martes, 3 de marzo de 2026

MAQUIAVELO

República, pasiones y libertad en Maquiavelo

Para Maquiavelo, Roma llegó a ser uno de los mayores imperios de la historia no tanto por su ausencia de conflictos internos, sino precisamente a su presencia. Los tumultos entre el Senado y la plebe fueron la fuente de su libertad. Esta idea, tan contraria a la tradición platónica y cristiana, es el núcleo de los «Discursos»: una apasionada defensa de la república como la única forma de gobierno capaz de hacer del conflicto el motor de la vida política.

Diseño de Maquiavelo realizado por Sora y CanvaPro (licencia CC). 

Sobre el deseo de gobernar y ser gobernado

Gran parte del escándalo de época que supuso la figura de Maquiavelo tuvo que ver con la manera en que cuestionó el presupuesto platónico y cristiano de la jerarquía del orden sobre el conflicto. No existe en la obra del florentino querencia autoritaria por la anulación, clausura o represión de las dinámicas conflictuales.

 i la división originaria de lo social es la dimensión primaria e irreductible de la política, entonces la vitalidad y la justicia de una sociedad dependerán de la orientación y la disposición que le otorguemos a este conflicto original entre los grandes y el pueblo, constitutivo de la sociedad y, por ello mismo, insuperable. De hecho, el deseo de no ser oprimido no encontrará nunca una solución final ni una satisfacción acabada. De la misma manera, la ambición de los grandes siempre los conduce a querer acaparar de manera constante.

El conflicto como algo nuestro

Maquiavelo explica los cambios desde el conflicto: solo es posible la creación de buenas leyes otorgando dinamismo a la civitas. El desorden que generan las luchas por la libertad es lo que permite alumbrar nuevos horizontes. De resultas de ello, el orden nunca podrá ser totalmente estable ni alcanzar una sedimentación definitiva, porque las fuerzas que lo sostienen están siempre en continuo movimiento, en lucha constante, abiertas a nuevos conflictos y desórdenes.

Ambos deseos, el de los grandes y el del pueblo, nunca encontrarán un final. En tanto que la amenaza de dominio es siempre una posibilidad latente, no habrá nunca una solución última al problema político ni podrá existir una sociedad constituida al margen de la división originaria de lo social. La conclusión es más que evidente: no hay solución definitiva para lo político porque el conflicto es inherente a lo social.

El conflicto, pues, responde a una dinámica social inmanente y constituye su propia trama de expresión. No es posible encontrar un «curso seguro», pues un mundo sin mutación es inconcebible para Maquiavelo. Dicho en jerga psicoanalítica, se trata de una fractura de lo social no suturable. Así pues, el conflicto social no es entendido como un resto eliminable, sino como el presupuesto mismo de la política. Y lo que está en juego aquí es cómo se instituye el poder en relación al conflicto original y cómo se proyecta una imagen de unidad a partir de la división originaria de lo social. El objetivo del príncipe no es el de tratar de resolver el conflicto, sino ver en él la esencia de una identidad común carente de ficción resolutiva.

    El verdadero escándalo de Maquiavelo fue reivindicar el conflicto entre gobernantes y gobernados como dimensión irreductible e insuperable de toda sociedad política


El príncipe y el conflicto

¿Y cómo se relaciona el príncipe con la división originaria de lo social? ¿Qué papel ha de jugar para posibilitar esta comprensión fecunda del conflicto? Para mantener un orden, para lograr que dure en el tiempo, el príncipe tiene que elevarse por encima de lo social, pero no como la figura del Leviatán hobbesiano, que anula y reprime el conflicto, sino creando un poder imaginario tal que le permita poner en juego los dos deseos contrapuestos, el del pueblo y el de los grandes.

Para lograrlo, habrá de evitar ser identificado como uno de los grandes, pues sería visto por el pueblo como un dominador más; pero tampoco puede confundir la figura partitiva del pueblo con la totalidad de la comunidad. Dicho en otros términos, el príncipe no puede ser una figura de parte: no puede estar solo del lado de los grandes ni solo del lado del pueblo.

La institución del príncipe tendrá lugar siempre en la fractura entre los grandes y el pueblo, desde una dimensión imaginaria, haciendo que el pueblo deje de tener una cualidad meramente objetual al servicio de la opresión de los grandes. Esta operación simbólica producida por el príncipe permite instituir la unidad de una sociedad política. Y lo hace no imponiendo una solución desde arriba al conflicto, sino atravesando la división originaria de lo social: al hacer emerger esa división le es posible representar una identidad común.

El príncipe no es una persona concreta, es una ilusión, un artificio. El fundamento de una sociedad política no reside en la voluntad soberana y arbitraria del príncipe, sino en las maneras en que se institucionalice el conflicto social. De ahí la idea gramsciana de que el príncipe «es la creación de una imaginación concreta, que opera sobre un pueblo disperso y pulverizado para suscitar en él y organizar una voluntad colectiva».

