¿Por qué volvemos allí donde sufrimos?
Sabemos que hay decisiones que no nos convienen y aun así las tomamos. ¿Por qué? ¿Por qué no escogemos los caminos que más placer nos generan? En 1920, Freud se hizo la pregunta de otra manera: ¿y si dentro de nosotros hay algo que no quiere mejorar, algo así como una «pulsión de muerte»? Una fuerza que, más que buscar el placer, busca volver al sufrimiento.
¿Por qué volvemos con esa pareja con la que tenemos una relación tan destructiva? Sabemos que lo que tenemos que hacer es no escribirle otra vez y, sin embargo, lo hacemos. ¿Por qué ocurre esto? La psicología actual tiene su propia respuesta, una bastante mecanicista: o bien lo hacemos porque estamos enganchados, o es que tenemos miedo a la soledad o incluso el problema es que hemos construido un vínculo de dependencia. Puede ser. Todas estas opciones pueden ser, claro. Pero es importante notar que esta respuesta no deja de ser una respuesta parcial porque describe el fenómeno sin explicarlo en todos sus escenarios, esto es, no responde a la pregunta de fondo que recorre cada una de esas respuestas parciales: ¿por qué hacemos cosas que nos perjudican?
En terapia se ve con una claridad que resulta perturbadora. Por ejemplo, uno de los fenómenos más llamativos de la clínica es que hay personas que abandonan la terapia justo cuando empiezan a mejorar. Otra, por seguir con los ejemplos, cuando por fin consiguen lo que llevaban años buscando, lo destruyen. Muchas veces parece que vamos lanzados a repetir los patrones que nos hacen sufrir. Si somos personas indecisas, pongamos, parece que todas las decisiones que tomamos son para posponer la decisión importante y aumentar así nuestro malestar. ¿Por qué en ese caso no tomamos al menos las decisiones orientadas a ganar más tiempo para decidir? En fin, esta mala decisión, esta decisión autodestructiva, ¿por qué ocurre?
El motor que Freud pensaba que teníamos
Hasta 1920, Freud había postulado la existencia de pulsiones de autoconservación y pulsiones sexuales. Conviene no meter aquí demasiado rápido el binomio naturaleza/cultura, ojo, como si las primeras fueran pulsiones biológicas —las que nos incitan a comer, dormir, beber— y las segundas no. Hacer eso sería demasiado fácil. En realidad, para Freud, todas son pulsiones y tienen el mismo estatuto ontológico. ¿En qué se diferencian, entonces? Que las primeras tienden a la autoconservación del individuo y están gobernadas por el principio de realidad, es decir, pueden aguantar la frustración, pueden esperar, mientras que las segundas son plásticas, flexibles en su objeto y capaces de desplazarse, transformarse, sublimarse. O sea que mientras que el agua solo se sacia con la sed, el objeto de la pulsión sexual, dice Freud, es «lo más variable de la pulsión».
Lo interesante del modelo anterior a 1920 es que Freud pensaba que el motor de nuestras acciones era un principio de economía psíquica. Para el Freud anterior a esa fecha, nos comportamos como nos comportamos porque la psique siempre intenta descargar tensión. De esta forma, en la economía mental que dibujó Freud, el placer es una descarga de la tensión acumulada y la tensión acumulada genera displacer. Así que, dicho con menos rodeos, para el Freud de esa época el sujeto actuaba para aliviar su tensión.
Para el Freud anterior a 1920, el motor de nuestras acciones era un principio de economía psíquica, donde la psique siempre intenta descargar tensión y el placer es esa descarga
¿Y qué no cuadra?
Pues resulta que los soldados que volvían de la Primera Guerra Mundial revivían su trauma en sueños, noche tras noche, sin que ello produjera ningún alivio. ¿Por qué iba una mente, que en principio estaba gobernada por el principio del alivio, repetir algo que le causase únicamente dolor? ¿Por qué sus mentes volvían compulsivamente a lo más doloroso? Ahí no había mediación consciente porque no era un recuerdo voluntario. Lo que les ocurría a los soldados traumatizados era algo automático, demoníaco, que ocurría por encima de cualquier deseo consciente.
En la clínica también aparecía este fenómeno, aunque lo hacía de otra forma: pacientes que reproducían sistemáticamente las mismas situaciones de sufrimiento, que elegían vínculos destructivos con una regularidad que no podía explicarse por mala suerte. Otra vez lo mismo. Pacientes que actúan en contra de sus intereses, en contra de lo que, en principio, más les podría aliviar. Y sobre todo algo que Freud describe en El yo y el ello (1923) y que sigue siendo uno de los hallazgos clínicos más incómodos, a saber, que hay pacientes que empeoran justo cuando la terapia avanza. Y no por error del terapeuta. Es el progreso mismo lo que provoca la regresión, como si algo en ellos no pudiera tolerar la mejoría. A todo esto se suma que, por esas fechas, Freud observó a su propio nieto, de año y medio, arrojando un carrete fuera de su cuna y lo recuperaba, lo que Freud interpretó como una escenificación repetida de la ausencia de la madre. ¿Qué satisfacción puede haber en representar lo que duele? Todo apunta a algo que va más allá del principio del placer. De ahí el título del texto de 1920.
