sábado, 31 de octubre de 2026

EROS ES UN VERBO

Eros es un verbo: ¿qué nos dijo Safo sobre la eternidad?

Para Anne Carson, Eros es un verbo, algo que está sucediendo aunque apenas alcancemos a atraparlo. En este artículo, Luna Miguel toma esa idea como hilo para perseguir a Safo por los lugares más inesperados, del zumo púrpura de Dune a un asteroide perdido entre Marte y Júpiter. Y se pregunta qué clase de eternidad cabe en unos versos rotos que, cada vez que los leemos, parecen mirarnos a nosotros.


Una máquina capaz de traducir centenares de versiones de un mismo fragmento de una poeta arcaica suena tanto a una fantasía de Raymond Queneau como a un relato de ciencia ficción feminista. Imaginen tener la posibilidad de sentarse a componer mil bifurcaciones de las decenas de miles de cantos perdidos de Safo. Tiemblen ante la idea de recomponer ustedes mismos el Libro sexto, generando pequeñas piezas, sonidos, resonancias y repeticiones entre las palabras de ayer y las del futuro. Todo poeta debe renovar su idioma. Incluso Safo inventó el adjetivo glykýpikros para hablar del deseo —glykýs: dulce; pikrós: amargo— obligando a sus traductoras venideras a pervertir los diccionarios. Anne Carson le ha dado sweetbitter al inglés. En traducciones anteriores, como la de la imagista Mary Barnard, publicada en 1958, leemos bittersweet, que en realidad se parece más a agridulce que a una cópula entre «dulce y amargo». Siguiendo a Carson, Mariana Gardella y Maria Rosa Llabrés, proponen dulceamargo para un fragmento, el 130, con el que Aurora Luque prefirió la fórmula de «dulce animal amargo».

Todo poeta debe renovar su idioma. Incluso Safo inventó el adjetivo glykýpikros para hablar del deseo, obligando a sus traductoras venideras a pervertir los diccionarios.

Quizá no haga falta una máquina para multiplicar los caminos sáficos. Eso no quiere decir que el peso de la griega en ciencia ficción contemporánea no pueda rastrearse. Conocido fue el gusto de Joanna Russ por la reivindicación y la recuperación de mujeres maltratadas por los cánones sexistas. Varios estudios académicos, además, asocian su relación con la obra de Safo no solo desde un punto de vista político, sino también creativo. Más allá de las relaciones amorosas entre mujeres, en novelas como El hombre hembra, publicada en 1975, podemos incluso leer alusiones directas a la visión somática del erotismo aprendida en fragmentos como el 130 o, mejor, como el 31: «Mira la luna. Envenenada de flechas y de rosas, Eros radiante que viene hacia ti desde la oscuridad. El aire es tan suave que podrías bañarte en él. Me han dicho que mi primera frase, siendo niña, fue ‘Mira la luna’, con lo que supongo que quería decir: grato dolor, veneno balsámico, protectora hiel, asfixiante dulzura». El deseo difícil, ahí, en la punta de la lengua; el temblor y la agitación, la palidez, la sed.

Todas esas pistas universales no nos devuelven a la tierra. Al contrario, nos hacen mirar con suspicacia un detalle de Dune, la novela de Frank Herbert, de 1965, situada en el planeta Arrakis, donde la tribu de los Mentat consume un líquido llamado sapho. Traducido en ediciones castellanas, directamente, como «zumo de safo», se trata de una bebida que «amplía la mente» y que «deja manchas de color púrpura en la boca y labios». No he encontrado ni una sola prueba de que el jugo de safo esté relacionado con la griega y dudo mucho que se trate de un homenaje real. Sin embargo, puesto que aún nos encontramos en otra galaxia, les consolará saber que, para Safo, Eros fue un dios que bajaba «desde el cielo envuelto en un manto púrpura», el pigmento delator.

