martes, 5 de mayo de 2026

¿DIOS HA MUERTO?

¿Dios ha muerto? Grecia y el inicio de la crítica

¿Dios ha muerto? Nietzsche declaró que sí, pero mucho antes de que eso ocurriera, el ser humano fue un ser fundamentalmente religioso. En esta parte del dosier analizamos cómo se desarrolló esta naturaleza religiosa del ser humano en la Antigua Grecia y a qué interrogantes pretendía responder.

¿Dios ha muerto? En la Antigua Grecia ya podemos encontrar las primeras críticas a la religión y a Dios (diseño realizado a partir de elementos de Freepik, licencia CC). 

La religión: una respuesta al sinsentido y al sufrimiento

Antes de ser homo sapiens, homo faber o homo politicus, el ser humano ha sido siempre el homo religiosus. Como señala Mircea Eliade en Tratado de historia de las religiones, esta afirmación no pretende añadir una definición más al largo catálogo de intentos por apresar lo humano, sino señalar su núcleo más persistente. Allí donde hay humanidad, hay también ritos, símbolos, relatos fundadores y una relación con lo invisible que estructura la vida individual y colectiva. Esta dimensión no es accidental ni secundaria, sino constitutiva; comprenderla resulta indispensable para comprendernos.

Tradicionalmente, estas definiciones se apoyaban en la identificación de una cualidad considerada exclusiva del ser humano: la razón, el lenguaje, la técnica o la vida social. Sin embargo, estas caracterizaciones han ido perdiendo fuerza a la luz de los avances contemporáneos en etología y ciencias cognitivas. Hoy sabemos que los animales piensan, que poseen procesos mentales y son capaces de elaborar estrategias; sabemos también que sienten, que tienen emociones complejas, que utilizan herramientas, juegan y socializan. Ninguna de estas capacidades puede sostenerse ya como criterio absoluto de distinción entre lo humano y el resto de los animales.

A diferencia de estas capacidades, la creación de dioses y sistemas religiosos responde a una necesidad específicamente humana: dotar de sentido a la muerte, al sufrimiento y a la amenaza constante de la naturaleza. Como afirma el filósofo rumano Mircea Eliade en Lo sagrado y lo profano, «el hombre arcaico se esfuerza por vivir en un mundo sacralizado porque solo así puede soportar la fragilidad de su existencia». La religión no surge únicamente de un error intelectual, sino también de una necesidad existencial profunda: dar sentido a la vida frente a la muerte, el peligro y la contingencia. Por ello, puede afirmarse que el ser humano es, en un sentido profundo, homo religiosus.

En una línea cercana, el historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari sostiene en Sapiens que la característica fundamental del Homo sapiens es su capacidad para crear ficciones compartidas: entidades que no existen en sentido material, como dioses, derechos humanos o leyes. Estas ficciones han permitido la cooperación a gran escala entre grupos humanos.

Pero ¿a qué necesidad responde la creación de las múltiples religiones que han surgido a lo largo de la historia? El ser humano ha buscado siempre una explicación ante lo absurdo y el sinsentido: ¿por qué la enfermedad?, ¿por qué la muerte?, ¿por qué sufrimos? Como escribió Miguel Hernández en «Umbrío por la pena»: «¿Tanto penar para morirse uno?».

Ya al salir del palacio paterno, Siddhartha Gautama (Buda) quedó marcado por el sufrimiento al contemplar la vejez, la enfermedad y la muerte. Nietzsche expresa algo similar cuando recrea el mito de la sabiduría de Sileno en El nacimiento de la tragedia:

«Cuenta la antigua leyenda que el rey Midas persiguió durante largo tiempo al sabio Sileno, compañero de Dioniso, sin lograr atraparlo. Cuando por fin cayó en sus manos, el rey le preguntó qué era para el hombre lo mejor y más excelente de todo. Obstinado y rígido, el demonio guardó silencio; hasta que, forzado por el rey, prorrumpió finalmente en estas palabras, acompañadas de una risa estridente:
‘¡Estirpe miserable y efímera, hija del azar y del sufrimiento! ¿Por qué me fuerzas a decirte lo que sería para ti mejor no oír? Lo mejor de todo es para ti totalmente inalcanzable: no haber nacido, no ser, ser nada. Pero lo segundo mejor para ti es —morir pronto.‘».


Esta es la sabiduría del pesimismo más radical, que Nietzsche, sin embargo, supera desde esa misma obra al proponer diversas formas de dar sentido a la existencia. Hemos creado múltiples vías para encontrar significado: el arte, la filosofía, la ciencia o la religión hacen la vida habitable al dotarla de sentido.