La pulsión de muerte
En Más allá del principio del placer, Freud introduce una hipótesis que él mismo reconoce como especulativa (¡y esto es importante para ser justos con él!). Para el Freud de 1920, en nuestra mente pulularían fuerzas o pulsiones eróticas, si queremos, que podríamos decir que derivan de Eros. Son las pulsiones «de vida», las que nos unen, las que ligan, las que construyen. Pero también habría dentro de nuestra mente, y esto es lo que se introduce en 1920, una tendencia opuesta, pulsiones que desligan, que destruyen, que reducen la tensión ¡al máximo! Esto es, la famosa pulsión de muerte.
La introducción de la pulsión de muerte en la economía psíquica genera una contradicción, o al menos una ligera perturbación, y es que la vida tendría dentro de sí fuerzas que la incitan a destruirse a sí mismas. Dice Freud en el libro: «El objetivo de toda vida es la muerte». De ahí los cambios, de las flores que se marchitan, de ahí la vida que se acaba. De hecho, estos ejemplos biológicos no son tan alejados de la intención de Freud, que postuló cierto componente biologicista de esta pulsión (recordemos que su época es la época esplendorosa del darwinismo). Freud defendió (ojo, volvemos a decir, desde el principio defendió que era una especulación) que toda pulsión tiende a restaurar un estado anterior. Si llevamos esto hasta el límite, el estado anterior de la materia orgánica es lo inorgánico. La vida habría surgido de la materia inorgánica y habría en ella una tendencia a retornar a esa quietud absoluta. Si lo vemos así, la vida es un desvío azaroso y feliz del polvo que vuelve a convertirse en polvo (pasando por la vida).
Lo que ocurre es que, siendo honestos, no se ha encontrado nada en la biología que defienda esto. Sigue siendo, si queremos decirlo así, pura metafísica. De hecho, la selección natural opera en un sentido puramente contrario, de mayor complejización, de fuerzas que buscan sobrevivir y que se esfuerzan por persistir. Por eso insistía en que tengamos cierta caridad interpretativa con Freud; él reconocía que estaba construyendo, en sus propias palabras, una «mitología de las pulsiones».
Sea lo que sea, tenga el fundamento que tenga (biológico o no), la respuesta viene a solucionar esa pregunta tan incómoda de cómo es que los humanos hacemos cosas que no nos dan ningún tipo de placer aparente. Si lo pensamos, esta repetición de patrones tóxicos, la presencia de la pulsión de muerte, es también incómoda de asumir intelectualmente porque significaría que de alguna manera llevamos dentro la semilla de nuestra destrucción. ¿Dónde deja a esto la terapia? ¿Es que acaso sirve? O mejor dicho, y de forma menos facilona: ¿qué posibilidades reales tiene? Bueno, Freud nunca fue nihilista en este sentido, y quizá tengamos que conformarnos con lo que escribió en Estudios sobre la histeria, esto es, lo que podemos hacer es transformar «el sufrimiento neurótico en infelicidad corriente». Quizá nunca la felicidad, pero al menos quedarnos en una infelicidad ordinaria, que es parte de la condición humana. No tanto liberarnos del sufrimiento, pero sí de insistir una y otra vez en el mismo sufrimiento.
Los soldados traumatizados de la Primera Guerra Mundial revivían su trauma en sueños noche tras noche sin alivio. Lo que les ocurría era algo automático, demoníaco, que ocurría por encima de cualquier deseo consciente
La reacción terapéutica negativa
Pero volvamos a lo nuestro, a nuestra pregunta inicial. Más allá de los principios metafísicos o metapsíquicos (la pulsión de muerte), más allá de si estos tienen o no fundamentos biológicos… ¿Por qué insistimos en repetir el sufrimiento? ¿Por qué hay pacientes que empeoran cuando mejoran?
