viernes, 14 de agosto de 2026

SENSIBILIDAD VS RESILENCIA

Svenja Flasspöhler: «En la verdadera resiliencia anida una extraordinaria sensibilidad»

Svenja Flasspöhler es la directora de la revista «Philosophie Magazin» en Alemania y autora de varios libros, como «Sensible». En él, desarrolla la noción de sensibilidad en contraposición con las de resiliencia y empatía.



La sensibilidad es un asunto filosófico y político de primer orden en el siglo XXI. La relación entre los seres humanos está hoy más mediada que nunca por la necesidad de tener en cuenta la sensibilidad ajena. Esto nos convierte en seres más empáticos y sensibles en un sentido positivo, pero también nos puede llevar a una hipersensibilidad que nos aleje de los demás.

Son estos problemas los que aborda la filósofa alemana Svenja Flasspöhler en Sensible. Sobre la sensibilidad moderna y los límites de lo tolerable, publicado en la colección Salto de Fondo de Herder Editorial. En él desarrolla un recorrido histórico del concepto de sensibilidad en contraposición y relación con los de resiliencia y empatía. En esta entrevista nos hemos querido acercar más a este libro y a lo que nos puede decir sobre nuestras relaciones políticas.

En su libro explica qué es la sensibilidad contrastándola con la resiliencia. Sostiene que tradicionalmente se ha entendido que la sensibilidad la defienden los proyectos políticos de izquierdas, mientras que la resiliencia, comprendida como resistencia a lo extraño y como imperturbabilidad, ha sido una idea conservadora. Sin embargo, a lo largo del libro desarrolla una relación dialéctica entre ambos conceptos. ¿Podría darse aquí un intercambio de papeles? ¿Podría ser la sensibilidad asunto de una política conservadora y la resiliencia una idea progresista?
Lo primero que hay que decir es que también los conservadores de derechas tienen una sensibilidad específica. Por ejemplo, reaccionan muy sensiblemente al lenguaje no sexista y a las demandas de la comunidad trans. No rara vez sucede que son tan irritables que se ponen agresivos. Y al contrario, la gente de color que está de parte de la izquierda progresista demuestra tener a menudo una extraordinaria capacidad de resistencia. Por ejemplo, recientemente, al lado de un evento al que me habían invitado asistí a la escena de un señor mayor tirando del pelo a una mujer de color y diciéndole: «Usted tiene raíces hindúes, ¿verdad?». Cuando más tarde me encontré con la mujer y le aludí a aquella escena, ella se me quedó mirando como sin entenderme y me preguntó a qué me refería. Ni siquiera se había dado cuenta. «Me pasa todos los días». Ya no reaccionaba a ello. Aquella mujer se había insensibilizado.

Estos ejemplos denotan enseguida que ambas nociones son muy problemáticas. Quien reacciona demasiado sensiblemente al mundo exterior no es capaz de manejarse bien en él. Y al contrario, quien se ha insensibilizado demasiado y no permite que nada le afecte está como incomunicado del mundo exterior. Por eso, lo que pretendo con mi libro es no tomar ambas nociones como opuestas, sino mostrar que en lo más hondo de la verdadera resiliencia anida una extraordinaria sensibilidad. Piense usted en un rascacielos: si su construcción es demasiado rígida, no soportará las tormentas. Debe tener una cierta flexibilidad para ceder un poco al viento y poder resistir así a los temporales. Con las personas sucede algo muy parecido.

Dice en su libro que la sensibilidad es por naturaleza ambivalente. Un poco de sensibilidad puede venir muy bien para proyectos de emancipación social, mientras que un exceso de sensibilidad hará que acabemos «comiendo solos». ¿Nos podría explicar un poco mejor esta ambivalencia?
No es tanto una cuestión de mayor o menor sensibilidad, sino de dos formas de sensibilidad que son cualitativamente distintas: una sensibilidad activa y una sensibilidad pasiva. En su ambivalencia, la palabra «sensibilidad» puede referirse a ambas formas; para distinguirlas, a veces hablamos respectivamente de «empatía» y de «sentimentalidad», o incluso de «sensiblería». La empatía es la sensibilidad activa: es la capacidad de ponerse en el lugar del otro y de empatizar con él.

En el siglo XVIII, Rousseau y Hume concibieron esta sensibilidad activa como fundamento de la moral. En efecto, es cierto que la empatía nos lleva a solidarizarnos con grupos marginados. Por eso es tan importante para los movimientos sociales. La sentimentalidad y la sensiblería, por el contrario, son formas de sensibilidad pasiva, de irritabilidad nerviosa o de hipersensibilidad. Una persona irritable o hipersensible no se compromete empáticamente con su entorno, sino que se incomunica de él, porque lo percibe como amenaza o como algo que lo supera.

