La libertad para Marco Aurelio: controlar las imágenes mentales
La vida puede ser distinta si somos capaces de controlar lo que nos aflige. El control de las imágenes mentales es la clave ética que nos propone Marco Aurelio para poder vivir una vida buena. Porque, como se dice popularmente, no podemos controlar lo que nos sucede, pero sí cómo nos afecta.
El control del juicio lo es todo: hay una palabra que se usa en griego, y que usan todos los estoicos en general, que es phantasía, pero que no debemos traducir por «fantasía» porque sería engañoso. Uno, cuando piensa en «fantasía» en castellano, piensa en la imaginación. Yo prefiero traducirlo por «imagen mental».
Hay que dominar las imágenes mentales, no dejarse arrastrar. Otro símil clave: la marioneta. No seas una marioneta tirada por un hilo y por otro… Encuentra, pues, el hilo —podríamos decir— dorado que te lleva a la razón de la naturaleza. Eso es una metáfora impactante que también está en Platón.
Marco Aurelio está cruzado de muchas lecturas: a veces cita —dice «como decía Epicteto»—, otras veces no cita, pero hay subtexto y alusión en muchas ocasiones, como por ejemplo la imagen de la marioneta de Platón, que en las Leyes dice que el ser humano es una marioneta movida por muchos hilos que son tendencias, impulsos, deseos, pero hay un hilo —que llama el hilo de oro—, que hay que seguir. Si logras averiguar cuál es ese hilo, dónde está, de dónde tira, y logras seguirlo… Es un tema recurrente en los mitos, como el hilo de Ariadna del cuento popular, el hilo rojo, el ovillo que va cogiendo para ir al sitio donde te vas a salvar, donde está tu padre o tu benefactor. Si sigues ese hilo, que es el hilo que los estoicos creían que era la razón, te vas a salvar.
Algo esencial de Marco Aurelio, como de la filosofía en época helenística y romana, es la idea de filosofía como salvación. En un mundo complicado, donde la ciudad ya no te proporciona todo tu marco de vida, ¿dónde buscan la salvación los epicúreos y los estoicos? En la filosofía. La palabra griega es sōtēría, salvación, y esta se halla en seguir la naturaleza. La idea es, en griego, vivir kata physin, «según naturaleza». Vamos a seguir la naturaleza.
Es un leitmotiv común de los tres grandes movimientos del mundo helenístico que son epicúreos, estoicos y también cínicos —los cínicos acaso de modo más extremo: vivir según naturaleza en la calle como un perro, hacer tus necesidades en público, escandalizar—, pero en el fondo las grandes corrientes de esta época buscan la buena vida así. Nos dan claves para la felicidad, aunque no me gusta mucho hablar de felicidad. Mejor decir, como ellos, «el vivir bien», la buena vida, lo que llaman eudaimonía o eu zên. Marco Aurelio enseña a vivir bien con esa primera lección: controla tu phantasía, tus imágenes mentales, tus procesos mentales.
Deja estar los libros: la filosofía como forma de vida
Marco también aconseja no leer demasiado. Es una nueva paradoja en alguien tan leído. Pero es que la filosofía no se leía tanto como se vivía o se practicaba. No era una asignatura, como es por desgracia hoy, sino toda una forma de vida. Dice: «Esto es lo que soy: carne, un poco de hálito y mi principio rector. Deja estar los libros, que no te distraigan… No te está permitido… más bien, como si ya estuvieras muriendo, desprecia lo carnal: es solo sangre, huesos y un manojo de nervios, venas y arterias». Y sigue diciendo más adelante: «No te dejes mover como una marioneta por un impulso insociable, ni te quejes de lo destinado para el presente, ni temas lo que traiga el futuro».
Cuando hacemos filosofía hoy, como ayer, existe el riesgo de caer en la erudición más vana. También lo dice Epicteto: filólogos, filósofos, historiadores, científicos estamos metidos cada uno en nuestro pequeño mundo, en un compartimento estanco, viendo muestras, examinando una palabra, disertando. Eso es un conocimiento que hasta cierto punto está muy bien, pero se queda herrumbroso, estéril, vacío si no se pasa a otro grado. Y ahí es cuando puedes enseñar: los antiguos pasaron a ese nivel, pueden enseñarnos porque han leído, han cultivado los maestros, han tenido experiencias vitales complejas —el caso de Marco Aurelio es evidente; o el de Epicteto—, pero, finalmente, pueden «dejar estar los libros» y centrarse en la labor de persona, de ser humano, para transmitirlo a los demás. Es una elección para todos nosotros.
