¿Debemos ser tolerantes con los intolerantes?
Mucho antes que nosotros, esta misma pregunta se la hizo Karl Popper, quien llegó a la conclusión de que la tolerancia ilimitada puede llevar al fin de la propia tolerancia. Y después de él, John Rawls, para el que una sociedad justa debe tolerar también al intolerante. Veamos la postura de cada uno.
Límites (o no) de la tolerancia
¿Un sistema que se dice demócrata debe permitir que personas que discriminan a otras por su raza, su religión, su poder adquisitivo, su sexo o su condición actúen libremente y difundan sus ideas? ¿Una sociedad que quiere ser inclusiva puede aceptar a los no tolerantes, a quien rechaza al diferente? ¿Puede una democracia dar cabida a un pensamiento no democrático? ¿Está en su esencia y razón de ser? ¿O va contra los cimientos de su estructura?
¿Un mundo abierto y plural ha de admitir todo y a todos? ¿Debe haber límites? Y si los hubiera, ¿dónde se situarían? ¿Todas las opiniones, argumentaciones y convicciones son respetables? ¿Quién decide qué es tolerable y qué es intolerable? ¿Dónde debe estar la frontera entre la tolerancia y la intolerancia? ¿Qué puede y debe aceptarse y qué no? ¿Debemos tolerar al intolerante?
La Real Academia Española define la tolerancia como el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. Yo opino A, tú opinas Z; ambos toleramos la idea del otro para que nosotros y nuestras ideas A y Z puedan convivir en un mismo espacio-tiempo y, además, lo hagan en armonía.
Pero qué ocurre si mi teoría A implica el derecho universal, de todos y cada uno, a ser como somos y tu teoría Z defiende que quienes opinen A no deben tener cabida en esta sociedad, hay que castigarlos, apartarlos. ¿Debo aceptarte aun sabiendo que, si tu creencia se hace fuerte y mayoritaria, yo no podré tener voz, no podré vivir libremente y, en el peor de los casos, no podré siquiera existir? ¿Este peligro está por encima de mi idea de un mundo en el que todos quepamos? ¿O la misma idea A de dar cabida a todos no puede ponerse en riesgo bajo ningún concepto?
¿Una sociedad que quiere ser inclusiva puede aceptar a quien rechaza al diferente? ¿Puede una democracia dar cabida a un pensamiento no democrático? ¿Está en su esencia y razón de ser? ¿O va contra los cimientos de su estructura?
No: la paradoja de Karl Popper
Parece un trabalenguas, pero no lo es. Para el filósofo Karl Popper (1902-1994), de familia de origen judío, austriaco —nacido en Viena— posteriormente nacionalizado británico, si una sociedad es absolutamente tolerante, sin límite en su tolerancia, la intolerancia de los intolerantes puede acabar con su tolerancia. Es decir, la virtud misma puede ser su propio verdugo, la causa de su destrucción. Así que el pensador concluye que para defender la tolerancia hay que ser intolerante con la intolerancia. Esta es la conocida como «paradoja de Popper».
El filósofo la expone en La sociedad abierta y sus enemigos, su obra de teoría política más conocida. En este libro analiza las características de la sociedad democrática, la «sociedad abierta», aquella en la que los ciudadanos pueden ejercer sus facultades críticas con libertad. Establece dos sistemas de gobierno: la democracia, en la que es posible derrocar al gobierno por medio de una votación, sin derramamiento de sangre, y la dictadura, en la que eso es imposible.
Sobre la tolerancia, escribe en sus páginas:
«La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por acusar a todo razonamiento».
En nombre de la defensa de la tolerancia, tendríamos, según Popper, el derecho a no tolerar a los intolerantes, y habríamos de exigir que todo grupo, movimiento o acto que predique la intolerancia se considere fuera de la ley.
Para Popper, si una sociedad es absolutamente tolerante, sin límite en su tolerancia, la intolerancia de los intolerantes puede acabar con su tolerancia
John Rawls: sí, pero…
Profesor de Filosofía moral y Política en universidades como Princeton o Harvard, el filósofo estadounidense John Rawls (1921-2002) contribuyó a la tradición liberal con ideas que querían alcanzar principios sobre los que construir una sociedad justa. Es autor de la obra Teoría de la justicia, un clásico de la filosofía política y del derecho del siglo XX.
Para Rawls, los ciudadanos tienen dos principios: el de igualdad y el de diferencia. El principio de igualdad indica que cada persona ha de tener un derecho igual al más amplio sistema de libertades esenciales, compatible con el máximo de libertad para todos. El principio de diferencia justifica la desigualdad en caso de que resulte provechosa para la generalidad: todos los bienes sociales primarios (libertad, igualdad de oportunidades, riqueza, respeto…) deben ser distribuidos de un modo igual, a menos que una distribución desigual de uno o de todos estos bienes redunde en beneficio de los más desfavorecidos. Rawls defiende que una sociedad que sea realmente justa debe tolerar al intolerante; si no lo hace, se convertiría en una sociedad intolerante y, por tanto, injusta.
El filósofo plantea tres cuestiones. Por un lado, se pregunta si un grupo intolerante tiene derecho a quejarse en caso de que él mismo sufra intolerancia por parte de otros. Y su respuesta es que no… con matices.
En segundo lugar, plantea en qué condiciones los tolerantes tienen derecho a no tolerar a los intolerantes. Para Rawls, los tolerantes podrían actuar contra los intolerantes únicamente si esto es necesario para su propia seguridad, gracias al derecho a la propia conservación.
Rawls defiende que una sociedad que sea realmente justa debe tolerar al intolerante; si no lo hace, se convertiría en una sociedad intolerante y, por tanto, injusta
Por último, Rawls se pregunta con qué fin deberían ejercer su derecho a no tolerarlos y la respuesta que él mismo da es que solo puede hacerse para salvaguardar una constitución justa, no para que los tolerantes impongan su visión.
Rawls defiende que hay que tolerar a los intolerantes siempre que el hecho de tolerarlos no atente contra nuestras libertades y porque las instituciones de una sociedad justa son lo suficientemente fuertes. En Teoría de la justicia escribe:
«La secta intolerante puede ser tan fuerte al principio o puede crecer con tal rapidez que las fuerzas que trabajan en favor de la estabilidad no puedan transformarla. Esta situación presenta un dilema práctico que la filosofía por sí sola no puede resolver».
Fuente: https://filco.es/
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