martes, 3 de marzo de 2026

MAQUIAVELO

Maquiavelo más allá de lo «maquiavélico»

El término «maquiavélico» ha secuestrado la figura de Maquiavelo, reduciéndolo a símbolo de la inmoralidad política. Pero esta lectura, construida por sus detractores desde el siglo XVI, poco tiene que ver con el pensamiento real del florentino. Recuperamos aquí al verdadero Maquiavelo: un pensador que no separó ética y política, uno que las reconfiguró desde una mirada radicalmente nueva sobre la realidad del poder.

Diseño realizado a partir de la ilustración de Maquiavelo realizada con Sora (licencia CC). 
La sombra de un adjetivo

En nuestro presente, un adjetivo, «maquiavélico», ha terminado desplazando a un nombre, «Maquiavelo». El calificativo puede encontrarse con cierta frecuencia en el lenguaje político e incluso en usos coloquiales. Forma ya parte del acervo popular y de la conversación cotidiana. Con él suele hacerse referencia al carácter inmoral de los comportamientos de alguien, de aquel que actúa sin escrúpulos y que solo busca dar cumplimiento a algún propósito, recurriendo para ello a cualquier medio, por cruel o despiadado que pueda resul+tar. Si el calificativo «maquiavélico» se ha apoderado del nombre «Maquiavelo», pareciera entonces que en él encontramos una doctrina moral marcada por la inmoralidad: la exaltación de la dominación política sin concesión alguna a la moralidad. Desde esta perspectiva, Maquiavelo tan solo sería un arquetipo de negatividad.

 Ya en el siglo XVI fueron muchos los que se apresuraron a condenar a Maquiavelo, tanto autoridades religiosas católicas y protestantes como gobernantes o teóricos políticos. De él escribieron que era un «preceptor tiránico» o un «maestro del mal». El cardenal Reginald Pole llegó a decir que sus escritos nacían de la mano de Satán. Su obra más conocida, El príncipe, fue recibida con sospecha: un escrito calificado de endiablado y maligno, que enseñaba a conquistar el poder a través de la crueldad, prescindiendo de cualquier consideración ética. Su obra incluso fue acusada de constituir un peligro para el orden social, moral y religioso de la época. En 1557, el papa Pablo IV incluyó sus obras en el Index Librorum Prohibitorum, el índice de libros prohibidos por la Iglesia católica.

El filósofo Leo Strauss es el autor que con mayor profundidad ha sistematizado esta concepción. En su libro Meditación sobre Maquiavelo sostiene que lo que encontramos en la obra del florentino no es tanto una escisión entre la ética y la política, una mirada avalorativa y fría sobre el poder, sino más bien una transvaloración de los valores: la sustitución de la moral clásica y cristiana como norma de comportamiento político por otra moral, la maquiavélica, según la cual la moralidad no puede existir si no es mediante el uso de medios inmorales.

Pero ¿es esta la relación que Maquiavelo estableció entre la ética y la política? En lo que sigue trataré de rescatar el nombre «Maquiavelo» y el adjetivo que creo lo ha de acompañar, «maquiaveliano», del secuestro «maquiavélico», a fin de demostrar que lo maquiaveliano hace referencia a las ideas que podemos asociar a Maquiavelo, y de ubicar lo maquiavélico como una doctrina adjudicada al florentino por sus detractores, la de quienes creyeron ver en sus tratados políticos un conjunto de perversas intenciones.

El sueño que lo explica todo

Cuentan que poco antes de morir, en 1527, Maquiavelo compartió con sus amigos el relato de un sueño que había tenido. Esta narración es conocida como «el sueño de Maquiavelo» y creo que contiene los principales elementos de lo que podríamos denominar una «ética maquiaveliana». En aquel sueño, contaba, se le aparecieron muchos hombres mal ataviados, de aspecto desmejorado y con muestras evidentes de sufrimiento. Al encontrarse con ellos, les preguntó quiénes eran y adónde iban. Ellos le contestaron: «somos los santos y los beatos, vamos camino del paraíso».

Poco después volvió a encontrarse con otro grupo de hombres que, a diferencia de los anteriores, iban bien vestidos, con ropa elegante, y eran de aspecto noble. Entre ellos logró reconocer a algunos de los grandes filósofos e historiadores de la Antigüedad, aquellos que habían escrito clásicos tratados sobre política. Al igual que hiciera con el grupo anterior, también a estos les preguntó quiénes eran y adónde iban. Le respondieron: «Somos los condenados al infierno».