Me gusta invocar ese estoicismo sencillo en la compañía de estas dos figuras tan emblemáticas: el emperador y el esclavo. Es una filosofía que sirve a todos: eres un gran potentado, pero a lo mejor eres profundamente infeliz o fracasado, o te sientes así. O a lo mejor no eres libre, sino que eres un esclavo. No es curioso que el hombre más libre del imperio romano, el emperador, que podría hacer lo que quisiera…
Es preciso recordar en este contexto a Epicteto, que fue esclavo. Curiosamente, un esclavo puede ser mucho más libre que un emperador. Otra paradoja: ese sabio humilde enseña al poderoso que la felicidad no está en atesorar los bienes que la gente cree que son bienes, sino quizá en buscar la libertad, en la independencia o en la autosuficiencia, en la autarquía. En el ideal estoico, el sabio es el que no necesita nada. Ahí está la libertad, ahí está la serenidad, la felicidad. Por eso, insisto en que me sorprende mucho que los grandes poderosos de hoy lo vean como un modelo de éxito.
El control de las phantasía (imágenes mentales) es fundamental en el estoicismo. Esta es la clave para la eudaimonía, el vivir bien
Epicteto y Marco Aurelio: dos libros singulares
Si las Meditaciones son muy peculiares en la historia de su composición en el mundo antiguo y en su tradición, transmisión y recepción posterior, no es menos peculiar el Manual de Epicteto: son dos libros breves, concisos, precisos y maravillosos han llegado hasta nosotros con un potentísimo mensaje, y ciertamente desprovistos de artificio, como epítome del saber práctico del estoicismo romano.
Epicteto probablemente no escribió nada, como los grandes sabios de la Antigüedad, y los apuntes de sus lecciones fueron tomados por Arriano para elaborar esta especie de vademécum, a modo de «manual» (en griego encheiridion, por aquello de «tener a mano» el corpus de enseñanzas básicas). En suma, Epicteto no quiso escribir y Marco Aurelio no quiso que lo leyéramos. Entonces, tenemos dos libros extraños y únicos que no sorprende que tengan tanto éxito hoy.
¡Qué diferente, además, la posición social de ambos! La relación generacional y de doctrinas relaciona a ambos como los dos filósofos más conocidos del siglo II de nuestra era, en este momento clave de un mundo en transformación. El uno, Marco Aurelio, designado por Adriano como sucesor al trono cuando era muy joven, con la mediación de Antonino Pío como antecesor. El otro, relacionado acaso también con Adriano, habría adquirido la condición de liberto y fundó una escuela de pensamiento muy influyente en las clases altas romanas. Marco Aurelio siempre guardó en la memoria las doctrinas estoicas de Epicteto y sus sucesores como guía de vida, en busca del principio rector que le haría ser libre.
La paradoja es que un esclavo enseñe a ser libre al hombre más poderoso —y supuestamente más libre— del imperio. Marco Aurelio, emperador de Roma, epítome de un albedrío totalmente carente de ataduras, acaba aprendiendo de un pobre antiguo esclavo, y luego maestro provincial, cómo ser libre y se dedica a la filosofía buscando esa libertad estoica. El antiguo esclavo, que se supone que sabe lo que es no ser libre, afirma que la auténtica libertad no es la que se da por manumisión, sino la que confiere el estoicismo, la verdadera libertad. En ambos casos, el del emperador y el esclavo, vemos que la libertad reside en desembarazarse de los bienes aparentes que las convenciones sociales y políticas o económicas nos imponen.
Sin duda, el propio Marco Aurelio sabía que no era tan libre como hubiera deseado, sometido a la carga de la púrpura imperial. En cambio, sí que se daría cuenta de que su admirado Epicteto, cojo, humilde y solitario, podía ser más libre que los ricos y poderosos. Quedaba clara la lección estoica: solo la razón nos hace libres, o más bien entender cuál es esa razón, global y particular, y dejarnos guiar la vida por ella. En el año 176, Marco Aurelio, persuadido de que la filosofía era un bien público y el único quizá capaz de hacernos libres y salvarnos, estableció cuatro cátedras de filosofía en Atenas, de las cuatro grandes escuelas, una de ellas estoica.
