La muerte de Dios para Nietzsche
La frase «Dios ha muerto» suele entenderse como una simple provocación, pero en Nietzsche significa algo más incómodo: el derrumbe de los valores que habían organizado durante siglos la vida europea. La muerte de Dios no deja automáticamente un mundo libre, al revés, deja un vacío. ¿Qué ocurre cuando desaparece el fundamento que daba sentido al bien, al mal o a la verdad? Entre el vértigo del sinsentido y la posibilidad de una vida afirmativa, Nietzsche convierte la muerte de Dios en el gran problema de la modernidad.
Fritz: el pequeño pastor y la fe heredada
En 1842, el teólogo luterano Carl Ludwig Nietzsche, ministro ordenado de la Iglesia luterana prusiana, fue nombrado predicador y preceptor en la corte del duque de Sajonia-Altenburgo. Allí ejerció funciones religiosas y educativas en el entorno cortesano hasta 1843, año en que fue designado pastor en Röcken, una pequeña localidad en la provincia prusiana de Sajonia. El nombramiento como pastor titular de la parroquia de Röcken se realizó bajo la autoridad del rey Friedrich Wilhelm IV de Prusia, en cuyo honor Carlo Ludwig bautizó a su primogénito en 1844: Friedrich Wilhelm Nietzsche, quien pasaría a la historia simplemente como Friedrich Nietzsche.
No solo el padre de Nietzsche fue pastor: lo fueron sus abuelos y muchos más ancestros. De modo que el pequeño Fritz, como lo llamaban sus padres, nació y pasó sus primeros años inmerso en un ambiente profundamente religioso, en la casa parroquial contigua a la iglesia de Röcken, en el seno de una familia culta y estable. Dos años después nació su hermana Elisabeth y poco después el pequeño Ludwig Joseph Nietzsche. Por cinco años Fritz vivió con el ejemplo eclesiástico y monárquico de su padre, a quien amó y admiró con devoción. Tendría alrededor de cinco años cuando el padre enloqueció y, poco después, murió.
Al poco tiempo, Nietzsche soñó que desde el órgano de la Iglesia se escuchaba música fúnebre y la tumba de su padre se abría. Envuelto en un sudario, su padre entraba a la iglesia y salía con el hermano menor en brazos y se lo llevaba consigo a la tumba —episodio que el propio Nietzsche relata en sus Obras completas. Volumen I: Escritos de juventud, editadas por Diego Sánchez Meca en Tecnos—. Al día siguiente, el pequeño Joseph convulsionó y murió; Nietzsche siempre recordó ese sueño como una premonición de la muerte de su hermano. Poco después, tuvieron que dejar la casa para el nuevo pastor. El padre y el hermano menor quedaron enterrados junto a la iglesia, donde después —ironías de la vida— enterrarían al mismo Nietzsche.
Fritz, su madre y su hermana se mudaron entonces a Naumburg para vivir con la abuela paterna. En un primer momento el pequeño ingresó a una escuela pública, donde recibió burlas incómodas y le apodaron «el pequeño pastor» por sus modales monárquicos, su seriedad y su religiosidad. Había un abismo entre él y sus compañeros y por ello lo cambiaron al Instituto Weber, en donde trabó una intensa amistad con Wilhelm Pinder y Gustav Krug. Ese fue un momento clave de su vida, porque los padres de ambos amigos fueron, en la medida de lo posible, un sustituto de su propio padre. De esta época data una anécdota narrada por su hermana Elisabeth Förster-Nietzsche en su libro Der Junge Nietzsche, citado por Curt Paul Janz en Friedrich Nietzsche, infancia y juventud, que pinta el carácter que Nietzsche siempre conservó:
«Un día al filo mismo del final de las clases, comenzó a llover torrencialmente: nos pusimos a mirar todo lo largo de la Priestergasse por si veíamos a nuestro Fritz. Los jóvenes corrían todos, en bandada desbordante hacia sus casas; al final pudimos divisar a Fritzschen, que caminaba tranquilamente con la gorra debajo de la pizarra y el pañuelo encima. Mamá le hizo una señal y le gritó desde lejos: ‘¡corre, corre!’, pero la lluvia que caía nos impidió oír su respuesta. Cuando nuestra madre comenzó a hacerle reproches a la vista de cómo se había empapado, Fritz respondió con toda seriedad: ‘pero mamá, en el reglamento de la escuela se dice que al dejarla, los muchachos no deben salir corriendo ni ponerse a saltar, sino que tienen que volver calmados y despacio a sus casas’.»
