Diccionario para conocer el pensamiento de Gramsci
Filosofía de la praxis, guerra de posiciones, pesimismo de la inteligencia, intelectual orgánico... En este artículo del dosier recorremos el vocabulario central del pensamiento de Gramsci y explicamos de dónde viene cada término y para qué sirve todavía. El hilo conductor es una imagen que el propio Gramsci usaba para sí mismo, la del centinela que nunca subestima al enemigo, ni siquiera cuando ese enemigo somos nosotros mismos.
Filosofía de la praxis
Este concepto es clave para entender el pensamiento de Gramsci. El «efecto Gramsci» es sugerente para comprender la nueva fisonomía y posibilidad de una nueva práctica intelectual que, en momentos de retroceso histórico, no se repliega ni en el desencanto ni en una inflación criticista. Pero tampoco se contenta con una simple estrategia política de «alianzas» entendida como mera suma cuantitativa de elementos.
Debemos reparar en esto: el pensamiento de Gramsci o proyecto de «filosofía de la praxis» surge como una tentativa experimental de reformular la célebre undécima tesis sobre Feuerbach en un contexto histórico en el que entra en crisis la tesis del joven Marx de que basta con «ser conscientes del sueño de la realidad para realizarlo en la praxis». Esto es, en una situación de crisis del concepto de «realización» histórica.
En este sentido, el teórico de origen jamaicano Stuart Hall, un inteligente lector de Gramsci en la realidad británica de la posguerra y la introducción de los estudios culturales como disciplina de diagnóstico político, ha señalado que la importancia de la pregunta del pensamiento de Gramsci en los Cuadernos emerge en la historia contemporánea con el reconocimiento de que la historia no evidencia un sentido racional susceptible de ser advertido, especialmente en las naciones industriales avanzadas de la capitalista Europa occidental:
«Gramsci tenía que confrontar el repliegue, la falla, de dicho momento: el hecho de que un momento tal, habiendo pasado, nunca volvería en su antigua forma. Gramsci aquí se encontró cara a cara con el carácter revolucionario de la historia misma. Cuando una coyuntura se despliega, ya no hay marcha atrás, la historia cambia de engranaje. El terreno cambia. Te encuentras en un nuevo momento. Tienes que atender, ‘violentamente’, con todo el ‘pesimismo del intelecto’ del que dispongas, a la disciplina de la coyuntura».
De ahí la importancia de la coyuntura y la construcción política de un sujeto colectivo. En otras palabras: la superación de la brecha entre el ser social —las condiciones materiales, históricas— y la conciencia no viene ya garantizada por la historia, porque no «cabalgamos» a lomos de ella de forma pasiva y necesaria. No hay ya correlación históricamente asegurada, como ha comentado la teoría populista de Ernesto Laclau, entre la tarea política encomendada y el agente social.
La «filosofía de la praxis», por tanto, no se propone como un gesto de repudio a la herencia filosófica, sino como un gesto crítico frente a los filósofos y sus inercias históricas que no comprenden la necesidad de afirmar una unidad entre teoría y práctica. Es esta reivindicación de la conjugación de ambas lo que anuncia en el pensamiento de Gramsci una «nueva filosofía», una teoría que pueda intervenir en la coyuntura, porque forma parte misma de esa coyuntura y está marcada por la obligación urgente de la política.
En el pensamiento de Gramsci una teoría solo vale si interviene en su propio momento histórico. Fuera de la coyuntura que la hizo posible, deja de ser filosofía de la praxis y se vuelve pura contemplación
Guerra de posiciones
En este anuncio suyo de una situación nueva no puede dejarse de lado lo que en el pensamiento de Gramsci se denominaba la «época de la guerra de posiciones», un escenario donde el movimiento obrero y la intelectualidad crítica estarían enfrentados a los poderes capitalistas disputándose sobre todo posiciones o «trincheras» claves del orden simbólico y cultural en una situación de crisis orgánica. Esto implicaba entender la práctica política de un modo más complejo que el leninismo clásico y, asimismo, señalaba límites a la mera gestión politicista, esto es, unilateralmente técnica.
Parece claro que en el pensamiento de Gramsci la «guerra de posiciones» implica una nueva comprensión de la fuerza política. La progresiva disgregación de una cultura legitimadora de un régimen político y la construcción de otra en torno a un nuevo núcleo de clase requieren de un trabajo continuado de intervención en los valores y el sentido común social. Asimismo, la identidad de los contrincantes, lejos de estar fijada desde un comienzo, muta constantemente en el proceso.
«Está claro —señalan Laclau y Mouffe— que esto tiene poco que ver con una ‘guerra de posición’ en el sentido estrictamente militar, ya que esta última no consiste en un pasaje continuo de fuerzas adversarias a las propias filas: la metáfora militar se metaforiza aquí en la dirección opuesta. Si en el leninismo había una militarización de la política, en el caso del pensamiento de Gramsci hay una desmilitarización de la guerra». Como señala Perry Anderson:
«La conquista del poder político requería de una doble estrategia, basada en la teoría militar de la guerra de posiciones y la guerra de movimientos —la guerra de trincheras o el asedio versus el asalto dinámico—, pero, del mismo modo que los comunistas italianos habían reducido la hegemonía a su importancia consensual, el concepto de estrategia política había quedado reducido a la idea de guerra de posiciones como lenta adquisición de influencia en la sociedad civil, como si la guerra de movimientos —la emboscada, el cambio súbito, el fulminante ataque sorpresa— ya no fuera necesario».