Tras compartir el relato del sueño con sus amigos, Maquiavelo les confesó que prefería ir al infierno y poder conversar allí sobre política con los autores clásicos, antes que morirse de aburrimiento en el cielo junto a los santos. Y es que a los «grandes hombres» de la Antigüedad, aquellos que fundaron y reformaron repúblicas, no les está permitida la entrada en el cielo porque no han sido santificados. Y ello porque la realización de las grandes acciones políticas implica, la mayor parte de las veces, tener que contravenir las normas fundamentales de la moral cristiana, lo cual puede tener como consecuencia eterna acabar en el infierno.

Si bien son hombres considerados «pequeños» desde el punto de vista de la moral cristiana, para Maquiavelo son «grandes hombres», pues lograron fundar repúblicas, gobernarlas, mantenerlas, hacerlas durar, crear buenas leyes para sus pueblos o liberarlos de la esclavitud. Se entiende, pues, que Maquiavelo prefiriese morir junto a estos últimos en el infierno que en el paraíso junto a los santos.

    La imagen de Maquiavelo como arquetipo del cinismo político es una construcción histórica elaborada por sus detractores, no una lectura fiel de su obra


La ruptura con la ética deontológica

«El sueño de Maquiavelo» explica en buena medida lo que ya contenía El príncipe: una comprensión propiamente moderna de lo político. Maquiavelo es quizás la figura que mejor condensa la plenitud de la ruptura fundacional de la modernidad: no hay manera de resolver lo político tras el desmoronamiento del orden medieval. La trascendencia ya no está operativa y en su lugar solo existe un horizonte inconcluso. Si hasta entonces la reflexión ético-política había tenido una fuerte dimensión deontológica —es decir, lo moralmente correcto dependía del deber y de las normas, y no de las consecuencias de las acciones— a la hora de evaluar qué ha de ser un buen gobierno, qué lo convierte en legítimo, cómo ha de comportarse un gobernante o cuándo estaría justificada la desobediencia o la rebelión, Maquiavelo rompe con el privilegio otorgado a la ética deontológica, y a todo esfuerzo por definir las normas morales que han de regir el devenir del mundo, y propugna que la política ha de atender a lo que es, y no tanto a lo que debe ser.

No se trata ya de pensar axiomas o principios generales que funcionen como brújulas morales para la acción, sino de atender a la práctica política concreta y situada. Quiebra así con toda idea utópica o moral de la política que pueda sobredeterminar la realidad. El florentino enfatizó la terrenalidad de los fines y, para ello, bajó la política al terreno mundano.

Maquiavelo sabe que en política no existe la Verdad con mayúsculas. Sin embargo, sí existe la «verdad efectiva», esto es, la verdad definida por sus efectos. De ello da cuenta un concepto clave en su obra, la verità effettuale della cosa [la verdad efectiva de la cosa]. Con él, Maquiavelo, perspicaz observador que reflexiona sobre su propia experiencia, se refiere a que la política consiste en un análisis de la realidad, siendo la situación fáctica concreta el punto de partida de toda reflexión. Se trata de analizar la política a partir de cómo se manifiesta en los hechos, de atender al carácter factual y aleatorio inherente a toda coyuntura, y no de analizar la realidad a partir de abstracciones previamente elaboradas, porque la política no puede fundamentarse en un nivel trascendente. Así pues, la política no se mide por su adecuación a principios generales, sino a través de sus efectos, que generan su propia teoría y su propia ejemplificación.

Esta distinción entre lo que es y lo que debiera ser, entre la esencia y la existencia, entre lo general y lo específico, entre lo abstracto y lo que se manifiesta, me permite decir que en Maquiavelo encontramos una nueva ontología: la sustitución del ser por el accidente. A finales del siglo XVI, Francis Bacon escribió en El avance del saber que «mucho debemos a Maquiavelo y a otros como él que escribieron sobre lo que los hombres hacen y no sobre lo que deberían hacer». Tal es el sentido de la ética maquiaveliana: una crítica a toda concepción normativista de la política, a aquellas perspectivas que se proponen deducir los objetivos de la política a partir de una fuente objetiva, ya sea natural, histórica o divina.

    El sueño de Maquiavelo revela el núcleo de su ética: la grandeza política se juzga por sus efectos en la comunidad, no por su adecuación a la moral religiosa individual


Ética individual frente a ética política

Por el contrario, para el florentino, la reflexión ética sobre cualquier acción política reside en las consecuencias que de ella se derivan, en sus efectos instituyentes, y no en cómo impacta, se adecúa o es coherente con principios morales definidos con anterioridad. Dicho en otros términos, el sentido de la acción no puede determinarse al inicio, en los principios que la informan, sino en las consecuencias que desencadena.

