domingo, 26 de julio de 2026

LA VISIÓN DE LA HISTORIA

La visión de la historia de Kant, Hegel y Marx

Marx, el filósofo político, también representa de alguna forma la culminación de la modernidad filosófica. Su visión de la historia se inscribe en la iniciada por otros grandes autores, como Kant y Hegel, pero desde un punto de vista radicalmente distinto: el de la lucha de clases.

Diseño realizado con herramientas de Canva Pro a partir de ilustración de Kant (izda.) realizada por Núria Oliveres; imagen de Hegel (centro) de Wikimedia Commons de dominio público; y de Marx, a partir del vector extraído de FreeSVG.org, de dominio público (licencia CC0). 

Primero, la historia para Kant

Immanuel Kant (1724-1804) comenzó siendo un discípulo del racionalismo leibniziano de Christian Wolff. Después, al tomarse en serio la crítica de Hume a la metafísica de la sustancia, alcanzó una posición propia. Uno de sus emblemas lo encontramos en la expresión «giro copernicano». Hasta ahora, nos dice el filósofo alemán, el sujeto humano ha girado en torno a los objetos del mundo, pero, siguiendo esta senda, se ha llegado a una serie de callejones sin salida cuando se ha intentado probar la existencia de objetos suprasensibles como el alma, el mundo o Dios. Para evitar estas dificultades, Kant sostiene que, en contra de las tesis del realismo tradicional, son los objetos los que giran alrededor del sujeto humano. Es el ser humano, por su entraña racional, el Fundamento (con mayúscula) del mundo: su centro de gravedad, su punto arquimédico.

La idea de una Historia Universal en Progreso cristalizó en el siglo XVIII en autores como Voltaire, Turgot o Condorcet. En general, estos autores se concentraron en recopilar hechos empíricos para intentar probar la afirmación previa de que la historia estaba orientada por un progreso evidente. Es precisamente aquí donde Kant aportó algo clave, ausente en sus precedentes: una fundamentación rigurosa de esta concepción de la Historia como Progreso Universal.

Kant elaboró esta cuestión sosteniendo que la historia sigue un plan racional que había permanecido oculto hasta la Ilustración. Es en la Ilustración donde el ser humano se acerca a su mayoría de edad, pues se reconoce, ahora sí, como el sujeto racional del mundo, como su firme fundamento. Se afianza, como podemos ver, el paso desde el viejo teocentrismo al nuevo antropocentrismo.

Este plan inherente a la historia universal se orienta hacia un fin, en el que convergen todos aquellos elementos que han sido explicitados en la Crítica de la razón pura, la Crítica de la razón práctica y la Crítica del juicio. El ser humano, en tanto sujeto racional, es legislador: con su actividad científica promulga una ley de la naturaleza y con la ética dibuja una ley moral. Visto de esta forma, la finalidad de la historia —su meta central— consiste en hacer que esas leyes se cumplan. En ese momento, la realidad natural y la realidad social alcanzan su perfección: coinciden con su ideal racional.

    Kant encarna perfectamente la filosofía ilustrada de la historia: el ser humano progresa y la historia está orientada hacia un fin o una meta donde la naturaleza del ser humano (ser racional, libertad política) se realiza completamente


El sujeto humano, por lo tanto, alcanza su perfección cuando usa su razón teórica en la esfera de la ciencia de la naturaleza —con un sistema de leyes causales que permiten el control técnico del entorno físico— y su razón práctica en el terreno de la ética —con el imperativo categórico, compatibilizando los designios de las libertades individuales—. Será un sujeto racional también en la política, destilando un orden jurídico que articula un Estado organizado por una constitución. Y, además, el ser humano es también un sujeto racional en el campo de la estética, donde logra un placer desinteresado en contacto, en los museos, con las bellas artes y la armónica belleza de la naturaleza. 

Sobre el progreso, Kant dedicó una serie de escritos a explicar cómo tiene lugar el progreso político y jurídico. En este proceso, sostiene Kant, la lucha de individuos egoístas en la vida social y la actividad económica dan paso a un Estado armónico gobernado por el Derecho. Un proyecto que culminaría, y esta sería la meta de la historia, en una Federación Internacional de Estados nacionales.

Pero ¿no es esto una mera ensoñación a la vista de los dramáticos hechos históricos? Kant afirmó que el entusiasmo que despierta en un observador desinteresado la Revolución francesa es un signo inequívoco del progreso político de la humanidad.

Segundo, la historia para Hegel


Hegel (1770-1831) puso un deslumbrante colofón al Idealismo alemán, una tradición inaugurada por Kant y continuada, con significativas variaciones, por Fichte, Schiller o Schelling (con la nota discordante de Hölderlin, por otro lado). De entre sus muchas obras, en relación con el tema aquí abordado, pueden destacarse la Fenomenología del espíritu (1807) y las Lecciones sobre la filosofía de la historia universal (1830).