En el pensamiento de Gramsci, en la «guerra de posiciones», dado que la crisis económica no abre directa y automáticamente la brecha, sino que tan solo subraya y muestra las grietas, la «fuerza dirigente» y su praxis política en las «trincheras» ideológicas requieren no solo un ejercicio incesante de confrontación, sino también de desagregación de las fuerzas en juego «desclasadas» que pertenecían al bloque histórico hasta ahora hegemónico.
Este trabajo en la crisis no puede hacerse, por tanto, solo a través de la segregación y depuración de fuerzas. Requiere, primero, priorizar un trabajo de «infiltración» en las «líneas enemigas»; y, segundo, habilitar coberturas resistentes a los dispositivos de poder orientados a liberalizar espacios de acción —potenciando, por ejemplo, la autorresponsabilización individual de los problemas y malestares, en salud, educación o servicios públicos— y a contraer los espacios públicos o estatales.
La guerra de posiciones se libra en las trincheras del sentido común, en la educación, los medios, la cultura cotidiana. Ahí se decide, despacio, quién tiene la hegemonía
«Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad»
Ha sido probablemente el pensador José Aricó (La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en América Latina) uno de los que mejor ha analizado este paso en la tradición autocrítica del marxismo en Latinoamérica. El modo en el que él interpreta el sentido realista de la célebre consigna «pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad» sigue siendo interesante para nosotros hoy.
En su conocido ensayo, Aricó parte de un célebre pasaje en el que Gramsci reflexiona sobre los problemas de cierto voluntarismo izquierdista y su tendencia a subestimar al adversario. No pone en duda lo fundamental que es la «voluntad de creer» como condición para una acción colectiva y de triunfo. Lo que sí cuestiona es el error que se comete:
«…cuando a la voluntad de creer se la concibe mecánicamente y acaba transformándose en autoengaño […] «A modo de un pérfido narcótico, [esta voluntad] actúa sobre los hombres conduciéndolos a soñar con los ojos abiertos y a confiar en que todo puede desarrollarse según los propios deseos. Por eso sólo se ve la estupidez, la barbarie, la vileza del adversario, mientras que del propio lado únicamente se perciben las más altas dotes de carácter e inteligencia».
La consecuencia más nociva de esta ilusión de diagnóstico es que, al despreciar al adversario, «sólo se observan las cosas en los momentos culminantes, cuando parecen adquirir un tono épico que disipa la insoportable trivialidad de lo cotidiano». También es entonces cuando la realidad, «más opaca y prosaica» de lo que el escenario heroico se imaginó, se venga de nosotros.
Si, por el contrario, «la función del centinela es pesada, fastidiosa, fatigante», es por su capacidad de dar, por tanto, «malas noticias», por «no alimentar la ilusión de que el Gran Hecho nos espera a la vuelta de la esquina [y] el pueblo, que está siempre pronto para luchar contra los tiranos y opresores, es una entidad permanente a la que sólo basta inducir, a través de algún artificio, para que ocupe la Plaza».
Ahora bien, se pregunta Gramsci: «si el adversario nos domina y nosotros lo menospreciamos, no podemos dejar de reconocer que estamos dominados por alguien a quien consideramos inferior. Pero entonces, ¿cómo consiguió dominarnos? ¿Cómo nos venció siempre y fue superior a nosotros, aun en el momento decisivo que debía dar la medida de nuestra superioridad? Se dirá entonces que fue el diablo el que metió la cola. Pues bien, es hora ya de tener la ‘cola del diablo’ de nuestro lado».
Para Aricó esta es la gran lección de método del pensamiento de Gramsci: la apuesta por un realismo político que siempre está alerta, como «centinela», a no subestimar al adversario, que busca «pensar el diablo» y ponerlo, tal vez, de nuestro lado.
Subestimar al rival es el error favorito de quien cree llevar la razón. En el pensamiento de Gramsci se pide vigilar como un centinela, sin ilusiones, para que la «cola del diablo» trabaje también de nuestro lado
«Intelectual orgánico» y «reforma» de la filosofía
Hemos comentado la reticencia gramsciana a convertirse en un «pingo almidonado». ¿Cómo se relaciona y comunica su reivindicación del «filósofo democrático», cuya premisa básica es considerar que «todo el mundo es filósofo», con su época? Para responder esta pregunta es pertinente otra: «¿qué idea se hace el pueblo de la filosofía?». Gramsci cree que esa «idea» plebeya, no académica, puede reconstruirse a través de las maneras de decir del lenguaje común.
