¿Para quién escribió Maquiavelo «El príncipe»?
Dedicó Maquiavelo «El príncipe» a Lorenzo de Médicis, pero eso no significa que lo escribiera para él. Publicar los secretos del poder es, paradójicamente, desarmar a quien lo ejerce. Esta era, al menos, la opinión de Rousseau, Diderot o Gramsci. Ellos pensaban que detrás del manual para gobernantes se esconde un tratado dirigido al pueblo.
¿Un libro para gobernantes?
Una pregunta ha tratado de ser respondida desde hace siglos: ¿para quién escribió Maquiavelo El príncipe? Una primera posibilidad es considerar que fue pensado como un tratado en el que Maquiavelo, observador y estudioso, se propuso reunir conocimientos y experiencias con el objetivo de ofrecer un conjunto de saberes a fin de orientar las acciones de «los grandes hombres». Es decir, El príncipe sería una entre tantas otras obras de la tradición conocida como «libros de consejo».
Pero esta lectura se topa con una evidente paradoja: si el escrito se proponía servir al príncipe y, por tanto, contenía claves que habían de mantenerse a resguardo, en secreto —pues allí había orientaciones y métodos que los gobernantes habían de seguir para gobernar un pueblo—, no se entiende entonces que Maquiavelo decidiese publicarlo, socializarlo, porque al hacerlo desvelaba, y con ello desvalorizaba, un saber que había de permanecer oculto. Es decir, desnudando el funcionamiento del poder, socializando sus mecanismos de funcionamiento, desenmascarando sus procedimientos y artimañas, desarmaba al príncipe.
¿Un libro para nosotros?
¿Cómo pensar esta contradicción? ¿Por qué Maquiavelo hizo público el texto? En 1585, el jurista italiano Alberico Gentili escribió en De legationibus libri tres que Maquiavelo pretendió poner al descubierto todos los secretos de los tiranos ante los ciudadanos: «mientras parecía educar al príncipe, en realidad estaba educando al pueblo».
Maquiavelo El príncipeEl príncipe, de Maquiavelo (Austral).
En un sentido similar se expresó Jean-Jacques Rousseau en El contrato social: «Este hombre [Maquiavelo] no les enseña nada a los tiranos, ellos ya saben muy bien lo que tienen que hacer; al contrario, Maquiavelo instruye a los pueblos acerca de lo que deben tener». Antes, Denis Diderot había escrito en La Enciclopedia que «cuando Maquiavelo escribió su tratado El príncipe es como si hubiera dicho a sus conciudadanos: leed bien esta obra. Si alguna vez aceptáis un amo, será tal y como os lo descubro, ésta es la bestia feroz a la cual os abandonaréis». Por último, reseñamos la hipótesis de lectura de Antonio Gramsci en el texto El príncipe moderno. Apuntes sobre la política de Maquiavelo. Allí sostiene que en el proceso mismo de escritura Maquiavelo se vuelve pueblo.
Nos sumamos al hilo invisible que tejen las reflexiones anteriores para añadir ahora que Maquiavelo hace público El príncipe —y he aquí la otra posibilidad de lectura respecto a la pregunta formulada al inicio, aquella que permite desanudar la paradoja— porque, al mostrar cómo funciona el poder, busca que otra fuerza colectiva se active: el pueblo. Si bien Maquiavelo se dirige en su texto al príncipe, el punto de vista que adopta en su escritura es el del pueblo. No solo descubre y muestra las formas de la dominación, sino que, mostrándolas al pueblo, entiende que puede convocar a la fuerza popular.
Es conocido el ya canónico retrato de Maquiavelo realizado por el manierista Santi di Tito, en el que se muestra al florentino de perfil con una escueta sonrisa. Algunos vieron en ese leve movimiento de la boca la cumbre del cinismo. Creo, por el contrario, que no estamos ante una sonrisa cínica sino irónica: la de quien sabe que ha desnudado al príncipe mientras este creía que había sido arropado con elaborados armazones técnicos y estratégicos.