«La empatía es sensibilidad activa que nos lleva a solidarizarnos con grupos marginados, importante para los movimientos sociales. La sentimentalidad, al contrario, es sensibilidad pasiva»

Usted dice que la empatía nace en relación con la sensibilidad. Consiste en ponerse en lugar del otro. Sugiere que hay que combinar la empatía con una cierta dosis de crítica, para que la propia perspectiva de uno se confronte con la del otro y, de este modo, se logre una síntesis (en el sentido hegeliano de superación) y se pueda alcanzar una visión objetiva. Lo que yo me pregunto es si esto solo tiene validez en el campo de las ciencias sociales (derecho, política…) o si también lo propone para el campo de la moralidad personal.
Tampoco en las relaciones personales basta solo con ser empático. Quien se limita a ponerse en el lugar del otro sin tener ninguna postura propia se pierde. Por otro lado, una persona que solo trata siempre de ver el mundo con los ojos del otro tampoco puede ser un buen amigo. Imagínese usted que a su amiga la acaba de dejar su novio y ella viene a pedirle consejo. Usted se pone en el lugar de ella, trata de sentir lo que ella siente: ¿qué le va a aconsejar usted entonces? ¡Ella ya sabe lo que siente y cómo ve el mundo! Creo que las buenas amistades son aquellas en las que vamos alternando la empatía con la distancia crítica. Pese a toda la empatía que yo pueda sentir por otra persona, solo si me mantengo en mi posición podré ver lo que no ve ella.

En Sensible menciona a Nietzsche, para quien no hay que evitar las heridas ni nada que nos afecte. Y usted añade a eso la idea de Lévinas de que el potencial de la herida consiste en que permanece abierta. Ambas opciones son propuestas de no evitar las heridas que nos conmocionan. ¿Pero podemos basar un proyecto político en el principio de aceptar lo que nos causa sufrimiento? ¿O considera que la tendencia a evitar lo que nos daña está tan arraigada en nuestra naturaleza que los pensamientos de Nietzsche y de Lévinas solo sirven en el caso de heridas que ya se han producido?
En mi libro se desarrolla un diálogo ficticio entre Nietzsche y Lévinas. Lo importante para mí era, entre otras cosas, resaltar la importancia de la ubicación desde la que se habla. Nietzsche, que no pertenecía a ningún grupo marginado y que no sufrió persecuciones ni amenazas, abogaba por tolerar las experiencias dolorosas y crecer con las crisis. Pero el pensamiento de Lévinas tiene otro punto de partida.

Lévinas era judío. Su familia fue asesinada en el Holocausto. Con un trauma así no podía desarrollar una filosofía como la de Nietzsche, de modo que también la herida tenía para él un sentido totalmente distinto: hay que dejarla abierta en aras del recuerdo, para que tal crimen contra la humanidad no vuelva a repetirse jamás.

¿Qué se desprende de ello para nuestra época actual? Evidentemente, nosotros, como sociedad y como comunidad internacional, debemos procurar que tal crimen como el Holocausto nunca vuelva a producirse. Y, por supuesto, también debemos procurar que las personas no sufran discriminaciones racistas o sexistas. Lévinas nos puede servir aquí como referencia.

Pero, por otro lado, y aquí es donde entra Nietzsche, no podemos preservar a las personas de todos los sentimientos desagradables. Tal como expongo en mi libro, la noción de trauma se ha vuelto muy amplia y también se ha subjetivado. Se considera traumático lo que daña la integridad personal. Pueden ser palabras, una mirada malintencionada, un indeseado roce en la rodilla en el bar de un hotel… ¿Cómo va a proteger la sociedad a las personas de todas las experiencias desagradables sin privarlas de su libertad? Por tanto, la cuestión central es: ¿cuándo debemos cambiar las estructuras sociales (Lévinas) y cuándo debemos trabajar en nosotros mismos (Nietzsche)?

«Como sociedad y como comunidad internacional, debemos procurar que un crimen como el Holocausto nunca vuelva a producirse. Y debemos procurar que las personas no sufran discriminaciones racistas o sexistas. Lévinas nos puede servir aquí como referencia»

De acuerdo con la sociología del siglo XX, usted sugiere que, a lo largo del proceso civilizatorio, la violencia externa ejercida sobre los individuos ha sido sustituida por una violencia interna, que actúa mediante sentimientos de vergüenza y deseos de prestigio social. Mi pregunta es si no estaríamos asistiendo más bien a una sofisticación de los procesos coercitivos, y no tanto a una sustitución total de la violencia, ya que esta sigue desempeñando un papel fundamental en muchos países del mundo donde hay guerras o donde hay implantada una jerarquización social muy fuerte. Eso mismo es lo que vemos en el corazón de los países europeos, o en los Estados Unidos, cuando se producen revueltas, luchas o huelgas.
Eso es totalmente cierto. Evidentemente, sigue habiendo violencia y guerras en el mundo, también en Europa. En el capítulo dedicado al proceso civilizatorio yo trataba de mostrar cómo el disciplinamiento y la sensibilización se han ido compaginando a lo largo de los siglos, y qué significa eso para nuestra vida actual. En la Edad Media, la muerte, la guerra o las violaciones eran cosas que sucedían todos los días. En las sociedades pacificadas, lo que debemos combatir hoy son, más bien, enfermedades psíquicas. La violencia se produce en nuestro interior, en la vida psíquica. Por decirlo así, se ha desplazado de fuera a dentro, porque la constante regulación de las emociones y la represión de nuestras pulsiones provocan sufrimientos psíquicos.


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