«El príncipe», un manual para la política moderna
«El príncipe» (1513) es el texto más conocido de Nicolás Maquiavelo, escrito con la intención de recuperar el favor de los Médicis. Lejos de ser un simple manual de consejos para gobernantes, la obra introduce conceptos clave como la «virtù», la fortuna y la autonomía de lo político.
El contexto del libro
La obra El príncipe fue un obsequio que Maquiavelo dedicó a Lorenzo de Médicis con el objetivo de ganarse la gracia del gobernante y abrir la posibilidad de regresar al juego político, aunque es sabido que fracasó en su intento de volver a servir a su querida Florencia natal.
En el libro plasmó tanto los conocimientos y saberes adquiridos tras su desempeño en diferentes cargos políticos como las acciones de los antiguos que había estudiado con detenimiento. La obra está compuesta por veinticinco capítulos breves y puede ser ubicada en la larga tradición de los libros de consejos, textos pensados para enseñar cómo gobernar o comportarse correctamente, aunque es cierto que Maquiavelo se aleja del canon e introduce importantes novedades tanto en los temas abordados como en la manera de argumentar. En cualquier caso, si El príncipe es considerado un escrito clásico lo es porque contiene un conjunto de conceptos políticos nuevos con los que la tradición no dejará de dialogar.
El príncipe tiene veinticinco capítulos breves y se inscribe en la tradición de los manuales de consejos para gobernantes
El príncipe, la «virtù» y la fortuna
«Príncipe» es el nombre que Maquiavelo da al hecho de agrupar el conjunto de fuerzas positivas disponibles en una coyuntura dada a fin de realizar el objetivo fundamental: la creación de una comunidad política. Y «príncipe» es también el nombre de un individuo excepcional, aquel dotado de suficiente virtù para acometer tal empresa en un mundo carente de certezas, rodeado de una atmósfera de inseguridad y en un contexto lleno de riesgos y peligros. Pero el «príncipe» no es un individuo particular, ordinario y mundano, que persigue satisfacer sus necesidades e intereses. Su acción viene definida exclusivamente por su función política, por los fines históricos que persigue: fundar, mantener, consolidar y defender una comunidad política. Como ya dijimos en el artículo sobre lo «maquiavélico», el gobernante no puede atarse a virtudes morales ni a principios generales si el cumplimiento de ello pudiera comportar la puesta en riesgo de la tarea que ha de acometer. El príncipe solo se debe a su virtù política, aquella que le puede permitir llevar a cabo su tarea.
En la obra de Maquiavelo el término «virtù» no tiene una connotación moral ni cristiana referida a las virtudes que habría de cultivar un buen gobernante. Es más, como ya hemos señalado, el cometido del príncipe virtuoso no es el mismo que el del hombre bueno. En el capítulo XVIII de El príncipe escribe: «Él no puede observar todas aquellas cosas por las cuales los hombres son tenidos por buenos, pues a menudo se ve obligado, para conservar su Estado, a actuar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión. Por eso necesita de un ánimo dispuesto a moverse según le exigen los vientos y las variaciones de la fortuna y, como ya dije anteriormente, a no alejarse del bien, si puede, pero a saber entrar en el mal si se ve obligado».
Aunque es difícil encontrar una definición precisa del término «virtù» en su obra, con él suele hacer referencia a la habilidad, la energía y el valor para las grandes acciones políticas; designa la habilidad particular del gobernante, de aquel que sabe cómo actuar para realizar los fines que persigue. Tiene que ver, pues, con la capacidad de imponerse al azar y a las contingencias del destino, así como de reaccionar de manera virtuosa ante las distintas situaciones contingentes que se suceden.
