Los orígenes del existencialismo en Kierkegaard
¿Cómo vivir la vida? La pregunta descansa al fondo, latente, apenas perceptible durante toda nuestra existencia. Distintas respuestas a esta pregunta han poblado la tradición filosófica. En la Dinamarca del siglo XIX, Søren Kierkegaard aportó su nota al pie a este debate con una mirada que ponía el foco en la autenticidad como requisito para llevar una vida plena. Esta mirada se convertiría, un siglo después, en los orígenes del existencialismo, pues fue precursora de lo que sería esta corriente filosófica.
La pregunta por la vida
¿Cómo deberíamos vivir nuestra vida? A cuenta de razones distintas, esta pregunta insiste a lo largo de nuestra existencia. Independientemente de qué hagamos, la pregunta descansa al fondo, latente, apenas perceptible. En momentos de crisis se vuelve patente para exigir una respuesta, para volcarnos a la acción, para forzarnos la mano.
Distintas respuestas a esta pregunta han poblado la tradición filosófica en general y el campo de la ética en particular, desde la eudaimonía aristotélica hasta la ética deontológica kantiana, pasando por la beatitud cristiana. Dentro de esta discusión, el tema a menudo ha sido tratado contraponiendo la satisfacción del deseo y la conformidad al deber como dos principios rectores de la acción que se encuentran en tensión.
Como dos polos magnéticos con la misma carga, se ha pensado a ambas partes del contrapunto como irreconciliables entre sí, como si por cada placer perseguido se faltara al deber y viceversa. En la Dinamarca del siglo XIX, Søren Kierkegaard aportó su nota al pie a este debate con una mirada distinta. Poniendo el foco en la autenticidad como requisito para llevar una vida plena, su mirada se convertiría, un siglo después, en precursora de lo que sería la filosofía existencialista.
En su libro O lo uno o lo otro, Kierkegaard presenta este debate en la forma de un intercambio entre dos personajes con creencias y formas de vida en pugna. La tensión entre el placer y el deber en la obra de Kierkegaard toma la forma de la diferencias, similitudes y contradicciones que hay entre llevar una vida estética y llevar una vida ética.
Los dos protagonistas de esta obra, el esteta A y el juez Guillermo, encarnan y le dan voz a lo que Kierkegaard entiende como llevar la vida en la esfera estética y en la esfera ética, respectivamente. A través de estos personajes en polémica, Kierkegaard embarca al lector en un recorrido por las virtudes, excesos, defectos y limitaciones de cada una de estas formas de vida, mostrando cada una bajo lo que él entiende es su mejor luz.
¿Cómo deberíamos vivir nuestra vida? El tema a menudo ha sido tratado contraponiendo la satisfacción del deseo y la conformidad al deber como dos principios rectores de la acción que se encuentran en tensión. Como dos polos magnéticos con la misma carga, se ha pensado a ambas partes del contrapunto como irreconciliables entre sí, como si por cada placer perseguido se faltara al deber y viceversa
Diario de un esteta
El primer tomo de O lo uno lo otro es un compendio de textos escritos o en su defecto curados por un personaje introducido como el anónimo esteta A. A través de las palabras de este seudónimo, Kierkegaard expone en qué consiste llevar adelante una vida estética: una vida al servicio de lo sensible, de lo placentero, de lo sensorial. El esteta se dedica a cultivar y sofisticar las formas en las que se proporciona a sí mismo placer, que puede ir desde el placer de una copa de vino hasta el placer más mediato que supone cortejar a una chica hasta doblegar su voluntad.
En cierto punto, la experiencia más valiosa para el esteta es salirse con la suya conforme al deseo que tenga en cada momento. El principio por el que rige su vida es escapar a la monotonía. Sea cual sea la práctica que emprende, encuentra que pronto se aburre de ella y en consecuencia practica lo que llama «la rotación de los cultivos» como forma de relacionarse con los objetos de la experiencia: cambia sistemáticamente de actividades, intereses e incluso vínculos para evitar caer en el tedio.
El trasfondo del estilo de vida estético es de un desapego militante: por fuera de la sensación o entretenimiento que pueda brindar tal o cual objeto, nada ni nadie tiene valor en un sentido más fuerte, por lo cual, en el fondo, al esteta le da lo mismo hacer o lo uno o lo otro.
La admonición del juez Guillermo
El segundo tomo de O lo uno o lo otro funciona como contrapropuesta al estilo de vida pregonado por el esteta. Kierkegaard se viste con las pieles de otro seudónimo, el juez Guillermo, que le escribe cartas a su amigo el esteta A regañándolo por el estilo de vida que lleva y ofreciéndose a él mismo como ejemplo de vida.
