Adriana Cavarero: por una filosofía de la narración
En «A pesar de Platón», Adriana Cavarero revisita figuras femeninas de la tradición clásica para desmontar los sesgos que han configurado sus relatos. Su lectura propone una filosofía de la narración que revela cómo las historias que contamos determinan nuestra comprensión moral, nuestra memoria y nuestra identidad colectiva.
Si tuviéramos que definir al ser humano, si quisiéramos encontrar cuáles son esas características que nos permiten decir humano a ese animal bípedo implume, parece evidente que, entre una de esas propiedades, aludiríamos a su capacidad para contar historias. El filósofo escocés Alasdair MacIntyre, en su obra Tras la virtud, formula que los seres humanos solo pueden contestar a la pregunta «¿qué voy a hacer?» si pueden responder a la pregunta previa, mucho más importante, «¿de qué historia o historias me encuentro formando parte?». Así, concluye, «el hombre, tanto en sus acciones y sus prácticas como en sus ficciones, es esencialmente un animal que cuenta historias».
Como leemos en la Poética de Aristóteles, los seres humanos aprendemos por imitación. Miramos, escuchamos y leemos lo que los otros hacen, dicen y escriben y así aprendemos a movernos en el mundo. Si se quiere dejar a los niños tartamudos y angustiados en sus acciones y en sus palabras, no hay más que retirarles las historias en las que se mueven. Solo porque lo hemos visto, escuchado y leído sabemos, por ejemplo, que las madrastras son malvadas, que los héroes son hombres valientes que avanzan en su cometido sin dudar, y que nadie puede escapar a su destino —aun cuando lo desconozcamos, como nos recuerda Edipo—.
Los narradores
Así las cosas, una no puede evitar preguntarse: si, como sugiere MacIntyre, las historias que conforman la mitología está en el corazón de las cosas, es decir, si los relatos que contamos tienen el potencial de forjar la tradición moral de cada sociedad, ¿no deberíamos fijarnos en quién cuenta esas historias? Adriana Cavarero, una de las filósofas italianas más relevantes de las últimas décadas, ha escrito varios libros en torno a la filosofía de la narración y ha prestado una especial atención a qué sucede cuando contamos las historias desde otro lugar, cuando nos enfrentamos a las mismas figuras sin los prejuicios heredados por esas historias que nos conforman.
En A pesar de Platón, publicado en 1990 en italiano, reeditado en 2023 y traducido al castellano en 2024, Cavarero analiza el caso de cuatro figuras femeninas de la tradición clásica: Penélope, la mujer de Ulises; la sirvienta tracia, objeto de burla en el Teeteto de Platón; Deméter, la Gran Madre, y Diotima, la diosa que enseña a Sócrates el discurso sobre el amor que leemos en El banquete.
En este texto, Cavarero evidencia que estas cuatro figuras dicen cosas diferentes si se las interroga con otras gramáticas, o, por decirlo sin mediaciones, si se abandona la misoginia que envuelve los relatos que dan forma a estas cuatro mujeres nos encontramos con figuras mucho más interesantes. Como explicó la propia Adriana Cavarero en Madrid, en la segunda edición del Festival de las Ideas, puede que Penélope —esa mujer que dicen que esperó pacientemente a Ulises mientras engañaba a sus pretendientes destejiendo lo que había hecho durante el día— en realidad no estuviera esperando a su marido, sino disfrutando de la autonomía que las cuatro parades entre las que tejía le brindaban.
Cavarero ha escrito varios libros en torno a la filosofía de la narración y ha prestado una especial atención a qué sucede cuando contamos las historias desde otro lugar, cuando nos enfrentamos a las mismas figuras sin los prejuicios heredados por esas historias que nos conforman
Quién cuenta las historias, entonces, importa. Y lo hace porque, con su palabra, tiene la capacidad de crear realidades, de presentarnos a personajes que de otra forma podrían ser distintos. Adriana Cavarero reconoce un deseo del ser humano: un deseo que nace del placer que encontramos cuando somos narrados.
Para ello, recurre al libro VIII de la Odisea, donde Ulises, en la corte de los feacios, se emociona y llora en silencio cuando escucha al aedo Demódoco cantar las hazañas de Odiseo durante la guerra de Troya. Ulises, que todavía no ha revelado su identidad al rey Alcínoo ni a los presentes, se emociona al escuchar su propia historia, al verse narrado en los labios de otro hombre. Sin embargo, ¿qué hubiera pasado si Demódoco hubiera contado el paso de Ulises por la guerra de Troya con desprecio, sin atender a su valentía y su coraje en la batalla?