Marcado por la muerte temprana de su padre y hermano, Nietzsche creció entre disciplina religiosa, melancolía y extrañeza social. El «pequeño pastor» ya mostraba la gravedad y singularidad que conservaría toda su vida
Ese fue el nivel de compromiso que Nietzsche siempre tuvo para con las normas y la moral que aceptaba como propia, compromiso que más tarde tendría con su propia propuesta filosófica: en él nunca hubo tibieza alguna, su entrega era radical. Cuando concluyó sus estudios en el Instituto Weber, el rector de Pforta, la escuela preuniversitaria más connotada del lugar, llamó a la madre y le ofreció una beca para su hijo: Nietzsche se fue a vivir a esa institución, que funcionaba como internado. Durante esa época escribió música sacra, entre la que se encuentran fragmentos de una Misa y composiciones basadas en textos bíblicos que dan fe de la fuerte religiosidad del joven Nietzsche.
Al concluir sus estudios preuniversitarios quiso cumplir el destino que la vida le había impuesto: ser teólogo y pastor. Estudió teología en la universidad de Bonn, pero antes de concluir el primer año supo que no quería seguir ese camino: se distanció de su decepcionada madre y de su hermana e ingresó a la universidad de Leipzig para estudiar filología. No se había recibido como doctor cuando en 1869 le llegó una invitación para ocupar una cátedra en la universidad de Basilea. La universidad de Leipzig consideró que sus trabajos publicados eran suficientes y le concedió el doctorado ipso facto, para facilitar su ingreso como docente a esa universidad. Nietzsche acudió a Basilea y a los 24 años ocupó la cátedra de profesor: fue en esos tiempos cuando trabó la más grande amistad con Wagner y Cósima, época que siempre recordaría como la más feliz de su vida.
Esos son los antecedentes intelectuales, religiosos y emocionales de un joven Nietzsche que creyó en Dios y le amó con verdadera devoción. Así inició su camino el filósofo en el que le exigió a la humanidad hacerse responsable del más terrible de sus crímenes: el asesinato de Dios.
Dios ha muerto: «La gaya ciencia» y el nihilismo pasivo
Fueron muchos y muy importantes los libros que Nietzsche escribió antes de anunciar la muerte de Dios. Siendo profesor de Basilea escribió El nacimiento de la tragedia (1872), obra que sería considerada por connotados exégetas como su obra más importante. Luego vinieron las cuatro Consideraciones intempestivas (1873-1876), Humano, demasiado humano (1878) y Aurora (1881). Desde esos textos es factible rastrear la idea de la muerte de Dios, pero es en La gaya ciencia donde la anunció con todo el peso de su tragedia. Ya desde el parágrafo 108 se presiente la muerte de Dios al mencionar la muerte de Buda:
«Después de la muerte de Buda, durante siglos se mostró su sombra en una caverna —una sombra monstruosa y pavorosa. Dios ha muerto: sin embargo, tal como es la especie humana, durante milenios habrá cavernas en las que tal vez se mostrará su sombra. ¡Y nosotros —también nosotros tenemos que vencer todavía su sombra!».
En esa misma obra, en el parágrafo 125, aparece de manera trágica y magistral la muerte de Dios: es un hombre loco el que la anuncia. ¿Quién es ese hombre loco? En los cuadernos preparatorios de 1881, de donde procede el §125 de La gaya ciencia, el personaje del relato aparece inicialmente bajo el nombre «Zarathustra», que posteriormente fue sustituido por la figura del «hombre loco» —como puede comprobarse en los Fragmentos póstumos de 1881 (KSA 9)—.
