lunes, 8 de junio de 2026

LA MÍSTICA DE HILDEGARDA DE BINGEN

La mística de Hildegarda de Bingen: pensar desde el cuerpo

Hildegarda de Bingen, filósofa, visionaria y compositora medieval, transformó la percepción del conocimiento integrando cuerpo y mente. Su «Libro de las obras divinas» revela cómo la experiencia corporal y los sentidos internos participan en la comprensión del cosmos.

Diseño realizado a partir del retrato de la mística Hildegarda de Bingen (extraído del mural al fresco y mosaico diseñado por el monje benedictino alemán Padre Paulus Krebs) y elementos de Freepiks (licencia CC).

Más allá del dualismo entre mente y cuerpo

La filosofía occidental ha consolidado desde la Antigüedad un dualismo entre mente y cuerpo, considerando el primero superior y relegando la experiencia sensorial y corporal como inferior. Esta división ha marginado tradicionalmente la contribución femenina al conocimiento, asociando a las mujeres con lo corporal y lo emocional. También a la naturaleza, en contraposición al mundo de lo humano, que se interpreta como lugar de dominio masculino. 

El pensamiento feminista rompió este esquema radicalmente. Los feminismos de la diferencia pusieron de relieve que, si existen diferencias en los modos de conocimiento entre hombres y mujeres, estos deben ser, en cualquier caso, igualmente valorables. Y el feminismo de la igualdad, que sostiene que las capacidades innatas de hombres y mujeres son equiparables y que si las mujeres los han construido de formas diferentes se debe más bien a convencionalismos sociales, planteó, directamente, disolver esta dicotomía mente-cuerpo donde el primer polo domina al segundo.

Por eso, no deja de tener algo de contradictorio volver al pensamiento de Hildegarda de Bingen (1098-1179), que reproduce de algún modo un esquema anterior. La recuperación de las místicas, tan popular hoy, como analizamos en las otras partes de este dosier, tiene algo de recuperación de lo femenino por lo femenino, como si en sí eso encerrara un conocimiento superior epistemológica o moralmente.

«Pensar desde el cuerpo», el título que lleva este artículo, es, esencialmente, como podríamos resumir pensamiento de Hildegarda de Bingen, aunque ella misma reconocía que ese «cuerpo» estaba a medio camino del alma. ¿Pero por qué se recupera hoy a las místicas (así, en femenino) desde su «pensar desde el cuerpo». Hay mucho de operación ideológica y sesgada en ello. De nuevo, como si el pensamiento de las mujeres pudiera resumirse en su experiencia corporal.

Hildegarda de Bingen desarrolló un vasto pensamiento y producción artística, condensada en su Libro de las obras divinas, donde la percepción y el sentimiento interior emergen como fuentes legítimas de conocimiento, para ella. Desde su infancia, Hildegarda de Bingen experimentó visiones y estados de percepción intensa, que describió como experiencias que no recibía ni por los sentidos ni por el intelecto, sino a través de los «ojos y oídos interiores» del alma.

En el Libro de las obras divinas, Hildegarda de Bingen describe cómo su espíritu ascendía «hasta la altura del firmamento y hasta el cambio de los diversos aires», y cómo podía contemplar, desde aquí, «cuerpos diversos, en lejanas regiones y en lugares que son para mí remotos», sin depender de la visión o el pensamiento ordinario. Sus experiencias místicas fueron traducidas en palabras, pero también en música e imágenes, que constituyen su legado intelectual y artístico.

    Hildegarda de Bingen desarrolló un vasto pensamiento y producción artística, condensada en su Libro de las obras divinas, donde la percepción y el sentimiento interior emergen como fuentes legítimas de conocimiento


Vida y experiencias visionarias

Hildegarda de Bingen nació en un entorno monástico que le permitió cultivar la interioridad y la disciplina espiritual desde muy joven. Desde los cinco años, afirmó percibir visiones que sus contemporáneos no comprendían y que no podían ser explicadas. Estas experiencias tempranas sugieren que Hildegarda tenía una sensibilidad extraordinaria.

En 1141, experimentó un fenómeno particularmente intenso: describe cómo «una luz ígnea se derramó como una llama en todo mi cerebro, en todo mi corazón y en todo mi pecho. No ardía, solo era caliente, del mismo modo que calienta el sol todo aquello sobre lo que pone sus rayos». La visión iba acompañada de una voz que le instruía a escribir y transmitir lo percibido, dándole un rol activo como transmisora de conocimiento a los demás. Los escritos cuentan que su cuerpo reaccionó con temblores, fatiga y otras alteraciones.