Al revelar los mecanismos de poder, la paradoja del libro es si es un manual para gobernantes o una advertencia para el pueblo
Maquiavelo y el pueblo
Será en los Discursos donde el pueblo aparezca como la figura fundamental desde el punto de vista de la legitimación del poder político. El pueblo es un actor clave si el gobernante busca obtener un resultado político satisfactorio. Ahora bien, «pueblo» no significa aquí el sujeto que crea soberanía y vela por el cumplimiento de los derechos que detenta. Y ello porque el ordine y leggi no son creación del pueblo sino del príncipe, la figura que da forma a la arquitectura institucional de un orden dado. Es cierto que el pueblo tiene un carácter objetual y que no interviene directamente en el momento de la fundación —recordemos la necesaria soledad del príncipe—, es decir, no es tanto un sujeto activo como pasivo. Pero, entonces, ¿en qué consiste la fuerza del pueblo? ¿Qué papel juega?
Para responder a esta cuestión tenemos que acudir a un pasaje clave del capítulo IX de El príncipe, que encontramos también en el capítulo IV del libro I de los Discursos, y en el que se presentan los elementos fundamentales de la concepción maquiaveliana de la política. Dice así: «en todas las ciudades existen dos tipos de humores; que nacen del hecho de que el pueblo no quiere ser dominado ni oprimido por los grandes y, en cambio, los grandes desean dominar y oprimir al pueblo».
Detengámonos sobre el texto. En primer lugar, una aclaración conceptual. La teoría de los cuatro humores, formulada por diferentes médicos y filósofos griegos y romanos, fue una teoría sobre el cuerpo humano: una explicación médica y filosófica sobre cómo funciona el cuerpo, por qué enfermamos o tenemos determinados temperamentos. La teoría sostiene que el cuerpo humano se compone de cuatro sustancias básicas —bilis negra, bilis, flema y sangre—, y que del equilibrio entre los cuatro humores depende el estado de salud de una persona. De hecho, cualquier enfermedad padecida tendría relación con un déficit o exceso de alguno de estos humores. Cuando Maquiavelo se refiere a «los dos humores», entiende por ello «dos espíritus contrapuestos», es decir, dos disposiciones humanas que reciben indistintamente el nombre de umore [humor], desiderio [deseo] o appetito [apetito].
Todo cuerpo político se construye a partir de esta división originaria de lo social, de la oposición entre los dos humores; el fundamento de la sociedad política reside en el seno de esa división originaria. La oposición entre estos dos deseos es, pues, la «relación esencial» de lo social, un núcleo irreductible que no puede ser descompuesto en algo más primario. Es algo así como el grado cero de la política: un antagonismo inerradicable y constitutivo de lo social.
De la formulación de esta división originaria no se sigue ninguna narrativa de corte contractualista que se pregunte por el origen de lo social, pues se parte de una evidencia: el mundo social está ya dado. De un lado encontramos a los grandes, que quieren comandare e opprimere [dominar y oprimir] al pueblo; del otro, el pueblo, que non vuole essere comandato né oppresso [no quiere ser dominado ni oprimido]. Los grandes quieren acquistare [adquirir] y el pueblo desea mantenere [conservar] lo que tiene.
Tanto el pueblo como los grandes son afectados por los mismos humores, pero de manera distinta. La división originaria de lo social no tiene relación con una supuesta esencia de los grandes y otra del pueblo, es decir, con lo que sería lo propio de los grandes o lo propio del pueblo. Antes bien, se trata de una distinta distribución, y desproporción, del deseo de acquistare y del deseo de mantenere. Es importante atender a la dimensión relacional de los afectos que contiene el texto que estamos analizando, porque Maquiavelo explica la acción humana como el resultado de estos afectos e inscribe el conflicto político en el orden del deseo. Esta doble lógica de las pasiones —desear dominar y no querer ser dominado— explica la forma que adquiere el enfrentamiento político.
