¿Qué es el capitalismo emocional?
¿Cómo hablamos de nosotros mismos? Nombramos nuestros traumas, identificamos nuestros apegos, trabajamos nuestra autoestima y nos comunicamos asertivamente. ¿Es este lenguaje una conquista? Hace veinte años, Eva Illouz, en su libro «Intimidades congeladas», mostró cómo ese mismo lenguaje nació en una fábrica, al servicio del capital, como herramienta para que los trabajadores produjeran más.
Lo curioso de un libro tan actual como Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo, de Eva Illouz, y publicado por Katz editores, es que fuese publicado hace ya más de veinte años. Ocurre a veces. Uno lee un libro de un pensador de hace décadas y se sorprende con un diagnóstico tan preciso de algo tremendamente actual y que, o al menos eso pensamos, no ocurría con tanta claridad antes como lo hace ahora. En este caso, el fenómeno que analiza Illouz en el libro —y que fueron primero unas conferencias en Frankfurt comisariadas por Axel Honneth— es la importancia de las emociones en el capitalismo contemporáneo y cómo se ha establecido un nuevo pathos terapéutico, o dicho de otra forma, una nueva forma de estar y entender el mundo que aplica constantemente a nuestra vida las lógicas de la terapia psicológica.
No creo que haga falta mucha explicación porque es algo que vemos en nuestro día a día. Lo que Illouz intenta explicar es por qué ahora todos tenemos una misma forma de narrarnos y narrar el mundo basado en el paradigma de la buena comunicación, de compartir los sentimientos, de entender nuestra vida a través del trauma y los conflictos emocionales, y por qué todo nuestro lenguaje se ha psicologizado (como los vídeos de TikTok sobre apegos evitativos o ansiosos). Toda esta subjetividad es resultado de lo que Illouz llama en el libro capitalismo emocional.
El nacimiento del capitalismo emocional
El capitalismo emocional nace, según la propia Illouz, de la crisis del taylorismo de principios del siglo XX. Desde su implantación hasta la explosión de las grandes fábricas, la cultura capitalista (con el fin de naturalizar su opresión) había convertido el cuerpo de los trabajadores en otro elemento más de la maquinaria de producción. Federici examina bien esto al estudiar el impacto de la filosofía moderna en la acumulación originaria: la filosofía de Descartes (y por tanto la modernidad filosófica) había conseguido crear un dualismo mente/cuerpo que escindía al trabajador de su propio cuerpo. Esto, señala Federici en Calibán y la bruja, generó las condiciones culturales de aceptación y legitimación para que podamos vender nuestra fuerza de trabajo (es decir, nuestro cuerpo) por un salario en un trabajo que nos aliena. Total, si no somos nuestro cuerpo, podemos emplearlo en trabajos asfixiantes sin que se resienta nuestra alma.
Pero estas tesis necesitaron ser revisadas una vez que culminó la proletarización de las ciudades. Si el capitalismo es, como señala la célebre fórmula marxiana, dinero que se convierte en más dinero gracias a su paso por el mercado, entonces necesita la innovación constante para el aumento de su tasa de ganancia. Una vez que las fábricas acabaron con los trabajos agremiados y que la gente se quedó sin tierras y se vio obligada a trabajar por un salario, de lo que se trataba era de producir de forma más eficiente, innovar en la producción para ganar más y más. Esta innovación vino de la mano de los experimentos de Hawthorne (1924-1932), liderados por Elton Mayo en la planta de la Western Electric Company de Chicago. En esos experimentos se argumentaba que la productividad aumentaba si se atendían las emociones de los trabajadores. Este es el nacimiento del capitalismo emocional.
El capitalismo ha convertido las emociones en herramienta productiva. En nuestro sistema, la cultura terapéutica y el lenguaje psicológico organizan nuestra forma de trabajar, relacionarnos y entender el sufrimiento
Sentirse mejor para producir mejor
Esto primero es importante: el capitalismo emocional nace de unas necesidades puramente económicas y como respuesta a una ralentización de las ganancias de los capitalistas en su explotación. Elton Mayo se había formado como psicoanalista jungiano y la importancia de sus experimentos reside en el hecho de que sustituyó el lenguaje moral victoriano (que hablaba del carácter de las personas y tenía en cuenta la totalidad del individuo) por el lenguaje psicológico de las relaciones humanas (basado en la definición de rasgos).
