la vida independiente que hemos creado. Lo importante es que la lucha no es entre deseos abstractos, sino entre complejos afectivo-cognitivos.
Por un lado, la idea «si la veo, tendré amor/compañía/sexo» se acompaña de una alegría anticipada, imaginaria, junto a memorias confusas de tristeza y a la soledad presente que busca compensación. Por otro, la idea «si la veo, volveré a un lugar que me producía tristeza, y no avanzaré, y no podré empezar nada nuevo» se asocia a una tristeza anticipada, pero también a ideas más adecuadas sobre nuestro propio bien y sobre el deseo de perseverar en un estado menos turbulento. Y de aquí surge la proposición 15 del cuarto libro: «El deseo que nace del conocimiento verdadero del bien y del mal puede ser extinguido o reprimido por muchos otros deseos que nacen de los afectos por los que somos atormentados».
De lo que se trata, entonces, es de deshacernos de las ideas inadecuadas (es imaginario la alegría de pensar en un recuentro feliz) y comprender las ideas adecuadas (quiero volver a verla porque me siento solo). Así es cómo comprender transforma el afecto: «Un afecto que es una pasión deja de ser pasión tan pronto como formamos de él una idea clara y distinta» (proposición 3 del quinto libro). Por eso, la libertad no precede a la comprensión: emerge de ella.
No hay verdaderamente decisión de un sujeto ajeno al mundo. Lo que hay es un cuerpo tensionado por circuitos afectivos. Y un desplazamiento hacia un lado (volver) u otro dependiendo de la comprensión que tengamos de estos circuitos. ¿Pero entonces quién «hace» esa comprensión? Nadie. Se da o no se da según las causas que te determinan en ese momento. Si has leído filosofía, si has hecho terapia, si has experimentado suficientemente el patrón para que emerja claridad, si casualmente alguien te llamó y te distrajo… todas esas causas convergen en ese momento.
No nos falta nada
Quizá sea la otra gran enseñanza de Spinoza: no hay ningún vacío en nuestro interior. La tradición filosófica había conceptualizado el deseo como el signo de una falta. Desde Platón en adelante, deseamos algo porque no lo tenemos. Una forma de comprender el deseo que era profundamente desvalorizante (hay que aprender a vivir sin deseos) y que ponía en el punto de mira al cuerpo (es este el responsable de los deseos, es este el hogar de los apetitos).
Con Spinoza hay un giro radical. Para empezar, el deseo deja de ser una falta signada para convertirse en la conciencia de un movimiento. En la proposición 9 del tercer libro de la Ética leemos: «El deseo es el apetito acompañado de la consciencia del mismo». Por otro lado, el deseo deja de considerarse como un elemento puramente psicológico (mi deseo como un pensamiento secreto de mi interior). Con Spinoza, el deseo es un flujo transindividual que nos atraviesa. Esto nos obliga a decir no tanto que tenemos un determinado deseo como si fuera de nuestra propiedad (otra vez eso), sino que estamos atravesados por un determinado flujo deseante.
Visto de esta forma, el deseo es nuestra conexión con la realidad, es nuestro cuerpo atravesado por distintos campos afectivos. Por eso leemos en la Ética que «el deseo es la esencia misma del ser humano» (primera definición de los afectos del libro 3). Esta identificación del deseo con la esencia humana resulta desconcertante para quien viene de la tradición filosófica clásica. ¿Cómo puede algo tan cambiante, tan variable, ser la esencia de algo? La esencia, después de todo, se suponía que era aquello permanente, inmutable, la sustancia última que permanece bajo los accidentes.
Pero Spinoza está pensando la esencia de otra manera. Cuando en la primera definición de los afectos del libro tercero nos dice que «el deseo es la esencia misma del hombre», no está diciendo que haya una esencia fija llamada «deseo», sino que nuestra esencia consiste precisamente en este movimiento, en este esfuerzo por perseverar en el ser (el conato del que hablábamos). La esencia no es algo que tenemos debajo o detrás de nuestra existencia concreta: la esencia es el modo mismo en que existimos.
