¿Cómo vivir según Marco Aurelio?
¿Cómo vivir bien en medio de las obligaciones? Marco Aurelio afrontó esta pregunta desde una posición muy peculiar, la del gobernante de un imperio. Su respuesta no fue política, fue filosófica. En sus «Meditaciones» defiende una vida que combine responsabilidad, atención a los otros y un espacio interior protegido del ruido exterior.
Filosofía como forma de vida
Meditaciones. Sabiduría estoica para vivir mejor, de Marco Aurelio (Zenón ediciones).
Hay un tema antiguo y esencial en la filosofía griega: el de los modos o los géneros de vida. Este tema se traduce en una pregunta fundamental. ¿Cómo combinar la vida activa con la vida contemplativa? La filosofía, en cierto modo, es contemplación, es lo que llaman los griegos theoría. ¿Cómo combinarla con una vida práctica?
Siempre llama la atención que Marco Aurelio no dice ni una palabra sobre su acción política. Lo que sabemos de él lo sabemos por Dión Casio o por la Historia Augusta. Pero la epigrafía, las fuentes literarias, la arqueología y las biografías palidecen cuando uno lee el testimonio de su obra escrita y singular. La novela y el cine lo han recreado como buen emperador. Me gustaría citar una reciente novela de Pablo Montoya, Marco Aurelio y los límites del imperio, que recrea precisamente un diario diferente, en el que Marco Aurelio cuenta su vida privada, sus pensamientos en torno al mundo y su acción de gobierno; o sea, justo lo que no hace en las Meditaciones.
Es curioso, porque tenemos otros emperadores que escriben. Por ejemplo, a Augusto, que escribió las Res Gestae, donde cuenta lo que hizo y sus motivos. Adriano parece que también escribió, y hay muchos otros gobernantes del mundo antiguo que lo hicieron también: desde Solón a Séneca. Emblemático es el caso de Solón en Atenas, que es legislador y político, y también escribe versos donde cuenta, en algunos de ellos, por qué obró así. Marco Aurelio, en cambio, no. Él nos da muestra vital de esa doble perspectiva práctica y contemplativa, pero no considera la política como su verdadera práctica, sino más bien la vida privada e íntimamente humana.
La filosofía antigua no se entendía como una disciplina académica. Es un modo de vivir. En Marco Aurelio, pensar y vivir coinciden, la reflexión filosófica orienta cada gesto cotidiano y se convierte en una práctica constante de formación del carácter
Acción y contemplación: un falso conflicto
Esto es una cosa que podemos aprender de él también: necesitamos la inactividad activa. No todo es el negotium. Necesitamos parar y pensar, ser simplemente seres humanos, porque realmente no es importante que uno sea emperador, como él; o esclavo, como Epicteto; o zapatero; o profesor… O lo que sea. Lo más serio, lo más difícil es ser persona. Esa es la verdadera vida activa, nos viene a decir, aunque siempre desde la contemplación.
Lo crucial, según creo, es la manera en que las Meditaciones nos siguen interpelando hoy día en ese sentido: nos convencen de la necesidad de seguir planteándonos las grandes cuestiones, que son las mismas desde hace milenios, desde un fuero interno que esté un poco resguardado del torbellino exterior. El debate antiguo de la combinación entre teoría y práctica, esto es, el debate sobre las formas de vida, se centra, por supuesto, en cómo es mejor vivir y, en segundo lugar, en cómo es mejor educar. Por un lado, el bios praktikos, la vida práctica, hacer cosas; por otro, el bios theoretikos, la vida contemplativa.
Lo crucial es entender, como hizo Marco Aurelio y los antiguos estoicos, que no podemos demorar el ejercicio de la filosofía en nuestra cotidianidad ni relegarla en nuestra teoría a una mera disciplina más, como la química o el latín. Es la manera de vivir con dignidad, de pasar nuestro tiempo sobre la tierra como verdaderas personas conscientes, no solo trabajando o disfrutando de tiempo libre, sino en ese otium cum dignitate que defendían los pensadores romanos. El problema se acentúa incluso más en nuestro mundo actual, con el uso de las pantallas, de los móviles y la inteligencia artificial. La vida filosófica y la creatividad son más imperativas que nunca.