En sus obras sobre la cuestión de la historicidad sigue la senda kantiana en un punto clave: la historia universal consiste en la realización del «Espíritu», es decir, del sujeto humano racional. Según Hegel, el ser humano está esencialmente destinado a configurar el mundo desde sí mismo: un mundo creado a su imagen y semejanza. Hegel marcó, en definitiva, el punto álgido del Idealismo alemán, encumbró la tesis de que el fundamento último del mundo está en el sujeto racional, destinado a construir para sí mismo un mundo en el que encuentra su hogar definitivo, esa morada en la que reposar para siempre una vez que ha cumplido sus propósitos.

Lo específico de Hegel es su concepción dialéctica de la totalidad y la unidad del proceso histórico: en la historia se desenvuelven una serie de contradicciones que terminan con una síntesis superadora (las diferencias, múltiples, se resuelven, por lo tanto, en una identidad). La Modernidad, tal y como Hegel la concibe —como el punto culminante del progreso de la historia—, es la síntesis de dos herencias contradictorias: el legado grecolatino y el legado judeocristiano. Desde la óptica hegeliana, el mundo moderno marca el punto final de la historia: el estado de perfección en el que lo real es racional. El ideal de emancipación del sujeto, pues, se ha realizado plenamente. La filosofía, en este contexto, bajo el símbolo de la lechuza de Minerva, es el saber absoluto en tanto constata, a posteriori, que la civilización occidental es un modelo universal en el que se concentran y reúnen los grandes logros del espíritu al encarnarse en el mundo. Unos logros que se localizan en la ciencia, la política, el arte, la religión, etc.

Tercero, la historia para Marx

Marx (1818-1883) comenzó cuestionando la concepción de la historia propuesta por Kant y por Hegel. Por un lado, rechazó la existencia de una esencia humana fija y permanente que, después, se realiza en la historia. En cambio, para Marx, los seres humanos llegan a ser lo que son en tanto nudos en un conjunto de relaciones sociales, fuera de las cuales no son nada. Por otro lado, tanto Kant como Hegel idearon un final armónico para la Historia Universal, pero ese estado idílico camuflaba ideológicamente una sociedad marcada profundamente por la desigualdad y la injusticia (cuyas raíces están en la esfera económica de la sociedad civil).

Su materialismo histórico, frente al idealismo de Kant y Hegel, se gestó al situar su pensamiento en el centro las condiciones materiales de vida. La historia vista por el materialismo histórico está tramada por la secuencia —contingente y discontinua— de los modos de producción (la conjunción entre unas fuerzas productivas y unas relaciones de producción). En este contexto, Marx entendió la Modernidad como el punto de cruce de dos revoluciones: la revolución social y política de la burguesía (desmontando la sociedad estamental del Antiguo Régimen de las monarquías absolutas) y las revoluciones industriales (en las que la ciencia y la técnica modificaron los procesos de fabricación, los modos de transporte, etc., y con las que surgieron formas específicas de la propiedad privada, de la circulación del dinero y, también, la aparición de un mercado laboral jurídicamente articulado).

Marx estudió meticulosamente el capitalismo, el modo de producción propio de la Modernidad, ahondando en sus desajustes estructurales. Con sus estudios pudo ver que en las crisis cíclicas del capitalismo existe la oportunidad de un cambio social. Un cambio guiado por la utopía de la justicia social y la igualdad material, ambos pivotes sobre los que puede florecer una humanidad que rompe con las dinámicas del egoísmo individual y las distintas formas de explotación de la naturaleza y de la sociedad.

En el siglo XXI, enlazando con Marx —más acá de todos los equívocos y las frustraciones de la experiencia soviética por su articulación totalitaria—, hallamos textos interesantes, como Manifiesto por una política aceleracionista (2013). En este texto, Alex Williams y Nick Srnicek apuestan por una intensificación de la dinámica capitalista hasta que, llevándola al extremo, se incube la posibilidad de un cambio social radical hacia el poscapitalismo. Siguiendo estas pistas, Helen Hester y el grupo Laboria Cuboniks lanzaron en 2015 el Manifiesto xenofeminista. Tanto en uno como en otro se elaboran cuestiones que, sin duda, van a marcar las discusiones y los debates futuros en estos nuestros tiempos turbulentos.  

Y, por último, como actualización de la compleja herencia de Marx —que se dispersa en varias direcciones—, pueden destacarse las aportaciones de Óscar del Barco (El otro Marx), Moishe Postone (Marx Reloaded), Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI), John Bellamy Foster (La ecología de Marx) o Kohei Saito (El capital en la era del antropoceno).

Fuente: https://filco.es/ 

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