Ulises se emociona porque se siente reconocido, porque el canto del aedo no es solo bello, sino que también es verdadero. Y es que hay algo en este relato homérico que nos habla no solo de Ulises, sino de quiénes somos. En la introducción a su libro Memoria de chica, Annie Ernaux escoge como exergo un fragmento que dice «sé qué es absurdo, pero por favor, dime quién soy».
¿Quién soy yo?
En Cuéntame mi historia, Cavarero traza la diferencia entre las personas que conocemos, de las que no dudamos que tengan una historia (quizá incluso sepamos varias o muchas cosas de ellas), y las amigas, esas personas a las que nosotras podríamos contarles sus historias. A la pregunta ¿quién soy yo?, algunos querrían poder responder de forma autónoma con la autobiografía, yo soy la que digo, pero a esa pregunta se responde con el relato que otro/a hace mi historia (por eso Ulises llora, porque se ve reflejado en las palabras de un otro).
Pero no seamos ingenuas, nos emocionamos cuando escuchamos una historia que reconocemos como propia, que nos parece que está bien contada, que hace justicia a ese camino que hemos recorrido para llegar hasta donde estamos. De lo contrario, lejos de emocionarnos, nos enfadaríamos con aquellos que se atrevieran a decir quiénes somos, por qué hemos pasado, de forma injusta. Por eso, tiene sentido que nos preguntemos qué responsabilidad tiene el narrador cuando cuenta una historia.
En Cuéntame mi historia, Cavarero traza la diferencia entre las personas que conocemos, de las que no dudamos que tengan una historia (quizá incluso sepamos varias o muchas cosas de ellas), y las amigas, esas personas a las que nosotras podríamos contarles sus historias
Una opción tentadora, qué duda cabe, sería optar por que cada uno cuente su historia. ¿Quién mejor que yo misma para llevaros de la mano y deciros quién soy? Ana no, la protagonista de la novela homónima de Agustín Gómez Arcos, también reivindica, en cierto momento, «su derecho a hablar». Y habla. Y cuenta cómo la guerra, qué si no esa violencia que aniquila con todo a su paso y riega con la sangre de los vencidos los huertos de la victoria, acabó con sus cuatro Paucha, su marido y sus tres hijos. Sin embargo, ¿qué sucede si no hay lectores que presten su tiempo y su sensibilidad a la historia de Ana Paucha?
El trabajo de Cavarero no se ha conformado con constatar que, efectivamente, hay otra forma de narrar a las mujeres. En Cuéntame mi historia. Filosofía de la narración, Cavarero insiste en la importancia de cada una de las historias individuales, en la «unicidad» que se expone a mi mirada y que «consiste en una historia irrepetible cuya narración deseas». Así, esta forma de aproximarnos a la narración trastoca la relación que establecemos con lo contado.
Como sostiene Cavarero, debemos contar sus historias porque a la pregunta «¿quién soy?» no se responde con la autobiografía, sino con el relato que otro hace de mi historia. Gómez Arcos, hablando de Ana no, no toma como objeto de su narración un ella impersonal, sino un tú, a la que le recuerda que su historia merece la pena ser contada.
El aspecto comunitario de la narración
Escribe Cavarero: «Quien nos narra nuestra historia habla el idioma del tú. En la escena narrativa compartida, el destinatario del relato y su presencia vencen al papel clásico, en el texto, del protagonista ausente». No narra el sujeto aislado en su habitación, narra el que no pierde de vista aquello que está contando.
Así, la posibilidad de narrarnos a nosotras mismas es, también, una salida engañosa al problema de la narración, porque pretende eliminar su carácter relacional, de dependencia con los otros. Cavarero pone el acento en el aspecto comunitario de la narración, porque el conocimiento de quién es uno no viene como fruto de la introspección, sino del «solicitar el relato externo de su propia historia».
Por eso es crucial atender a quiénes son los creadores de historias, los narradores, en nuestro presente, porque detrás de su aparente objetividad, de la distancia que toman del objeto contado, puede haber intereses, filias y fobias, que produzcan sujetos deformados que no hagan justicia a esas historias que nos cuentan. Pero también por eso, si queremos ser más ambiciosas, tenemos que estar atentas a quiénes tienen la capacidad de narrar, ver qué sujetos pueden contar las historias de los otros y quiénes permanecen en silencio.
Tenemos que no perder de vista, porque el riesgo es enorme, las historias que no han sido contadas, las vidas que han quedado escoradas a los márgenes a las que nadie presta atención. Y esto lo tenemos que hacer no porque queramos ser más bondadosas, sino porque queremos ser justas. Porque sabemos que dejar sin contar algunas historias de vida empobrece nuestro conocimiento del mundo, porque les niega su capacidad de formar parte de las historias que construyen una sociedad.
Fuente: https://filco.es/
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