Esto significa que no hay un yo profundo, auténtico, esperando ser descubierto bajo las capas de los deseos mundanos. No hay un núcleo puro que deba liberarse de las ataduras del deseo. El deseo no es lo que nos separa de nosotros mismos, sino lo que nos constituye. Somos, literalmente, nuestros deseos en acto, la forma singular en que la potencia de existir se expresa en cada uno de nosotros.
Esta reconceptualización del deseo tiene consecuencias radicales. Si el deseo es nuestra esencia y si, como establece la proposición 8 del segundo libro de la Ética, no hay esencia separada de existencia, entonces el deseo no puede ser nunca una tendencia hacia algo ausente, sino siempre una producción actual, algo que está sucediendo aquí y ahora.Esta es la inmanencia radical del deseo spinoziano: el deseo no remite a nada más allá de sí mismo, no apunta a una falta originaria ni a una completitud futura. El deseo es indisociable de sus expresiones concretas. Como nos recuerda la proposición 57 del tercer libro, «Cualquier afecto de cada individuo discrepa tanto del afecto de otro individuo como la esencia del uno difiere de la esencia del otro», inseparables de la corporalidad concreta que los experimenta. No hay un deseo genérico, abstracto, que luego se particulariza en deseos concretos. Cada deseo es absolutamente singular, está pegado a un cuerpo específico, a una situación determinada, a un conjunto único de relaciones.
Por eso Spinoza puede decir: «solo lo que existe persiste en lo que es». No hay un deseo ideal esperando realizarse, no hay una potencia abstracta que luego se actualiza. Solo hay cuerpos concretos esforzándose por perseverar en su ser, solo hay expresiones actuales de potencia. El deseo no es el camino hacia la existencia plena; el deseo es la existencia plena desplegándose en cada momento. Esta comprensión del deseo nos libera de la lógica de la carencia. No estamos incompletos, no nos falta nada esencial. Somos, en cada momento, la expresión completa de lo que podemos ser dadas nuestras circunstancias actuales. Y cuando nuestro deseo cambia, cuando nos vemos atravesados por nuevos flujos deseantes, no es porque finalmente hayamos encontrado lo que nos faltaba, sino porque hemos entrado en nuevas composiciones, en nuevos encuentros que aumentan o disminuyen nuestra potencia de actuar.
Spinoza rompe con la idea del deseo como falta: no nos falta nada. No hay esencia fija ni yo profundo: la esencia es el modo mismo de existir, siempre singular y en acto
No podemos actuar sin ideas adecuadas
Muchas veces, en la filosofía se comete el error de confundir el conocimiento del mundo con el conocimiento práctico, afirmando a veces que el sabio, precisamente por ser sabio, sabe cómo comportarse. En Spinoza hay una atención más concreta al conocimiento de nuestro día a día que no es otro que el que tiene como objeto de conocimiento nuestro cuerpo y sus conexiones: ¿en qué circuitos afectivos estoy? ¿Con qué me compongo? ¿Cómo puedo desactivar inercias? Es decir, en Spinoza hay una conciencia plena de que siempre actuamos con base en algunas ideas («me habla porque quiere volver conmigo», por ejemplo). Y lo crucial para no persistir en nuestro sufrimiento es saber si esas ideas son adecuadas o son imaginadas por nosotros. De ahí la importancia del conocimiento de lo que podemos o no podemos hacer.
Las ideas inadecuadas son fragmentarias y confusas («si volvemos ahora, seremos felices»). Se parecen más a pinceladas que no se sostienen sobre nada más. Colocan las causas en elementos externos («ahora saldrá todo bien porque los dos estamos preparados») y producen en nuestro cuerpo pasiones, con su característica pasividad. Es decir, pasiones que padecemos y que son fluctuantes. Las ideas adecuadas, en cambio, son claras y distintas. Las podemos delimitar claramente. Producen estabilidad y coherencia interna y explican la realidad desde las causas con base en mi propia naturaleza. Lo más interesante es que nos colocan siempre en un lugar de agencia, en una posición para actuar, lo que nos genera una alegría activa, y no meras pasiones.