Marco Aurelio advierte contra la erudición vacía: «deja estar los libros». La filosofía antigua no era una asignatura. Era una forma de vida. El riesgo de hoy es quedarse en el conocimiento estéril sin pasar a la práctica
Un manual de vida en tiempos de transformación
Deberíamos reflexionar más sobre ambas figuras en comparación, pero habrá que dejarlo para otra ocasión. Epicteto (55–135) y Marco Aurelio (121-180) están indisolublemente unidos en el panorama del estoicismo romano. Epicteto es característico porque, frente a Séneca o Marco Aurelio él solo fue lo que quiso ser, simplemente un maestro de filosofía que resultó una figura inspiradora para Marco Aurelio, el emperador estoico, que fue casi su contemporáneo, más joven. Aunque no sabemos que recibiera directamente enseñanzas filosóficas de Epicteto, lo cita como inspiración desde que se dedicó al estoicismo en 132, con las lecciones de Quinto Junio Rústico y recibió sus escritos.
Muchas veces los maestros más inolvidables son los más humildes, los que menos han leído. Muchas veces te encuentras con revelaciones inesperadas al leer a los autores clásicos, con esos maestros que, por una parte, han estado en la erudición, han estado en la escritura, pero dicen lo que dicen como cosas desnudas y fáciles de entender. Me gusta escribir así para este texto: creo que hay que cultivar esta escuela. Y me gusta la traducción porque hay muchos autores que se dedican a comentar, a escribir libros sobre estoicismo, pero yo creo que debemos simplemente frecuentar a los buenos y viejos maestros. Y esa frase de Marco Aurelio, cuando dice «deja los libros», se me antoja esencial: anima a vivir, a aprender, a enseñar. A una filosofía muy vital y pragmática. Pienso que muchas veces vale más que un doctorado en filosofía.
El libro de Marco Aurelio no es como quizá esperaríamos un diario político o de guerra, sino que son los pensamientos acerca de la vida, de la muerte, del sentido de las cosas, de por qué y cómo tenemos que afrontar la adversidad, de por qué tenemos que cumplir nuestra misión. En fin, hay una o dos referencias a su labor política, por supuesto, y referencias a su familia. Se ha convertido, como una especie de casi manual de vida para muchos. Porque es una especie de libro —no sabemos cómo llamarlo muy bien— que, además, está escrito de una manera tan peculiar que casi es como si lo estuviéramos pensando nosotros o dialogando nosotros dentro; una especie de doble voz diciendo: «¿cómo puedo hacer esto?» «No voy a poder». «Sí, tienes que hacer tal cosa». «piensa esto… recuerda lo otro… tenlo a mano». Es un libro único, me parece, en la literatura antigua, y por eso en el campo de la literatura griega y en el campo de los clásicos, y de los clásicos filosóficos, es el más singular, por lo que no extraña para nada el éxito que ha tenido y que lleva ya muchos siglos.
Tanto las Meditaciones de Marco Aurelio como el Encheiridion de Epicteto son textos breves, precisos y desprovistos de artificio. Epicteto no escribió, Marco no quiso que lo leyéramos, pero ambos libros han llegado a nosotros con un mensaje que todavía resuena
Las «Meditaciones» en su contexto histórico
Las Meditaciones parecen indicar que Marco Aurelio es consciente del tiempo en el que está viviendo, de los cambios que se producen a su alrededor: se puede intuir una gran transformación. Digamos que él se repliega, eleva su pensamiento —a veces parece que lo eleva y lo ve todo desde arriba— y, luego, a la vez, se expande desde su baluarte interior y evalúa lo que está pasando, más desde su papel de ser humano que desde su cargo de emperador: «El intelecto libre de pasiones es como una ciudadela…. Nada más robusto posee el ser humano en donde refugiarse y quedarse a salvo por el resto de sus días. El que no ha visto esto claro es un ignorante y el que lo ha visto y no toma refugio es un desdichado» (libro X de las Meditaciones, epígrafe 48).