Marco Aurelio encarna la tensión clásica entre vida activa y vida contemplativa. Lejos de oponerlas, muestra que la acción solo es justa cuando nace de la reflexión y que la contemplación auténtica no evade el mundo. Nos prepara para habitarlo mejor
Vivir bien y vivir correctamente
No voy a extenderme mucho más, pero me gustaría recordar las dos recetas estoicas básicas de Marco Aurelio, las que le prescribe su yo profesoral a su yo de alumno imperfecto que quiere progresar (como somos todos): cumple con tu misión y retírate en ti mismo. Es crucial dedicar tiempo a la meditación. En otro lugar del libro VIII de las Meditaciones dice: «Excava dentro de ti. Dentro está la fuente del bien y siempre puede fluir si siempre continúas excavando». Otro pasaje insiste del libro VII: «Recógete en ti mismo. El principio rector posee una naturaleza tal que se basta a sí mismo cuando hace las cosas justas y, al hacerlas, encuentra en ellas su paz». Esto es clave para la noción estoica de la autosuficiencia, la serenidad y la felicidad.
Pero seguramente no debemos hablar de felicidad, sino de la «vida buena» o la «buena vida», que es lo que dicen los antiguos. La filosofía helenística se centra en esa expresión del «vivir bien». Y a la pregunta de qué es la buena vida, claro, hay que darle respuesta desde la parte práctica y desde la parte teórica, contemplativa, a la par. Me he negado a hablar de la felicidad porque los griegos no hablan de ella (es más bien una raíz latina de felix), sino que hablan de eudaimonía, que es literalmente «tener un buen genio», o más comúnmente, eu zen, que es el «vivir bien».
Cuando se dice de alguien que «vive bien» o «tiene una buena vida», básicamente se dice en dos sentidos. Primero, que vive o disfruta de la vida, que tiene una buena vida, lo que implica disfrutar con el cuerpo y el espíritu, comer bien, tener una vida saludable, divertirse, gozar de placeres de todo tipo y compartirlos. Y luego hay otro sentido muy interesante de «vivir bien» que me gusta recordar: es el matiz moral de «vivir correctamente». Si se dice de alguien que «vive bien» o «tiene una buena vida», uno no se lo puede imaginar traicionando a sus amigos, pegando a sus hijos o a su pareja, o robando o engañando. En suma, que también «vive bien» porque vive correctamente.
«Bien» se da en el sentido de que uno lo pasa bien, está bien con uno mismo y con los demás, pero también de que hace lo que es correcto. La parte de «lo que es correcto» es crucial. En cuanto a lo primero, hay aspectos más corporales y básicos: necesidades de alimentación, de vestido, de calor, en fin, aspectos muy sencillos de entender que empiezan por la nutrición, por el comer bien, por el moverse bien, tener una vida saludable, hacer ejercicio, etc. Luego se pasa a la parte espiritual, podríamos decir intelectual, de que para alcanzar una plenitud humana en lo físico y en lo espiritual hace falta cultivarse en cuanto a la razón, y hacerlo en lo individual —poder estar bien con uno mismo— y luego también en lo colectivo —estar bien con los demás—, porque el ser humano vive en sociedad.
Eso enlaza con «lo correcto»: para estar bien con los demás se necesita la parte ética de obrar con justicia y en relación armónica con los demás y con la naturaleza. Hay que ser un buen hijo, marido, amigo, compañero de trabajo… Y, por ende, buen ciudadano, buen jefe, buen empleado, buen ser vivo. Cumplir con esas misiones que el ser humano posee en los diversos planos.
La «buena vida» no se reduce al disfrute, ni tampoco a la mera obediencia moral. Vivir bien implica bienestar corporal y espiritual, pero también justicia, coherencia y cuidado de los otros
«Otium», «negotium» y el valor del tiempo
Me interesa también la admiración de Marco Aurelio hacia los epicúreos, aunque sea la escuela rival. Cita con admiración el pensamiento de Epicuro, con el que está de acuerdo en muchas cosas, por ejemplo, en esa idea del vivir según la naturaleza. Claro que el desacuerdo fundamental está en si todo tiene sentido o nada tiene sentido. Aunque todo parezca producto de un azar —nuestra vida, el universo—, aunque seamos materialistas, ateos, y creamos que nada tiene sentido, hay que buscar un orden: ahí hay una lección del epicureísmo.
Marco Aurelio resume algunos de sus puntos de vista y se compara con los epicúreos. O todo es un conglomerado de átomos juntado por azar y sin sentido, o hay unas reglas, unos patrones, un sentido y una razón. Aunque para él quede claro que es la naturaleza la que está fundada sobre esa razón, también expresa su respeto y admiración por Epicuro y su sistema, y por su ejemplo personal como alguien que supo vivir, enseñar y morir como debía.
