Roman Krznaric: «Existe un deseo de regresar a un pasado mítico o idealizado»
En su reciente visita a Barcelona, Roman Krznaric, filósofo social e historiador de la cultura, se preguntaba si los movimientos sociales y las revueltas radicales de otros tiempos nos pueden mostrar un camino para enfrentar los retos de hoy. ¿Podríamos crear hoy una economía regenerativa y circular tomando como modelo el Japón del siglo XVIII? Para este pensador australiano, la historia puede ser una herramienta de esperanza radical.
Roman Krznaric (Sidney, 1971) es miembro fundador del cuerpo docente de The School of Life en Londres y asesor en materia de empatía de organizaciones como Oxfam y las Naciones Unidas. Tras crecer en Sidney y Hong Kong, estudió en las universidades de Oxford, Londres y Essex, donde se doctoró en Sociología Política. Es fundador del primer Museo de la Empatía del mundo, investigador de la Long Now Foundation y miembro del Club de Roma. Su último libro es Historia para el mañana. Mirar al pasado para caminar hacia el futuro (Capitán Swing).
Roman KrznaricHistoria para el mañana, de Roman Krznaric (Capitán Swing).
En su reciente visita a Barcelona, usted habló de la historia como una herramienta de esperanza radical. En su último libro, ofrece numerosos ejemplos de ideas y movimientos de otros tiempos. Sin embargo, en una sociedad tan insertada en la inmediatez y el cortoplacismo, ¿es posible hacer una pausa y consultar el pasado? ¿Tenemos siquiera tiempo para abrir un libro de historia?
Es una muy buena pregunta. Escribí este libro por mi frustración con la relación actual que tenemos con el tiempo, la política y la cultura. Como bien dice, ese cortoplacismo extremo de nuestro mundo nos impide mirar hacia adelante o hacia atrás. Mis últimos tres libros han tratado el tema de nuestro vínculo con el tiempo: El buen antepasado, sobre la relación con el futuro; antes, Carpe Diem Regained, sobre la relación con el momento presente, y este libro más reciente, Historia para el mañana. Mirar al pasado para caminar hacia el futuro, que trata sobre nuestra relación con el pasado.
Mi frustración radica en que quienes ostentan el poder político y económico están atrapados en el presente, reaccionando a lo que sucede en las redes sociales, a las próximas elecciones o a las últimas encuestas; o bien miran hacia adelante con la esperanza de que una nueva tecnología resuelva todos nuestros problemas, ya sea la emergencia climática o las desigualdades. Las soluciones que proponen son, en gran medida, tecnológicas y orientadas al futuro. Y pienso: un momento, detengámonos un instante, ¿acaso no hemos aprendido nada del pasado? Quizás sea una idea obvia y, por supuesto, no es nueva en absoluto. Ya lo dijo el filósofo de origen español George Santayana: «Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo». E implícita en esta idea está la posibilidad de aprender de todo aquello que se ha hecho mal o de las advertencias de la historia. Pero a mí me interesa mucho saber si también podemos aprender de los momentos de esperanza, de los momentos de posibilidad.
¿Cree usted que se ha enseñado la historia adecuadamente? ¿Por qué solemos saber más los nombres de grandes héroes, de batallas o de fechas y no la historia de los movimientos sociales? ¿Qué ha fallado?
Creo que ese enfoque particular de la enseñanza de la historia es muy del siglo XIX. Aprendamos sobre Napoleón, aprendamos sobre los grandes hombres de la historia, y eso ha sido cuestionado durante más de medio siglo por, en cierto modo, la historia marxista, sobre la idea de que la historia viene desde abajo: analicemos la historia social y económica, la de los movimientos sociales, la formación de clases, analicemos otras formas de identidad (género, raza, etc.). Supongo que simplemente lleva mucho tiempo integrarlo a la interculturalidad. A menudo se oye hablar de que los cambios de paradigma ocurren cuando todos los ancianos han fallecido y llegan las nuevas generaciones. Mi madrastra era profesora de Historia en la escuela secundaria y, a partir de la década de 1960, intentó enseñar una historia alternativa: la del movimiento feminista, de los sindicatos y demás. Siempre luchó contra el sistema, y supongo que la situación varía en cada país.