Esa figura simboliza aquel que, al enfrentar la muerte de Dios, ha quedado inmerso en la oscuridad y busca un poco de luz, encendiendo lámparas en pleno mediodía. Pero ni con la luz del mediodía ni con las lámparas consigue iluminarse: tal es la oscuridad en que le dejó la muerte de Dios. El loco por Dios va gritando: «busco a Dios, busco a Dios» y cuando lo escuchan algunos ateos, comienzan a burlarse y entre risas preguntan: «¿Qué se te ha perdido?» Esos hombres que no creen en Dios no pueden ponderar la magnitud de su muerte, aunque vivan bajo su sombra. Ante sus burlas, el hombre loco salta en medio de ellos, los traspasa con la mirada y responde, según escribe Nietzsche en la edición publicada por Monte Ávila Editores: «¿A dónde ha ido Dios? ¡Yo os lo voy a decir! ¡Nosotros lo hemos matado —vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos!» De modo que no se trata ni de que Dios no exista ni siquiera de la muerte de Dios, sino del asesinato de Dios en manos de la humanidad.
Nietzsche pasó de la devoción religiosa a la ruptura con la teología. La muerte de Dios no aparece como celebración atea, es más bien una catástrofe espiritual: el derrumbe del sentido que sostenía a Occidente
Esto cambia toda la perspectiva con respecto a los anteriores discursos en torno a la ausencia de Dios. Nietzsche está exigiendo al ser humano que se haga responsable de sus propios actos y, en particular, que se haga responsable de ser el asesino de Dios. Dios no se ha muerto: nosotros lo hemos matado. ¿Cómo es esto? Somos nosotros los que en otros tiempos organizamos la vida en torno a creencias religiosas, concretamente en torno a la creencia en un dios. Si le hemos asesinado, solo hay dos caminos posibles: palidecer y arrepentirnos de semejante acto —tal y como aparece en el §6 de Así habló Zaratustra, titulado «Del pálido delincuente»—, o crear nuevas festividades expiatorias para estar a la altura de nuestra propia acción.
El problema es que en un primer momento la humanidad no ha estado a la altura de ese acto. Y ese es el momento más peligroso de la voluntad: el nihilismo pasivo, cuando se ha roto con los valores pasados pero aún no se crean nuevos valores para vivir. Por eso el hombre loco se pregunta sin cesar y sin responder:
«¿Pero cómo hemos hecho esto? ¿Cómo fuimos capaces de beber el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte? ¿Qué hicimos cuando desencadenamos esta tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve ahora? ¿Hacia dónde nos movemos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No caemos continuamente? ¿Y hacia atrás, hacia los lados, hacia delante, hacia todos los lados? ¿Hay aún un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No nos sofoca el espacio vacío? ¿No se ha vuelto todo más frío? ¿No ha llegado continuamente la noche más noche? ¿No habrán de ser encendidas lámparas a mediodía?».
Cuando ya no hay un arriba ni un abajo, se ha perdido el rumbo y el sentido de la vida. Por más lámparas que se enciendan a pleno mediodía, la humanidad ha quedado ciega sin el factor que le daba sentido a su existencia. Dios dictaba en qué consistía el bien y el mal: por eso este mismo hombre loco se pregunta si acaso podremos salir del nihilismo pasivo a un momento posterior en el que recuperemos el sentido de la vida: «¿Qué fiestas expiatorias, qué juegos sagrados tendremos que inventar? ¿No es la grandeza de este hecho demasiado grande para nosotros? ¿No hemos de convertirnos nosotros mismos en dioses, solo para ser o parecer dignos ante ellos?».
Es notable que en este primer anuncio de la muerte de Dios el hombre enloquecido a raíz de la misma solo tenga preguntas y ninguna respuesta. Pregunta una y otra vez por la razón de esta muerte, de este asesinato de Dios. Y como respuesta vienen más preguntas: tendremos que hacer nuevos juegos sagrados, pero ¿cuáles serán estos? Al hombre loco, a ese individuo sin respuestas, solo le queda acudir a las iglesias y entonar su réquiem a Dios. Y cuando se le increpa y se le saca de las iglesias, solo responde una y otra vez: «¿Qué son ahora estas iglesias si no son las criptas y los mausoleos de Dios?».
