Jorge Remacha: «El presente que hoy nos venden como inmutable también se puede transformar»
Hablamos con Jorge Remacha, historiador, docente de secundaria y autor de «Agrupémonos todes. Lucha de clases y diversidad sexual», un libro que propone mirar la historia LGTBI no como la suma de avances legales de las personas oprimidas, sino como parte de una historia más amplia de luchas contra la explotación, la opresión y la moral reaccionaria.
Jorge Remacha hace un recorrido lleno de historia, rigor, pero también humor e ironía, por la relación entre diversidad sexual, liberación de género y movimiento obrero, planteando que las conquistas de las personas LGTBI no pueden separarse de las luchas colectivas por transformar la sociedad.
Con él conversamos sobre deseo, represión, orgullo, clase trabajadora y elementos del presente político: en un momento en que se vuelve a convertir los cuerpos, las identidades y las libertades sexuales en campo de batalla, ¿qué significa hoy eso de agruparnos todes?
Además de escritor y militante es profesor de historia. Le quería preguntar por la historia. En el subtítulo de Agrupémonos todes encontramos ya toda una declaración de intenciones. Esta no es una historia de historias individuales, sino que en ella la lucha de clases juega un papel fundamental. ¿Qué perdemos cuando pensamos la historia del colectivo LGTBI solo como una historia de búsqueda del reconocimiento legal o social? ¿Por qué es importante desplazar el foco desde la identidad hacia los conflictos sociales?
No es exactamente una historia del colectivo LGTBI, sino un libro que trata de la historia de esta lucha, de ese hilo rosa y rojo que une el movimiento obrero y la diversidad sexual en la pelea por liberar cómo nos queremos, quiénes somos y cómo nos relacionamos. Es decir, una teoría sobre la liberación de afectos, géneros y sexualidades frente a unas normas que no señalan, apuntan y dirigen violencia contra la diversidad sexual, pero también disciplinan el conjunto de maneras de relacionarnos. Y disciplinan especialmente a esa gran mayoría de la población que tenemos que vender nuestra fuerza de trabajo para vivir.
Ahí miramos a la historia para ver que esta pelea no es nueva, que en la historia del movimiento obrero siempre estuvo presente, con más encuentros y desencuentros. Y miramos también hacia ahí para pensar cuál es el sujeto al que hablamos.
Cabría preguntarse: ¿es diversidad sexual únicamente quien ahora mismo se reconoce como diversidad sexual? ¿Es ese «todes» del que hablamos en el subtítulo, que pasa al no binario un verso de La Internacional? Mi propuesta es que sí, que necesitamos ese «todes»: unir el conjunto de las fuerzas para liberar una presión y una disciplina de género y sexualidad que señala a todes, no solo a una minoría.
También, en ese sentido, creo que es una historia que tiene curiosidad por ver cómo la diversidad sexual ha tenido su papel en la historia y, precisamente, por pelear por las condiciones que nos permitan emerger de la manera que queramos. Y eso sí que une a la diversidad sexual con la lucha de clases. Por eso desplazo el foco ahí.
«Mi propuesta es que necesitamos ese ‘todes’: unir el conjunto de las fuerzas para liberar una presión y una disciplina de género y sexualidad que señala a todes, no solo a una minoría»
En el libro se declara abiertamente materialista histórico. En este sentido, una tesis fuerte es que las normas de género y sexualidad no son naturales e inherentes a los seres humanos, sino que se construyen históricamente. ¿Qué implicaciones tiene este enfoque para pensar la lucha de las personas que han sido históricamente oprimidas?
En el libro me declaro abiertamente materialista histórico, con un Marx disfrutón y travestido en la portada. Y claro que quiero decir, en ese sentido, que las normas de género y de sexualidad no han caído del cielo, no son inmutables a lo largo de la historia, y las disidencias a esas normas tampoco son siempre iguales en la historia. Son un producto histórico que tiene avances y retrocesos.
Por ejemplo, en los primeros capítulos hablo de que una parte muy importante de la construcción de esas normas es cómo el capitalismo, en su fase imperialista, las va imponiendo en países donde estas instituciones patriarcales no existían de la misma manera y donde, de hecho, toman la existencia de otras normas en esas sociedades como ejemplo de que serían bárbaras y atrasadas.