A diferencia de los éxtasis místicos tradicionales o los sueños visionarios, Hildegarda de Bingen estaba despierta y consciente. La escritura de Scivias y de Libro de las obras divinas surgió de este cuerpo en percepción, donde cada palabra y cada imagen reflejaban la interacción de la mente con el organismo.

La obra musical Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales extiende esta corporeidad al sonido: la respiración, la vibración y la emoción del intérprete se convierten en vehículos de conocimiento. Hildegarda quería demostrar así que la cognición no es exclusivamente intelectual, sino que integra lo físico, lo emocional y lo espiritual.

En su tercera visión, Hildegarda de Bingen describe cómo los humores del cuerpo se agitan según los vientos y el aire, influyendo sobre la salud física y espiritual del hombre. La variación de estos humores produce alteraciones del pensamiento y del afecto, mostrando que mente y cuerpo no son entidades separadas, sino elementos interdependientes de la percepción y la experiencia.

Iconografía y representación simbólica


Las imágenes visionarias del Libro de las obras divinas muestran de manera explícita su integración cuerpo-mente-mundo. La célebre «Rueda de los Vientos» constituye un ejemplo central: en ella, los círculos celestes y los planetas influyen sobre el hombre colocado en el centro, ilustrando la conexión entre macrocosmos y microcosmos. Cada viento, representado mediante cabezas de animales (leopardo, ciervo, cangrejo, lobo, cordero y serpiente) dirige su influencia sobre los humores y las venas del cuerpo humano, señalando cómo la dinámica del cosmos repercute directamente en la constitución física y emocional del ser humano.

La obra detalla cómo los diferentes círculos del cielo transmiten su energía y orden al cuerpo, distribuyendo calor, humedad y fuerza vital que afectan órganos y humores, regulando así la salud física y espiritual. Hildegarda describe cómo el hígado, situado a la derecha, regula la actividad y fuerza del cuerpo, mientras que el corazón y los pulmones a la izquierda coordinan la respiración y los afectos. Esta correspondencia trata de mostrar que la percepción corporal y la experiencia sensorial son instrumentos para comprender la armonía universal y el orden de la creación.

La caritas, que es fuerza central en sus visiones, atraviesa todos los elementos de la creación. Esta energía divina regula no solo la totalidad del cosmos, sino también la interioridad del hombre.

Además, la iconografía de Hildegarda de Bingen combina observación, simbolismo y experiencia sensorial para transmitir conocimiento: la disposición geométrica de los elementos, la interacción de luces, colores y formas, y la representación de los cuerpos celestes en relación con el cuerpo humano invitan al lector a una comprensión encarnada de la visión y el conocimiento racional. La percepción no se limita al intelecto; la sensibilidad, la imaginación y el cuerpo se convierten en mediadores del saber. De este modo, propone un modelo epistemológico en el que la visión, la emoción y la corporeidad son esenciales para comprender el mundo, mucho más allá del razonamiento abstracto.

La mística de Hildegarda de Bingen hoy

La obra de Hildegarda de Bingen ofrece lecciones para la filosofía contemporánea. Por ejemplo, su manera de concebir la relación entre cuerpo, mente y mundo puede ser considerada una anticipación de nociones más modernas de cognición somática, en las que el cuerpo no es un mero receptor pasivo de información, sino un agente activo en la construcción del conocimiento.

El reconocimiento del pensar desde el cuerpo permite reconsiderar la epistemología tradicional, aunque con los límites que vimos al inicio. La historia de la filosofía no es la historia de un corpus siempre racional y universal, también se integran en él la dimensión corporal y la emoción, que son vías, para algunos autores, de conocimiento y enseñanza.

Además, pese a la visión evidentemente religiosa de Hildegarda, su observación de los vientos, los movimientos planetarios y otros fenómenos físicos, y su interacción constante con el cuerpo (algo que hoy comprobamos por cómo afecta a la homeostasis terrestre el movimiento de la Luna, por ejemplo) sugiere que Hildegarda de Bingen, y otros místicos, encarnaban el conocimiento y lo desligaban del mero designio divino.

Por otro lado, Hildegarda de Bingen fue pionera en poner en relieve la interacción entre pensamiento científico abstracto, arte y pedagogía. Su música, su escritura y la iconografía que desarrolla no solo muestran un talento poco habitual, también son una propuesta original de representar el cuerpo, la imaginación o la propia sensibilidad. En esta «integración epistemológica» el mundo exige que nos impliquemos en él con todos nuestros sentidos, con la razón y la emoción juntas. 

Fuente: https://filco.es/ 

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