Las respuestas a los cuestionamientos del hombre loco se perfilan ya desde esta obra, pero tendrán que esperar la llegada de Zaratustra, en donde la muerte de Dios deja de mantenerse en los límites del nihilismo pasivo para dar paso al nihilismo activo. Conviene aclarar, a este respecto, que La gaya ciencia concluye originalmente con el cuarto libro: será cinco años después, en 1887, cuando Nietzsche agregue el quinto libro junto con catorce poemas como un apéndice titulado Canciones del príncipe Vogelfrei; para entonces ya estaba publicada su obra Así habló Zaratustra.
La muerte de Dios deja a la humanidad sin horizonte moral ni sentido compartido. Nietzsche describe ese vacío como nihilismo pasivo: un tiempo de desorientación radical antes de la creación de nuevos valores
«Así habló Zaratustra»: la superación de la muerte de Dios y el nihilismo activo
Cuando Zaratustra subió a la montaña llevaba sus cenizas; diez años después, al bajar, un eremita del bosque lo reconoció y le llamó incendiario. Zaratustra, como el ave fénix, surgió de sus propias cenizas, las cuales simbolizan la muerte de todos los valores, al igual que el fuego con el que baja de la montaña simboliza los nuevos valores que lo han transformado. El hombre loco —que es Zaratustra, como lo hemos mencionado— enloqueció a raíz de la muerte de Dios: quedó sin rumbo, sin sentido; cayó el nihilismo pasivo.
Ahora Zaratustra se ha vuelto un nihilista activo, se ha transformado, ha creado nuevos valores y ha sentido una inmensa necesidad de compartir, porque su sobreabundancia es tal que le pide donarse como una copa que rebosa, como una abeja —dice— que ha recogido demasiada miel y necesita dar. Por eso Zaratustra necesita bajar a los hombres para donarse a sí mismo. Nietzsche compara el camino descendiente de Zaratustra con el «hundirse en el ocaso» (untergehen): para renacer, al igual que el sol, es preciso primero descender.
Zaratustra baja al pueblo y predica qué es el superhombre: aquel que se compromete con valores terrenales, no con valores celestiales. Es aquel que asume la muerte de Dios y es capaz de crear las nuevas fiestas expiatorias por las que el hombre loco preguntaba: las nuevas tablas, para vivir con valores terrenales y no con valores celestiales. El superhombre es aquel que ha despreciado los valores del cielo para permanecer fiel a la tierra, esto es: a valores que respondan a la forma de ser humana.
Esos nuevos valores transvaloran a los anteriores: si antes la psique —alma o mente— estaba por encima del cuerpo, ahora el cuerpo lo es todo. El cuerpo es la «Gran Razón» que actúa, mientras la razón argumental es pequeña y solo trata de racionalizar las acciones del cuerpo. El ser humano no es una dualidad mente-cuerpo, o alma-cuerpo: es una unidad dotada de un único sentido. El ser humano es instinto, sensibilidad, pequeña razón argumental, intuición, espíritu: todo eso es llamado «cuerpo» y todo es un instrumento del cuerpo.
Zaratustra transforma el vacío dejado por la muerte de Dios en creación de nuevos valores. Frente al nihilismo pasivo, Nietzsche propone una fidelidad a la tierra, al cuerpo y a la capacidad humana de darse sentido
Por eso Zaratustra dirá que el cuerpo no dice «yo»: hace yo. El cuerpo es el amo y señor de todo cuanto somos. Existe aquí una nueva concepción del cuerpo: este involucra la totalidad del ser que somos. Y el superhombre es aquel que es capaz de percibirse a sí mismo de esa manera y, a partir de esa base terrenal, crear valores propios para un ser terrenal, para una vida en esta tierra y no en supramundos celestiales.
Para crear esos valores fue necesario destruir los valores anteriores, que estaban sostenidos por el dios judeocristiano: por eso era necesario matar a ese dios, para dejarle espacio a los nuevos valores terrenales. Ese paso entre la destrucción de los viejos valores y la creación de los nuevos es el más peligroso. En el discurso inicial de Así habló Zaratustra, el peligro está simbolizado por la caída de un equilibrista que busca llegar al otro lado, pero cae.