Pero, en la vida diaria, ¿se distingue así de fácil? O mejor: ¿qué preguntas podemos hacernos para distinguir si las ideas que tenemos de nosotros y del mundo son ideas adecuadas o son ideas inadecuadas? Una distinción, y esto no lo hemos dicho y es importante, que no es únicamente científica, es decir, que no hablamos de cómo distinguir entre las ideas adecuadas del mundo en abstracto, al estilo «El agua hierve a 100 grados». Las ideas que queremos discernir son las de nuestro mundo, las del día a día, las de nuestra existencia.
Algunas de estas preguntas son: ¿puedo explicar lo que está sucediendo desde mi propia naturaleza sin recurrir a causas externas? ¿Puedo explicar lo que me pasa desde mi propia historia causal? También podemos preguntar por su carácter imaginario: ¿esta idea me permite anticiparme y actuar eficazmente o, en cambio, está basada en un futuro totalmente imaginado? Y quizá la más importante: la idea que tengo, ¿me coloca en un lugar de pasividad o en un lugar de agencia y decisión?
En Spinoza, el conocimiento práctico consiste en discernir ideas adecuadas e inadecuadas en la vida cotidiana. Las primeras explican lo que nos ocurre desde nuestra propia historia causal y aumentan la agencia; las segundas son imaginarias, externas y nos mantienen en pasividad afectiva
No confundir el placer con la alegría vital
Es quizá el mayor peligro de una lectura superficial de Spinoza: confundir el placer corporal con la alegría vital de la que habla Spinoza. Es un peligro porque Spinoza hace un alegato constante a las vidas que valen la pena ser vividas (bueno, esta no es su terminología), esto es, a las vidas que tienen más posibles (esta sí). Y sabemos cuáles son esas vidas porque nos hacen experimentar alegría. ¿Dónde está el peligro? En confundir esta alegría vital con el placer sin más.
Para salir de este atolladero, Spinoza propone una distinción entre tipos de alegría: la alegría parcial (titillatio), el regocijo (hilaritas) y la alegría activa. La alegría parcial es el placer localizado (proposición 11 del tercer libro). Puede coexistir con otras pasiones, como la tristeza, el odio, el cansancio… Es el placer del placer sexual, de las drogas. El regocijo, en cambio, es la alegría experimentada en todo el cuerpo, y su exceso nunca puede ser destructivo (no así el titillatio). Es siempre sinónimo de un aumento de potencia.
Lo importante es que el regocijo, o la alegría total, si queremos, puede ser tanto activa como pasiva. Y esta es la distinción fundamental en Spinoza: la tristeza es siempre pasiva, pero cuando actuamos desde nuestra naturaleza, cuando somos agentes de nuestras propias pasiones, esto siempre nos produce alegría (y una alegría activa).
No hay represión ni libertad: hay comprensión y transformación
Una vez que hemos comprendido el deseo como nuestra esencia, como producción actual y no como falta, surge naturalmente una pregunta: ¿qué hacemos entonces con aquellos deseos que nos hacen daño, que nos disminuyen, que nos empujan hacia encuentros que sabemos destructivos? La respuesta espontánea, heredada de siglos de moralismo, es: hay que controlarlos, reprimirlos, vencerlos mediante la voluntad. Pero Spinoza nos propone algo radicalmente distinto. No se trata de controlar o reprimir los deseos, se trata de comprenderlos.
Cuando intentamos controlar o reprimir un deseo, lo que estamos haciendo es oponerle una fuerza contraria. Imaginamos que hay un yo fuerte, racional, que debe imponerse sobre un deseo rebelde, pasional, que amenaza con arrastrarnos. Esta imagen supone que podemos separarnos de nuestros deseos, que hay un nosotros por un lado y nuestros deseos por otro, y que la tarea consiste en que el primero domine a los segundos. Pero esto es una ilusión: nosotros somos nuestros deseos, no hay un yo separado que pueda observarlos desde fuera.
Además, la represión no funciona. O mejor dicho, funciona temporalmente creando una tensión interna que no hace más que acumular potencia por otro lado. El deseo reprimido no desaparece; simplemente se manifiesta de otras formas, a menudo más problemáticas. Se vuelve resentimiento, se vuelve síntoma, se vuelve violencia dirigida hacia uno mismo o hacia otros. La historia de la moral represiva es también la historia de todas las patologías que genera.