Lo que hizo Mayo es algo que ahora nos parece completamente normal (¡y de ahí lo naturalizado que lo tenemos!): hacer entrevistas basadas en métodos terapéuticos a los trabajadores. En vez de preguntar sobre saberes o pasar tests de competencias, simplemente les preguntaba sobre su vida y les escuchaba. Garantizaba la confidencialidad, no les aconsejaba, no les juzgaba. Les hacía terapia, vamos. Lo que Mayo descubrió es que la productividad aumentaba si los trabajadores se sentían escuchados, y que los problemas de rendimiento podían derivar de problemas personales: como el ejemplo de una mujer que, una vez que solucionó su conflicto con su madre gracias a la terapia-entrevista de Mayo, acudió más feliz al trabajo y rindió mucho más.
Es importante observar —y esta es una de las tesis más interesantes (¿y polémicas?) del libro de Illouz— que esto supone un antecedente perverso a la proclama feminista de que lo personal es político. Parte del libro se centra en analizar las alianzas inesperadas entre cierto feminismo (liberal y de clase media) y otros agentes, como la psicología de empresa o el psicoanálisis, a la hora de apuntalar esta cultura del yo que hoy es ubicua. Ya en los años veinte y treinta, las empresas buscaron crear un marco de comunicación y de discusión que hiciese público lo que hasta ese momento era privado, que hiciese que el yo y sus intimidades pudieran ser comprendidas como una parte más del discurso público. Esto favoreció, entre otras muchas cosas, la idea —que trabaja maravillosamente Aranoa en El buen patrón— de que la empresa es poco más que una gran familia.
De hecho, sigue Illouz, este proceso de emocionalización de las empresas produjo una feminización de los trabajadores al empezar a valorar aptitudes típicamente asociadas (patriarcado mediante) a las mujeres: la escucha, la empatía, la expresión de las emociones. Como resultado, se creó un nuevo modelo cultural basado en la comunicación como espíritu de empresa. Para ser un buen jefe era necesario ahora saber comunicar, manejar los egos de los trabajadores, saber dar espacio, escuchar. La empatía, que antaño había podido funcionar como hermanamiento de clase —me alío contigo por tu sufrimiento—, pasó a ser la principal aptitud capitalista para sacar el máximo rendimiento a una organización. La empresa puede pensarse ahora como una gran familia porque estos jefes tan empáticos hacen creer a los trabajadores que sus intereses y los de la empresa coinciden (!) y que lo que quiere la empresa es que a sus trabajadores les vaya bien porque así a ella le irá mejor.
Feminismo y capitalismo
Esta es quizá una de las tesis más polémicas del libro: el feminismo mainstream, liberal y de clase media, ha favorecido el auge y el mantenimiento de esta cultura terapéutica, una cultura que, como hemos visto, es la cultura del capitalismo en su etapa posfordista.
La conexión no es casual ni forzada. Las mujeres fueron las principales consumidoras de consejo terapéutico, y la terapia, a su vez, adoptó categorías básicas de pensamiento derivadas de la experiencia femenina. El feminismo de segunda ola, con su concentración intensa en la familia y la sexualidad, encontró afinidades naturales con la narrativa terapéutica porque ambas exigían el mismo tipo de reflexividad intensa sobre el yo, ambas alentaban a las mujeres a sintetizar autonomía y seguridad, ambas convertían la experiencia privada en discurso público (el grupo de concienciación feminista y el grupo de terapia funcionan con una lógica sorprendentemente parecida) y ambas usaban el lenguaje del daño emocional y recuperación. De hecho, cuenta Illouz, Gloria Steinem argumentaba en 1992 que las barreras psicológicas afectan por igual a mujeres de todas las clases, convirtiendo la baja autoestima en el problema central del feminismo. Jane Fonda, por su parte, usaba indistintamente la jerga terapéutica y la feminista para narrar su liberación de los efectos de un padre distante y tres esposos indiferentes.