El sentido religioso, sin embargo, conlleva problemas y paradojas. En la búsqueda de esperanza, el ser humano puede terminar atrapado en creencias que lo dañan. A lo largo de la historia de la filosofía, estas creencias han sido tanto justificadas como criticadas, especialmente en lo que respecta a su origen y a su relación con la existencia de los dioses. A continuación, veremos algunos de los pensadores más representativos en este análisis.

    La creación de dioses y sistemas religiosos responde a una necesidad específicamente humana: dotar de sentido a la muerte, al sufrimiento y a la amenaza constante de la naturaleza


Jenófanes: la primera crítica

Quizá el primer pensador en analizar el origen de la creencia religiosa fue Jenófanes de Colofón, un presocrático sorprendentemente relegado en muchas historias de la filosofía. Es cierto que fue poeta, pero eso no excluye la reflexión filosófica; en ocasiones, la intensifica.

Sin ser ateo, Jenófanes de Colofón reformula de manera radical las creencias de su tiempo. Su crítica se dirige contra la forma antropomórfica en que los dioses son concebidos. Observa que cada pueblo imagina a sus dioses según sus propios rasgos físicos y culturales: los etíopes los conciben negros; los tracios, rubios y de ojos claros. Lleva esta idea al extremo al afirmar que, si los animales pudieran representar a sus dioses, los harían semejantes a ellos mismos. Como escribe: «Si los bueyes, los caballos o los leones tuvieran manos y pudieran dibujar, pintarían a sus dioses con forma de bueyes, caballos o leones».

La conclusión es clara: los dioses no son revelaciones objetivas, sino proyecciones humanas. La religión antropomórfica tiene un origen cultural e imaginativo y no puede presentarse como verdad universal. En esta línea, Jenófanes critica también a Homero y Hesíodo por atribuir a los dioses conductas moralmente reprobables: robo, adulterio, engaño o violencia. Estas atribuciones muestran que los dioses reflejan los vicios humanos proyectados en lo divino.

Sin embargo, Jenófanes no elimina lo divino ni propone el ateísmo. Defiende la existencia de un único dios, distinto de los mortales tanto en cuerpo como en pensamiento, que gobierna todo mediante el intelecto. Esta concepción elimina la narración mítica y apunta hacia un principio universal, anticipando ideas que aparecerán más tarde en Spinoza.

Además, introduce un escepticismo decisivo: incluso si alguien dijera la verdad sobre los dioses, no podría saber con certeza que lo ha hecho. El conocimiento humano permanece en el ámbito de la doxa, no de la certeza. Con ello, la fe dogmática queda filosóficamente desautorizada.

    Quizá el primer pensador en analizar el origen de la creencia religiosa fue Jenófanes de Colofón, un presocrático sorprendentemente relegado en muchas historias de la filosofía


Epicuro: el miedo a la muerte y la ataraxia

Entre los años 341 y 270 a. C., el filósofo griego Epicuro fundó una escuela que reformuló el hedonismo. Identificó el bien supremo no con el placer intenso, sino con la ausencia de dolor y de perturbación del alma.

En su Carta a Meneceo, conservada por Diógenes Laercio, ofrece orientaciones para alcanzar una vida lograda. Allí afirma: «Porque los dioses existen, tenemos de ellos un conocimiento evidente». Sin embargo, esto no implica aceptar las creencias populares sobre ellos. Epicuro sostiene que es impío atribuir a los dioses las opiniones del vulgo. Los dioses no intervienen en los asuntos humanos: no castigan ni recompensan. Como afirma en las Máximas capitales: «El ser bienaventurado e incorruptible no tiene preocupaciones ni las causa a otros».

El origen de las creencias religiosas se encuentra, para Epicuro, en la ignorancia. El miedo a los fenómenos naturales y, sobre todo, el miedo a la muerte, generan superstición. Por ello, el estudio de la naturaleza tiene una finalidad terapéutica: liberar al ser humano de sus temores. Así, los truenos, los eclipses o los terremotos no son señales divinas, sino fenómenos naturales explicables. Comprender esto permite eliminar el miedo irracional.

El núcleo de su pensamiento es el rechazo del miedo a la muerte. En la Carta a Meneceo escribe: «Acostúmbrate a considerar que la muerte no es nada para nosotros». La razón es simple: todo bien y todo mal dependen de la sensación, y la muerte es ausencia de sensación. Mientras vivimos, la muerte no está; cuando la muerte está, nosotros ya no estamos. Nunca coexistimos con ella, por lo que no puede afectarnos.

La religión, en cambio, intensifica el miedo al introducir castigos y recompensas después de la muerte. Frente a esto, Epicuro propone una cura en tres pasos: comprender que la muerte es ausencia de sensación, aceptar que los dioses no intervienen y aprender a vivir en el presente sin angustia por el futuro.

La filosofía se convierte de esta forma en una medicina del alma cuyo objetivo es la ataraxia, la tranquilidad. 

Fuente: https://filco.es/ 

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