Creo que necesitamos hacer dos cosas: por un lado, profundizar en esta historia desde abajo, la de los movimientos sociales; pero hay algo más que debemos hacer, lo que en mi libro llamo historia aplicada: preguntarnos qué podemos aprender realmente de estos, de estas innovaciones sociales que puedan aplicarse al mundo actual. Creo que uno de los problemas es que muchos historiadores académicos, digamos, tienen cierto temor a aplicar sus conocimientos al presente. Claro que muchos están motivados por lo que sucede hoy día y estudian la esclavitud del siglo XVIII porque les interesa la injusticia racial actual. Pero creo que hay que trabajar más en la aplicación práctica. Supongo que, de alguna manera, la idea de FILOSOFÍA&CO consiste en cómo aplicar la filosofía a la vida cotidiana o a la política. La filosofía no puede quedarse solo en las universidades. Y creo que lo mismo ocurre con la historia.
«Quienes ostentan el poder político y económico están atrapados en el presente, reaccionando a lo que sucede en las redes sociales, a las próximas elecciones o a las últimas encuestas»
Se acusa a muchos políticos de no tener una mirada a largo plazo. La gran mayoría de políticas públicas relacionadas con vivienda, sanidad, educación parece tomarse como una reacción a una acción, más que a medidas de calado/profundas/duraderas/revolucionarias. ¿Cree que la política contemporánea refleja esto? Los políticos de hoy, ¿son menos valientes? ¿Ya no hay «hombres de Estado» con una visión a largo plazo?
Decir que se trata de una falta de valentía es una buena forma de expresarlo. Porque, si repasamos la historia, vemos que los seres humanos siempre han sido muy buenos pensando y planificando a largo plazo en diversos momentos. ¿Cómo construyeron los grandes canales o los acueductos? ¡El acueducto de Segovia, en España! ¿Cómo se construyó si no fue con una visión a largo plazo? ¿O las catedrales, como la Sagrada Familia, en Barcelona? Es una visión catedralicia. En 1850, empezó a construirse el sistema de alcantarillado bajo el Támesis, en Londres, y todavía se utiliza hoy porque lo proyectaron con el doble de capacidad de la necesaria para la población de la época.
Observo a los gobiernos actuales y pienso: ¿dónde está su visión? De vez en cuando se logra, como con la construcción del túnel del Canal de la Mancha [bajo el océano Atlántico, uniendo Francia y Gran Bretaña]. Pero, sobre todo, hay una especie de falta de valentía y una obsesión con el dominio del momento presente, algo que deben superar. Si observamos lo que hace Zohran Mamdani en Nueva York, vemos una visión a largo plazo: invertir en transporte público gratuito o económico, vivienda pública y demás, iniciativas que quizás no generen un retorno financiero inmediato, pero que están motivadas por una visión de largo alcance.
Así pues, en muchos sentidos, mi trabajo durante los últimos diez años se ha centrado en cómo expandir nuestros horizontes temporales, tanto hacia adelante como hacia atrás. En cierto modo, se trata de repensar nuestra relación con el tiempo y sus múltiples dimensiones. Una especie de sabiduría temporal que nos permita avanzar y retroceder.
El auge de la ultraderecha en el mundo apela también a valores y tradiciones del pasado, desea regresar a un pasado idealizado. En esta «retrotopia», ¿los movimientos nacionalpopulistas, o fascistas, estarían ganando el relato a los movimientos progresistas?
Esa es una pregunta realmente importante. Se trata de la política de la nostalgia. Esta será probablemente una de las fuerzas políticas más importantes en las próximas décadas porque la nostalgia cobra mayor relevancia en momentos de turbulencia. Existe un deseo de regresar a un pasado mítico o idealizado. Y la nostalgia, esta especie de «retrotopia» de la que hablaba Zygmunt Bauman, es un deseo de aferrarse a algo que nunca existió realmente, pero que brinda consuelo psicológico.
Sigmund Freud habló del «objeto perdido», la idea de que buscamos algo a lo que aferrarnos, como un padre o la seguridad de la infancia, y esto es lo que nos ofrece la nostalgia. Por supuesto, el ejemplo más dominante hoy día es el movimiento de Donald Trump, MAGA (Make America Great Again), donde el «objeto perdido» del lugar al que quieren regresar es una versión idealizada de la América blanca, cristiana y de ciudades pequeñas de los años 50, con mujeres en casa horneando pasteles de manzana.
Esta es una forma tóxica de nostalgia que excluye a las personas negras y morenas, a las mujeres y a las parejas homosexuales. Se trata de control. Lo que sucede con la nostalgia, remontándonos a los tiempos de Edmund Burke en el siglo XVIII, es que siempre ha habido una desconfianza hacia el cambio dentro del pensamiento conservador y esto se encuentra en el centro de gran parte de la política de extrema derecha. Es vital recordar que este tipo de «retrotopia» fue una especie de combustible que brilló en las décadas de 1930 y 1940. Mussolini quería regresar a la edad de oro de la antigua Roma; los nazis, a la disciplina militar de la antigua Esparta, así como a una clase de nostalgia medieval de dos caballeros galopando hacia el este reclamando las tierras, lo cual fue una excusa perfecta para la idea de Hitler del Lebensraum, el espacio vital para el pueblo alemán.
