martes, 5 de mayo de 2026

LA MUERTE DE DIOS EN ROMA

La muerte de Dios en Roma: desmitificación y escepticismo

En la Roma imperial, se empezaba a producir un proceso de desmitificación del mundo, otra muerte de Dios o de los dioses muy anterior a la proclamada por Nietzsche, mucho más temprana.

En Roma encontramos el origen de la desmitificación. Diseño realizado a partir de las imágenes de Freepik (licenciaCC). 

Lucrecio: el temor y la ignorancia

El pensador romano Tito Lucrecio Caro retomó las ideas de Epicuro que veíamos en la primera parte de este dosier y las desarrolló de manera sistemática en su obra De la naturaleza de las cosas. A diferencia de Epicuro, de quien tenemos cartas y sentencias, Lucrecio no es un autor fragmentario: su legado es una sola obra extensa, coherente y sistemática de seis libros, que es a la vez un poema y un tratado filosófico. En ella defendió una forma de hedonismo racional, identificando el bien supremo no con el placer intenso, sino con la ausencia de dolor corporal y de perturbación del alma.

Desde el inicio de la obra, Lucrecio alude al fundador del epicureísmo sin nombrarlo y se refiere a él como «primum Graius homo», como señala en De la naturaleza de las cosas; más adelante aparece ya explícitamente el nombre Epicuro cuando Lucrecio habla de la muerte del pensador griego. Y, en efecto, siguiendo la vía abierta por ese pensador, Lucrecio considera que el ser humano no comprende la naturaleza de las cosas y que la religión nace del terror ante una naturaleza tan poderosa como incomprensible.

Pero Lucrecio acusa con fuerza a la religión de incitar al ser humano a la violencia y a cometer actos atroces: «Tantum religio potuit suadere malorum» es la célebre frase en la que denuncia hasta qué punto la religión puede inducir al mal. Como él mismo muestra en su obra, por ejemplo al evocar el sacrificio de Ifigenia, una religión nacida del miedo a la muerte y a la naturaleza termina justificando la violencia y la sumisión espiritual.

Para Lucrecio, solo el conocimiento racional de la naturaleza de las cosas puede romper este círculo de violencia: la comprensión de los fenómenos naturales y de cómo obedecen a causas materiales libera al ser humano del miedo religioso y le devuelve la serenidad. Al igual que sus predecesores, no niega a los dioses, pero desmantela la superstición que surge de la fragilidad humana y propone una idea distinta de ellos. La filosofía en Roma se presenta así como una terapia contra el miedo religioso y como una vía hacia una vida más libre, alejada de la violencia.

    Lucrecio considera que el ser humano no comprende la naturaleza de las cosas y que la religión nace del terror ante una naturaleza tan poderosa como incomprensible


Cicerón: el papel social de la religión

Cicerón, contemporáneo en Roma de Lucrecio, desde otra perspectiva desenmascaró el papel social que juega la religión. El orador, filósofo y político de la República romana, en sus diálogos filosóficos De natura deorum y De divinatione, somete las creencias religiosas a un examen racional sistemático. Para Cicerón, la mera pluralidad de doctrinas y revelaciones religiosas invalida la pretensión de una verdad revelada única. Hoy en filosofía de la religión este razonamiento se conoce como el «argumento de las revelaciones inconsistentes»: si existen múltiples religiones con doctrinas mutuamente incompatibles, no puede afirmarse racionalmente que alguna de ellas posea la verdad revelada definitiva.

Según este argumento, muchas tradiciones religiosas proclaman revelaciones exclusivas y contradictorias. Estas diferencias abarcan cuestiones como la naturaleza de lo divino, la identidad de figuras sagradas, las escrituras consideradas reveladas o los caminos de salvación. Por ejemplo, los cristianos afirman que Jesús es el salvador del mundo, mientras que judíos y musulmanes no comparten esa creencia; los musulmanes sostienen que el Corán tiene autoridad divina, algo que judíos y cristianos no aceptan, y dentro del propio cristianismo existen múltiples denominaciones con doctrinas divergentes.

Estas incompatibilidades hacen que aceptar una religión implique rechazar a las demás, lo que, en ausencia de una revelación personal verificable, dificulta justificar racionalmente por qué elegir una sobre otra.

El argumento no pretende demostrar directamente que Dios no existe, sino cuestionar la idea de que una religión particular tenga una revelación verdadera y universalmente válida. En términos lógicos, sostiene que, si hay muchas religiones mutuamente excluyentes basadas en revelaciones incompatibles, no hay forma de saber a priori cuál, si alguna, es la correcta, lo que invalida las pretensiones exclusivistas de verdad absoluta.

En debates filosóficos contemporáneos sobre pluralismo religioso y epistemología de la religión, este tipo de razonamiento lleva a considerar que la diversidad religiosa es indicio de que las creencias religiosas dependen en gran medida de la tradición, la cultura y la opinión humana, más que de un conocimiento revelado objetivamente verificable.

Cicerón también señala que el origen de la religión se encuentra en el temor humano ante fenómenos incomprensibles y en la ignorancia de sus causas. Frente a enfermedades, catástrofes o presagios, los hombres atribuyen agencia a los dioses como forma de explicación.