Maquiavelo llega a la conclusión de que la política es un campo de batalla social por el poder. Ese es el terreno de juego en el que hay que saber moverse y aprender a actuar. Si bien observó y analizó con detenimiento las reglas del juego, nunca se propuso cambiarlas. Antes bien, se interesó por el juego mismo y nunca contrapuso un horizonte normativo trascendente acerca de qué o cómo habría de ser la política. Es por ello que siempre se aproximó a ella desde una racionalidad técnica y estratégica, tratando de ofrecer claves para conocer en qué consiste el poder, cómo se puede alcanzar y qué es lo que permite mantenerlo.

Ahora bien, de esta crítica maquiaveliana a las perspectivas deontológicas de lo político no se sigue que no exista una reflexión ética en su obra. Lo que Maquiavelo se propone defender es que la política tiene relación con el bien colectivo de este mundo, pero que en ella no está en juego la coherencia moral individual. Esta primacía otorgada al bien común en detrimento de la integridad moral individual nos convoca a una problematización ética de primer orden: qué significa el buen obrar individual y qué relación tiene con el buen obrar colectivo.

Y, va de suyo, el énfasis maquiaveliano puesto sobre el hacer el bien en política contiene una paradoja evidente: en determinadas circunstancias, hacer el bien colectivo puede llevarnos a tener que hacer el mal, considerado desde la perspectiva del obrar individual. Esta relación paradójica contraviene muchos de los principios fundamentales de la ética clásica occidental, entre ellos que no es posible hacer el bien con el mal, o que del bien no puede surgir el mal y viceversa. La paradoja no es menor, pues constituye una estructura ética, aquella que varios siglos después Max Weber denominará en La política como vocación «la irracionalidad ética del mundo».

    Maquiavelo inaugura una nueva ontología política: abandona los axiomas morales universales y ancla la reflexión política en la realidad concreta y sus consecuencias


«Males menores» frente a «el fin justifica los medios»

De las reflexiones anteriores se han derivado no pocos malentendidos. Entre ellos, el más frecuente, y también el más sorprendente, es la famosa frase atribuida a Maquiavelo: «el fin justifica los medios». Y digo sorprendente porque él jamás escribió tal frase. La interpretación maquiavélica, como hemos visto, considera que en sus escritos existe una escisión entre la ética y la política, ya que cualquier medio quedaría justificado si permite alcanzar el fin propuesto. Pero esta lectura poco tiene que ver con la ética maquiaveliana, porque sí existe un criterio con el que Maquiavelo se propone evaluar la moralidad de las acciones políticas.

Si bien nunca escribió que «el fin justifica los medios», en El príncipe sí encontramos la frase «males menores evitan males mayores». El mal mayor a evitar es siempre la destrucción de la comunidad política. No porque tenga una concepción esencialista o sustantiva de la comunidad, sino por otra razón: si se produjera la destrucción de la comunidad, ello arruinaría también el desarrollo de cada uno de los proyectos vitales individuales, en tanto que la existencia de la comunidad política es su condición de posibilidad. El individuo no puede asegurarse por sí solo las condiciones que hacen posible la vida individual; siempre tiene como presupuesto la existencia de la vida colectiva.

Así pues, si el bien común es el bien superior, sucede que a veces, para preservarlo, es preciso utilizar «algunos males». Escribe en el libro III de los Discursos: «en las deliberaciones en que está en juego la salvación de la patria, no se debe guardar ninguna consideración a lo justo o lo injusto, lo piadoso o lo cruel, lo laudable o lo vergonzoso, sino que, dejando de lado cualquier otro respecto, se ha de seguir aquel camino que salve la vida de la patria y mantenga su libertad». Leyendo a los clásicos, Maquiavelo aprendió que realizar grandes fines políticos —tales como fundar repúblicas, imponer la paz o liberar a los pueblos— requiere en ocasiones hacer el mal, considerado siempre el menor, si con ello se evita el mal mayor: la destrucción de la comunidad política.

El criterio ético aportado por Maquiavelo, «males menores evitan males mayores», es bien distinto de la máxima «el fin justifica los medios». En el capítulo IX del libro I de los Discursos, tras introducir algunas consideraciones sobre el asesinato de Rémulo por su hermano, escribe: «Jamás el que entienda de estas cosas le reprochará cualquier acción que emprenda, por extraordinaria que sea, para organizar un reino o una república. Sucede que, aunque le acusan los hechos [accusandolo il fato], le excusan los resultados [lo effetto lo scusi], y cuando estos sean buenos, como en el caso de Rómulo, siempre le excusarán».