Una primera explicación puede ser que hay sujetos que han organizado su economía psíquica en torno a la culpa. No hablamos aquí de una culpa consciente, que sería más fácil de trabajar, no (al estilo de sentirnos culpables porque hemos cometido un error con un amigo). Hablamos, más bien, de una culpa que opera sin representación, que se manifiesta directamente como necesidad de castigo. Personas que han encontrado su identidad en la deuda, en la entrega y sacrificio para pagar esa deuda. El superyó —esa instancia que para el psicoanálisis es la parte que ha internalizado las exigencias y prohibiciones del Otro: de los padres, de la cultura…— puede ser extraordinariamente feroz. Estamos hablando de personas que sienten culpa por el éxito, por la satisfacción, por la mejoría. Y de ahí que la mejoría sea sentida inconscientemente como una transgresión (y que la economía de nuestra mente restaure el sufrimiento para restablecer el equilibrio).
También puede ser que estas personas hayan organizado su identidad en torno al síntoma. Por ejemplo, personas que han construido todos sus circuitos afectivos en torno al agravio (cuando enfermo o cuando soy agraviada, me quieren, me intentan compensar). Personas que buscan constantemente codificar sus relaciones en torno al sufrimiento propio. Perder ese agravio les supone a estas personas perder parte de su identidad. No es cinismo ni acusación al paciente, que genuinamente quiere mejorar a nivel consciente. Es la lógica de una economía psíquica donde la destrucción tiene un valor positivo, donde el sufrimiento hace algo que el bienestar no puede hacer todavía.
Hay personas que han construido todos sus circuitos afectivos en torno al agravio: cuando enfermo o cuando soy agraviado, me quieren. Perder ese agravio les supone perder parte de su identidad
La envidia como ejemplo de pulsión de muerte
Melanie Klein fue quien tomó la pulsión de muerte más en serio y quien la hizo más operativa clínicamente. Para ella no es una hipótesis tardía del Freud especulativo, es más bien un hecho de la vida psíquica desde el principio. De todas las manifestaciones que Klein describe, en donde más se ve la pulsión de muerte es en la envidia. Pero tenemos que distinguirla de los celos y de la avaricia porque los celos son triangulares (temo perder lo que tengo ante un rival) y la avaricia (que consiste en querer poseer todo lo bueno del objeto). No, en la envidia ni hay triángulo ni hay acaparación de lo bueno, la envidia es otra cosa. En Envidia y gratitud (1957), Klein la define como el impulso a estropear y destruir lo que el otro posee disfrutando, no porque uno quiera tenerlo, sino porque el otro lo deja de tener. La envidia ataca lo bueno precisamente porque es bueno.
Es la pulsión de muerte en estado casi puro. No hay deseo del objeto, no hay Eros mezclado, solo la voluntad de aniquilar el valor de las cosas. Y ella aportó una paradoja clínica, a saber, que los pacientes más envidiosos son los que mayor dificultad tienen para beneficiarse de la terapia, porque cada sesión buena, cada interpretación útil, activa de inmediato el ataque contra lo recibido. El proceso terapéutico se convierte en el objeto a destruir por su propia tendencia a destruir lo bueno.
Si lo pensamos filosóficamente, esto conecta mucho con el resentimiento a la vida del que hablaba Nietzsche. Para él, el resentimiento es la vida que, incapaz de afirmarse, se vuelve contra lo que se afirma. El resentido no quiere el bien del otro, quiere que el otro no tenga bien. Klein y Nietzsche, desde tradiciones completamente distintas, convergen aquí, en que hay una forma de destructividad que no busca satisfacción, sino la abolición de la satisfacción misma. La vida enferma que no puede soportar la salud ajena.
En fin, sea como sea que defendamos o rechacemos la pulsión de muerte, la pregunta de Freud sigue ahí: ¿por qué los individuos se hacen daño entre sí y a sí mismos sin encontrar ningún beneficio o placer aparente? Los marcos contemporáneos dan explicaciones parciales y más sólidas empíricamente. En algunos casos, la neurobiología del trauma muestra cómo ciertas experiencias se almacenan en circuitos que operan por debajo del control consciente y producen repetición sin que nadie la elija. Por otro lado, la teoría del apego explica cómo los modelos de relación aprendidos en la infancia se reproducen en la vida adulta no porque se busque el sufrimiento, sino porque lo familiar activa algo en nosotros que lo desconocido todavía no puede. Estas explicaciones son necesarias, sí, pero siguen siendo fragmentarias. Ninguna integra con la misma potencia teórica el conjunto de fenómenos que Freud intentaba nombrar de una vez.
La pulsión de muerte, como hipótesis biológica, es insostenible, sí, pero como descripción de algo que ocurre en el psiquismo y que ninguna teoría ha logrado explicar del todo, sigue siendo un nombre necesario para una pregunta que todavía no tiene respuesta completa. ¿Por qué volvemos allí donde sufrimos? Quizá sea esta la mejor pregunta que podamos hacernos para vivir una vida menos triste, y no tantas recetas en busca de la felicidad.
Fuente: https://filco.es/
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