O sea, el clásico cruce entre normas raciales, de género y de explotación de clase es muy importante para trazar nuestro hilo rosa y rojo de la historia. Pero es también un ejemplo de que es una historia muy dialéctica, con avances y retrocesos.
Si estas normas de género, por ejemplo, son un instrumento de quienes organizaban la sociedad, de los capitalistas, para tratar de ordenar nuestra reproducción y expresión de género hacia su propio beneficio, hacia la reproducción de siguientes generaciones obedientes para seguir con toda su rueda de producción, eso no significa que siempre ganen ni que siempre se impongan. También es una historia de conquistas, de momentos de debilidad de estas normas, de momentos en los que han tenido que ceder terreno, de avances y de retrocesos.
Creo que, en ese sentido, pensar esos matices —por ejemplo, la idea del desarrollo desigual y combinado de nuevas y viejas formas de género y sexualidad en su extensión imperialista— como producto histórico también es algo interesante aquí. Y creo que nos ayuda a ponernos en perspectiva hoy día: a decir que no todo tiempo pasado fue mejor ni peor por sí mismo, ni que haya habido una única identidad que viaje igual a lo largo de toda la historia, sino que el presente que hoy nos venden como inmutable también se puede transformar.
«El clásico cruce entre normas raciales, de género y de explotación de clase es muy importante para trazar nuestro hilo rosa y rojo de la historia. Pero es también un ejemplo de que es una historia muy dialéctica, con avances y retrocesos»
Frente a las visiones que plantean que la historia del marxismo y la del movimiento por la liberación sexual no han tenido nada que ver entre sí, usted tiene la tesis contraria. En el libro, recupera experiencias como la de la Revolución rusa, Stonewall, la lucha contra el sida y las diversas alianzas entre el colectivo LGBT y el movimiento obrero. ¿Por qué estos episodios históricos son fértiles para pensar el presente?
Tengo la tesis de que son dos historias cruzadas: la del marxismo y la del movimiento de liberación sexual, desde experiencias como la Revolución rusa o la revuelta de Stonewall, pero también incluso desde antes.
Por ejemplo, cuando en el libro empezamos a hablar de estos primeros pasos del movimiento obrero, nos vamos a Marx y Engels, que deciden dedicarle un espacio a hablar de la abolición de la familia patriarcal, del cuestionamiento de la monogamia como una forma de relación que hacía en muchos casos de servidumbre de la mujer en el hogar, de la liberación de la situación de la mujer, de lo que llamaron las cadenas de hombres y mujeres en el matrimonio. Y le dedican espacio en un texto tan breve y tan temprano como el Manifiesto comunista. No será una excepción, no serán las únicas figuras del movimiento obrero que piensen discursos así, destacando también a muchas mujeres.
Rescatamos textos de Flora Tristán, de congresos obreros de la época, que ya estaban pensando cómo acabar con la miseria que impone el capitalismo en las relaciones familiares y desplegar esa afectividad de nuevas maneras, más libres.
Nos encontramos con experiencias así no solo en el discurso, sino también en la práctica. Si pensamos en la Revolución rusa, hay una cita de Trotsky que me viene bastante bien, y que tomo, que dice que no podemos abolir la familia en el terreno de la miseria socializada. El socialismo tiene no solo que tomar el poder, sino revolucionar la sociedad, extenderse a otros lugares del mundo, poder socializar esa riqueza y ofrecer maneras mejores de relacionarse, nunca imponer nada.
A mí visiones así me parecen muy avanzadas, y estamos hablando de algo que se escribe hace más de cien años, tras una revolución en la que por primera vez se pensó en despenalizar la homosexualidad y se consiguió; en la que, a pesar de las privaciones, se está pensando en sacar las tareas domésticas del hogar y liberar a la familia de todo papel económico, a ver si es tan natural y se sostiene sola. Y se habla también de cómo parte de la contrarrevolución estalinista consistió en reforzar los roles patriarcales, volver a penalizar la homosexualidad, el aborto, etcétera.