Nótese que Maquiavelo usa el verbo scusare [excusar] y no giustificare [justificar], y no es un matiz menor. En la expresión «el fin justifica los medios» no existe condena alguna del medio utilizado, pues siempre queda justificado, es decir, legitimado por el valor que se le ha otorgado al fin. Es más, en tal caso, la bondad atribuida al fin es trasladada al medio. En cambio, si prestamos atención al texto citado en el párrafo anterior, el verbo scusare contiene un matiz negativo de disculpa. Ello quiere decir que se es consciente del problema moral que comporta el uso de determinados medios. Se hace notar que algo ha sido transgredido, se sabe que se ha obrado el mal.

No se trata, pues, de una fría escisión entre ética y política, sino de una reflexión de hondo calado ético: se define al mal como mal, no se lo justifica, no se lo obvia, no se lo convierte en un bien por su subordinación al fin que se quiere lograr. Aunque el mal realizado sirva al objetivo perseguido, al mal se le sigue denominando mal. Y, en tanto tal, existe el reconocimiento de aquello que ha tenido que ser sacrificado. Tanto es así que Maquiavelo interpela a los príncipes a aprender a «usar el mal» en determinadas circunstancias, en tanto que «males menores pueden evitar males mayores». Cicerón sostuvo en Los oficios que «nada que sea cruel puede jamás ser útil». Maquiavelo, en cambio, distingue entre las crueldades «mal utilizadas» y las «bien utilizadas». Y es que en un mundo lleno de incertidumbres e inseguridades, recurrir en ocasiones a medios crueles es lo propio de una condición humana que se sabe arrojada a una existencia siempre amenazante.

Me parece sumamente sugerente la lectura que propone Isaiah Berlin en su texto La originalidad de Maquiavelo. Contrariamente a los planteamientos que ven en la obra del florentino una escisión entre ética y política, Berlin sostiene que Maquiavelo diferencia entre dos éticas: la primera es la ética clásica, una ética individual y privada; la otra es la ética política, de naturaleza colectiva, la propia de la acción política. Aun cuando ambas éticas contienen valores que pueden ser considerados valiosos, estos no pueden ser intercambiados, pues pertenecen a ámbitos distintos. Del hecho de que cada una de las dos éticas contenga buenos valores no se sigue que puedan ser aplicados a todas las situaciones. Por ello, la separación que realiza Maquiavelo no es entre ética y política, sino entre ética clásica y ética política.

La primera se pregunta qué significa actuar en el ámbito individual; la segunda tiene relación con la salvaguarda de los intereses colectivos, la ética específica de la política. Por ejemplo, la ética del hombre bueno —reflexión propia del ámbito de la ética clásica sobre el obrar individual— no es la misma que la ética del gobernante bueno —reflexión perteneciente a la ética política, en la que están en juego los valores que guían la acción colectiva—. Así pues, no existe ni una ética ni unas virtudes universales. La diferencia entre las dos éticas no radica solo en las cualidades que se supone ha de detentar un buen gobernante. También existen diferencias entre lo que significa ser un buen hombre y lo que significa ser un buen ciudadano, es decir, entre la integridad moral individual y la acción motivada por móviles comunitarios. Así resumió su propósito en El príncipe:

«Siendo mi propósito escribir algo útil para quien lo lea, me ha parecido más conveniente ir directamente a la verdad real de la cosa que a la representación imaginaria de la misma. Muchos se han imaginado repúblicas y principados que nadie ha visto jamás ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que quien deja de lado lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende antes su ruina que su preservación; porque un hombre que quiera hacer en todos los puntos profesión de bueno, labrará necesariamente su ruina entre tantos que no lo son. Por todo ello es necesario a un príncipe, si se quiere mantener, que aprenda a poder ser no bueno, y a usar o no usar de esta capacidad en función de la necesidad».


Queda claro, pues, que existe un trasfondo ético en el planteamiento de Maquiavelo, bien alejado de la lectura maquiavélica. En la ética maquiaveliana encontramos dos importantes contribuciones: primero, una diferenciación entre la ética clásica —individual— y la ética política —colectiva—; y, segundo, una concepción no absoluta de la moral sino relativa, referida siempre a las circunstancias cambiantes y evaluada a partir de sus efectos y consecuencias. Maquiavelo se propuso desnudar la política, despojarla de los velos utopistas y observar lo que ella tiene de genuino: una actividad terrenal que busca construir y conservar el poder para realizar un fin colectivo. El escándalo que El príncipe generó en su época se debe en buena medida a que Maquiavelo presentó el poder sin ropajes y mostró lo que tantos otros habían visto, pero que, con buenas dosis de cinismo, prefirieron mantener oculto.

Fuente: https://filco.es/

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