Ahora bien, que la virtù maquiaveliana no sea lo mismo que la virtud moral, entendida en su sentido clásico como virtud individual, no quiere decir que sea su contrario, sino que es de orden diferente. De un gobernante solo se puede decir que tiene virtù a posteriori de la acción emprendida, pues no es una cualidad que pueda ser definida como una característica esencial, propia e inherente de alguien. Y, entonces, ¿cómo se practica la virtù? Para responder a esta cuestión tenemos que recurrir a otro concepto clave, el de fortuna, aún más vago y enigmático que el de «virtù». Si bien Maquiavelo nunca lo define, no deja de aludir a él constantemente. Por fortuna se entienden aquellas fuerzas que exceden la voluntad del individuo, las acciones ciegas que no podemos controlar. El ser humano no puede predeterminar el devenir, no puede prever ni controlar el contenido de imprevisibilidad inherente al mundo social. En El príncipe, Maquiavelo compara a la fortuna con…:
«… un río fatal que, cuando se embravece, inunda las llanuras, echa a tierra los árboles y edificios, quita el terreno de un paraje para llevarle a otro. Cada uno huye a su vista, todos ceden a su furia sin poder resistirla. Sin embargo, por más formidable que sea su naturaleza, no por ello sucede menos que los hombres, cuando están serenos los temporales, pueden tomar precauciones, haciendo diques y explanadas: de modo que cuando crezca de nuevo está forzado a ir por un canal o que su ímpetu no sea tan licencioso ni dañino. Sucede lo mismo con la fortuna: la cual muestra su poder cuando no encuentra una virtù que le resista, y vuelve su ímpetu hacia la parte en que sabe que no hay diques ni otras defensas capaces de detenerla».
En el origen de la sociedad lo que encontramos es la inevitabilidad de la contingencia, la incalculabilidad de lo social, la aleatoriedad y el azar. Razón por la cual carece de sentido recurrir a sistemas generales trascendentes o a leyes morales que traten de encauzar la política. Es un lugar común considerar a Maquiavelo el creador de la ciencia política moderna, en tanto es el primero que autonomiza la política como objeto de estudio. Pero su metodología poco tiene que ver con la sistematización de un método científico: no dibuja un campo empírico desde el que trazar un método inductivo, ni tampoco un conocimiento de tipo hipotético-deductivo. Maquiavelo trató de extraer lecciones de sus experiencias, tanto del desempeño de sus funciones públicas como de su lectura de la tradición clásica y romana, con el objetivo de poder aplicarlas a su realidad social. Sin embargo, en ese ejercicio constante no encontramos preocupación alguna por la cuestión del método.
Así pues, «virtù» y fortuna se componen en la obra de Maquiavelo como dispositivos de producción de subjetividad. El príncipe maquiaveliano está obligado a valerse por su propia capacidad política, sin ayuda de la providencia ni inspiración trascendente. Mide su virtù únicamente por sus logros efectivos ante las contingencias de la fortuna. Siguiendo la metáfora que contiene la cita anterior, podemos decir que si bien las riadas son inevitables —la fortuna—, el príncipe está obligado a construir diques para tratar de controlarla —la virtù—. La virtù es, pues, la capacidad de hacer frente a los golpes de la fortuna, a los impactos de la imprevisibilidad.
La virtù maquiaveliana no designa virtudes morales, designa la habilidad política del gobernante para imponerse a las contingencias. La fortuna representa lo imprevisible, aquello que escapa al control humano
La noción de «stato» y el príncipe nuevo
El florentino fue el primer teórico en utilizar lo stato para designar al organismo político consistente en el acto por el que un hombre o un grupo de hombres impone o mantiene el dominio sobre otros. El fin último de la política consiste en crear o mantener lo stato, esto es, en el arte dello stato, entendido como la técnica o modo de ejercer el poder. No encontrará el lector en la obra de Maquiavelo una acabada teoría del Estado, sino más bien una teoría que contiene elementos técnicos y estratégicos para la creación y el mantenimiento del poder estatal. Sí encontramos, en cambio, una definición mínima de lo que entiende por lo stato: el poder máximo dentro de un territorio que posee y administra un hombre o un grupo de hombres; es el nombre que recibe el poder político organizado. Para encontrar una definición del término más cercana a nuestra concepción contemporánea habrá que esperar hasta las teorías contractualistas del siglo XVII.
Lo stato exige un acto de voluntad; su fundamento reside en un acto de poder. La concepción de lo stato está muy identificada con la figura de los gobernantes, razón por la cual delante de «Estado» casi nunca utiliza el artículo «el» y casi siempre lo acompaña del pronombre posesivo «su» o de la preposición «de», dando cuenta así de una concepción patrimonial del Estado, de principados y repúblicas muy ligados a la figura personal. Con todo, lo stato contiene siempre una polisemia evidente: por un lado, da cuenta de un dominio individual, del poseedor del poder; por otro, designa objetivamente el territorio sometido a ese poder.