Illouz muestra cómo la cultura terapéutica, el lenguaje empresarial y cierto feminismo convergieron en una nueva subjetividad centrada en el yo, la comunicación y el daño emocional
Esta alianza produjo un modelo cultural de intimidad cuyos valores son la igualdad, la comunicación emocional, la superación de las emociones ocultas y la centralidad de la autoexpresión lingüística. Hasta aquí, bien. El problema es lo que Illouz, siguiendo a Weber, llama la racionalización de la intimidad. No basta con constatar que hubo un movimiento hacia la igualdad y la emancipación, hay que preguntarse también por la textura emocional de ese movimiento, por cómo se vive desde dentro. Y lo que se encuentra es que el feminismo y la psicoterapia impulsaron juntos un vasto proceso de racionalización de las relaciones íntimas que incluye, entre otras cosas, la conmensuración de las emociones, esto es, convertir los sentimientos en objetos mensurables y calculables. Revistas como Redbook, por ejemplo, proponían ejercicios en los que la pareja debía listar sus necesidades, ordenarlas numéricamente, leerlas en voz alta e intercambiar listas. El amor como algo racionalizado. La intimidad de alguna forma auditada. Lo que en apariencia era un instrumento de emancipación (conoce tus necesidades, comunícalas, exígelas) acababa funcionando como una extensión de la lógica empresarial al territorio de los afectos.
Y aquí aparece una paradoja importante, dice Illouz, y es que el modelo comunicativo que heredamos de esta alianza es simultáneamente neutral y radicalmente subjetivo. Neutral porque apela a procedimientos objetivos, a la atención al contenido denotativo, a la neutralización de las interpretaciones erróneas. Subjetivo porque su justificación última siempre remite a las propias necesidades y sentimientos. «Me siento herido» no admite discusión: exige reconocimiento inmediato. Y ese reconocimiento, paradójicamente, puede funcionar como un cierre de la conversación más que como una apertura. Lo personal ha devenido político, sí. Pero también, en el camino, ha devenido incuestionable.
Psicoanálisis y capitalismo
Para terminar de entender del todo de dónde viene este modelo cultural, hay que remontarse a 1909, cuando Freud presentó en la Clark University las ideas que tendrían un eco decisivo en la cultura popular norteamericana. Los ingredientes eran potentes: el lapsus, el inconsciente, los sueños, el carácter sexual del deseo y, sobre todo, la familia como origen de todas las patologías. A partir de ahí, cuatro innovaciones transformaron la manera en que en Occidente nos narramos a nosotros mismos.
La primera es que la familia nuclear deja de ser un lugar objetivo en la cadena social y se convierte en un hecho biográfico que se porta toda la vida. Ya no nacemos en un estamento o en una clase, sino que nacemos en una familia y esa familia nos hace. La segunda transformación es que el yo ordinario se vuelve misterioso, inaccesible, lleno de profundidad oculta, donde lo cotidiano ya no es trivial, es un repositorio de sentido. La tercera es que Freud disuelve el límite rígido entre lo normal y lo patológico, esto es, la normalidad deja de ser un estado natural y se convierte en un objetivo arduo, siempre amenazado, nunca plenamente alcanzado. La última tiene que ver con cómo el sexo se convierte en fuerza causante inconsciente y, al mismo tiempo, en señal de madurez, combinándose con el lenguaje y apartándose del llamado «primitivismo» victoriano.
Las condiciones para que estas ideas prendieran en Estados Unidos eran perfectas porque la estructura triangular de la familia estadounidense tenía una afinidad natural con la teoría edípica y la búsqueda de autenticidad estaba en el centro de la naciente cultura de consumo. Además, los límites entre medicina y cultura popular eran extraordinariamente permeables: el psicoanálisis parecía reconciliar la medicina científica con la medicina espiritual, ofreciendo al mismo tiempo rigor y redención.
Illouz sostiene que la cultura terapéutica racionalizó la intimidad: emociones, vínculos y sufrimientos comenzaron a gestionarse como objetos medibles
Así todo, en 1946, la Ley Nacional de Salud Mental amplió la jurisdicción psicológica a los ciudadanos «normales», abriendo un mercado enorme: la vida ordinaria de la clase media como nuevo territorio terapéutico. En los años cincuenta y sesenta, la psicología ya era un aspecto intrínseco de la cultura popular estadounidense y desde ahí, por la vía de la industria editorial, el cine, la televisión y finalmente internet, el psicoanálisis llegó hasta nosotros.