Marco Aurelio insiste mucho, y me gusta mucho recordarlo, en la perspectiva social, lo que viene a refutar algunas críticas que se han mencionado antes, por ejemplo, marxistas, que acusan al estoicismo de ser una filosofía muy elitista y conformista y que defiende que uno se ha de conformar con lo que tiene o aceptar lo que le viene dado. Esto no es tanto así porque siempre hay que estar pensando en cómo es el engranaje con los demás. Y Marco Aurelio está pensando en los otros, en sus parientes, sí, pero también en sus súbditos, en sus esclavos e incluso en los bárbaros. Entonces, el cuidado de uno mismo también empieza por el cuidado de los demás. Y eso es una parte también muy importante de vivir bien, tanto correctamente como buena vida. ¿Cómo podemos vivir bien sin esa faceta? Es una perspectiva fundamental.
Y ahí está de nuevo el tema de qué hacer con nuestra vida. Desde el punto de vista antiguo, el debate es entre otium y negotium (o, por decirlo en griego, entre scholé y ascholía): para ser una buena persona tienes una parte importante que es el trabajo, pero eso no lo es todo. Es una parte, importante, es verdad, pero no es todo. Eso es una parte muy pequeña de lo que importa. Luego hay otra parte que es mucho más vital y que es todo lo demás: eso es lo que los antiguos romanos llamaban el otium, que no tiene nada que ver con lo que hoy pensamos que es el ocio.
En suma, la filosofía antigua, como Marco Aurelio, te enseña qué hacer con el resto de ti, que es mucho. Y si lo reduces a una apariencia, a un fenómeno, podríamos decir, en vez de ir a la esencia, a las múltiples esencias que uno tiene —sus varias personae—, la deseable conjunción entre vida activa y contemplativa se pierde y nos vemos reducidos a un espejismo, a un vivir sin autenticidad. La personalidad, individual y social, hay que cultivarla de tal manera que — y así nos decían los antiguos— el trabajo sea una parte muy mínima de nuestra persona. El trabajo es más bien un personaje que nos construimos, la negación de algo natural. El trabajo se dice negotium, la negación del otium, y en griego ascholía, con la alfa privativa que quita lo natural, que es la scholé, ese «todo lo demás», que es también la «escuela», estar donde realmente importa.
Tal es el estado natural del ser humano: huelga decir que no es un ocio malentendido en el sentido moderno o en aspectos pasivos (aludía antes, con un juego etimológico de palabras, que del «ocio» griego, esa scholé clásica, se engendró la palabra latina schola y luego la española «escuela»), sino el ocio como tiempo libre que dedicas a todo lo que no es producir para alimentarte o ganarte la vida. Ese ocio de bien, ciertamente, incluye filosofía, música, deporte, política, vida social, vida personal, meditación… En fin, todo eso y mucho más, sobre todo en el plano espiritual, cultural y creativo.
Frente a la obsesión moderna por la productividad, Marco Aurelio reivindica el otium como tiempo esencial. No se trata de ocio pasivo, sino de un espacio para la reflexión, la amistad y la creatividad
Cuidarse a uno mismo es cuidar a los demás
Ahí están instituciones socioeducativas básicas para todas las escuelas de filosofía antigua, tales como el simposio. Este, el banquete, es una institución amistosa fundamental para ese aprendizaje básico de estar con camaradas no solo comiendo o bebiendo, de modo festivo, sino sobre todo de modo creativo y estimulante. Frente al mundo antiguo, tenemos en la sociedad actual un problema obsesivo con la productividad: queremos estar todo el tiempo produciendo réditos económicos, pero las Meditaciones nos recuerdan que hay otro tipo de riqueza que solo se puede producir quedándonos inactivos. En la inactividad aparente está la única posibilidad de escuchar —en nuestro interior o reverberada en los demás— la voz del logos estoico, de la razón del universo. Es la única manera de crear personas mejores, de ser más felices, de alcanzar lo que no me gusta definir como felicidad, sino más bien como plenitud humana. Y eso es también una lección que podemos extraer de la figura y la obra de nuestro Marco Aurelio.
Hay que trabajar, obviamente, pero es lo accidental, no lo esencial. En la carrera profesional se puede progresar: te ascienden, te mejoran el sueldo, alcanzas la cátedra, la jefatura o la dirección, etc. Y vas notando una progresión… Pero ¿cómo se progresa como amigo o como padre? ¿Cómo se pasa a otro nivel de lector, escritor, pensador o meditador? Ahí está Marco Aurelio luchando consigo mismo, creyendo que no puede lograrlo y animándose a intentarlo de nuevo, y por supuesto Epicteto con su idea de «quien progresa» (ho prokoptōn).