El príncipe no versa sobre las repúblicas ya constituidas, sino sobre los principados. Y no sobre los principados que se heredan, sino sobre los que se conquistan. En tal sentido, Maquiavelo distingue entre la labor que ha de realizar el «príncipe nuevo» y la de los «príncipes naturales», aquellos que heredan el poder. La tarea del «príncipe nuevo» está llena de dificultades, de cambios y mutaciones que hacen difícil alcanzar la estabilidad del gobierno, pues se las tiene que ver con un mundo, el del Renacimiento, lleno de cambios e innovaciones.
Las acciones del «príncipe nuevo» están representadas por dos figuras: la del león, referida a la fuerza desnuda, y la del zorro, que expresa la astucia, la capacidad de persuadir, de convencer o engañar. Si bien ambas figuras juegan un papel clave y decisivo a la hora de hacerse con el poder, en último término la figura del zorro es el elemento dominante. El león, siendo un recurso disponible, siempre estará subordinado al zorro, que es quien marca el principio estratégico de la acción política. En cualquier caso, el «príncipe nuevo» ha de lograr que ambas dimensiones, la del león y la del zorro, mantengan una relación de equilibrio.
Maquiavelo utiliza stato para referirse al poder político organizado sobre un territorio, aunque ligado aún a la figura personal del gobernante. La obra distingue entre el «príncipe nuevo» y el «príncipe natural»
Violencia fundadora y construcción del vínculo político
El «príncipe nuevo» es exterior al principado. No existe una relación de pertenencia, natural o jurídica, entre el príncipe y el principado. Ello comporta para él una exigencia: ante la ausencia de un vínculo esencial, ha de establecer un vínculo con el principado, tejer un lazo. Esta relación es constitutivamente frágil, y una doble amenaza constante lo acecha: desde fuera, el principado puede ser atacado o invadido por otros; y desde dentro, el príncipe puede sufrir las alteraciones del pueblo, al no existir un fundamento último por el que hayan de aceptar al nuevo príncipe.
En el establecimiento de ese vínculo, que se tiene que construir porque, insisto, no viene dado, la violencia juega un rol importante. Crear un nuevo orden implica tener que hacer uso de medios extremos, ejemplificado en la figura del león, de la fuerza. De hecho, Maquiavelo advierte del peligro que entrañan los «profetas desarmados», pues podrían llegar a poner en peligro su empresa si no son capaces de usar la violencia cuando la situación lo requiere. Y es que por muy virtuoso que sea un príncipe, por excelente habilidad que tenga para la persuasión, por muy zorro que sea, es posible que en algún momento se encuentre con límites infranqueables que le exijan recurrir al papel de león. En el capítulo XII de El príncipe escribe:
«Los principales fundamentos que tienen todos los Estados, ya sean nuevos, antiguos o mixtos, son las buenas leyes y las buenas armas. Y como no pueden existir buenas leyes donde no existen buenas armas, y donde hay buenas armas conviene que haya buenas leyes, dejaré a un lado el razonar sobre las leyes y hablaré solo de las armas».
En tanto que el principado nuevo exige, en primera instancia, una forma de gobierno excepcional —aquella necesaria para la fundación de un nuevo Estado—, se entiende que Maquiavelo justifique el recurso al uso de la violencia fundadora. Ahora bien, el florentino concibe la violencia como violencia productora, no como un modo de gobierno. La violencia tiene un cariz prepolítico; no pertenece al «arte de la civitas», a la vida civil. Pero la posibilidad del vivere político exige la previa organización de un territorio y el establecimiento de las condiciones de seguridad para su posterior desarrollo. El príncipe que quiere quebrar el orden político anterior y crear uno nuevo no podrá, va de suyo, rehuir su papel de león, el uso de la violencia necesaria en el momento de la fundación. Adviértase la dimensión ética que contiene este planteamiento: la violencia fundadora como condición de la vida cívica.