Principalmente, en esta correspondencia ficticia el juez Guillermo insta al esteta A a elegirse a sí mismo. Según el juez, su amigo el esteta es un observador desinteresado tanto del mundo como de sí mismo. Es por eso que carece de identidad o personalidad, en tanto las elecciones que uno toma a la hora de atribuirle valor a los elementos del mundo que lo rodean son lo que constituyen la identidad. Al no comprometerse con nada, A nunca elige en un sentido estricto. Es por eso también que el esteta, en el fondo, está desesperado.
Un yo plenamente formado no es indiferente ante sí mismo y ante el mundo; no le da igual hacer o lo uno o lo otro. Un yo plenamente formado proyecta sobre sí mismo y sobre el mundo valoraciones y jerarquizaciones, mira a lo que lo rodea a la luz de principios y criterios que sostiene de forma coherente a lo largo del tiempo y en los órdenes de su vida. Y es a través de ello que logra dotar de sentido a su propia experiencia en el mundo.
Nos pueden sobrar razones para pensarnos de tal o cual forma o para querer ser de tal o cual manera —razones que, a menudo, entrarán en conflicto entre sí—, pero la constitución de una identidad plena consiste en transformar nuestras razones o creencias en acción; y actuar significa elegir unas razones o creencias sobre las otras.
La primera elección, dice el juez Guillermo, es elegirse a sí mismo: o sea, elegir ser una persona que elige, que no «le da lo mismo» todo. O bien uno es un yo pleno, que elige, o bien uno no lo es. Pero Kierkegaard no se refiere a una autoelección ex nihilo, como si uno fuera a inventarse a sí mismo, sino más bien a una autoelección entendida como aceptar aquello que uno ya es: sus relaciones, su historia, las distintas comunidades a las que uno pertenece y cómo esa amalgama de factores constituye una personalidad.
En este sentido en el regaño del juez Guillermo hay un aliento en pos de la autenticidad. Por lo demás, llevar una vida ética es acceder a una esfera de la experiencia que supera a la estética, pero también la comprende y contiende dentro suyo. Si bien convertirse en un yo ético significa la adquisición de una instancia superadora, no implica dejar atrás el cultivo de pasiones y placeres estéticos, sino reconfigurarlos en otros términos, haciéndolo desde otro lugar.
La constitución de una identidad plena consiste en transformar nuestras razones o creencias en acción; y actuar significa elegir unas razones o creencias sobre las otras
Seudonimia, comunicación indirecta y ejercicio de la filosofía
El uso recurrente de la seudonimia y los personajes en la obra de Kierkegaard no es meramente un ribete estilístico u ornamental. Tiene una función estrictamente filosófica. Kierkegaard ve una brecha entre trasmitir un contenido y que ese contenido sea comprendido y apropiado por el lector en clave práctica. Uno puede estudiar la obra de cien autores, pero al final del día acumular saberes no garantiza ejercer un quehacer ético.
Además, Kierkegaard veía en este recurso una respuesta necesaria ante algunos elementos de la vida moderna en la recientemente aburguesada Dinamarca de 1840. Por esa época las instituciones educativas públicas, masivas y normalizadoras como las conocemos hoy eran una novedad que venían a remplazar la educación entendida como tutelaje privado. A Kierkegaard le preocupaba que estas y otras instituciones de la vida burguesa comunicaran conocimiento de forma chata, sin poder interpelar a los lectores o usuarios a nivel individual.
Tanto dentro del aula como en los periódicos, como en la institucionalización de la actividad científica, se trataba, para él, de una época plagada de tanto contenido que terminaba yendo en detrimento del autoconocimiento. Inspirado en la obra de Platón y en la mayéutica socrática, Kierkegaard intentó resolver esta tensión en la relación entre comprensión y acción mediante la forma y estilo de escritura: O lo uno o lo otro podría ser un tratado, pero es un compendio de textos escritos por distintos personajes que dialogan entre sí. Ni siquiera están publicados por Kierkegaard, sino bajo el seudónimo de un editor fantasma, un tal Víctor Eremita.
Según la concepción de Kierkegaard, a través de esta forma indirecta de comunicación puede lograr que el lector se ponga primero en los zapatos del esteta y luego en los zapatos del ético, y atraviese así en carne propia el proceso vivencial que la idea exige, tomando cada posición a su mejor luz y apropiándose del recorrido planteado. Para comunicar de forma efectiva no alcanza con decir, hace falta mostrar. Solo así se puede comprender de una forma que inste a la acción, sobre todo cuando hablamos de la primera y más difícil acción: el elegirse a uno mismo. Así pensaba Kierkegaard que debía funcionar la filosofía, asistiendo y orientando la emergencia de la subjetividad individual de cada lector.
Fuente: https://filco.es/
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