En esa historia de momentos revolucionarios y contrarrevolucionarios, que también lo son en el terreno del género, lo agarramos desde ahí. Y en el caso de Stonewall, que también lo nombramos, es algo que se da en medio de un ascenso de la lucha de clases de los años sesenta y setenta muy interesante, donde hay textos que me parecen muy de vanguardia incluso para hoy en día.
Animo mucho a leer ese episodio y conocerlo, porque además pensaban cómo unir esas luchas desde abajo, cómo darse la mano con el movimiento contra la guerra de Vietnam, el movimiento antirracista, el movimiento feminista; cómo poner también a la enorme y heterogénea clase trabajadora en primera fila de todo esto. Me parece que son episodios muy fértiles para pensar un presente en el que, como habremos oído decir unas cuantas veces en las manifestaciones, hay que tratar de unir por abajo lo que tratan de separar por arriba.
«Si pensamos en la Revolución rusa, hay una cita de Trotsky que me viene bastante bien, y que tomo, que dice que no podemos abolir la familia en el terreno de la miseria socializada»
Insiste, en varias ocasiones, que el sistema capitalista no solo organiza cómo producimos, sino también cómo nos reproducimos socialmente: la familia, el deseo y nuestros propios cuerpos. ¿En qué sentido afectan las relaciones económicas a nuestros modos de ser y de desear a los otros?
Como decía antes, no se trata de que el capitalismo organice cómo producimos y cómo nos reproducimos socialmente, cómo nos expresamos a nivel de género y sexualidad, de una forma monolítica e insalvable.
Existen conquistas. Hay una gran historia de luchas por liberarnos y por liberar nuestras relaciones, nuestro género y nuestros afectos de toda esa lógica destinada a la familia patriarcal, a la disciplina de género, a la contención para poder sobrevivir, a la represión legal, incluso en decenas de países de todo el mundo hoy en día, con condenas muy fuertes.
Pero, en ese sentido, las relaciones económicas siguen afectando a nuestra manera de ser y de desear. No sé si se desea con la misma libertad cuando tienes que cuidar de personas en un servicio que está siendo desmantelado, o que nunca fue entendido como un servicio, sino como una tarea gratuita asociada generalmente a las mujeres, a las mujeres de clase trabajadora o a una cadena global racializada de cuidados.
No se quiere ni se desea igual cuando las familias están separadas por fronteras, por jornadas laborales eternas, por trabajo a turnos, por la doble jornada laboral cuidando en casa y trabajando fuera. Ahí el espacio para pensar en la diversidad sexual y de género, en el poliamor o en la experimentación, se reduce, por no decir que sale por la ventana.
En ese sentido, nos toca volver a pensar cómo peleamos para que no sea una liberación para unas pocas personas, sino de conjunto. Para poder, efectivamente, quitarle toda esa exigencia de la ganancia, de la competencia y de la supervivencia a la manera en la que somos. Y eso incluye, por lo tanto, revolucionar de conjunto esta sociedad y no dedicar la mayoría de la humanidad a servir y a enriquecer a otros.
«No se quiere ni se desea igual cuando las familias están separadas por fronteras, por jornadas laborales eternas, por trabajo a turnos, por la doble jornada laboral cuidando en casa y trabajando fuera»
Y, en relación con todo esto, habla de un capitalismo «LGTBIfriendly» y del pinkwashing como estrategias que tiene el propio sistema de incorporar y asimilar ciertos derechos o símbolos, mientras mantiene la desigualdad en forma de explotación, racismo, guerras y desigualdad. ¿Cómo se puede evitar este desvío y qué tipo de movimiento de liberación sexual necesitamos para evitarlo?
Los movimientos por la diversidad sexual van consiguiendo ciertas victorias: despenalizaciones, equiparaciones en derechos, matrimonio, protecciones legales, etcétera. Y los Estados se dan cuenta, al menos sus partes más progresistas, de que es mejor vender todos esos avances como una prueba de lo maravilloso que es el Estado, el neoliberalismo y el capitalismo, antes que dejar que se entiendan como prueba de que luchar sirve para algo, consigue victorias, consigue derechos y, encima, puede tratar de unir por abajo y cambiar las mentalidades hacia formas menos represivas y menos patriarcales.