El pueblo no funda las leyes, pero encarna el deseo de no ser dominado frente a los grandes. De ese antagonismo originario surge el núcleo irreductible de la política
Las pasiones y lo político
Las pasiones ocupan un lugar central en la concepción maquiaveliana de lo político. Sin embargo, no existe, al modo contractualista de Thomas Hobbes o Jean-Jacques Rousseau, una reflexión de corte antropológico sobre qué sea la naturaleza humana individual y sus características, a partir de las cuales proponer un orden social determinado. Maquiavelo aborda las pasiones como un fenómeno colectivo; y, a diferencia de los contractualistas, no existe una solución «racional» a la naturaleza humana —pensada por fuera del vínculo social— que pueda operar como criterio definitivo para juzgar las diferencias entre distintas formas de organización social.
No existen principios exteriores de justicia con los que construir la sociedad política a partir de lo que la naturaleza humana es, porque no hay una naturaleza humana previa a la inserción del individuo en la sociedad política. El hecho de que los seres humanos estén atravesados por humores distintos no lleva a Maquiavelo a postular la existencia de un estado natural. El punto de partida no es la naturaleza humana sino el vínculo político.
Contrariando aquellas perspectivas que consideraban las pasiones expresión de irracionalismo, Maquiavelo otorga dignidad política a las pasiones en tanto nos permiten comprender el carácter propiamente conflictivo de la política. Es más, son las pasiones las que otorgan al ser humano la fuerza necesaria para sobrevivir en este mundo lleno de amenazas. Los términos más habituales con los que Maquiavelo suele describir las acciones políticas son animo, desiderio, voglia, appetito, umore, passione o ambizione. Este último, de hecho, llega a aparecer más de cien veces a lo largo de toda su obra.
Para Maquiavelo las cosas humanas están en constante movimiento. El mundo es, fundamentalmente, variazione. Ante ello, es vano el intento de pretender detenerlas; solo podemos aspirar a orientarlas. Más aún, no es posible el stare quieto en un mundo siempre en movimiento. Sin embargo, hay algo que no cambia: la mala contentezza [la insatisfacción] del hombre. Una constante atraviesa a los hombres de todas las épocas: son seres insatisfechos. En los Discursos escribe:
«La naturaleza humana ha creado al hombre de tal suerte que todo lo puede desear y no todo conseguir; de modo que, siendo mayor siempre el deseo que los medios de lograrlo, allí nace el descontento [la mala contentezza] de lo que posee y la poca satisfacción de lo que se tiene».
Frente al contractualismo de Thomas Hobbes y Jean-Jacques Rousseau, Nicolás Maquiavelo parte del vínculo político y no de una naturaleza humana previa, sino del vínculo político
¿Una mirada pesimista?
Sería un error deducir de esta reflexión que en Maquiavelo existe algo así como un pesimismo antropológico, una concepción de los hombres como seres malvados por naturaleza. La inalterable naturaleza humana que describe no tiene una connotación moral. Los seres humanos no son ni buenos ni malos por naturaleza; son variables, cambiantes, seres en movimiento e inquietos. Y es por esta condición que a veces pueden cometer actos malignos o benignos según las circunstancias.
Desde esta perspectiva, «pueblo» y «grandes» son dos fuerzas de un entramado de acciones y de una tensión irreductible. Pero no existe simetría posible entre los deseos del pueblo y de los grandes. Ambos participan de los mismos afectos, aun cuando queda claro que los grandes son más insatisfechos. Los «grandes» tienen nombres: nobili, signori, ottimati, ricchi, principali. El «pueblo», en cambio, es un concepto fantasmal, sin nombre: popolo, ignobili, multitudine. El deseo de los grandes tiene un objeto claro: el pueblo. Este, en cambio, no es una entidad positiva y delimitable, sino un deseo sin objeto, un principio de negatividad.
El deseo de los grandes es el del orden del tener; y el del pueblo, el del orden del ser. Por eso el atributo que domina en los grandes es el deseo de adquirir y acaparar sobre el de mantener. El afecto que prima en el pueblo, en cambio, está atravesado por la tranquilidad, la conservación, por un cierto estado de quietud. Ello no quiere decir que el pueblo sea «tranquilo» por definición, sino que produce menos alteraciones que los grandes. Y, cuando las produce, lo que motiva su acción no es el deseo de acaparar sino el de no ser dominado.