Marco Aurelio es solo un hombre que se habla a sí mismo sobre la manera en la que conviene ser hombre, cómo conviene afrontar la vida, la acción, la inacción y la muerte: se ve el engarce estoico entre lo individual frente a todo este fresco universal —y su concreción histórica que muy rápidamente hemos esbozado—, por lo que nos llama y nos reclama a cada uno de nosotros con la urgencia de la pregunta «¿qué hacer?» Cada uno de nosotros, en nuestro fuero interno, frente a lo que está pasando, sea lo que fuere, ha de cumplir su misión en el engranaje cósmico, en ese doble movimiento, centrífugo y centrípeto, de meditación y colaboración, de repliegue y expansión. Y eso es lo que más interesa hoy, según creo, de su libro para el mundo en el que vivimos.
Brevemente, hay una conciencia de la finitud muy clara. Habla muy a menudo de la historia, de los antiguos —la corte de Adriano ya pasó— con el tópico este del ubi sunt: ¿dónde quedaron aquellos tan famosos, tan ricos, tan poderosos? Constantemente Marco Aurelio habla de la muerte, del paso del tiempo, de las edades, de cómo todo es lo mismo y se repite, y de cómo ponemos mucho énfasis en cosas que son perecederas y que, desnudas de su valoración social, no son nada…
«Así como puedes obtener una imagen mental sobre los manjares y comidas similares —este es un pez muerto, aquel un pájaro muerto o un cerdo; de nuevo, el Falerno es solo jugo de uva y la púrpura que te envuelve es lana de una oveja empapada con la sangre de un molusco; todo el asunto de la unión sexual no es más que frotar un órgano y, después de cierto espasmo, el derramamiento de un pequeño líquido—, pues de la misma manera, tal y como son estas imágenes mentales que se producen a partir de tales cosas, se puede penetrar a través de ellas de forma que nos permita ver cómo son en realidad. De la misma manera conviene hacer en todos los asuntos de la vida y figurarse de tal guisa las cosas más dignas de crédito, desnudándolas totalmente para contemplarlas en su sencillez y levantar la literatura con la que se las reviste» (Meditaciones, libro VI, epígrafe 13).
Nadie se acuerda ya de los ricos de la época de Adriano o de la corte que tenía. Nadie de la de César. Están todos muertos ya y sus bienes extinguidos. «Mira bien que no te vayas a ‘cesarizar’. No te manches» (Meditaciones, libro VI, epígrafe 30). ¿Quién sabe por qué dedicamos tanto tiempo y tanta atención y tanto dinero a cosas que son una parte y, además, efímera y banal, descuidamos todo lo demás, incluida la vida interior?
Las Meditaciones no son un diario político, son pensamientos sobre la vida, la muerte y el sentido. Su doble voz interna lo convierte en un manual único para afrontar la adversidad
La aceptación del cambio y la justicia según naturaleza
Lo efímero lo gobierna todo, y, por tanto, determina lo que tenemos que hacer, sin pensar en la posteridad: en eso se diferencia bastante de Séneca, que creía en la importancia de dejar un legado escrito. Para Marco Aurelio, tan absurdo es querer que conozcan lo que pensabas las generaciones posteriores, siglos después, como que lo hubieran hecho las generaciones anteriores, siglos antes. La misión no tiene que ver con la perduración: sabemos poco y tenemos poco que enseñar, pero muy importante. Hay una visión histórica en las Meditaciones —cómo fue el mundo pasado, qué está pasando ahora, que es un mundo más complicado—, pero también cómo todo problema lo prevé y lo soluciona la razón universal a través del ciclo de vida y muerte, de formación y disolución, en fin. Por eso hay que relativizar todo y darse cuenta de lo verdaderamente importante.
En un pasaje conocido nos dice que: «Esta es la maldad, es lo que has visto tantas veces». Y nos anima a tener siempre a mano, en todo lo que pueda suceder, «que esto es lo que tantas veces viste, enteramente de cabo a rabo. Encontrarás siempre las mismas cosas de las cuales están hechas las historias antiguas, las medias y las recientes». En otro pasaje célebre, al que ya he aludido, ve la turbulencia de este mundo convulso como «vanidad de desfiles, dramas en escena, rebaños, ganados, combates…»
Esto es lo que somos nosotros. Quiere decir que todo esto, estas guerras —no en vano está en el frente, viendo a soldados despedazarse unos a otros— no son más importantes que las de las hormigas. Es tan relevante, o irrelevante, todo. Es parte de una razón superior. A veces, dirá también, el sentido de las cosas no se nos alcanza: pero ha de ser bueno porque, en otra paráfrasis de su libro, igual que las abejas en las colmenas, nosotros estamos hechos para colaborar —hay una dimensión social muy importante— y lo que es bueno para la colmena, lo es para la abeja.