Me parece que es realmente importante plantear esta cuestión y lo interesante, aunque quizás no sea tan relevante para su pregunta, es un asunto que he observado en el último año. Me interesan mucho las asambleas ciudadanas, donde se reúne a un grupo selecto de personas para debatir sobre temas como el cambio climático, el envejecimiento de la población o la inteligencia artificial. Algo parecido a como los antiguos griegos seleccionaban al azar a personas para el Consejo de los Quinientos, o como nosotros elegimos a los jurados en el ámbito jurídico. Lo interesante de las asambleas ciudadanas es que, en toda Europa, las personas con mayor probabilidad de apoyar estas formas deliberativas de democracia no son solo votantes progresistas de clase media, sino también lo son personas que han votado a la extrema derecha. Se sabe que, a menudo, las personas con menor nivel educativo votan por la derecha; de hecho, les gusta la participación democrática real porque les da voz, se sienten escuchadas. Esto es muy importante.
Pero no debemos limitarnos a enmarcar la política en términos de una mirada retrospectiva nostálgica, que es una forma de historia abusiva. De hecho, podemos recurrir a algunas de esas tradiciones democráticas más directas para intentar generar los diálogos que necesitamos para mantener unida a la sociedad en tiempos turbulentos, porque sin ellos, se desintegra.
«La nostalgia, esta especie de ‘retrotopia’ de la que hablaba Zygmunt Bauman, es un deseo de aferrarse a algo que nunca existió realmente, pero que brinda consuelo psicológico. Es mayor en momentos de turbulencias»
La palabra «innovación» es parte fundamental de su propuesta. ¿Cuáles serían las cuatro formas de innovar en la sociedad, según usted?
En este libro hablo de una distinción entre innovación social e innovación tecnológica. Parte del problema de cómo vemos la historia es que pensamos que todo cambio debe pasar por la tecnología, ya sabe, la imprenta, la máquina de hilar, el iPhone… y creo que lo que pasamos por alto es la importancia de la innovación social; la forma en que los seres humanos han logrado organizar las sociedades de diferentes maneras, en distintas épocas, y luchar contra la injusticia social, etc. Y estas innovaciones adoptan diferentes formas.
Una es, como acabo de mencionar brevemente, la innovación en términos de democracia. La hemos practicado de distintas maneras a lo largo de la historia, no tiene por qué ser como solemos hacerlo ahora, la democracia representativa, donde ponemos una pequeña X en la papeleta cada pocos años. Existen formas mucho más participativas. Mencioné las asambleas ciudadanas, pero también podemos remontarnos, por ejemplo, a Suiza en los siglos XVI y XVII, donde existía una forma de política mucho más descentralizada y anárquica en la que las decisiones se tomaban al nivel más bajo posible, en las comunidades locales, en los pueblos, y luego se elevaban a niveles superiores si era necesario. Creo que hoy necesitamos algo similar. Pienso que es una innovación de la que debemos aprender sobre cómo descentralizar el poder.
Una segunda forma se centra en la innovación económica. Solemos pensar que el capitalismo es la única opción viable y el crecimiento económico, también. Pero, de nuevo, podemos observar momentos históricos donde prevalecieron diferentes sistemas económicos, como el ejemplo que doy en el libro sobre el Japón del siglo XVIII, lo que conocemos como el período Edo. Ellos tenían lo que hoy llamamos una economía circular, donde reutilizaban, reciclaban y daban un nuevo uso a todo. Si hoy formas parte del movimiento del decrecimiento (degrowthmovement), deberías considerar el caso de Edo como un ejemplo real a gran escala de la posibilidad de concebir la economía de una manera diferente.
Un tercer ejemplo de innovación serían los propios movimientos sociales, disruptivos. Es importante reconocer su poder para generar cambios. El surgimiento de los sindicatos representó una gran innovación en los siglos XVIII y XIX, por ejemplo. O, también, no tendríamos gran parte de lo que existe hoy en materia de derechos civiles en Estados Unidos, viviríamos en un mundo de esclavitud si no hubiera sido por este tipo de innovaciones.