El asteroide Sappho

De vuelta al sistema solar, sabemos que en 1864 el astrónomo Norman Pogson descubrió un asteroide al que bautizó como Sappho. Este se encuentra en el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter, más cerca del dios de la guerra que de Zeus. Aunque la poeta del deseo parezca acorralada entre esas rocas violentas, lo cierto es que ella menciona a ambas deidades en sus cantos. La que más nos interesa es la del fragmento 16, pues es gracias a este priamel antibélico que muchos la consideran hoy filósofa: «Dicen unos que una tropa de jinetes / otros la infantería / y otros que una escuadra de navíos, sobre la tierra / oscura es lo más bello; mas yo digo / que es lo que una ama». Aquel pequeño cuerpo celeste debía conocerlo Adrienne Rich, quien en 2007 publicó Telephone Ringing in the Labyrinth, con un texto sobre el telescopio Hubble, en cuyo título reza un After Sappho, devolviéndonos a la cadencia del fragmento 31: «Debería ser la visión más deseada de todas: / la persona junto a la que esperas vivir y morir / entrando en una habitación, volviéndose hacia ti, sus ojos en tus ojos. / Debería serlo, pero digo que hay algo / aún más grande: el éx-tasis de las galaxias».

safo
Telephone ringing in the labyrinth. Poems 2004-2006, de Adrienne Rich (W. W. Norton).
Quizá no hace falta máquina y eso es porque la máquina ya existe. Sin algoritmos de la IA, sin experimentos cósmicos de talleres de literatura potencial. En 1998, de hecho, el helenista Philippe Brunet publicó Igual a los dioses. Cien versiones de un poema de Safo, un artefacto que no puede definirse ni como antología ni como estudio, pero que expone casi todas las maneras existentes en lengua francesa de traducir, imitar, copiar o reescribir el fragmento 31. Desde el Renacimiento hasta el siglo XX, desde Pierre de Ronsard hasta Marguerite Yourcenar. Más tarde, en Estados Unidos, el situacionista Ken Knabb retomó la idea de Brunet e hizo lo propio dentro del Bureau of Public Secrets, con cuarenta y cuatro versiones en inglés, incluyendo las de William Carlos Williams, Alexander Trocchi o Robert Lowell. Permítanme, ya que estamos, que les copie el famoso fragmento en traducción de Luque. Les recomiendo que se pongan de pie y lo lean en voz alta:

«Un igual a los dioses me parece
el hombre aquel que frente a ti se sienta,
de cerca y cuando dulcemente hablas
te escucha, y cuando ríes
seductora. Esto —no hay duda— hace
mi corazón volcar dentro del pecho.
Miro hacia ti un instante y de mi voz
ni un hilo ya me acude,
la lengua queda inerte y un sutil
fuego bajo la piel fluye ligero
y con mis ojos nada alcanzo a ver
y zumban mis oídos;
me desborda el sudor, toda me invade
un temblor, y más pálida me vuelvo
que la hierba. No falta —me parece—
mucho para estar muerta.
Pero todo se ha de sobrellevar, pues incluso
quien no posee nada…».

Quizá no hace falta máquina y eso es porque la máquina ya existe. Sin algoritmos de la IA, sin experimentos cósmicos de talleres de literatura potencial.