Es decir, es consciente del gran escenario cambiante y problemático, y lo relativiza, quitándole importancia, enmarcándolo en la filosofía estoica. Tal es el tono con el que se habla a sí mismo, entre sus miedos, para aliviar el temor a lo que está pasando, en el proceso de transformación colectiva e individual que todos experimentamos en la vida. En el libro VII de las Meditaciones—epígrafe 18 concretamente— nos pregunta si teme alguien el cambio: «¿Se teme el cambio? ¿Y qué puede producirse sin cambio? ¿Existe algo más querido y familiar a la naturaleza del conjunto universal? ¿Podrías tú mismo lavarte con agua caliente, si la leña no se transformara? ¿Podrías nutrirte, si no se transformaran los alimentos?».
En efecto, vamos a cambiar, a morir, el cuerpo se va a convertir en otro tipo de materia. Si no lo aceptamos estaremos en permanente desasosiego, en la falta de un centro estable: por eso hay que vivir en el cambio y saber replegarse. El mismo Marco Aurelio está entre el maestro y el discípulo: como diría Epicteto, está «progresando». Muestra una actitud dubitativa, una pura impresión de un ser humano ante un mundo cambiante que tiene miedo y duda. Una parte de él no se cree capaz de asumir su misión, de poder morir o aceptar que sus hijos mueran y su mundo se acabe, que el imperio sufra daños, que sus súbditos sufran. Pero otra parte, a modo de maestro interior, le dice «No tengas miedo al cambio» o «entiende que esto tiene que ver con una razón universal que lo conecta a todo». También, desde el punto de vista social, incluso los enemigos tienen un sentido.
Marco Aurelio se repliega en su baluarte interior —«el intelecto libre de pasiones es como una ciudadela»— para evaluar lo que sucede. El doble movimiento de repliegue y expansión, de meditación y colaboración, define su filosofía práctica
Justicia, naturaleza y comprensión del otro
Hay algunas críticas muy difundidas al estoicismo que se ve en las Meditaciones por parte del materialismo epicúreo o posterior, desde el marxismo también en adelante, y es la acusación de elitismo y conformismo, o de ser una filosofía para el poder (recordamos la renuncia epicúrea a la política). También puede parecerse, o puede confundirse, con el fatalismo, e incluso con la indiferencia hacia la realidad, hacia lo que pueda ocurrir, que puede conducir a la resignación.
Recordemos que el estoicismo es una filosofía antigua y muy completa, con un sistema coherente, que reconoce a Sócrates como precursor y que, desde la Stoa Poikile con Zenón de Citio, explica el cosmos, la physis, la gnoseología, la política, la sociedad… Hay un estoicismo antiguo y medio y luego está el tardío, como el de Marco Aurelio, más centrado en la ética y en el «qué hacer» y «cómo vivir». También a Séneca y Epicteto se les reprocha esta presunta indiferencia excesiva al sufrimiento. Pero no hay que olvidar que es una filosofía pensada como medio para intentar buscar la calma, la imperturbabilidad y la serenidad. Lo que pasa es que, en la época romana, va a tener un éxito tal que se va a conformar como la corriente ético-filosófica por excelencia de gran parte del mundo imperial romano y tardío. Es una manera de estar en el mundo que se entiende muy bien, simplificada en una ética básica, que será asumida como cosmovisión o sistema cultural, político y moral fuera de las escuelas filosóficas en la sociedad general.
«Recuerda que es vergonzoso extrañarse de que la higuera produzca higos. Asimismo, lo es con los frutos que produce el mundo. También sería vergonzoso para un médico o un piloto extrañarse si alguien tiene fiebre o si sopla un viento adverso» (Meditaciones, libro VIII, parte 15).