En el octavo parágrafo de la primera parte de la misma obra, titulado «Del árbol de la montaña», el peligro está simbolizado por un discípulo de Zaratustra que ha intentado seguir su ejemplo y no lo ha logrado. El peligro, obviamente, es quedarse en el nihilismo pasivo, que solo rompe con los valores establecidos pero aún no es capaz de crear nuevos valores. El peligro es dejar de ser fuerte a la mitad del camino y caer, como el volantinero, o dejarse vencer, como el joven en «Del árbol de la montaña». Pero ¿por qué es tan peligroso? Porque al no poder darle un nuevo sentido a la vida, el individuo se ve forzado a vivir permanentemente sin sentido alguno. Al respecto dice Zaratustra —y con estas palabras, precisamente, concluye el mencionado parágrafo—:
«Ay, yo he conocido nobles que perdieron su más alta esperanza. Y desde entonces calumniaron todas las esperanzas elevadas. Desde entonces han vivido insolentemente en medio de placeres breves y apenas se atrasaron metas de más de un día. […] En otro tiempo pensaron en convertirse en héroes: ahora son libertinos».
El peligro es la pérdida del sentido, la incapacidad de crear nuevos significados vitales para poder vivir. En palabras propias de Nietzsche, el peligro es permanecer en el nihilismo pasivo y ser incapaz de acceder al nihilismo activo y a la creación de nuevos valores.
Por eso es necesario conservar la frente en alto ante el asesinato de Dios, con el orgullo de una terrenalidad heroica, y conservar el anhelo de lucha por llegar a ser el individuo creador que Zaratustra llamará el Superhombre: «Por mi amor y mi esperanza te conjuro: ¡no arrojes al héroe que hay en tu alma! ¡Conserva sagrada tu más alta esperanza!»
El superhombre es el creador de los nuevos valores que, gracias a ello, puede dejar atrás el nihilismo pasivo hacia una nueva forma de vivir en la cual él mismo dicte su bien y su mal. Pero llegar a eso requiere mucha soledad; requiere incluso morir, perderse a uno mismo en el sinsentido de la vida. Requiere hundirse en el ocaso del más terrible nihilismo para, como el ave fénix o como Zaratustra mismo, volver a renacer:
«¿Quieres, hermano mío, retirarte en soledad? ¿Quieres buscar el camino hacia ti mismo? Pues detente un momento y escúchame. Quien busca, fácilmente se pierde a sí mismo. «Todo retiro en soledad es culpable»: así habla el rebaño. Y tú formaste parte del rebaño durante mucho tiempo.»
Romper con las normas impuestas es alejarse del mundo gregario, y eso es doloroso. Alejarse del rebaño y vivir ajeno a sus mandatos no es fácil. Como bien lo interpretó Heidegger, alejarse de esa vida impropia en donde se vive como «uno» vive requiere de mucha soledad. El camino hacia la propia autenticidad exige primeramente perderse a uno mismo y alejarse de la masa, de la cual se ha formado parte por mucho tiempo.
Nietzsche concibe al superhombre como quien atraviesa el nihilismo y crea nuevos valores desde la propia vida
¿Dios ha muerto?
Ahora debemos preguntarnos: ¿en verdad Dios ha muerto? O lo que es más: ¿en verdad somos sus asesinos? Para Nietzsche, la muerte de Dios o su asesinato es la metáfora para designar la coherencia histórica del cristianismo. Dios simbolizaba todos los valores establecidos por el judeocristianismo y este cultivaba la veracidad como una virtud esencial: esa veracidad termina volviéndose contra el propio cristianismo. Por eso la voluntad de verdad acaba cuestionándose a sí misma y precipita la ruina de la moral cristiana.
¿Cómo es esto? Al buscar la verdad hasta el último límite, el individuo se da cuenta de que no hay verdad; se da cuenta de que bien y mal —como ya había dicho Spinoza en su Ética— son palabras que hemos creado para designar lo que deseamos y lo que no deseamos. En la búsqueda de la verdad llegamos a comprender que nosotros, los seres humanos, somos los creadores de las «verdades». Por eso los viejos valores ya no se pueden sostener desde un Dios creador. Si a lo anterior agregamos que aquellos valores celestiales deprimían la vida en lugar de engrandecerla, ¿no acaso era necesario eliminar a Dios?