En este momento fundacional, la soledad del príncipe es la condición necesaria en la que ha de hallarse para acometer tal empresa. Escribe en El príncipe: «es necesario estar solo para fundar una república o reformarla totalmente […] Un único individuo: es necesario que aquel que ha concebido el plan sea el único que proporcione los medios de su ejecución […] una reunión de hombres no es lo apropiado para crear instituciones; ésta no puede abarcar ningún conjunto útil a causa de la diversidad de opiniones».
La soledad absoluta del príncipe en el momento de la fundación es simétrica a la absolutez que caracteriza todo comienzo; es la condición que requiere lo excepcional de su tarea. La concentración absoluta de poder es necesaria para la creación de la arquitectura institucional de la civitas. Debido a la enorme complejidad del momento de la fundación, no es posible atender a la pluralidad de opiniones ni tratar de llegar a consensos. Estar en soledad quiere decir también ser libre para fundar un Estado: para ello precisa detentar todos los poderes.
Este planteamiento abre una pregunta crucial: ¿cómo delimitar el papel del príncipe respecto del papel ejercido por un tirano? Y es que tanto la concentración absoluta del poder en el momento de la fundación como el uso de los medios violentos necesarios para llevarlo a cabo son dimensiones compartidas tanto por un príncipe como por un tirano. Es más, si el orden creado es impuesto por el príncipe al pueblo, ¿cómo puede ser al mismo tiempo un instrumento de su propia libertad, de instauración de la civitas?
Si la figura del príncipe quedase reducida al uso arbitrario de la fuerza en el momento de la creación de un principado, entonces, efectivamente, no sería más que un tirano. Sin embargo, para Maquiavelo solo es fundador de un Estado quien lo dota de ordine [instituciones] y vivere civile e libero [libertad], quien logra crear un orden político duradero. Y es en ese momento cuando el príncipe necesita salir de su soledad y aislamiento, cuando renuncia a los poderes exclusivos que detentaba en el comienzo.
Escribe en El príncipe: «Un único hombre es muy capaz de construir un Estado, pero bien corta sería la duración de ese Estado y de sus leyes si su ejecución quedara en manos de una única persona; el medio de asegurar esa ejecución pasa por confiarla al cuidado y a la custodia de muchos». Así pues, el objetivo de la inicial concentración absoluta del poder es crear las condiciones de seguridad de la civitas y la autolimitación del propio poder del príncipe.
Maquiavelo sabe, pues, que el uso de la fuerza y la violencia es un recurso limitado, y que no es suficiente para lograr fundar una soberanía estable. La relación del príncipe con el pueblo no se puede establecer solo en términos de imposición; también ha de construir una relación de legitimidad y confianza. Dicho en otros términos, no es posible fundar un orden prescindiendo del consentimiento de los gobernados. Y ello porque el príncipe, en el inicio, antes de la fundación, tiene una relación de trascendencia respecto del principado.
Pero el príncipe no se eleva sobre un pueblo cualquiera, genérico, sino sobre el pueblo al que ha logrado convencer, e infundir entusiasmo, de la necesidad de instituir el ordine y leggi [instituciones y ley]. Si la violencia es lo que permite al príncipe, en el comienzo, establecer el vínculo con el principado que va a fundar, el consentimiento será, después, el medio a través del cual establece el vínculo con los gobernados. En la medida en que el príncipe no tiene vínculo previo alguno con el orden que va a fundar, todo depende, y está sujeto, a su propia virtù.
El príncipe necesita concentrar el poder en soledad para crear instituciones, pero debe luego abandonar esa excepción y buscar el consentimiento de los gobernados. Solo así se distingue del tirano
Apariencias, percepción y legitimidad
Hay una dimensión bien fascinante en la obra de Maquiavelo. La manera en que el príncipe establece el vínculo con el pueblo se inscribe en un juego de impresiones y percepciones; una relación entre el poder y las apariencias con el objetivo de crear efectos de opinión. El príncipe siempre habita en una dimensión escénica. El concepto de «apariencia» tiene una importancia decisiva en la práctica política. En el capítulo XVIII de El príncipe escribe que «los hombres, en general, juzgan más por los ojos que por las manos. A todos toca ver […] todos ven lo que pareces, pero pocos tocan quién eres verdaderamente». En el mismo capítulo sostiene que «todo ocurre entre sueños, algo que parece virtud, algo que parece vicio». Y ello porque Maquiavelo considera que los hombres se dejan guiar más fácilmente por lo aparente que por lo real.