Como muestra en Sobre la naturaleza de los dioses, especialmente en el libro I, en Roma muchas creencias y prácticas religiosas persisten más por la costumbre y la autoridad heredada que por una demostración racional. En Sobre la adivinación, sobre todo en el libro II, esta crítica se intensifica: Cicerón examina augurios, oráculos y otras prácticas adivinatorias, argumentando que sus supuestos aciertos se deben al azar, a la selección retrospectiva y a la credulidad humana, más que a una intervención divina real.

Aunque Cicerón discute ampliamente cuestiones teológicas —como en De natura deorum, donde confronta distintas doctrinas sobre los dioses—, también reconoce que la religión cumple una función decisiva en el orden político y social de la República romana. Más allá de las disputas teóricas, la práctica religiosa contribuye a la cohesión social, al respeto de las leyes y a la estabilidad del Estado. La religión no es solo un conjunto de creencias abstractas, sino un factor que refuerza los valores cívicos y la identidad colectiva.

Como subrayan estudios contemporáneos sobre su obra, Cicerón concibe la religión como un elemento clave de cohesión social y estabilidad política, integrado en la vida cívica y orientado al salus publica de Roma. Desde esta perspectiva, la religión aparece como una construcción humana útil, preservada por su valor cívico más que por una evidencia racional concluyente. Al distinguir entre la reflexión teológica y el papel institucional de la religión en la res publica, Cicerón abre la puerta a interpretaciones genealógicas, sociológicas y políticas del fenómeno religioso.

    Para Cicerón, más allá de las disputas teóricas, la práctica religiosa contribuye a la cohesión social, al respeto de las leyes y a la estabilidad del Estado. La religión no es solo un conjunto de creencias abstractas, sino un factor que refuerza los valores cívicos y la identidad colectiva


Sexto Empírico: la culminación del escepticismo

Desde la perspectiva del escepticismo, esta crítica alcanza una forma radical. Sexto Empírico representa al continuador más tardío y sistemático de la escuela fundada por Pirrón de Elis, la cual, en lugar de proponer una concepción alternativa de lo divino, cuestiona la posibilidad misma de fundamentar racionalmente las creencias religiosas. La crítica escéptica no se dirige al contenido particular de una religión, sino a la posibilidad de afirmar o negar la existencia de los dioses desde cualquier marco doctrinal, lo que conduce a la suspensión del juicio, la epoché, como única actitud filosóficamente coherente.

Las cuestiones religiosas reciben su tratamiento más amplio en Contra los matemáticos, especialmente en el libro IX, donde Sexto aplica su método escéptico al problema de los dioses y la providencia. Para él, el problema no es meramente teológico, sino un caso ejemplar del escepticismo radical: ninguna posición —ni teísta ni atea— puede sostenerse con seguridad racional. Como señala en esta obra, al investigar si existen dioses, si no existen o qué tipo de seres son, encontramos argumentos de fuerza equivalente en direcciones opuestas, lo que obliga a suspender el juicio.

Sexto no ignora los argumentos a favor de los dioses; los expone con cuidado antes de someterlos a crítica. Entre ellos se encuentran la regularidad de los ciclos celestes, la armonía de las estaciones o la aparente finalidad de la naturaleza. Como recoge en Contra los matemáticos, los defensores de los dioses sostienen que «su existencia se demuestra por la regularidad de los ciclos del cielo, por la armonía de las estaciones y por la finalidad de las cosas». Sin embargo, desde el escepticismo, estos argumentos no bastan para justificar una afirmación dogmática.

    Desde el escepticismo, los argumentos a favor de los dioses no bastan para justificar su afirmación dogmática


En la segunda parte de su análisis, Sexto presenta argumentos contrarios, mostrando que incluso las concepciones más elaboradas enfrentan dificultades insalvables. El objetivo no es negar a los dioses, sino evidenciar que ninguna posición puede sostenerse sin contradicciones. Así, puede resumirse su enfoque en la idea de que los argumentos a favor y en contra tienen una fuerza equivalente, por lo que no es posible decidir racionalmente entre ellos. La consecuencia es clara: cuando los opuestos se equilibran, la única respuesta razonable es la suspensión del juicio.

Esta actitud escéptica no busca destruir las creencias, sino evitar la adhesión dogmática en Roma y preservar la serenidad mental, la ataraxia. Sexto muestra también que la idea de una providencia divina genera problemas: si los dioses cuidan de todo, parecerían responsables del mal; si no lo hacen, parecerían impotentes o indiferentes. De este modo, la noción de una providencia omnisciente y benevolente no resiste el examen racional sin generar dificultades.

Desde esta perspectiva, el escepticismo en Roma no niega la posibilidad de los dioses, pero suspende el juicio ante cualquier afirmación sobre ellos. Las creencias teológicas quedan así incluidas en el ámbito de las controversias irresolubles.

Más tarde, una vez caída Roma, durante la Edad Media el pensamiento filosófico desarrolló profundas reflexiones teológicas en el marco del cristianismo dominante. Aunque se discutieron con rigor cuestiones como la existencia de Dios o la relación entre fe y razón, no se elaboró una crítica genealógica del origen humano de la religión comparable a la que aparecerá en la modernidad. Por ello, en este recorrido de este dosier no nos detendremos en esta etapa y abordaremos a continuación a los pensadores que no solo criticaron la religión, sino que transformaron el núcleo mismo de toda religiosidad posible, preparando el camino para la idea de la muerte de Dios.

Fuente: https://filco.es/ 

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