Pero ¿qué hizo exactamente el psicoanálisis? Proporcionar el vocabulario. El capitalismo emocional habla en términos freudianos. Habla de trauma, represión, inconsciente, mecanismo de defensa, apego… Da igual que la teoría original haya sido traicionada, simplificada o directamente deformada en ese proceso de popularización. Lo que importa es que ese vocabulario creó una forma nueva de entenderse a uno mismo que resultó extraordinariamente útil para el sistema porque convertía los conflictos estructurales (de clase, de explotación, de desigualdad) en conflictos psicológicos individuales (con el padre, con la madre, con uno mismo).
Narrativa del sufrimiento, autorrealización y victimismo
Por último, demos un poco de espacio a eso que Illouz llama la narrativa terapéutica: una estructura de relato que hoy está en todas partes y que ha terminado por definir cómo entendemos el malestar, el cambio personal y la identidad. La narrativa funciona siempre de la misma manera. En primer lugar, identifica una patología (una conducta «automática», no elegida, no auténtica). Después, establece relaciones causales con el pasado, localiza un episodio de infancia en que el yo fue dañado, e identifica las «ventajas» ocultas de esa conducta patológica (por qué el sujeto se aferró a ella sin darse cuenta). Finalmente, el individuo se hace responsable de su autocambio. El arco completo es, en estructura, idéntico al relato religioso de conversión: caída, toma de conciencia, redención.
Lo verdaderamente notable es la elasticidad de esta narrativa. Puede aplicarse a cualquier cosa. Incluso las conductas socialmente valoradas —ser muy trabajador, muy responsable, muy serio— pueden reelaborarse como síntomas de un yo herido que no ha aprendido a disfrutar, a descansar, a quererse. No hay conducta que escape al diagnóstico. Esto no es una crítica menor, significa que la narrativa terapéutica no tiene exterior, que no hay posición desde la que uno pueda declararse psicológicamente sano de una vez por todas. El juego es, necesariamente, infinito. Siempre hay más que sanar, más que realizar, más capas que explorar.
El capitalismo emocional ha convertido el malestar en un relato terapéutico permanente
Aquí es donde entra la figura, más reciente y más visible, del victimismo. Illouz distingue con cuidado entre el reconocimiento legítimo del sufrimiento —que la cultura terapéutica ha hecho posible, y no es poca cosa— y su conversión en identidad estable, en posición desde la que hablar y ser reconocido. El derecho fundamental que articula esta cultura no es ya el derecho a votar o a trabajar: es, como señala Rorty vía Žižek, el derecho a ser alguien que puede narrar su propio dolor. La narrativa del sufrimiento no se opone a la narrativa de la autorrealización, la segunda necesita a la primera para arrancar. Sin diagnóstico no hay recuperación porque sin herida no hay crecimiento.
El problema es que esta estructura, por sus propias lógicas internas, tiende a expandirse. Los veteranos de Vietnam usaron la categoría de trauma para recibir beneficios. La industria farmacéutica encontró en la expansión de las patologías mentales un negocio extraordinario. El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) fue ampliando su espectro hasta convertir el «negativismo» o la «personalidad por evitación» en trastornos codificados. Y el feminismo liberal participó activamente en este proceso: desde los años veinte (la sexualidad como emancipación) hasta los años ochenta (el maltrato infantil y los efectos opresivos de la familia patriarcal), el movimiento contribuyó a institucionalizar el lenguaje del daño y la recuperación como lenguaje político central.
El resultado es lo que Illouz llama, con cierta ironía, una paradoja estructural. La narrativa de autoayuda no es el opuesto de la narrativa de la enfermedad. Son la misma narrativa. Lo que impulsa la búsqueda de salud emocional es exactamente el mismo relato que multiplica las formas de sufrimiento. Rara vez una forma cultural estuvo tan institucionalizada como el ethos terapéutico. Tanto el Estado, como la universidad, la empresa, los medios de comunicación, las redes sociales o la industria farmacéutica hablan, todos, el mismo idioma. Y este idioma, conviene no olvidarlo, nació en una fábrica de Chicago en los años veinte, cuando a alguien se le ocurrió que escuchar a los trabajadores podría hacerles producir más.
Fuente: https://filco.es/
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