La historia del canto es bien curiosa. Lo conocemos como fragmento 31, aunque se le han dado muchos otros títulos: «La pasión», «Lo sublime», «Oda al amor», «Oda a la amada», «Oda a una mujer querida», «Oda de Safo a su amiga», «La Oda», «Los síntomas del amor», «Poema a Venus», «Poema de amor», «Poema de boda», «Temblor», etcétera. Solo esta lista da cuenta de las muchas interpretaciones existentes. Durante siglos el fragmento 31 fue asumido como una suerte de canción celebratoria para la boda de una amiga, en la que a la griega le habría resultado extremadamente doloroso ver cómo esa a la que ella ama prefirió quedarse con otro. Símbolo de la celosía para tantos especialistas, por suerte hoy esa lectura ha quedado en desuso. Para Carson, este es un poema «sobre la mente de la mente en el acto de construir el deseo para sí misma». El centro del canto es el estudio de la percepción propia, una enumeración de los síntomas de un deseo que se mueve por el cuerpo, y lo agita, le cambia el color, lo modifica. «Eros es un verbo», dice Carson. Eros es, como la música, algo que está sucediendo, aunque sea casi imposible de captar. En 1917, Hilda Doolittle ya había recogido el testigo de Safo y amplió su juego somático: «Si pudiera ser retenido, / Eros estuvo prisionero durante mucho tiempo / y enfermo de encierro, / si pudiera ser conservado Eros, / otros lo hubieran tomado / y destruido su vida. / Si pudiera ser retenido Eros, / hemos pecado contra el gran dios, / también nosotros podríamos haberlo encerrado del todo. / Si pudiera ser conservado Eros, / no, agradezcámosle a él y a las brillantes diosas / que nos dejó».

«Eros es un verbo», dice Carson. Eros es, como la música, algo que está sucediendo, aunque sea casi imposible de captar.

«Cuando te veo, ya no me queda ni un hilo de voz»

Una de las primeras y más célebres reformulaciones del fragmento 31, sin embargo, nos devuelve a Roma. En el siglo I a. C., Catulo, que probablemente tuvo acceso al poema original en griego, escribió un poema conservando la escena original y replicó algunos de los síntomas: «Lesbia, cuando te veo, ya no me queda / ni un hilo de voz, y la lengua se torna torpe». Tiempo después Longino, autor de Sobre lo sublime, lo expuso en su tratado para ejemplificar cómo la acumulación puede elevar el estilo. Pregunta Longino:

«¿No admiras cómo reúne en un instante el alma, el cuerpo, los oídos, la lengua, la vista, el color, como si todas esas cosas fueran ajenas a ella y estuvieran dispersas, y siente al mismo tiempo, en marcado contraste, frío y calor, y pierde el sentido y lo recupera, pues está espantada o a punto de morir, de modo que no describe una pasión aislada, sino un vórtice de ellas?».

Longino, lector generoso, demostró la genial capacidad de Safo para reunir en una sola experiencia las afecciones de la pasión, y al citarla en su tratado, la salvó, sin saberlo, de un probable olvido. Cuando Sobre lo sublime, conservado en manuscritos bizantinos, llegó a la imprenta a mediados del XVI, el canto estuvo listo para arrojar luz sobre la imagen denostada de la poeta: circuló por Europa, se tradujo a sus grandes lenguas, se coló en el imaginario de poetas y filósofos. Los filólogos modernos terminarían extrayéndolo del que había sido su refugio, cotejándolo con otras ruinas, y asignándole un número. El verbo de Eros se hizo carne.

Más allá de su suerte creo que, si el fragmento 31 ha apagado las hogueras, ha trascendido a las máquinas, ha llegado hasta las lunas de Júpiter o se ha instalado, como un virus, entre las ansias de todo organismo dispuesto a escribir un poema de amor, es porque no trata solo sobre los efectos del deseo, sino que pone el foco en la entrega, en la atención, en la posibilidad de sentir alegría por el bienestar ajeno. Eso, además, tiene mucho que ver con lo que significa poner el cuerpo en la lectura o en la escritura, en la voz o en la lira. El fragmento 31, sugiere Mariana Gardella, habla de la escritura misma y su relación con lo mortal: «por qué escribimos las que llevamos la lengua quebrada y cómo se nos va la vida en ello». «Todo ha de sobrellevarse», parece responderle Safo. «Puedo soportar todo esto», vuelve a entonar, pero en otra traducción. «Y todo puede soportarse porque…», insiste, consciente de que cuando ustedes y yo la leemos, es ella quien nos ve morir.



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