Ciertamente, el progreso personal o filosófico no se puede medir, no es mensurable ni cuantificable, seguramente porque toca aspectos esenciales, no accidentales. Lo accidental es lo que hemos dado en concebir como mensurable, en una construcción mental, una phantasia forzada por la opinión ajena y la convención social. En cambio, en lo esencial hay que trabajar la presencia, la lentitud, la compasión, la paciencia, que es todo lo que nos hace mejores individuos y miembros de una comunidad. No cultivando una gratificación inmediata, que se ve muy evidente en una carrera política, profesional o militar, sino mirando lo inmaterial podemos capturar la esencia del tiempo de calidad dedicado a la vida contemplativa y recogida en la meditación filosófica.
Pensemos en la cantidad de tiempo, dinero o atención que dedicamos a promocionar ciertas vertientes nuestras. Para Marco Aurelio —o para Epicteto— es todo vano: no importa ese juicio externo; es lo que de ti depende, el dedicar más tiempo, y el de más calidad, a uno mismo, a la conversación cálida y sincera con uno mismo —y con esos otros yoes que son los amigos— y a pensar de verdad, abstraídos del ruido y de los reclamos circunstantes. Pero hoy invertimos poco en lo más importante: el eu zen o vivir bien. ¿Cuánto tiempo empleamos en estar solos con nosotros mismos?
Un libro reciente de Byung-Chul Han (Vida contemplativa) lo recuerda. Ese libro es un elogio de la inactividad fecunda. No muy diferente es lo que hace Marco Aurelio: hablar consigo mismo, con esa doble voz. Una parte de ti es un desastre, pero la otra sabe bien lo que tienes que hacer, tanto en el nivel físico, como alimenticio, como amoroso y, por supuesto, en el filosófico.
Lo ideal sería que no hubiera diferencia entre ocio y ocupación, acción y contemplación, y que cada día fuera un día especial e intenso, y que se pudieran tocar todos esos palos. Eso sería lo ideal. Marco lo dice con una idea muy poderosa: vivir cada día como si fuera el último que vas a vivir. Lo dicen varios pensadores y poetas, como Horacio, que es más epicúreo que estoico, en un precioso verso: Omnem crede diem tibi diluxisse supremum / grata superueniet, quae non sperabitur hora («Piensa que cada día que amanece para ti es el último, / y así te será más grata la hora que viene»). Otra idea clave es que nada te va a suceder contra la razón de la naturaleza. Y contra la razón de la naturaleza nada malo puede sucederte:
«Cuando te disgustes por algo, es que has olvidado que todas las cosas suceden según la naturaleza global, y que el error ajeno es propio del que lo hace y que todo lo que sucede ha sucedido siempre y sucederá, y también ahora por todas partes sucede, y que el parentesco del ser humano hacia todo el género humano es enorme. Pues no es una comunidad de sangre o de semilla, sino de intelecto. Te ha pasado inadvertido también que el intelecto de cada cual es un dios y ha emanado de allí. Y también qué nada es privativo de ninguno, sino que incluso el hijo, el cuerpo y también el alma provienen de allí. Y que todo es juicio. Y que cada cual vive solo el presente y que esto es lo único que pierde». (libro XII de las Meditaciones, epígrafe 26)
Podríamos seguir así hasta el final, en esas variaciones de los mismos temas del estoicismo de Marco Aurelio. En las Meditaciones, ciertamente, se constata el poder casi mágico de la repetición para la filosofía. Van y vienen las mismas ideas una y otra vez: los problemas con el prójimo, lo importante que es el otium de bien, la ciudad interior, y toda esa colección de imperativos («recuerda», «piensa», «ten a mano») que nos hacen tan cercano el texto. Nos quedamos con esa idea para finalizar. No es su libro otra cosa que un vademécum personal dirigido a todos nosotros.
Se ve en esta expresión favorita de Marco Aurelio, procheiron: «ten a mano», «ten presente». Está todo el rato repitiendo este tipo de imperativos que nos aleccionan a considerar nuestro su libro, como si fuéramos parte de ese hilo de pensamiento que no cesa. Por eso en este escrito he querido usar un tono cercano y admonitorio, que trata de imitar de lejos y modestamente su gran no-libro. Porque, «recuerda»: todo esto ya lo sabes. Ese saber ya lo tienes, lo que pasa es que has olvidado por qué no haces bien las cosas.
Menos mal que está ahí la voz de Marco Aurelio para golpearnos y despertarnos de nuevo a lo que ya sabíamos, en el eterno progreso en la meditación filosófica. Yo solo soy su traductor y aquí. En estas líneas he querido glosar muy imperfectamente lo que pensaba el emperador filósofo. En fin, ya sabes, deja estar los libros y ponte a esta labor, parece decirnos en la distancia. Te va la vida en ello.
Fuente: https://filco.es/
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