En ese sentido, el capitalismo muestra una gran capacidad de adaptación y aprende. En los momentos en que ve que es mejor tratar de ponerse a la cabeza de estas luchas, lo hace, en lugar de oponerse frontalmente y reprimir.
Eso no es gratis, tiene unos costes. Porque la diversidad sexual no es un único bloque, y los movimientos, tampoco. Hay sectores cuya orientación es la integración en el Estado capitalista, como una suerte de Estado ampliado (en palabras de Gramsci) que ahora les reconocería como nuevos ciudadanos e incluso, en último término, como nuevos agentes de sus políticas. Y esa sería su meta para tratar de imponer una agenda.
Claro, esto como estrategia te deja pegado a un Estado que puede ser imperialista, que puede atacar los derechos de los trabajadores, que puede apoyar genocidios, que puede recortar los servicios públicos, que puede imponer incluso políticas que afecten gravemente a la situación de la diversidad sexual. Y, de última, tú eres la coartada rosa de ese Estado, si tu estrategia es esa.
Por lo tanto, es una estrategia que, como decíamos, no sale gratis. Se acaba identificando la pelea por la diversidad sexual con algo que se daría desde arriba, es decir, con el Estado que está mandando a la precariedad, a la miseria o a sufrir violencias cada vez mayores a grandes mayorías, y que tiene la cara de pintarse de rosa encima. Puede aumentar mucho el descontento que se asocie también a estos valores, que ya se verían como prueba de lo políticamente correcto, como algo impuesto, en lugar de como algo conquistado y peleado desde abajo.
Todo eso tiene que ver con las nuevas extremas derechas, que en parte han ascendido con discursos patriarcales y racistas, y que pueden atacar la diversidad con más fuerza porque esta diversidad queda asociada a lo que se llamó el neoliberalismo progresista.
De ahí la importancia de tratar de unir, como decíamos, por abajo: la idea de una clase trabajadora hegemónica, es decir, de una clase trabajadora más diversa, más racializada y más feminizada que nunca, que tome como propias todas estas luchas y tenga una estrategia independiente de los capitalistas y de sus gobiernos para evitar precisamente este tipo de desvíos.
«Las nuevas extremas derechas, que en parte han ascendido con discursos patriarcales y racistas, pueden atacar la diversidad con más fuerza porque esta diversidad queda asociada a lo que se llamó el neoliberalismo progresista»
Su libro es toda una llamada a desviarse: a ser desviados, desviadas y desviades. Pero no basta con la acción individual, ¿verdad?
Antes hablábamos de evitar desvíos, pero, con lo que nos gusta desviarnos, en realidad el problema es que la acción individual no es accesible para una parte importante de la población.
Cuando tú tienes que madrugar o trasnochar para trabajar, dedicar el escaso tiempo libre a hacer lo necesario para sostenerte al día siguiente, cuidar a otras personas, hay poco margen para desviarse, para curiosear. Porque hay poco tiempo libre y pocos recursos para poder hacerlo. Porque incluso hay muchos entornos que no permiten la transgresión de género y, si no tienes el dinero para vivir por fuera de esos entornos, lo tienes difícil.
Esa es la historia de muchas de las generaciones que vemos, pero es también la historia de hoy día, cuando falta vivienda, falta acceso a recursos, falta dinero y falta tiempo libre para poder hacer esto.
Hablando de tiempo libre, en el último capítulo del libro, que va sobre la idea de imaginar otros futuros, rescato un texto de los años setenta que habla de liberar el tiempo libre; de que la tecnología podía liberar tiempo de trabajo para convertirlo en más tiempo libre. Y entonces habría más oportunidades para tener tiempo para conocerse más, para experimentar más, para fallar más, ¿por qué no decirlo?
Y es algo muy distinto de la acción individual. Porque la acción individual, para quien sea posible, adelante: es una práctica gozosa poder hacerlo. Pero no queremos que desviarse se reduzca al escaso tiempo libre de quien hoy en día puede permitirse eso y pensar en desviarse.