La cuarta idea que propongo es la innovación en el diálogo. Generar conversaciones a través de diferentes dispositivos. Los cafés surgieron en el siglo XVIII en el Reino Unido, pero también en Viena, París y otros lugares. En FILOSOFÍA&CO, ustedes escribieron sobre Jürgen Habermas, que habló de la importancia de los cafés londinenses como espacios para la ciudadanía y la democracia. Creo que esto es muy importante hoy día, en la era de los dispositivos, donde estamos divididos por las tecnologías digitales, que nos parten en izquierda y derecha, proinmigración vs antiinmigración, pro cambio climático vs anti cambio climático, etc. A menos que podamos revivir conversaciones con desconocidos, de nuevo vamos a terminar con sociedades muy fragmentadas. Y entonces, miro la historia y digo: esto es asombroso, hay esperanza.
«Pensamos que todo cambio debe pasar por la tecnología (la imprenta, la máquina de hilar, el iPhone…) y creo que lo que pasamos por alto es la importancia de la innovación social»
Sin embargo, estas propuestas no podrían realizarse sin, lo que usted llama, una «triada de la disrupción». ¿En qué consiste?
Es posible observar ejemplos asombrosos de la historia, pero es bastante raro lograr un cambio transformador rápido. ¿Dónde están los movimientos? ¿Dónde está el cambio? No sé usted, pero yo siento frustración al ver que, aunque hayamos presenciado el deshielo de los icebergs, las inundaciones en Valencia, los incendios forestales en California o las sequías en Kenia, seguimos sin ver ningún cambio. ¿Por qué no? Esa es la pregunta.
A veces, las sociedades cambian rápidamente cuando hay una guerra. Por ejemplo, tras la Segunda Guerra Mundial, surgieron muchas instituciones nuevas e importantes como la Organización Mundial de la Salud o la Unión Europea. Pero fuera de esas situaciones extremas, ¿cómo logramos un cambio transformador rápido? Creo que la respuesta está en esa triada, que consta de tres elementos. Uno es la crisis. Se necesita algún tipo de crisis, podría ser una de carácter financiero, como la de 2008, o una ecológica, o podría ser una política, pero normalmente esto por sí solo no es suficiente.
Lo segundo que se necesita son las ideas visionarias, nuevos modelos de economía o política para reemplazar el sistema antiguo. Y lo tercero son estos movimientos disruptivos para amplificar la sensación de crisis. Sin la confluencia de los tres, el cambio no se produce.
Un buen ejemplo de cómo funcionan estos tres elementos juntos fue Berlín 1989. Hubo una crisis política en el liderazgo de Alemania Oriental, todos discutían entre sí sobre cómo responder a las reformas de Gorbachov. Luego estaban las ideas que, en cierto modo, eran bastante antiguas sobre la libertad democrática y la libertad de movimiento y de expresión. Y luego estaban los movimientos, la gente en las calles de Leipzig y Berlín. Juntos, estos elementos fueron cruciales para cambiar el sistema. Entonces, una de las preguntas para cualquier individuo es: ¿dónde puedo desempeñar un papel en estas diferentes partes de la tríada? Puede que seas alguien que quiera estar en las calles, pero esto no es para todos; algunas personas pueden querer estar en áreas como el periodismo, por ejemplo, que llevan las ideas que necesita la sociedad, esto es crucial, o en la educación, o en otras áreas. Hay mucho margen de maniobra, pero esto es lo que yo considero que son los ingredientes clave para el cambio. Sin embargo, es bastante raro que todo confluya. Y, por supuesto, cabe mencionar que un movimiento disruptivo puede ser aprovechado tanto por la derecha como por la izquierda.
«Yo siento frustración al ver que, aunque hayamos presenciado el deshielo de los icebergs, las inundaciones en Valencia, los incendios forestales en California o las sequías en Kenia, seguimos sin ver ningún cambio»
A veces pienso que tenemos una cierta falta de creatividad. No nos preguntamos: ¿y si…? ¿Por qué no se pueden hacer las cosas de otra manera? Es curioso cuando la gente dice: siempre ha sido así. Tenemos que ser más creativos y valientes, ¿no le parece?
Sí, estoy completamente de acuerdo. En definitiva, se trata de imaginación. Se trata de mirar el mundo y pensar que no tiene por qué ser así. De hecho, los seres humanos somos bastante creativos, a veces incluso valientes. Se trata simplemente de saber que existen otras posibilidades.