En el capítulo V del libro I de los Discursos, se pregunta Maquiavelo: «¿Dónde se resguardará más seguramente la libertad, en el pueblo o en los grandes?». Si la ambición de los grandes no conoce límites, es expansiva y siempre desea más, el pueblo, concluye Maquiavelo, es la parte más estable y constante de la ciudad.
Es la ambición y la avaricia de los grandes lo que termina generando formas de dominación sobre el pueblo. Acerca de la ambición de los grandes escribe en el libro I de los Discursos: «Pasando luego la administración a sus hijos, éstos, que no conocían los cambios de la fortuna, que no habían probado la desgracia y no se sentían satisfechos con la igualdad cívica, se dieron a la avaricia […] sin respeto alguno a la civilidad, se hicieron tan odiosos como el tirano».
El pueblo, por el contrario, quiere vivir libre y, para ello, ha de poner límites a quienes atentan contra su libertad. No es que el pueblo esté constituido por un deseo de libertad esencial e inherente, pero cuando se encuentra en la condición de dominado, prende en él su deseo de libertad, esto es, su deseo de no ser dominado. Si el deseo de los grandes consiste en poseer y adquirir, el deseo del pueblo lo lleva a poner límites a quienes amenazan su libertad.
Para Nicolás Maquiavelo, los seres humanos no somos ni buenos ni malos, somos variables y en movimiento. Mientras los grandes persiguen ambición y acumulación, el pueblo, aunque anónimo, actúa para conservar su libertad y estabilidad frente a la dominación
El pueblo y el deseo de no ser dominado
Si los grandes lograsen llegar a dominar absolutamente, la ley no podría ser fuente de libertad, sino signo de propiedad de los grandes, un instrumento al servicio de la dominación. Pero no solo el pueblo sería objeto de dominación: lo sería la sociedad entera. Si los grandes no encontrasen un límite a su deseo, la ciudad en su conjunto sería sometida. Si los grandes lograran satisfacer su deseo, ello comportaría la destrucción de toda la comunidad. Escribe Maquiavelo en el capítulo VI de los Discursos: «los instintos ambiciosos de los hombres son tales que, si por varias vías y de diversos modos no son combatidos, pronto arruinan el Estado».
Por el contrario, allí donde el pueblo reivindicativo ejerza su deseo de no dominación —es decir, allí donde la avaricia de los grandes encuentre un límite en las luchas del pueblo—, este crea una suerte de dique de contención al deseo de dominación que libera no solo al pueblo en un sentido partitivo, sino también a la ciudad entera. Lo que está en juego entonces no es solamente un bien particular y corporativo, el deseo del pueblo, sino un bien común y universal.
Tal es la potencia que reside en el deseo del pueblo de vivir en libertad: opera virtuosamente protegiendo al conjunto de la comunidad de la destrucción que acarrean los grandes. El pueblo, salvándose a sí mismo, luchando por su propia libertad, libera también a la ciudad entera. Es más, llega incluso a salvar a los grandes de su propia destrucción, que es a lo que les conduciría su apetencia infinita si esta no encontrara ningún freno.
El deseo de no ser dominado del pueblo no es un universal en sí, pero sí tiende a su universalización. El pueblo es il bene dello universale. Podemos decir que es en la negatividad plebeya del pueblo donde reside la fuerza creadora de libertad. Así pues, pueblo se identifica, pero no se confunde, con el universal. Escribe en el capítulo II del libro II de los Discursos: «no es el bien particular, sino el bien común, lo que engrandece a los pueblos». De hecho, en el conjunto de la obra de Maquiavelo, «pueblo» conserva siempre un doble sentido: a veces es referido en su sentido puramente partitivo, como parte específica de la ciudad; otras, a la ciudad entera. Es decir, los términos popolo, multitudine y universale son, a veces, intercambiables.
Fuente: https://filco.es/
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