Dado el papel que Maquiavelo otorga a las pasiones en las conductas humanas, todo orden ha de tener como objetivo dar una respuesta a estos impulsos. Pero no es que las pasiones sean la causa de los conflictos sociales. Antes bien, son los órdenes políticos y sociales, así como la manera en que permiten que dominen o no determinados humores, los que orientan de una manera u otra la división originaria de lo social, esto es, el modo en que «las cosas humanas están siempre en movimiento». Maquiavelo no otorga un carácter negativo a las pasiones, porque a través de ellas los seres humanos experimentamos la dimensión siempre cambiante de la realidad.

Sin pasiones no habría conflicto, y sin la fecundidad del conflicto no habría institucionalidad productora de buenas leyes, y sin estas no habría vida común en libertad. Si hasta ahora hemos atendido a la influencia de las pasiones en las conductas humanas, toca preguntarse por qué tipo de institucionalidad es la más idónea para encauzar virtuosamente estos impulsos naturales.

    El conflicto no es un residuo eliminable sino el presupuesto mismo de la política: sin él no hay buenas leyes, sin pasiones no hay conflicto y sin conflicto no hay libertad


El conflicto en otras épocas

Maquiavelo estudió las maneras en que se sucedieron en Roma los conflictos entre el Senado y la plebe. Los Discursos se centran en el legado de la historia de la Roma republicana escrita por Tito Livio, que llegó a constituir el mayor imperio de la historia. De allí extrae lecciones y enseñanzas para la acción política de su presente. Analizó, a través de las descripciones de las instituciones realizadas por Tito Livio, qué es lo que permitió que una ciudad, Roma, pudiera llegar a convertirse en una república libre.

Con todo, el objetivo de Maquiavelo no fue el de realizar una obra exegética, de carácter descriptivo. Se trataba de convencer al lector de la sabiduría de los romanos. Lo que encontramos en los Discursos es una apasionada defensa de un régimen político, la forma de gobierno republicana, fundada por hombres libres entregados al bien común. Si en la Italia renacentista había artistas que imitaban el arte antiguo, juristas que continuaban valiéndose de los principios del derecho romano y médicos que seguían aprendiendo de las experiencias de los antiguos, Maquiavelo se pregunta, mutatis mutandis, por una forma de gobierno republicana que pudiera inspirarse en las repúblicas antiguas.

Leyendo la Historia de Roma de Tito Livio llegó a la conclusión de que la discordia y el conflicto entre la plebe y el Senado fue la fuente de la libertad romana. Roma constituye un caso ejemplar de cómo se ha de desplegar el conflicto en una sociedad. Escribe en el capítulo IV del libro I de los Discursos: «creo que los que condenan los tumultos entre los nobles y la plebe atacan lo que fuera la causa principal de esa libertad de Roma y se fijan más en los rudos y los gritos que nacían de esos tumultos que en los buenos efectos que produjeron».

Maquiavelo considera que fue la lógica tumultuaria la que permitió establecer un vínculo entre la ley y la libertad; fue la dinámica conflictual la que posibilitó la libertad política y dio lugar a nuevas leyes. La tensión existente entre los deseos de los grandes y los deseos del pueblo generó un entramado de acciones que explica el nacimiento de buenas leyes en Roma. La ley no se entiende como la creación de un sabio legislador capaz de crear las mejores, pues no es nunca una realidad absoluta ni trascendente, sino resultado del tumulto que otorga dinamismo a la sociedad y a través del cual se establecen vínculos comunes. Paradójicamente, llegar a conseguir un orden libre y estable es el resultado del desorden tumultuoso.

    El príncipe no reprime el conflicto ni se pone del lado de ninguna de sus partes: se instituye en la fractura misma entre grandes y pueblo para hacer posible una identidad colectiva


De la fecundidad de Roma a su Florencia natal

A diferencia de la antigua Roma, donde la fecundidad de los antagonismos la condujo a dominar el mundo, el faccionalismo y las luchas internas habían destruido la Florencia natal de Maquiavelo. La diferencia entre Roma y Florencia reside en que la segunda era una república corrupta, tanto en sus instituciones como en su pueblo. Roma, en cambio, logró sostener un comportamiento virtuoso en el tiempo, lejos de las costumbres corruptas.

Pero ¿qué entiende Maquiavelo por corrupción? Se refiere a aquel tipo de comportamiento egoísta que solo atiende a la defensa de los intereses particulares y privados. Si la libertad romana fue la condición de la vitalidad del pueblo tumultuoso, ello quiere decir que la mejor forma de garantizar la libertad consiste en hacer que el pueblo se convierta en servidor del bien público y que no prime en él una suerte de retirada individualista sobre la esfera privada. De aquellas sociedades en las cuales sus miembros solo persigan dar cumplimiento a sus intereses privados, podremos decir que son sociedades corruptas. En ello consiste el faccionalismo, que puede ser definido como la privatización de los intereses públicos en pro de los particulares.