Creo que una de las palabras más peligrosas que existe tanto en inglés como en español es esta: «inevitabilidad»; la idea de que las cosas tienen que ser siempre así. Y, aunque no es la única, la historia es una de las maneras de abrir nuestra imaginación. La historia me gusta porque no es utópica. Ella dice: mira, ya lo hemos hecho antes, quizás a pequeña escala; yo estoy tratando de dar ejemplos a gran escala. Los grandes pensadores utópicos también nos han ofrecido diferentes visiones del futuro o posibilidades. A menudo pienso en aquellas personas que lucharon contra el colonialismo británico en la India. Quizás consideraron que derrocar a ese poder imperial sería una tarea casi imposible, pero actuaron como si pudieran, como si fuera posible. Y hay otro sentido de la palabra «sí», y de eso se trata la esperanza radical. Se trata de no ser optimista, como la idea de que el vaso siempre está medio lleno, de que todo estará bien. ¡No!, no todo estará bien. Pero siempre debemos actuar como si el cambio fuera posible, incluso si las probabilidades de éxito son pequeñas. Creo que esto es lo que los grandes movimientos de la historia han hecho. Nunca ha sido fácil cambiar.
En su libro El espíritu de la esperanza, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han habla sobre este asunto: el de dejar de ser optimistas y vivir en la esperanza. «A diferencia del optimismo, que no carece de nada ni está camino de ningún sitio, la esperanza supone un movimiento de búsqueda», ha escrito.
Absolutamente, sí. A algunas personas no les gusta la palabra porque piensan que no implica acción. Cuando yo digo «esperanza», me refiero a arremangarse la camisa, una esperanza que tiene la acción como parte de su significado. Y creo que Han tiene razón al decir que, en cierto modo, necesitamos abrazar la oscuridad, el desafío de la inercia de nuestros sistemas y la dificultad del cambio; por eso la mayoría de los agentes de cambio en la historia tuvieron que reconocer que vivieron a la sombra de fuerzas casi imposibles de cambiar. Por lo que he visto al observar la historia y desde mi propia experiencia, encontramos la mayor esperanza cuando juntos hacemos las cosas.
La esperanza es algo que surge del nosotros, no del yo. Surge de lo colectivo, no del individuo. Ocasionalmente, hay grandes «individuos» en la historia, como Martin Luther King o Nelson Mandela, quienes han tenido grandes movimientos detrás de ellos. Me inspira mucho Goethe, quien dijo: «Quien no puede servirse de tres mil años vive al día». Y el alimento de la historia es lo que me da mayor esperanza. No soy particularmente utópico, pero la historia es el lugar donde se encuentran las verdaderas utopías.
Al escribir este libro, me sorprendieron todos estos asombrosos ejemplos de sociedades alternativas como Edo, en Japón, o el Tribunal de las Aguas de Valencia. Por supuesto, ninguna institución es perfecta, pero existen modelos. El Tribunal de las Aguas es una de las instituciones democráticas más antiguas de Europa y, sí, no es perfecta; sí, está muy dominada por hombres. Pero siempre hay margen para el cambio. Basta con ir a la catedral de Valencia todos los jueves, observar y pensar: esto es bastante interesante, ¿verdad? Y funciona. Recuerdo cuando fui a ver el Tribunal y pensé: ¿por qué no tenemos esto en mi ciudad?
En Inglaterra, nuestra agua pertenece a grandes empresas privadas que vierten basura en los ríos y obtienen enormes beneficios, es realmente escandaloso. No hace falta ser políticamente radical para pensar que algo falla en el sistema. Mucha gente, incluso los votantes de derecha, opina que hay algo que está mal en la propiedad del agua. Y podemos fijarnos en Valencia y pensar: ¡Qué buena idea! ¿Por qué no experimentamos con esto? Es un buen campo para la experimentación. Quizás funcione, quizás no, pero intentémoslo, cuestionémoslo.
«El alimento de la historia es lo que me da mayor esperanza. No soy particularmente utópico, pero la historia es el lugar donde se encuentran las verdaderas utopías»
También debemos ser humildes ante los conocimientos de los pueblos nativos de América, por ejemplo, también se puede aprender de ellos. Ellos también nos pueden ofrecer esperanza…
Tiene toda la razón. De hecho, hace poco entrevisté a Mindahi Bastida, un pensador indígena mexicano de origen otomí-tolteca. Hablamos del tiempo cíclico. El tiempo cíclico de su cultura, de la cultura maya, de la cultura precolombina, pero también de muchas culturas indígenas contemporáneas que nos enseñan mucho sobre cómo reconectar con los ciclos de la naturaleza, cómo reflexionar sobre el tiempo y cómo liberarnos de la tiranía del reloj. Un ejemplo es el Principio de la Séptima Generación de muchos pueblos nativos de Norteamérica sobre la toma de decisiones (las decisiones que se tomen hoy deben tener un impacto positivo para las siete generaciones futuras, garantizando la sostenibilidad, el bienestar de la tierra, el agua y la supervivencia del pueblo). Yo propongo que seamos grandes experimentadores de la increíble sabiduría temporal de estas culturas.
Fuente: https://filco.es/
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