Una de las maneras de aproximarse a esto es la expresión «tomarse las cosas con filosofía», la cual, una vez analizada, no debe despreciarse totalmente. «Es verdad que contiene una invitación implícita a la resignación y a la paciencia, pero parece que su punto significativo más importante es la invitación a la reflexión, a darse cuenta y razón de que lo que ocurre es, en el fondo, racional, y que como tal hay que enfrentarse con ello, concentrando las fuerzas racionales de uno en vez de dejarse arrastrar por los impulsos instintivos y violentos».
Como vemos, en el pensamiento de Gramsci estas expresiones populares, en las que se percibe «la superación de las pasiones bestiales y elementales bajo una concepción de la necesidad que da al propio hacer una dirección consciente», son «el núcleo sano del sentido común». De este modo no parece tan sencillo distinguir entre la «filosofía científica» y la «filosofía vulgar».
Digámoslo de otro modo: en este tránsito gramsciano de ida y vuelta entre lo alto y lo bajo, reversible entre los contenidos concretos y la forma, si los magníficos tesoros de la cultura burguesa pueden traducirse a un lenguaje sencillo, entonces lo sofisticado no es tan distante y elevado como buscaba aparentar frente a la grosería de la masa, y lo vulgar tampoco es tan vulgar como parecía bajo esa luz filosófica elitista. En su movimiento, Gramsci no reduce lo ideal a lo material, sino que mantiene la tensión entre lo material y la forma, como si la descomposición analítica se viera acompañada de una suerte de proceso político mutuamente contaminante.
El educador, como planteaba el joven Marx, también debe ser «educado» por su realidad concreta y sus luchas. En realidad, si la relación entre el maestro y los alumnos es estructuralmente similar a la relación entre la instancia «dirigente» y el proceso de emancipación de los subalternos, todo proceso hegemónico es, en sentido propio, un proceso pedagógico.
De ahí que la pulsión pedagógica gramsciana se resuma en la siguiente pregunta: «¿Se busca que haya siempre gobernados y gobernantes, o más bien se quieren crear las condiciones en las que desaparezca la necesidad de que exista tal división?».
Evidentemente, la respuesta del pensamiento de Gramsci es rotunda: «la tendencia democrática, intrínsecamente, no puede significar solamente que un obrero no cualificado se vuelva cualificado, sino que todo ‘ciudadano’ puede llegar a ser ‘gobernante’ y que la sociedad lo coloca, aunque sea ‘abstractamente’, y en general, en condiciones de llegar a serlo; la democracia política tiende a hacer coincidir a gobernantes y gobernados —en el sentido de gobierno con el consenso de los gobernados—, asegurando a todo gobernado el aprendizaje gratuito de la capacidad y la preparación técnica general necesarias para tal fin».
La pulsión pedagógica de Gramsci se resume en la siguiente pregunta: «¿Se busca que haya siempre gobernados y gobernantes, o más bien se quieren crear las condiciones en las que desaparezca la necesidad de que exista tal división?»
Como vemos, el pensamiento de Gramsci advierte sobre la necesidad de crear puentes entre lo bajo y lo alto desde la praxis marxiana. Hay que recordar que la novedad decisiva de esta última frente a los «jóvenes hegelianos» de la izquierda utópica consistía en la insistencia en la reciprocidad dialéctica entre teoría y proletariado. Frente a la idea de que solo el espíritu era el elemento activo que ha de actuar por encima y por fuera de las «masas», Marx cuestionaba toda esta supuesta «pasividad» imputada desde arriba y percibía el movimiento activo de estas.
La imagen gramsciana del «centro de anudamiento» nos brinda un ejercicio de contaminación donde esta propuesta de «filosofía de la praxis» no se propone como un acto autodestructivo o nihilista de la herencia filosófica, sino más bien como un gesto crítico y popularmente afectivo frente a un modelo de pensamiento tradicional y excesivamente idealizado que no comprende la necesidad de conjugar las tensiones producidas entre la reflexión teórica conceptual y las exigencias concretas de la práctica.
Es esta reivindicación de una posible síntesis entre lo que conocemos y la acción en el presente lo que anuncia una filosofía «reformada», una filosofía que pueda intervenir en la coyuntura, porque forma parte indisolublemente de ella y está marcada por el sello de lo político.
Esta alusión a la «reforma protestante» no es gratuita en el pensamiento de Gramsci, dadas las limitaciones que, para él, la cultura elitista renacentista, bajo la figura de Erasmo, encontró a la hora de hacerse popular.
En el pensamiento de Gramsci, «muy lejos de tener la fineza y la cultura del gran humanista, la tosca figura campestre del reformador [Lutero] pone incluso en movimiento un proceso de tumultuosa transformación: dentro de su rudeza expresa el trabajo de parto de una sociedad nueva; el viejo mundo se presenta ciertamente más luminoso o más brillante, pero es el esplendor de una civilización decadente fundada sobre la exclusión». La reivindicación de la modernidad en el pensamiento de Gramsci va ligada a su valoración de la Revolución Francesa y la Reforma como hitos históricos decisivos.
Todo el mundo es filósofo, decía Gramsci, aunque no lo sepa. El intelectual orgánico no enseña desde arriba, organiza la filosofía que ya vive dentro del sentido común popular
Fuente: FILOSOFÍA&CO
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