¿Queremos que florezcan cien flores a nivel de género? Bueno, pues que nadie tenga que pagar un coste por esas flores; que no haya un coste por ninguna transgresión de ninguna norma de sexualidad, género y afectos. Pero claro, eso requiere acciones colectivas.
En el sentido de lo que decíamos antes, de desviarse, su libro está atravesado por el humor, la irreverencia y la reapropiación de los insultos que el sistema ha utilizado históricamente contra aquellos a quienes quería condenar a la exclusión. ¿Qué papel político le parece que tiene la risa frente a esa supuesta respetabilidad burguesa y la moral reaccionaria que impone?
Yo soy un poco mamarracha, y el libro, dentro de la teoría política, está lleno de chistes malos, malísimos y peores, de referencias a la cultura popular camp y queer.
Y esa irreverencia, ese humor, esa reapropiación de los insultos como una manera de decirle a la respetabilidad burguesa que no es nuestra meta, tiene una larga historia. Era una tradición a la que había que honrar. Sí que trato de equilibrarla con la reclamación de todo respeto, de todo reconocimiento a cada identidad peleada. Pero, al mismo tiempo, también hay que darse cuenta de que eso debe equilibrarse con la larga tradición de reírse de sus normas y de no buscar la asimilación a toda costa a una respetabilidad que no nos respeta en realidad.
En ese sentido, trato no solo de hacer el libro un poco más ligero de leer, sino también de rendir cierto homenaje a esa tradición.
No quiero que vayamos muy lejos del tema del humor, aunque esto es serio. Hace un año, en unas fiestas populares en Zaragoza, se hizo una broma contra la extrema derecha, donde se lanzaban dardos de plástico a la cara de los líderes de la ultraderecha internacional. Los mismos que recortan derechos a las personas LGBTI, que imponen una agenda racista y que persiguen a los trabajadores que se organizan. Ahora, a otro docente y a usted Santiago Abascal de Vox les denuncia por «delito de odio». ¿Cómo está siendo este proceso?
Bueno, dice el lema de la campaña de los profes de Zaragoza: «Burlarse de la extrema derecha no es delito, denunciar sus discursos de odio tampoco».
Y, en ese sentido, parece que tienen la piel muy fina y el bufete de abogados muy cerca para ser quienes lanzan discursos de odio racistas todos los días, apoyan genocidios, no condenan el franquismo o niegan la violencia machista.
Es el caso de Vox y Abascal, que a Jorge Calderón, otro profesor de Zaragoza, y a mí nos denuncian por delito de odio y amenazas por un juego en unas fiestas, en la Cincomarzada de 2025 en Zaragoza, que denunciaba precisamente los discursos de odio de la ultraderecha mundial. Muchos de ellos han sido LGTBIfóbicos de primera línea.
Pero además, el caso plantea algo curioso: la idea del delito de odio es algo que durante mucho tiempo se vendió como una herramienta que el Estado ponía al servicio de minorías que sufrían el odio. Es decir, es algo que los Estados dan como reacción ante la denuncia de la impunidad de muchos crímenes machistas, LGTBIfóbicos, racistas.
Pero tratan de darle salida a ese reclamo de justicia no transformando la sociedad que da lugar a esos crímenes, ni combatiendo el odio ultraderechista y patriarcal que los produce, sino diciendo que la manera de combatirlo, o al menos sus manifestaciones violentas, es que el Estado diga qué es violencia y qué no, y que el Estado y sus leyes sean la manera de castigarlo.
Esto es una herramienta muy peligrosa porque el Estado capitalista no va a castigar necesariamente a quien tú quieres. Va a establecer un arma de doble filo que se vuelve contra los movimientos sociales, contra el movimiento obrero, contra la juventud que lucha. Y en este caso se da la vuelta: parece el mundo al revés, nos denuncian por delito de odio Vox y Abascal a otro profesor y a mí.