Spinoza propone algo mucho más sutil y, al mismo tiempo, mucho más difícil: comprender. Comprender un deseo significa entender las causas que lo producen, ver con claridad las composiciones de cuerpos y las relaciones de afectos que lo generan. Significa pasar de una percepción confusa (siento este deseo pero no sé de dónde viene, no entiendo por qué me empuja en esta dirección) a una idea adecuada (veo con claridad qué encuentros, qué imágenes, qué relaciones están produciendo este movimiento deseante en mí).
Pensemos en un ejemplo concreto. Alguien experimenta un deseo recurrente que sabe que le hace daño: quizá el deseo de volver con una pareja que fue destructiva, o el deseo de consumir una sustancia que le perjudica, o el deseo de sabotear sistemáticamente sus propios proyectos. El camino represivo diría: debes resistirte, debes ser fuerte, debes vencer ese deseo mediante la voluntad. Y sabemos cómo termina esto: en un ciclo de esfuerzo, fracaso, culpa, nueva resolución, nuevo fracaso. El camino spinoziano es otro. Preguntarse: ¿qué encuentros están produciendo este deseo? ¿Qué imágenes lo alimentan? ¿Qué ideas confusas sobre mí mismo o sobre el mundo están en su base? ¿Con qué está componiendo mi cuerpo cuando siento este impulso? No para juzgarlo, no para condenarlo, sino para verlo con claridad.
Esta comprensión tiene un efecto inmediato y concreto: modifica el campo de fuerzas afectivo en el que estamos inmersos. Y esto es crucial: no modifica el campo mediante un acto de voluntad externa, sino que la comprensión misma es una nueva fuerza que entra en juego, un nuevo afecto que se suma a la configuración existente. Cuando comprendo las causas de un deseo, cuando veo con claridad los encuentros que lo producen y los efectos que genera, esa misma comprensión es un afecto activo (porque surge de mi capacidad de formar ideas adecuadas) que se compone con el deseo inicial. No lo anula mágicamente, pero sí altera su intensidad, su dirección, su cualidad. El campo afectivo ya no es el mismo, porque ahora incluye esta nueva potencia: la potencia de la comprensión.
La libertad spinoziana no consiste en liberarnos del deseo, sino en desear desde la comprensión. No en no desea: en que nuestros deseos surjan cada vez más de ideas adecuadas y cada vez menos de imágenes confusas. Es una libertad inmanente, que no nos saca del plano de la naturaleza y del cuerpo, sino que nos permite habitarlo con mayor lucidez y, por tanto, con mayor potencia.
Los deseos dañinos no se vencen, se comprenden. La comprensión introduce un nuevo afecto activo que reconfigura el campo deseante. La libertad consiste en desear desde ideas adecuadas
De lo que se trata es de vivir una vida con más potencia
Toda la filosofía de Spinoza es una filosofía de la alegría, de la vida alegre. Es una denuncia de esas vidas que cultivan vidas tristes, basadas en el resentimiento. La pregunta de la ética de Spinoza no es cómo hacer lo correcto, sino cómo podemos vivir una vida que tenga más potencia, esto es, más posibles, esto es, una vida más alegre.
Buscar los encuentros que nos convienen. Este es el mandato. Experimentar. No cesar en probar otras conexiones. No ceder en la idea de que hay algo roto en nosotros y que debemos conformarnos con una vida entristecida. Componernos con los demás, salir de nosotros mismos, establecer nuevos circuitos que nos potencien, que nos ayuden a descubrir (si queremos bordear la lectura nietzscheana de Spinoza) quién podemos llegar a ser realmente.
Apostar por vidas que tengan más posibilidades. Donde la alegría que circule no sea el placer muerto que nos propone el sistema (basado en la mera satisfacción personal y en la eliminación de cualquier incomodidad). Juntarnos con los demás. Vivir en comunidad. Construir nociones comunes sobre lo que es nuestro cuerpo y el de las demás (y el cuerpo social). Saber que podemos vivir de otra forma aquí y ahora. Apostar por la pregunta. No confundir las ideas adecuadas con las inadecuadas. no sucumbir a los delirios de nuestra imaginación. Examinarnos. Probar. Ensayar. Porque, como dijo Sócrates en la Apología de Platón, una vida sin examen no merece la pena ser vivida.
Fuente: https://filco.es/
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