Pero es cierto que, en nuestras vidas, hay que tender a la justicia en la práctica cotidiana de la virtud: lo que se logre o no, es algo que a lo mejor no se nos alcanza. Solo importa pensar que, en lo que esté en mi mano, yo tengo que actuar para cuidar de mis semejantes, hacerlos mejores, comprenderlos, perdonarlos. Por ejemplo, en el libro VII de las Meditaciones también, se dice:
«Propio es del hombre amar incluso a los que yerran. Y eso es posible si reparas en que son tus semejantes, que por ignorancia o mal de su grado se equivocan, y que en breve unos y otros moriréis. Pero, ante todo, nada te daña, nada te puede dañar, pues no hace tu principio rector peor de lo que era».
Para Marco Aurelio, lo efímero determina lo que debemos hacer, sin pensar en la posteridad. La razón universal prevé y soluciona todo a través del ciclo de formación y disolución. El cambio es esencial para la naturaleza: sin él, nada puede suceder. Marco está «progresando» entre el miedo y la aceptación, entre el discípulo que duda y el maestro interior que le recuerda abrazar el cambio. Incluso los enemigos tienen sentido en el orden cósmico.
El filósofo estoico se da cuenta de que tiene que seguir una voz interior que es el principio rector que tenemos cada uno. El principio rector o hegemonikón, es conforme a naturaleza. La idea es, más allá de la justicia de cada uno, hay que vivir según kata physin, según la naturaleza, que es justicia universal. Y cuando resulte difícil descubrir cuál es esa vida según la naturaleza, se debe escuchar al principio rector. En el libro II de las Meditaciones está el famoso comienzo que reza:
«Di para ti mismo por la mañana: Hoy me encontraré con un metomentodo, un ingrato, un injuriador, un traicionero, un envidioso, un insociable. Todo eso les ha ocurrido por ignorancia de los bienes y los males. Pero yo, que he contemplado la naturaleza del bien, que es lo bello, y la del mal, que es lo feo, y también la naturaleza del que está equivocado, que es mi pariente —no por ser de la misma sangre y semilla, sino hermano por el intelecto y la participación en la divina partícula—, ni puedo ser dañado por ninguno de ellos, pues nadie me involucrará en algo que es vergonzoso, ni tampoco puedo encolerizarme con mi prójimo o enemistarme con él, porque estamos hechos para colaborar como pies, como manos, como párpados, como las hileras de los dientes de arriba y abajo».
O sea, lo justo es vivir según naturaleza, lo que también implica que ames a tus enemigos, que los perdones, que los quieras. Es un aspecto en el que a veces se toca con el cristianismo, el tema de esta comprensión global. Seguir la vida según naturaleza, cumplir la misión, claro está, desde el punto de vista tradicional o de otras escuelas, puede provocar muchos problemas o causar críticas como las que se han mencionado.
Pero hay que entenderlo desde el paradigma de un sistema complejo, que realmente Marco Aurelio no llega a esbozar totalmente en las Meditaciones: son pinceladas, pequeños pensamientos sueltos en el marco de una gran filosofía que tenía ya muchos siglos y muchas obras clave, la mayoría de las cuales hemos perdido totalmente: Zenón, Cleantes, Posidonio, Panecio… los grandes estoicos de la época antigua y media escribieron en detalle sobre todas las partes de la filosofía. No podemos exigir coherencia o exhaustividad a Marco Aurelio, que está más interesado en una ética muy centrada en la introspección, en esa comprensión del lenguaje de la naturaleza o del logos universal de forma casi intuitiva, como práctica filosófica y vital. Lo que ocurre es que es que nos falta todo el armazón teórico, porque, al final, lo que estamos leyendo —en fin, lo que explica Marco Aurelio— tiene que ver con un diálogo interno, con un diálogo con uno mismo, un eslabón en la cadena del pensamiento estoico.
La clave de su libro es intentar pensar como él, con la moderna fragmentariedad de nuestro propio mundo e intelecto, reparar en qué pasaría si en efecto pudiéramos descubrir en nuestro interior parte de ese logos universal como individuos pensando consigo mismos, para sí mismos, sobre la filosofía práctica de cada día y su imbricación con la totalidad. Por eso hay que insistir siempre en que las Meditaciones no son un manual o un tratado de ética estoica. Es decir, si buscamos un manual, hemos de ir a otro lado (quizá a Epicteto, para un rápido vademécum). Lo que hace falta es leer y disfrutar con Marco Aurelio, que nos hace pensar sin sistema, pero, paradójicamente, en el marco de un sistema intuido.
Fuente: https://filco.es/
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