Además, digo que somos profesores porque no es casual. Esto se da en Aragón justo cuando asumen el gobierno PP y Vox. La última citación llega cuando asume el gobierno. Nos llaman a declarar el 18 de mayo, y a las 10:30 habrá una concentración frente a los juzgados de la Expo. Es el día anterior a la huelga educativa, a la que vamos a ir a luchar con todo, a denunciar que, además, están sacando millones de la escuela pública y llevándolos a la concertada, que en muchos casos sigue amparando discursos patriarcales y LGTBIfóbicos de la Iglesia.
Y claro que vamos a ir a la huelga al día siguiente con mucho orgullo, porque estarán tratando de amedrentarnos, pero no van a conseguir que dejemos de denunciar sus discursos de odio y de organizarnos.
«La idea del delito de odio se vendió como una herramienta que el Estado ponía al servicio de minorías que sufrían el odio, pero tratan de darle salida a ese reclamo de justicia decidiendo que el Estado dice qué es violencia y qué no, y sus leyes son la manera de castigar»
Y, para acabar, en el epílogo del libro habla de «futuros comunistas desviados». ¿Qué significa imaginar una sociedad comunista no solo desde la ausencia de la explotación económica, sino como una transformación radical del género, los afectos y las formas de vida?
Imagina lo que les parecerá a estos personajes de la internacional reaccionaria que, además de denunciar las ideas de odio de la extrema derecha, seamos una panda de comunistas que, además, pelean por la liberación sexual.
Parece una pesadilla, pero es que en ocasiones las pesadillas de la derecha son una gran guía de acción. Y es que, en tiempos de imperialismo recargado, de auge de las ideas de ultraderecha, de auge también de una nueva generación que les planta cara, queremos ser parte de todo este combate por darle a estos malestares de clase y de género, y a este momento de guerras, crisis y precariedad, una salida revolucionaria desde abajo. Y que, dentro de esa revolución, sea una revolución que también llegue a la manera en la que podemos relacionarnos, podemos expresarnos y podemos querernos.
Y digo «podemos» en condicional, porque quienes peleamos por una revolución no peleamos por decirle a nadie cómo tiene que relacionarse ni expresarse, sino al contrario: por una sociedad en la que esto no sea la base de ninguna desigualdad ni de ningún agravio. Peleamos por cambiar de base esta sociedad, porque la mayoría que movemos el mundo —esa clase trabajadora más grande que nunca en la historia, y en la que la diversidad está dando también una pelea en primera línea— sea quien organice de forma racional el mundo, en lugar de dedicarlo a una sociedad en la que muere de hambre alguien cada cuatro minutos y otros acumulan fortunas suficientes para irse de paseo a la Luna.
Es decir, una sociedad así merece pasar al basurero de la historia. Sus esquemas patriarcales también.
Tomamos la historia, además, de todas las que han peleado antes que nuestra generación, porque lo han hecho en condiciones de represión durísima, de asesinato, de exilio, de precariedad, incluso en muchos casos tratando de unir por abajo las fuerzas y encontrándose contradicciones patriarcales y contrarrevolucionarias en las propias filas del movimiento obrero.
En un libro así hacemos un balance porque queremos no solo separar el trigo de la paja a nivel estratégico —qué elementos nos sirven, de qué tenemos que aprender—, sino también hacer homenaje a quienes pelearon en el pasado y lo hicieron en condiciones tan duras, y hacen que hoy no partamos de cero. Bueno, ¿qué mejor homenaje que continuar la lucha y no perder este horizonte comunista, también de liberación sexual, al que queremos llegar?
En ese sentido, creo que tenemos que proponernos una tarea en la que todas estas demandas y luchas del presente tratemos de unirlas, tratemos de tender un puente con objetivos liberacionistas del género y de la clase. Por una sociedad, al final, ¿por qué no decirlo?, comunista, en la que no existan clases sociales ni ninguna herramienta política para la dominación de una clase sobre otra, ningún tipo de explotación ni opresión.
Para ello también nos organizamos. Este es un libro de historia, pero también concluye con una llamada a tomar partido hoy en día y organizarse. Y seguro que, a la hora de tomar partido, no faltan las plumas, el glitter y las ganas de transformarlo todo.
Fuente: https://filco.es/
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