En tal sentido, de la misma manera que es la necesidad la que obliga al príncipe a actuar de manera estratégica, es esa misma necesidad la que habría de llevar a los ciudadanos a tener un comportamiento políticamente virtuoso. Pues bien, es el ordine y leggi que logra perdurar en el tiempo el que crea la necesidad artificial en los individuos que los lleva a actuar virtuosamente e impide que la comunidad caiga presa de dinámicas faccionalistas. Aquellas instituciones que no eliminan el conflicto, sino que crean vías para su expresión, permiten dotar de vitalidad a la comunidad. De hecho, Maquiavelo escribió la Historia de Florencia para mostrar las negativas consecuencias que generan las luchas entre facciones.

    La Roma republicana demuestra que los tumultos no destruyen la libertad sino que la fundan: la ley no nace de un legislador sabio sino del dinamismo conflictual del pueblo


Sobre la corrupción

¿Cómo hacer que el pueblo se comporte de manera virtuosa y no caiga en prácticas corruptas y faccionales? En el capítulo XXIII de El príncipe, Maquiavelo advierte que los hombres harán el mal a no ser que se vean obligados, por necesidad, a hacer otra cosa. El príncipe tiene el cometido de hacer de los seres humanos ciudadanos virtuosos, empujarlos a llevar un comportamiento políticamente virtuoso, pues no existe en el ser humano predisposición natural a la vida comunitaria, en contra de la perspectiva aristotélica.

Si, como sostiene el florentino, los hombres harán el mal a menos que por necesidad se vean obligados a hacer otra cosa, el ordine y leggi que perdura en el tiempo crea la necesidad artificial que conduce a los hombres a comportarse virtuosamente, potenciando aquellas acciones beneficiosas para la comunidad. Y si esta dimensión zorro no surtiera efecto, siempre podrá recurrir a la función león o, dicho con palabras de Maquiavelo, «a veces a los hombres hay que forzarles a creer».

El problema de la corrupción explica una aparente contradicción sobre la que muchos comentaristas han puesto el foco: aun cuando Maquiavelo apuesta por la república como la mejor forma de gobierno, para Florencia, su patria, propone el principado. Y es que la república tiene como condición de posibilidad la existencia de un pueblo no corrompido: «porque un pueblo donde por todas partes ha penetrado la corrupción no puede vivir libre, no ya un breve lapso de tiempo sino ni un momento». Por eso es necesario que un príncipe guíe al pueblo florentino y se imponga sobre los faccionalismos que corrompen la ciudad. Si bien el principado no es la mejor forma de gobierno, sí es la manera más efectiva de ordenar a un pueblo sumido en la corrupción, como era el caso de la Florencia renacentista.

    Florencia fracasó donde Roma triunfó porque su conflicto se privatizó en facciones: la corrupción es exactamente eso, la sustitución del bien común por el interés particular


¿Cuál es la mejor forma de gobierno?

A la pregunta acerca de cuál es la institucionalidad que permitiría acoger el movimiento y dejar desplegarse al conflicto de manera fecunda, Maquiavelo responde que la república. En función de la respuesta a esta pregunta se siguen diferentes tipos de organización social. Y es que los regímenes políticos, y sus instituciones, no se definen desde ellos mismos, sino en función de cómo orienten el conflicto. En tal sentido, existen dos formas de gobierno que el florentino descarta por el tipo de relación que establecen con él. La primera es el despotismo.

En él, los grandes consideran que la ley es propiedad suya. Las instituciones se sitúan por encima de la sociedad para que los grandes puedan protegerse de los conflictos sociales. Es un tipo de régimen que anula, sofoca y reprime el conflicto. Como consecuencia, el deseo de dominar de los grandes no encuentra límite alguno y toda la sociedad queda sometida. La segunda forma de gobierno que Maquiavelo descarta es la anarquía. En ella el conflicto no tiene vías para desplegarse y corre el riesgo de enconarse y generar una guerra civil. El conflicto no encuentra forma alguna de elaboración y queda detenido, estancado. Si el despotismo puede ser definido como el gobierno de los pocos, la anarquía es el gobierno de los muchos.

La apuesta maquiaveliana, lo hemos dicho ya, es la república, la forma de gobierno que mayor estabilidad genera dada la relación fecunda que logra establecer con el conflicto. La institucionalidad republicana se deja afectar por él y la institución misma se transforma al darle una respuesta, es decir, responde al conflicto alterándose. No asfixia la dinámica conflictual; al contrario, la orienta y le ofrece vías para expresarse. Para referirse a este proceso, Maquiavelo usa el verbo sfogare [desfogar]. Y es así como el deseo de dominar de los grandes encuentra un límite en el deseo de no ser dominado del pueblo, y entonces sí, el conflicto permite crear buenas leyes.

Fuente: https://filco.es/

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