La siguiente pregunta necesaria es: los nuevos valores creados por el superhombre, ¿podrían ocupar el lugar de Dios? Aquí es necesario dar una doble respuesta: los nuevos valores pueden en efecto ocupar el sitial de Dios, pero no pueden hacerlo como antes, de manera definitiva, porque no deben pretender la misma eternidad que se le atribuía a esas «viejas tablas de la ley» —como se lee en la tercera parte de Así habló Zaratustra, en el capítulo «De las tablas viejas y nuevas», p. 193—.
Las nuevas tablas de la ley no pueden ya ser estáticas, porque surgen de la vida que pretenden engrandecer y esta es flujo constante, es cambio incesante. En ese sentido los nuevos valores tienen que ser relativos, en el sentido en que ya lo proponía el mismo Aristóteles. Recordemos que para aquel pensador griego la virtud más elevada debe establecerse con relación al momento que cada individuo vive, ya no digamos con base en la sociedad a la que pertenece. El único criterio para establecer la virtud de acuerdo con Aristóteles es que esta debe llevar al individuo a su excelencia. De una manera similar, los valores que pueden guiar al superhombre deben elegirse en la medida en que engrandezcan la vida del individuo que se compromete con ellos.
Todo esto nos lleva a formular la misma pregunta con la que el «hombre-masa» del pueblo respondió a Zaratustra durante su primer discurso: ¿para qué el superhombre? Si ser un hombre-masa es vivir de manera relajada, sin grandes cuestionamientos, adaptándose a las normas establecidas y conviviendo en paz con el vecino, entonces: ¿para qué molestarse en alejarse del rebaño? ¿Para qué marchar a la soledad y atravesar el nihilismo pasivo que deja a todo individuo perdido, sin saber cuál es el sentido de la vida? La respuesta es muy importante: para poder crear un sentido propio para la vida; para que la propia existencia tenga un sentido propio y no ajeno.
Frente a la comodidad del rebaño, Nietzsche defiende la creación de sentidos propios, cambiantes y ligados a la vida concreta de cada individuo
La muerte de Dios tiene en efecto un primer momento terrible, en el que se pierde todo el sentido. Pero si se logra superar ese momento, la muerte de Dios brinda la más grande alegría —tal como el propio Nietzsche señala en La gaya ciencia, §343—: ilumina una nueva aurora. Quien ha vivido esto no puede sino sentir agradecimiento, asombro y expectación ante la vida y la libertad, la cual ya no es libertad «de» los viejos valores, sino libertad «para» crear nuevos valores. Es entonces cuando, como escribe Nietzsche en el libro V de La gaya ciencia, parágrafo 343, «finalmente el horizonte se nos aparece libre de nuevo, aún cuando no esté despejado; finalmente podrán zarpar de nuevo nuestros barcos, zarpar hacia cualquier peligro; de nuevo se permite cualquier riesgo de los que conocen; el mar, nuestro mar, ya se ha abierto ahí de nuevo, tal vez nunca hubo antes un mar tan abierto».
La muerte de Dios conlleva ese lado luminoso: por decirlo así, le devuelve la patente de la creación de sus valores al ser humano, para que pueda crear aquellos valores que engrandezcan su existencia en lugar de deprimirla; valores que le fortalezcan en lugar de debilitar: valores terrenales y nunca más valores celestiales.
Si Dios ha muerto, no todo está permitido. Si Dios ha muerto, queda el superhombre, el nuevo ser humano capaz de crear con independencia y libertad valores para una vida significativa. Si Dios ha muerto, queda la sobreabundancia y la generosidad de regalarse a sí mismo no por compasión, sino porque la propia grandeza así lo demanda, porque no se puede evitar ser generoso de manera radical: se necesita la donación de sí mismo. Si Dios ha muerto, quedan las normas terrenales y con ellas la valoración del cuerpo y de esta vida con todo su dolor y toda su alegría, porque esta vida es lo suficientemente bella y valiosa para no requerir recibir su sentido y valor desde un Dios celestial.
Con estas palabras concluyó Nietzsche su primera edición de Así habló Zaratustra, la cual posteriormente pasó a ser la primera parte del libro:
«Muertos están todos los dioses: ahora queremos que viva el superhombre. —Sea esta alguna vez, en el gran mediodía, nuestra última voluntad—. Así habló Zaratustra».
Fuente: https://filco.es/
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