Toda la obra El príncipe está llena de reflexiones sobre cómo usar diferentes recursos técnicos para crear un mundo de apariencias. En el capítulo XV dice que el príncipe debe escapar a la mala reputación; en el capítulo VIII sostiene que, para crear una imagen de benignidad, el príncipe debe usar la violencia necesaria en un solo golpe, pero los beneficios que de ella se siguen se tienen que otorgar de forma gradual; en el capítulo XVI advierte que un gobernante debe evitar el odio y el desprecio del pueblo; y en el capítulo XVIII escribe: «parecer clemente, leal, humano e íntegro a serlo de verdad, pues ello nos permite tener el ánimo predispuesto de tal manera que uno pueda fácilmente adoptar la cualidad opuesta en cuanto sea necesario».
Así pues, «si se poseen realmente todas esas cualidades y se las observa en todo momento serán perjudiciales, pero si tan solo se aparenta tenerlas, entonces es cuando resultarán útiles». Una última cita: «no puede, ni tampoco debe, guardar fidelidad a su palabra cuando tal fidelidad se vuelva en contra suya y hayan desaparecido los motivos que determinaron su promesa; además, jamás faltarán a un príncipe razones legítimas para disfrazar la violación de sus promesas».
La razón última por la que el príncipe ha de crear un mundo de apariencias es porque es la mejor manera de asegurar su seguridad una vez que abandona su soledad absoluta. Crear un espacio de apariencia que le permita conseguir autonomía es la manera de habilitar un espacio de seguridad. Y solo después de haber ganado autonomía y autoridad podrá establecer un vínculo con el pueblo. Así se entiende, por ejemplo, su famosa y repetida frase: «es preferible ser temido a ser amado». Y es que si proyecta temor, el príncipe se apoya en «lo que es suyo», en lo que él quiere generar. Si, en cambio, prefiriese ser amado, establecería una relación de dependencia respecto de los afectos de los demás, que son siempre cambiantes y caprichosos. Quedaría sujeto a la volubilidad afectiva del pueblo.
El gobierno se desarrolla en una dimensión escénica. Maquiavelo analiza cómo el príncipe debe gestionar las apariencias para generar autoridad y seguridad
Los dos momentos de la fundación y la relación con los «Discursos»
En la constitución del principado encontramos, pues, dos momentos: el primero es el del comienzo absoluto, que requiere de una soledad radical, realizado por un «solo individuo», y que permite sentar las bases del nuevo orden. El segundo es aquel en que el príncipe nuevo abandona su soledad y pone fin al poder absoluto que se había autoatribuido, con el establecimiento de ordine y leggi a través de la generación de consentimiento. Si el primer momento es el de la excepción, el segundo es el de la duración, el del establecimiento de una república capaz de perdurar en el tiempo. Y es este segundo momento el que tiene relación con los fundamentos y la legitimación del orden político, es decir, con las maneras en que el poder se instituye.
Estos dos momentos, el de la excepción y el de la duración, bien pueden servir para establecer tanto la diferencia como la unidad que existe entre las dos grandes obras de Maquiavelo, El príncipe y los Discursos. La relación entre ambas, tanto temporal como temática, ha sido motivo de larga discusión. Hay quienes consideran que en los Discursos se produjo una suerte de «giro republicano», en la medida en que allí aparece el Maquiavelo republicano que en cierta medida había estado ausente en El príncipe. Sin embargo, considero que la relación entre las dos obras es de complementariedad y que cada una de ellas responde a un objetivo específico e intereses analíticos diferentes. Si El príncipe versa sobre cómo fundar y mantener lo stato, en los Discursos, si bien estos aspectos también continúan presentes, el protagonismo temático lo tiene el desarrollo de la república como la mejor institucionalidad para la creación de la vida libre.
Fuente: https://filco.es/
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